Es la tercera persona de la Santísima Trinidad. En la doctrina cristiana se le presenta como un ser todopoderoso, eterno y conocedor de todas las cosas. En Antiguo Testamento protagoniza el relato de la creación, actuando sobre las aguas y se manifiesta en más de una ocasión en el Nuevo Testamento. Se representa en forma de paloma.
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Al mismo tiempo que se producía este importante movimiento de renovación eclesiástica en Francia y el Imperio, la Iglesia católica conoció, desde los inicios del siglo XVII, un intenso florecimiento místico y espiritual. A los místicos españoles del siglo XVI sucedió en el siglo XVII lo que se ha denominado escuela francesa de espiritualidad, cuyos representantes más destacados fueron Pierre de Bérulle y san Francisco de Sales. Para hacer accesible la perfección cristiana a los cristianos sencillos, a quienes les sugiere que no es necesario abandonar el mundo para salvarse, Francisco de Sales escribió su "Introducción a la vida devota" (1608), que tuvo un extraordinario éxito de lectores, pues se hicieron 40 ediciones desde 1608 hasta 1622. En esa obra y en su "Tratado del amor de Dios" (1616) Sales desarrolló una concepción de la mística cristiana muy equilibrada, centrada en torno al amor del prójimo, muy cercana a la corriente optimista de las posibilidades naturales del ser humano que constituye el humanismo cristiano. Por su parte, Pierre de Bérulle plasmó su pensamiento en "Discours de l´état et des grandeurs de Jésus" (1623), donde desarrolla la idea agustiniana de la nada del hombre frente a la infinita grandeza de Dios. La piedad por la que apuesta Bérulle es cristocéntrica, austera y exigente. Esta espiritualidad vinculada a la mística no impidió el desarrollo de un Cristianismo activo, militante y eficaz. En el terreno de la caridad cristiana, san Vicente de Paúl se convirtió en un ejemplo a imitar. Desde 1618 dedicó su atención a los condenados a galeras, a los pobres y a los mendigos. En 1621 fundó en Macon una Hermandad de la Caridad para socorrer a los pobres, que fue imitada en otros lugares de Francia y en la que participaban muchos miembros de la alta sociedad, estimulados por su ejemplo. De ese núcleo nació la congregación de las Hijas de la Caridad (1633), gracias a Louise de Marillac, colaboradora de Vicente de Paúl. Niños expósitos, soldados indigentes y heridos en la guerra de los Treinta Años, fueron el objeto especial de su cuidado, sin desatender a los demás pobres. En todas estas obras de misericordia Vicente de Paúl recibió con frecuencia el apoyo de una sociedad secreta de piedad y de caridad denominada la "Compagnie du Sant-Sacrement", fundada en 1630 por Henri de Lévis, duque de Ventadour, con el apoyo expreso de Luis XIII, a la que se agregaron muy pronto místicos, escritores y aristócratas franceses. La "Compagnie" puso un empeño en destacar su carácter laico y autónomo con respecto a la jerarquía eclesial o política y por ello aceptó en su seno a muy pocos eclesiásticos. La "Compagnie" se extendió por toda Francia y dispuso de una red de relaciones, al mismo tiempo que contaba con abundantes recursos financieros, debido a la preeminente posición social y económica de sus componentes, de tal manera que, por igual razón, ejerció una poderosa influencia política y social, lo que despertó algunos recelos en ciertos sectores del poder. Concretamente, la actividad de la "Compagnie" suscitó reservas en Mazarino, ante quien aquélla se mostró por ello hostil hasta el punto de presionar ante la reina con el fin de conseguir su dimisión. Las acusaciones esgrimidas por sus opositores para descalificar a la "Compagnie" se referían a su intromisión en labores de control de actos religiosos ajenos a las normas de la Iglesia o a su ambición de cargos públicos para cristianos rectos. La "Compagnie" llevó a cabo, además, un combate permanente y persecutorio contra los protestantes y contra los jansenistas. Ante el peligro de persecución por parte de Mazarino, la "Compagnie" se autodisolvió en 1660. Las instituciones católicas francesas se consagraron a la enseñanza como la mejor y más eficaz forma de apostolado. La Compañía de Jesús ya poseía una larga tradición en esa labor. Sus colegios, muy frecuentados por la aristocracia y favorecidos por la Monarquía, tenían un prestigio indiscutible. Bérulle también fundó colegios, uno de los cuales se llamó "Académie royale", aunque tenían menos alumnos que los jesuitas. Su pedagogía, en cambio, era más liberal y sus alumnos pertenecían también a la alta sociedad. Este conjunto de esfuerzos y el apostolado desde los colegios produjo resultados inmediatos en la práctica religiosa, en la piedad y en la vida cristiana de la sociedad francesa. Con la renovación del