Busqueda de contenidos
contexto
<p>El primer arte de la Humanidad aparece en la etapa de la historia llamada Paleolítico Superior (30.000 a 8.000 años a. C., en números redondos). En esos tiempos existía en Europa un clima rudo, con alternancia de largos milenios de frío húmedo y frío seco, siempre dentro de lo que comúnmente se denomina un período glaciar, y con otras etapas interglaciares, de clima menos riguroso y algo más cortas. Los estudios paleobotánicos y paleontológicos, cada vez más avanzados, lo explican muy bien. Las nieves perpetuas, entre 700 y 1.000 metros más bajas que en la época actual, hacían que, junto con el clima, la flora y la fauna, las condiciones ecológicas fuesen muy diferentes de las que vivimos en nuestros días. En lo que se refiere a los animales, existían los grandes paquidermos, como el mamut o el rinoceronte lanudo, si bien las especies más características eran el bisonte y el reno. Como es sabido, este último en la actualidad está circunscrito a las regiones próximas al círculo polar ártico, de las que es el animal típico. El bisonte europeo está prácticamente extinguido, quedando sólo unos pocos ejemplares en Polonia y en el Cáucaso. En cuanto a los grandes paquidermos, desaparecieron de la Europa occidental con el clima frío, emigrando hacia las llanuras de Rusia y Siberia, en especial el mamut del que se han encontrado ejemplares congelados en la parte septentrional del territorio siberiano. Al imponerse el cambio climático, hacia el 10000-8000 a. C., la sustitución total del reno por el ciervo ya existente será el símbolo de los nuevos tiempos. A partir de dicho momento se fue imponiendo un clima parecido al actual y, para toda la Europa occidental, habrá acabado el largo período de los grandes cazadores. Con él termina también el gran arte animalista del Paleolítico Superior.</p>
contexto
La situación favorable obtenida por la Casa de Habsburgo tras la paz de Praga decidió a Richelieu a la actuación directa, ofreciendo su alianza a Holanda y Suecia en 1635. Más tarde Saboya y Sajonia-Weimar se unirán a la guerra en el bando protestante y por su parte el voivoda de Transilvania atacará Hungría. La guerra multiplica así sus frentes, abiertos en los Alpes y en la llanura del Po, en el Rosellón y en los Países Bajos, en el Atlántico, el Báltico y el Mediterráneo. Pese a que en los primeros años el ejército español y el imperial obtuvieron los mayores triunfos, en los Países Bajos y en Borgoña, desde 1637 la guerra se vuelve claramente en su contra, complicada con los levantamientos independentistas, en 1640, de Cataluña y Portugal, alentados por Francia. El ejército francés, dirigido por el joven Condé, consiguió detener a los tercios españoles en Rocroi, derrota de la que ya no volvieron a recuperarse. El ejército sueco, mientras, derrotó a Dinamarca, que en esta ocasión apoyaba a los imperiales y que tras la paz de Brömsebro (1645) es eliminada definitivamente de la lucha por la hegemonía báltica. Las rebeliones de Nápoles y Sicilia contra España (1647) y la derrota de Baviera en Züsmarshausen (1648) dejaron muy debilitados a los aliados del emperador Fernando III. Las conversaciones de paz que se venían intentando desde comienzos de los años cuarenta se precipitaron, y en 1648 se firmó la paz de Westfalia.
