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Entendiendo la peregrinación como un camino físico que a su vez también era una vía mística, los santuarios que se encontraban a lo largo del itinerario constituían etapas que preparaban a los romeros para, al llegar a la meta de su viaje, ante la tumba de Santiago, encontrarse en la mejor disposición espiritual de recibir los favores que esperaban. Las principales guías y los predicadores insistían en la conveniencia de visitar los santuarios donde se custodiaban los cuerpos santos y venerarlos. Aymeric Picaud, después de señalar una larga relación de todos los lugares con reliquias que los peregrinos debían recorrer a su paso por Francia y España, terminaba con esta jaculatoria tan explícita sobre el papel desempeñado por los santos y sus reliquias como intercesores ante Dios: "Que todos estos santos, con todos los demás santos de Dios, nos asistan con sus méritos y súplicas ante Nuestro Señor Jesucristo, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina, Dios por infinitos siglos de los siglos. Amen". En un primer momento estos santuarios se convierten en importantes complementos de la peregrinación a Santiago, pero muy pronto adquieren por sí mismos tal relevancia que disputan el protagonismo al mismo Apóstol, dejando entrever en ocasiones que la peregrinación a Santiago puede ser sustituida por los beneficios que se obtienen en estos santuarios. Así, entre las gentes de la época, empiezan a difundirse milagros y consejos que inducen a la competencia. La catedral de Oviedo reclamaba su papel preeminente con respecto a Santiago, y muchos de sus devotos no dudaban en proclamarlo: "Quien va a Santiago/ Y no a San Salvador/ Sirve al criado/ Y deja al Señor". Detrás de estos versos no sólo está el sentimiento de amor y orgullo de unos fieles por un entrañable santuario que sienten como suyo, sino toda una teoría de poder de los hombres de Iglesia que están al frente de los diferentes centros religiosos. La presencia de peregrinos supone prestigio y cuantiosos ingresos; en resumidas cuentas, poder. Para que un santuario se convirtiese en foco de atracción era necesario que los prodigios que se realizaban allí fuesen muy importantes, lo imposible se hacía posible por la gracia divina que actuaba en aquel lugar. Estos versos de las "Cantigas" de Alfonso X nos explican cómo, en Villalcázar de Sirga (Palencia), la Virgen empezó a hacer milagros: "Esto foi en aquel tempo/ Que a Virgen començou/ A facer en Vila-Sirga/ Miragres, porque sanou/ A muitos d'enfermidades/ Et mortos ressocitou/ Et por ende as gentes algo/ Començaban d'y facer./ Como sofre muj gran coita/ O em'en cego seer,/ Assi faz gran piedade/ A Virgen en ll'acorrer". Cierta parte de la historiografía ha señalado que este culto a las reliquias en general y a los cuerpos santos en particular se había desarrollado en España a partir de la influencia carolingia, incidiendo especialmente en este sentido al referirse al hallazgo del sepulcro de Santiago en Compostela poco antes del año 834. Nada más lejos de la realidad. Desde los primeros momentos de la existencia organizada del cristianismo en nuestro país los preceptos recomendaban a los fieles acudir a los lugares donde había cuerpos santos. En el célebre "Sermón contra las supersticiones rurales", de Martín de Braga (518-525-575-580), se indicaba a las gentes que, en las fiestas, era conveniente "ad loca sancta ambulare". En las páginas siguientes haremos un breve recorrido por aquellos lugares en los que se custodian importantes depósitos de reliquias o el cuerpo de un santo venerado, analizando estos espacios en la arquitectura hispana de los siglos VI al XIII. En las iglesias cuya topografía se organizaba siguiendo las normas de la vieja liturgia hispana, las reliquias más importantes se conservaban en una de las dos sacristías que tenían los templos, conocida como tesaurum. Al comprobar los otros objetos que se custodiaban en esta dependencia, libros, diversos objetos suntuosos y documentos de propiedad, percibimos claramente el significado del valor que se daba a las reliquias. A este respecto es bien conocido cómo los príncipes y señores altomedievales coleccionaban reliquias que constituían su "tesoro", entendida esta palabra tanto en sentido espiritual como material, sin olvidarnos que este término, por un evidente efecto metonímico, también denominaba el espacio contenedor. Estos poseedores de tesoro-relicario lo situaban en sus oratorios privados, en algunos casos verdaderas capillas palatinas. Esta es la razón por la que muchas capillas adquieran la misma disposición planimétrica y tipo arquitectónico en general que los edificios martiriales. Así, la Capilla palatina de Aquisgrán, oratorio privado y depósito de la "Capella Sancti Martín", entre otras reliquias propiedad de los monarcas carolingios, adquirirá por influencia directa de su contenido una de las formas planimétricas más característica de los edificios martiriales, la planta central. La Cámara Santa, en el conjunto catedralicio de Oviedo, es donde se guardan las grandes ofrendas que los reyes y poderosos regalan a San Salvador. En este sentido podría entenderse este espacio como una sacristía-tesoro. La Cámara consta de dos pisos. En el inferior, dedicado a Santa Leocadia, es de planta rectangular cubierta de bóveda de ladrillo. La misma advocación y varias hermosas laudas sepulcrales, entre ellas la tapa del sarcófago llamado de Iatacio, hablan por sí solos del carácter funerario-martirial de esta dependencia. El piso superior mantiene la misma estructura planimétrica, aunque la parte oriental estaba separada del resto por un cancel, señalando así lo que sería propiamente el presbiterio. Este oratorio estaría bajo la advocación de San Miguel. El origen de este tipo de construcción se ha señalado en edificios martiriales hispanos como el de la Alberca de Murcia, tal como ha indicado Schlunk. Pero todavía podemos precisar algo más: se trata de la concepción de un oratorio-relicario, en el que su función como contenedor de reliquias condiciona la iconografía arquitectónica de su forma. Este monumento se inscribe en una tipología definida en la época hispanovisigoda, y más exactamente en el entorno palatino -en el sentido más amplio de este término- de la capital toledana. Aquí