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Con el batel Nuestra Señora de Guia Martes veinte y nueve del mes de Diciembre de 1579. salió Pedro Sarmiento, y con él Anton Páblos y Hernando Lamero, Pilotos, y doce soldados marineros en el batel Nuestra Señora de Guia con vitualla para diez días de Puerto Bermejo, para descubrir la canal que parecía que demoraba la vuelta del Sueste de Puerto Bermejo para ver si habría canal y puerto para poder llevar los navíos seguros por no volverlos al mar bravo. Fuimos á la vela la vuelta del Sueste cuarta del Leste con viento Oessudueste dos leguas, hasta una isla que prolonga de Nornoroeste-susueste una legua. Nombróse los Ignocentes porque salimos otro día despues de su fiesta, y seguimos la canal al Sueste otras cuatro leguas hasta una punta de la costa del Leste del brazo de la Concepcion. Detras desia punta, que llamamos punta de San-Juan, al Norte della hace una caleta donde surgimos esta noche, y aquí dormimos con buena guardia, como siempre hacíamos. Al Susueste de la isla de los Ignocentes está una boca grande de canal, que, á lo que creemos, es la que sale de la ensenada de Nuestra Señora de Guadalupe, que arriba diximos. Y al Nordeste de los Ignocentes está una canal grande donde surgimos y paramos esta noche, que creemos es la que sale de la ensenada y canal de San-Andres, y una legua al Nordeste de la punta de San Juan está una boca de canal, que debe ser la canal de San Andrés del brazo de la concepcion. En esta caleta donde hicimos noche hay mucho fondo á pique. Es laja. Miércoles 30 del mes salimos desta caleta a la vela la vuelta del Sueste; y habiendo navegado legua y media por una abra ancha, embocamos en una angostura de trescientos pasos de ancho; y en esta angostura hay una punta, detrás de la cual, al Norte della, está una caleta donde hay fondo de veinte brazas, arena, y arrimado á la isla un cable, es piedra. Es abrigo de todos los vientos y mar. Llamóse puerto del Ochavario. Desde la angostura prosigue la canal mas ancha, y va ensanchando poco á poco al Susueste dos leguas hasta una isleta que llamamos isla de Dos Canales porque allí se parte este brazo en dos canales; y el brazo que va sobre la mano derecha corre al Sur sobre la cuarta del Sudueste tres leguas hasta una punta que llamamos de San Estevan, y la canal de la izquierda va al Susueste una legua hasta una punta que se nombró punta de San-Antonio. Entre la angostura, é isla de Dos Canales en la costa de la mano izquierda se hace una ensenada llena de islotes baxos con arboleda. Caminando por esta canal de Susueste como media legua á mano izquierda, la vuelta del Leste, abre una canal que entra una legua, y hace un islote en medio: y pasado el islote parte en dos canales grandes: la una va la vuelta del Leste hasta la cordillera Nevada, y la otra va al Norte, que pienso es la que se parte en el principio del brazo Ancho de la canal de la Concepcion: y al Sur del islote hay otra isla grande; y al Leste della se juntan los dos brazos dichos con este del Susueste, por donde íbamos navegando. Y como una legua de la punta de la Isla de Dos Canales se parte la isla en dos, y hace canal que junta la canal de San-Estevan con la del Susueste: y á la punta del Leste en la Canal, arrimados á tierra un cable de la isla, hay quince brazas de fondo, roca; y algo mas fuera, 40 brazas, puede estar una nao á la plancha apuntalada con las vergas. Desde la Punta de San Antonio vuelve la costa al Sur cuarta al Susueste. Leste-oeste con la punta de San Anton cerca está una isleta que hace una ensenadilla, que medio cable de tierra hay veinte brazas, limpio, fondo arena; y algo mas fuera, piedra: y como cincuenta brazas mas á fuera, cuarenta brazas, limpio: y á la punta de la isleta está una piedra y herbazal, y junto á la piedra hay ocho brazas, piedra; y como medio cable hay doce brazas, limpio: abriga al Norte; y poco mas fuera hay veinte brazas, limpio, al Leste de un arroyo de agua dulce que baja por una sierra abajo; y algo mas á fuera como un ayuste de tierra 25 brazas, es limpio. Rase de surgir al Sur de la isla, la cual llamamos el Surgidero: y descubriendo la canal por el Norte dos ayustes de la isla hay cincuenta brazas, lama. Una legua y media de la punta de San-Anton vuelve la costa al Sur cuarta al Sueste, y en este parage en la costa del Leste, que es la de mano izquierda, hace una bahía grande de buen fondo, á la entrada, arrimado á las hierbas, cinco brazas, y dentro siete, y ocho, y nueve brazas, limpio, arena y lama. Éntrase á ella por la boca del Oeste para el Leste, y tiene la salida para el Sur. Es cercada de playuelas de arena y hierbas. Tiene la canal y salida del Sur deste puerto diez brazas: es comedero. Llamamos á esta bahía Puerto Bueno, ó bahía Buena, que lo uno y lo otro es. Desde la bahía Buena sigue la costa de la mano izquierda, y descubrimos una punta al Sur cuarta al Sueste media legua, que se llamó punta Delgada, porque es baja: y en medio hay playuelas, y costa baja. Desde la punta Delgada por la mesma costa parece otra punta, que llamamos de San Márcos al Sur quarta al Sueste una legua. La otra costa del Oeste sigue la mesma derrota: es mas alta y tiene algunas nieves. La costa del Leste es mas baja, y tiene mas caletas; y ántes de llegar á la punta de San Márcos está una boca que sale del Gran Brazo, y una caleta donde tomamos la altura: Pedro Sarmiento y Anton Páblos en cincuenta y un grados, y Lamero en cincuenta y uno y un cuarto. Llamámosla caleta del Altura. Adelante de la punta de San Márcos está una punta que demora al Sur tres leguas, que se nombró punta de San- Lúcas; y en la otra costa del Oeste desta canal al Oeste cuarta del Noroeste, como una legua, está una ensenada grande, que tiene una playa y pareció surgidero: no llegamos á ella. Y al Oeste cuarta al Noroeste está otra boca en la costa de la mano derecha donde se junta la canal de San-Estevan, y esta boca y abra sale á la caleta del Monte de Trigo, Leste oeste con él, y de allí sigue á la canal del arcipiélago. Y legua y media mas al Sur cuarta al Sueste está otra punta, que se llamó punta de San Matéo, y desde esta punta al Sur demora otra punta de la mesma costa legua y media. llamámosla punta de San Vicente: y entre ambas puntas entra un brazo grande, y al Sueste deste brazo demora una punta larga, y al Oeste della va una canal á juntarse con esta principal. Desde la punta de San Vicente parece otra punta baja al Sur, que se llama San Pablo, una legua; y en medio hace abras y dos ensenadas. Este dia miércoles hizo norte, las corrientes iban contra viento la mayor parte del dia. Al Sur désta demora otra punta de tierra baxa dos leguas: llamóse San-Baltasar; y en medio hace la costa de la Tierra-firme ensenada llena de isletas bajas y montosas. la costa es toda morros gordos de peñascos pardos pelados de medio arriba: y aquí hace una ensenada que llamamos San Melchior; y aquí hicimos noche el miércoles. Juéves treinta y uno de diciembre partimos desta ensenada á la vela; y media legua al Sur está una punta que llamamos San Gaspar, y en medio están dos islotes. Desde esta punta sigue la costa de la mano izquierda cuatrocientos pasos al Sur donde hace esquina; y desde allí muda derrota. Llamé á esta esquina punta de Gracias á Dios; y enfrente della en la otra costa de la mano derecha al Oeste de esta punta están dos ensenadas á manera de puertos. Tiene aquí de ancho la canal un cuarto de legua excaso. En esta punta de Gracias á Dios hay fondo 30 brazas limpio, medio cable de tierra; y á un cable no hay fondo. Desde aquí vuelve la canal Nornoroeste-susueste, y toma de la cuarta del Sueste. Desde la punta de Gracias á Dios parece otra punta trescientos pasos por la mesma derrota. Llamóse San Bernabé; y por la mesma derrota está otra punta que se nombró San Bartolomé. Desde Gracias á Dios aquí hay una legua. Al Sudueste cuarta al Oeste en la costa de la mano derecha se hace una ensenada como brazo, y por detras della al mesmo rumbo está una islilla algo grande negra echada de Norte-Sur, y en medio della un monte como pan de azúcar. Llamóse Pan de Azúcar. Tiene por aquí la canal de ancho media legua escasa. Desde la punta de San Bernabé parece otra punta por la mano izquierda al mesmo rumbo, que llamamos San Benito; y en medio de ambas puntas hace ensenada como arco, y por medio hace abra hasta la cordillera Nevada, la cual parece por esta abra muy alta y con muchos picos; y uno dellos parece corona que tiene seis puntas, y otra al Sur que parece mano de Júdas abierta y vista por las espaldas. Hay mucha nieve: la alta es blanca, y la baja azul como cardenillo; y lo que no es nevado es negro. Esta es la cordillera de la tierra-firme, porque todo lo demas que está desde allá al Oeste, por donde al presente andamos descubriendo, es archipiélago de islas, y tierra despedazada. Y poco antes de llegar á la Punta de San Benito en la costa de mano derecha, entre tres playuelas chiquitas de largo de un batel, un cable de tierra, hay cuarenta brazas: es arena; y cerquita de tierra dos bateladas veinte y cinco brazas de limpio, cascajo; y arrimado á las peñas hay tres brazas, y enfrente de la playuela que está mas al Sudueste, dos bateladas de tierra, hay doce brazas, cascajo. Dentro en la mesma caleta arrimado á las peñas, siete brazas, limpio, puede estar el navío á la plancha; y en unas hierbas que están en medio de la caleta y playuela de en medio hay cinco brazas; es piedra. Hay entre la playa de en medio y la postrera, medio cable de tierra, diez brazas, limpio; y enfrente de la playuela tercera hay diez y siete brazas limpio. En esta punta de San-Benito se estrecha la canal dos ayustes. En esta angostura hay cuatro Islotes y baxos, hierbazal. Los tres islotes, mas arrimados á la punta del Leste, y el uno á la parte del Oeste; y va la canal mayor entre el uno y los tres islotes, mas arrimada a los tres islotes, que va sin hierba mas ancha. Es canal de seis y siete y ocho y diez brazas, limpio. Puédese seguir y servir de puerto. Guárdense de las hierbas, que tienen poco fondo, y especialmente donde están espesas á la parte del Oeste donde está un bajo entre las hierbas, que solo se parecen los mijillones que están sobreagudos en el arrecife. Desde los arrecifes del hierbazal sigue la canal á la mesma derrota dos leguas, y al cabo dellas sale una punta larga y baja de la tierra de la mano derecha que se nornbró punta de Sancta-Catalina, y tiene al Leste una isleta, y al Sur una baja. Aquí se juntan la canal que viene desde los bajos de la hierba, arrimada á la cordillera Nevada, y hace una canal de mas de cuatro leguas de ancho. Y desde allí desde la punta de Sancta Catalina vuelve una ensenada á manera de canal la vuelta del Sudueste que pareció partir tierra, y es así verdad que la parte. La vuelta del Nordeste de la punta de Sancta Catalina media legua, hay un islote: y al Sur dél está un bajo sobre agua, porque entre esta isla y punta va canal hondable, limpia para poder pasar por ella. Doblada la punta de Sancta Catalina, al Sudueste della cerquita hay unas caletas para bergantines y bateles. Desde estas caletas la vuelta del Sueste cuarta al Sur tres leguas, sale una punta y morro de tierra. Fuimos allá á hacer noche. Este dia hizo muchas diferencias de temples, el tiempo amaneció claro y el Sol muy caliente, y luego añubló y llovió poco con nortecillo