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El papa Julio II encargó a Miguel Ángel su monumental mausoleo, que debía colocarse bajo la amplia cúpula de San Pedro del Vaticano. Tras múltiples complicaciones, el mausoleo quedó reducido considerablemente y se instaló en la iglesia romana de San Pietro in Vincoli, formando parte de él el colosal Moisés. Los cuatro esclavos que quedaron sin concluir fueron donados por Miguel Ángel al gran duque Cosme I, que los colocó en los Jardines de Bóboli, desde donde fueron trasladados a la Academia en 1909. El joven esclavo se representa con las rodillas ligeramente flexionadas, indicando cierto cansancio en su caminar. Levanta su brazo izquierdo por encima del hombro mientras que el derecho se desliza por la cadera. La sensacional figura parece emerger del bloque de mármol que en el fondo está sin trabajar, presentando diferentes grados de acabado. Así, la cabeza apenas está esbozada, el busto se define mejor en el lado izquierdo que en el derecho y en algunas zonas se aprecian las marcas de los instrumentos empleados por el maestro durante su ejecución ya que la estatua no recibió el tratamiento definitivo. Esta obra, al igual que sus compañeros -El esclavo despertándose, Atlas y El esclavo barbudo- nos hacen comprender la famosa técnica miguelangelesca del "non finito" en la que las formas, sin estar ejecutadas a la perfección, alcanzan una maestría casi insuperable, dando la sensación al espectador que las figuras desean abandonar la piedra para convertirse en obras de arte.
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El verano de 1882 lo pasó la familia Toulouse-Lautrec en Céleyran, pueblecito de donde era originaria la madre del pintor. El joven Henri se dedicaría a elaborar imágenes en las que retrata a las personas de su entorno. En este caso se trata de un joven trabajador de la finca familiar llamado Routy, realizando diversos bocetos al carboncillo y dos lienzos, contemplándose aquí uno de ellos. En estos trabajos Henri pondrá en práctica el aprendizaje de la técnica del dibujo que ha tenido oportunidad de desarrollar en el taller de Leon Bonnat, interesándose por obtener una imagen realista de la figura añadiendo un ligero toque impresionista en el paisaje. No olvidemos que Pissaro y Renoir están pintando desde hace más de diez años escenas al aire libre que ha podido contemplar el joven Lautrec en París, tomando de ellas la inspiración como también podemos observar en otras imágenes de estos momentos, Adèle de Toulouse-Lautrec por ejemplo. La zona de primer plano ha sido pintada empleando tonalidades grises mezcladas con verdes, marrones y negros, creando un atractivo contraste con el fondo donde ha utilizado colores algo más claros.
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El judaísmo es, con cerca de trece millones de adeptos en la actualidad, la menor de las grandes religiones del mundo. Sin embargo, su significación histórica y su influencia en la actualidad hacen de ella uno de los movimientos espirituales más trascendentes. Los orígenes del judaísmo hay que buscarlos en el antiguo reino de Judá, desparecido en el año 586 a.C. al ser conquistado por el babilonio Nabucodonosor. Ese año comienza la Diáspora o dispersión de los judíos fuera de su lugar de origen, una constante a lo largo de su historia que será convertida a su vez en importante seña de identidad. La dispersión del mundo judío tendrá efectos diversos. Por un lado, la conservación de la tradición, la memoria y el recuerdo se convertirán en una herramienta de cohesión de las comunidades, un elemento aglutinante frente a la presión exterior; por otro, las diferentes comunidades de la Diáspora recibirán influencias de los distintos lugares en los que se asientan y a su vez influirán en las poblaciones autóctonas. Estas características harán del judaísmo una creencia adaptada a las diferentes condiciones en que debe desarrollarse, generalmente bajo presión. El carácter de credo o religión perseguida, de creencia de una comunidad dispersa, será fundamental en la configuración del judaísmo. Desde el punto de vista religioso, el judaísmo consta de tres elementos esenciales: Dios, la Torá e Israel. Los judíos creen en un Dios universal, eterno, creador de todo el universo. Dios estableció una alianza con el pueblo judío o israelita, velando por su seguridad a cambio de cumplir las enseñanzas divinas contenidas en la Torá. Israel, por último, es tanto una nación como un pueblo, un sistema de creencias y una cultura. Esta falta de definición, que alcanza a todo lo judío, ha sido desde siempre objeto de múltiples controversias, pues se ha debatido mucho acerca de quién es realmente judío. Nacido como religión de un estado-nación específico, el judaísmo se ha desarrollado como un conjunto de creencias y tradiciones, un estilo de vida y comportamiento, una historia común y un sentimiento identitario compartido, más allá de distancias, fronteras o épocas.