clero, las parroquias se convirtieron en auténticos focos de espiritualidad. Desde ellas se restauró la práctica de la enseñanza religiosa en catequesis y de la predicación regular, para lo cual los curas disponían de catecismos editados por sus diocesanos y de sermonarios escritos por predicadores conocidos, que servían tanto de modelos como de libros de piedad. Esta revitalización de la vida cristiana hizo posible la propagación de la literatura edificante o piadosa, cuya producción destinada tanto a un público formado como a lectores sencillos gozó de un gran éxito. La mayoría de los autores eran jesuitas, oratorianos o miembros de Port-Royal y los temas preferidos eran las obras de meditación, los tratados morales sobre las obligaciones de la vida cotidiana y las vidas de santos, canonizados o no. Los ejercicios de piedad se revitalizaron también durante el siglo XVII, propagados por teólogos de prestigio o por devotos y religiosos cultos. La devoción que ocupa la mayoría de las preferencias es la de la Virgen María, a quien Luis XIII consagró solemne y oficialmente su reinado en 1638. El culto al Niño Jesús y a su infancia ocupan un lugar destacado gracias a los esfuerzos del grupo de Bérulle, el Oratorio y los carmelitas, e idéntico impulso recibió la devoción al Corazón de Jesús. Una evolución paralela sufrió el arte religioso y devocional. Hasta mediados del siglo XVII se caracterizó, sobre todo en pintura, por una gran sobriedad en las formas como consecuencia de la profunda interioridad que adoptó la vida cristiana, pero posteriormente evolucionó hacia fórmulas más decorativas. La religiosidad del siglo se prueba igualmente en la edificación de iglesias: más de 30 se levantaron en París en la primera mitad del siglo. Sin embargo, la motivación se modificó en los años sesenta, durante los cuales la arquitectura religiosa está, sobre todo, al servicio de la gloria de la Monarquía y del rey.
obra
Una muerte anónima más en estas estampas dedicadas al hambre de Madrid como No llegan a tiempo o Caridad de una muger. La expresividad de los rostros de las figuras muestran la calidad de Goya como retratista.
Personaje
Militar
General persa del siglo IV a.C., que, tras la muerte del rey Dario, se enfrentó a Alejandro Magno en Maracanda, posterior Samarcanda, en el año 329 a.C. Espitámenes era el símbolo del encuentro entre culturas opuestas; fue asesinado por los propios bárbaros, convencidos de que las nuevas fuerzas personales no se distinguen de las viejas y tradicionales, procedentes de los pueblos persas.
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La visita a algunos de los mejores museos de Europa y la experiencia africana, contribuyeron a ampliar y consolidar sus conocimientos y formación, marcando este año de 1860 la frontera entre la etapa de estudios y el nuevo período decididamente profesional. Comienza una época de intenso trabajo en la que además de cumplir sus compromisos con la Diputación -de la que seguirá siendo becario hasta 1864- se abre camino en los ámbitos comerciales romanos. De igual manera su prestigio va a ser pronto reconocido entre los pintores jóvenes que encuentran en él la calidad y recreación de un mundo singular, propio del maestro. En 1867 se hablaba ya en los medios artísticos italianos y españoles de Escuela de Fortuny y al finalizar la década su obra más famosa, La Vicaria, se convierte en una joya imitada internacionalmente. El recorrido hasta conseguir estos logros no resultó fácil ni cómodo. Durante estos años mantuvo varios estudios en Roma -entre otros su querido taller de la Vía Flaminia, el llamado estudio del Papa Giulio, en el que comienza La batalla de Tetuán y que compartirá con sus amigos Agrasot, Tapiró y Moragas- pero se vio obligado a viajar constantemente. Volver a África para despertar su imaginación, relacionarse con los círculos de Barcelona y Madrid, darse a conocer en París, soportar la presión de encargos de obligaciones sociales, suponen la otra cara del éxito. Faceta que le resulta pesada en muchas ocasiones. Por sus cartas conocemos el poco entusiasmo que le producían las buenas críticas, su tendencia a la melancolía y el afán por trabajar sin apenas descanso. Inquietudes y estado de ánimo que configuran en buena medida su vida cotidiana. Roma pasó a ser de manera casi obligada el escenario principal de esa vida, porque ofrecía unas posibilidades de tipo comercial que difícilmente podían encontrarse en otras capitales europeas, salvo París. Se producía entonces la entrada del gran público en el mundo del arte, un público no iniciado que se siente atraído por las obras próximas a la pintura de los maestros antiguos. Era lógico por tanto que Roma, considerada por la riqueza de su patrimonio como la ciudad mejor dotada para el