bonancible, y luego calmó, y de mediodía arriba ventó sur, y hubo mar. Las corrientes hallamos unas veces al Sur, y otras al Norte, que andan conforme al viento y mareas. La canal que pasamos desde las caletas de la punta de Sancta Catalina al morro donde hicimos noche, tiene de travesía cuatro leguas desde la cordillera Nevada hasta el morro Nordeste-sueste, al qual llamamos Año nuevo, porque llegamos allí su víspera: y el dia de la Sanctisíma Circuncision de Jesu-Christo por la mañana pusimos en la punta deste morro dos cruces, y Pedro Sarmiento tomó la posesion por V. M. en presencia de los Pilotos Anton Pábios y Hernando Lamero y de los demas marineros soldados. La multitud de islas y tierras despedazadas sigue por esta parte hasta este parage, porque aquí dimos en la cordillera Nevada de la tierra firme que sale á la mar por esta canal; y sea aviso que va mayor canal entre la cordillera Nevada de la tierra-firme y las isletas que están entre la punta de Sancta-Catalina y los bajos del Herbazal: verdad es que aquella canal no la navegamos; mas vimos la entrada y la salida por donde se aparta y junta con esta Canal por donde fuimos. Corre la frente deste morro de Año Nuevo por la banda del Norte que mira á la Cordillera Nevada Leste-oeste, punta por punta, como media legua: y allí hace arco, caletas y playas de guijarrales. Desde la Playa de enmedio, donde pusimos las cruces la vuelta del Noroeste, cerca como dos ahustes, está un isléo chico, y en medio hay canal hondable, limpia para pasar navíos. Al Sueste desta playa de las Cruces como dos leguas sale á la mar (digo á la canal) la cordillera Nevada de la tierra-firme que tiene cerca de la mar una mancha blanca que parece nieve, y es despeñadero de rio que hace espuma, qua hai muchos por aquí, y desde el medio hacia arriba tiene una gran chapa de nieve muy azul, que parece turquesa. Este morro de Año Nuevo por la cabeza de la banda del Leste va en redondo al Sueste y Susueste como una legua hasta la primera quebrada de agua que desciende de la cumbre por un rio, y Leste-oeste con este rio parece una gran boca de canal como de dos leguas. Fuimos allá y hallamos ser ensenada sin salida, y hace cala á la vuelta del Norte como una legua; y como nos vimos ensenados, volvimos á salir por donde habíamos entrado con harta pena. Tiene este codo quatro isletas que hacen canales; y esta ensenada desde las isletas para el Oeste va haciendo playa de arena y tierra, playa baja, mas de legua y media hasta el morro alto de Año Nuevo. Hay en éste pasage y playa que va haciendo arco hasta el pie del dicho morro, y fuimos hasta él este mesmo dia, que fue viérnes primero de Enero del año de mil é quinientos y ochenta. Pasamos de largo de la dormida, y fuimos á una ensenada que está al Oeste del morro; y buscando canal y paso que rompiese, tambien hallamos ser ensenada sin salida de tierra baxa. Aquí hicimos alto esta noche; es playa y tierra baja, llana y anegadiza. En esta ensenada hay ocho y diez brazas, buen fondo; hay en esta costa muchas hierbas, y donde quiera que están es bajo: guárdense dellas donde se vieren. Sábado dos de Enero salimos de esta ensenada, y fuimos a otra que está al Oeste de la dicha poco mas de una legua, que tambien es tierra baja, sinó es la punta que está entre ambas ensenadas. Aquí embió Pedro Sarmiento dos hombres á la cordillera alta para que viesen si parecía mar, ó canal de la otra parte al Oeste, y no vieron cosa destas. Entramos en esta ensenada, y de ella fuimos á otra cercana, y al cabo della es tierra baja; y visto que todo era sin salida, Pedro Sarmiento y Hernando Lamero, Piloto Mayor de la Almiranta, subieron a una cordillera mui alta á descubrir mar y tierra, y á la banda del Oeste descubrieron de la otra banda un brazo de mar ancho y derecho que corre Nornoroeste-susueste. A esta cordillera llamamos Cordillera de la Oracion, porque allí nos encontramos a Dios, y pusimos una cruz; y Pedro Sarmiento tomó Posesion por V. M.: y subiendo mas arriba descubrimos una ensenada que hace el brazo dicho, y contáronse en ella treinta y tres islotes chicos y grandes, y á la redonda hacía muchas canales y caletas, al parecer angostas: y desde la ensenada donde dejamos el batel á este brazo hace una abra la cordillera, y por ella va un estero, que de pleamar se junta un brazo con otro por aqui, que puede pasar un batel. Hay del uno al otro un tiro de arcabuz, por el cual pasó al otro brazo Anton Páblos mientras nosotros subíamos á lo alto. Este dia sábado ventó norte é hizo tanta niebla y obscuridad, que los que estábamos en la cordillera, con estar juntos, no nos viamos, y con solas voces, y marcándonos con una aguja de marear nos hallábamos. Todos estos dias tuvimos grandes y pesados aguaceros y grandes frios, y de noche pasábamos mucho trabajo en hacer fuego, y por enjugarnos nos metíamos en el fuego sin sentirlo, y quemábamos las ropas y calzados, porque de otra manera no podiamos vivir, mayormente los marineros, que molidos y cansados de remar, y mojados, llegaban los pobres yertos y pasmados sin tener ropa que poderse mudar, porque en el batel no se podía llevar por ser pequeño, y la comida tambien era poca, porque siempre la íbamos tasando mucho, y esta vez mas; procurando entretenernos con mijillones y hierbas de la mar, y muchas veces no las hallábamos, asi por llegar a costa brava donde no se cria, sinó en abrigo, como porque donde llegábamos á repararnos sucedía, estos dias que llegábamos con pleamar, que no se podía coger marisco aunque le hubiera. Toda esta noche llovió mucho y hizo mucho frio, porque ventó oeste. Domingo tres de enero partimos de esta ensenada de la Oracion, y ventó luego oeste frio, y saltó al noroeste, y metió tanto mar, que habiendo caminado como una legua con grandísima fuerza y trabajo de los marineros que bogaban, nos hizo fuerza que volvimos á arribará Popa á buscar donde repararnos por no anegarnos y perecer; y así nos metimos detras de unas peñuelas que solo abrigaban el batel, no mas de para que pasase aquella primera furia del tiempo. En estas peñas tomamos la altura en cincuenta y dos grados. Llamáronse las Peñas del Altura. En todo este dia no fué posible poder salir de allí, porque la tormenta fué tanta que los navíos muy grandes no la sufrieran, y aquí esperamos día y noche. El lúnes quatro de enero amaneció alguna bonanza de mar, aunque había grandes refriegas de viento oeste y oessudueste; mas con todo arrimándonos, á la costa del Oeste partimos de aquí atravesando bocas y canales y caletas de punta á punta, unas veces con corrientes, con grandisimo trabajo de los marineros que bogaban en estas travesías fortísimamente, porque así era menester; y, aun con todo, muchas veces volvíamos atrás mas que ibamos adelante. Con todo este trabajo anduvimos este dia siete leguas con el favor de Dios. Este día no llovió, sinó por la mañana poco, con nieblezuelas que venían con refrieguillas del oeste y oessudueste. Desde las nueve del día hizo claro. Mártes cinco del mes partimos desta dormida, y caminamos al remo por la Canal al Norte con gran trabajo, y tomamos otra canal que va al Oeste, entre la cual y la Punta Larga hace un torno de arcipiélago de muchas islas pequeñas hasta hacia la punta que declina hacia el Oeste, y de allí á una punta que está al Oeste una legua: y entre una punta y otra hace una ensenada grande; y entre ella y la punta Larga hay muchas islas de tierra baja y montosa. Desde la punta del Oeste á otra punta que sale léjos, que nombramos punta de Mas al Oeste, hay una legua. Este dia hubo bonanza. Ventó noroeste y oessudueste; pero hácese ordinariamente el viento á las canales: y, así, aunque es un viento, en cada boca de canal parece otro, conforme á la derrota que corre el rompimiento de la boca y canal. Desde esta punta del Oeste descubrimos un torno de mar y tierra en redondo que llamamos Arcipielago, sembrado de muchas islillas chicas, y grandes bajos, que juzgamos haber diez leguas de travesía. Desde esta punta parece un cabo de tierra, de mar en fuera, una gran vista al oeste, que es la tierra que se continua con el Cabo de Sancta Lucía que por la mar brava descubrimos el segundo viage y descubrimiento. Este arcipiélago hace una ensenada redonda, y desde la punta del Oeste vuelve la costa al Oessudueste dos leguas, y al cabo desta dist;lncia sale la boca de la canal de Nornoroeste-susueste que descubrimos desde el monte de la Oracion. Desde esta punta del Oeste navegamos por medio del arcipiélago tres leguas al Leste, hasta unas islillas donde nos alojamos esta noche entre unos pefiascos, donde había muchos lobos marinos, que en toda la noche no hicieron sinó bramar como becerros; y, por esto, las llamamos islas de Lobos. Miércoles seis de enero salimos destas islas de Lobos con norte y nornordeste, al Oeste y Oesnoroeste tres leguas hasta un golpe de muchas islillas chicas y grandes; y al Norte dellas cerca de la mas forafia, cerca por donde ibamos navegando, está una baja cercada de hierbazal. En viendo la hierba huye della. Desde aquí parece la Mano de Júdas, de la Cordillera Nevada, que demora al Lesueste. Y desde la postrera islilla que está en la boca deste arcipiélago Nordeste-sudueste está un cabo gordo y pardo de tierra, que llamamos Cabo de Nuestra Señora de la Victoria: es negro, gordo y tajado, y hace unas manchas vetadas de blanco hacia laparte del arcipiélago, lo bajo con monte de arboleda, que es lo negro, y lo alto pelado. A los que salen deste arcipiélago por este rumbo parece estar la postrera tierra hacia el mar bravo por aquella parte: y, estando en media canal, demora este cabo de la Victoria con otro cabo que está en la otra costa de la otra parte de la canal grande del arcipiélagoque nombramos cabo de Nuestra Señora de las Virtudes, Nordeste-sudueste. Toma de la cuarta del Leste-oeste cinco leguas; y desde la postrera isla de la boca al Cabo de la Victoria, hay legua y media. Desde esta isla y bajo de la hierba fuimos al Oesnoroeste como dos leguas hasta una caleta en la costa, y allí saltamos en tierra: y, porque habíamos abierto ya el mar bravo y visto los cabos de una parte y de otra de las costas que hacen esta canal, subíeron Pedro Sarmiento, Hernando Lamero y Anton Páblos á una sierra alta de muy mal camino, gateando á peligro de despeñarnos y , desde arriba, marcamos los cabos y ensenadas que pudimos alanzar con la vista desta manera. A esta sierra donde subimos llamósede San Jusepe. Desde aquí, con una aguja de marear, marcamos la tierra y cabos. El.cabo de NuestraSeñora de la Victoria demora Norte-sur cuarta de Noroeste-sueste con el Monte de S. Jusepe dos leguas de canal enmedio sin recuestas que se parezcan; y otra mas de fuéra, que llamamos cabo de Sancta Isabel, de-mora .con el monte de San Jusepe Noroeste-sueste cuarta de Norte sur: Toma algo de la media partida, quatro leguas de canal de mar: y la tierra de Nuestra Señora de la Victoria es isla. Hay canal entre ella y el cabo de Sancta Isabel, y en medio hay muchos islotes y bajas. Desde el monte de San Jusepe demora el cabo que se continúa con el deSancta-Lucía, que descubrimos el segundo descubrimiento, al Oessudueste cuatro leguas. Hayentre este cabo y el de Sancta Lucía dos grandes ancones que tienen muchas Islillas y Baxas. Hecha esta marcacion, bajamos del monte por un despeñadero tan áspero que, cierto, tuvimos riesgo de nos despeñará