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A finales del siglo XV el Imperio contaba con una estructura un tanto obsoleta y poco capacitada para asumir los cambios políticos y sociales que estaba viviendo el mundo occidental europeo. El emperador era elegido por los arzobispos de Maguncia, Tréveris y Colonia y por los cuatro electores laicos: el conde del Palatinado, el duque de Sajonia, el margrave de Brandeburgo y el rey de Bohemia. La administración imperial, que no debe confundirse con la del emperador como príncipe autónomo, contaba con una cancillería (Kanzlei), que, pese a la gran cantidad de documentación diplomática que debía tramitar, disponía de un numero escaso de funcionarios. La tesorería (Schatz) era el segundo organismo de la administración imperial, cuyos recursos, limitados a los impuestos de las ciudades y a los derechos de cancillería, eran cada vez menos importantes. El Imperio contaba con una asamblea política, la Dieta Imperial (Reichstag). En ella participaban los príncipes y nobles y los representantes de las ciudades, algunas miembros de pleno derecho como las villas suabas y renanas -el llamado tercer colegio de la Dieta- y otras asistentes en calidad de invitadas. Presidida por el emperador o en su defecto por el canciller imperial, la Dieta no contó nunca con jurisdicción efectiva sobre toda Alemania, ya que sus ordenanzas solían ser ignoradas en la mayoría de los principados. También disponía de un tribunal de justicia (Reichskammergericht), que había sustituido al antiguo Reichshofgericht, en el que los príncipes no contaban con inmunidad.

Desde 1415 la nueva audiencia, antiguo Tribunal del Tesoro (Kammergericht), monopolizó la vida judicial del Imperio, sobre todo al pasar de simple cámara fiscal a competir en asuntos de todo tipo, gracias a las ordenanzas de 1471 y 1498. Su nueva constitución suele asociarse a la recepción del derecho romano en tiempos de Maximiliano I. No cabe duda de que existieron algunos proyectos de reforma de las instituciones imperiales a lo largo del siglo XV (Segismundo, Maximiliano, etc.), pero éstas no pudieron cristalizar porque, en palabras de D. Hay, "ninguno de los poderes estaba en Alemania preparado para permitir un fortalecimiento del emperador y porque toda reforma significaba impuestos y nadie se hallaba preparado para apoyar contribuciones permanentes a un gobierno central". Los electores se resistían a toda pretensión imperial y, en la mayoría de los casos, los propios emperadores sólo veían en la dignidad imperial un medio para acrecentar el patrimonio de sus respectivos linajes. La Reforma luterana fue la encargada de dar el golpe de gracia a los proyectos de centralización imperial, al sumarse la controversia religiosa a las divergencias ya existentes en el seno de Alemania.

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