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Dos eran las grandes formas en que el despacho se podía realizar y que, de hecho, fueron utilizadas a lo largo del siglo XVI. De un lado, se encontraba el llamado despacho a boca o a pie, es decir, un sistema basado en la oralidad y la visión real por el que el monarca, ante todo, oía y era visto, bien recibiendo en audiencia a los que deseaban pedirle una merced o se quejaban por un agravio que contra ellos se cometía -recuérdese a tantos pleiteantes que pretenden ser oídos por el rey y que pueblan la literatura de la época-, bien escuchando directamente a los distintos consejos que le elevaban sus consultas de forma oral. En segundo lugar, cabía la posibilidad de formalizar un sistema de despacho por escrito, en el que ni los particulares ni los consejos trataban directamente con el rey, que ni era visto ni oía, y en el que las audiencias a pie eran sustituidas por el envío de memoriales y las consultas a boca se convertían en consultas escritas. La figura de los secretarios reales estaba llamada a desempeñar aquí un papel crucial, pues eran ellos los que, primero, se encargaban de trasladar memoriales y consultas escritas al monarca para, después, devolver su respuesta a las partes y a los consejos. Su papel en lo que se llamaba el reparto y manejo de papeles no dejó de crecer a lo largo de la centuria. El período de los Austrias Mayores supone el retroceso definitivo de la negociación a boca o a pie y, en cambio, el incremento constante de su escriturización en forma de memoriales y consultas escritas. El proceso es especialmente notable durante el reinado de Felipe II, cuya imagen tópica como Rey Papelero está y estuvo muy extendida. Y, en esto, la fama del rey responde a la realidad histórica si tenemos en cuenta la gran cantidad de manuscritos hológrafos que se conservan de su puño y letra, a los que hay que sumar las, sin exageración, innumerables anotaciones marginales, también hológrafas, con las que llenaba los espacios en blanco de cuantos papeles llegaban a sus manos. Incluso se llegó a recomendar que las cartas y memoriales dirigidos al rey llevasen un amplio margen para que el monarca encontrase espacio para glosar el texto o decretar a su gusto -decretación es una palabra que los secretarios usan para referirse a las marginalia reales. Algunos historiadores han apuntado razones caracteriológicas para explicar el avance triunfal de la escritura en el gobierno de Felipe II, suponiendo que la personalidad retraída del monarca se reflejaría en el evidente distanciamiento que supone pasar a negociar por escrito y renunciar a dar audiencias o a consultar oralmente con los consejos. Pero, además, como se detenía en anotarlo todo, exigiendo la rectificación o comprobación de los detalles más nimios, aun a riesgo de detener el curso de negocios de la mayor importancia, se ha afirmado que la escritofilia real era una expresión de alguna patología psicológica. Ya sus cortesanos juzgaron con dureza las tardanzas provocadas por el rey en la negociación de una Monarquía que veían paralizarse por la "menudencia con que su Majestad trata los negocios más menudos", como escribía el Conde de Portalegre en 1597. Y, a medida que el sistema de consulta escrita se fue generalizando, las críticas se fueron haciendo cada vez más fuertes y constantes hasta desembocar en el estado general de descontento que expresa muy bien un famoso Papel a Felipe II de mediados de la década de 1570 y donde se reprocha al rey "negociar por billetes y por escrito, pareciendo a todo el mundo que esto es causa que se despachen pocas cosas y tarde y claramente se ve y así se platica que tratando Vuestra Majestad con los ministros de palabra los negocios se despacha más y mejor en una hora que a las veces en muchos días". Dejando a un lado la impresionista explicación psicológica que antes mencionábamos, el avance de la escriturización en el despacho de la Monarquía parece haber obedecido a varias razones. En primer lugar, fue consecuencia de la propia estructura politerritorial de una monarquía múltiple como era la Hispánica, pues la escritura podía venir a paliar en algo la no presencia del monarca en los distintos reinos. En segundo lugar, se debió a que, como ya se señala al hablar de los consejos, la negociación por escrito