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El anarcosindicalismo había mantenido una posición ambigua en los meses que precedieron al 14 de abril, basculando entre el apoyo a la conspiración antimonárquica y el retraimiento de todo lo que pudiera significar compromiso político. Esta contradicción forzó a la CNT a mantenerse en una expectativa llena de reservas en las primeras semanas de vida de la República. El cambio de régimen colocaba, en realidad, a la Confederación en la tesitura de elegir entre la línea sindicalista que representaban Ángel Pestaña o Juan Peiró, y la anarquista, encarnada principalmente en la minúscula Federación Anarquista Ibérica (FAI), partidaria de una presión continua -"gimnasia revolucionaria", la llamaban algunos- que acelerase el proceso de revolución social. Los "faístas" defendían un modelo de revolución ruralizante y utópico, frente a las tendencias sindicalistas, que preconizaban una adecuación de los programas del movimiento libertario a las realidades de una sociedad en vías de industrialización. Los primeros aparecen como los máximos responsables de la exacerbación de los métodos de "acción directa", que buscaban en la conflictividad laboral y en la insurrección campesina -culminada en la creación de comunas libertarias- la quiebra del orden burgués y la consecución de una sociedad sin clases ni Estado. La oposición de los cenetistas a la República burguesa quedó patente desde el primer momento, y se manifestó a través de formas muy variadas, algunas claramente insurreccionales. Es cierto, sin embargo, que los dirigentes de la conjunción republicano-socialista no hicieron nada para incorporar a la CNT al inicial consenso en torno al régimen naciente, y que la promulgación de la legislación laboral preparada por los socialistas buscaba de forma manifiesta perjudicar a la Confederación. Pero también lo es que los partidarios del enfrentamiento frontal con la República dentro de la CNT aprovecharon esta legislación, y en especial el establecimiento de los Jurados Mixtos en las empresas -contrarios a la práctica de la acción directa y que les recordaban demasiado a los Comités Paritarios de la Dictadura- para incrementar la beligerancia contra el régimen y el enfrentamiento con la UGT, a la que acusaban de traición a la clase obrera. Las federaciones de mayoría anarquista de la CNT se lanzaron enseguida a una movilización social que buscaba impedir la consolidación de la República parlamentaria. Tal fue el caso del oscuro complot del aeródromo de Tablada (Sevilla), de junio de 1931, en el que el aviador militar Ramón Franco y un grupo de suboficiales del Ejército y de anarquistas sevillanos fueron acusados de preparar un levantamiento para el día de las elecciones a Cortes. El 6 de julio, la CNT se embarcaba en su primer gran conflicto sindical al poner en marcha una huelga nacional de empleados de la Compañía Telefónica. Convocada en un ámbito laboral donde la Confederación no era especialmente fuerte, la huelga, resueltamente combatida por el Gobierno, derivó en sabotajes y violencias y dio lugar a sangrientos incidentes en Sevilla, incluida la muerte de treinta personas y el cañoneo del local donde se reunía la dirección de los huelguistas. Condujo además a la CNT a un enfrentamiento abierto con los militantes ugetistas, que actuaron para romper la huelga. Tampoco tuvo mayor éxito la huelga del ramo de la metalurgia de Barcelona, iniciada el 4 de agosto, que movilizó a 42.000 trabajadores. Mientras, en el campo, el proletariado anarquista comenzaba a movilizarse, mediante huelgas y ocupaciones de fincas, en demanda de una reforma agraria que les entregase tierra de forma inmediata. Esta política de huelgas condenadas de antemano al fracaso, y el creciente peso del anarquismo violento en el movimiento libertario eran contemplados con enorme preocupación por los sectores sindicalistas de la CNT. A finales de agosto de 1931 se publicó en Barcelona el Manifiesto de los Treinta, firmado por Pestaña, Peiró, Progreso Alfarache, Juan López, y otros dirigentes sindicalistas, y en el que, junto a un durísimo ataque al Gobierno republicano, al que acusaban de lenidad en la aplicación de las reformas