arte, se convirtiese no sólo en un gran museo y lugar de aprendizaje al que acudían jóvenes becados de toda Europa, sino también en el mercado más apreciado por los coleccionistas, marchantes y aficionados en general. La importante y numerosa colonia artística romana garantizaba tanto la adquisición de buena pintura, como el ver allí satisfechos los más variados gustos y caprichos. El gusto medio de ese público burgués estaba orientado por un romanticismo todavía latente, aunque fuese ya un romanticismo de segundo grado, en el que los contenidos perdían su significado auténtico. La evocación del pasado seguía siendo fuente de inspiración, pero se trata ahora de un pasado sin acontecimientos dramáticos ni comportamientos heroicos que lo trasciendan. Ningún ejemplo de virtud o coraje; al pasado ya no se acude para aprender lo verdadero, lo lúdico o lo hermoso, sino para transformarlo en una escuela de costumbres libres y frívolas, en la que los gestos humanos están teñidos de ironía. Son los escenarios, el atrezzo de la historia, los que agradan. La Antigüedad grecorromana, el Renacimiento italiano, los siglos XVII, XVIII y sobre todo el período Rococó. Su vida doméstica, la agitada e intrigante vida de salón, las fiestas, se presentan mediante anécdotas curiosas, banales, maliciosas, situadas en ambientes recargados, adornados con objetos bellos y valiosas obras de arte. Pero el deseo de evasión de una época marcada por continuos cambios e inestabilidad política, no se limita a una fuga en el tiempo, y los pintores recrean también espacios igualmente alejados de la civilización moderna. Uno de ellos, tal vez el que más añora la nueva sociedad urbana e industrial, el mundo campesino, se presenta idealizado en la belleza de su medio natural y en la alegría, bondad e ingenuidad que se atribuye a sus protagonistas. La realidad conocida aparece falseada en paisajes amables, adornados por la vistosidad, colorido y tipismo de trajes y fiestas. Y junto a la nostalgia de un mundo perdido, la atracción por lo exótico, lo diferente por desconocido. El vasto espacio de Oriente será desde entonces el lugar propicio para satisfacer todo tipo de curiosidades y aspiraciones sentimentales. Distinto, lejano, inquietante, misterioso, sensual, un Oriente construido por la imaginación artística, uno de los mitos favoritos de la sociedad decimonónica. Ese gusto de época, marcado por la utilización privada de las obras de arte, de pinturas concebidas para el ámbito de lo íntimo, refleja otros valores de tipo material en los que la burguesía, enriquecida por el liberalismo económico, también se reconoce. La exigencia de una habilidad, pericia, dominio técnico indiscutible, que debía quedar demostrada en cuadros generalmente de formatos reducidos, adaptados a los salones y gabinetes de las nuevas residencias. Se pedía al pintor una descripción perfecta, clara, minuciosa, de cada detalle, un saber hacer atento a las formas, a sus efectos, al colorido. Factura prodigiosa, asuntos evasivos, exóticos, de sencilla y sugerente lectura, fueron, en definitiva, las condiciones impuestas por el público. El temperamento artístico de Fortuny se adaptaba bien a esas condiciones. Le gustaba trabajar en formatos preferentemente pequeños; estuvo siempre interesado por la recreación de ambientes y escenarios históricos -incluso en los últimos años cuando pintó al aire libre con más intensidad, seguía pensando en cuadros de asuntos renacentistas- y le atraían los objetos raros, antiguos, que jugaban un papel tan importante en estas obras. Por otra parte, su magistral dominio del dibujo y su condición de excelente colorista, se ajustaban a la perfección al estilo requerido, facilitándole por lo demás la práctica de dos técnicas de fácil salida comercial -la acuarela y el grabado- en las que destacó como pocos contemporáneos. Con todo, el factor que llamó más rápidamente la atención de los marchantes fue su contacto directo con la temática orientalista, una de las más solicitadas por entonces. Durante casi siete años, desde 1860, Fortuny se dedica, con preferencia sobre otros asuntos, a la pintura orientalista. La primera obra importante que conocemos, La odalisca, de 1862, refleja cierta dependencia del creador del género, Eugéne Delacroix, y un acusado tratamiento de estudio que se justifica porque debía servirle para cumplir su compromiso con la Diputación de Barcelona. A partir de entonces, el pintor se desenvolverá dentro de esta temática con absoluta libertad y estilo propio. En 1862 vuelve a Marruecos, y en ocasiones con la ayuda del guía bereber Ferrachi, que le servirá también como modelo, profundiza en el paisaje, en el mundo oriental, en un mundo compuesto por escenas normales, cotidianas y singularizado en sus tradiciones y costumbres.