permitía poner algún orden en la maraña de materias que debían ser tratados en una Monarquía que había alcanzado dimensiones universales. Por ejemplo, gracias a las Noticias Diurnas o Dietarios del secretario Antonio Gracián Dantisco se puede calibrar el impresionante volumen de papeles que iban y venían hacia y desde la corte, así como el ritmo imparable de su manejo y reparto dentro de ella. Así, en el mes de febrero de 1571 pasaron tan sólo por las manos del secretario Gracián más de un millar de cartas, memoriales y otros papeles. La forma escrita hacía posible la acumulación y fijación de todas las noticias que se precisaban para la toma de decisiones, haciendo más sencillo, asimismo, que fuesen tramitados los distintos expedientes abiertos. Pero, además, permitía recuperar todo ese caudal de información cuando era necesario para la adopción de nuevas decisiones, para la justificación de lo que se había dispuesto o, incluso, para su rectificación o para la comprobación de su cumplimiento. Eso sí, siempre, claro está, que la información pudiera ser almacenada en forma de registro y, así, empleada de nuevo como documentación. En suma, la progresiva escriturización del despacho está relacionada con el recurso a los archivos reales, a los antiguos, como el de la Corona de Aragón, y a los de nueva fundación, como el Archivo de Simancas, instituido por Carlos I y desarrollado por Felipe II, quien, además, creó el de la Embajada española en Roma para servir a una de las más importantes negociaciones, la de la Santa Sede. Además de permitir relacionar al rey con sus distintos reinos y pretender poner algo de orden práctico en su gobierno, la consulta escrita, como también el despacho a boca, tenía implicaciones de carácter político que son mucho más profundas y que ponen de manifiesto la problemática general de cómo era concebido el dominio real. Cada una de las dos formas de despacho responde a una consideración distinta del oficio y de la imagen regias; el despacho a boca supone el mantenimiento de un modelo tradicional de monarca accesible que, ante todo, es un Rey Juez, mientras que la segunda forma deja abierta la posibilidad a una mayor intervención de la voluntad real en el gobierno. En este sentido, la imposición de la consulta escrita es de enorme importancia en un proceso de absolutización del poder monárquico. En el citado Papel a Felipe II de mediados de la década de 1570 se llegaba a la conclusión de que el rey había pasado a consultar por escrito "no porque le parezca esto más conveniente, sino porque no le hable nadie, contra su obligación real que es de oír y despachar a todos, grandes y pequeños". Obsérvese que de lo que se habla es de una "obligación real" de despachar oyendo, idea que es recalcada cuando se hace una completa exposición del modelo ideal de oficio real que estaría negando la práctica entonces seguida por Felipe II. Para el Papel, Felipe II era "culpable" ante sus súbditos y también ante Dios de no cumplir con las obligaciones de su oficio real. Por ello, se aventura que la Providencia podía abandonar al rey y, con ello, castigar a sus reinos, si no lo había empezado a hacer ya. La coyuntura en la que se redactó este alegato implacable contra el Rey Católico corresponde al momento en el que, de un lado, tomaba cuerpo la reforma hacendística y fiscal de mediados de la década de 1570 y, de otro, empezaba a hacerse frecuente el recurso a las juntas que, nuevo pecado contra las tradicionales obligaciones reales, suponía un peligro para el funcionamiento del tradicional gobierno por consejos. El momento clave para la imposición definitiva de la consulta escrita parece haber sido, precisamente, esa década de 1570, quedando el último tercio del siglo bajo el dominio ya casi absoluto de la negociación por escrito. Cuando en 1597, siendo todavía Príncipe, Felipe III había empezado a ocuparse de los negocios de su padre enfermo, Lerma recibió un Papel en el que, con otros consejos para garantizar su futura privanza, se señalaban las tres maneras distintas de consultar que hasta entonces se habían practicado. De forma muy sintética, se explica muy bien el paso de lo oral a lo escrito en el despacho de la Monarquía. La primera de las tres maneras de consultar empleadas había respondido al modelo de consulta plenamente oral, "donde