prometidas, criticaban la inutilidad de los procedimientos violentos y la falta de realismo y el elitismo revolucionario de los faístas, en términos que preludiaban la ruptura. Pese a estos avisos, la radicalización de las bases durante la primavera y el verano de 1931 terminó desembocando en una espiral de violencia alentada por la FAI. El sindicalismo "treintista", mayoritario en la CNT al instaurarse la República, perdía terreno ante el sector faísta, favorecido por el impacto de la crisis económica y el incremento de la conflictividad social. Tras las breves huelgas generales convocadas en varias ciudades durante el otoño de 1931, a finales de año concluye lo que A. Bar denomina "política de tanteo frente al fenómeno republicano" y se inicia una etapa plenamente ofensiva, un período insurreccional cuya primera acción es el levantamiento armado de la cuenca del Alto Llobregat, en Cataluña. Acuciados por sus penosas condiciones laborales, el 18 de enero de 1932, mineros y obreros textiles se hicieron con el control de sus centros de trabajo y se adueñaron de Figols, Berga, Cardona y otras poblaciones, donde proclamaron el comunismo libertario. El Gobierno reaccionó con extraordinaria energía y envió unidades del Ejército al mando del general Batet, que restablecieron el orden. En la segunda mitad de 1932, las luchas entre faístas y treintistas se reprodujeron con gran virulencia. A partir del mes de julio, el proceso de expulsión de militantes y de sindicatos enteros se incrementó, sobre todo en Cataluña, Levante y Asturias, confirmando el predominio de los anarquistas. La aprobación de la Ley de Asociaciones Profesionales de Patronos y Obreros, preparada por el equipo socialista del Ministerio de Trabajo, implicó la automarginación de la CNT -ya con más de un millón de afiliados- de la representación sindical en los organismos oficiales de negociación y mediación laboral. La nueva Ley, junto con la de Defensa de la República, contribuyó a alejar aún más al anarcosindicalismo de las tácticas legales de reivindicación obrera. El 8 de enero de 1933, la FAI hizo un llamamiento a la insurrección general, que provocó graves incidentes en Cataluña, Aragón, Levante y Andalucía, expeditivamente reprimidos por las fuerzas gubernativas, que causaron numerosos muertos. Los sucesos más graves ocurrieron en la aldea gaditana de Casas Viejas, donde los guardias de Asalto provocaron una matanza entre los peones agrícolas que, tras proclamar el comunismo libertario, les habían hecho frente. Los policías incendiaron la choza de un campesino, apodado Seisdedos, causando la muerte a varios labriegos que se habían refugiado en ella -y a un guardia que habían tomado como rehén- y luego asesinaron sobre el terreno a catorce detenidos. Gracias a las informaciones de la Prensa, la opinión pública pudo tener conocimiento de lo ocurrido y el asunto tomó estado parlamentario el 1 de febrero con la interpelación de un diputado radicalsocialista. La matanza, de la que era responsable político el director general de Seguridad, pero a la que era ajeno el Gobierno, fue instrumentalizada por la oposición para enfrentar a la coalición gobernante con su electorado. Acusado de complicidad en una represión desmedida -circuló la falsa noticia de una orden de Azaña a los guardias: "ni heridos, ni prisioneros, tiros a la barriga"- el Gabinete pudo superar la investigación de una Comisión parlamentaria y dos mociones de confianza en las Cortes, pero ello no impidió que se viera salpicado por un escándalo que, a medio plazo, le sería enormemente perjudicial. La insurrección de enero de 1933 tuvo, por otra parte, el efecto de acelerar la ruptura entre las fracciones del anarcosindicalismo. Ese mismo mes, los treintistas pusieron en marcha la Federación Sindicalista Libertaria, que se constituyó formalmente el 25 de febrero, con Pestaña como secretario provisional. La Federación mantuvo la adhesión a los principios del sindicalismo revolucionario, pero en su seno resaltaban ahora más las diferencias entre los sindicalistas posibilistas de Pestaña y los anarcosindicalistas de Peiró, quienes no rechazaban el mantener relaciones con la FAI fuera del marco estrictamente sindical.