existía un templo dedicado a Santa Leocadia dividido en dos pisos; en el inferior, se encontraba la cripta (esta palabra en el lenguaje de la época significa tan sólo espacio arquitectónico donde existe un sepulcro) donde estaba enterrada la Santa. Debemos interpretar este monumento en el contexto de las ideas neovisigóticas de la corte ovetense, que pretendían recrear en Oviedo el paisaje monumental del Toledo de los reyes visigodos. Los mismos reyes asturianos se encargaron de elevar sobre el lugar en el que se encontró el sepulcro de Santiago un templo. La historia y la arqueología nos enseñan que este santuario fue elevado por Alfonso II primero y, después, ampliado por Alfonso III. Viejas noticias documentales nos informan que la construcción de Alfonso III fue realizada con hermosas columnas romanas transportadas desde Portugal hasta Compostela. Las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo por Chamoso Lamas nos ha permitido reconstruir la planta de este conjunto prerrománico bajo la actual catedral compostelana. El edificio sería de formas sencillas, mostrando unos simples volúmenes de líneas. En la cabecera, de forma rectangular, estarían los sepulcros de Santiago y sus dos discípulos bajo el piso del presbiterio. El cuerpo del templo constaría de tres naves disponiendo de un nártex de dos tramos en la parte occidental y un baptisterio rectangular abierto a la nave septentrional. Ante la puerta meridional se levantaron sendos mausoleos destinados a enterramientos privilegiados. El conjunto responde a una respuesta lógica de un arquitecto que tiene que organizar la topografía templaria en función de un lugar sagrado, referente focal ineludible, la tumba del Apóstol. Y me refiero a una respuesta lógica y espontánea porque, aunque haya coincidencias con otros conjuntos de otras áreas geográficas y cronología, ante los mismos condicionantes es muy posible que las respuestas sean idénticas o al menos similares. De hecho, tenemos un santuario en el mismo camino jacobeo, Santa María de Tricio (La Rioja), que presenta la solución más próxima al templo compostelano de la época de Alfonso III: un viejo mausoleo romano sirve de cabecera al templo cristiano mientras que la organización de las naves se realiza mediante la reutilización de unas hermosas y monumentales columnas romanas. Lo más habitual era que los peregrinos encontrasen las reliquias que debían venerar sobre un altar en una de las capillas del templo tal como podemos ver en uno de los relieves del arca de marfil del relicario de San Millán de la Cogolla. Así era como se mostraban los cuerpos de diversos santos en lugares del Camino de Santiago: San Millán, San Isidoro o San Pelayo, entre otros. Dentro de los usos de la Iglesia hispana el cuerpo de Domingo de Silos será enterrado en el interior del templo en un sarcófago antropoide de piedra, junto a la pared septentrional cerca de la puerta, cuando éste fue proclamado santo (hasta entonces había permanecido ante la puerta claustral de la iglesia). Así, los fieles tenían un acceso fácil a esta capilla dotada de un altar sobre su sepulcro, alejados en parte de lo que será propiamente la iglesia monástica de la ampliación románica. Para su levantamiento de la sepultura se realizaría la hermosa arca de esmaltes románica que contendrían sus reliquias y que, por entonces, estaría colocada sobre el altar del Santo. En el monasterio de la Cogolla, lugar de enterramiento y arca-relicario del cuerpo santo terminaron formando parte de dos espacios diferentes. La cueva donde había habitado Emiliano dio origen a un sitio de culto que llegaría a convertirse en un importante monasterio durante la repoblación del territorio, San Millán de Suso. El aumento de la comunidad de este cenobio obligó a bajar a un lugar más cómodo, donde se erigió un edificio románico (San Millán de Yuso). El santo fue sepultado en la cueva que le había servido de vivienda, permaneciendo ésta abierta, como una capilla, a la nave septentrional del templo de los siglos X y XI. Sancho el Mayor de Navarra mandó elevar las reliquias del sepulcro y colocarlas en una caja relicario para facilitar su veneración. Cuando se construyó la iglesia del nuevo monasterio en Yuso se hizo un arca de madera y metal, de oro posiblemente, con una interesante serie de relieves ebúrneos; todo ello obrado entre 1060 y 1080. Por desgracia, en el siglo XIX se desmontaron los marfiles, el metal se perdió y algunas de estas placas relivarias terminaron en museos foráneos. Aunque conservamos el cuerpo de madera del arca original, decorado su interior con una bellísima tela oriental, se realizó un nuevo relicario en el que se han engastado los marfiles conservados en el monasterio. Este arca se colocó sobre el altar de Santa María y seguramente su disposición no variaría mucho de como aparece en la representación del milagro de los ciegos que parte nos describe así Berceo en el momento en que los ciegos salen de su casa y se dirigen al arca del Santo: "Ixieron de sues casas ambos con sos guiones,/ entraron en carrera, fincando sos bordones,/ vinieron al sepulcro lazdrados dos varones,/ pero sedien alegres entre sus corazones". Debe entenderse aquí la palabra sepulcro en un sentido muy amplio, es decir, el lugar donde se encuentran reliquias. Así se llama también al pequeño receptáculo que sirve de contenedor a una reliquia, aunque ésta sea mínima. El lugar donde había estado el sepulcro original del santo en estos casos que se había producido una traslación también solía recibir un tratamiento monumental. Se trata de lo que llamaríamos el cenotafio propiamente dicho. En el antiguo espacio sepulcral de Yuso se construyó hacia 1200 un conjunto funerario con la imagen yacente del Santo. Para darle un aspecto más acorde con la "modernidad" de aquellos tiempos se adaptó a la cueva unas columnas y nervaduras que simulaban una capilla de estructura arquitectónica gótica. Es evidente que la mayor atracción de los devotos era el cuerpo santo; sin embargo, el lugar donde había permanecido enterrado siempre había recibido un especial culto. No sólo la tradición así lo atestigua, sino que el mismo cenotafio de Millán representa a los devotos acudiendo allí a la espera de sus milagros. Si ante el arca se curaban los ciegos, no falta también aquí la representación