los Presidentes (de los Consejos) consultaban a boca todos las cosas y a boca resolvía su Majestad con ellos"; en la segunda dominaba todavía la consulta a boca, pero ya había hecho su aparición el papel mediador y crucial de los secretarios, quienes "consultaban con su Majestad a boca todas las cosas, haciendo relación del acuerdo que los Presidentes y consejos tomaban en ellas y su Majestad se resolvía con ellos a boca y daban las respuestas a los Presidentes y Consejos"; y, por último, una tercera forma que responde plenamente al despacho escrito, en la que consultaban "los Presidentes y Consejos todas las cosas por papel con su firma enviando las consultas los secretarios y a ellos volvía la respuesta para decirla a los Presidentes y Consejos".
obra
Juan de Sevilla Romero nos narra en este lienzo una de las parábolas más conocidas tomada del Evangelio de San Lucas (XVI, 19-31). El rico Epulón se presenta sentado a la mesa donde celebraba sus diarios banquetes, vestido como un hombre opulento del siglo XVI, acompañado de una dama y otro hombre que parece tirar las sobras a los perros que encontramos a sus pies. Un niño presencia la escena mientras que el pobre Lázaro se sitúa en la esquina derecha de la composición junto a una figura que porta un bastón - por su cara de mal genio parece querer expulsar al pobre del lugar -. La escena se desarrolla en un interior, enmarcada en la parte superior por un cortinaje y recortada en una pared donde contemplamos unos ricos relieves y un cuadro con la muerte del pobre, tras la cual aparecen unos árboles. Las arquitecturas han sido tomadas de la escuela veneciana que Sevilla debía de conocer, mientras que las figuras están inspiradas en Alonso Cano, apuntándose que la composición podía estar relacionada con las estampas flamencas. El pintor debía conocer también las obras de Murillo al representar el asunto como si se tratara de un tema de género. El empleo de las luces otorga a la imagen un sensacional efecto dramático, especialmente al colocar a Lázaro en semipenumbra y la mesa con las viandas totalmente iluminada. Al fondo se crea cierto aspecto atmosférico - difuminando las figuras de los criados - que recuerda a Veronés.
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El río de Albarado, que los indios llaman Papaloapan Después que salió Cortés de Potonchan, entró en un río que llaman de Albarado, por haber entrado antes que nadie en él aquel capitán. Mas los que habitan en sus riberas le llaman Papaloapan, y nace en Aticpan, cerca de la sierra de Culhuacan. La fuente mana al pie de unos serrejones. Tiene encima un hermoso peñón redondo, ahusado, y de cien estados de altura, cubierto de árboles, donde hacían los indios muchos sacrificios de sangre. Es muy honda, clara, llena de buenos peces, y más de cien pasadas de ancha. Entran en este río Quiyotepec, Vivilla, Chimantlan, Cuauhcuezpaltepec, Tuztlan, Teyuciyocan, y otros ríos menores, que todos llevan oro. Cae al mar por tres canales, uno de arena, otro de lama y otro de peña. Corre por buena tierra, tiene una hermosa ribera, y hace grandes esteros con sus muchas y ordinarias crecidas. Uno de ellos está entre Otlalitlan y Cuauhcupaltepec, dos buenos pueblos. Bulle de peces aquel estero o laguna. Hay muchos sábalos del tamaño de toñinas, muchas sierpes, que llaman en las islas iguanas, y en esta tierra cuauhcuezpaltepec. Parece lagarto de los muy pintados, tiene la cabeza chica y redonda, el cuerpo gordo, el cerro erizado con cerdas, la cola larga, delgada, y que la tuerce y enrolla como un galgo; cuatro pedezuelos de a cuatro dedos, y con uñas de ave; los dientes agudos, mas no muerde, aunque hace ruido con ellos; el color es pardo. Resiste mucho el hambre, pone huevos como la gallina, pues tienen yema, clara y cáscara; son pequeños y redondos, y buenos de comer. La carne sabe a conejo, y es mejor. La comen en cuaresma por pescado, y en carnaval por carne diciendo ser de dos elementos, y por consiguiente, de entrambos tiempos. Es perjudicial para los bubosos. Estos animales salen del agua, se suben a los árboles y andan por la tierra. Asustan a quien los mira, aunque los conozca; tan fiera catadura tienen. Engordan mucho refregándoles la barriga con arena, que es nuevo secreto. Hay también manatíes, tortugas, y otros peces muy grandes que