cada paso y Dios nos libró deste peligro y de otros muchos. ¡A Él sean dadas infinitas gracias! Amen. Y por ser cuando bajamos á la caleta ya tarde, y venir mojados, hicimos aquí noche. Aquí entendieron los pilotos que la traza de Pedro Sarmiento y la descripcion suya era cierta en cuanto al todo. Juéves siete del mes partimos desta caleta de San]usepe, y con gran tempestad caminamos al remo la vuelta del Nordeste por la canal como seis leguas entre islas y la Tierra Grande, contra mar y viento norte y corrientes y con muchos aguaceros. Hicimos noche en una caleta al Oessudueste de la punta de Nuestra Señora de las Virtudes. El viérnes ocho del mes partimos desta caleta, y fuimos al remo con mucho viento norte y gran mar y muchos aguaceros y gran frio y, con trabajo, montamos la punta de Nuestra Señora de las Virtudes: y, ántes de llegar á ella, hallamos dos grandes ancones llenos de islillas, y bajos, y es toda tierra quebrada. Y, dobrada esta punta de las Virtudes, descubrimos otra punta al Nordeste cuarta al Norte dos leguas y, por entre una punta y otra, hay gran ensenada que entra la vuelta del Norte con muchas isletas en medio, que es toda esta tierra despedazada, y cada boca echa de sí su vientodiferente y las mas veces tormentoso.Es costa toda de peñascos, y cuasi toda brava, y el fondo a pique y malo. Por aquí va la canal á media canal Nordeste-sudueste. Cargó este dia tanto mar y viento norte y aguaceros y granizo frio que era imposible ir adelante; y volver atras era perder mucho. Por no perder lo que tanto trabajo había costado ganar, nos determinamos dar la vela baja y, con ella, navegamos al Lesnordeste como tres leguas; y, no pudiendo ir mas á la vela, amainamos, y comenzaron á bogar por doblar una punta para nos abrigar de la tempestad y corrientes: y, con grandísima fuerza de brazos, los buenos y valientes marineros rompieron la corriente, y doblaron una punta que una galera tuviera mucho que hacer en romper; y, como la tormenta cargaba cada vez mas, nos fué forzoso meternos en una caleta á repararnos por esta noche. Sábado nueve del mes salimos desta caleta, que llamamos del monte de rigo, porque tiene encima un morro que parece monte de trigo; y ántes de salir marcamos la canal de San Estevan, que es la que habiamos dejado á mano derecha en la isla de las dos Canales, como arriba se dijo; y salimos desta caleta, atravesamos á la primera punta, que está Norte-sur quarta de Norueste-sueste, una legua de la caleta. Llamamos á esta punta de San Blas. La punta de Nuestra Señora de las Mercedes demora con la de San Blas Noroeste-sueste. Desde la punta de San-Blas vuelve la canal y costa hasta otra punta, que llamamos de San Luis, Norte-Sur una legua. Por aquí tiene la canal de ancho Leste-Oeste una legua, y tiene unas isletas mas allegadas á la costa del Leste. Desde el paraje de la costa de San Luis vuelve la costa por ambas partes, y la canal al Norte cuarta del Noruestesueste. Desde la punta de San Luis, al Norte cuarta al Nordeste, como media legua, está un morro alto redondo que tiene de la banda del Sudueste una macha de nieve que hace figura de animal de cuatro pies como que está paciendo, y tiene la cola como zorra, y por esto le llamamos el morro de la Zorra; y en la costa frontera de la Zorra está un ancon Nordeste-sudueste, que es surgidero de fondo de piedra en treinta, y veinte, y quince, y diez brazas. Es abrigado del sur y norte y travesía, que en estas partes es el Oeste. Este dia nos terció el tiempo razonablemente que pudimos ir un rato á la vela. Ventó algun vahage de sur y sudueste y oeste, y todo con aguacerillos y frio y algun granizo. Este dia venimos á alcanzar alojamiento tres leguas al sur de las puntas de la isa de Dos Canales. Esta noche llovió y ventó norte furiosamente hasta buen rato de la mañana del domingo, Por aquí vimos muchas corrientes que nos detenían unas veces, especialmente en las puntas, y otras nos ayudaban conforme á las crecientes y menguantes de las maréas. El domingo diez de Enero con todo el mal tiempo que hacía de aguaceros, porque abonanzó la mar con ellos, partimos al remo; y luego, en saliendo, comenzó el Norte y Noroeste y con mucho frio y aguaceros y corrientes contrarias que hacían ir reventando a los marineros, bogando y quebrando los remos, por no arribar un palmo; porque se siente mucho perder lo que cuesta tantas gotas de sangre como estos caminos cuestan que, por no arribar, se ponían muchas veces á peligro y riesgo de ahogarse; y, demas desto, ya no teníamos comida ninguna porque habían pasado ya seis dias más del término para que habíamos llevado racion, y algunos se sentían ya muy flacos y sin fuerzas y, aun marisco, ya no hallábamos porque no se cría sinó en abrigos, y lo mas de todo esto es costa brava sin fondo. Y, con todos estos impedimentos y trabajos, este dia alcanzamos unas quebradas de muchas isletas donde en una dellas vimos dos nutrias, y úna gordisima que no se podía menear. Lúnes, once del mes, amananeció bonanza y partimos desta dormida y fuimos por el angostura, y poco despues de mediodía descubrimos el brazo de la Concepción, y Puerto Bermejo; y, queriendo ir á nos alojar á la Isla de los Ignocentes con calma, por ser léxos, pareció tarde; por lo cual, y porque entraba la maréa y viento fresco con ella, dimos la vela, y súbito cargó tanto Sudueste y Oessudueste y metió tanta mar, que un muy eran navío se viera en trabajo y arribara, si tuviera donde; y, asi, nosotros, aunque quisieramos arribar, no podíamos sin peligro de la vida; y tomar la isla no era posible; por lo cual, encomendándonos á Dios, nos aventuramos, confiados en su misericordia, de atravesar el golfete de la Concepción á la otra banda, teniendo cuenta los Pilotos con las mares, unas veces arribando, otras yendo á orza; largando y cazando escota, y los marineros achicando el agua que los golpes de mar metían en el pequeño batel, á quien guardó Nuestra Señora de Guia, cuyo nombre se le había puesto; y ansí, con su favor, venimos ántes que anocheciese á tomar la ensenada que está al Nordeste del Hocico de Caiman donde, á puesta de sol, los marineros, habiendo comido un bocado bien escaso, se determinaron de ir esta noche á los navíos, que estaban una legua escasamente; y, tomando los remos, llegaron a Hocico de Caiman; y, queriendo doblar la Punta, hallamos tanto Sur y mar, que no fué posible ir adelante. Y, por esto, y por ser muy noche, nos volvimos detrás de la punta; donde, tentando como ciegos, hallamos un pedregalejo abrigado donde nos recogimos é hicimos fuego y estuvimos esta noche. Mártes, doce del mes, partimos de aquí con bonanza, porque las mas veces las hay por las mañanas; y, mediante Dios, llegamos al Puerto-Bermejo de la-Concepcion donde hallamos los compañeros buenos de salud, que ya habian acabado el bargantin, en lo cual todos habían trabajado muy bien, y nos regocijamos unos con otros, porque los unos temíamos que á los otros les subcediese algo, porque como la tierra es de tiempos tan pesados, los que estaban en los navíos temían que nos hubiese algun golpe de mar anegado el batel, é ya trataban de irnos á buscar como debían, sinó fuera con cautela, por quel Almirante y algunos de la Almiranta decían que ellos debían de ir, y Hernando Alonso, Piloto, que nó, sinó él. Y, entendióse, que los del Almirante y él no pretendían sinó salir y dar una vuelta con el bargantin por la parte que se les antojase, y de ahí á dos dias volverse y decir que ya era perdido el General, y volverse á Chile; que era una maldad contra el servicio de Dios Nuestro Señor y de V. M. Y, por venir este dia, no hubo efecto su mala intencion. Y sea aviso, para los que por aquí hubieren de venir, que traigan los navíos cargados de cables y anclas en muy mucha abundancia, porque son mucho menester para esta tierra; porque esta tierra es muy hondable y hay muchos ratones y tormentas de vientos muy pesados; y hay muchas corrientes diversas, porque cada canal llama sus corrientes en todo este arcipiélago. Pasóse en este tercero descubrimiento grandísimo trabajo; y el mayor fué no hallar puertos seguros, y canales claras para poder llevar los navíos, aunque se hizo mucho en descubrir la salida á la mar por el Sur del Cabo de Sancta Lucía, porque, desde allí, tenía Pedro Sarmiento por cierto que á la otra salida habiamos de embocar en el estrecho, que era lo que buscábamos. Llegado Pedro Sarmiento y pilotos y compañeros a los navíos, visitó los pañoles y despensas de las naos, porque en su ausencia supo que había habido desórden, especialmente, el Almirante había mandado acrecentar la racion de pan á los soldados porque se les daba á diez onzas de ración y les mandó dar á libra á los que quedaban en el navío, sin tener consideracion á lo de alante, ni teniendo respeto a la miseria quel pobre de Sarmiento y sus compañeros pasaban en el batel. Entendióse, por lo que despues se supo, que Juan de Villalobos no pretendía sinó consumir y acabar los mantenimientos brevemente por tener ocasion para que nos volviésemos á Chile, diciendo que, por falta de comida, se volvían y que no se podía ir adelante sin ella, y procuraba hacer amigos á costa de las vidas de los que andaban trabajando para que le ayudasen en sus malos propósitos, que despues se supieron. Mas, Pedro Sarmiento, entendiendo solo la destruicion de las vituallas de la Almiranta, visitóla, y enmendó lo que era necesario, y dió las llaves que tenían despensero y guardian, á una persona sola, que fué Al Piloto Mayor, para que por su mano se distribuyese y, en dando racion, guardase las llaves; y en la Capitana quitó las llaves al Tenedor de Bastimentos, Juan de Sagasti, así por sedicioso, como por dañador de los mantenimientos, y puso otro despensero mas diligente y fiel; y mandó que se volviese á dar la racion que ántes se daba, porque mucho mas vale que digan: Aquí pasó hambre fulano y hizo lo que era obligado á Dios y á su Rey, que no digan: por desordenado se consumió, y no efectuó á lo que fué embíado. Esta reformacion fué murmurada malamente, y despues llegó á mucho riesgo; pero, en fin, se llevó adelante, porque así convenía al bien y vida de todos, porque Sarmiento siempre tuvo determinado de morir ó hacer efecto, con el ayuda de Nuestro Señor Jesu-Christo y de su benditísima Madre Santa Maria. Y, para esto, viendo la largueza del camino que se le ofrecía por delante, ibase previniendo lo mejor que Dios le daba á entender y hacia orejas sordas á palabras locas. En este puerto, Pedro Sarmiento hizo una linea meridiana en tierra, y marcó las agujas de marear; y se cebaron y adobaron y aderezaron, cebándolas y reparándolas; porque con las tormentas y humidades habían recibido mucho daño,. Y sea aviso á todos, que las que estaban bien cebadas nada nordesteaban, ni noroesteaban, sinó sólo aquella media cuarta que los aceros están trocados de la punta de la flor de lis: y es opinión de poco experimentados afirmar que hay nordestear, ó noroestear si la aguja está bien cebada y afinada; y cuando se halla algun defecto que parece tirar á esto en la aguja, es otro el secreto, que tiene remedio; y no es de aquí, por ser experiencia manual. Arriba se dijo que cuando la primera vez se llegó a este Puerto Bermejo se tomó posesión por V. M. y olvidabáse de decir cómo despues se volvió á tomar con escribano cuando la Armada estuvo aquí surta; cuyo Testimonio es el que sigue.