del invidente conducido por su perro. Pero el caso emilianense que contaba con el lugar de la antigua sepultura y el arca con el cuerpo trasladado no era el habitual de la época. En la célebre iglesia de San Isidoro de León, protegida por los reyes, había dos hermosos relicarios románicos, ambos realizados por Fernando I y Sancha: en uno se guardaban los restos de San Isidoro, mientras que el otro se destinaba a los de San Pelayo. El primero es una de las joyas de la metalistería de la época. El de San Pelayo, aunque ha perdido la guarnición áurea, todavía conserva unos hermosos relieves de marfil, entre los que destaca la serie del apostolado. Las reliquias de uno y otro procedían del sur, donde había tenido lugar el entierro primitivo, por lo tanto no había propiamente un locus sanctus que venerar en el edificio leonés, sino que eran los cuerpos en sus arcas los que se exponían en distintos altares del templo. Creo haber demostrado que el conocido grupo de cinco iglesias de peregrinación, tantas veces citado en los manuales de arquitectura románica, no es lo unitario y homogéneo que pretenden algunos historiadores. Tampoco es un prototipo templario que sea utilizado durante el románico en exclusiva para conjuntos a los que acuden fieles peregrinos. Se suele insistir en una interpretación superficial de la girola de estos templos, considerando que esta era la articulación espacial que facilitaba la ambulación de los devotos para acceder al lugar santo donde se encuentra el cuerpo para su veneración. Dos edificios hispanos, ambos en el camino jacobeo, las catedrales de Santiago de Compostela y de Santo Domingo de la Calzada, muestran claramente cómo el uso del deambulatorio fue entendido de manera muy diferente. El templo románico de Compostela fue proyectado para colocar el altar principal sobre la perpendicular del sepulcro del Apóstol, tal como explica la guía de Aymeric: "En la referida y venerable catedral yace honoríficamente, según se dice, el venerado cuerpo de Santiago, guardado en un arca de mármol, en un excelente sepulcro abovedado, trabajado admirablemente y de conveniente amplitud, bajo el altar mayor, que se levanta en su honor". La misma guía nos avisa que las diferentes capillas que constituyen la cabecera y el crucero fueron erigidas para contener los altares correspondientes, aunque después alguna de ellas fuera reaprovechada además como depósito de reliquias. Termina Aymeric diciéndonos que se realizará un altar para los peregrinos: "Entre el altar de Santiago y el de San Salvador está el de Santa María Magdalena, donde se cantan las misas tempranas para los peregrinos". Como el conjunto del presbiterio no le parecía adecuado a Gelmírez para que los peregrinos tuviesen un ámbito algo más íntimo y recogido ante la contemplación del sepulcro santo, con este fin dispuso la realización de una confessio en el presbiterio, tal como nos explica la "Historia Compostelana" en los siguientes términos: "Mas como el altar construido de la manera que hemos dicho, estaba por todas partes patente a los humanos ojos, sin quedar sitio alguno oculto donde pudiesen los devotos satisfacer el deseo de orar secretamente, era oportuno, y para la santa meditación evidentemente necesario un local recogido, a fin de que las almas radiantes con el esplendor de la interna contemplación, ora lavasen con abundante raudal de las lágrimas, derramadas en lugar retirado, las manchas de sus conciencias, ora respuestas, digámoslo así, con los regalos del celestial convite, y favores de la santa oración, saliesen exoneradas de la pestífera mole de los vicios. De aquí comenzó el obispo a insistir consigo mismo en el pensamiento de hacer una confesión junto al altar, deseando íntimamente hacerla con infatigable solicitud, y que al fin llevó a cabo por debajo de dos de las columnas del altar que sostienen el baldaquino. Mas cuán amplia y magnífica la construyó, aparece cuando da feliz entrada a los que la visitan". Como queda claro en este texto, el espacio del presbiterio permanecía abierto por todas partes, será una transformación del proyecto original la que cree la confessio propiamente dicha. La girola compostelana en su origen sólo disponía la ambulación entorno al presbiterio, el acceso a las capillas y la comunicación con el exterior oriental del templo. En Santo Domingo de la Calzada el cuerpo del patrono del templo ocupaba una capilla en el brazo del crucero, aunque es muy difícil precisar si ésta se acusaba al exterior del muro o simplemente estaba, como en Silos, tan sólo arrimada al muro. Por una concesión de indulgencias de Urbano V, del año 1362, sabemos que esta capilla se había quedado pequeña. Por esta razón, continuaba el documento pontificio afirmando, que era necesario ampliar y edificarla a la vez que se hacía una caja de plata en la que se custodiase el cuerpo del Santo. Realizada la ampliación de la capilla, el cuerpo permaneció en su interior formando un único conjunto funerario tal como se explica en la tradición de la catedral y la fórmula de este juramento del siglo XV, antes de la última gran reforma de la misma, confirma plenamente: "so virtud del juramento que fizo e jurando a nuestro Sennor Dios e a los santos Euangelios e a la sannal de la santa cruz que con su mano derecha en manos de mi el dicho notario Juan Sanchez de Salas fizo dentro en la capilla del Sennor Santo Domingo e teneiendo la mano sobre su cuerpo e sepultura donde esta sepultado". El enterramiento junto a la puerta, además de atestiguar una vieja tradición atribuida a Domingo, viene muy bien para facilitar un acceso cómodo e inmediato a los fieles devotos y peregrinos. Se decía en la Calzada que el Santo había anunciado que el templo podría ampliarse hasta incluir la tumba en su interior, ésta había sido situada por él mismo en el atrio. Ubicando la capilla tan cerca de la puerta no sólo se disponía el acceso, sino que evitaba que los peregrinos penetrasen más en el interior de la iglesia molestando en todos los sentidos la práctica del ceremonial litúrgico y el propio mantenimiento del edificio. La importancia y el desarrollo del culto dominicano era tan considerable que producía una cierta aglomeración en el brazo del crucero, circunstancia que no sería resuelta hasta la última ampliación de la capilla y del crucero.
