Aquella mañana de abril del año 1010, cuando las golondrinas trazaban sus vuelos entre los alminares de Gazni, Firdúsí caminaba feliz hacia el palacio del sultán Mahmud, cabeza de un imperio que cubría el Irán, Afganistán y parte de la India. La vida bullía en las calles. Las caravanas de Samarcanda, Herat y Lahore no cesaban de llegar, cargadas con todas las esencias, perfumes y especias del Oriente. Y en la corte, una nube de poetas, miniaturistas y músicos celebraban aquella Persia renaciente.El poeta se sentía embargado por una gran placidez. Después de treinta y cinco años de trabajo, su épico "Sahnáma" iba a verse hoy, por fin, generosamente recompensado. Por consejo de Ahmad, ministro del sultán, los 60.000 versos de aquel poema sin par le habían sido ofrecidos al príncipe, mecenas de las artes y esperanza del Irán. Pero cuando llegó al palacio, nadie le esperaba. Un oficial de la guardia llamó a un paje. El muchacho, tras oír el nombre de 'Abu al-Qásim, le llevó a uno de los muchos secretarios secundarios del monarca que, sin ningún formulismo y tras entregarle el ejemplar de su poema y una bolsa de cuero con 20.000 dirhams, le despidió.Firdúsi sintió como una bofetada en la cara y un repentino vacío en la boca del estómago. Su magnífico poema y los treinta y cinco años a él dedicados sólo valían 20.000 dirhams. Sin saber lo que hacía, se vio de nuevo fuera del palacio.Ante él, Gazni seguía viva. Y las golondrinas continuaban sus rápidos vuelos. El poeta miró el cielo azul de Afganistán. Los alminares se recortaban limpios y lejanos. Al fondo, las montañas aparecían aún cubiertas de nieve. Y su corazón volvió a llenarse de paz. En los baños que solía frecuentar regaló al muchacho que le ayudaba la mitad de la bolsa. Después, en otro lugar y a la sombra de unos árboles, el resto al posadero que le sirvió una cerveza. Y mientras saboreaba la bebida, volvió a ojear su poema: "Escucha ahora la aventura de la hija de Mihrek con el valiente Sapur, el que golpeaba con la espada. Cuando pasó un poco de tiempo..." Y más adelante, al narrar la guerra del antiguo monarca iranio contra los rumi, "un ejército avanzó oscureciendo el sol con el polvo que levantaba..".Sí, era un bello poema. Pero más que eso. Era la evocación del antiguo Irán y de los monarcas sasánidas, los más poderosos, los más admirados de la historia de Persia.Firdúsi abandonó Gazni. Años después, Mahmud quiso reparar el error y le envió como regalo una caravana cargada de índigo por valor de 60.000 dinares, con la orden de que los camelleros reales llevaran al poeta a su palacio. Pero mientras la caravana del sultán entraba en la ciudad por una puerta, por la otra salía el cortejo fúnebre de Firdúsí que acababa de morir.Su poema seguiría vivo, sin embargo, para toda la humanidad. Y con él, las glorias y las hazañas del último gran imperio de la antigüedad irania, el de los sasánidas.En la antigua Parsua, los recuerdos del pasado aqueménida estaban más vivos que en parte alguna del Irán. No sólo las ruinas, sino también las tradiciones locales guardaban memoria de los nombre mágicos de Ciro y Darío. Y la nobleza de aquellas tierras, heredera de los fieles de Persépolis, soportaba mal su sometimiento al Gran Rey de los partos.Según cuenta al-Tabari, un sacerdote de Anahita llamado Sasan fundó una dinastía local que, como tantas otras del imperio arsácida, pronto chocaría contra su señor. Pero bastó que llegara al poder un príncipe más osado que los otros para que los sueños fueran realidad. En el 216 d. C., Ardasir se coronaba rey y, en breve, se hizo dueño de la Elymaida. Esto era más de lo que Artabano podía permitir. Y una guerra que en principio parecía asemejarse a una más de las muchas habidas entre el monarca parto y sus vasallos, se convirtió en el comienzo de una era. Porque en el año 224, en la batalla de Hormizdagan, Artabano moría y su ejército se desintegraba. Ardasir entró en Ctesifonte para asumir el poder sobre el Irán. Y en honor del nuevo Rey de Reyes y como era costumbre, un fuego puro se encendió en un templo lejano.El primer sasánida (224-240) comenzó a organizar un imperio distinto, centralista, que se decía el verdadero continuador de los aqueménidas. Las grandes familias partas -salvo algunos miembros de la famosa de Karen-, le reconocieron. Y él se impuso con las armas a sus enemigos: el rey arsácida de Armenia, los romanos y los kushanos. Y Ardasir se pudo decir rey desde el Éufrates al Sistán y el Asia Central. No obstante, la total seguridad estaba lejos aún. Sería la obra de su sucesor.Sápúr I (240-270) hijo de Ardasir, con el ejército estable organizado por su padre y con una administración distinta se dejó llevar por sus deseos de gloria. Y la ganó. Primero en el este remoto, donde derrotó al imperio de los kushanos, llevando a sus tropas hasta Samarcanda, Taschkent y el valle del Indo cuyos territorios quedarían en su mayor parte bajo su mano. En el oeste la fama le seguiría aún más. Tras algunos reveses, Filipo el Arabe se vio cercado y obligado a capitular el año 244 d. C., teniendo que comprar a peso de oro su libertad y la de su ejército. Luego, quince años después, tras avanzar por toda Siria victorioso derrotó en Edesa al emperador Valeriano; y sus legiones marcharon al cautiverio. A la vuelta de nuevas campañas el príncipe de Palmyra le derrotó. Pero fue un episodio sin verdadera trascendencia.Su fama quedó intachable porque, además de valeroso guerrero y buen estratega, Sápúr I protegió las artes y la