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Así, durante el primer siglo del arcaísmo, en Atenas crecía la actividad marítima, puesta de relieve principalmente por la existencia de la cerámica exportada. Ello facilitaba los contactos, al menos por parte de algunos sectores de la población, con otras ciudades y centros panhelénicos de donde, junto con las ganancias, procedían también los impulsos paralelos que podían favorecer los intentos de cambio. Es el caso de Cilón, que muy probablemente hacia el año 632 llevó a cabo un intento de instaurar la tiranía en Atenas. Según Tucídides, era vencedor en alguna prueba olímpica, como hombre de origen noble y poderoso dentro de la ciudad. Está, pues, encuadrado en la aristocracia que ejercía su poder a través de los mecanismos que permitía la ciudad del momento y que, a través de su participación en los juegos de Olimpia, obtenía un prestigio dentro de la ciudad que podía proporcionarle el manejo de los mecanismos de control. Además, se había casado con la hija de Teágenes, el tirano de Mégara, con lo que no sólo define su encuadramiento como miembro de la parte de la aristocracia tendente a rivalizar por el poder, aunque para ello hubiera que romper las solidaridades de la clase y apoyarse en fuerzas equivalentes del exterior, sino que, al mismo tiempo, adquiere esos apoyos a través de las solidaridades panhelénicas heredadas de los métodos heroicos de la aristocracia, en que la hospitalidad entre familias podía llegar a estar por encima de los enfrentamientos bélicos. Cilón se apoyaría en Teágenes y en sus propios amigos del interior de Atenas. Sus métodos son, pues, los de la aristocracia, aunque hubiera de controlar grupos marginales para luchar frente a otros de la misma clase. Cilón consultó al oráculo de Delfos, institución que, como la Olimpiada, representa el panhelenismo aristocrático y con la que, en sus primeros momentos, los tiranos sostienen relaciones normales hasta que se vio que los intereses generales de la aristocracia iban por otro camino. La Pitia le aconsejó que ocupara la Acrópolis de Atenas el día de la fiesta mayor de Zeus. Cilón, en su calidad de vencedor olímpico, interpretó que se trataba de las Olimpiadas, fecha en que pudieron acudir de los campos a oponerse a sus intentos, y los nueve arcontes organizaron el asedio que acabó con la huida de Cilón y la muerte de algunos de sus colaboradores, a pesar de haberse refugiado en lugar sagrado. Ello fue motivo de que los Alcmeónidas, que habían organizado la represión, tuvieran sobre sí la mancha del sacrilegio, recordada cada cierto tiempo como arma contra el genos o contra Atenas, pero también de que adquirieran fama de ser los adalides de la oposición a la tiranía. Dicen que Cilón tenía que haber elegido la fecha en que se celebraban las Diasias, la mayor fiesta de Zeus en Atenas, dedicada a Zeus Miliquio, a quien se hacían ofrendas no sangrientas y en el campo, porque de este modo los atenienses se habrían encontrado fuera de la ciudad. Al margen de las rivalidades gentilicias y de las implicaciones panhelénicas, también el campesinado ático desempeñó un papel al oponerse a un intento que posiblemente se apoyaba en las novedades que se producían dentro de la población urbana, sin que el campesinado pudiera percibir las ventajas.
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El intercambio de princesas formaba parte de la serie encargada por María de Medicis a Rubens para la decoración del Palacio del Luxemburgo en París. Se trata de una representación alegórica del doble matrimonio entre la infanta Ana de Austria con Luis XIII de Francia y su hermana Isabel de Borbón con el futuro Felipe IV de España. Las dos princesas, con sus dos manos entrelazadas, se encuentran entre las personificaciones de Francia -en cuya vestimenta podemos apreciar la decoración de la flor de lis- y España -reconocible por el león de su casco-. Ana, que a la edad de catorce años es la mayor de las dos princesas, parece volverse a España mientras que la personificación de Francia la coge de su brazo. El dios del río local -el intercambio de princesas tuvo lugar en una barca en el río Bidasoa, la frontera entre España y Francia- aparece en el primer plano, acompañado de una ninfa acuática, que ofrece collares de coral a las princesas, y de un tritón. En el cielo, un círculo de amorcillos rodean una figura en una aureola de luz. Esta figura porta una diadema de hojas de maíz y vierte el contenido dorado de una cornucopia sobre las dos princesas. En su mano izquierda lleva el caduceo, emblema de la paz, con la que pueden ser posibles los beneficios que ella ofrece. Se trata de la figura que simboliza la Felicidad de la Edad de Oro, que llegaría para los dos países cuando finalice la Guerra de los Treinta Años.La Boda de María de Medicis y el rey Enrique IV, el Encuentro de María de Medicis y Enrique IV y La felicidad de la Regencia de María de Medicis también forman parte de la serie.