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La articulación en periodos de la historia del Próximo Oriente puede contribuir a una percepción más clara, frente a la aparente amalgama de pueblos sin sentido que externamente da la impresión de ser este mundo próximo oriental. Ante todo es conveniente insistir de nuevo en el larguísimo lapso de tiempo abarcado, lo que contribuye a multiplicar el volumen de protagonistas a los que hemos de prestar nuestra atención, lo que no significa que el caos predomine en aquellos estados. Si combinamos adecuadamente bloques cronológicos más o menos homogéneos con los pueblos que intervienen en la historia, podremos darnos cuenta de que el desarrollo es perfectamente comprensible, dentro de su complejidad. Desde nuestra perspectiva histórica, el punto de arranque de esta exposición debe ser el lento pero decisivo paso de la economía de recolección a la de producción; es decir, la adquisición de la agricultura como fundamento económico y, como consecuencia, principio de un nuevo orden social. Obviamente, es muy difícil precisar cuándo tiene lugar en cada región tan trascendental cambio, que es consecuencia de un largo proceso de adaptación. En Mesopotamia propiamente dicha, sabemos que sus más antiguos habitantes se instalan allí dedicados ya a actividades agrícolas en el VI Milenio, pero no empiezan a organizarse bajo estructuras estatales hasta dos milenios después. Muy avanzada la segunda mitad del IV Milenio aparecen los primeros testimonios de escritura, lo que demuestra la existencia de un ejercicio del poder centralizado, coincidente con la aparición de las primeras concentraciones urbanas propiamente dichas. Durante la segunda mitad del IV Milenio se van consolidando las distintas unidades estatales, hasta que en el cambio de milenio, en torno al 3000, comienza el llamado periodo dinástico primitivo. Éste se prolonga hasta el 2300 y corresponde a la cultura sumeria. En Egipto los orígenes de la agricultura parecen remontar al Paleolítico; sin embargo, esto no quiere decir que se hubiera pasado de la economía recolectora a la productora. En realidad, la vida sedentaria comienza en la primera mitad del V Milenio, o quizá algo antes, lo que permite establecer un período predinástico que se prolonga aproximadamente hasta el 3000, fecha en torno a la que se produciría la unificación del Alto y el Bajo Egipto. De esta manera se produce una coincidencia entre el comienzo del III Milenio y los orígenes del Antiguo Reino, que se desvanece tras la VI dinastía en medio de una tremenda descomposición política hacia el 2200. Ese es el momento en que se abre el denominado Primer Período intermedio que se prolonga hasta la dinastía XI, cuyo faraón Montuhotep restaura el poder central poco antes del 2000. Ebla, en el norte de Siria, desarrolla entre mediados del III Milenio y el 2250 su primera dinastía, con una importancia cultural extraordinaria, pues rompe la imagen que hasta finales de los años setenta se tenía sobre el mundo del Próximo Oriente en el III Milenio. Presumiblemente, el final de la dinastía de Ebla es provocado por la dinastía acadia, que entre el 2300 y el 2100 dirige los destinos de Mesopotamia por medio del imperio fundado por Sargón. Esto supone el predominio cultural semita frente al sumerio y, por otra parte, la primera unificación del territorio bajo un solo poder político, frente a los diminutos estados autónomos de la época sumeria. Al mismo tiempo, entre mediados del III Milenio y 2150, Elam desarrolla una cultura propia, primero bajo la dinastía de Awan, con sede en Susa, y posteriormente bajo la dinastía de Shimashki. Desde la caída del Imperio Acadio hasta el fin del III Milenio, la historia política de Mesopotamia está dominada por la Tercera Dinastía de Ur, que desaparece hacia el ano 2003.
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Durante el reinado de Ramsés XI, los grandes sacerdotes de Amón habían ido adquiriendo una progresiva autonomía, según se desprende de la biografía de Amenofis y su contemporáneo, el virrey de Kush, Panehesi, aunque no podamos reconstruir con precisión ni los acontecimientos históricos, ni las voluntades personales. Pero podemos aceptar una tendencia que culmina con el denominado golpe de estado que el gran sacerdote Herihor da en el año 19 del reinado de Ramsés XI. A la muerte del faraón, la división del reino es inevitable. Mientras que en el sur Herihor había sido sucedido por su hijo Piankhi aún en vida de Ramsés XI, en el norte Smendes funda una nueva dinastía, la XXI, que contará con otros seis faraones. Al parecer es entonces cuando traslada la capital a Tanis, al tiempo que es reconocido como faraón por Tebas, a pesar de no pertenecer a la familia real. Hay que admitir aquí un deseo expreso de Piankhi por no alterar la paz en Egipto, posición que avala la tendencia centrípeta del clero amonita, frente a una imagen generalizada que ve en Tebas una razón del deterioro político de Egipto. De hecho, Piankhi es comandante en jefe de los ejércitos del sur, lo que le hubiera permitido enfrentarse a Smendes. Por otra parte, la capacidad política del sacerdocio tebano se pone de manifiesto cuando Pinedjem I, hijo de Piankhi, se proclama faraón. Sin embargo, no cuaja esta línea dinástica, ya que se llega a un acuerdo de reconocimiento mutuo entre los faraones de Tanis y los sacerdotes de Tebas, que se sella con matrimonios políticos. A partir de entonces, los grandes sacerdotes, que son también comandantes militares del ejército del sur, conservan una autonomía política casi absoluta, aunque no cuestionan la integridad territorial del estado y asumen la supremacía nominal del faraón. Durante este período la escasez de alimentos en Tebas fomenta en el sur revueltas sociales que no podemos reconstruir con precisión, pero el nuevo gran sacerdote Menkheperré logra restaurar el orden. Entretanto, en Tanis sube al trono Psusenes I, que no ha legado documentos propios más que en las proximidades de Tanis. En realidad, los sacerdotes Pinedjem y Menkheperré arrebatan el protagonismo político al faraón. Pero tras los cincuenta años de gobierno de Menkheperré, sus sucesores no pudieron mantener una actuación tan destacada y no precisamente porque los sucesores de Psusenes hubieran usurpado desde el norte la iniciativa. En realidad, las excavaciones de Tanis demuestran las limitaciones del poder real. Las relaciones de intercambio con el Levante no son especialmente ricas y los monumentos de la capital se construyen con despojos de edificios más antiguos, mientras que los sacerdotes procuraban devolver el descanso a las momias de los faraones cuyas tumbas estaban siendo saqueadas. No obstante, hay sugerentes testimonios que indican algunas campañas militares en Palestina, a comienzos del siglo X, en la época de David. No podemos contextualizar estas operaciones militares en una proyectada política asiática, pero tampoco parecen alocadas correrías que buscaran prestigio en las cabalgadas; tal vez tuvieran como objetivo participar en la reestructuración de las redes comerciales que en esta época se entretejían tras el colapso generado por los movimientos de pueblos de finales del II Milenio. Al mismo tiempo, conviene destacar que estas operaciones militares estarían sometidas a la consulta del oráculo de Amón, procedimiento mediante el cual el clero mantenía una prerrogativa de control sobre las decisiones políticas. Así pues, debió de haber consentimiento por parte de los grandes sacerdotes para que los faraones reiniciaran la política asiática que tan exitosa había resultado para sus faraones modélicos, los ramésidas. La fase final de la dinastía está ocupada por Psusenes II, mientras que otro personaje homónimo, que algunos identifican como uno solo, ejercía el sacerdocio tebano. Éste se vio obligado a buscar un escondrijo seguro en Deir el-Bahari, descubierto en 1881, para las momias de grandes faraones del Imperio Nuevo. La alteración de la época no sólo se pone así de manifiesto, ya que la inestabilidad afectaba también a las colonias de extranjeros asentados en el valle. Entre ellos destacan los mercenarios libios mashwash, cuyo jefe Sheshonq solicita permiso del faraón para erigir una estatua en honor de su padre. Este príncipe bárbaro, afincado en Heracleópolis, se había refinado en la exquisita cultura egipcia cuando, a la muerte sin heredero de Psusenes II, decide dar un golpe de mano y proclamarse faraón. Se inauguraba así la XXII dinastía.
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La historia del viaje que el Almirante Don Cristóbal Colón hizo la tercera vez que vino a las Indias cuando descubrió la tierra firme, como lo envió a los Reyes desde la isla Española. Serenísimos y muy altos y muy poderosos Príncipes Rey y Reina, Nuestros Señores: La Santa Trinidad movió a Vuestras Altezas a esta empresa de las Indias, y por su infinita bondad hizo a mí mensajero de ello, al cual vine con el embajada a su real conspeto, movido como a los más altos Príncipes de cristianos y que tanto se ejercitaban en la fe y acrecentamiento de ella. Las personas que entendieron en ello lo tuvieron por imposible, y el caudal hacían sobre bienes de fortuna, y allí echaron el clavo. Puse en esto seis o siete años de grave pena, mostrando, lo mejor que yo sabía, cuánto servicio se podía hacer a Nuestro Señor en esto, en divulgar su santo nombre y fe a tantos pueblos, lo cual todo era cosa de tanta excelencia y buena fama y gran memoria para grandes Príncipes. Fue también necesario de hablar del temporal, adonde se les mostró el escribir de tantos sabios dignos de fe, los cuales escribieron historias; los cuales contaban que en estas partes había muchas riquezas, y asimismo fue necesario traer a esto el decir y opinión de aquellos que escribieron y situaron el mundo. En fin, Vuestras Altezas determinaron que esto se pusiese en obra. Aquí mostraron el grande corazón que siempre hicieron en toda cosa grande, porque todos los que habían entendido en ello y oído esta plática, todos a una mano lo tenían a burla, salvo dos frailes que siempre fueron constantes. Yo, bien que llevase fatiga, estaba bien seguro que esto no vendría a menos, y estoy de continuo, porque es verdad que todo pasará y no la palabra de Dios, y se cumplirá todo lo que dijo; el cual tan claro habló de estas tierras por la boca de Isaías en tantos lugares de su Escritura, afirmando que de España les sería divulgado su santo nombre. Y partí en nombre de la Santa Trinidad, y volví muy presto con la experiencia de todo cuanto yo había dicho en la mano. Tornáronme a enviar Vuestras Altezas, y en poco espacio, digo, no de... le descubrí, por virtud divinal, trescientas treinta y tres leguas de la tierra firme, fin de Oriente, y setecientas islas de nombre, allende de lo descubierto en el primero viaje, y le allané la isla Española, que boja más que España, en que la gente de ellas es sin cuento, y que todos le pagaren tributo. Nació allí mal decir y menosprecio de la empresa comenzada en ello, porque no había yo enviado luego los navíos cargados de oro, sin considerar la brevedad del tiempo y lo otro que yo dije de tantos inconvenientes; y en esto, por mis pecados o por mi salvación creo que será, fue puesto en aborrecimiento y dado impedimento a cuanto yo decía y demandaba. Por lo cual acordé de venir a Vuestras Altezas y maravillarme de todo y mostrarles la razón que en todo había. Y les dije de los pueblos que yo había visto, en que o de que se podrían salvar muchas ánimas, y les traje las obligaciones de la gente de la isla Española, de cómo se obligaban a pagar tributo y les tenían por sus Reyes y Señores, y les traje bastante muestra de oro, y que hay mineros y granos muy grandes, y asimismo de cobre; y les traje de muchas maneras de especierías, de que sería largo de escribir, y les dije de la gran cantidad de brasil y otras infinitas cosas. Todo no aprovechó para con algunas personas que tenían gana y dado comienzo a mal decir del negocio, ni entrar con habla del servicio de Nuestro Señor con se salvar tantas ánimas, ni a decir que esto era grandeza de Vuestras Altezas, de la mejor calidad que hasta hoy haya usado Príncipe, porque el ejercicio y gasto era para el espiritual y temporal y que no podía ser que, andando el tiempo, no hubiese la España de aquí grandes provechos, pues que se veían las señales que escribieron de lo de estas partidas tan manifiestas, que