contexto
Los recientes descubrimientos que se realizaron a fines de los años setenta en Hadar, dentro de la región de Afar, no sólo dieron la vuelta al mundo, sino que transformaron e incidieron en la polémica sobre nuestros ancestros y la posición del género Homo y el Australopiteco en el linaje humano. El Australopithecus afarensis hasta el momento sólo aparece en Africa oriental, la región óptima para sistematizar los primeros pasos de la evolución humana. Ello es debido a los factores que comentamos previamente. Por un lado, la condición de los hallazgos que se remiten a prospecciones y excavaciones impecables, realizadas con equipos interdisciplinares y, al mismo tiempo, las condiciones tectónicas de la región afectada por la falla del Rift, permiten datar por medios radiométricos las tobas volcánicas que contienen los restos, comparándolos con series de cronología relativa. Entre los descubrimientos más llamativos destacan los efectuados en Hadar y en Laetoli, dos de los principales yacimientos. Sin embargo, siguiendo un esquema cronológico, los más antiguos restos parecen relacionarse con los hallazgos de Lothagan y Kanopoi en el norte de Kenia. En el primero, los depósitos fluviales ofrecieron una mandíbula homínida asociada a una fauna cuya cronología estimada es de 5 a 6 millones de años. Las dataciones posteriores obtenidas para las dos capas que contienen el sedimento muestran un radio más amplio (8,3 y 3,7 millones de años). Sin embargo, el espécimen es muy incompleto y pudiera tratarse de un primate. En Kanopoi el hallazgo de un fragmento distal de húmero de un homínido estaba asociado a una fauna calculada entre 4 y 5 millones de años, con fechas radiométricas que oscilan entre 2,5 y 4 millones de años. Estos restos tan antiguos de momento se incluyen entre la especie afarensis. En cualquier caso, los yacimientos más famosos son los de Hadar y Laetoli, investigados por equipos interdisciplinares desde la década de los setenta. En Hadar, el equipo dirigido por Donald Johanson realizó los descubrimientos en diferentes campañas, si bien fue en 1974 cuando se produjo el hallazgo más brillante de nuestro tiempo, al descubrir los restos postcraneales de un individuo femenino, al cual se denominaría Lucy, debido a que en esos momentos la radio emitía la famosa canción de los Beatles. Gracias a Lucy, de la especie afarensis, se conocen mejor los rasgos postcraneales de todas las especies de australopitecos, a pesar de ser los más antiguos. Al mismo tiempo, la polémica sobre el origen del género Homo volvió a suscitarse con una virulencia extraordinaria. El estudio posterior y laborioso de los restos demostró que el afarensis estaba capacitado para una marcha terrestre bípeda si bien conservaba algunos rasgos primates. Los depósitos de Hadar, en la cuenca del río Awash y dentro de la depresión de Afar en Etiopía, se agrupan en lo que se ha denominado la Formación de Hadar. Esta formación, muy compleja, se compone de sedimentos formados por arrolladas fluviales en una cuenca que periódicamente inundaba un lago. Estos sedimentos están intercalados con tobas volcánicas y basaltos propicios para su datación por medios radiométricos que han aportado una cronología entre los 3,6 y 3,1 millones de años, o bien de 3,1 a 2,6 millones de años. Los restos encontrados además de Lucy (espécimen AL 288-1), llegan hasta 65 individuos diferentes, incluida una concentración especial de lo que se conoce como primera familia (AL 233). Laetoli, a 45 kilómetros al sur de Olduvai Gorge, en el norte de Tanzania, realmente es el primer yacimiento donde se encontraron restos de afarensis, ya que de prospecciones de los años treinta se conservaban un pequeño fragmento de maxilar derecho y un tercer molar, que fueron observados como restos de primates hasta la revisión posterior, ya en los setenta, de T. White. Laetoli, entre las campañas de 1974 y 1979, dirigidas por Mary Leakey, ha ofrecido restos de hasta 23 individuos de afarensis. Casi todos vienen de la parte superior de las tobas volcánicas llevadas por el viento en una región de 75 kilómetros cuadrados. Las capas se numeran de 1 a 8, pero la mayor concentración se ofrece de la 3 a la 8, con edades obtenidas por potasio/argón entre 3,76 y 3,46 millones de años. D. Johanson decidió que el holotipo (fósil guía) de la especie sería una mandíbula de Laetoli, el espécimen Laetoli 4. Si Laetoli es famoso, además de por su riqueza, lo es por las huellas fosilizadas de pies desnudos de tres individuos sobre ceniza volcánica que mostraban pausas rítmicas y grandes zancadas, y que podrían pertenecer a un grupo familiar. T. White realizó pruebas con un chimpancé, constatando que las huellas fósiles mostraban el pulgar alineado al resto, y un arco pronunciado que se diferenciaba de las huellas del chimpancé en que no mostraba arco y cuyo pulgar se separaba claramente del resto, lo que supone una adaptación de comportamiento arbóreo. Las características del A. afarensis, gracias a estos importantes hallazgos, se conocen bastante bien. Entre los rasgos que conducen a los homínidos se encuentra en primer lugar el bipedismo que muestran los restos postcraneales, como es la forma en que se insertan los cóndilos femorales y la morfología del pie y la cadera. Si bien no llegan a insertarse o presentar una marcha erguida como en el hombre. La altura estimada para el afarensis se estima en 1,20 a 1,50 metros según el sexo, y la presencia de rasgos simiescos como los brazos más largos de lo normal en comparación con las extremidades inferiores. Los rasgos craneales, según una reconstrucción de T. White, presentan rasgos que recuerdan a los primates como es el avanzado prognatismo (fuerte proyección del área del maxilar superior), la presencia de una fuerte cresta ósea en la sutura de los temporales y la nuca, y la presencia de un diastema (espacio) entre el canino y los incisivos del maxilar superior. Su capacidad endocraneana se sitúa alrededor de los 415 centímetros cúbicos, realmente muy pequeña.