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Si la actividad teatral es difícil de interpretar, y la escasez de sus datos inclina a suponer que, junto a verdaderas representaciones, los edificios teatrales vieron muy a menudo asambleas de carácter religioso o político -culto imperial, ceremonias municipales-, la actividad circense, centrada durante el Imperio en las carreras de carros y caballos, parece mucho más obvia. Antes de entrar en ella, merece incluso la pena dar unas cifras. Si tomamos tan sólo aquellos monumentos cuya existencia es por completo segura, Hispania cuenta actualmente con 21 teatros, 12 anfiteatros y 6 circos. No son muchos edificios, si comparamos su número total, 39, con los 60 que tiene el Magreb, los más de 100 de la Galia y los 200 largos de Italia, pero hay que tener en cuenta que, entonces como ahora, Hispania resultaba un tanto despoblada -salvo regiones como la Bética-, y por tanto es mejor centrarnos en proporciones numéricas. Pues bien, ni la Galia ni el Magreb tienen más de seis circos, e Italia alcanza sólo una decena. La consecuencia es evidente: Hispania, y especialmente sus provincias Lusitania y Tarraconense, se presenta como una región muy interesada en las carreras hípicas, y gran criadora de caballos. En relación con los demás tipos de edificios para espectáculos, nuestra península es, con diferencia, la región del Imperio con mayor proporción de circos, duplicando crecidamente el porcentaje del conjunto. Sería imposible pasar aquí revista a las numerosas obras en mosaico o pintura que nos han legado ciudades como Mérida, Itálica, Gerona o Barcelona, fuentes insustituibles para el conocimiento de este deporte de masas e incluso para la reconstrucción del Circo Máximo de Roma. Como símbolos sobresalientes del éxito de caballos y aurigas hispanos en la propia Italia, bastará recordar dos figuras famosas: el lusitano Cayo Apuleyo Diocles, quien, a mediados del siglo II d.C:, se retiró a Palestrina después de vencer en 1.462 carreras, y el aristócrata y literato Quinto Aurelio Símmaco, cuya correspondencia fechada en 399 d.C. ha transmitido hasta hoy sus desvelos en busca de caballos hispánicos destinados a las fiestas de Roma. Fruto de este entusiasmo por las carreras de carros son -no cabe olvidarlo- algunas de las más bellas lápidas funerarias que se han hallado en Hispania. Y no nos referimos tanto al breve y escueto epígrafe, hallado en Valeria (Valera de Arriba, Cuenca), de un auriga muerto a los 23 años de edad en Ilici (Elche), cuanto a dos magníficos epitafios en verso hallados en Tarraco. Ambos son muy retóricos, y, mientras que uno recuerda también a un jovencísimo auriga, muerto éste de enfermedad, el otro canta las glorias de un as de la facción azul: "A Fusco,... nosotros, sus incondicionales admiradores y buenos amigos, hemos costeado y dedicado esta ara... Intachable es tu fama: mereciste la gloria en las carreras; con muchos te enfrentaste, mas... a ninguno temiste" (CIL, 11, 4315; trad. de P. Piernavieja). Queda, finalmente, decir unas palabras de los combates de gladiadores. En este campo, nos hallamos en una situación un tanto peculiar. Así, si volvemos a nuestros números, vemos que los anfiteatros de la Península son relativamente escasos: la proporción que tenemos, de casi dos teatros por cada uno de ellos, contrasta con la de las otras regiones occidentales del Mediterráneo: tanto en el Magreb como en la Galia hallamos teatros y anfiteatros en número semejante, e incluso en la culta Italia aparecen tres teatros por cada dos anfiteatros. Mas, por otra parte, cuando nos acercamos a otros tipos de testimonios, las desproporciones y ausencias resultan llamativas. Recordemos que, desde principios del siglo I d.C., se fue imponiendo, hasta hacerse predominante en época flavia, la fórmula del munus legitimum, que solía dividir el espectáculo en tres partes bien diferenciadas: las venationes -cacerías o enfrentamientos de animales- por la mañana, unas luchas menores, alternando con ejecuciones capitales, al mediodía, y los combates de gladiadores propiamente dichos por la tarde. Pues bien, de las venationes sólo sabemos que debieron de gustar y atraer al público, dada su frecuente representación y el propio interés por la caza que, según diferentes textos, caracterizaba a los hispanos en el Imperio; pero no hay epígrafes seguros de gentes que se dedicasen a este tipo de juegos. De las ejecuciones públicas en el anfiteatro, no conocemos prácticamente nada, si no es el caso de algunos mártires cristianos. En cuanto al mundo de los gladiadores, su presencia es bien paradójica en nuestra península. Por una parte, la escasez relativa de representaciones en mosaico, escultura, pintura o cerámica parece ahondar en la idea de que el munus gladiatorio no era particularmente apreciado, y, en el mismo sentido, no deja de ser elocuente que la práctica ausencia de gladiadores hispanos en el conjunto del imperio venga unida a una aplastante proporción, en nuestros epígrafes, de gladiadores nacidos y entrenados fuera de la Península. Pero, por otra parte, es innegable la abundancia de epitafios de gladiadores en nuestras necrópolis, el hallazgo de la llamada "Ley Gladiatoria de Itálica", y hasta la presencia de inscripciones votivas relacionadas con esta profesión. Tarraco, Barcino, Emerita, Gades y, sobre todo, Corduba son buenos testigos de nuestro aserto. Posiblemente deba explicarse este alto número de epígrafes por la propia vida del gladiador, con su peligro constante -que le lleva a dedicar ex votos por sus triunfos o curaciones-, y con el drama de su muerte violenta -que incita a amigos, esposas o amantes a encargar amargos epitafios-. Un cierto hálito morboso rodea aún hoy estas secas fórmulas, testimonios de la faceta más brutal del mundo romano, y basta como ejemplo un epígrafe dedicado en Corduba a un murmillo o mirmilón, gladiador que combatía protegido por un enorme escudo: "Murmillo Cerinthus, de los Juegos Gladiatorios Neronianos, luchó dos veces. Nación griega. Murió contando 25 años. Rome, su esposa, puso a su costa esta lápida en memoria de su benemérito marido. Te ruego, tú que pasas delante de ella, digas: séate la tierra leve" (trad. de A. García y Bellido).
