Las elecciones de noviembre de 1933 suponen una cesura muy apreciable en la historia de la Segunda República. A partir de entonces, y hasta febrero de 1936, se extiende la tercera etapa del régimen, caracterizada por un tono más conservador de la vida oficial y por la revisión de gran parte de la labor reformista del bienio anterior. En razón de la dinámica política, es posible dividir al bienio en tres etapas: a) El predominio radical (diciembre, 1933-octubre, 1934). Gobiernos del PRR con apoyo del centro-derecha republicano. Aproximación de la CEDA a la colaboración política con el republicanismo moderado. b) El tetrapartidismo (octubre, 1934-diciembre, 1935). Gobiernos en coalición de radicales, cedistas, agrarios y liberal-demócratas, con esporádicas incorporaciones de progresistas y catalanistas conservadores. Formación de dos bloques de oposición, uno a la izquierda; el Frente Popular, y otro a la derecha, el Bloque Nacional. c) Los gobiernos técnicos (diciembre, 1935-febrero, 1936). Disolución de la coalición de centro-derecha y formación de gobiernos con escasa representación parlamentaria, sostenidos fundamentalmente por el presidente de la República. Apertura de un período electoral que concluirá con el triunfo del Frente Popular.
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Sin que esto signifique tomar partido, es justo reconocer que por esas fechas los contactos artísticos entre Etruria y la Magna Grecia son constantes. Los talleres de cerámica de figuras rojas instalados en Toscana, y sobre todo en Faleries, donde trabaja el Pintor de la Aurora, siguen planteamientos procedentes sin duda de Atenas, pero a través de Apulia. Serán estas regiones coloniales las destinadas a transmitir, de nuevo en cantidades considerables, el helenismo plástico al mundo etrusco. La segunda mitad del siglo IV a. C. vivirá por tanto su renacimiento a través de la tutela griega. Con ella llegarán los frisos movidos, como los del Mausoleo de Halicarnaso; o la pintura de sombreado, cultivada en Grecia desde fines del siglo V a. C.; o la idea de la perspectiva; o la posibilidad de plantearse el retrato... Como en el período arcaico, los etruscos aceptarán con entusiasmo todas las novedades, y con ellas temas míticos, leyendas, símbolos, etc. En ciertos ambientes, la helenización volverá a ser la moda. Pero el incipiente planteamiento etrusco-itálico o itálico medio ha hundido ya su surco, bien asentado en la mentalidad profunda, y la mayoría lo siente como el lenguaje más idóneo, aunque acepte la ayuda de la plástica griega. La puesta al día es general, pero las tendencias del siglo anterior se perpetúan. Las obras más logradas se hallan de nuevo dentro del arte de carácter helénico puro: es el caso del Sarcófago de las Amazonas, tallado en mármol griego, pero cuya amazonomaquia pintada tiene una adscripción incierta. Refleja, desde luego, el nivel evolutivo de la pintura helénica a mediados del siglo IV a. C., y su calidad no desmerece en nada de las obras contemporáneas que adornan las tumbas regias de Macedonia, pero ciertas peculiaridades de vestimenta -el calzado, en concreto- parecen más comprensibles dentro del ambiente etrusco. En cuanto a la escultura más importante de la época, el altorrelieve de los dos Caballos alados de Tarquinia, sí que podemos con seguridad considerarla etrusca: es de terracota, constituye un fragmento del frente de un columen (el del templo mayor de la ciudad, conocido convencionalmente como Ara de la Reina), y la escena completa representaba a un dios o genio en su carro. Incluso la propia presencia de dos caballos alados es impensable en Grecia, donde sólo se conoce un équido de este tipo: Pegaso. Nos hallamos por tanto ante una magnífica adaptación de la plástica griega de hacia 340 a. C.