también se llegaría a ver todo el otro cumplimiento, ni a decir cosas que usaron grandes Príncipes en el mundo para crecer su fama, así como de Salomón, que envió desde Jerusalén en fin de Oriente a ver el monte Sopora, en que se detuvieron los navíos tres años, el cual tienen Vuestras Altezas ahora en la isla Española; ni de Alejandro, que envió a ver el regimiento de la isla de Trapobana en India, y Nero César a ver las fuentes del Nilo y la razón porque crecían en el verano y cuando las aguas son pocas, y otras muchas grandezas que hicieron Príncipes, y que a Príncipes son estas cosas dadas de hacer; ni valía decir que yo nunca había leído que Príncipes de Castilla jamás hubiesen ganado tierra fuera de ella, y que ésta de acá es otro mundo en que se trabajaron romanos y Alejandro y griegos, para la haber con grandes ejercicios, ni decir del presente de los Reyes de Portugal, que tuvieron corazón para sostener a Guinea y del descubrir de ella, y que gastaron oro y gente tanta, que quien contase toda la del reino se hallaría que otra tanta como la mitad son muertos en Guinea, y todavía la continuaron hasta que les salió de ello lo que parece, lo cual todo comenzaron de largo tiempo y ha muy poco que les da renta; los cuales también osaron conquistar en África y sostener la empresa a Ceuta, Tánger, Arcila y Alcázar y de continuo dar guerra a los moros, y todo esto con grande gasto, sólo por hacer cosa de Príncipe, servir a Dios y acrecentar su señorío. Cuanto yo más decía, tanto más se doblaba a poner esto a vituperio, mostrando en ello el aborrecimiento, sin considerar cuánto bien pareció en todo el mundo y cuánto bien se dijo en todos los cristianos de Vuestras Altezas por haber tomado esta empresa, que no hubo grande ni pequeño que no quisiese de ello carta. Respondiéronme Vuestras Altezas riéndose y diciendo que yo no curase de nada, porque no daban autoridad ni creencia a quien les mal decía de esta empresa. Partí en nombre de la Santísima Trinidad, miércoles 30 de mayo de la villa de Sanlúcar, bien fatigado de mi viaje, que, adonde esperaba descanso cuando yo partí de estas Indias, se me dobló la pena, y navegué a la isla de la Madera por camino no acostumbrado, por evitar escándalo que pudiera tener con un armada de Francia, que me aguardaba al Cabo de San Vicente, y de allí a las islas Canaria, de donde me partí con una nao y dos carabelas; y envié los otros navíos a derecho camino a las Indias y la isla Española. Y yo navegué al Austro con propósito de llegar a la línea equinoccial y de allí seguir al Poniente hasta que la isla Española me quedase al septentrión, y, llegado a las islas de Cabo Verde, falso nombre, porque son tan secas que no vi cosa verde en ellas y toda la gente enferma, que no ose detenerme en ellas, y navegué al Sudoeste cuatrocientas ochenta millas, que son ciento veinte leguas, adonde, en anocheciendo, tenía la estrella del Norte en cinco grados. Allí me desamparó el viento y entré en tanto ardor y tan grande que creía que se me quemasen los navíos y gente, que todo de un golpe vino tan desordenado que no había persona que osase descender debajo de cubierta a remediar la vasija y mantenimiento. Duró este ardor ocho días; al primer día fue claro, y los siete días siguientes llovió e hizo nublado; y, con todo, no hallamos remedio, que cierto si así fuera de sol como el primero, yo creo que no pudiera escapar en ninguna manera. Acordóme que, navegando a las Indias, siempre que yo paso al Poniente de las islas de los Azores cien leguas, allí hallo mudar la temperanza, y esto es todo de Septentrión en Austro; y determiné que, si a Nuestro Señor le pluguiese de me dar viento y buen tiempo que pudiese salir de adonde estaba, de dejar de ir más al Austro ni volver tampoco atrás, salvo de navegar al Poniente, tanto que ya llegase a estar con esta raya, con esperanza de que yo hallaría allí su temperamiento, como había hallado cuando yo navegaba en el paralelo de Canaria, y que, si así fuese, que entonces yo podría ir más al Austro. Y plugo a Nuestro Señor que al cabo de estos ocho días de me dar buen viento Levante; y yo seguí al Poniente, mas no osé declinar abajo al Austro porque hallé grandísimo mudamiento en el cielo y en las estrellas, mas no hallé mudamiento en la temperancia. Así acordé de proseguir delante siempre justo al Poniente, en aquel derecho de la Sierra Leona, con propósito de no mudar derrota hasta donde yo había pensado que hallaría tierra, y allí adobar los navíos y remediar si pudiese los mantenimientos y tomar agua que no tenía. Y al cabo de diecisiete días, los cuales Nuestro Señor me dio de próspero viento, martes 31 de julio, a mediodía, nos mostró tierra, y yo la esperaba el lunes antes; y tuve aquel camino hasta entonces, que en saliendo el sol, por defecto del agua que no tenía, determiné de andar a las Indias de los Caníbales, y tomé esa vuelta. Y como su Alta Majestad haya siempre usado misericordia conmigo, por acertamiento subió un marinero a la gavia y vio al Poniente tres montañas juntas. Dijimos la Salve Regina y otras prosas y dimos todos muchas gracias a Nuestro Señor, y después dejé el camino de Septentrión y volví hacia la tierra, adonde yo llegué a hora de completas, a un cabo que dije de la Galea, después de haber nombrado a la isla de la Trinidad; y allí hubiera muy buen puerto si fuera hondo, y había casas y gente y muy lindas tierras, tan hermosas y verdes como las huertas de Valencia en marzo. Pesóme cuando no pude entrar en el puerto, y corrí la costa de esta tierra del luengo hasta el Poniente, y, andadas cinco leguas, hallé muy buen fondo y surgí. Y en el otro día di la vela a este camino, buscando puerto para adobar los navíos y tomar agua y remediar el trigo y los bastimentos que llevaba. Solamente, allí tomé una pipa de agua y con ella anduve así hasta llegar al cabo, y allí hallé abrigo de Levante y buen fondo; y así mandé surgir y adobar la vasija y tomar agua y leña y descender la gente a descansar de tanto tiempo que andaban penando. A esta punta llamé del Arenal, y allí se halló toda la tierra hollada de unas animalias que tenían la pata como de cabra, y bien que según parece ser allí haya muchas, no se vio sino una muerta. El día siguiente vino de hacia Oriente una gran canoa con veinticuatro hombres, todos mancebos y muy ataviados de armas, arcos y flechas y tablachinas, y ellos, como dije, todos mancebos, de buena disposición y no negros, salvo más blancos que otros que haya visto en las Indias, y de muy lindo gesto y hermosos cuerpos y los cabellos largos y llanos, cortados a la guisa de Castilla, y traían la cabeza atada con un pañuelo de algodón tejido a labores y colores, el cual creía yo que era almaizar. Otro de estos pañuelos traían ceñido y se cobijaban con él en lugar de pañetas. Cuando llegó esta canoa habló de muy lejos. Yo ni otro ninguno no los entendíamos, salvo que yo les mandaba hacer senas que se allegasen, y en esto se pasó más de dos horas, y si se llegaban un poco luego se desviaban. Yo les hacía mostrar bacines y otras cosas que lucían, por enamorarlos porque viniesen, y al cabo de buen rato se allegaron más que hasta entonces no habían, y yo deseaba mucho haber lengua y no tenía ya cosa que me pareciese que era de mostrarles para que viniesen; salvo que hice subir un tamborín en el castillo de popa que tañesen y unos mancebos que danzasen, creyendo que se allegarían a ver las fiestas. Y, luego que vieron tañer y danzar, todos dejaron los remos y echaron mano a los arcos y los encordaron, y abrazó cada uno su tablachina y comenzaron a tirarnos flechas. Cesó luego el tañer y danzar y mandé luego sacar unas ballestas, y ellos dejáronme y fueron a más andar a otra carabela, y de golpe se fueron debajo la popa de ella; y el piloto entró con ellos y dio un sayo y un bonete a un hombre principal que le pareció de ellos, y quedó concertado que le iría a hablar allí en la playa, adonde ellos luego fueron con la canoa esperándole. Y él, como no quiso ir sin mi licencia, como ellos le vieron venir a la nao con la barca, tornaron a entrar en la canoa y se fueron, y nunca más los vi ni a otros en esta isla. Cuando yo llegué a esta punta del Arenal, allí se hace una boca grande de dos leguas de Poniente a Levante, la isla de la Trinidad con la tierra de Gracia, y que, para haber de entrar dentro para pasar al Septentrión, había unos hileros de corrientes que atravesaban aquella boca y traían un rugir muy grande. Y creí yo que sería un arrecife de bajos y peñas, por lo cual no se podría entrar dentro de ella; y detrás de este hilero había otro y otro, que todos traían un rugir grande como ola de la mar que va a romper y dar en peñas. Surgí allí a la dicha punta del Arenal, fuera de la dicha boca, y hallé que venía el agua del Oriente hasta el Poniente con tanta furia como hace el Guadalquivir en tiempo de avenida, y esto de continuo noche y día, que creía que no podría volver atrás por la corriente, ni ir adelante por los bajos. Y en la noche, ya muy tarde, estando al bordo de la nao, oí un rugir muy terrible que venía de la parte del Austro hacia la nao, y me paré a mirar y vi levantando la mar de Poniente a Levante, en manera de una loma tan alta como la nao, y todavía venía hacia mí poco a poco, y encima de ella venía un hilero de corriente que venía rugiendo con muy grande estrépito, con aquella furia de aquel rugir que de los otros hileros que yo dije me parecían ondas de mar que daban en peñas, que hoy en día tengo el miedo en el cuerpo que no me trabucasen la nao cuando llegasen debajo de ella; y pasó y llegó hasta la boca, adonde allí se detuvo grande espacio. Y el otro día siguiente envié las barcas a sondear y hallé en el más bajo de la boca que había seis o siete brazas de fondo, y de continuo andaban aquellos hileros unos por entrar y otros por salir; y plugo a Nuestro Señor de me dar buen viento, y atravesé por esa boca adentro y luego hallé tranquilidad, y por acertamiento se sacó del agua de la mar, y la hallé dulce. Navegue al Septentrión hasta una sierra muy alta, adonde serían veintiséis leguas de esta punta del Arenal, y allí había dos cabos de tierra muy alta, el uno de la parte del Oriente, y era de la misma isla de la Trinidad, y el otro del Occidente de la tierra que dije de Gracia, y allí hacía una boca muy angosta, más que aquella de la punta del Arenal, y allí había los mismos hileros y aquel rugir fuerte del agua como era en la punta del Arenal, y asimismo allí la mar era agua dulce. Y hasta entonces ya no había habido lengua con ninguna gente de estas tierras, y lo deseaba en gran manera, y por esto navegué al luengo de la costa de esta tierra hacia el Poniente; y cuanto más andaba el agua de la mar más dulce y más sabrosa, y andando una gran parte, llegué a un lugar donde me parecían las tierras labradas, y surgí y envié las barcas a tierra, y hallaron que de fresco se había ido de allí gente, y hallaron todo el monte cubierto de gatos paúles. Volviéronse y, como ésta fuese sierra, me pareció que más allá al Poniente las tierras eran más llanas y que allí sería poblado, y por esto sería poblado. Y mandé levantar las anclas y corrí esta costa hasta el cabo de esta sierra, y allí a un río surgí y luego vino mucha gente, y me dijeron cómo llamaron a esta tierra Paria y que de allí más al Poniente era más poblado. Tomé de ellos cuatro, y después navegué al Poniente y, andadas ocho leguas más al Poniente, allende una punta a la que llamé de la Aguja, hallé unas tierras las más hermosas del mundo y muy pobladas. Llegué allí una mañana a hora de tercia, y por ver esta verdura y esta hermosura acordé surgir y ver esta gente, de los cuales luego vinieron en canoas a la nao a rogarme de parte de su rey que descendiese en tierra. Y cuando vieron que no curé de ellos, vinieron a la nao infinitísimos en canoas, y muchos traían piezas de oro al pescuezo, y algunos atados a los brazos algunas perlas. Holgué mucho cuando las vi, y procuré mucho de saber dónde las hallaban, y me dijeron que allí y de la parte del Norte de aquella tierra. Quisiera detenerme, mas estos bastimentos que yo traía, trigo y vino y carne para esta gente que acá está se me acababan de perder, los cuales hube allá con tanta fatiga, y por esto yo no buscaba sino a más andar a venir a poner en ellos cobro y no me detener para cosa alguna. Procuré de haber de aquellas perlas y envié las barcas a tierra. Esta gente es muy mucha y toda de muy