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La decadencia de los centros mayas del Clásico ocurrida a lo largo del siglo IX no llegó al norte de Yucatán sino hasta 150 años más tarde, de manera que en este reducido momento de tiempo se desarrolló el pujante estilo Puuc en ciudades como Uxmal, Sayil, Kabah o Chichén Itzá; sin embargo, estas urbes decaen hacia el año 1.000 d.C. a excepción de Chichén Itzá, que inicia una etapa de poderío político que culmina con el primer Estado centralizado de la historia maya, afectando al norte del Yucatán. Para el estudio de esta ciudad a partir del año 1.000 contamos con la tradición oral recogida en crónicas indígenas y con la arqueología; ambas a veces se complementan, pero en muchas ocasiones se contradicen, produciendo una gran confusión acerca de la evolución histórica de Chichén. La evidencia señala que la primera llegada de grupos itzá de origen Chontal procedentes de las tierras bajas de Tabasco pudo ocurrir hacia el 800 d.C. Las crónicas hacen referencia a la llegada de un segundo grupo Itzá encabezado por Kukulcán (Quetzalcoatl) que llegó a la ciudad en el 987 d.C., estableciendo allí una capital de características toltecas. Ambos se superpusieron a las viejas poblaciones Puuc del Clásico Tardío que habían levantado los edificios del Viejo Chichén y, mientras este sector estaba aún en funcionamiento, construyeron las subestructuras del Templo de Kukulcán y del Templo de los Guerreros. Después, y en una última etapa entre el 987 y el 1.187 d.C., se construyó el sector nuevo de la ciudad con los magníficos edificios de estilo tolteca. Chichén Itzá se emplazó en una región de pozos naturales (cenotes) que proporcionaron a la ciudad suficiente agua, en particular el denominado Xtoloc, mientras que el Cenote de los Sacrificios tuvo una naturaleza más ritual. Edificios con elementos del centro de México se levantaron en el sector nuevo, como plataformas de danza combinando talud y tablero, tzompantlis o altares de cráneos, el Templo de los Guerreros con sus pilares que sostuvieron una techumbre plana, salas hipóstilas como el grupo de las Mil Columnas y templos como El Castillo. Estos se decoran con caballeros águila, serpientes devorando corazones, jaguares, cráneos y otros diseños que son característicos en el arte tolteca. Junto a ellos, dioses de naturaleza mexicana como Quetzalcoatl, Tezcatlipoca y Tlalchitonatiuh. Este sector nuevo es mexicano en cuanto a planificación y colocación de los edificios, aunque se nota claramente una tradición arquitectónica maya de tierras bajas que tenía por aquel entonces más de un milenio. Desde el punto de vista social y político, el gobierno de Chichén Itzá no se redujo a esta ciudad, sino que se amplió a casi todo el centro y norte del Yucatán. Este éxito político estuvo alentado por las nuevas ideas procedentes del centro de México, que transformaron la sociedad maya hacia niveles más seculares, pragmáticos y militarizados, profundizándose la competición por nuevos territorios y productos estratégicos. También se produjo una nueva orientación en las redes comerciales internacionales, en los que jugó un especial papel el comercio costero y la navegación; Puerto Cerritos fue un puerto Itzá en el norte del Yucatán que, junto con Isla Mujeres, sirvió de punto de comunicación para los mercaderes que enlazaron la costa del Golfo -y con ella el centro de México- con Centroamérica, teniendo como intermediaria a la península del Yucatán, cuyo poder político estuvo centralizado en Chichén Itzá. Parece ser que la naturaleza de su decadencia fue la resistencia de la población indígena al poder de los itzá, y una alianza entre Izamal y Mayapán que les permitió expulsarlos de Chichén en 1.187. Estos iniciaron una diáspora, que les llevó hasta el lago Petén, donde resistieron a la invasión española hasta 1.697, en que decayó su capital, Tayasal.