aquí no conocemos; tiburones y lobos marinos que salen a tierra a dormir y roncan muy fuerte. Paren las hembras dos lobos cada una y los crían con leche, pues tienen dos mamas al pecho entre los brazos. Hay perpetua enemistad entre los tiburones y los lobos marinos, y pelean con ahínco, el tiburón por comer y el lobo por no ser comido. Empero, siempre son muchos tiburones para un lobo. Hay muchas aves pequeñas y grandes, de nuevo color y forma para nosotros. Patos negros con alas blancas, que se estiman mucho por su pluma, y que se vende cada uno, en la tierra donde no los hay, por un esclavo. Garcetas blancas, muy estimadas por su plumaje. Otras aves que llaman teuquechul o avediós, como gallos, de que hacen ricas cosas con oro; y si la obra de esta pluma fuese duradera, no habría más que pedir. Hay unas aves como torcazas, blancas y pardas, ánades en el pico, y que tienen un pie de pata y otro de uñas como el gavilán; y así, pescan nadando y cazan volando. Andan también por allí muchas aves de rapiña, como gavilanes, azores y halcones de diversas formas, que se ceban y mantienen de las mansas. Cuervos marinos que pescan maravillosamente, y unas que parecen cigüeñas en el cuello y pico, excepto que lo tienen mucho más largo y raro. Hay muchos alcatraces y de muchos colores, que se sustentan de peces; son como ansarones en el tamaño, y en el pico, que será como de dos palmos; y no mandan el de arriba, sino el de abajo. Tienen un papo desde el pico al pecho, en el que meten y engullen diez libras de peces y un cántaro de agua. Devuelven fácilmente lo que comen. Oí decir que se tragó uno de estos pájaros a un negrillo nacido hacía pocos meses; mas no pudo volar con él; y así, lo cogieron. Alrededor de aquella laguna se crían infinitas liebres, conejos, monillos o gatillos de muchos tamaños; puercos, venados, leones y tigres, y un animal llamado aiotochtli, no mayor que el gato, el cual tiene rostro de anadón, pies de puerco espín o erizo, y cola larga. Está cubierto de conchas, que se encogen como escarcelas, donde se mete como el galápago, y que parecen mucho cubiertas de caballo. Tienen la cola cubierta de conchitas, y la cabeza de una testera de lo mismo, quedando fuera las orejas. Es, en fin, ni más ni menos que un caballo encubertado, y por eso lo llaman los españoles el encubertado o el armado, y los indios aiotochtli, que suena conejo de calabaza.
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El río de la Plata fue un territorio plural y administrativamente inconexo hasta la creación del virreinato en 1776. Tenía tres gobernaciones que eran las del Río de la Plata (Buenos Aires), Guayrá (Paraguay) y Tucumán (Córdoba), a las que se vinculaba económicamente el Corregimiento de Cuyo. A todo esto vino a sumarse periódicas anexiones de la Colonia del Sacramento y otra gobernación subordinada, la de Montevideo (Uruguay), que fundó el gobernador bonaerense Zavala en 1726 para hacer frente a la infiltración portuguesa. Creó la fortaleza y ciudad de Montevideo, asentando en ella numerosas familias porteñas, 1.000 indios y 50 familias españolas. La Gobernación se consolidó en 1749. Más tarde incluso se crearon otras dos subordinadas a Buenos Aires, que fueron las de Las Malvinas (1766) y Misiones (1767). La integración de todos estos territorios, más Charcas y Potosí, en el virreinato del Río de la Plata el año 1776, fue motivada por intereses político-administrativos, pero arrastrados por necesidades económicas. Buenos Aires era un enclave eminentemente comercial, por el que se introducían mercancías europeas (muchas de ellas de contrabando) hacia el Alto Perú, y esclavos para la región del interior, a cambio de pieles, sebos y plata potosiana. La supresión del régimen de flotas aceleró su crecimiento de población, que pasó de 8.908 habitantes en 1720 a 13.840 en 1750, y a 22.551 en 1770. Tucumán era el lugar de paso del comercio entre Buenos Aires y el Alto Perú, además de soporte de la producción minera, gracias a su riqueza agropecuaria. Tenía trigo, algodón, tierras de pastoreo, ganado mayor y menor, y hasta obrajes que elaboraban paños burdos. Su capital indiscutible era Córdoba, sede del obispado, del colegio mayor jesuita y de la Universidad. En realidad no llega a los 7.000 habitantes a mediados de siglo, pero era una gran ciudad frente