literatura. Y a su sombra también se acogería el célebre Mani, con su planeada religión universal.A la muerte de Sapur, sus sucesores se vieron presionados por un doble frente: la revitalización del Imperio Kushano y la organización militar romana en Oriente que, con el apoyo de Armenia, se volvía de nuevo amenazante. Ctesifonte cayó el 283 en manos de Caro, cuya muerte repentina vendría a ayudar a los persas. No obstante, el Imperio Sasánida no saldría de su crisis hasta la llegada al poder de un nuevo héroe, Sápúr II.El largo reinado de este rey (309-379) llevaría al Irán sasánida al cenit de su grandeza. Sus ejércitos entraron en Arabia, aunque ignoramos hasta donde llegaron. Por el este derrotaron a la invasión huna. En el oeste y contra Roma, avanzaron con mayor esfuerzo en una guerra que magistralmente nos recuerda Amiano Marcelino. Tras largo asedio, la conquista de Amida estaba lejos de satisfacer sus pretensiones, pero era una victoria indudable. Por eso, en el 363, Juliano quiso tomarse la revancha y alcanzó Ctesifonte. Mas su muerte sorpresiva hundiría la moral de la fuerza romana que evacuó el país.En el interior, Sápúr fue un monarca devoto del zoroastrismo, que se convirtió en religión del Estado. Por ello acaso persiguió a cristianos, judíos y maniqueos, como destaca R. N. Frye. Sometió a profundas reformas a todo el país y, a la vista del buen funcionamiento que contra él mismo había demostrado el limes romano de Siria, construyó él otro contra los árabes. No es extraño que su recuerdo quedara siempre presente entre las gentes de su pueblo.Cuando Sápúr murió, la casa de Sasán empezó a sufrir el acoso combinado de una nobleza ascendente y un clero zoroástrico de preocupantes intenciones. Y los monarcas no supieron estar a la altura de las circunstancias. En el este, los hunos heftalitas que habían sido capaces de formar un reino sobre territorios antaño kushanos, amenazaban las tierras iranias. Pero en vez de un luchador vendría un hombre alegre, Bahrám V (420-438). Como dice R. Ghirshman, ningún rey sasánida gozó jamás de una popularidad semejante. Recuerda R. N. Frye que las fuentes árabes le dieron el sobrenombre de Gór, esto es, el asno salvaje, debido a su habilidad en la caza de onagros. Si Sápúr fue personaje de leyendas heroicas, Bahrám lo sería de cuentos maravillosos y de historias que exaltan la bebida, la caza y las mujeres. Amaba el polo, la música y el buen vivir. Y fue amigo de delegar asuntos en manos de la nobleza. Pero hijo de guerreros al fin, no dejó de combatir contra Teodosio II en el oeste y sobre todo contra sus enemigos del este iranio y del Asia Central. En el Cáucaso, por el que tiempo atrás romanos y sasánidas habían disputado, consiguió un acuerdo para defender conjuntamente los pasos contra las invasiones de la estepa.A la alegría de su reino continuó la tristeza de un largo período de enfrentamientos religiosos, agravados por la presión de los heftalitas y otros pueblos. Y entonces, durante el reinado de Kavád I (488-496 / 498-531), al que la nobleza aisló, tendría lugar el fenómeno del mazdequismo, una verdadera revolución social y religiosa a un tiempo que contó en principio con el apoyo real. Porque el Irán sasánida sufría una fuerte crisis estructural. Había que hacer algo. Y se hizo.La bandera de la reforma la levantó Khusrau I (531-579), a quien también le tocó dirigir la época de maduración cultural de su pueblo, cuando todas las artes alcanzaron la perfección. Como Irán precisaba la paz, el Rey de Reyes la firmó con Bizancio y se entregó a restañar las heridas de un largo y oscuro periodo. Reorganizó la tierra, su distribución, su trabajo y el sistema impositivo que se haría más justo y que, como escribe R. N. Frye, serviría de modelo luego al califato. Reformó al ejército y su división, el sistema de reclutamiento y la defensa de fronteras, construyendo grandes complejos como, tal vez, el muro de Gurgan. Y sólo cuando se sintió fuerte, el país de nuevo rico y los campos trabajados, atacó los territorios bizantinos victoriosamente. El mismo resultado consiguió contra los hunos heftalitas, a los que terminaría aplastando. Y sus fronteras volvieron a extenderse hasta el Indo. Cierto que el imperio estaba en su gloria, pero mostraba ya en opinión de R. N. Frye, un espíritu de pesimismo y decadencia que prevalecía entre muchos de sus ciudadanos.Khusrau fue tolerante, a diferencia de Justiniano. No pocos de los filósofos activos de la Academia de Atenas, clausurada por el emperador bizantino, serían acogidos por el Rey de Reyes. Incluso abrió una primitiva universidad en Gundesápúr. Los persas le llamaron el justo, y su figura pasaría también a las leyendas del pueblo.Luchas intestinas que pusieron en peligro el trono sasánida consumirían los últimos años del imperio. Khusrau II, en su segundo reinado (591-628), atacó al imperio bizantino como un huracán. Sus éxitos iniciales parecían de leyenda, pues al tiempo que alcanzaba los muros de Constantinopla los hunos heftalitas volvían a ser derrotados. Sin embargo, la inesperada reacción de Heraclio hundió todas sus victorias. Enfermo, rodeado de rebeldes y cubierto de derrotas, moriría asesinado por uno de sus hijos.Los últimos reyes apenas si merecen nombrarse. El postrero, Yazdgird III (632-651) jamás pudo pensar que al enviar a su hombre de confianza y jefe del principal ejército, Rustam, a combatir ciertas bandas de árabes en los alrededores de Hira, estaba poniendo fin a la historia y a la cultura del Irán sasánida.