contexto
La determinación del Género Homo ha traído siempre dificultades debido a la arbitrariedad de los límites de la capacidad craneana y su variación en relación con los especímenes encontrados. Podemos advertir una división del género Homo en varias ramas: Homo hábilis, Homo erectus, Homo sapiens arcaico y Homo sapiens neandertalensis, evolucionando posteriormente al hombre moderno. Los Australopithecus robustus y boisei serán los antecedentes de este proceso de hominización.
contexto
La profundización en el conocimiento de la propia naturaleza humana le proporcionarían una concepción desde luego nueva, pero también más problemática, de su propia y compleja personalidad. Éste era un tema de extraordinario interés al que la sociedad prestaba creciente atención. Así, la literatura naturalista de la década de 1880 y primeros años de la de 1890 -la literatura de Zola, Maupassant, los Goncourt, Thomas Hardy, Giovanni Verga, Jack London, Theodor Fontane y otros- ya había subrayado la importancia que los condicionantes biológicos, fisiológicos y sociales tenían en la conducta humana. Temas como la condición femenina, el adulterio y las relaciones entre los sexos tenían especial relevancia en el teatro del noruego Henrik Ibsen (1828-1906) y del sueco August Strindberg (1849-1912), obsesionado también por los complejos de pecado y culpa, y por los estados patológicos de la mente. En la década de 1890, escritores y científicos sociales mostraron un evidente interés por temas como la histeria, el suicidio -se recordará el estudio de Durkheim-, la criminalidad (sobre todo, a raíz de los trabajos de Cesare Lombroso, 1835- 1909) y la psicopatología sexual, desarrollada por el alemán Krafft-Ebing, autor de Psycopathia Sexualis, 1886, y por el británico Havelock Ellis, cuyos 7 volúmenes sobre la psicología del sexo empezaron a publicarse en 1898. El estreno en 1891 de Hedda Gabler, de Ibsen, la historia de una mujer altiva e independiente y de su suicidio; la publicación en 1892 del libro Degeneración del médico húngaro Max Nordau -que sostenía que la cultura de su tiempo, representada por Ibsen y Zola estaba patologicamente degenerada-; o el juicio de Oscar Wilde, condenado en 1895 a dos años de cárcel por homosexualidad, aparecieron, así, como síntomas de lo que se suponía que era una grave enfermedad moral, una profunda crisis espiritual, de la sociedad europea ante el fin de siglo. En realidad, lo que sucedía era que la sociedad comenzaba a conocer aspectos de la naturaleza biológica y psíquica del hombre previamente ocultados y silenciados por la ignorancia, las convenciones o la hipocresía. A ese conocimiento contribuyó, decisivamente, la ciencia. Precisamente, en 1900, los botánicos Hugo de Vries, Carl Correns y Erich Tschermak, trabajando separadamente, redescubrieron los estudios de Mendel sobre la herencia -que se remontaban a la década de 1860 y que fueron totalmente ignorados en su tiempo-, y demostraron que los genes eran la clave de la herencia de las características de la especie y del individuo. La genética, término acuñado en 1905 por el naturalista británico William Bateson, que de siempre había manifestado que las teorías darwinistas de la evolución y la selección natural no eran suficientes para explicar las variaciones de las especies, aparecía, así, como una explicación científica inapelable y de validez universal. Más todavía, cuando en 1914, De Vries desarrolló la teoría de las mutaciones y explicó la razón de las desviaciones genéticas y de las discontinuidades en la evolución biológica. El hecho era de excepcional importancia: porque al explicar cómo se heredaban las características de la especie (estatura, color, pero también, agresividad, sexualidad, criminalidad, etcétera), la