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El simbolismo religioso de la forma de la cruz dio origen a una preferencia por ella en la arquitectura, que tuvo su mayor desarrollo en el mundo bizantino. El esquema de cruz, aunque no resulte exclusivo de lo bizantino, tuvo en el arte cristiano oriental su mayor desarrollo arquitectónico y dio lugar a estudios muy tempranos sobre los sistemas de disposición de bóvedas de contrarresto alrededor de una cúpula más elevada. Como referencia más significativa para la adopción de este trazado en las iglesias cristianas puede recordarse la iglesia de los Santos Apóstoles edificada por Constantino en Constantinopla, que fue destinada a mausoleo imperial; con la misma forma ordenó Justiniano la construcción de su capilla funeraria, al lado de Santa Sofía. Un conocido texto sobre la construcción de la Catedral de Gaza narra que, ante la duda entre los fieles sobre la forma que debía tener el templo, el caso se resolvió al recibirse una carta de la emperatriz Eudoxia con el plano, en forma de cruz, que debía utilizarse de modelo. Estos datos sirven para entender el alcance que pudo tener el simple concepto de planta en cruz, con independencia de que junto a él se transmitieran otros conocimientos arquitectónicos más técnicos; puede que en muchos casos se decidiera adoptar esta forma con los medios y técnicas disponibles, como hubo de hacer en Gaza el obispo Porfirio. El mausoleo cruciforme que vemos empleado por los emperadores en Constantinopla y que adopta también Gala Placidia para su sepulcro de Rávena, tiene en nuestra Península una manifestación excelente en la tumba de San Fructuoso situada en Montelios, junto a Braga. Es el edificio más bizantino de la arquitectura visigoda, que pone de manifiesto cómo pudo ser el arte de las grandes ciudades de la época, bajo el influjo de los dirigentes más cultos de la Iglesia. Se considera tradicionalmente que la iglesia de San Fructuoso en Montelios fue dispuesta por el propio obispo de Braga, poco antes de su fallecimiento en el año 665, y que él mismo ordenó, por humildad, que no se le enterrase en su interior, sino en un arcosolio lateral en el exterior de la capilla. Permaneció durante la Edad Media en un plano muy secundario, especialmente desde que el obispo Gelmírez se llevara a Santiago las reliquias del fundador, y luego pasó a ser de los capuchinos, quienes la rehicieron para luego tener que derribarla en gran parte por las necesidades del culto. En 1931 se puso al descubierto la parte conservada y se puso en marcha la restauración que ahora vemos, en la que según Gómez Moreno se cometieron temerarias libertades; la misma opinión expresaba el profesor Schlunk aunque, siendo ambos testigos de la restauración, nunca quisieron publicar detenidamente sus críticas por cierta consideración hacia sus colegas portugueses. Con la fisonomía general que hoy se nos ofrece y las indicaciones de nuestras dos máximas autoridades sobre el arte visigodo, se puede establecer la descripción de tan destacado monumento. El edificio tiene forma de cruz con los brazos iguales, y se compone de un cimborrio con cúpula, rodeado de tres capillas circulares y una sala cuadrada que sirve de entrada. La parte original es el cimborrio, la mayor parte de la entrada, la capilla meridional y el trazado interior de la capilla oriental. El cimborrio está delimitado por cuatro arcos de herradura, que cobijan en un plano posterior una estructura de tres arcos soportados en dos columnas, el central, mayor que los laterales. Las capillas ofrecen una planta de herradura por la intersección del círculo interior con las jambas rectas de las entradas; dentro de ellas había otras columnas, al parecer seis en la capilla oriental y cuatro en las laterales, sobre las que descansaban pequeñas cúpulas con un pasillo muy estrecho para deambulatorio alrededor. Todo este sistema de apoyos en arquerías interiores tiene una clara relación con la arquitectura bizantina, al igual que la cúpula central de ladrillos sobre pechinas. En el exterior, los muros descansan sobre un zócalo moldurado y se componen a base de arquerías ciegas, alternadas las angulares y las de medio punto sobre pilastras lisas. Los testeros de las capillas tienen frontones triangulares con ventanillas dobles. El cuerpo del cimborrio sobresale como una torre central con cubierta a cuatro vertientes, y su parte superior la recorre una secuencia de arquillos de herradura y ángulos soportados en columnitas adosadas que se han perdido. Este juego de vanos ciegos en la fachada es semejante al del mausoleo de Gala Placidia en Rávena, aunque el sistema de friso de arquillos en el cimborrio puede considerarse un precedente original de esta forma tan frecuente en la arquitectura románica posterior. Toda la distribución del edificio está hecha sobre la base de la unidad de medida de ochenta centímetros. Los centros de las capillas distan cuatro metros del punto de intersección de los dos ejes, y el radio de cada bóveda es de 1,60 metros; las dimensiones mayores del conjunto son 12,80 metros, equivalentes a dieciséis veces el módulo. La presencia de esta medida en otros edificios peninsulares calificados habitualmente de bizantinos como el mausoleo de las Vegas de Puebla Nueva o la basílica de Algezares (Murcia), con un baptisterio circular de ocho metros de diámetro, llevan a pensar que esta unidad de medida puede tener la misma procedencia, aunque su empleo parece muy antiguo y se extiende a toda la Península. Junto a los caracteres de procedencia oriental, suelen señalarse otros en San Fructuoso de Montelios que serían las aportaciones visigodas a este tipo de arquitectura. Entre ellos estaría la preferencia por el uso del arco de herradura, tanto en la construcción como en lo decorativo, así como el estilo de la ejecución de los capiteles y la forma de distribuir la decoración en bandas horizontales continuas, con prioridad sobre las organizaciones verticales. La preferencia por la forma de cruz debió ser frecuente en las iglesias vinculadas a los grupos sociales de mayor formación cultural, tanto los propietarios de las grandes fincas de origen hispanorromano, como los integrantes del movimiento monástico, cada día más pujante. Entre las iglesias vinculadas a dominios señoriales, de las que existe una gran documentación arqueológica pero poco sistematizada, puede seleccionarse un ejemplo representativo. Al norte de la localidad de Fraga en la provincia de Huesca, están al descubierto las ruinas de una gran explotación agrícola, cuyo dominio estuvo, al menos desde el siglo IV, en manos de cristianos; en aquellos tiempos, el dominus Fortunatus mandó hacer un pavimento de mosaico con temas entremezclados como en una mesa revuelta, en la que brotan tallos de vid, los muchachos vendimiadores, faisanes, pavos reales y palomas; para evitar dudas sobre su fe añadió en el umbral su propio nombre dividido por un crismón con las letras alfa y omega invertidas. Luego, la comunidad cristiana del predio debió crecer notablemente, de modo que en el siglo VI se construyó una iglesia junto al gran patio de la villa, cuyas dimensiones son tan amplias como las de cualquiera de los templos públicos conocidos. La iglesia de la Villa de Fortunato tiene un perímetro rectangular, de 20 por 13,60 metros, dentro del sistema de medidas ya comentado; en el lado oriental sobresale una capilla cuadrada con los ángulos redondeados por el interior, que recuerda a la de Recópolis, pero el resto de la organización tiene poco que ver con las iglesias de crucero. La diferencia más significativa es la de que en las basílicas con crucero existen dos sistemas independientes de circulación, uno el de la nave o naves longitudinales que corresponden al verdadero espacio basilical y otro el del brazo transversal o brazo de crucero; los dos recorridos se unen en el coro ante la capilla y el altar, pero no tienen por qué acusarse en una pieza arquitectónica destacada. En la iglesia de Fraga, como en todas las de planta central bizantina, se forma un espacio de confluencia de todas las circulaciones bajo el cimborrio, que se manifiesta a mayor altura en el alzado y que tiene no sólo una función litúrgica, sino también un significado simbólico. En la iglesia de Fraga el cimborrio tiene acceso por dos habitaciones al norte y al sur; el brazo occidental es más corto y sólo se accede a él por la nave; el brazo oriental precede a la capilla y se comunica con dos habitaciones que ocupan los ángulos. Al oeste hay además un conjunto de habitaciones menores, la central ocupada por un baptisterio semejante al de la basílica de Bobalà-Serós, que dista sólo unos veinticinco kilómetros de este lugar. Las habitaciones laterales del lado oriental se interpretan como celdas monásticas por su semejanza con las de iglesias monacales de planta central, aunque pudieran tener aquí otros usos, ya que su presencia está determinada esencialmente por la composición arquitectónica.