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"En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso...". Así empieza el Corán, texto que contiene lo que según el islam es la última Revelación dirigida por Dios -en árabe Alá, "el único Dios"- a la humanidad, a través de un profeta llamado Muhammad o Mahoma. La doctrina islámica se originó en la Hidjaz, la región noroccidental de la península arábiga, y en particular en La Meca y Yathrib, posteriormente conocida como Medina. En ésta última, a comienzos del siglo VII, un mercader de cuarenta años de edad, Muhammad, recibió varias revelaciones de Dios entre los años 610 y 632, con el encargo de predicarlas a la humanidad. La predicación de Mahoma comenzó en La Meca, aunque la persecución de sus adeptos obligó al Profeta a trasladarse a Medina con unos ciento cincuenta seguidores. La huida, en el año 622, conocida como la hégira, marca el inicio del calendario islámico. En Medina, Mahoma siguió predicando y ganando adeptos a su doctrina. Allí formó una nueva comunidad con los fieles de su religión, llamada umma, basada en los principios de fraternidad, igualdad, ayuda mutua y solidaridad. En los diez años siguientes, Mahoma ejerció el control religioso, político y militar sobre una comunidad nueva y dinámica. En el año 630 Mahoma había conseguido ya el poder suficiente para permitirle hacer su entrada triunfal en La Meca. En la cumbre de su autoridad, controlaba gran parte de la península arábiga y había enviado fuerzas para comprobar las defensas bizantinas en el sur de Siria. A la muerte del profeta, sus sucesores recibieron el título de califas, es decir, "sucesor del enviado de Dios". Éstos, en los treinta años siguientes, consiguieron extender el mundo islámico hasta Egipto, Mesopotamia, Siria y buena parte del actual Irán. Especialmente significativa fue la toma de Jerusalén, donde fue levantada la Mezquita de la Cúpula de la Roca. Ésta se construyó sobre el lugar que ocupó el Templo de Salomón, aunque la tradición afirma que sólo se quiso preservar el recuerdo del viaje del Profeta al Paraíso. Con este edificio en Jerusalén, el islam implantaba, junto con Medina y La Meca, un tercer lugar sagrado, cuya apariencia competía, además, con los edificios cristianos de la ciudad Entre los años 661 y 750, el califato estuvo en manos de una nueva dinastía, la omeya, que trasladó la capital desde Medina a Damasco. Con los omeya, el imperio islámico alcanzó su máxima expansión, conquistando el Magreb hasta el Atlántico, la península Ibérica, parte de la Galia y, en el Oriente, ocupando la Transoxiana y el Sind. El derrocamiento de los omeyas en el año 750 dio lugar a una nueva dinastía califal, la abbasí, que cambió su capital a Bagdad. Durante este periodo, la sociedad islámica experimentó un importante proceso de transformación hacia la vida urbana, floreciendo la actividad intelectual y el comercio. Pero paulatinamente los califas de Bagdad vieron cómo su gobierno quedaba reducido a poco más del territorio de Irak, formándose diversos estados prácticamente independientes. Uno de los más importantes fue el emirato omeya de al-Andalus. Abd al-Rahman I, miembro de los derrocados omeyas, se hizo dueño de al-Andalus, adoptando el título de emir. Uno de sus descendientes, Abd al-Rahman III, rompió toda dependencia de Bagdad y se proclamó califa. Con los omeyas, al-Andalus recibió embajadas extranjeras en busca de alianzas, al tiempo que surgieron una agricultura y una industria florecientes y fueron traducidas las obras clásicas. Las sucesivas ampliaciones de la mezquita aljama cordobesa convirtieron al-Andalus y su capital en el faro del islam en Occidente. La desintegración del califato en el año 1031 dio lugar a un periodo de desórdenes y división, los llamados reinos taifas. Almorávides, en el siglo XII, y almohades, en el XIII, consiguieron momentáneamente reunificar al-Andalus. Sin embargo, al final sólo sobrevivió el pequeño reino nazarí de Granada, que pasó a manos de la cristiandad en 1492. A pesar de ello, antes de caer dejó como herencia una de las más asombrosas maravillas arquitectónicas del mundo islámico: la exuberante Alhambra. Pese al fraccionamiento político, hacia 1250 continúa la expansión del islam, extendiéndose por el sur del Magreb, la costa oriental africana, Anatolia, zonas de Asia central y la India. Doscientos cincuenta años más tarde, hacia el 1500, el mundo islámico ha conseguido ya expandirse por toda el Africa subsahariana y la costa oriental, por el sureste de Europa y centroasia, por la India e Indonesia. Sin embargo, el periodo que va desde el siglo XVIII hasta nuestros días será testigo de bruscos conflictos en el mundo musulmán. Las relaciones con las otras dos religiones monoteístas, cristianos y judíos, estarán presididas por el conflicto constante, cuando no directamente por la guerra. Al mismo tiempo el islam buscará acabar con su fraccionamiento interno y promover la unidad, dando lugar a movimientos de renovación social que dan al islam moderno una vitalidad extraordinaria. Actualmente, los musulmanes suman más de mil millones en todo el mundo, siendo mayoría en más de cincuenta países y estando especialmente asentados en el norte de Africa, Próximo y Medio Oriente y sudeste de Asia. Tercera religión monoteísta por orden de aparición en la historia, islam significa "salvación", y sus fieles deben ser llamados musulmanes, es decir, "sometidos" o "rendidos ante Dios". Estas revelaciones reunidas en el Corán, son para los creyentes la palabra directa e inalterable de Dios, siendo la principal fuente de la fe y la práctica islámicas. Las revelaciones fueron hechas en árabe, lo que convirtió a ésta en la lengua de culto de los musulmanes.