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La guerra, ese escenario de operaciones que habían ansiado hasta la euforia, extendió su mano destructora también sobre el primer grupo futurista. Entre los muchos soldados que sucumbieron también hubo artistas adscritos a los ideales de Marinetti. Boccioni fue uno de ellos. Otros cambiaron de opción, como es el caso de Carrà, quien en 1916 se dejó atraer por De Chirico y empezó a cultivar la pittura metafisica, que se adueñaba de otras formas de nacionalismo. Severini se decantará hacia lo que llevaba dentro, es decir, el arte decorativo, y así sucesivamente.En la inmediata posguerra Marinetti reorganizará el movimiento creando diversas Ligas Políticas Futuristas por toda Italia, con cuya actividad se favoreció la toma del poder por parte de Mussolini (1922). La agitación política, que había sido tan importante desde un principio, prosiguió entonando un nacionalismo encarnizado, con el que Marinetti trataba de convertir el estilo futurista en distintivo del fascismo. Ahí está, entre otras obras de la dictadura, el Políptico fascista de Gherardo Dottori (1885-?) y el cuadro de Enrico Prampolini (1894-1956) Síntesis de Mussolini (1926). Finalmente no lo logró sino tangencialmente, pues bajo la tiranía de Mussolini no se aceptó, como es obvio, la vanguardia como estilo oficial.También es verdad que el tolerado futurismo de los años 20 y 30 difiere del posicionamiento original, por mezcla con otras corrientes y otros experimentos. En ese momento el trabajo de los diversos autores denota una fusión entre tendencias, que en buena medida permite hablar de un estilo vanguardista, no específico, más que de futurismo strictu sensu. La tendencia hacia la abstracción se agudizó también en la década de los veinte. Algo que debemos tomar en consideración es que a partir de 1917 cobrarán cada vez mayor importancia los planteamientos sinestéticos, las emociones lúdicas plurisensoriales (auditivas-olfativas-táctiles), los ensamblajes y complejos plásticos móviles y la combinación entre las artes. Son célebres las planchas táctiles de Marinetti, sus aeropoemas y sus poemas táctiles-térmicos-olfativos, como los de Parole in liberto, que llegaron a editarse lujosamente en 1932, cuando ya era académico de la lengua. La literatura experimental de Marinetti tuvo desde la preguerra muchos admiradores, y sus recursos fueron aprovechados por otros movimientos de vanguardia, como Dada.En líneas generales el discurso futurista se hizo progresivamente expansivo y entró en todo tipo de manifestaciones, empeñado en que el modernismo se identificara con él. Especial importancia en el proceso futurista de la posguerra tiene el nombre de Fortunato Depero (1892-1960). Su pintura debe mucho al cubismo sintético, pero mantuvo la vertiente cinética del futurismo primigenio. Es autor de esculturas móviles y de complejos plásticos moto-ruidistas. El motorruidismo era ese invento fatídico de conciertos de estrépitos y ruidos que se debe sobre todo a Russolo, autor que permaneció inactivo en la primera posguerra. La vanguardia italiana evolucionó desde el arte mimético del primer futurismo, fundado en el impresionismo, hacia un arte abstracto creador de formas dinámicas, constructivistas o decorativas, que fue susceptible de ser reideologizado.
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La experiencia política que se vive en Francia desde 1852 a 1870 ha sido objeto de fuertes controversias historiográficas en las que se ha contrapuesto la presentación de un sistema puramente despótico con el énfasis puesto por otros historiadores en la orientación marcadamente populista del nuevo régimen y en su capacidad de conectar con amplias capas de la población, hasta entonces marginadas en la toma de decisiones políticas. La evaluación más crítica (Victor Hugo) se hizo, lógicamente, en los años inmediatos a la caída del Imperio, pero tampoco faltaron los antiguos aliados (La Gorce), que subrayaron las buenas intenciones del emperador, aunque algunos de sus planteamientos tuvieran un cierto carácter quimérico (esta es una interpretación que ha tenido eco en historiadores anglosajones como J. M. Thompson y J. P. T. Bury). En todo caso, la defensa de las realizaciones de aquel régimen fue hecha por Emile Ollivier, un ex-republicano y presidente del Gobierno en los momentos finales del Imperio, que subrayó la voluntad reformista del emperador. De ahí ha surgido también una línea de influencia en la historiografía anglosajona que ha llegado hasta los que han insistido en el carácter modernizador de aquel régimen (T. Zeldin) o los que han presentado a Napoleón III como un precursor de la política europeísta (Echard). Dansette, desde la historiografía francesa, ha visto también en ese periodo elementos precursores de la tecnocracia gaullista. La experiencia de los totalitarismos y de la segunda guerra mundial pareció también brindar algunas claves para la interpretación de este periodo (L. Namier, J. S. Schapiro y L. C. B. Seaman), mientras que la historiografía francesa más reciente, con una gran riqueza y variedad de enfoques, ha insistido en la peculiaridad de una fórmula extraordinariamente personalista, en la que se trataba de solventar la vieja aporía entre libertad y orden, ya planteada por Tocqueville.
