Una de las obras finales de Monet, los grandes y extensos paneles de Ninfeas dispuestos en la Orangerie des Tuileries, son una muestra más de realidad e imaginación en su obra. Esa estancia recogía al mismo tiempo que los colores de las estaciones y sus días, la proximidad y el alejamiento entre ellos, la síntesis de su arte son, en este sentido, el resumen de los últimos años de la vida del artista donde agotado y operado de cataratas nos muestra el propio autorretrato de su obra. Hoy en día, la presencia de estas obras nos muestran una sinfonía entre el agua, sus reflejos, sus movimientos y el fluir de los colores entre el espacio y el tiempo.
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En 1920 para conmemorar el final de la Primera Guerra Mundial y la firma del armisticio por parte de Alemania, Monet decide regalar al Estado francés una docena de lienzos de la serie con Nenúfares. Algunos años después, en 1927, cuando el ciclo de los grandes paneles fue inaugurado en las dos salas ovaladas de la Orangerie, provocó gran perplejidad entre los críticos y el público en general. Casi nadie era capaz de entender cuáles habían sido las intenciones del recién fallecido artista, y eso a pesar de que desde hacía se practicaba arte abstracto en Europa y de que la circulación de imágenes había permitido un conocimiento muy extenso del arte que se hacía en todo el continente. Hubo que esperar a la segunda mitad del siglo XX para que comenzara el proceso de redención de estas telas, debido sobre todo a que se tiene el ingenio de considerar a Monet como artista individual y no sólo como miembro del grupo impresionista.
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Debemos recordar que en 1917 comienza la serie de los sauces llorones y el jardín acuático. A pesar de todas las dificultades que tiene (su vista no mejora, muere su mujer, uno de sus hijos, etc.), sigue realizando viajes que son la inspiración de sus obras. Va a Honfleur, Le Havre, Êtretat, Pourville y Dieppe. En 1918 y para festejar el final de la Gran Guerra, el 12 de noviembre inicia las conversaciones con el Estado francés para donar dos de sus cuadros. Durante el transcurso de esos años, Monet encuentra numerosas dificultades en sus ojos, se le diagnostica cataratas en los ojos que provocan el retraso de su trabajo así como el cambio continúo de colores y pinceladas en las obras. Desde 1923 y hasta su muerte en 1926, cuando su salud y su vista mejoran continúa trabajando en su proyecto de las Decoraciones.
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A pesar de una apariencia puramente técnica que, en ocasiones, se pueden mostrar los cuadros de Monet, encontramos una emoción profunda en cada una de esas pinceladas. Está allí, precisamente, la mirada la del artista. Esa libertad de interpretación en sus temas como el de las catedrales o las propias ninfeas le permiten crear sus propios asuntos. Éstos van desde series de múltiples interpretaciones donde se hacen y se deshacen más y más hasta el desarrollo infinito de miles de pétalos que discurren entre el color y la luz del agua. Al cabo de los años Monet pensaba de esos temas lo siguiente: "Yo sigo retomando cosas imposibles -escribía un 22 de junio al crítico de arte Gustave Geffroy- es agua con hierba que ondula en el fondo. Es admirable de ver, pero es para volverse loco. En fin, yo me obsesiono siempre con esas cosas allí".
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La identificación de este lugar con el estanque grande del Palacio del Buen Retiro no cuenta con la aprobación de todos los especialistas; algunos consideran que podría tratarse de los jardines del Palacio de Aranjuez, pudiendo ser compañero de un lienzo de Martínez del Mazo dedicado a ese Real Sitio. Unas balaustradas en zigzag han sido colocadas en primer plano, apreciándose en su remate una estatua de Venus. A la izquierda de la composición encontramos dos diminutas figuras en la zona del embarcadero. Tras ellas, un barco de vela y el estanque, en cuyas aguas se reflejan los árboles, al igual que una construcción de ladrillo cubierta de pizarra. El cielo cubierto de nubes completa una composición en donde la luz difusa del atardecer es la protagonista, tamizada a través de los frondosos árboles. El recuerdo de Claudio de Lorena y los paisajistas flamencos está presente en esta imagen, ejecutada con pinceladas vaporosas y colores suaves para obtener un mayor efecto romántico.
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A lo largo de 1878 Cézanne trabajará en Aix, alojándose en el Jas de Bouffan donde tendrá numerosos motivos pictóricos. Ese mismo año su padre descubre la relación entre Paul y Hortense Fiquet y reduce a su hijo la pensión con la que se mantenía, entrando en una etapa de miseria que durará hasta 1886, año del fallecimiento de su padre. El Jas de Bouffan era una residencia veraniega adquirida por Louis-Auguste Cézanne en 1859, en cuyas paredes ya había trabajado el artista -véase el Otoño- y que servirá de inspiración en numerosas ocasiones para el maestro. En esta obra podemos apreciar la significativa influencia que el impresionismo ha dejado en la pintura del maestro de Aix, captando la luz y el color directamente del natural aunque las obras de Cézanne se diferencian de las de sus compañeros en la estructuración que consigue, gracias a su manifiesto interés por las formas y los volúmenes, tomando el color como elemento aglutinador. Así, el árbol dispuesto verticalmente organiza el conjunto, apreciándose tras él los volúmenes de las construcciones, volúmenes que se reflejan en el estanque del primer plano. De esta forma el artista parece jugar con la simetría, habitual de algunas obras clásicas que Cézanne pudo contemplar en sus frecuentes visitas al Louvre, admirando a Rembrandt, Rubens, Tiziano o Poussin. El plano intermedio de la composición está estructurado en planos paralelos, distribuidos en diagonal. Las tonalidades son aplicadas de manera uniforme, distribuyendo las líneas de color unas al lado de las otras. De esta manera, la pintura de Cézanne se diferencia claramente de la de su buen amigo Monet, más interesado por captar atmósferas y luces mientras que el pintor de Aix busca lo constructivo a través del color.