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El colonialismo occidental produjo la reacción islámica, caracterizada por un sentimiento panislamista que, además, propugnó diversas reformas religiosas. Abdulhamit, sultán otomano, intentó situarse a la cabeza de un mundo islámico unificado, capaz de oponerse al nacionalismo de los territorios balcánicos cristianos que estaban bajo su dominio. Sin embargo, la derrota turca en la Gran Guerra y la supresión del califato por Ataturk dieron al traste con el movimiento. Heredero directo fue el panarabismo, que cristalizó en la Liga Árabe (1945), integrada inicialmente por Arabia Saudí, Egipto, Iraq, Siria, Líbano, Transjordania y Yemen del Norte. Entre sus objetivo estaban, y aun siguen estando, prestar ayuda a los países miembros y defenderlos de la intromisión colonial, así como mediar en los posibles conflictos entre sus miembros. El proceso descolonizador, acentuado tras la II Guerra Mundial, ya había comenzado en las primeras décadas del siglo XX, con las independencias de países como Yemen del Norte (1918), Egipto (1922) y Arabia Saudí e Iraq (1932). Líbano consiguió su independencia durante el conflicto, mientras que a su finalización surgieron Jordania y Siria. Libia se proclamó independiente en 1951, abriendo el camino para Marruecos y Túnez (1956), Mauritania (1960), Kuwait (1961), Argelia (1962), Yemen del Sur (1967) y Bahrein, Omar, Qatar y los Emiratos Árabes Unidos (1971). La doctora Bramón, citando a su vez al historiador Segura Mas, señala diversos factores internos y externos como configuradores del Islam actual, entre los que los más importantes son el surgimiento del Estado de Israel en 1948; la penetración de la influencia occidental y soviética en los países islámicos, por motivos económicos, políticos y militares; y, por último, el surgimiento de diversas tendencias políticas contrapuestas en los mismo países islámicos, además del reciente islamismo político. Son numerosos los conflictos bélicos que han sacudido en los últimos años al mundo islámico. Las guerras árabe-israelíes; la confrontación entre Irán e Iraq tras la revolución islámica que llevó al poder a Jomeini después de derrocar al Sha Pahlevi; las dos guerras del Golfo; las de Agfanistán -invasión soviética, guerra civil e invasión norteamericana, que acabó con el régimen talibán-, son algunos de los conflictos de mayor repercusión. También son importantes las confrontaciones entre musulmanes y no musulmanes en países como la India, Indonesia y Filipinas. Los graves problemas sociales y políticos que afectan a la mayoría de los países, la desigualdad económica, el sentimiento de hallarse ante un enemigo exterior poderoso -Occidente-, al que se culpa de todos los males... todo ello hace que surjan con vigor respuestas de índole político-religiosa, que propugnan una interpretación restrictiva y beligerante del Islam, un islamismo militante -entendido en Occidente como fundamentalismo o integrismo- entre cuyos objetivos está acabar con el enemigo sionista y capitalista, además de una vuelta a los que se consideran principios fundacionales del Islam. En Argelia, así como en otras partes del Magreb, se ha producido el ascenso de los islamismos, mientras que en el Oriente Próximo, al calor del conflicto árabe-israelí, han surgido organizaciones más o menos radicales como la OLP -Organización para la Liberación de Palestina- de Arafat; el FPLN -Frente Popular de Liberación Nacional- de Habas; el Movimiento de Resistencia Islámica Hamás o Hezbolá, el shií "partido de Dios" que opera en el sur del Líbano. Las relaciones entre Occidente y el mundo islámico en su conjunto están lejos de ser bien entendidas, menos aún tras el atentado a las Torres Gemelas de Nueva York del 11 de septiembre de 2001, del que se ha responsabilizado al grupo islamista dirigido por el millonario saudí Osama Bin Laden. De manera inevitable, el mundo cristiano y judío, que coincide a grandes rasgos con los países capitalistas y desarrollados, está obligado a entenderse con el mundo musulmán, que integra a más de mil millones de personas y es la principal creencia en más de cincuenta países.
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El día 19 de julio del año 711, tuvo lugar junto a una laguna, hoy seca, de la provincia de Cádiz, una batalla que por sí sola abrió las puertas de Europa a un reducido ejército árabe, formado en realidad por unos jefes sirios, es decir conversos o hijos de conversos, y un grupo de beréberes apenas islamizados, aglutinados bajo la enseña verde del Profeta y la blanca de los omeyas y guiados por las ansias de obtener el botín que habían vislumbrado en una incursión previa. En unos meses la vieja Hispania pasó a ser otro dominio del sucesor de Abd al-Malik trocando su casi milenario nombre por un neologismo culto, Al-Andalus, documentado por vez primera en el Corán y que en realidad no era más que una derivación del nombre de la mítica Atlántida.Los invasores hallaron, como en Egipto e Ifriqiya una realidad política convulsa, en la que las manifestaciones artísticas eran simple herencia, mal conservada, de un pasado espléndido y lejano. Su implantación fue, por lo tanto, similar a la que habían ido experimentando desde las primeras conquistas, aunque la abundancia de ciudades, por muy decaídas que estuviesen, le permitió ahorrarse los amsar; en la primera etapa todo el esfuerzo se dedicó a la explotación directa del éxito, sin que se documenten más tareas artísticas que las reparaciones de puentes o la construcción de murallas, aprovechando restos anteriores. Las necesidades religiosas quedaron cubiertas con el uso de antiguos templos paganos (así la precaria mezquita de las Banderas de Carteia, la primera de Europa), iglesias (en Córdoba, por ejemplo) y cualquier edificio amplio, como termas, e incluso abundan las noticias legendarias sobre la partición de templos entre cristianos y musulmanes.Al-Andalus se convirtió en territorio abbasí al poco de la matanza de los omeyas en las cercanías de la actual