acepcion
También denominadas iglesias uniatas, son la maronita, la caldea, la rutena y la ucraniana. En algunas se practica la comunión del vino y el pan, además de celebrarse el bautismo por inmersión. En ésta el clero tiene permiso para casarse.
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La expansión del Cristianismo traerá consigo la edificación de numerosas iglesias donde realizar el culto. En un primer momento se seguirá el esquema basilical romano, para después adoptar otro tipo de plantas. Entre las primeras construcciones cristianas destaca la espectacular basílica de Santa Sofía de Constantinopla, levantada en el siglo VI por orden del emperador Justiniano, paradigma de las construcciones bizantinas, entre las que también destacan la iglesia de Hosios Lukas o el monasterio de Laura en el monte Athos. Otras magníficas muestras del primer arte cristiano las encontramos en el baptisterio de san Juan de Letrán en Roma o el Mausoleo de Teodorico en Rávena, sin olvidar las excelentes iglesias de San Vital o de San Apolinar en esta ciudad italiana. En España, el arte prerrománico tendrá un importante desarrollo, encontrando algunos de los mejores ejemplos del arte europeo. Las iglesias visigodas de Quintanilla de las Viñas y San Juan de Baños; los templos asturianos de San Julián de los Prados, Santa Cristina de Lena o San Miguel de Lillo; o las construcciones mozárabes de San Miguel de la Escalada, San Baudelio de Berlanga o Santiago de Peñalba sobresalen entre los templos de su época. En Alemania nos encontramos con la capilla Palatina de Aquisgrán, uno de los monumentos más importantes de su tiempo. La iglesia de San Miguel de Hildesheim o la abadía de Corvey son algunos de los mejores ejemplos del arte carolingio y otoniano. En el año mil Europa empieza a vivir importantes transformaciones que tendrán su repercusión en el arte, desarrollándose el románico, cuyo edificio paradigmático es el monasterio de Cluny. En un momento en el que alcanzan gran auge las peregrinaciones, la iglesia de peregrinación será el paradigma de este periodo. La catedral de Santiago de Compostela es la más importante de este tipo, esquema que se repite en otros templos como Santa Fe de Conques o San Front de Perigueux, dentro de la ruta del camino de Santiago. En España también encontramos la catedral de Jaca, san Martín de Frómista o la catedral de Zamora. En Italia el románico es más decorativo, como observamos en el conjunto monumental de Pisa, San Miniato al Monte o San Ambrosio de Milán. El renacer de las ciudades a partir del siglo XII traerá consigo un nuevo tipo de arte: el gótico, vinculado a la construcción de las catedrales. Los arcos apuntados, los arbotantes, los pináculos y los contrafuertes van a permitir elevar las catedrales hasta alturas insospechadas en ese momento. La ligereza de las edificaciones permitirá introducir la luz en el espacio interior, luz tamizada gracias a las espectaculares vidrieras de colores. El gótico se expande por toda Europa. En Francia destacan las catedrales de Chartres, Reims y Amiens. En Inglaterra las de Salisbury, Lincoln y Wells. En Alemania, sobresalen las catedrales de Ulm y Colonia. En Italia destaca la de Milán. Será de nuevo España el lugar donde este estilo alcance un espectacular desarrollo, perdurando en el tiempo. Las catedrales de Toledo, León y Burgos se construyen en la época clásica del gótico, pero las de Sevilla y Salamanca serán más tardías.
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El Renacimiento tiene en la cúpula de la catedral de Florencia, realizada por Brunelleschi entre 1418 y 1464, su punto de partida. Del mismo arquitecto son las iglesias de San Lorenzo y del Santo Spirito, también en Florencia, recuperando conceptos del mundo antiguo como la medida y la proporción. De manos de Leon Battista Alberti son el Templo Malatestiano de Rímini y la iglesia de San Andrés de Mantua. Pero el gran proyecto del Renacimiento será la construcción de la basílica de San Pedro, en la que trabajaron Bramante, Sangallo y Miguel Angel, autor de la gran cúpula que corona el templo. Carlo Maderno será el encargado de la fachada. En el Barroco destacan las figuras de Bernini y Borromini. Al primero debemos el espectacular Baldaquino de san Pedro y la iglesia de San Andrea al Quirinale; al segundo, Sant'Ivo della Sapienza y San Carlo alle quatro fontane. El clasicismo francés nos ha dado algunas de las mejores construcciones de la época como la iglesia de los Inválidos de París o el monasterio de Val-de-Grâce. En España sobresalen la fachada del Obradoiro, de Casas y Novoa, y la fachada de la catedral de Granada, de Alonso Cano. Pero será en América donde el arte barroco alcance un espectacular desarrollo en la arquitectura religiosa. Buena prueba de ello son las catedrales de México, Lima, Cuzco o la iglesia de la Compañía de Jesús en Arequipa. La catedral de San Pablo en Londres o la iglesia de San Carlos Borromeo en Viena son también dos excelentes ejemplos del arte barroco. La pérdida de poder político y económico que sufrió la Iglesia en el siglo XIX se verá reflejada en la disminución de construcciones religiosas. Aun así destacan excelentes templos, como las iglesias de la Madeleine o Santa Clotilde de París, las catedrales de Marsella o San Isaac en San Petersburgo o los diseños de Viollet-le-Duc. En el siglo XX también encontramos excelentes ejemplos dentro de la arquitectura religiosa, como la Sagrada Familia de Barcelona, obra de Gaudí; la catedral de Brasilia, de Oscar Niemeyer, o la iglesia de Notre-Dame de Ronchamp, de Le Corbusier.