genética podía iluminar muchas, si no las principales, claves de la personalidad y de la conducta. Pero no sólo la genética, que, además, aún tardaría en aplicarse al hombre. En la década de 1890, una parte de los estudios de psicología -iniciados de forma experimental y científica por Wilhelm Wundt, director del que fue primer instituto psicológico, creado en Leipzig en 1879- se orientaron hacia el análisis de la relación que pudiera existir entre el cuerpo y la mente. El ruso Ivan E. Pavlov (1849-1936), cuyos estudios sobre el comportamiento humano a través del experimento con perros alcanzaron una notoriedad extraordinaria justamente en los años 90, desarrolló la teoría de los "reflejos condicionados", que llevaba a pensar que la mente estaba regida por leyes mecánicas no muy diferentes a las que regulaban el funcionamiento fisiológico del cuerpo. Otros psicólogos y neurólogos, interesados sobre todo en el comportamiento neurótico -uno de los temas preferidos, como se ha indicado, de la cultura del fin de siglo- optaron por otras vías. Los franceses Jean Martin Charcot y Pierre Janet, en París, y Liébault e Hippolite M. Bernheim, en Nancy, pusieron de relieve, con sus estudios sobre la histeria y su posible tratamiento a través de prácticas hipnóticas, la correlación existente entre psiquismo y determinadas enfermedades. Bajo su influencia, pero también al hilo de experiencias propias, en 1895, el neurólogo vienés Josef Breuer (1842-1925) y el psiquiatra Sigmund Freud, judío como Einstein, nacido en Moravia en 1856, doctorado por la Universidad de Viena en 1881 y establecido profesionalmente en esta ciudad, publicaron el libro Estudios sobre la histeria en el que ya argumentaban que la represión consciente de recuerdos no deseados podía estar en la raíz de muchas neurosis. A partir de ahí, Sigmund Freud iba a llevar a cabo una revolución intelectual sólo comparable por su significación e influencia a la efectuada por Einstein en la física (sólo que Freud concitaría mayores resistencias y oposición tanto en medios profesionales como en medios políticos y religiosos; Freud fue objeto de una hostilidad implacable por parte de la Iglesia católica y por parte de los círculos y ámbitos de la derecha: en junio de 1938, después de la anexión de Austria por la Alemania nazi, se exilió en Londres, donde murió un año después). Los aspectos inicialmente más novedosos de sus teorías aparecieron en sus libros La interpretación de los sueños, publicado en 1900, Tres ensayos sobre la teoría de la sexualidad, que apareció en 1905, y en una serie de ensayos sobre la psicopatología de la vida cotidiana (errores orales, equivocaciones en la escritura, actos sintomáticos y casuales, chistes y otros) que publicó también entre 1901 y 1905. En ellos, Freud proponía una nueva teoría de la neurosis, que suponía, además, una reinterpretación de los factores determinantes del desarrollo de la personalidad y una nueva teoría de la sexualidad (y desarrollaba, además, una nueva terapia para las enfermedades psíquicas). En síntesis, Freud relacionó las neurosis con las frustraciones inconscientes, con los deseos reprimidos y con la represión de recuerdos dolorosos. Estableció que las frustraciones y los deseos reprimidos se grababan en el subconsciente -los sueños no serían sino la realización oculta de esos deseos- y que, en origen, nacían de la represión sexual (pues, para Freud, la sexualidad constituía el aspecto más importante del desarrollo de la personalidad. De ahí, las que fueron probablemente sus tesis más audaces y escandalosas: el erotismo infantil, las fases de la sexualidad, la primacía fálica, la envidia del pene, el complejo de Edipo, el complejo de castración, etcétera). Como