Tel-Aviv pero pronto volvería a la órbita de los descendientes de Muawiya pues de aquella carnicería escapó un biznieto de Abd al-Malik, Abd al-Rahman. Había nacido en 731 en una villa de los alrededores de Damasco y era hijo de una magrebí; por ello que en su huida se dirigió a Ifriqiya y de allí, perseguido por agentes abbasíes, llegó hasta Nakur; finalmente, el 14 de agosto del 755 desembarcó en Almuñécar (Granada), dando comienzo a un turbulento reinado como amir, y volviendo a enarbolar la bandera blanca de su familia, en vez de la negra de la abbasíes.En el año 784 se puso la primera piedra de la mezquita de Córdoba, edificio emblemático para la dinastía a cuya historia quedó ligado en sus sucesivas ampliaciones, de tal manera que la historia del Arte de Al-Andalus en este periodo de expansión del Islam tiene como guía y principal protagonista la de este prodigioso edificio, en el que vemos un último resplandor de tradiciones romanas, junto a novedades a cuya genealogía se han dedicado numerosas páginas y que aún está por dilucidar. Durante siglo y medio la mezquita de Córdoba fue el laboratorio y el protagonista no sólo principal, sino exclusivo de todo el proceso artístico, ya que los restantes edificios datados durante este lapso, tuvieron intenciones utilitarias o fueron sumarios y toscos. Falta información sobre otras actividades artísticas.Por tanto, adquieren enorme valor las iglesias levantadas en territorios cristianos, durante el siglo X, por los refugiados mozárabes que huían de la represión musulmana, pues ofrecen una idea de los recursos que se manejaron en Al-Andalus antes de que tuviese lugar la explosión artística de la segunda mitad de dicho siglo. La proclamación, en el año 929, de Abd al-Rahman al-Nasir como califa de Al-Andalus trajo consigo la aparición de un repertorio completo de formas artísticas.Antes de describir otra etapa andalusí volvamos nuestra mirada hacia el Mediterráneo central. Sicilia, que había entrado en la órbita bizantina en el año 535 por obra y gracia del desgraciado conde Belisario, pasó a poder de los musulmanes de Ifriqiya en el 827, aunque hasta comienzos del X los griegos resistieron. La invasión formó parte de la política marítima que el Islam inició pronto, ya desde tiempos de Utman, cuando alcanzó su primer éxito en Chipre; esta tarea sólo pudo acometerse gracias a los puertos de Siria y Egipto que proporcionaron los medios materiales y humanos, y supuso la conversión del Mediterráneo en un espacio conflictivo, bien distinto de la vía de comunicaciones que, a trancas y barrancas, había sido.En su progreso hacia el Atlántico los musulmanes, atraídos por el fácil paso del Estrecho y la rápida ocupación de la Península Ibérica, demoraron el asalto final a Sicilia, que era menos accesible y más montañosa que aquélla y sólo fueron sus dueños exclusivos durante sesenta años escasos, ya que en 1061 los normandos, en un ensayo de lo que serían treinta años más tarde las Cruzadas (expediciones de vikingos cristianizados las ha llamado algún historiador), comenzaron su reconquista, que completaron treinta años más tarde.Tan corto tiempo dejó escasísimos restos de la cultura material islámica, pero conformó un sustrato tan potente que en los siglos venideros Sicilia, temprana exportadora de sedas, papiros y otros géneros de lujo a la Italia continental, fue un foco de cultura musulmana, pero de ello daremos cuenta más adelante cuando reseñemos brevemente las contaminaciones de la periferia del arte islámico, porque ahora volvemos a Al-Andalus.Poco antes del Año Mil el mapa de la Península Ibérica mostraba el poderío de un Estado unitario, el Califato omeya, que dominaba cuatro quintas partes del territorio continental, articulado gracias a una trama de sesenta ciudades importantes; el resto de la antigua Hispania era una estrecha parcela montañosa, fraccionada en varios Estados, a menudo enemigos entre sí, en los que lo más parecido a una ciudad era el alojamiento de una de sus cortes reales en las ruinas de un viejo campamento romano, Legio, actual ciudad de León. Treinta años después la mitad de la Península era ya cristiana, sus habitantes habían aprendido a vivir en ciudades y tenían sometidos a sus impuestos y armas a los veinticuatro reinos (o incluso repúblicas) islámicos que se repartían a la greña la otra mitad del territorio hispánico. Cómo se produjo este curioso milagro es algo tan sorprendente como la conquista relámpago del 711.Lo cierto es que el Califato, tras la Fitna o revolución del año 1031, se fragmentó en una larga serie de Estados, los reinos de Taifas; pero, contra lo que cabría esperar, a su debilidad política y militar no correspondió una pérdida de potencia cultural, ya que todas aquellas cortes principescas decidieron convertir su capital en una pequeña Córdoba; así, las virtudes estéticas del Califato se incrementaron notoriamente, con una tendencia a la complejidad y refinamiento a las que no fueron ajenas las influencias abbasíes, a las que el mismo Califato cordobés había sido bastante sensible en sus mejores tiempos.Aunque el desarrollo cultural de las taifas fue muy alto, nuestro relato únicamente tendrá en cuenta aquellas de las que poseemos alguna información, especialmente de la de Zaragoza, donde se halla el más septentrional y barroco de los palacios musulmanes.El periodo de Taifas coincidió con una época de fragmentación en todo el Islam, y por lo mismo pudiéramos haber escogido alguna otra fecha dentro del siglo XI para iniciar un nuevo capítulo; es más, Creswell, en su monumental tratado, eligió una fecha muy anterior, a comienzos del siglo XI cuando se agotó el arte abbasí. Nosotros preferimos una fecha lo más próxima a la época en la que el rearme de los cristianos, la aparición de los turcos, beréberes y otros pueblos fueron determinantes; así, hemos preferido, por su simbolismo, la toma de Toledo en 1085, por ser la primera vez que los cristianos, de una punta a otra del imperio musulmán, consiguieron reconquistar una ciudad islámica importante.
