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Durante el reinado de Felipe IV la escuela española afirmó las cualidades de su estilo y definió su personalidad, gracias fundamentalmente a los grandes maestros del siglo: Velázquez, Ribera, Zurbarán y Murillo. Los cuatro dominaron la producción pictórica de la época, eclipsando a sus contemporáneos, a los que convirtieron en deudores de sus respectivos estilos. Velázquez nace en Sevilla en 1599. Formado con Pacheco, su primera etapa se caracteriza por una pintura naturalista inspirada en Caravaggio. En 1623 viaja a Madrid e inicia su carrera de retratista de corte, interesándose por la personalidad de sus modelos. El viaje a Italia de 1629 le llevará a conocer la pintura del Renacimiento y convertirse en un pintor reconocido, realizando los encargos más importantes de su tiempo como la decoración de la Torre de la Parada o el Palacio del Buen Retiro. En 1649 regresa a Italia donde culmina su carrera recibiendo todo tipo de honores. De vuelta a España, el ocaso de su vida nos depara sus mejores obras en las que anticipa la pintura impresionista al interesarse por la luz y el color. Ribera representa la pervivencia del naturalismo táctil y concreto, que se había iniciado en las primeras décadas del siglo XVII y que con él alcanzó su máxima expresión. Su estancia en Roma y Nápoles le permitirá conocer las obras de Caravaggio, recibiendo un importante número de encargos, haciéndose famos por el dramatismo que encierran sus martirios. Con el transcurrir de los años, siguiendo la evolución del siglo, olvidará o atenuará su tenebrismo para acercarse al estilo de los Carracci. Las obras de estos años vendrán caracterizadas por el colorismo y la difusa luminosidad, recordando a la Escuela veneciana. En sus últimas obras recupera el estilo tenebrista que caracterizó sus primeros momentos, consiguiendo imágenes llenas de vivacidad en las que emplea una rebosante luminosidad al estilo de Tintoretto. La principal aportación de Zurbarán a la pintura española del Barroco será el reflejo de la vida, las creencias y las aspiraciones de los ambientes monásticos, para los que el pintor realizó prácticamente toda su obra. Su estilo se mantuvo prácticamente invariable, desarrollando el naturalismo tenebrista para crear escenas cargadas de verosimilitud, en la que los santos se presentan ante el espectador de la manera más realista. Por esta razón Zurbarán es el pintor de los hábitos. Esta inmovilidad fue durante varias décadas el secreto de su éxito, pero terminó por condenar su carrera artística ya que el cambio de gustos en la mitad del siglo XVII y el triunfo de la pintura de Murillo harán fracasar su próspero taller. Murillo es quien mejor representa el nuevo lenguaje de la fe, a cuyo servicio puso su particular sensibilidad inclinada a valores dulces y amables. Con una facilidad portentosa creó una pintura serena y apacible, como su propio carácter, en la que priman el equilibrio compositivo y expresivo, y la delicadeza y el candor de sus modelos, nunca conmovidos por sentimientos extremos. Colorista excelente y buen dibujante, Murillo concibe sus cuadros con un fino sentido de la belleza y con armoniosa mesura, lejos del dinamismo de Rubens o de la teatralidad italiana
obra
Zauner pertenecía a la generación de Houdon y, por lo tanto, a la que acompaña el desarrollo del despotismo ilustrado, y no puede sorprender que fuera autor de monumentos privados que lucían los símbolos de la masonería. Su obra es versátil y arriesgada.
acepcion
Sala o lugar donde los judíos almacenan objetos fuera de uso pero de gran trascendencia sagrada. Esta sala existía en todas las sinagogas durante el medievo. Una de las más importantes es la de El Cairo.
contexto
La república de Génova se mantuvo al margen del equilibrio entre estados, a pesar de su todavía floreciente economía. Incorporada por los Visconti a sus dominios en 1353, se rebeló contra la autoridad milanesa cuatro años más tarde, para caer, más adelante, en manos del marqués de Monferrato y del rey de Francia (1396 y 1409). El cambio constante de jurisdicciones hizo que su integridad territorial quedase muy reducida, al perder puertos como el de Niza, en manos de los duques de Saboya desde 1388. No cabe dude de que la conflictividad creciente en el seno de la sociedad política genovesa jugó un papel decisivo en la decadencia de la república como potencia internacional. A la tradicional división social entre "nobili" y "popolari" se sumó la formación de dos bandos políticos (blancos y negros), que respondían a la controversia entre gibelinismo y güelfismo en toda Italia. Los grupos nobiliarios, integrados en torno a los "alberghi" de los principales linajes genoveses, abandonaron a lo largo del siglo XV la vida pública y se dedicaron a la creación de feudos personales en toda Liguria. Así surgieron una serie de pequeñas señorías bajo el control de los Fieschi, los Grimaldi, los Spinola, los Malaspina y los Doria. Los populares no constituían un grupo compacto, ya que eran evidentes las diferencias existentes entre comerciantes y artesanos, quienes no llegaron nunca a incorporar plenamente el sistema gremial a los aparatos de gobierno republicano. La clase política genovesa trató de reaccionar con la adopción de un sistema de gobierno similar al de Venecia. En 1339 la facción popular nombró a su líder, Simón Boccanegra, primer dux de la república. Defensores de la causa popular y jefes del ejército, los dogos eran elegidos por una asamblea compuesta por unos 600 ciudadanos. Pero la verdadera autoridad política recaía sobre la asamblea de los ancianos, que contaba con el apoyo de tres consejos auxiliares, responsables de la tesorería (Officium Monete), del comercio marítimo (Officium Maris) y de las colonias mercantiles (Officium Gazarie). En caso de crisis política el poder era detentado de forma provisional por una asamblea reducida denominada Officium Balie. Era evidente que las reformas llegaban demasiado tarde. La crisis económica, el enfrentamiento con Venecia y los baldíos esfuerzos empleados en mantener sus bases en Córcega y Cerdeña frente a los aragoneses acabaron por agotar a la república marinera. El linaje de los Fieschi trató de imponer un gobierno personal para contrarrestar las ambiciones territoriales de milaneses, piamonteses y franceses, pero fracasó en repetidas ocasiones entre 1459 y 1477.