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El valor conferido a la decoración en el edificio barroco hispánico no se limitó a portadas y retablos, sino que alcanzó también una importante proyección en los interiores. El contrapunto entre estructura y decoración tiene su culminación en el efecto sorprendente de los interiores en los que, frente a una concepción dinámica de la tectónica del muro, se procede al revestimiento de la estructura como forma de dinamización barroca. Decoración que se conjuga con el juego dorado y cromático de los retablos y que desarrolla un efecto envolvente y atomizador en las yeserías poblanas y las decoraciones colombianas de madera. En ambos casos el interior se planteó con un sentido integral de la ornamentación en el que la decoración de las bóvedas o de los artesonados, como el de Santa Clara de Bogotá (fundada en 1629), los retablos, los púlpitos y las pinturas se integran en una concepción del espacio entendido como una fragmentación multiplicada encerrada en el interior del edificio.De las iglesias de Bogotá se ha destacado frecuentemente la riqueza decorativa de sus interiores. Pedro Pablo Villamor llamaba la atención, en 1720, sobre "...sus adornos, brillando en techos y paredes de oro batido y bien bruñido, en tallas y cartelas...". La decoración de estas iglesias, con una combinación de diversos motivos animalísticos, vegetales y antropomorfos, estudiados por Santiago Sebastián, crea unos interiores dotados de una sensualidad y coherencia formal como en San Francisco de Bogotá.En Puebla y Oaxaca las yeserías, aunque es un arte que tiene claros precedentes en el arte español, alcanzan un desarrollo insospechado como concepción decorativa del interior barroco. Para su realización se utilizaron grabados alemanes y flamencos que al traducirse y aplicarse en un contexto distinto dieron lugar a soluciones originales dotadas de un cierto exotismo. Entre los principales conjuntos debe mencionarse el de Santo Domingo de Puebla, comenzado en 1611 y cuyas yeserías de la nave se realizaron en 1632 por Pedro García Durango; algo después, en 1657, un yesero poblano decoraba Santo Domingo de Oaxaca. Pero la obra modélica de las yeserías poblanas es la capilla del Rosario de Santo Domingo de Puebla que, iniciada a mediados del siglo, se concluye en 1690 conmemorándose con la publicación de un libro: "Octava Maravilla del Nuevo Mundo en la Gran Capilla del Rosario". Las yeserías, debido a su ductilidad y versatilidad, se integran plenamente en la estructura arquitectónica que las sirve de soporte, disolviendo su materialidad en un efecto de luz y color que incrementan con su magia los efectos de la persuasión.
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A finales del siglo IX d.C., con la caída del imperio Huari y de Tiahuanaco, y el deterioro cultural sufrido por toda la sierra centro y sur, se inicia una regionalización cultural en los Andes Centrales, reflejándose en la aparicíón de varios centros de poder: Chimú, Chancay y Pachacamac.