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Según el relato bíblico, Dios, a cambio de su fe, prometió a Abraham la tierra de Canaán, futura tierra de Israel, y una progenie numerosa. Así comienza la historia del judaísmo, una religión que aglutina a cerca de trece millones de fieles en la actualidad. La historia de los judíos en la antigüedad comienza con su desplazamiento desde Ur -en Caldea, a orillas del Golfo Pérsico-, a la Tierra Prometida, en la que se establecen a partir del siglo XIX a.C. Siguiendo con la Biblia, el nieto de Abraham, Jacob, a quien Dios otorgó un nuevo nombre, Israel, se trasladó a Egipto con sus hijos y sus familias huyendo de la hambruna. Sus descendientes fueron esclavizados, hasta que Dios los liberó y, guiados por Moisés, abandonaron Egipto, acontecimiento conocido como el Éxodo. Al llegar al Monte Sinaí, los judíos hicieron un pacto eterno con Dios, quien entregó a Moisés las Tablas de la Ley. Hacia el año 1200, de nuevo en Canaán, los israelitas se encuentran divididos en doce tribus. La llegada de los filisteos y la presión de los amonitas hace que las tribus se unan en torno a una monarquía, siendo Saúl su primer rey. Con David, los reinos de Judá e Israel se unen, y el territorio inicial judío se ensancha con nuevas conquistas, entre ellas la de Jerusalén, convertida en capital. Salomón, su sucesor, será un monarca valorado por su sabiduría y por el establecimiento de relaciones con lejanos reinos, como el de Saba. A la muerte de Salomón el reino se divide en dos estados rivales: Israel, en el norte, y Judá, en el sur. En el año 722 a.C. Israel será destruido por los asirios. Lo mismo sucederá con Judá en el 586 a.C., asolada por Nabucodonosor, quien destruirá el gran templo de Jerusalén y deportará a Babilonia a los miembros de las clases altas. Las siguientes dos centurias corresponden a la dominación persa, una época de cierta tranquilidad. La paz termina cuando Alejandro Magno conquista Palestina en el año 333 a.C. Sus sucesores continuaron su política de helenización, imponiendo la cultura griega en sus dominios. Sin embargo, las luchas internas permitirán la entrada de Roma, a partir del año 63 a.C. Al principio, los romanos gobernaron a través de una dinastía judía fundada por Herodes el Grande. Este gobernante se encargará de culminar la reconstrucción del gran Templo de Jerusalén, casi doblando su tamaño y añadiendo nueva y lujosa ornamentación. En los primeros años de la Era Cristiana, los gobernadores romanos se enfrentaron a frecuentes rebeliones judías, aplastadas a sangre y fuego. En la fortaleza de Massada, en el año 73 d.C., casi mil hombres, mujeres y niños se suicidaron para no rendirse a la X Legión Extranjera Romana. La campaña de Adriano, seis décadas después, acabó con las últimas resistencias. Jerusalén y el Templo fueron arrasados, y se prohibió a los hebreos vivir en su territorio. Comenzó así la Diáspora de los judíos fuera de la Tierra Prometida. La Diáspora o dispersión, continuada durante siglos, extendió el judaísmo por todos los rincones del mundo, creando sinagogas y escuelas judáicas. En Europa, los judíos encontraron acomodo como comerciantes o prestamistas, pues la usura estaba prohibida para los cristianos. Masacres y expulsiones fueron frecuentes, y los judíos fueron acusados de desastres naturales como la mortífera peste negra de 1348. Bajo el islam, la situación de los hebreos también fue precaria, aunque en tiempos de tolerancia florecieron como médicos, mercaderes o científicos. En España, en algunos momentos de la Edad Media coexistieron pacíficamente las tres religiones. La sinagoga de Santa María la Blanca, en Toledo, es una de las mejores muestras de la herencia judía. El antisemitismo, el odio hacia los judíos, tuvo su punto culminante en el Holocausto nazi. Entre 1941 y 1945, fueron asesinados dos tercios de los judíos de toda Europa. Pero las aspiraciones hebreas no acabaron con este desastre sin precedentes. Un movimiento judío, el sionismo, propugnaba el regreso a su antigua patria en Palestina. Finalmente, en 1948 sus deseos cristalizaron con la creación en Palestina del estado