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Para entender la ideología que impulsó a Yusuf ibn Tasufín a cruzar el Mediterráneo en socorro de sus correligionarios andalusíes acosados por el avance cristiano, hay que esbozar el marco general del mundo islámico en los siglos XI y XII: el Califato abbasí de Bagdad, aunque despojado de todo poder militar y político por el sultán selchuqí, continuaba representando la unidad musulmana ortodoxa sunni frente a las corrientes heterodoxas si'ies y seguía siendo el baluarte que daba legitimidad a todo régimen que formase parte de la comunidad musulmana, la Umma. Egipto pertenecía al califato fatimí si'i ismailita, rival del abbasí. En la Península Ibérica, los reinos de taifas se habían alejado de los preceptos coránicos, relegando el papel de los alfaquíes malikíes y de los estudiosos de la religión a un segundo plano, después de que hubieran disfrutado de gran poder durante el emirato y el califato omeya.Al mismo tiempo, se desarrollaban nuevas corrientes teológicas en Oriente, basadas en las enseñanzas ortodoxas de Abu Musa al-As'arí (m. 660-1), compañero del Profeta Mahoma, gracias a varias figuras importantes, entre ellas el teólogo, jurista y moralista al-Mawardi (m. 1058), autor de al-Ahham al-Sultaniyya (Tratado sobre los estatutos gubernamentales), y sobre todo, su sucesor, el pensador, místico, teólogo alfaquí, filósofo y reformador religioso Abu Hamid b. Mohamad al-Gazali -Algazel (m. 1111)-, considerado como el hombre más destacado de su tiempo. Algazel expuso una ideología política que, sin duda, llegó al conocimiento de Yusuf ibn Tasufín a través de andalusíes y beréberes doctos en ciencias religiosas, que habían estudiado con aquel místico, como el juez Abu Bakr ibn al-Arabi. En líneas generales, y en lo que pudo influir directamente en el emir almorávide, se pueden resumir así algunos puntos de su teoría: - La familia abbasí tiene el derecho a ostentar el Califato. - El poder efectivo en las distintas provincias debe estar en manos de los sultanes o reyes; intentar cambiar este orden provocaría graves disturbios en el seno de la comunidad musulmana e iría en contra de las enseñanzas del Profeta, que abogó por la obediencia a los emires. - La relación entre el Califato y esos poderes fácticos tiene que basarse sobre el reconocimiento de la preeminencia de la autoridad califal que les legitimará. - Estos poderes prestarán al Califato la fuerza que necesite para mantenerse. - Es obligación del Imam y de sus delegados proteger los territorios del Islam contra las amenazas externas y los desórdenes internos. - Se debe emprender la Guerra Santa contra el apóstata y contra el que rechace el Islam, hasta que se acoja a él o hasta que pague tributos, signo de reconocimiento de la supremacía del Islam. - Hay que ejecutar la ley para garantizar, primero, el derecho de Dios a ser obedecido, y luego, el derecho del resto de la comunidad a ganarse el pan cotidiano y vivir en paz y con honor. Como consecuencia de esto último, se debía castigar severamente la fornicación, el robo, el consumo de bebidas alcohólicas y la calumnia, manteniendo siempre presente el principio de los límites que consiste en que quien impone el castigo no tiene que excederse en sus sentencias de los límites marcados por la ley. Para Algazel, el objetivo de este programa político era crear la ciudad ideal, cuya fundación descansaba sobre dos pilares: la religión y la razón, sin otra meta que conducir a sus miembros a su dicha final. Para ello indicó el místico y teólogo tres vías: - Obedecer a Dios; conocerle, servirle, rezarle, cumplir con el precepto de la limosna, del ayuno y del peregrinaje. - Respetar las prohibiciones que Él dictó. - Desarrollar las virtudes morales.Contemporáneo de Algazel y muy influyente en el Magreb y al-Andalus fue Abu Bakr Muhamad ibn al-Walid al-Turtusi (m. 1126), quien, como indica su nombre, había nacido en Tortosa. Discípulo de renombrados alfaquíes andalusíes, se dirigió a Oriente, donde conoció a los grandes estudiosos musulmanes, entre ellos al propio Algazel, de quien fue admirador y a la vez crítico. Al-Turtusi, que residió y murió en Alejandría (Egipto), escribió varias obras de teología, de jurisprudencia y de moral, la más famosa de las cuales es La lámpara de los Príncipes, cuyo objetivo principal era guiar al jefe del Estado en el desempeño de su misión; por tanto, es una obra de carácter político y ético que describe al príncipe ideal como aquél que no se aparta de la senda trazada por Dios y lo hace responsable no sólo de alcanzar su propia dicha, a través de la vida recta y moderada, sino también de la de su pueblo. Para al-Turtusi, la perfección espiritual del príncipe es la base en que se apoya la vida del Estado y en la cual se funda asimismo el bienestar temporal y espiritual del pueblo y el suyo. La religión se alza como piedra angular que sostiene al Estado, el alma que da vida a la justicia, la ley y el derecho.
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La decadencia de los fatimíes egipcios se acentuó en el segundo tercio del siglo XI como consecuencia de la conjunción de circunstancias adversas: malas cosechas y revueltas internas en Egipto mismo y en Siria, pérdidas de Sicilia e Ifriqiya entre 1036 y 1051. Aunque la situación mejoró en tiempos del califa al-Mustansir y de su visir Badr al-Yamali, ni los fatimíes ni los silyuqíes estuvieron en condiciones de impedir las conquistas de los cruzados, a causa de la fragmentación del poder y la debilidad militar dominantes en Palestina y Siria. El Egipto fatimí aún viviría una época tranquila bajo al-Amir y el visir al-Afdal, higo de Badr al-Yamali, hasta el año 1130. Luego, los desórdenes interiores, las agresiones de los cruzados en el delta del Nilo (1164) y la intervención de Nur al-Din y de su enviado Salah al-Din, el Saladino de los cruzados, acabaron con el califato y consiguieron que Egipto y Siria formaran frente común contra los occidentales. Zengi y su higo Nur al-Din habían capitalizado a su favor el esfuerzo de resistencia contra los cruzados: a partir de sus primeras plazas, Mosul y Alepo, extendieron su poder a Edesa (1144) y Damasco (1154). Zengi ya había tomado el titulo de muyahid (combatiente del Islam) a raíz de su victoria en Edesa; su hijo Nur al-Din envió auxilio militar a Egipto en 1164 y de nuevo en 1171-1173: en esta segunda ocasión, las tropas sirias, mandadas por Salah al-Din, ocuparon todo el país del Nilo y, en 1174, cuando murió el atabeg, Salah al-Din le sucedió en el mando y recibió del califa de Bagdad el titulo de sultán; como tal fue el fundador de una dinastía, la ayyubí, llamada a dominar durante menos de un siglo la vida política de aquellas tierras. Conviene recordar que el apoyo de los ayyubíes no fueron sólo las tropas turcas sino también las de procedencia kurda: el mismo Saladino tenía este origen. Los éxitos del primer sultán fueron extraordinarios, pues consiguió conquistar Jerusalén después de aplastar a los cruzados en Hattin (1187), y rechazar el contragolpe de la tercera cruzada, a pesar de sufrir una importante derrota en Arsuf. Sin embargo, cuando Salah al-Din murió (1193), los ayyubíes crearon diversos principados -Alepo, Hama, Damasco- bajo la dependencia nominal del sultanato, instalado en El Cairo, y aquello disminuyó sus posibilidades políticas; en Egipto serían sustituidos por un régimen de mercenarios militares -los mamelucos- desde 1249; el segundo de ellos, Qutuz, venció a los mongoles en la batalla de Ain Yalut (1260) y detuvo su avance en Siria cuando ya habían conquistado Alepo, de tal modo que su sucesor, Baybars, pudo unir de nuevo Egipto y Siria, agravar con sus conquistas la situación de los cruzados, y fijar fronteras estables con los mongoles, por otra parte en proceso de islamización. De aquella manera Egipto, y en especial Siria, consolidaban su posición preeminente en el mundo islámico, al permanecer al margen de las grandes convulsiones y cambios que afectaron a Mesopotamia e Irán, y al disponer de cierto margen de maniobra, y de beneficios, en sus relaciones mediterraneas, tanto con los europeos como con el Magreb.