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La decadencia de Chavín de Huantar estuvo motivada en parte por el desarrollo de los centros regionales, más localizados, de menor extensión en su distribución, pero más centralizados políticamente y con asentamientos más densos y jerarquizados. Nos situamos ahora ante una etapa de florecimiento que ve desarrollarse las ciudades y los estados teocráticos, que organizan obras hidráulicas a gran escala en muchos valles costeros y sistemas de andenerías en la sierra. Como consecuencia de esta intensificación agrícola y del rescate de mayor cantidad de tierras arables, las poblaciones se incrementaron notoriamente y los artesanos manufacturaron excelentes cerámicas y textiles, trabajos en metalurgia y en piedra. Con la aparición generalizada del estado en los Andes Centrales, se hizo más frecuente la competición por los territorios y por la definición de las fronteras, y surgieron fortalezas y castillos para defender tales territorios. Estos acontecimientos, no obstante, están definidos por la regionalización de las respuestas adaptativas a la nueva situación. De ahí que la evidencia arqueológica nos muestre una especialización artesanal intensiva, con diferencias de prestigio que se van a notar en el registro arqueológico que define la existencia de una sociedad jerarquizada. Los investigadores denominan a esta etapa de otras maneras: Desarrollo Regional si se refieren a los Andes Septentrionales y Estados Teocráticos o Período Clásico si reconstruyen las culturas de los Andes Centrales. Se utilice una nomenclatura u otra, la evidencia más palpable es que nos encontramos ante una etapa de fuerte dinamismo cultural, caracterizada por pequeños territorios circunscritos -valles, cuencas hidrográficas, etc.-, donde la evolución cultural es más compleja en las costas que en la sierra.
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En la sierra norte se desarrolló un centro importante en Huamachuco. En este valle, en el de Condebamba y en Cajamarca se dió en esta etapa un patrón de establecimientos nucleados, muy extensos. Hacia el 400 d.C. surgieron en el valle de Huamachuco tres asentamientos nucleados: Marca Huamachuco, Cerro Sazón y Cerro Amaru, con numerosas edificaciones de estilo muy local que convivieron con el estilo Pachilla y rasgos arquitectónicos que habrían de tener más tarde una continuidad en el Horizonte Medio, como Viracocha Pampa, Pikillaqta en Cuzco y Huari en Ayacucho. Estas sociedades tienen relaciones estilísticas con la costa, especialmente con Recuay. La existencia de una tradición arquitectónica con galerías rectangulares dispuestas alrededor de patios rectangulares o trapezoidales, que muchos habían supuesto de origen Huari, forma parte de la tradición del Intermedio Temprano en Huamachuco.
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Las series de las Cuatro Estaciones eran frecuentes en las decoraciones de los palacios nobiliarios del siglo XVIII. Maella realizaría una espléndida que hoy se conserva en el Museo del Prado de la que apenas conocemos datos de procedencia. El Invierno es representado por dos ancianos calentándose al amor de la lumbre, apreciándose tras ellos el campo nevado. La arquitectura que se exhibe parece formar parte de un decorado teatral mientras que la iluminación de la chimenea es de mayor realismo. Las figuras han sido perfectamente interpretadas, siguiendo las pautas establecidas en el Barroco. La Primavera y El Verano forman parte de esta serie pintada hacia el año 1792.
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También llamado "El Diluvio", fue pintado junto al resto de la serie de "Las cuatro estaciones" entre 1660 y 1664 para el duque de Richelieu. Éste, lo perdió junto a los demás lienzos de Poussin en un juego de pelota contra el rey Luis XIV, quien le reembolsó cincuenta mil libras. Para ilustrar las diferentes estaciones, Primavera, Verano, Otoño e Invierno, elige Poussin cuatro pasajes bíblicos. Para el invierno, al igual que Miguel Ángel, escoge el tema del diluvio universal, que hace alusión al fin del mundo. A la izquierda, lejos, se aprecia el Arca de Noé, símbolo de la esperanza. Esta obra, lo último que realizó Poussin antes de morir, junto con el inacabado Apolo enamorado de Dafne, es fiel reflejo de la concepción pesimista del destino de la Humanidad y la redención del hombre representada por la serpiente que se desliza sobre la roca, y una síntesis de la mentalidad estoica del artista. Si desde los años treinta el autor elimina en sus composiciones el negro y el blanco, construyéndolas a partir de cromatismos armoniosos, utilizando los colores primarios, a partir de 1640 el gris comienza a jugar un papel esencial en su paleta, tendencia que llega a su cima con esta obra de grises fríos. Este cuadro, a su llegada a París causó gran sorpresa por su aspecto tembloroso e inacabado, y fue valorado como obra propia de una capacidad disminuida. Sin embargo, es esa misma expresión de la vejez humana y natural, tan cercana a la muerte, su aspecto inacabado, su fuerza, lo que ha hecho que sea, desde el siglo XIX, muy apreciado, en especial desde David y Degas.