de Israel. Desgraciadamente, si por un lado se ponía fin a 1900 años de privación de derechos para los judíos, por otro, pese a los repetidos intentos por lograr la paz, se iniciaba un conflicto aún no solucionado entre árabes e israelíes. La palabra judaísmo define el conjunto de normas y tradiciones religiosas del pueblo judío. Como religión, el judaísmo integra tres elementos esenciales: Dios, la Torá e Israel. Dios, o Yahvé, estableció una alianza con un pueblo, el de los judíos o Israel, para que éste extendiera su fe. A cambio de la preocupación de Dios por Israel, los judíos tienen la obligación de cumplir las enseñanzas divinas o Torá. La Torá comprende los cinco primeros libros de la Biblia o Pentateuco. En ellos se recogen los relatos sobre el origen del mundo, los antepasados de Israel, la esclavitud en Egipto y su liberación, la recepción de los mandamientos en el Monte Sinaí y su travesía por el desierto hasta llegar a la Tierra Prometida. El judaísmo no reconoce la divinidad de Jesucristo, al que sólo admite como profeta. Por ello, la Biblia es únicamente el Antiguo Testamento de los cristianos. La vida cotidiana de las poblaciones está regida por diversos preceptos religiosos. El Sabbath, el día de descanso semanal, es un día festivo en el que está prohibido realizar cualquier actividad que no sea la oración y el reposo. La cocina kosher es la elaborada de acuerdo con las normas religiosas, prohibiendo el consumo de animales considerados impuros, como el cerdo. La circuncisión, a los ocho días de vida, permite a los varones entrar en la comunidad judía y participar de su alianza con Dios. La madurez religiosa de los muchachos se celebra mediante la ceremonia del bar mitzvah, en la que un chico de trece años lee por primera vez un fragmento de la Torá. La fiesta familiar más importante es la Pascua, que conmemora el Éxodo de Egipto. Celebrada con una abundante comida ritual, en ella se recita la Hagadá, la historia del Éxodo. Muy importantes son también el Yom Kippur -Día de Arrepentimiento o expiación- y la fiesta de Hannukah -Reconsagración-. En ésta última, el acto principal es el encendido de las velas de una pequeña lámpara que recuerda el candelabro de los siete brazos del Templo de Jerusalén. Actualmente, el mundo judío se divide en tres movimientos principales: el reformista, el conservador y el ortodoxo, citados de menor a mayor grado de apertura. Con todo, pese a la existencia de conflictos internos y tensiones entre Israel y las comunidades de la Diáspora, es posible concluir que el judaísmo es en su conjunto una de las religiones más dinámicas y trascendentes de la actualidad.
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La emancipación gradual de los judíos en la Europa occidental y América comienza a producirse a partir de la Ilustración, movimiento intelectual aperturista que postula el uso de la razón y promueve ideales de entendimiento humano y superación de las tradicionales estructuras culturales basadas en la religión. Hasta ese momento, la exclusión de los judíos de la sociedad provocó como respuesta el mantenimiento a ultranza de sus tradiciones y religión, conformando un mundo propio más protegido cuanto más cerrado. Sin embargo, su nueva situación a partir de la distinta mentalidad que surge en las sociedades occidentales con la Ilustración hace que muchos judíos opten por intentar ser incorporados plenamente a la sociedad que antes les excluía, haciéndose bautizar como cristianos o bien adoptando costumbres liberales. La modernidad supone, pues, una apertura del tradicional mundo judío lo que, en cierto sentido, supone un problema nuevo dentro del contexto del judaísmo. Las respuestas al aperturismo y a las nuevas cuestiones que planeta el mundo moderno han tenido como consecuencia una renovación de la teología judía, pero también profundas divisiones religiosas e ideológicas. Mientras parte del mundo judío aplaudía las radicales innovaciones de los reformadores, otros pensaban que se había producido un abandono del judaísmo auténtico. Reforma, conservación y ortodoxia son los tres principales movimientos del judaísmo actual.