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El rey Salomón mandó construir el primer Templo de Jerusalén para contener el Arca de la Alianza. El Templo quedó destruido en el año 586 a.C. por la invasión del babilonio Nabucodonosor. A partir de entonces comenzó la edificación del Segundo Templo, completado en época de Herodes, en el siglo I a.C. El templo presidía de manera majestuosa la Jerusalén del siglo I a.C. Aunque apenas quedan restos, el testimonio del historiador Flavio Josefo nos es útil para reconstruir el Templo tal como pudo ser. La entrada del templo herodiano era la Puerta Preciosa, cuyo acceso estaba prohibido a los no judíos. Después se entraba al Patio de las Mujeres, único recinto al que les estaba permitido acceder. La Puerta de Nicanor, decorada con paneles de bronce muy elaborados, conducía a un patio interior. Le seguía el Patio de Israel, cuya entrada estaba reservada a los hombres judíos. En su centro, sobre una plataforma elevada, estaba el altar de sacrificios. La última estancia del edificio era el santuario, con cuatro columnas con capiteles corintios en su fachada, cuya puerta sólo podía ser atravesada por los sacerdotes. El Segundo Templo fue incendiado por el romano Tito en el año 70 d.C. De él queda en pie solamente la sección oriental de la muralla que lo rodeaba, el actual Muro de las Lamentaciones.
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Mientras la diplomacia aseguraba la posición española en la política europea, la Corona se ocupó también de asegurarla en las nuevas tierras. Rápidamente se organizó una segunda expedición, cuidadosamente preparada por Juan Rodríguez de Fonseca, arcediano de Sevilla y miembro del Consejo de Castilla. La flota, dirigida también por Colón, estará compuesta por 17 barcos y unos 1.500 hombres, incluyendo no sólo soldados, marineros y caballeros, sino también artesanos, labradores, oficiales reales y seis sacerdotes (a las órdenes del fraile benedictino Bernardo Boyl). En cambio, no iba ninguna mujer, quizá porque el objetivo, más que colonizar, era asegurar la ocupación efectiva del territorio, único título que se sabía válido en la práctica, pese a la donación formal del Papa. La impresionante flota sale de Cádiz el 25 de septiembre de 1493 y desde las Canarias enrumbó hacia el sur-oeste, marcando así la que será una de las rutas más usadas por los europeos. En sólo 21 días cruzó el océano y tras un recorrido por las Antillas Menores (Dominica, María Galante, Guadalupe, Antigua, San Cristóbal, Saba, Santa Cruz, Islas Vírgenes) y Borinquen (bautizada San Juan, hoy Puerto Rico), se detuvo en la Española, comprobando que el fuerte Navidad había sido destruido por los nativos. El segundo viaje de Colón simboliza bien la superposición entre descubrimiento, conquista y colonización: se exploran islas (las ya mencionadas, más Cuba y Jamaica, que llama Santiago), se emprenden campañas de castigo contra los indígenas (en abril de 1494 Colón envía a Ojeda con 400 hombres hacia La Vega Real, en el interior de la isla Española, para someter a los indios), se fundan ciudades (primero La Isabela, pronto reemplazada por Santo Domingo, al otro lado de la isla), y comienza la explotación económica, meramente extractiva al principio: oro y esclavos es lo único que interesa. Como el oro era escaso, y había que compensar en parte los costos de la expedición, en febrero de 1495 Colón envía a España 500 esclavos indígenas, inaugurando así un tráfico esclavista que la reina Isabel cortará ordenando el regreso de los taínos a sus tierras.