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La época de los flavios y el comienzo del período de los emperadores de la dinastía hispana supone para toda la Península un momento de esplendor, una incostestable proyección dentro del mundo romano. Es la hora, pues, de Hispania y Emerita no va a quedar descolgada de ese ambicioso plan de rehabilitación. Es entonces cuando se acometen considerables proyectos de reforma de sus más señalados monumentos: el Teatro y algunos edificios del foro municipal.Esta reactivación monumental, impulsada por los flavios, Trajano y Adriano, tuvo un paralelo claro en la iniciativa particular que, al amparo del desarrollo económico, construyó sus moradas con un lujo y magnificencia que en nada tenían que envidiar a sus congéneres de las zonas más privilegiadas del Imperio. Así lo testimonian las casas de la Torre del Agua y del Mitreo, sobre todo. Este esplendor continuó sin menoscabo durante el período antoniniano, durante el que se conocen casos de evergetismo. Así, se emprendió la ejecución de diversos complejos de tipo religioso, como el templo de Marte, merced a la iniciativa de la piadosa Vetilla, mujer de Páculo, prócer emeritense de raigambre itálica, y el santuario consagrado a las divinidades orientales que se emplazó en el cerro de San Albín y cuyo esplendor procuró el gran sacerdote Gaius Accius Hedychrus. Que la vida en Emerita era floreciente y que se había formado una clase social pudiente e imbuida de cultura, lo pone de manifiesto el hecho de que los talleres de escultura no dieran abasto a las continuas demandas de los emeritenses a lo largo del siglo I d. C., como en toda la segunda centuria. Fue la escuela emeritense de escultura una palmaria manifestación del genio popular hispanorromano, bien equipada en cuanto a técnica y en cuya formación no es difícil atisbar la presencia de buenos artistas griegos. Igualmente podríamos afirmar, aunque ya en un tono algo menor, de la producción pictórica y musivaria, que vive un momento de auge entre el comienzo del siglo II d. C. y el primer cuarto del siglo III. Gracias a la preparación de estos artistas y artesanos, y a la presencia en la ciudad de otros llegados de diversos puntos, se pudieron afrontar con solvencia tanto proyectos oficiales, como una serie innumerable de encargos de particulares deseosos de contar en sus casas con ricas decoraciones que elevaran su prestigio social. Son pocas las noticias que tenemos a nuestra disposición para historiar la Mérida del siglo III. No parece que la colonia sufriera, dentro de la atonía generalizada en la que se vio inmersa la parte occidental del Imperio, problemas de consideración, al menos hasta los comedios de la centuria, ya que los talleres de escultura siguieron produciendo sus obras a satisfacción de todos. La crisis, al parecer, hizo acto de presencia a raíz de ese período y hasta el advenimiento de Diocleciano no hubo de concluir. Con este emperador es cuando se inicia la ascensión irresistible de la ciudad, que será citada entre las urbes más preclaras de su tiempo. No hay duda, como han demostrado con autoridad Robert Etienne y Javier Arce, que Emerita fue el lugar de residencia de la máxima autoridad política de la Península, el vicarius de la diócesis de las Hispanias, afecto al prefecto de las Galias. La antigua colonia se convierte así, de hecho y de derecho, en la capital de Hispania y de parte del Norte de África, y en sede de un centro administrativo y jurídico de primer orden. Este hecho, bien atestiguado por las fuentes, se confirma claramente con los resultados más recientes de la investigación arqueológica llevada a cabo en la ciudad. Se observa, efectivamente, una auténtica eclosión urbana. Emerita, lejos de ver constreñido su espacio urbano, como sucedió en otras ciudades de Hispania, se extendió con la creación de nuevas zonas urbanas, ubicadas por lo general a lo largo de las calzadas que salían de la ciudad, y que ocuparon antiguas áreas de necrópolis. Es lo que se ha podido comprobar en la zona de Los Columbarios, estación del ferrocarril, área del Anfiteatro, etcétera. Ese buen momento vivido por la colonia se constata con noticias que refieren la reconstrucción de diversos edificios públicos como el Teatro y el Circo, y con la edificación de numerosas mansiones: Casa del Anfiteatro, Huerta de Otero, Alcazaba, Suárez Somonte, que con sus magníficas decoraciones muestran en todo su esplendor la bondad de los tiempos, que propició, además, un importante florecimiento cultural, motivado por la presencia de un buen número de intelectuales.