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La Bula de convocatoria "Vineam Domini Sabaoth" habla de la reunión de una asamblea "siguiendo la antigua costumbre de los Santos Padres". Se deseaban alcanzar dos objetivos: de un lado, "extirpar los vicios y afianzar las virtudes... suprimir las herejías y fortalecer la fe..." y, de otro, "apoyar a Tierra Santa con la ayuda tanto de clérigos como de laicos". En resumen: afianzar la reforma y promover la cruzada. Nada nuevo en apariencia. Inocencio III deseaba que el concilio fuera auténticamente ecuménico. El número de participantes fue, en efecto, impresionante: más de cuatrocientos obispos de la cristiandad latina (incluidos los de los países mas jóvenes), más de ochocientos representantes de las distintas órdenes religiosas y los embajadores de todos los príncipes y de numerosas ciudades. No se consiguió, sin embargo, la presencia de representantes de la Iglesia griega. De Oriente solo vinieron los patriarcas latinos. Las disposiciones surgidas del concilio se recogieron en 71 cánones. Los tres primeros hacían referencia al dogma: solemne proclamación de fe católica, reprobación de ciertos errores trinitarios de Joaquín de Fiore y condena de las ideas heréticas en general. A los obispos se les amenazaba con la desposesión del cargo caso de que se mostrasen remisos a la hora de limpiar sus diócesis de fermentos heréticos. El canon 4, a su vez, lanzaba algunas reconvenciones contra la Iglesia griega a la que se acusaba de insolencia frente a los latinos. Un elevado numero de cánones afectaban a la disciplina eclesiástica, siguiendo la mas clásica tradición reformadora. Otros mostraban su interés por el desenvolvimiento de las órdenes religiosas: funcionamiento de los capítulos y prohibición de nuevas fundaciones a fin de evitar una anárquica proliferación. Dos importantes cánones tocaban específicamente a los laicos: el 21 (utriusque sexus) que imponía la obligatoriedad anual de la confesión y la comunión; y el 51 que rebajaba al cuarto grado de consanguinidad la prohibición de contraer matrimonio y prevenía contra su clandestinidad. Los judíos -afectados ya por disposiciones del III Concilio de Letrán- fueron en el IV objeto de nuevas restricciones: los cánones 68 a 70 les imponían trajes especiales, el alejamiento de los cargos públicos y prohibían radicalmente a los conversos retornar a su antigua fe. El canon 71, por último, daba un conjunto de normas para la organización de una nueva Cruzada. Los beneficios espirituales se harían extensivos no sólo a los expedicionarios, sino también a todos aquellos cristianos que colaborasen económicamente en la preparación de la empresa. El IV Concilio de Letrán fue también escenario de algunas importantes decisiones políticas. Federico II vio ratificados sus derechos al trono imperial en detrimento del derrotado Otón de Brunswick. La Carta Magna fue objeto de reprobación pontificia. Por último, el conde Raimundo de Tolosa, acusado de entendimiento con los herejes del Midi, era despojado de sus tierras en beneficio del jefe militar de la cruzada anticátara Simón de Montfort. Los días finales de 1215 y los iniciales de 1216 los empleó Inocencio III en vigilar la aplicación de las medidas -las políticas especialmente- tomadas a lo largo de las sesiones conciliares. El 16 de julio moría en Perusa siendo sucedido de inmediato por Honorio III.