contexto
La construcción de nuevos templos parroquiales y la adaptación de los antiguos, en ambos casos para responder a las nuevas necesidades fue una actividad que se extendió por toda la Diócesis. El conjunto de obras realizadas explica el también elevado número de los canteros que desarrollaron su labor compitiendo entre sí o, caso frecuente, llegando a acuerdos de colaboración entre ellos para conseguir la adjudicación de la realización de la obra. Esta se hallaba basada en un proyecto cuyo autor no coincidía necesariamente con el que se encargaba de la construcción, lo que hace que resulte difícil determinar en muchos casos quien fue el autor verdadero de la iglesia. El tipo de iglesia característico es el denominado de planta de salón, con volumen único de forma prismática, de dimensiones muy semejantes en la superficie, y espacio dividido en tres naves, más ancha la central que las laterales, cubiertas con bóvedas estrelladas de rica tracería, que cargan sobre pilares de gran desarrollo de la misma altura. El espacio se completa por un ábside saliente en planta de forma poligonal o cuadrada. El ventanaje, con escaso número de vanos, se abre en los muros laterales, siendo los únicos elementos, junto con la portada, en los que se aprecian las distintas épocas de construcción. Los exteriores destacan en todos los casos por la rotundidad de los volúmenes y desnudez de las superficies, únicamente alterada en las portadas, en las que se concentra la decoración. Esta, en ocasiones, se enmarca en un paño diferenciado del resto del muro, alcanzándose el máximo de labor cuando el conjunto se alberga en un gran arco, tipo de portada iniciada en la puerta de la Pellejería de la catedral y que vemos en la parroquial de Arauzo de Miel, de estilo protorrenacentista en relación con el de Francisco de Colonia. En relación con el estilo de Felipe Bigarny destaca la portada de Pedrosa de Río Urbel y, más avanzada, en la órbita de Juan de Vallejo, las de las iglesias de Nebreda, Zael y Padilla de Abajo, entre otras. Partiendo del modelo general descrito, el proceso evolutivo normal originó una serie de cambios a lo largo del siglo XVI que se reflejan en los pilares y en las bóvedas, sin alterar su función, ni el concepto de espacio. Pero, aunque en muy reducido número, se construye una serie de iglesias de una sola nave, formando un tipo en el que aparecen las mayores novedades, sobre todo en las levantadas durante la segunda mitad de la centuria, en las que se adoptan nuevas soluciones en cubiertas y soportes. Como prototipo de las iglesias de planta de salón en Burgos podemos considerar la de San Juan de Castrojeriz, no sólo por sus caracteres sino también por la conducta seguida, ya que se edificó en sustitución de otra más antigua, de la que se conservaron la torre y el claustro. Comenzada a construir durante el primer tercio del siglo XVI responde en todos sus elementos a dicho período. Consta de tres naves que se levantan a la misma altura, cubiertas por bóvedas estrelladas de nervios combados que se continúan, sin interrupción, a través de las molduras de los elevados pilares. Obra singular es la iglesia de Villaveta, trazada por Juan Gil de Hontañón, con planta de salón de tres naves, que se aparta de las típicamente burgalesas en la presencia de dos pequeñas capillas, a modo de incipiente crucero cuyo volumen se manifiesta en el exterior con pequeños cubos en las esquinas, que dotan de cierto movimiento al conjunto. Las bóvedas que cubren las naves, con tracerías de nervios radiales, son únicas en Burgos. La parroquial de la Asunción de Nuestra Señora en Villasandino, de planta casi cuadrada, presenta unos caracteres más avanzados, ya del segundo tercio del siglo. Los fustes de los robustos pilares son totalmente lisos, rematados por una faja capitel, de tal modo que los nervios de las bóvedas se interrumpen bruscamente, se pierden al tomar contacto con el soporte. Los arcos son de medio punto, sin recuerdo alguno de las formas ojivales, y otro tanto ocurre en las bóvedas de perfil muy plano sin el característico apuntamiento y división de la plementería de las ojivales. De tal modo que la rica tracería de nervios es meramente decorativa, con una función constructiva mínima de simple refuerzo. Función decorativa que hace más ostensible la multiplicación de las claves pinjantes, que semejan una decoración colgante. Estos caracteres se repiten en otras muchas iglesias con ligeras variantes. En la de Santa María de Rivarredonda, trazada por Juan de la Puente, las bóvedas se trazan en forma continua, sin que los arcos fajones interrumpan la disposición en forma de red, cercana a las bóvedas reticulares alemanas. Aspecto semejante al que ofrece la ex colegiata de Roa, de enormes dimensiones, cuyos pilares presentan grandes estrías acanaladas en parte del fuste, muestra del camino hacia unas formas más clásicas, que en la también ex colegiata de San Pedro de Lerma se manifiesta en el empleo de columnas de fuste liso coronadas por capiteles jónicos de clásico diseño. Clasicismo evidente igualmente en el desarrollo de la girola, única que aparece en la arquitectura burgalesa a excepción de la catedral, y que se rompe en las bóvedas con claves pinjantes de gran desarrollo. La iglesia de San Martín de Briviesca, de tres naves y concepto espacial semejante al de las anteriores, no presenta sin embargo su claridad compositiva, debido a la robustez de los pilares. El mayor avance en este camino hacia las formas clásicas se inicia con la llegada a Burgos del arquitecto Juan de la Puente, que es el que generaliza el empleo de pilastras adosadas a los soportes, y el primero en enriquecerla con retropilastras, al mismo tiempo que, en algunos templos, sustituye las cubiertas de bóvedas estrelladas por cúpulas y bóvedas de cañón decoradas con molduras concéntricas. El empleo de pilastras con retropilastra puede verse en la nave central y crucero de la iglesia de San Lesmes de Burgos, construidas a partir del año 1565, con el patrocinio del mercader Francisco de la Presa y Catalina Flores de Zamora, su mujer, y la intervención, entre otros, del cantero Juan de Escarza. Un estilo semejante muestra la iglesia de Hontoria de la