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Durante los años treinta del siglo XVIII, bajo el pontificado de Clemente XII Corsini, se produce uno de los momentos más ricos, constructiva y teóricamente hablando, de la Roma del siglo XVIII. En efecto, a las importantes obras de carácter urbanístico y funcional se añade la apuesta por toda una nueva concepción de la arquitectura que, heredera del Renacimiento y del Barroco, parece realizar de ambos una lectura correctora, evitando todo tipo de excesos. No es raro que se encuentren en este momento muchas referencias a la arquitectura depurada y funcional de finales del siglo XVI y comienzos del siguiente, de Armimannati a Giacomo della Porta. Son los años en los que la Academia de San Lucas se convierte en laboratorio de la nueva arquitectura propiciada por el círculo filojansenista que rodea al papa Clemente XII, de L. Pascoli a G. G. Bottari y, sobre todo, el cardenal Neri Corsini.En estos mismos años Soufflot se encuentra en Roma (1731-1738), interesado, básicamente, en la arquitectura de Bernini y las fuentes del clasicismo barroco romano. Además de los Concursos Clementinos, la nueva idea de la arquitectura recibía la oportunidad de convertirse en construcción en las obras que se ponen en marcha durante este período. Palacios, iglesias, capillas, fuentes y la terminación de los proyectos interrumpidos de las reformas de las basílicas de Roma serán la excusa que permita formular una idea de la arquitectura que, sin renunciar al pasado, opta por un clasicismo de nuevo tipo, racional, funcional y severo, de ritmos claros, de abandono del sentido ornamental de la columna para devolverle su carácter constructivo. Es más, cuando el soporte debe cumplir funciones decorativas se elige la pilastra como alternativa decorativa, capaz de ordenar superficies y muros que proporcionan un ritmo superficial elegante y útil. Se trata de ideas que están proponiendo autores como L. Pascoli que, en diferentes publicaciones, defiende el carácter útil de la arquitectura como capaz de contribuir al progreso civil. No es la suya una preocupación decorativa, sino funcional: el objetivo de la arquitectura debe ser encontrar una simplicidad en el lenguaje, una ordenación racional en la distribución de los espacios, etc. Criticaba que los arquitectos de la época estuvieran pendientes del ornato de los órdenes de arquitectura, es decir, de la apariencia exterior y de superficie, que, en su opinión, debía ser algo accesorio. El dibujo y la geometría, el fundamento científico y racional del arte, se convertirían en objeto de teorización constante, tanto en la Academia de San Lucas como en la obra del influyente G. G. Bottari, verdadero mentor, junto con Neri Corsini, de la nueva opción clasicista.Conviene recordar, sin embargo, que, en estos mismos años, Roma también ve aparecer arquitecturas vinculadas al rococó y a la lección de arquitectos como Borromini y Guarini. En efecto, la arquitectura del primero había sido divulgada por una obra tan importante como la D. de Rossi, "Studio dell'architettura civile" (1702-1721). Pero es que, además, también da la impresión de que esa tradición arquitectónica gozaba de cierto predicamento, lo que explicaría que fueran lujosamente editados, en 1721 y 1725, los dibujos de Borromini para Sant'Ivo y para el Oratorio di S. Filippo Neri. Es más, en 1737 B. Vittone, que había ganado cinco años antes el Concurso Clementino de la Academia de San Lucas, publicaba el tratado de Guarino Guarini, "Architettura Civile". Ambos arquitectos no pueden estar más lejos de la arquitectura de la Arcadia y, sin embargo, el partido florentino del papa Clemente XII apostaba por un cambio y elegía a los arquitectos adecuados para llevarlo a cabo. Arquitectos que, como Galilei, Fuga, Salvi o Vanvitelli, comenzaban a mostrar tendencias antibarrocas que sintonizaban bien con la crítica religiosa, civil y política del filojansenismo propiciado por algunos intelectuales que rodean al Papa. Severidad, moral rigorista y antijesuitismo, formaban parte del bagaje ideológico, unido a la contestación de la retórica barroca y la defensa del clasicismo, planteado por este círculo.