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El segundo viaje colombino se hizo en prosecución de tres objetivos: socorrer a los españoles del fuerte de la Navidad; continuar los descubrimientos, tratando de alcanzar las tierras del Gran Khan; y colonizar las islas halladas anteriormente. Se reunió una fuerza formidable de casi mil quinientos hombres (800 soldados, religiosos, profesionales, campesinos y hasta soldaderas), que fue preciso embarcar en 17 barcos; 14 carabelas y tres naos. Todo esto se hizo en poco más de cuatro meses gracias al Obispo don Juan Rodríguez de Fonseca, a quien los Reyes encargaron la empresa. No en vano Las Casas dijo de él que fue "muy capaz, para mundanos negocios, señaladamente para congregar gente de guerra para armadas por la mar, que era más oficio de vizcaínos que de obispos". La armada se preparó febrilmente en Cádiz y Sevilla y se hizo a la mar el 25 de septiembre de 1493. Tras hacer escala en Canarias, Colón ordenó poner rumbo oeste cuarta del suroeste; mucho más al sur que la vez anterior. Esperaba así ir a parar a Cipango, pero lo que de verdad encontró fue la ruta más rápida y segura para llegar a América. El 3 de noviembre, sólo 21 días después de haber salido de Canarias, alcanzó las islas Deseada y Dominica. Posteriormente descubrió Mari Galante (donde volvió a tomar posesión), Guadalupe (donde los españoles encontraron las huellas de los caribes: unas ollas en las que se cocinaba carne humana), Monserrate, Santa María la Antigua, San Martín, Santa Cruz y finalmente las bautizadas como Once Mil Vírgenes, por su número incalculable. El 18 desembarcó en Borinquén o Boriquén, que llamó San Juan, y será luego Puerto Rico. No pudo detenerse en ella pues tenía prisa por llegar al fuerte de la Navidad. El 27 de noviembre de 1493 arribó al lugar donde había naufragado la Santa María (costa norte de Haití). Colón no encontró rastro alguno de los 39 hombres que había dejado en el fuerte. Los indios le dijeron que habían sido asesinados por un cacique enemigo llamado Caonabó, versión que tuvo que aceptar. El Almirante procedió entonces a fundar una colonia en aquella isla, donde sabía que había oro. La estableció el 6 de enero de 1494 a unas 10 leguas de Monte Christi y fue La Isabela, primera población española en América. El sitio era insalubre, pero tenía condiciones defensivas. Desde allí envió dos expediciones con Ojeda y Corbalán para encontrar el oro de Cibao, que regresaron con algunas muestras del metal, y despachó 12 barcos de regreso a España bajo el mando de Luis de Torres con las muestras del oro encontradas y un memorial para los Reyes en el que proponía cambiar las vituallas y ganados necesarios por esclavos caribes. Luego dirigió en persona otra expedición a Cibao. Halló efectivamente algún oro y mandó construir el fuerte de Santo Tomás, a cuyo frente dejó a Pedro Margarit. Aunque la Isabela iba mal, falleciendo de enfermedad gran número de sus pobladores, Colón la abandonó para descubrir nuevas tierras. Tomó una nao y dos carabelas y zarpó el 24 de abril de 1494 rumbo a Cuba, que recorrió esta vez por su parte meridional. Pasó luego a Jamaica, bautizada como Santiago, y tornó otra vez a Cuba, subiendo ahora por su costa occidental hasta lo que luego se llamó la bahía de Cortés. Allí ordenó levantar un acta asegurando estar en Mango o el Mangi de Marco Polo, cosa que hizo jurar a los pilotos bajo la amenaza de cortarles la lengua. Posteriormente volvió a Jamaica y la Española, arribando a la Isabela el 29 de septiembre. Colón estaba muy enfermo y las crónicas afirman que convaleció de sus males casi cinco meses. El historiador Manzano asegura que durante este tiempo hizo una expedición que descubrió América del Sur, tesis poco aceptada. Colón se encontró a la Isabela en un estado peor del que la había dejado, si cabe. Había llegado su hermano Bartolomé, pero se habían marchado muchos descontentos, entre ellos el capitán Pedro Margarit y el Padre Boyl, que detentaban la autoridad militar y religiosa de la isla y que empezaron a desprestigiar la labor colonizadora de Colón ante la Corte. El Almirante hizo frente a un levantamiento indígena que sojuzgó violentamente, imponiendo a los vencidos la esclavitud y un tributo de oro en polvo y algodón. Como consecuencia de los informes de Margarit y Boyl, los Reyes enviaron a la Española al repostero Juan de Aguado casi por espía y escudriñador de todo lo que pasaba, según nos dice Las Casas. Aguado se informó de los problemas que afrontaba la colonia y cuando anunció que iba a regresar a España, el Almirante decidió acompañarle, pues comprendió que sus informes no le beneficiarían. Antes de partir mandó construir seis fortalezas en diversas partes de la Isla, envió una expedición al sur en busca de oro, y recomendó a su hermano -a quien dejó el gobierno de la colonia- la construcción de una nueva ciudad en la parte sur de la isla. El 10 de marzo de 1496 embarcó para España. En la flotilla iban, además de Aguado, 220 repatriados que no querían saber nada más de las Indias. En tres años, los transcurridos de 1493 a 1496, las nuevas tierras habían pasado de ser paradisíacas a malditas. Colón arribó a Cádiz el 11 de junio. Pidió una entrevista con los Reyes, que se le concedió en Burgos el otoño siguiente. Allí se presentó con el poco oro que pudo reunir, sus animales exóticos y muchas promesas. Comprendiendo que era muy poco frente a todo el gasto que había originado, recurrió a ponderar los enormes servicios que se prestarían a la Iglesia con la evangelización de los indios, algo a lo que era especialmente sensible la reina Isabel. Los Reyes le aseguraron que efectivamente aquello les compensaba de todo y que seguirían apoyando la colonización y los descubrimientos.