buen parecer, de la misma color que los otros de antes y muy tratables. La gente nuestra que fue a tierra los hallaron tan convenibles y los recibieron muy honradamente. Dicen que, luego que llegaron las barcas a tierra, que vinieron dos personajes principales con todo el pueblo, creen que el uno el padre y el otro era su hijo, y los llevaron a una casa muy grande hecha a dos aguas y no redonda como tienda de campo, como son estas otras, y allí tenían muchas sillas adonde los hicieron sentar y otras donde ellos se sentaron; e hicieron traer pan y de muchas maneras frutas y vino de muchas maneras blanco y tinto, mas no de uvas: debe él de ser de diversas maneras, uno de una fruta y otro de otra, y asimismo debe de ser de ello de maíz, que es una simiente que hace una espiga como una mazorca, de que llevé yo allá y hay ya mucho en Castilla, y parece que aquel que lo tenía lo traía por mayor excelencia y lo daba en gran precio. Los hombres todos estaban juntos a un cabo de la casa y las mujeres en otro. Recibieron ambas las partes gran pena porque no se entendían, ellos para preguntar a los otros de nuestra patria y los nuestros por saber de la suya. Y, después que hubieron recibido colación allí en casa del más viejo, los llevó el mozo a la suya, e hizo otro tanto, y después se pusieron en las barcas y se vinieron a la nao, y yo luego levanté las anclas porque andaba mucho de prisa por remediar los mantenimientos que se me perdían que yo había habido con tanta fatiga, y también por remediarme a mí que había adolecido por el desvelar de los ojos, que bien que en el viaje en que yo fui a descubrir la tierra firme estuviese treinta y tres días sin concebir sueño y estuviese tanto tiempo sin vista, no se me dañaron los ojos, ni se me rompieron de sangre y con tantos dolores como ahora. Esta gente, como ya dije, son todos de muy linda estatura, altos de cuerpo y de muy lindos gestos, los cabellos muy largos y llanos, y traen las cabezas atadas con unos pañuelos labrados, como ya dije, hermosos, que parecen de lejos de seda y almaizares: otro traen ceñido más largo, que se cobijan con él en lugar de pañetas, así hombres como mujeres. La color de esta gente es más blanca que otra que haya visto en las Indias; todos traían al pescuezo y a los brazos algo a guisa de estas tierras, y muchos traían piezas de oro bajo colgado al pescuezo. Las canoas de ellos son muy grandes y de mejor hechura que no son estas otras, y más livianas, y en el medio de cada una tienen un apartamiento como cámara, en que vi que andaban los principales con sus mujeres. Llamé allí a este lugar Jardines, porque así conforman por el nombre. Procuré mucho de saber dónde cogían aquel oro, y todos me señalaban una sierra frontera de ellos al Poniente, que era muy alta, mas no lejos; mas todos me decían que no fuese allá porque allí comían los hombres, y entendí entonces que decían que eran hombres caníbales y que serían como los otros, y después he pensado que podría ser que lo decían porque allí habría animalias. También les pregunté adónde cogían las perlas, y me señalaron también que al Poniente y al Norte detrás de esta tierra donde estaban. Dejélo de probar por esto de los mantenimientos y del mal en mis ojos y por una nao grande que traigo que no es para semejante hecho. Y como el tiempo fue breve, se pasó todo en preguntas y se volvieron a los navíos, que sería hora de vísperas, como ya dije, y luego levanté las anclas y navegué al Poniente; y asimismo el día siguiente, hasta que me hallé que no había sino tres brazas de fondo, con creencia que todavía ésta sería isla y que yo podría salir al Norte; y, así visto, envié una carabela sutil adelante, a ver si había salida o si estaba cerrado, y así anduvo mucho camino, hasta un golfo muy grande en el cual parecía que había otros cuatro medianos, y del uno salía un río grandísimo. Hallaron siempre cinco brazas de fondo y el agua muy dulce, en tanta cantidad que yo jamás bebíla pareja de ella. Fui yo muy descontento de ella, cuando vi que no podía salir al Norte ni podía andar ya al Austro ni al Poniente, porque yo estaba cercado por todas partes de la tierra, y así, levanté las anclas y torné atrás, para salir al Norte por la boca que yo arriba dije, y no pude volver por la población adonde yo había estado, por causa de las corrientes que me habían desviado de ella. Y siempre en todo cabo hallaba el agua dulce y clara y que me llevaba al Oriente muy recio hacia las dos bocas que arriba dije; y entonces conjeturé que los hilos de la corriente y aquellas lomas que salían y entraban en estas bocas con aquel rugir tan fuerte, que era pelea del agua dulce con la salada. La dulce empujaba a la otra porque no entrase, y la salada porque la otra no saliese; y conjeturé que allí donde son estas dos bocas que algún tiempo sería tierra continua a la isla de la Trinidad con la tierra de Gracia, como podrán ver Vuestras Altezas por la pintura de lo que con ésta les envío. Salí yo por esta boca del Norte y hallé que el agua dulce siempre vencía, y cuando pasé, que fue con fuerza de viento, estando en una de aquellas lomas, hallé en aquellos hilos de la parte de dentro el agua dulce y de fuera salada. Cuando yo navegué de España a las Indias, hallo luego, en pasando cien leguas a Poniente de los Azores, grandísimo mudamiento en el cielo y en las estrellas y en la temperancia del aire y en las aguas de la mar, y en esto he tenido mucha diligencia en la experiencia. Hallo que de Septentrión en Austro, pasando las dichas cien leguas de las dichas islas, que luego en las agujas de marear, que hasta entonces nordesteaban, noroestean una cuarta de viento todo entero, y esto es en allegando allí a aquella línea, como quien traspone una cuesta, y asimismo hallo la mar toda llena de hierba de una calidad que parece ramitos de pino y muy cargada de fruta como de lentisco, y es tan espesa que al primer viaje pensé que era bajo y que daría en seco con los navíos, y hasta llegar con esta raya no se halla un solo ramito. Hallo también, en llegando allí, la mar muy suave y llana y, bien que ventee recio, nunca se levanta. Asimismo, hallo dentro de la dicha raya, hacia Poniente, la temperancia del cielo muy suave, y no discrepa de la cantidad, que sea invierno, que sea en verano. Cuando allí estoy, hallo que la estrella del Norte escribe un círculo, el cual tiene en el diámetro cinco grandes y, estando las Guardas en el brazo derecho, entonces está la estrella en el más bajo, y se va alzando hasta que llega al brazo izquierdo, y entonces está cinco grados; y de allí se va bajando hasta llegar a volver otra vez al brazo derecho. Yo llegué ahora de España a la isla de la Madera, y de allí a la Canaria, y dende a las islas de Cabo Verde, de donde acometí el viaje para navegar al Austro hasta debajo de la línea equinoccial, como ya dije. Llegando a estar en derecho con el paralelo que pasa por Sierra Leona en Guinea, hallo tan grande ardor y los rayos del sol tan calientes que pensaba de quemar y, bien que lloviese y el cielo fuese muy turbado, siempre yo estaba en esta fatiga, hasta que Nuestro Señor proveyó de buen viento y a mí puso en voluntad que yo navegase al Occidente con este esfuerzo, que, en llegando a la raya de que yo dije, que allí hallaría mudamiento en la temperancia. Después que yo emparejé a estar en derecho de esta raya, luego hallé la temperancia del cielo muy suave, y cuanto más andaba adelante más multiplicaba; mas no hallé conforme a esto las estrellas. Hallé allí que, en anocheciendo, tenía yo la estrella del Norte alta cinco grados, y entonces las Guardas estaban encima de la cabeza, y después, a la media noche, hallaba la estrella alta diez grados y, en amaneciendo, que las Guardas estaban en los pies quince. La suavidad de la mar hallé conforme, mas no en la hierba: en esto de la estrella del Norte tomé grande admiración, y por esto muchas noches con mucha diligencia tornaba yo a replicar la vista de ella con el cuadrante, y siempre hallé que caía el plomo e hilo a un punto. Por cosa nueva tengo yo esto, y podrá ser que será tenida que en poco espacio haga tanta diferencia el cielo. Yo siempre leí que el mundo, tierra y agua, era esférico, y las autoridades y experiencias que Ptolomeo y todos los otros escribieron de este sitio daban y mostraban para ello, así por eclipses de la Luna y otras demostraciones que hacen de Oriente hasta Occidente, como de la elevación del polo de Septentrión en Austro. Ahora vi tanta disconformidad, como ya dije, y por esto me puse a tener esto del mundo, y hallé que no era redondo en la forma que escriben; salvo que es de la forma de una pera que sea toda muy redonda, salvo allí donde tiene el pezón, que allí tiene más alto, o como quien tiene una pelota muy redonda, y en lugar de ella fuese como una teta de mujer allí puesta, y que esta parte de este pezón sea la más alta y mas próxima al cielo y sea debajo la línea equinoccial y en esta Mar Océana el fin del Oriente. Llamo yo fin de Oriente a donde acaba toda la tierra e islas, y para esto allego todas las razones sobrescritas de la raya que pasa al Occidente de las islas de los Azores cien leguas de Septentrión en Austro, que, en pasando de allí al Poniente, ya van los navíos alzándose hacia el cielo suavemente, y entonces se goza de más suave temperancia y se muda la aguja de marear por causa de la suavidad de esa cuarta de viento, y cuanto más va adelante y alzándose más, noroestea, y esta altura causa el desvariar del círculo que escribe la estrella del Norte con las Guardas, y cuanto más pasare junto con la línea equinoccial, más se subirán en alto y más diferencia habrá en las dichas estrellas y en los círculos de ellas. Y Ptolomeo y los otros sabios que escribieron de este mundo creyeron que era esférico, creyendo que este hemisferio que fuese redondo como aquél de allí donde ellos estaban, el cual tiene el centro en la isla de Arin, que es debajo de la línea equinoccial entre el seno Arábigo Y aquél de Persia, y el círculo que pasa sobre el Cabo de San Vicente en Portugal por el Poniente, y pasa en Oriente por Catigara y por las Seras, en el cual hemisferio no hago yo que hay ninguna dificultad, salvo que sea esférico redondo como ellos dicen. Mas este otro digo que es como sería la mitad de la pera bien redonda, la cual tuviese el pezón alto, como yo dije, o como una teta de mujer en una pelota redonda. Así que de esta media parte no hubo noticia Ptolomeo ni los otros que escribieron del mundo, por ser muy ignoto; solamente hicieron raíz sobre el hemisferio adonde ellos estaban, que es redondo esférico, como arriba dije. Y ahora que Vuestras Altezas lo han mandado navegar y buscar y descubrir, se muestra evidentísimo, porque estando yo en este viaje al Septentrión veinte grados de la línea equinoccial, allí era en derecho de Hargín y de aquellas tierras, y allí es la gente negra y la tierra muy quemada, y después que fui a las islas de Cabo Verde, allí en aquellas tierras es la gente mucho mas negra, y cuanto más bajo se van al Austro tanto más llegan al extremo, en manera que allí en derecho donde yo estaba, que es la Sierra Leona, adonde se me alzaba la estrella del Norte en anocheciendo cinco grados, allí es la gente negra en extrema cantidad, y después que de allí navegué al Occidente tan extremos calores, y, pasada la raya de que yo dije, hallé multiplicar la temperancia, andando en tanta cantidad que cuando yo llegué a la isla de la Trinidad, adonde la estrella del Norte en anocheciendo también se me alzaba cinco grados, allí y en la tierra de Gracia hallé temperancia suavísima y las tierras y árboles muy verdes y tan hermosos como en abril en las huertas de Valencia; y la gente de allí de muy linda estatura y blancos más que otros que haya visto en las Indias, y los cabellos muy largos y llanos, y gente más astuta y de mayor ingenio, y no cobardes. Entonces era el sol en Virgo, encima de nuestras cabezas y suyas, así que todo esto procede por la suavísima temperancia que allí es, la cual procede por estar más alto en el mundo, más cerca del aire que cuento; y así me afirmo que el mundo no es esférico, salvo que tiene esta diferencia que ya dije, la cual es en este hemisferio adonde caen las Indias y la Mar Océana, y el extremo de ello es debajo la línea equinoccial, y ayuda mucho a esto que sea así, porque el Sol, cuando Nuestro Señor lo hizo, fue en el primer punto de Oriente, o la primera luz fue aquí en