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Como sabemos, sus temas son a menudo los más naturalistas que existen, pero la manera en que su mano los traduce puede ser comparada con la palabra de un poeta. A pesar de sus constantes temas como los álamos, las catedrales, las ninfeas y un largo etcétera, el conjunto de su obra aparece como una rara y diferente sinfonía donde cada pincelada tiene una sonoridad diferente. También se puede observar la pasión por lo que es bello pero también el exceso de orden, el análisis de un determinado lado o parte o bien de una cierta anarquía que puede aparecer en sus obras. Todas estas características, que a veces llegan a ser incluso contradictorias, tienen su mejor reflejo en la serie dedicada a las ninfeas ya en los últimos años de su vida, como esta obra que contemplamos, que está fechada entre 1920 y 1926.
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Una de las obras finales de Monet, los grandes y extensos paneles de Ninfeas dispuestos en la Orangerie des Tuileries, son una muestra más de realidad e imaginación en su obra. Esa estancia recogía al mismo tiempo que los colores de las estaciones y sus días, la proximidad y el alejamiento entre ellos, la síntesis de su arte son, en este sentido, el resumen de los últimos años de la vida del artista donde agotado y operado de cataratas nos muestra el propio autorretrato de su obra. Hoy en día, la presencia de estas obras nos muestran una sinfonía entre el agua, sus reflejos, sus movimientos y el fluir de los colores entre el espacio y el tiempo.
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En 1920 para conmemorar el final de la Primera Guerra Mundial y la firma del armisticio por parte de Alemania, Monet decide regalar al Estado francés una docena de lienzos de la serie con Nenúfares. Algunos años después, en 1927, cuando el ciclo de los grandes paneles fue inaugurado en las dos salas ovaladas de la Orangerie, provocó gran perplejidad entre los críticos y el público en general. Casi nadie era capaz de entender cuáles habían sido las intenciones del recién fallecido artista, y eso a pesar de que desde hacía se practicaba arte abstracto en Europa y de que la circulación de imágenes había permitido un conocimiento muy extenso del arte que se hacía en todo el continente. Hubo que esperar a la segunda mitad del siglo XX para que comenzara el proceso de redención de estas telas, debido sobre todo a que se tiene el ingenio de considerar a Monet como artista individual y no sólo como miembro del grupo impresionista.
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Debemos recordar que en 1917 comienza la serie de los sauces llorones y el jardín acuático. A pesar de todas las dificultades que tiene (su vista no mejora, muere su mujer, uno de sus hijos, etc.), sigue realizando viajes que son la inspiración de sus obras. Va a Honfleur, Le Havre, Êtretat, Pourville y Dieppe. En 1918 y para festejar el final de la Gran Guerra, el 12 de noviembre inicia las conversaciones con el Estado francés para donar dos de sus cuadros. Durante el transcurso de esos años, Monet encuentra numerosas dificultades en sus ojos, se le diagnostica cataratas en los ojos que provocan el retraso de su trabajo así como el cambio continúo de colores y pinceladas en las obras. Desde 1923 y hasta su muerte en 1926, cuando su salud y su vista mejoran continúa trabajando en su proyecto de las Decoraciones.
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A pesar de una apariencia puramente técnica que, en ocasiones, se pueden mostrar los cuadros de Monet, encontramos una emoción profunda en cada una de esas pinceladas. Está allí, precisamente, la mirada la del artista. Esa libertad de interpretación en sus temas como el de las catedrales o las propias ninfeas le permiten crear sus propios asuntos. Éstos van desde series de múltiples interpretaciones donde se hacen y se deshacen más y más hasta el desarrollo infinito de miles de pétalos que discurren entre el color y la luz del agua. Al cabo de los años Monet pensaba de esos temas lo siguiente: "Yo sigo retomando cosas imposibles -escribía un 22 de junio al crítico de arte Gustave Geffroy- es agua con hierba que ondula en el fondo. Es admirable de ver, pero es para volverse loco. En fin, yo me obsesiono siempre con esas cosas allí".
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La identificación de este lugar con el estanque grande del Palacio del Buen Retiro no cuenta con la aprobación de todos los especialistas; algunos consideran que podría tratarse de los jardines del Palacio de Aranjuez, pudiendo ser compañero de un lienzo de Martínez del Mazo dedicado a ese Real Sitio. Unas balaustradas en zigzag han sido colocadas en primer plano, apreciándose en su remate una estatua de Venus. A la izquierda de la composición encontramos dos diminutas figuras en la zona del embarcadero. Tras ellas, un barco de vela y el estanque, en cuyas aguas se reflejan los árboles, al igual que una construcción de ladrillo cubierta de pizarra. El cielo cubierto de nubes completa una composición en donde la luz difusa del atardecer es la protagonista, tamizada a través de los frondosos árboles. El recuerdo de Claudio de Lorena y los paisajistas flamencos está presente en esta imagen, ejecutada con pinceladas vaporosas y colores suaves para obtener un mayor efecto romántico.