a las circunvecinas de Salta, San Miguel, Jujuy, La Rioja, Santiago del Estero y Catamarca. Las dos primeras juntas no llegaban a sumar su población, pese a que Salta estaba dominando ya el Chaco. El terminal de la ruta comercial era Charcas, perteneciente al virreinato del Perú y gran consumidor de manufacturas europeas, utillaje y herramientas, paños burdos, grano, carne, mulas, etc. En cuanto a Guirá y Cuyo quedaron fuera de este circuito y unidos inexorablemente a Buenos Aires. Cuyo dependía administrativamente de Chile y su centro era Mendoza, pero su producción de vino y aguardiente se llevaba a Tucumán y Buenos Aires, ya que eran artículos que abundaban en Chile. En cuanto a Guairá o Paraguay mantenía una economía de subsistencia y exportaba por los ríos Paraguay y Paraná al Plata yerba mate, algo de azúcar, tabaco y algodón. Su ciudad principal era Asunción. Las subsidiarias de Villa Rica, Ciudad Real y Santiago de Jerez tenían una vida lánguida. La yerba mate, cultivada con indios de mita o encomendados en la capital regional y en Villa Rica, tenía que competir con la producida por los indios guaranís de las misiones jesuitas. Excluida del circuito de la plata y las mercancías, vivió algunos problemas internos de gran resonancia, como fueron el movimiento comunero y la guerra guaranítica. El primero comenzó en 1717 y duró hasta 1735. Su origen se debió al enfrentamiento de los jesuitas con la población criolla para substraer a los indios del servicio personal, pero posteriormente fueron mezclándose otros muchos problemas. En 1730 se amotinó el pueblo de Asunción y se formó una Junta Gubernativa de la Provincia, representante del Común, presidida por José Luis Barreiro a quien sucedieron luego otros (Miguel de Garay y Antonio Ruiz de Arellano). La situación fue controlada con dificultad por las autoridades apareciendo nuevas sublevaciones. La de febrero de 1732 produjo toda clase de desmanes. La Corona envió un nuevo gobernador, Manuel Agustín de Ruiloba, recibido con entusiasmo en Asunción. Cuando se comprobaron sus simpatías por los jesuitas, se originó otro alzamiento. Ruiloba marchó contra la fuerza comunera, sucumbiendo en la batalla de Guayaibití el 15 de septiembre de 1733. La sublevación terminó cuando el gobernador Zavala de Buenos Aires, al frente de un segundo ejército de 8.000 indios suministrados por los jesuitas, venció a los rebeldes en la batalla de Tabapy el 14 de marzo de 1735. Tras esto entró en Asunción, ahorcó a los cabecillas, restituyó a los jesuitas su colegio, derogó la cédula que permitía a su cabildo el derecho de elegir gobernador de Asunción y pacificó la provincia. En cuanto a la guerra guaranítica (1753-56) surgió a raíz del Tratado de Permuta, cuando España recobró la colonia del Sacramento a cambio de entregar las misiones jesuitas del Ibacuy. Los indios se negaron a abandonar el territorio y fueron combatidos por tropas conjuntas españolas y portuguesas. La posterior expulsión de los jesuitas dejó huellas muy profundas en la región rioplatense, sobre todo en Paraguay y Tucumán. El virreinato se fundó por cédula 1 de agosto de 1776, integrando política y administrativamente Buenos Aires, Paraguay, Tucumán, Potosí, Santa Cruz de la Sierra, Charcas y Cuyo. Se añadió así al complejo rioplatense gran parte del Alto Perú, un territorio que sumaba más de un millón de habitantes (800.000 indios, 200.000 blancos, 100.000 mestizos y 7.000 negros). Potosí había decaído mucho, pero aún tenía unos 40.000 habitantes. La producción agraria estaba representada por la coca, quinua, papa, maíz y trigo, y la ganadera por llamas, vicuñas y ovinos. La más importante seguía siendo la minera del Potosí, que tuvo muchas alternativas, como ya dijimos. Para fomentar su producción se creó el Banco de San Carlos en Potosí, con objeto de subvencionar dicha actividad. Los bancos de rescate cambiaban a los mineros dinero por sus piñas de metal, rompiendo el ciclo de dependencia con los comerciantes. El virreinato del Río de la Plata unió así los espacios dependientes de la producción argentífera altoperuana con los agropecuarios que la sustentaban, y con el comercial bonaerense, volcándose ya totalmente hacia el Atlántico. En 1778 se instalaron las aduanas en la boca del río de la Plata (a ambas orillas). La organización administrativa