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Frente a reformistas y ortodoxos, el movimiento conservador judío postula un punto de vista intermedio, más centrado. Aunque sus bases intelectuales están en Alemania, como movimiento organizado surge sin embargo en los Estados Unidos. En origen, el judaísmo conservador significaba una solución de compromiso para los judíos reformistas alemanes liberales, que constituían la mayor parte de los judíos norteamericanos del siglo XIX, así como para muchísimos inmigrantes judíos de Europa del este. Solución intermedia a los desafíos que el mundo moderno plantea al judaísmo, los conservadores se basan, como los ortodoxos, en la halakhah, la ley judía, pero realizando una interpretación menos rígida. Como los reformistas, conceden un papel a la mujer similar al del hombre en cuanto a la vida religiosa, aunque niegan validez a la línea paterna a la hora de reconocer la identidad judía de un individuo. No obstante, dentro de los conservadores la rama reconstruccionista sí acepta que un hijo de padre judío y educado en el judaísmo pueda formar parte de la comunidad hebrea.
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Dentro del judaísmo actual, el movimiento ortodoxo es uno de los más heterogéneos y difíciles de definir, dado el amplio número de corrientes que alberga, desde la ortodoxia moderada hasta el hasidismo. Otro problema es que, a diferencia de otras ramas del judaísmo, carece de una organización definida. Los orígenes del moderno judaísmo ortodoxo hay que buscarlos en la Alemania del siglo XIX, cuando el rabí Samson Raphael Hirsch lo postula como una reacción frente a las propuestas reformistas. Hirsch defendía que frente a los postulados reformistas de cambio para afrontar el reto de la modernidad, la ortodoxia debía defender la tradición y la costumbre judías. No obstante, la ortodoxia no se opone a aspectos del mundo moderno como la investigación científica, sino sólo a algunos campos concretos, como la crítica bíblica, que contraviene los dogmas religiosos. Para los ortodoxos la Torá escrita tiene el mismo valor que la oral, de tal forma que los mecanismos y decisiones necesarias para afrontar las nuevas circunstancias están contenidas en la ley judía (halakhah), no siendo necesario buscar nuevas respuestas. En el Israel actual, pese a ser concebido como un país en el que tuvieran cabida todas las ramas del judaísmo, la ortodoxia domina la vida religiosa, dividiendo la sociedad israelí en una mayoría laica y una minoría ortodoxa que, además, sostiene el poder político. El origen de este problema está en los primeros tiempos del Estado, cuando sus principales promotores, sionistas seculares, dejaron la cuestión religiosa en manos de las autoridades ortodoxas oficiales. Con el tiempo, la corriente ortodoxa ha conseguido convertirse en la religión de Estado, arrinconando a las otras corrientes y postulando ser la única forma legítima de judaísmo en Israel. El problema, de índole religiosa y política, enturbia las relaciones entre Israel y la Diáspora, por cuanto los judíos de fuera de Israel son mayoritariamente pertenecientes a doctrinas no ortodoxas. Otra cuestión es la que hace referencia a la identidad judía. En principio, todo judío tiene cabida en el nuevo Estado de Israel, siéndole concedida la nacionalidad a cualquier emigrante. La ultraortodoxia, por el contrario, se opone a esta concesión de ciudadanía, intentando invalidar la autoridad de los rabinos no ortodoxos y en general de todo judío que no pertenezca a su movimiento. El resultado final es un clima de tensión entre ortodoxos y el resto de corrientes, que habitualmente se unen para defender el aperturismo y la diversidad del mundo judío.