Oriente, allí donde es el extremo de la altura de este mundo. Y bien que el parecer de Aristóteles fuese que el polo Antártico o la tierra que es debajo de él sea la más alta parte en el mundo y más próxima al cielo, otros sabios le impugnan, diciendo que es ésta que es debajo del ártico, por las cuales razones parece que entendían que una parte de este mundo debía de ser mas próxima y noble al cielo que otra, y no cayeron en esto que sea debajo del equinoccial por la forma que yo dije, y no es maravilla, porque de este hemisferio no se hubiese noticia cierta, salvo muy liviana y por argumento, porque nadie nunca lo ha andado ni enviado a buscar hasta ahora que Vuestras Altezas le mandaron explorar y descubrir la mar y la tierra. Hallo que de allí de estas dos bocas, las cuales, como yo dije, están frontero por línea de Septentrión en Austro, que haya de la una a la otra veintiséis leguas, y no pudo haber en ello yerro, porque se midieron con cuadrante, y de estas dos bocas de Occidente hasta el golfo que yo dije, al cual llamé de las Perlas, que son sesenta y ocho leguas de cuatro millas cada una, como acostumbramos en la mar, y que de allá de este golfo corre de continuo el agua muy fuerte hacia el Oriente, y que por esto tienen aquel combate estas dos bocas con la salada. En esta boca de Austro a la que yo llamé de la Sierpe, hallé, en anocheciendo, que yo tenía la estrella del Norte alta casi cinco grados, y en aquella otra del Septentrión que yo llamé del Dragón, eran casi siete, y hallo que el dicho golfo de las Perlas está occidental al Occidente del de Ptolomeo casi tres mil novecientas millas, que son casi setenta grados equinocciales, contando por cada uno cincuenta y seis millas y dos tercios. La Sacra Escritura testifica que Nuestro Señor hizo al Paraíso Terrenal y en él puso el árbol de la vida, y de él sale una fuente de donde resultan en este mundo cuatro ríos principales: Ganges en India, Tigris y Eufrates en..., los cuales apartan la sierra y hacen la Mesopotamia y van a tener en Persia, y el Nilo que nace en Etiopía y va en la mar en Alejandría. Y no hallo ni jamás he hallado escritura de latinos ni de griegos que certificadamente diga el sitio en este mundo del Paraíso Terrenal, ni visto en ningún mapamundo, salvo situado con autoridad de argumento. Algunos le ponían allí donde son las fuentes del Nilo en Etiopía; mas otros anduvieron todas estas tierras y no hallaron conformidad de ello en la temperancia del cielo o en la altura hacia el cielo, porque se pudiese comprender que él era allí, ni que las aguas del diluvio hubiesen llegado allí, las cuales subieron encima, etc. Algunos gentiles quisieron decir por argumentos que él era en las islas Afortunadas, que son las Canarias, etc. San Isidoro y Beda y Estrabón y el Maestro de la Historia Scolástica y San Ambrosio y Scoto y todos los sacros teólogos conciertan que el Paraíso Terrenal es en el Oriente, etc... Ya dije lo que yo hallaba de este hemisferio y de la hechura, y creo que si yo pasara por debajo de la línea equinoccial, en llegando allí, en esto que más alto que hallara muy mayor temperancia y diversidad en las estrellas y en las aguas; no porque yo crea que allí, donde es la altura del extremo, sea navegable, ni sea agua, ni que se pueda subir allá, porque creo que allí es el Paraíso Terrenal, adonde no puede llegar nadie, salvo por voluntad divina. Y creo que esta tierra que ahora mandaron descubrir Vuestras Altezas sea grandísima y haya otras muchas en el Austro de que jamás se hubo noticia. Yo no tomo que el Paraíso Terrenal sea en forma de montaña áspera como el escribir de ellos nos muestra, salvo que él sea en el colmo, allí donde dije la figura del pezón de la pera, y que poco a poco, andando hacia allí, desde muy lejos se va subiendo a él; y creo que nadie no podría llegar al colmo como yo dije, y creo que pueda salir de allí esa agua, bien que sea de lejos y venga a parar allí donde yo vengo y haga este lago. Grandes indicios son éstos del Paraíso Terrenal, porque el sitio es conforme a la opinión de estos santos y sacros teólogos, y asimismo las señales son muy conformes, que yo jamás leí ni oí que tanta cantidad de agua dulce fuese así dentro y vecina con la salada; y en ello ayuda asimismo la suavísima temperancia. Y si de allí del Paraíso no sale, parece aún mayor maravilla, porque no creo que se sepa en el mundo de río tan grande y tan hondo. Después que yo salí de la boca del Dragón, que es la una de las dos aquellas del Septentrión a la cual así puse nombre, el día siguiente, que fue día de Nuestra Señora de Agosto, hallé que corría tanto la mar al Poniente que después de hora de misa, que entré en camino, anduve hasta hora de completas sesenta y cinco leguas de cuatro millas cada una, y el viento no era demasiado, salvo muy suave. Y esto ayuda al conocimiento que de allí yendo al Austro se va más alto, y andando hacia el Septentrión, como entonces, se va descendiendo. Muy conocido tengo que las aguas de la mar llevan su curso de Oriente a Occidente con los cielos, y que allí en esta comarca cuando pasan llevan más veloces camino, y por esto han comido tanta parte de la tierra, porque por eso son acá tantas islas, y ellas mismas hacen de esto testimonio, porque todas a una mano son largas de Poniente a Levante y Noroeste a Sudeste, que es un poco más alto y bajo, y angostas de Norte a Sur y Nordeste Sudoeste, que son en contrario de los otros dichos vientos, y aquí en ellas todas nacen cosas preciosas, por la suave temperancia que les procede del cielo, por estar hacia el más alto del mundo. Verdad es que parece en algunos lugares que las aguas no hagan este curso; mas esto no es, salvo particularmente en algunos lugares donde alguna tierra le está al encuentro, y hace parecer que andan diversos caminos. Plinio escribe que la mar y la tierra hace todo una esfera, y pone que esta Mar Océana sea la mayor cantidad del agua, y está hacia el cielo, y que la tierra sea debajo y que le sostenga, y mezclado es uno con otro como el amargo de la nuez con una tela gorda que va abrazado en ello. El Maestro de la Historia Scolástica, sobre el Génesis, dice que las aguas son muy pocas, que bien que cuando fueron creadas que cobijasen toda la tierra, que entonces eran vaporables en manera de niebla, y que después que fueron sólidas y juntadas, que ocuparon muy poco lugar. Y en esto concierta Nicolao de Liria. El Aristóteles dice que este mundo es pequeño y es el agua muy poca y que fácilmente se puede pasar de España a las Indias, y esto confirma el Avenruyz y le alega el Cardenal Pedro de Aliaco, autorizando este decir y aquél de Séneca, el cual conforma con éstos diciendo que Aristóteles pudo saber muchos secretos del mundo a causa de Alejandro Magno, y Séneca a causa de César Nero, y Plinio por respecto de los romanos, los cuales todos gastaron dineros y gente y pusieron mucha diligencia en saber los secretos del mundo y darlos a entender a los pueblos; el cual cardenal da a éstos grande autoridad, más que a Ptolomeo ni a otros griegos ni árabes. Y a confirmación de decir que el agua sea poca y que el cubierto del mundo de ella sea poco, al respecto de lo que se decía por autoridad de Ptolomeo y de sus secuaces, a esto trae una autoridad de Esdras, del tercero libro suyo, adonde dice que de siete partes del mundo las seis son descubiertas y la una es cubierta de agua, la cual autoridad es aprobada por santos, los cuales dan autoridad al tercero y cuarto libro de Esdras, así como es San Agustín y San Ambrosio en su Examerón, adonde alega: "allí vendrá mi hijo Jesús y morirá mi hijo Cristo", y dicen que Esdras fue profeta, y asimismo Zacarías, padre de San Juan, y el beato Simón, las cuales autoridades también alega Francisco de Mairones: en cuanto en esto del enjuto de la tierra mucho se ha experimentado que es mucho más de lo que el vulgo era; y no es maravilla, porque, andando más, más se sabe. Torno a mi propósito de la tierra de Gracia y río y lago que allí hallé, tan grande que más se le puede llamar mar que lago, porque lago es lugar de agua, y en siendo grande se dice mar, como se dijo a la mar de Galilea y al mar Muerto. Y digo que, si no procede del Paraíso Terrenal, que viene este río y procede de tierra infinita, puesta al Austro, de la cual hasta ahora no se ha habido noticia, mas yo muy asentado tengo en el ánima que allí adonde dije es el Paraíso Terrenal, y descanso sobre razones y autoridades sobrescritas. Plega a Nuestro Señor de dar mucha vida y salud y descanso a Vuestras Altezas para que puedan proseguir esta tan noble empresa, en la cual me parece que recibe Nuestro Señor mucho servicio, y la España crece de mucha grandeza, y todos los cristianos mucha consolación y placer, porque aquí se divulgará el nombre de Nuestro Señor, y en todas las tierras adonde los navíos de Vuestras Altezas van y en todo cabo mando plantar una alta cruz, y a toda la gente que hallo notifico el estado de Vuestras Altezas y cómo su asiento es en España, y les digo de nuestra santa fe todo lo que yo puedo, y de la creencia de la Santa Madre Iglesia, la cual tiene sus miembros en todo el mundo, y les digo la policía y nobleza de todos los cristianos y la fe que en la Santa Trinidad tienen; y plega a Nuestro Señor de tirar de memoria a las personas que han impugnado e impugnan tan excelente empresa e impiden e impidieron porque no vaya adelante, sin considerar cuánta honra y grandeza es del real estado de Vuestras Altezas en todo el mundo. No saben qué entreponer y mal decir de esto, salvo que se hace gasto en ello y porque luego no enviaron los navíos cargados de oro, sin considerar la brevedad del tiempo y tantos inconvenientes corno acá se han habido, y no considerar que en Castilla, en casa de Vuestras Altezas, salen cada año personas que por su merecimiento ganaron en ella más de renta cada uno de ellos más de lo que es necesario que se gaste en esto; asimismo sin considerar que ningunos Príncipes de España jamás ganaron tierra alguna fuera de ella, salvo ahora que Vuestras Altezas tienen acá otro mundo, de donde puede ser tan acrecentada nuestra santa fe y de donde se podrán sacar tantos provechos, que bien que no se hayan enviado los navíos cargados, se han enviado suficientes muestras de ello y de otras cosas de valor, por donde se puede juzgar que en breve tiempo se podrá haber mucho provecho, y sin mirar el gran corazón de los príncipes de Portugal, que ha tanto tiempo que prosiguen la empresa de Guinea y prosiguen aquella de África, adonde han gastado la mitad de la gente de su reino, y ahora está el Rey más determinado a ello que nunca. Nuestro Señor provea en esto, como yo dije, y les ponga en memoria de considerar de todo esto que va escrito, que no es de mil partes la una de lo que yo podría escribir de cosas de Príncipes que se ocuparon a saber y conquistar y sostener. Todo esto dije, y no porque crea que la voluntad de Vuestras Altezas sea salvo proseguir en ello en cuanto vivan, y tengo por muy firme lo que me respondió Vuestra Alteza una vez que por palabra le decía de esto, no porque yo hubiese visto mudamiento ninguno en Vuestras Altezas, salvo por temor de lo que yo oía de éstos que yo digo, y tanto da una gotera de agua en una piedra que le hace un agujero; y Vuestra Alteza me respondió con aquel corazón que se sabe en todo el mundo que tiene, y me dijo que no curase de nada de eso, porque su voluntad era de proseguir esta empresa y sostenerla, aunque no fuese sino piedras y peñas y que el gasto que en ello se hacía que lo tenía en nada, que en otras cosas no tan grandes gastaban mucho más, y que lo tenían todo por muy bien gastado, lo del pasado y lo que se gastase en adelante, porque creían que nuestra fe sería acrecentada y su real señorío ensanchado, y que no eran amigos de su real estado aquellos que les mal decían de esta empresa. Y ahora, entre tanto que vengan noticias de esto, de estas tierras que ahora nuevamente he descubierto, en que tengo sentado en el ánima que allí es el Paraíso Terrenal, irá el Adelantado con tres navíos bien ataviados para ello a ver más adelante, y descubrirán todo lo que pudiera hacia aquellas partes. Entretanto, yo enviaré a Vuestras Altezas esta escritura y la pintura de la tierra, y acordarán lo que en ello se deba hacer y me enviarán a mandar, y se cumplirá con ayuda de la Santa Trinidad, con toda diligencia en manera que Vuestras Altezas sean servidos y hayan placer. Deo gracias.