método de investigación y de terapia, Freud desarrolló el psicoanálisis, la narración relajada del paciente, colocado sobre un lecho de reposo, situándose el médico detrás de él, sin ser visto, de manera que de esa forma fuera posible, liberando el subconsciente, descubrir las represiones y facilitar su curación. Luego, Freud aplicaría sus tesis a temas como la religión, la antropología -Totem y tabú se publicó en 1912-, la sociedad o la civilización, y aún propondría nuevos conceptos, como el instinto de la muerte, el superego y otros. Pero lo esencial de sus concepciones había quedado expuesto en aquellos trabajos iniciales. Neurosis, psicoanálisis, subconsciente, teoría sexual: Freud había impulsado uno de los giros más radicales en toda la historia del pensamiento. Sus ideas tuvieron, como se ha indicado, gran oposición. Pero Freud logró también el apoyo incondicional de un puñado de médicos jóvenes -Karl Abraham, Alfred Adler, Sandor Ferenczi, Ernest Jones, C. G. Jung, Otto Rank-, y el movimiento psicoanalítico penetró con fuerza primero en Centroeuropa y, luego, en Estados Unidos. En 1908, se reunió en Salzburgo un primer congreso internacional psicoanalítico, al que seguirían regularmente muchos otros, y comenzó la publicación de revistas científicas del grupo; en 1910, se creó la Asociación Internacional Psicoanalítica. Surgieron también disidencias significativas. En 1911, Alfred Adler (1870-1937), uno de los primeros discípulos de Freud, se separó del movimiento. Autor en 1907 de Un estudio de la inferioridad orgánica y de su compensación psíquica, Adler negaba la primacía que Freud daba a la sexualidad en la vida psíquica y sostenía que el factor dominante en la misma -y por tanto, en la conducta y en la formación del carácter- era el deseo de autoafirmación del individuo: así, la neurosis, para Adler, resultaría ser la manifestación patológica de un complejo de inferioridad. En 1912, se produjo la segunda ruptura, la del suizo Carl G. Jung (1875-1961), tras la publicación de su libro Psicología del subconsciente, origen de un pensamiento que, como el de Adler, rechazaba el papel central de la sexualidad en la formación del carácter, y que, además, diferenciaba entre distintos tipos de personalidad (introvertida; extrovertida); y subrayaba la influencia que el "inconsciente colectivo" -modelos imaginarios o arquetipos, mitos comunes a las religiones y a las civilizaciones que satisfacen los instintos fundamentales del hombre- tenía en el comportamiento humano. Tanto que, en el esquema de Jung, la enfermedad mental dependía del grado de armonía o desarmonía entre el individuo y los arquetipos, entre el hombre y el inconsciente colectivo. Pero las disidencias, e incluso que Freud estuviese o no equivocado, importaban relativamente poco. Lo significativo era lo que todo el movimiento suponía: primero, nuevas formas de aproximarse a las enfermedades psíquicas; pero además, y sobre todo, el descubrimiento de dimensiones subconscientes en la personalidad humana, la idea de que el hombre, lejos de ser un individuo guiado por la razón y el orden, estaba sujeto a la fuerza de instintos y emociones desordenadas a menudo ajenas a su control. La paradoja era, pues, flagrante. A medida que el hombre avanzaba en el conocimiento de la realidad- de la realidad física, de la personalidad psíquica-, menor era la seguridad que tenía ante los problemas fundamentales de su existencia. El hombre habría de buscar, así, nuevas explicaciones a la vida misma y plantearse a fondo que ésta, la vida, era su única y radical realidad.
acepcion
Nombre griego y latino con que se designa el primer libro del Pentateuco, cuyo contenido hace referencia a la creación y los orígenes de la humanidad.