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La correspondencia de Avempace (Ibn Bachcha, m. h. 1138), publicada recientemente, y el hallazgo de manuscritos fragmentarios y anónimos hasta hoy -pero identificados a partir de 1985- del Kitab al-Istihmal de al-Mutamán cambian mucho la idea que teníamos del desarrollo de las matemáticas en al-Andalus. El rey de Zaragoza disponía en su biblioteca de las obras de Euclides, Ptolomeo, Apolonio, Arquímedes, Eutocio, Teodosio, Menelao, Banu Musa, Tábit ibn Qurra, Ibrahim ibn Sinan, Alhacén, etcétera, y supo establecer nuevos desarrollos a partir de ellos, simplificando en unos casos los teoremas y demostraciones de esos autores. Pero no fue sólo eso: es en el Istihmal donde aparecen por primera vez teoremas como el atribuido hasta ahora al italiano Giovanni Ceva (1678), y soluciones mucho más elegantes de problemas que, como el de Alhacén, fueron sólo superados en Europa en el siglo XVII.A su lado y al de sus sucesores, incluyendo en esto a los almorávides que ocuparon Zaragoza en el 1110, figura Ibn Bachcha, quien sostuvo una correspondencia científica con su amigo Abu Cháfar ibn Hasday, que vivía en Egipto. El zaragozano demuestra conocer en detalle la obra del máximo astrónomo peninsular de todas las épocas, Azarquiel (m. 1100), y confirma lo que ya se sospechaba por otras fuentes: que él personalmente, mientras vivía en la capital de Aragón, se había consagrado al cultivo de la música y había inventado el ritmo del zéjel que ha llegado hasta nuestros días y que se utiliza por igual en Oriente (crítica política) y en Occidente. Con razón Ibn Quzmán, casi coetáneo suyo y el mejor autor de las cancioncillas en cuestión, sólo pudo vanagloriarse de haber transformado un género difícil (tal como lo dejó Ibn Bachcha) en fácil y -digámoslo todo- propio para temas ligeros. Ante Ibn Quzmán y la envergadura de su obra, la poesía clásica (Ibn al-Jafacha, Ibn al-Zaqqaq y bastantes más) puede dejarse de lado en este resumen.La vida de Ibn Bachcha -que ejerció de ministro junto a gobernadores de muy distinto pelaje- fue accidentada, acabó en la cárcel y fue perseguido varias veces. Incluso es posible que tomara parte en la batalla del Congost (1115) contra los barceloneses. Pero como el poder le gustaba, fue emigrando hacia el sur hasta instalarse en Marruecos, centro del Imperio almorávide que, entonces, iba desde el Senegal hasta el Ebro. Vivir junto al Emir de los Musulmanes equivalía a mostrar querencias políticas y ganarse amigos y enemigos. Fue víctima de sus intrigas, que con frecuencia le llevaron a la cárcel de donde una de las tantas veces le sacó el cadí de Córdoba, el gran jurisconsulto Averroes el abuelo. Parece que una de las frecuentes intemperancias de Ibn Bachcha irritó de tal modo al por otra parte gran médico, Avenzoar (1091-1161) que éste se libró de él enviándole una berenjena deliciosamente cocinada pero previamente rellena de veneno.Abu Marwán ibn Zuhr, el Avenzoar de los traductores latinos, es el representante en la época almorávide de una familia que, a lo largo de cinco generaciones, ejerció la medicina en al-Andalus y cuyos miembros escalaron con frecuencia altos cargos durante las sucesivas administraciones de taifas, almorávides y almohades. Abu Marwán es el primer médico que describe el absceso de pericardio y uno de los primeros que recomiendan la traqueotomía y la alimentación artificial por el esófago o por el recto. Además, fue uno de los pocos médicos medievales que identificó el agente causante de la sarna.
