En 1873 Renoir envía al Salón de París Jinetes en el Bois de Boulogne pero la obra es rechazada, llevándose al "Salon des Refuses" donde obtendrá interesantes críticas. En el estudio de Degas, el joven pintor conoce al marchante Théodore Duret quien se interesa por su pintura, lo que le empieza a abrir las puertas de los marchantes. Y es que el estilo impresionista ya empieza a tener un nutrido grupo de seguidores que admiran las escenas tomadas directamente del natural, como esta espectacular vista del Sena en Argenteuil que contemplamos. Renoir nos presenta una iluminación de atardecer que llena de amarillos buena parte de la escena, jugando con el contraste con el azul del río y el cielo en tonos amarillentos, verdes, grises y azulados, una sinfonía cromática de gran impacto visual. Estos tonos están determinados por la iluminación del momento, una de las máximas del nuevo estilo, al igual que el empleo de pinceladas rápidas y cortas que dotan a la composición del aspecto de un mosaico, o el uso de colores complementarios, tonos que no se mezclan en la paleta sino que es nuestra retina la que lo hace por el pintor; las sombras coloreadas también serán una importante novedad como observamos en el fondo. Pero este tipo de obras, en las que la sensación atmosférica domina a la forma y al volumen, llevarán a un callejón sin salida a los artistas, ya que la luz y el color les conducen hacia la pérdida de la volumetría. Renoir reaccionará recuperando el dibujo y el modelado en sus escenas de bañistas que le harán tan famoso.
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Esta imagen es muy similar a Remeros en Chatou, reflejando el interés de los impresionistas por representar escenas fluviales, especialmente por los reflejos en el agua. Una larga canoa rojiza ocupada por dos mujeres domina la composición. Al fondo contemplamos la orilla opuesta a donde el espectador se encuentra, lo que demuestra que la escena ha sido tomada del natural. Las luces son de "plein-air", animando los colores gracias a esa pincelada rápida, que provoca la disolución de las formas. La similitud de esta obra con las que hacía Monet en estas fechas recoge el grado de relación existente entre ambos, relación que más tarde se romperá por diferencia de conceptos pictóricos.
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Monet se llevó el bote-taller desde Argenteuil a Vétheuil, incluso alquiló una casa con un gran jardín que llegaba hasta el Sena donde podía atracar la embarcación. Pasado el frío invierno y con la llegada de la primavera, pudo emplear el barco para realizar obras en el Sena, como esta que contemplamos donde el río está representado a la caída de la tarde, creando un efecto lumínico de gran belleza. La torre de la iglesia del siglo XIII se alza majestuosa entre las casas y una pequeña barca centra nuestra atención en el plano medio de la composición. Las tonalidades amarillentas del cielo se reflejan en el agua para conseguir una sensación de atmósfera que recuerda a Turner. La pincelada continúa siendo quebrada y empastada, aplicando el color a base de cortos toques, como si de comas se tratara, configurando el conjunto de manera casi abstracta. Esta pérdida de forma será criticada por algunos compañeros de Monet como Renoir y Cèzanne, por lo que Claude parece retomar las formas en los bloques de casas.
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La única sede del senado romano que hoy se conserva es la Curia Iulia, en el Foro, un edificio cúbico, de ladrillo visto y de una altura considerable dadas sus otras dimensiones. Esto no debe extrañar después de lo que acabamos de oír; obedece al gusto por la altura, característico del Bajo Imperio. La llamada Basílica de Tréveris, en Germania, en realidad una aula del palacio de Constancio Cloro, el César de Maximiano, también se distingue por su altura y por la luminosidad de sus muchos y grandes ventanales. La Curia Iulia, destruida en el 283 por el pavoroso incendio que sufrió Roma en tiempos de Carino, fue reconstruida inmediatamente por Diocleciano conforme al plano original, aunque no a la poca altura que le había dado Julio César. Una escalera descubierta daba acceso desde la plaza del Comitium a un porche columnado y a la puerta principal, de bronce. Por ella se entra hoy a un ambiente que infunde tanto respeto por lo que fue como por lo que es: allá al fondo, en la cabecera, se alzaba la estatua de la Victoria que por disposición de César presidiría las sesiones del senado mientras Roma siguiese siendo la cabeza del mundo; junto a aquella estatua pronunció Sinmaco el último discurso que en el mundo se oyó en defensa del que los cristianos llamaban paganismo. La sala tiene algo de iglesia, y en iglesia fue convertida hasta nuestro siglo. Mide 27 metros de largo, 18 de ancho y 21 de altura, hasta el techo plano de madera que la cubría de casetones. Tres ventanas arqueadas en la fachada (por debajo de ellas los mechinales de las vigas del antiguo narthex), una en las laterales y otra en la cabecera daban luz al interior. La parte baja de las paredes, revestida de placas de mármol, tenía por único adorno una serie de estatuas, en nichos flanqueados por columnas de alabastro. Delante de ellas, a un lado y a otro de un ancho corredor central, pavimentado de un espléndido sectile de pórfido y serpentina, tres escaños de mármol para los asientos de los senadores, y al fondo del salón, la tribuna de los cónsules ante el pedestal de la Victoria.
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Finalmente, Carlos se encontró con una herencia materna en plena expansión. El descubrimiento de América había propiciado la ocupación de las Antillas antes de la llegada del nuevo soberano, bajo cuyo mandato la conquista del continente avanzó a marchas forzadas con la incorporación de los dos grandes imperios de México -en los años veinte- y Perú -a partir de los años treinta-. Desde las bases de México, la vieja Tenochtitlán, y de la recién fundada Lima, o Ciudad de los Reyes, los conquistadores españoles se expandieron en todas direcciones, de tal modo que la mayor parte del Nuevo Mundo estuvo bajo la soberanía del Emperador antes de su abdicación y muerte. Y, más allá, Carlos respaldó la expansión por el Pacífico, reclamando las islas Molucas -a las que renunció definitivamente en favor de Portugal por el tratado de Zaragoza de 1529- y explorando otras rutas, aunque los frutos de esta política no se recogieron hasta el siglo siguiente, con la incorporación de las Filipinas y de la Micronesia española.