Cantera, si bien todo el edificio se hizo de nuevo. La presencia de elementos pertenecientes a las distintas fases estilísticas aparecen en muy diversos templos, debido a la larga duración del proceso constructivo, aunque tal cosa no influyó en la plena consecución del espacio único. El mejor ejemplo lo encontramos en la soberbia iglesia parroquial de Villahoz, en la que, siguiendo el proceso inverso al habitual, vemos los elementos más antiguos en los pilares, pilastras y bóvedas de finales del siglo XV, en los pies, y los más modernos en progresivo avance hacia la cabecera. Un proceso semejante se manifiesta en la gran iglesia de Melgar de Fernamental, en este caso aunque más complicado por la presencia de bóvedas reconstruidas con posterioridad al siglo XVI. En la iglesia de Tórtoles de Esgueva la fusión de elementos es más clara, ya que las bóvedas pertenecen al siglo XVI. en su totalidad, en tanto que los pilares y el ventanaje pertenecen a fines del siglo XV. Más homogeneidad presenta la iglesia de Santibáñez Zarzaguda, a pesar de que su proceso de construcción fue incluso más largo que en los casos anteriores, y al menos, desarrollado en tres fases. La más importante fue la segunda en la que, a partir del año 1588, el maestro de cantería Domingo de Azas levantó los dos tramos del cuerpo, que no se terminó, incluida la torre, hasta mediados del siglo XVII. En las iglesias que hemos señalado, el interior del ábside se cubre con bóvedas ojivales, pero a partir de la mitad del siglo algunos ábsides presentan bóveda en forma de venera, con los nervios muy marcados, sin que sufra cambios el resto del templo, como vemos en la iglesia de Olmillos de Sasamón, y en la cabecera construida en el templo románico de Moradillo de Sedano. Este sistema de cubierta aparece más complicado en la parroquial de Espinosa de los Monteros en que la gran venera del ábside arranca de otras dos más pequeñas, en función de trompas, solución que encontramos igualmente en la iglesia de Cerezo de Arriba. El éxito de este tipo de cubierta hizo que se empleara no sólo en el ábside, sino en otros lugares del edificio, como vemos en la iglesia de Rubena, de una sola nave, que presenta sendos espacios laterales cubierto con grandes veneras, que en la de Sedano se convierten en capillas laterales igualmente cubiertas con grandes veneras. El tipo de iglesia de ámbito único de tres naves, aparte del éxito que tuvo, como prueba el número de iglesias construidas es también, sin duda alguna, el que más llama la atención y suscita más admiración en la arquitectura burgalesa del siglo XVI debido a la grandiosidad de los edificios construidos. Sin embargo, aun cuando no suscitan tal admiración, no son de menos interés los templos de una sola nave levantados al mismo tiempo que los anteriores y en los que se nos ofrecen las más interesantes innovaciones. Algo que, en principio, puede parecer extraño pero que tiene fácil explicación cuando se considera que fue, precisamente en este tipo de iglesias, donde los grandes arquitectos tuvieron ocasión de desarrollar sus ideas más personales. En general, estos templos presentan un modelo muy semejante de planta de una sola nave normalmente con crucero de escaso desarrollo y las construcciones de mayor interés corresponden a los tres grandes maestros Rodrigo Gil de Hontañón, Juan de Vallejo y Juan de la Puente, los mejores arquitectos que trabajan en Burgos durante este siglo. No hay duda alguna, según hemos documentado, la intervención de Rodrigo Gil de Hontañón en las trazas de la ex colegiata de Peñaranda de Duero. Templo de una sola nave con crucero, más acusado que en otros edificios, en armónica correspondencia con las grandes dimensiones que tiene, que le convierten en el más destacado de toda la provincia de Burgos entre los de este tipo. La limpia amplitud del espacio, que no interrumpe la compleja tracería de las bóvedas reticente y superficialmente góticas, inicia un concepto espacial plenamente renacentista que desarrollará, precisamente, su discípulo Juan de la Puente en otros edificios burgaleses. Juan de Vallejo, autor no suficientemente conocido y poco valorado desde el momento en que se le aprecia, sobre todo, por su trabajo como decorador, es el autor de las iglesias de Pampliega y Miraveche. Edificios de una sola nave con crucero, cubiertas con bóvedas de crucería estrellada. Diferentes son las iglesias, trazadas y construidas por Juan de la Puente, de Cuevas de Amaya y Torresandino, en las que se aparta tanto de las construidas por Juan de Vallejo como por él mismo en otros lugares. La de Cuevas de Amaya, de una sola nave con crucero de escaso saliente, se cubre con bóvedas estrelladas con arcos fajones de escaso resalto que cargan sobre pilastras planas que apenas destacan de las lisas superficies de los muros. En esta iglesia las notas dominantes son la ausencia de decoración y la claridad del espacio, las mismas que encontraremos en la arquitectura barroca inicial pocos años después. Distintos caracteres presenta la iglesia de Torresandino, en la que Juan de la Puente comenzó a trabajar con la intención de sustituir el templo anterior, gótico del siglo XIII de una sola nave, por una nueva edificación, proyecto que sólo llevó a cabo en la cabecera a la que quedó yuxtapuesta la nave primaria con el resultado que actualmente ofrece el edificio de acusado contraste entre ambas partes. En la cabecera, Juan de la Puente insistió en el concepto de espacio único empleado por su maestro, cuyo mejor ejemplo lo encontramos en la ex colegiata de Peñaranda de Duero, pero modificando los elementos de la cubierta con una gran cúpula rebajada y ampliando el concepto de ámbito único, hasta llegar a una planta de cruz griega mediante el tratamiento de los espacios en los dos ejes, en los que estableció una clara diferencia mediante el tipo de cubierta. Así queda subrayado como dominante el eje longitudinal al cubrir el ábside con una gran bóveda en forma de venera, que repite en el lado opuesto -que quedó sin concluir en su parte inferior-, en tanto que los espacios laterales, de menor desarrollo que el ábside, se cubren con bóvedas de cañón que, como la cúpula central, se decoran con molduras geométricas.