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La década de los cincuenta, casi completa, es un periodo de bonanza para el nuevo Imperio, que se beneficia de una oposición debilitada por la represión, pero también de una indudable capacidad de generar adhesiones por parte del nuevo régimen, que iba desde antiguos legitimistas hasta ciertos políticos republicanos. Entre los apoyos del régimen imperial estaba, sin duda, una burguesía que se declaraba satisfecha con la paz social que prometía el régimen y que se beneficiaba de la política económica liberal de aquellos años. Por otra parte, en el desarrollo material de aquellos años correspondía un importante papel a los grandes empresarios de inspiración sansimoniana (Michel Chevalier, hermanos Isaac y Emile Pereire) que encontraban la oportunidad de poner en práctica sus ideas con regulaciones librecambistas de la vida económica y con la acometida de grandes empresas públicas, tanto en Francia como en el exterior.También fue un capítulo importante, en el fortalecimiento del nuevo régimen, el apoyo del sector eclesiástico. Como su tío, también Napoleón III estaba convencido de la importancia de la Iglesia como garantía del orden y la moral social aunque, como señalara La Gorce, el nuevo emperador tuviera "bastantes lagunas en el campo de la moral privada" y nunca abdicara de los sentimientos anticlericales que le habían llevado a luchar contra el Papado, en compañía de los revolucionarios italianos. Napoleón III aumentó constantemente las consignaciones presupuestarias de la Iglesia y dio grandes facilidades para el desarrollo de las congregaciones. Por otra parte, el desarrollo de la ley Falloux, y la acción del ministro Fortoul permitieron un considerable aumento de la influencia de la Iglesia en todos los niveles de la enseñanza.Frente a estos apoyos, la principal oposición vino del sector republicano, que tuvo que refugiarse en la clandestinidad. Sus principales dirigentes (Ledru-Rollin) estaban en el exilio de Inglaterra o Suiza. Aunque algunos de sus órganos de prensa eran tolerados, apenas tenían ocasión de manifestarse, salvo por la difusión de una literatura fuertemente crítica en la que destacó la personalidad de Victor Hugo (Les chatiments, 1853), que también había tenido que recurrir al exilio en las islas del canal de la Mancha. La propaganda republicana, por lo demás, no alcanzaba a las clases trabajadoras, tanto rurales como urbanas, que manifestaron una cierta simpatía hacia el régimen imperial. Tampoco fue efectiva la oposición de los sectores monárquicos, que se mantuvieron al margen de la nueva situación. El conde de Chambord, pretendiente legitimista, ordenó el boicot a sus seguidores, mientras que las viejas figuras del orleanismo, que no podían depositar sus esperanzas en la oposición del Cuerpo legislativo, se retiraron a una especie de exilio interior en los ámbitos de la vida académica (Académie) o en la prensa (Revue de Deux Mondes). Muchos de ellos se pusieron a escribir libros de historia (Guizot, Tocqueville, Thiers, Montalembert) en los que la evolución política de Inglaterra era objeto preferente de sus atenciones. Napoleón pudo dedicar entonces energías y tiempo a fortalecer el papel de Francia en el concierto internacional, con el fin de revisar los acuerdos del Congreso de Viena, que parecían humillantes a la memoria napoleónica. Las apetencias rusas sobre el Imperio Otomano y los Santos Lugares permitieron que Francia y el Reino Unido, a las que se unirían Austria y Piamonte, decidieran intervenir contra Rusia (marzo de 1854). A pesar de contar con un Ejército mediocre, y no muy bien organizado, Francia pudo beneficiarse de la guerra de Crimea para obtener la revisión de los acuerdos de 1815 en Viena. Ese fue el sentido del Congreso de París, finalizado en marzo de 1856, que proporcionó un notable prestigio al emperador. Por otra parte, Francia desarrollaba por aquellos años una activa proyección colonial que le había permitido el control del Senegal y el comienzo de su presencia en el reino de Siam. Las elecciones de 21 de junio de 1857, adelantadas para aprovechar la euforia de la guerra de Crimea, no alteran nada el carácter del Cuerpo legislativo. La oposición republicana obtiene 665.000 votos, lo que supone un 11 por 100 de los emitidos, aunque sólo le sirve para obtener cinco de los 267 escaños en disputa. El resto pertenece a la mayoría gubernamental. Sin embargo, el régimen tampoco tiene excesivos motivos para la satisfacción: más del 35 por 100 de los casi 9.500.000 electores inscritos ha preferido refugiarse en la abstención.