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Se trata del primer movimiento judío de la era moderna, surgido en la Alemania del siglo XIX para intentar congraciar el monoteísmo ético judío con el racionalismo impuesto por la Ilustración. Su propuesta es la de una religión ecléctica y abierta, en la cual el individuo puede elegir libremente qué aspecto seguir de la tradición judía. En consecuencia, para los reformistas es más importante el aspecto ético de la religión judía que el teológico o ritual. Por ello son importantes las acciones solidarias, dirigidas hacia la comunidad o incluso hacia el exterior. El interés mayor del reformismo judío es hacer frente a las nuevas realidades que impone el cambio social e histórico, adaptar la religión y su vivencia al mundo moderno. En este sentido, el judaísmo reformista ha sido el primero en elaborar estrategias para hacer frente a las nuevas situaciones sociales. Sin embargo, existen muchas propuestas reformistas que chocan frontalmente con las otras ramas del judaísmo, incluso con el grueso de la población. Una de las más espinosas es la cuestión relativa a la identidad judía. Tradicionalmente, para ser judío un individuo debería nacer como tal o bien convertirse. Las personas que adquirían la religión judía al nacer eran hijos de madre judía, ya que la identidad judía es matriarcal. Sin embargo, el reformismo estadounidense, como respuesta al creciente número de matrimonios mixtos, propone redefinir la identidad judía en términos nuevos: es judío toda persona nacida de padre o madre judíos y educada en el judaísmo. No obstante, esta nueva definición de la identidad judía ha sido adoptada únicamente por una de las otras ramas del judaísmo, el movimiento reconstruccionista.
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En El Tajín se han descubierto once juegos de pelota, la concentración más importante de este elemento ritual en cualquier ciudad de Mesoamérica. El número tan abundante de canchas, la importancia de su decoración escultórica y el complejo hacha-palma-yugo asociado con él y distribuido ampliamente por Mesoamérica durante el Clásico Tardío, ha hecho pensar a los investigadores que El Tajín elevó la práctica del juego de pelota a culto estatal, introduciendo una parafernalia artística y una simbología de la que participaron las elites mesoamericanas.Los juegos de pelota de El Tajín tienen forma de I y están limitados por muros verticales o taludes, careciendo de marcadores o anillos. El hecho de que exista tal cantidad de canchas en el sitio ha sido interpretado como una actividad de los linajes distinguidos de una ciudad que controla la principal región extractora del caucho -con el que se confeccionan las pelotas para el juego- y que, a juzgar por las evidencias escultóricas y arquitectónicas reseñadas, fue un centro de actividad internacional durante el Clásico Tardío.La emisión de un mensaje mítico expresado en los paneles tallados instalados en los muros de algunos juegos de pelota fue de suma importancia para elevar esta práctica ritual a nivel de culto de Estado. Tal vez los más relevantes en este sentido sean los del Juego de Pelota Sur. En ellos se contiene un mito en que la figura principal es el dios del sol, quien, después de descender al inframundo, lucha con las fuerzas de la noche y resurge como dios del maíz, patrocinando la fertilidad y la vida. Las escenas del Juego de Pelota Sur ponen en evidencia la transfiguración de determinados dirigentes -que resultan vencedores en el juego- con rasgos característicos de la divinidad solar, mientras que otro contingente, el perdedor, se alía con las fuerzas de la noche, y termina siendo sacrificado por decapitación. El viejo mito no es, pues, sino expresión de la lucha eterna entre la vida y la muerte, la identificación de las deidades solares con la vida y la fertilidad y, sobre todo, la utilización política de este mito por parte de los gobernantes.Del éxito obtenido por los dirigentes veracruzanos en la utilización de este mito, da cuenta su representación en el arte mural de Teotihuacan y su difusión al área de Oaxaca, Cotzumalhuapa y a todo el territorio maya, así como su dilatada pervivencia a lo largo del tiempo, según manifiestan las referencias incluidas en el Popol Vuh, que recoge las tradiciones del grupo quiché en los últimos momentos de la etapa prehispánica.El juego de pelota veracruzano estuvo íntimamente ligado a un complejo escultórico muy particular que se distribuyó también por el centro y sur de Mesoamérica. Este complejo consta en una serie de objetos característicos denominados yugos, palmas, hachas y, en menor cantidad y difíciles de asociar, candados. Los dos primeros parecen formar parte del equipo básico de los jugadores, al menos así lo indican las representaciones de los paneles. Estas esculturas raramente se encuentran en contexto arqueológico, por lo que conocemos su posible función sobre la base de la iconografía.Los yugos tienen forma de U y se decoran con ranas muy estilizadas cubiertas con volutas y rostros humanos, considerándose imitaciones de las defensas, confeccionadas en caucho o en mimbre, que se colocan a la cintura de los jugadores. Su aparición en tumbas se interpreta como un memorial a un gran jugador. Las palmas son esculturas alargadas en forma de abanico en su extremo superior, que también incluyen bajorrelieves en forma de pájaros, iguanas y figuras humanas muy realistas; en el arte, aparecen relacionadas con los yugos. Las hachas tienen forma de cabeza, y presentan diseños de hombres y animales, siendo utilizadas tal vez como marcadores del juego.