se completó en 1782 con las Intendencias (se establecieron las de Buenos Aires, Córdoba, Salta, Paraguay, Potosí, Cochabamba, Chuquisaca y La Paz), a las que se sumaron cuatro gobiernos militares subordinados (Montevideo. Misiones, Moxos y Chiquitos), la Audiencia en 1783 y el Consulado en 1794. Buenos Aires tuvo un desarrollo vertiginoso en los últimos años del siglo XVIII como capital de un territorio de casi cinco millones de kilómetros cuadrados y tuvo además una época dorada de la ganadería. Por su puerto salían promedios anuales de 758.117 (entre 1792 y 1796) cueros, la mitad de los cuales procedían de Montevideo (otras partidas notables de Misiones, Santa Fe y Córdoba). Aumentaron sus estancias, sobre todo a partir del Reglamento de Libre Comercio, y en sus alrededores se crearon infinidad de saladeros de carne, que elaboraban tasajos, cecinas, etc., destinados a la alimentación de los esclavos de Brasil y Cuba. Canalizaba igualmente la exportación de yerba mate paraguaya. La capital virreinal se transformó en un importante foco intelectual y periodístico. A comienzos del siglo XIX los puertos del virreinato fueron asaltados por los ingleses. Desembarcaron en 1806 en Buenos Aires y fueron expulsados por las tropas criollas de Montevideo y de Buenos Aires dirigidas por Santiago Liniers.
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Una vez que Buenos Aires dio su primer paso para separarse de España, el 25 de mayo de 1810, los próximos movimientos consistieron en consolidar su posición en todo el Virreinato del Río de la Plata. Sus intentos de exportar la revolución a todo el virreinato tuvieron resultados contradictorios. Por un lado, Montevideo permaneció bajo el control de la marina española y Paraguay se separó muy pronto de Buenos Aires tras el fracaso de la misión encomendada a Manuel Belgrano para recabar apoyos para la causa emancipadora. Por el otro, la vital misión enviada al Norte impuso el orden porteño en Córdoba y Tucumán y luego ocupó casi sin resistencia el Alto Perú, garantizando a Buenos Aires el control de la producción de la plata potosina. Muy pronto comenzaron las divisiones en el seno del equipo gobernante. La junta se escindió en dos tendencias: una moderada encabezada por su presidente, el jefe de milicias Cornelio Saavedra, y la otra más radical o jacobina, liderada por el secretario de la junta, el abogado Mariano Moreno. Los radicales impulsaron una política de duro enfrentamiento con los pro-españoles, que supuso la expulsión del virrey y de los oidores de la Audiencia y el fusilamiento en Córdoba de los jefes del partido realista, entre ellos el ex virrey Liniers. De acuerdo con los mecanismos utilizados para su conformación, la junta respondía únicamente a la autoridad y soberanía del cabildo de Buenos Aires. Si se buscaba ampliar la legitimidad del nuevo gobierno y extender su dominio al conjunto del virreinato, era necesario incorporar a sus filas a un cierto número de representantes del interior, lo que se produjo a fines de 1810. La ampliación de la junta permitió la incorporación de destacados políticos de las provincias y también colocó al partido jacobino en minoría. Ante esta nueva circunstancia, Moreno renunció a su cargo y aceptó una misión diplomática en Londres, pero murió durante el viaje. Ante la falta del líder, sus partidarios fueron perseguidos mediante juicios, destierros y proscripciones. Los enviados porteños al Alto Perú intentaron ganar a los indios para la causa revolucionaria y para ello eliminaron el tributo indígena. Si bien la movilización de los indios era escasa, las elites altoperuanas no se sintieron nada atraídas por el exceso de populismo demostrado por los políticos porteños y se decantaron por mantener los vínculos con España. En julio de 1811 un ejército peruano, al mando de Goyeneche, derrotó a las tropas revolucionarias en Huaqui y privó para siempre a Buenos Aires del control de la plata potosina y del dominio del Alto Perú, que retornó a la dependencia de Lima. La frontera que separaba las jurisdicciones de las Audiencias de Buenos Aires y Charcas se convirtió en la línea divisoria entre los partidarios de la revolución y los defensores del mantenimiento del vínculo colonial. Allí fue donde Martín de Güemes, con el apoyo de los campesinos, defendió a Buenos Aires