contexto
Los guteos lograron establecer un dominio parcial en el sur mesopotámico durante un período que oscila entre cuarenta y noventa anos, según los especialistas. Sin embargo, no consiguieron mantener la unidad del territorio bajo su control, de manera que no ejercieron más que un poder nominal sobre comunidades que cada vez actuaban con mayor autonomía. En realidad da la impresión de que, eliminado el sistema imperial tributario, cada una de las antiguas unidades estatales iba recuperando su autonomía en vista de la incapacidad de los guteos para recomponer el sistema. Una de las ciudades que antes recupera su autogobierno es Lagash, cuya segunda dinastía ha proporcionarlo una abundantísima información, ente la que destaca la de su ensi Gudea. Parece desprenderse de la documentación que Lagash ejerce una cierta soberanía entre las viejas ciudades sumerias, con las que mantiene una relación no beligerante. Pero interesa más destacar la imagen de relanzamiento económico que se observa por la intensa actividad constructiva, comercial, artesanal e incluso financiera. Síntoma evidente de todo ello es la abundancia de estatuas de Gudea, que expresan la capacidad de acumulación de riqueza que ha recuperado el monarca. Precisamente es en el ámbito artístico en el que se aprecia con mayor claridad un retorno al sereno y estático estilo sumerio, que ha propiciado la parcial denominación de renacimiento sumerio a esta época en la que conviven dinastas guteos con formas de gobierno acadias y tradiciones propiamente sumerias. El declive de la dinastía de Lagash coincide con el ascenso de Uruk, a cuyo frente se encuentra el monarca Utuhegal. Al parecer éste forma una coalición de ciudades sumerias para acabar con el predominio guteo: "Enlil el rey de todas las tierras, encargó a Utuhegal, el hombre fuerte, el rey de Uruk, el rey de las cuatro regiones, el rey que no falta a su palabra, la misión de aniquilar el nombre de Gutium... Tiriqan se tendió a los pies de Utuhegal, el rey. Este le paso el pie en la nuca... Restableció la realeza en Súmer". Así expresan las fuentes el final del último de los reyes guteos, que no es más que el capítulo con el que concluye el proceso de independencia de las distintas ciudades-estado sumerias, que recuperan de este modo, en cierta medida, la libertad que el Imperio Acadio les había arrebatado. Sin embargo, el gobernador (shagin) de Ur, llamado Urnammu, da un golpe de estado mediante el cual derroca a su antiguo señor y unifica la Baja Mesopotamia, que queda sometida a la III dinastía de Ur. Ahora el título oficial será el de rey de Sumer y Acad, con el que se pretende demostrar la unidad recobrada, herencia del imperio acadio. Urnammu desea, al mismo tiempo, mostrarse continuador de la tradición sumeria para lo que esgrime un ficticio parentesco con Gilgalmesh, e incluso para demostrar su sintonía con los dioses erige el primer zigurat, torre escalonada en cuya cúspide se alza el santuario del dios principal, en esta ocasión dedicado al dios luna Nannar. Se trata de una construcción imponente, que lleva a sus últimas consecuencias la tendencia al distanciamiento cada vez más acusado entre los dioses y los hombres, propiciado por la elite dominante. Su atrevida arquitectura demuestra que los dioses aceptan a los nuevos dinastas, que confirman de esa manera haber sido elegidos por ellos para dirigir los destinos del nuevo imperio restaurado. Este imperio presenta algunas novedades desde el punto de vista administrativo pues, siguiendo la tendencia inaugurada por Sargón, al frente de las ciudades se colocan funcionarios (ensi), que sustituyen definitivamente a los dinastas locales, y junto a ellos aparece un gobernador militar (shagin); así se configuran formalmente las provincias que generan un sistema burocrático mucho más complejo, frente a los imperios precedentes que en gran medida no eran más que impresionantes redes comerciales. Es el primer paso para lograr la cohesión interna del estado, fortalecida por la redacción de un código de leyes, basado en la reparación económica de los daños, destinado a unificar los criterios legales del territorio y, especialmente, a garantizar el correcto funcionamiento de la actividad económica. Nada análogo a ello hay en el mundo egipcio, debido a la diferente concepción del poder real existente en ambos estados. Esta medida se ve acompañada por otras de carácter administrativo, como la unificación de pesos y medidas o la elaboración de un catastro. Todo ello está enmarcado en una nueva propaganda política en la que se destaca el papel integrador del monarca, en toda la actividad económica, desde la producción hasta la redistribución de la riqueza generada. Los sucesores de Urnammu, Shulgi, Amarsin y Shusin, se ven obligados a fortalecer las fronteras del norte, destinadas a controlar a los hurritas, y del oeste, por donde los peligrosos martu (los amorreos) amenazan la integridad del Estado. Pero durante el reinado de Ibbisin la presión externa se hace insostenible, el muro de los amorreos erigido por Shusin es arrasado y los invasores se instalan en Larsa. La desintegración permite al gobernador de Isin, Ishbi-Erra, declarar su independencia y, quince años más tarde, una coalición de los elamitas, que habían sido sometidos por Shulgi, con otros habitantes del Zagros derrota en 2003 a Ibbisin y lo apresan. Ese será el último acto conocido de la historia de la III dinastía de Ur. Si desde el punto de vista administrativo destaca la pesada maquinaria burocrática al servicio de un poder cada vez más centralizado y mejor articulado jerárquicamente, que culmina en la figura del rey divinizado, desde el punto de vista económico se observa un decrecimiento de las aldeas rurales, lo que supone una disminución de campesinos propietarios. Esta dinámica se va a mantener durante todo el periodo Paleobabilónico y tiene como efecto secundario el incremento demográfico de las ciudades y, naturalmente, el aumento de mano de obra asalariada (mushkenu), que los sitúa en una posición intermedia entre los verdaderamente libres y los esclavos. De esta manera, la ciudad va adquiriendo una fisonomía cada vez más compleja y diversificada, que la distancia progresivamente del mundo rural circundante. En definitiva se va polarizando la tensión campo/ciudad en la misma medida en que se distancian las formas de vida de los productores y quienes administran los recursos. La riqueza generada en el campo se transforma en obras públicas, infraestructurales (como los canales) en el ámbito rural, suntuarias y propagandísticas en la ciudad, lo cual puede ser entendido como proyección de la diferente voluntad política en uno u otro ámbito. En cualquier caso, la gran cantidad de obras públicas emprendidas demuestra que el período de Ur III fue de gran prosperidad económica y a ello contribuyó decisivamente la intensa actividad comercial, sometida a las redes estatales y escasamente articulada en torno a la iniciativa privada. Aquí, como en los demás ámbitos productivos, el templo conserva una posición básica como eslabón entre las unidades productivas elementales y la cúspide del sistema. La III dinastía de Ur había llevado a sus últimas consecuencias la combinación de los distintos sistemas de explotación, buscando un difícil equilibrio entre el sistema reticular comercial, el tributario provincial y el expansivo militar. Pero las tensiones de orden interno y los desequilibrios externos que ese sistema generaba eran de tal magnitud que lo hacían sumamente vulnerable ante una presión sobreañadida. Ésta vino desde Elam y tuvo como consecuencia no sólo el derrumbamiento de la estructura política, sino la recesión del sumerio en beneficio del acadio y sus formas derivadas del II Milenio. Muy pronto, pues, el sumerio sería una lengua muerta, mantenida artificialmente en la "eduba", la casa de las tablillas, donde los aprendices de escriba hacían prácticas con ella.
contexto
La subida al trono de Perseo, hijo mayor de Filipo V, en el 179 a.C. tuvo como consecuencia un cambio de la línea política en Macedonia. Ciertamente Perseo renovó el tratado de alianza con Roma, pero la personalidad del nuevo rey y su hábil política le convirtieron pronto en cabeza de toda la oposición que en Grecia iba surgiendo contra Roma. Su ofensiva diplomática consiguió que las relaciones entre Perseo y la confederación aquea se normalizaran. Selló un tratado de alianza con Beocia, se casó en el 178 con Laodicea, hija de Seleuco IV de Siria, y consolidó, en términos generales, su prestigio en el mundo griego. Perseo logró convencer a una parte importante de los griegos de que Macedonia constituía un contrapeso indispensable frente a Roma, a fin de que ellos conservaran su libertad. La política senatorial romana, que tan pronto favorecía a una ciudad como a otra, no tardó en suscitar descontentos en Grecia. Los rodios, insatisfechos por el tratado de Apamea, iniciaron un acercamiento a Macedonia. La Liga Aquea, según cuenta Polibio, decidió revocar los honores que tiempo atrás había concedido a Eumenes de Pérgamo, el principal aliado de Roma. En poco tiempo Oriente volvió a dividirse en dos campos, los amigos y los enemigos de Roma. No obstante, resulta en todo punto increíble la versión que Polibio da del origen de la guerra contra Perseo, al que considera capaz de todos los crímenes. Según Polibio, fue Eumenes el que expuso -y convenció- al Senado romano los planes de Perseo para invadir Italia, cual Aníbal redivivo. La realidad es que Roma veía aumentar el ascendiente de Perseo en Grecia con el consiguiente peligro para el control romano de la zona. Como también lo es que Perseo trató de evitar la guerra, en el 172 a.C., por todos los medios. En este año el Senado romano envía una embajada a Grecia con el fin de sondear la disposición de las principales ciudades. El sentimiento de la plebe podía ser muy antirromano, pero los gobiernos se declararon a favor de Roma. La guerra estaba decidida, pero las hostilidades fueron diferidas por el envío de una embajada de Perseo a Roma. Su deseo no era sin duda otro que concluir con Roma un tratado diverso al que ésta había concluido con su padre, Filipo V, un tratado en términos de igualdad de derecho, una especie de división equilibrada del mundo, como era costumbre en la política helenística. Cuando la flota romana fue reacondicionada y los preparativos militares llevados a cabo, Roma inició la marcha hacia Macedonia, en el 171. La primera etapa de la guerra fue difícil para Roma. Gran parte del Epiro se decantó a favor de Perseo, por lo que los contactos entre el ejército romano acantonado en Tesalia e Italia se hacían muy difíciles. La única victoria fue la que obtuvo en Adra la flota romana ayudada por Eumenes. La crueldad con que actuó el ejército romano en esta ciudad se convirtió pronto en el fermento de hostilidad contra Roma. El Senado, consciente de la situación, sustituyó a los generales, colocando a Q. Marcio Filipo al frente de los ejércitos. No obstante, las operaciones permanecieron estancadas durante todo el ano 169 a.C. En el paso del Olimpo, Perseo y su ejército ocupaban una posición fortificada que el ejército romano no lograba reducir. Por otra parte Gentio, el rey de Iliria, se pasó al campamento macedonio. Las ciudades griegas participaban sin entusiasmo en la guerra, enviando contingentes sumamente reducidos. El propio Eumenes -cuyo reino era amenazado por los gálatas- no deseaba sino una solución negociada del conflicto. El Senado romano decidió entonces cambiar de nuevo los mandos militares y entregar la conducción de la guerra a L. Emilio Paulo, el más brillante general de su generación. Mediante una maniobra envolvente logró junto con el otro ejército comandado por Escipión Nasica, que el rey se replegase a la ciudad de Pidna. La batalla duró poco más de una hora, tras dos años de estancamiento del ejército romano en Tesalia. Perseo, derrotados sus ejércitos, se retiró a Samotracia, al santuario de los Cabirios, pero acabó entregándose a los romanos. Con Perseo desaparecen de la historia los Antigónidas. Al mismo tiempo, Gentio fue hecho prisionero en Iliria. Roma era otra vez dueña de Grecia. No obstante, la política romana se encontró con que en Oriente no tenía apoyos sólidos: Iliria y Macedonia quedaban desmembradas, aúnque sujetas a tributo, también parte del Epiro fue devastado y las clases dirigentes de las ciudades griegas, depuradas. La solución que Roma adoptó respecto a Macedonia (tal vez en un intento de continuar la ficción de libertad de los pueblos) fue la de dividirla en cuatro distritos o regiones, prohibiendo toda relación entre ellas, en vez de anexionársela como provincia. Iliria, por su parte, fue dividida en tres regiones, o estados independientes. Ambas fueron sometidas a un tributo que, en el caso de Macedonia, consistía en la mitad de los ingresos de las antiguas posesiones reales que siguieran explotando. En la constitución que Roma fijó a estos nuevos estados macedónicos, se contemplaba la existencia de asambleas y senados, reclutados según criterios censitarios. Poco más tarde, en el 148 a.C. Macedonia fue incorporada por Roma como provincia. La construcción de la vía Egnatia en el 148, que partiendo de Dyrrhachium (Durazzo) pasaba por Pella y Tesalónica y proseguía hasta el límite oriental de la provincia, facilitó el control directo de la nueva provincia.