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Gotthard Henrici, jefe del Grupo de Ejércitos Vístula, no era un genio de la guerra. Pero quienes le conocían bien, quienes habían servido a sus órdenes durante tres años en un ejército acorazado destinado al frente del Este, aseguraban que aquel sesentón era un militar capaz, sólido, enérgico y sincero. Un hombre que sabía perfectamente lo que se podía y lo que no se podía hacer; un hombre que jamás iría contra sus convicciones por conservar un puesto a escalar posiciones. El 19 de abril de 1945, Gotthard Henrici pidió permiso al Cuartel General, situado en el búnker de la Cancillería, para retirar al IX Ejército hacia el Oeste de la capital. Esa gran unidad, cercada por las avanzadas de Koniev y de Zhukov, aún hubiera podido romper los débiles dientes de la tenaza soviética y establecerse al suroeste de Berlín, recomponiendo el dique de contención alemán frente a las tropas del Ejército Rojo. Todos sus buenos argumentos fracasaron ante la pedantería de Jodl y el fanatismo de Krebs, sucesor desafortunado de Guderian al frente del Estado Mayor de los Ejércitos del Este. El Führer había ordenado taponar las brechas y mantener el frente del Oder. El IX Ejército debía atacar hacia al sur, mientras que, desde el Neisse, el Grupo de Ejércitos Centro -general Schoerner- atacaría hacia el norte, cortando entre ambos la cuña poderosa que había logrado Koniev. En el búnker trazaban planes en el aire. El IX Ejército bastante hacía con mantener las paredes de su bolsa y Schoerner combatía a la defensiva. Pero este general ambicioso y falto de escrúpulos, y uno de los preferidos de Hitler, no puso objeciones a la operación aunque luego nada pudiera hacer para realizarla. De esta forma, Hitler y sus asesores militares mantenían sus esperanzas y bramaban los generales de la vieja escuela, como Henrici, que carecían de coraje para afrontar a cara de perro las situaciones difíciles. -"Haga usted como Schoerner" -le dijo Krebs a Henrici por teléfono-. Limítese a cumplir las órdenes del Führer". El día 20, convencido de la inutilidad y desatino que suponía un contraataque en la dirección que exigían desde el búnker, Henrici pidió a Busse que retirara sus fuerzas del Oder, mientras él, con todas las reservas que había logrado reunir, trataba de dar un hachazo a la cuña de Zhukov, que avanzaba en dirección a Berlín. Durante todo ese día, las últimas tropas alemanas combatieron con desesperación contra la enorme marea soviética, que avanzaba incontenible. Sus cañones anticarro, bien instalados durante la víspera, hicieron una carnicería entre los blindados de Zhukov. Sus bunkers equipados con morteros y ametralladoras segaron y rechazaron durante 12 horas las filas enemigas. Al finalizar el día, aplastados por la aviación soviética, desbordados por las interminables oleadas de tanques y hombres, las filas alemanas se quebraron por completo y Zhukov tuvo vía libre hacia Berlín. Busse, entre tanto, se mantuvo donde ordenaba Hitler. Puso diversas excusas a Henrici, temeroso de incurrir en la ira de los dirigentes del búnker, que por aquellos días eliminaban cualquier síntoma de desobediencia o derrotismo con el inmediato pelotón de fusilamiento. Aquéllo, como se vería en los días siguientes, fue el último fallo militar del Cuartel General del Führer.
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La piedra preciosa llamada jade muestra variaciones de colorido, desde el blanco hasta el verde oscuro, y ha sido la gema considerada más preciosa en China a lo largo de la historia. En la época antigua, el jade se hallaba en el área comprendida entre las provincias de Henan y Shanxi, pero el de mejor calidad era el que traían de Khotan -Xinjiang- de Birmania. Según las antiguas costumbres, poniendo una pieza de jade en la boca de un muerto se creía poder proteger el cuerpo de la descomposición. Un ejemplo de esta creencia se refleja en el sudario hecho de láminas de jade en el período de la dinastía Han, hallado en la tumba del príncipe Liu Sheng, en Mancheng. El jade servía también como material de adorno para los cinturones y otros objetos, como figurillas. El verdadero jade es fresco al tacto, y por esta razón el cutis de una mujer hermosa era comparado al jade, símbolo de la pureza. Un tipo de jade denominado yao, de difícil identificación, ha sido motivo favorito en el arte chino, como fuente de jade -yao chi-, por ejemplo, que fue un regalo traído por los Inmortales a la fiesta de un príncipe como símbolo del deseo de longevidad y de felicidad. Y el denominado el Emperador Jade -Yu Huang Di- es el dios supremo y gran soberano del Cielo en la religión popular de los chinos.
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Religión fundada por Vardhamana o Mahavira (gran héroe) en el siglo VI a.C., al que los jainistas consideran el vigesimocuarto profeta o tirthankara. Heterodoxia del brahmanismo, niega que el universo haya sido creado por una divinidad, e incluso los seres menores que aparecen en sus templos son vistos como personajes intercesores, capaces de ayudar al hombre a romper las ataduras de su alma gracias a su propia experiencia. Así pues, el camino de la liberación viene marcado por los tirthankaras o profetas, quienes propugnan la no-violencia (ahimsa) y el respeto hacia todos los seres vivos. Precisamente, desde el punto de vista jaina, el universo está repleto de almas individuales, y, de ellas, son muchas las que han tenido la desgracia de caer prisioneras y están obligadas a vivir en la tierra como hombres o como animales. Los jainistas propugnan la abolición de las castas y del sacrificio védico, si bien admiten las reencarnaciones kármicas. Éstas son vistas como algo indeseable, pues opinan que acaban por aprisionar el alma. Para liberarla es preciso seguir una serie de caminos o vías. La primera es la llamada "visión recta" (samyagdarshana), desde todos los puntos posibles (sensibles, suprasensibles, espontáneos, etc.); la segunda, samyagjñana, es el llamado "conocimiento recto", que puede ser múltiple, intuitivo, emocional, etc.); la tercera, seguir una "conducta recta" o samyagcharitra. Para lograr esta última, es preciso respetar los cinco preceptos principales o Cinco Abstenciones Mayores: prohibición de matar a ningún animal, de mentir, de robar, de codiciar y de abusar del sexo. Estos preceptos actúan de manera permanente en las vidas de los seguidores del jainismo. Así, nunca comen nada de origen animal y llevan una vida austera. En general, practican actividades que no producen daños a otros seres, como el comercio, la metalistería o la administración, en los que, no obstante, alcanzan globalmente un gran poder económico. También dedican parte de sus ingresos a sustentar templos, universidades y hospitales. Monjes y monjas se caracterizan por la austeridad e itinerancia de sus vidas, teniendo prohibido permanecer en un monasterio más de tres días, salvo excepciones. Existen en el jainismo dos ramas mayoritarias: la de los digambara ("vestidos de aire"), jainas nudistas agrupados en torno al monasterio de Shravana-Belgola en Karnataka; y las de los svatambara ("vestidos de blanco"), originados en el siglo II y agrupados alrededor de la localidad de Palitana.