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Edward F. Lindley Word, tercer vizconde de Halifax, había estado a punto de ser primer ministro de Su Graciosa Majestad Británica en mayo de 1940, pues contaba con el apoyo del rey Jorge VI. No obstante, y dadas las perentorias necesidades de la guerra, el elegido sería un hombre mucho más enérgico e indomable: Winston Churchill, quien ocupó el número 10 de Downing Street. En compensación, lord Halifax pudo seguir en la dirección del Foreign Office, como representante directo de la política exterior británica. Un adjunto suyo, el joven y ambicioso subsecretario de Estado llamado Richard Austen Butler, iba a ser la persona idónea para iniciar las conversaciones secretas con Berlín tras la firma del armisticio franco-alemán en Compiégne. El mismo día -17 de junio- en que Churchill prometía una resistencia a ultranza por medio de los micrófonos de la BBC, el nuevo subsecretario llamó urgentemente a su despacho al embajador de Suecia en la capital británica, Bjoern Prytz. El brazo derecho de lod Halifax fue directo al grano ante su atónito interlocutor: la guerra tenía que terminar, y para ello Gran Bretaña esperaba de Alemania unas condiciones razonables. Cuando Prytz mostró su extrañeza ante tan sensacional revelación, que constituía el otro extremo de la posición pública del primer ministro, Richard A. Butler replicó: "Eso no tiene ninguna importancia. Lo que hoy parece oponerse a la idea de una paz de compromiso no sería, llegada la ocasión, un auténtico obstáculo". Ante la cara de sorpresa del representante diplomático sueco, el subsecretario de Estado remachó la idea de que esa posible negociación era una de las causas más serias de disensión existentes en su gobierno, y que, por supuesto, lord Halifax la aprobaba sin reservas. Lo que vino a continuación tiene todo el aspecto de una escena ensayada. Un ujier avisó a Butler de que el ministro del Foreign Office deseaba verlo de inmediato, y el subsecretario no dejó marchar a Bjoern Prytz con estas significativas palabras: "Espéreme; seguramente tendré algo nuevo que decirle cuando vuelva. Diecisiete minutos después el embajador sueco oía asombrado, de labios del propio Butler, la gran revelación: Soy portador de un mensaje de lord Halifax, favorable a una paz de compromiso... En este asunto, Gran Bretaña se dejará guiar por el buen sentido y no por una política de bluff y de baladronadas". Esto último era una clarísima alusión al dramático discurso de Churchill en la noche del 17 de junio. De regreso a su embajada, Bjoern Prytz telegrafió inmediatamente a Estocolmo. El ministro de Asuntos Exteriores, Christian Gunther, fue derecho a casa del primer ministro socialdemócrata, P. A. Hanson. Una vez reunidos, los dos políticos nórdicos avisaron a Berlín de la gran novedad. Fue así como el Gobierno de Suecia se dio cuenta de que no era lógico resistir por más tiempo la presión nazi si en Londres había un fuerte interés por la paz. Una vez consultado el rey Gustavo V, los blindados de la Wehrmacht pudieron transitar por las carreteras suecas con dirección a Noruega.