del avance peruano. Si los porteños permitían que se ampliara la base social de la revolución (con los indios en el Alto Perú o con los campesinos en Salta) era por la enorme distancia que separaba a esas regiones de Buenos Aires. Las cosas no eran iguales en las cercanías de la capital, como se observa en la política seguida en la Banda Oriental (hoy Uruguay). Montevideo, gracias a la presión de los mandos navales, se convirtió en un permanente polo de oposición a Buenos Aires. Las acciones militares emprendidas desde Buenos Aires se suspendieron en 1811 ante la presencia de fuerzas portuguesas. Estas, inicialmente convocadas por Montevideo, se convirtieron, junto con Gran Bretaña, en los garantes de un armisticio que convenía a los portugueses. De forma simultánea, la campaña de la Banda Oriental se alzó bajo el liderazgo de José Artigas, que primero sería apoyado y luego combatido por Buenos Aires. La revolución artiguista contenía una serie de reivindicaciones populares que conmocionaron a Buenos Aires. La respuesta de Artigas a la ocupación de la Banda Oriental por los portugueses fue el éxodo del pueblo uruguayo a la vecina provincia de Entre Ríos, bajo control porteño. Cuando Buenos Aires reinició las hostilidades contra Montevideo, estableció con Artigas una nueva e inestable alianza que se rompería en 1813. En 1814, mientras el ejército porteño al mando del general Carlos María de Alvear conquistaba Montevideo, Artigas controlaba las provincias de Corrientes, Entre Ríos y Santa Fe (anteriormente pertenecientes a la intendencia de Buenos Aires) y era declarado protector "de los pueblos libres". Pero su control era sólo político, ya que las oligarquías provinciales se negaban a incorporar las reivindicaciones artiguistas sobre el acceso a la tierra. Su influencia se extendería a Córdoba al año siguiente, cuando el enfrentamiento con Buenos Aires era total. Artigas representaba para los dirigentes porteños no sólo un peligro para el futuro de su revolución, sino también el símbolo de un movimiento de protesta social que debía ser duramente reprimido, para evitar de ese modo que se siguiera extendiendo. La ampliación de la base social de la revolución se produjo únicamente en la Banda Oriental y no en el resto de los territorios artiguistas, que seguían siendo férreamente dirigidos por sus propias oligarquías en contra de Buenos Aires. La junta ampliada, o junta Grande, se convirtió en un ineficaz instrumento de gobierno en manos de los moderados. Ello llevó a la formación de un triunvirato, también caracterizado por su dureza represiva contra aquellos que se negaban a someterse a su autoridad. Un golpe militar, en octubre de 1812, alejó a los saavedristas del poder y puso fin al predominio político de las milicias, vigente desde 1807. Los oficiales del ejército regular, consolidado después de la independencia, se convirtieron en los árbitros de la situación política. Su principal instrumento fue la Logia Lautaro, que hasta 1819 tuvo una gran influencia sobre la política porteña. Dos de sus miembros eran oficiales retornados de España en 1812, que habían participado en la guerra de independencia contra los franceses: Alvear y San Martín. Este último se dedicó a crear un cuerpo de caballería bien preparado y disciplinado, los Granaderos a Caballo, que contrastaba con la gran improvisación de los cuerpos armados de uno y otro bando. En 1813 su triunfo en la batalla de San Lorenzo, a orillas del río Paraná, consolidó su posición. Tras serle encomendado el mando del derrotado Ejército del Norte, que ejerció brevemente, fue destinado como intendente en Cuyo. En Mendoza, donde se había refugiado la oposición chilena, fue donde armó un cuerpo expedicionario destinado a expulsar a los españoles del Perú. Para ello, en vez de atacar par el Alto Perú, lo que había fracasado en dos oportunidades, invadiría Chile y desde allí pasaría a Lima por mar. En 1813 se reunió en Buenos Aires una Asamblea legislativa, soberana y con plenos poderes, que pese a no declarar la independencia de España tomó decisiones trascendentales, que incluyeron la supresión del mayorazgo, de los títulos nobiliarios y de la Inquisición y la libertad para los hijos de las esclavas. También oficializó la bandera, el escudo y el himno de una nación que todavía no se atrevía a proclamar