Personaje Político
El 18 de octubre de 1850 nace en El Ferrol Pablo Iglesias Posse, hijo de un peón del ayuntamiento ferrolano que fallece al poco tiempo. La viuda, doña Juana Posse, y sus dos pequeños, Pablo y Manuel, no tienen más alternativa que abandonar la villa gallega y encaminarse a buscar fortuna a la capital del país, donde un tío materno puede ofrecer cierta protección. Pero la desgracia se ceba de nuevo en la familia, ya que al llegar a Madrid reciben la noticia de que el tío ha fallecido. Doña Juana no tiene más remedio que enviar a sus dos retoños al hospicio y emplearse ella como criada. Será en el hospicio donde Pablo aprenda el oficio de tipógrafo. El joven se interesará pronto por cuestiones políticas gracias a los vientos de libertad que en España soplaban por el triunfo de "la Gloriosa" en septiembre de 1868, fruto del cual la reina Isabel II debe abandonar España. Pablo no duda en afiliarse a la Asociación Internacional del Trabajo (AIT), creaba el 24 de enero de 1869 en Madrid. En septiembre de 1871 el joven tipógrafo ya es elegido secretario-corresponsal de la comarca del Norte, siendo designado delegado para tomar parte en el congreso de Zaragoza, que se celebrará en abril de 1872. La división en el seno de la AIT en el Congreso Internacional de La Haya durante el mes de septiembre de 1872 -división que supondrá la escisión entre marxistas y bakuninistas- llevará a Pablo a mantenerse fiel a las ideas desarrolladas por Marx. En 1873 ingresa en la Asociación General del Arte de Imprimir, organización de la que pasa a ser presidente al año siguiente. En estos años realizará sus primeras colaboraciones con la prensa escrita, enviando artículos a los semanarios obreros "La Solidaridad" y "La Emancipación". El 2 de mayo de 1879 Pablo Iglesias funda, junto a varios compañeros también partidarios del marxismo, el Partido Socialista Obrero Español. La fundación se realizará en la taberna Casa Labra, en la calle de Tetuán de Madrid, donde hoy se puede contemplar una placa conmemorativa. Entre los objetivos del fundador debemos destacar su deseo de crear un partido cohesionado, sin fisuras, y en el que brillara la honradez y la moralidad, para lo que se esforzó por establecer una significativa pureza ideológica, buscando más la calidad que el número de sus afiliados. El líder obrero no duda en participar en la huelga de impresores de 1882 lo que le llevará a ser vetado por parte de los propietarios de los periódicos, abandonando temporalmente la colaboración periodística hasta la fundación de "El Socialista" en 1886, órgano oficial del PSOE, del que llegaría a ser nombrado director. El crecimiento del partido fue bastante lento debido a la pureza ideológica impuesta. Sin embargo, la fundación de la Unión General de Trabajadores, entre el 12 y el 14 de agosto de 1888 en Barcelona, y el traslado de su Comité Nacional a Madrid diez años después -siendo designado presidente el propio Iglesias y secretario García Quejido- motivaría un significativo afianzamiento del partido gracias a la fundación de las Casas del Pueblo, la organización de las Juventudes Socialistas y la expansión de la ideología marxista a las zonas rurales. El primer éxito político del partido será la elección como concejales del Ayuntamiento de Madrid de tres de sus miembros más importantes: Pablo Iglesias, Largo Caballero y García Ormaechea. A pesar de los primeros enfrentamientos entre UGT y la CNT, el entendimiento entre ambas centrales sindicales se producirá durante la Semana Trágica de Barcelona, en julio de 1909 en Barcelona. Pablo Iglesias se integra en la coalición republicano-socialista a raíz de estos trágicos sucesos, resultando elegido diputado en el Congreso de los Diputados en las elecciones de mayo de 1910. Su actividad política se compagina con sus habituales colaboraciones en publicaciones como "La Ilustración Popular", "La España Moderna", "La Nueva Era", "Revista Socialista" o "Vida socialista" en cuyos editoriales hará un duro repaso a los sucesos que vive el país. Esta feroz crítica también la manifestará desde su escaño. Su delicado estado de salud le aparta paulatinamente de la actividad pública desde 1914, renunciando a participar en congresos nacionales e internacionales. La huelga de 1917 llevará una importante tensión al partido y al sindicato, sirviendo la figura de "El Abuelo" como verdadero aglutinante. Su fallecimiento, el 9 de diciembre de 1925 en Madrid, provocará la pérdida de cohesión en el socialismo español. Las "familias" y los "barones" tendrán su primera muestra en los años de la Dictadura de Primo de Rivera, siendo el papel de la UGT determinante en estas fechas.
contexto
En el campo, los labradores vivían dispersos en pequeños núcleos. A veces un par de docenas de familias continuaba viviendo en los alrededores de las ruinas de las grandes haciendas esclavistas de época romana. Otras veces, una de las numerosas y diminutas iglesias rurales que fueron surgiendo en el campo servía de base para la formación de modestos asentamientos compuestos por una pocas familias; muy frecuentemente, el campesino vivía en medio del campo que cultivaba, en ocasiones no lejos de otros agricultores, pero sustancialmente aislado. El pueblo y la comunidad campesina todavía no existían, pues son, en gran medida, una creación posterior, de los siglos X y XI. En estos momentos tampoco había fortificaciones ni construcciones destinadas a defender a la población rural, siempre inerme ante el ataque de bandoleros o de bandas armadas que pillaban los campos. Habituados a considerar al Medievo como una época de cambios lentos -como a la edad por excelencia de la historia inmóvil propugnada por Ferdinand Braudel- si diéramos un salto de un par de centenares de años, desde Carlomagno hasta el umbral del año mil, nos quedaríamos atónitos. El paisaje se ha transformado completamente. En numerosos lugares de la región, la organización del campo ya ha adquirido características que, al menos en grandes líneas, se conservarán hasta el gran despegue económico de mediados del siglo XX. ¿Qué ocurrió para producir semejante transformación? Habían nacido los castillos y, con ellos, un fenómeno muy complejo -para el que los historiadores de todo el mundo toman como modelo el Lacio- al que se pone por nombre el neologismo de encastillamiento. En el encastillamiento de tipo del Lacio confluyen dos procesos distintos: por un lado la concentración de la población dispersa por el campo en un asentamiento rural; por otro, la construcción de defensas adecuadas destinadas a proteger a la totalidad o a gran parte de este asentamiento. Como si se tratara de una reacción química, la combinación de ambos elementos dio vida a un compuesto de gran solidez, destinado a durar por más de un milenio. Pero, ¿cuáles eran sus características?
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