su independencia de forma definitiva. La restauración de Fernando VII en 1814, supuso un momento difícil para el proceso de emancipación, agravado por las dificultades políticas que llevaron a concentrar el poder todavía más y en lugar del Triunvirato surgió la figura del Director Supremo, el primer gobierno unipersonal de Buenos Aires. Con grandes esfuerzos la revolución sobrevivió en Buenos Aires, si bien es cierto que España nunca lanzó una ofensiva directa contra el Río de la Plata. En 1816 se reunió en Tucumán un congreso que declaró la independencia de España bajo la presión del Director Supremo, Juan Martín de Pueyrredón, hombre de la Logia Lautaro. El punto más débil del gobierno de Pueyrredón era su relación con la zona artiguista. Para debilitar a Artigas favoreció la invasión portuguesa a la Banda Oriental, pero sus principales seguidores siguieron resistiendo contra Buenos Aires. En 1819 se sancionó una constitución centralista, que pese a mantener la ficción republicana tenía un importante contenido monárquico. El rechazo de las provincias del interior y la oposición del artiguismo acabaron con el gobierno de Pueyrredón, políticamente agotado y económicamente arruinado por los colosales sacrificios realizados para financiar al ejército de San Martín. A partir de entonces poco tiempo le quedaba al Estado centralizado que Buenos Aires había intentado construir. Los caudillos de Santa Fe y Entre Ríos, cada vez menos dependientes de Artigas, serían los encargados de clavarle la puntilla. En Chile, las tensiones entre los principales líderes de la emancipación (el más radical José Miguel Carrera y sus hermanos, el moderado Bernardo O'Higgins) habían impedido consolidar el movimiento fundacional de la Patria Vieja. La junta establecida en septiembre de 1810 convocó a un congreso nacional, cuyos representantes estaban divididos en reformistas y revolucionarios. Los primeros querían terminar con la opresión colonial mediante un sistema autonómico en el marco de la nación española y para ello querían una constitución. Los revolucionarios planteaban que la lealtad a Fernando VII era sólo una máscara y que la cuestión de fondo era la independencia. Pero los revolucionarios estaban en clara minoría. El gobierno del congreso fue derrocado por el general Carrera, al frente de una coalición que comprendía a un segmento de la elite de Santiago y a la de Concepción. La Constitución aprobada en 1812 había puesto el poder ejecutivo en sus manos. En su ausencia el país sería gobernado por una junta de tres miembros y también habría un senado con siete legisladores. La designación de unos y otros fue responsabilidad de Carrera. Su incapacidad para imponerse militarmente provocó su relevo por O'Higgins. Para colmo, en 1813 desembarcó un cuerpo expedicionario peruano pro monárquico en el sur de Chile, que rápidamente conquistó la mayor parte del país. Después de la derrota de O'Higgins en Rancagua, en octubre de 1814, el general Osorio entró en Santiago. Los líderes independentistas se refugiaron en Mendoza, al otro lado de los Andes, donde continuaron con sus enfrentamientos.San Martín, una vez en Mendoza, se dispuso a afrontar la invasión de Chile. A la hora de elegir a sus aliados se inclinó por el centrismo de O'Higgins en detrimento del mayor populismo de los Carrera. A comienzos de 1817, al mando de un ejército de 3.000 hombres, San Martín inició el cruce de los Andes. El 12 de febrero obtuvo en Chacabuco una importante victoria, que le abrió las puertas de Santiago y O'Higgins fue designado Director Supremo de la República de Chile. La derrota de Cancha Rayada en marzo estuvo a punto de terminar con el experimento libertador, pero la victoria de Maipú, en abril, permitió mantener su gobierno. Sin embargo, no se pudo acabar con la resistencia española, que consolidada en el sur del país, resistiría durante largos años. En la nueva república iba a persistir durante algún tiempo el clima de enfrentamiento entre los líderes revolucionarios. Para sostenerse en el poder, O'Higgins debió eliminar al jefe guerrillero Manuel Rodríguez, uno de los héroes de la independencia, que mantenía un firme apoyo a los Carrera. Por eso es que contra los disidentes, pero más firmemente contra los partidarios de la Corona, se iba a aplicar una política duramente represiva.