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Las sibilas eran personajes de la Antigüedad, de las religiones paganas previas al cristianismo. Su papel en la civilización griega fue de importancia capital y llegaron a influir en guerras y gobiernos de las "polis". La más famosa de todas ellas fue la Sibila de Delfos, o Sibila Délfica, situada en el ombligo del mundo, como se consideraba a Delfos. El papel de las sibilas era similar al de los profetas del Antiguo Testamento; se consideraba que poseían poderes adivinatorios y entre ellas se extendió una creencia en el fin del mundo y en la llegada de un salvador, que los cristianos rápidamente adaptaron a su Mesías, extendiendo los anuncios de su venida incluso al mundo de la Antigüedad grecorromana. Miguel Ángel se había formado en la Florencia neoplatónica que pretendía reunir los conceptos de la filosofía griega de Platón con las creencias cristianas, en un intento por hacer racional y comprensible el entendimiento la religión. Por esta razón Miguel Ángel plantea el techo de la Capilla Sixtina dividido en tres franjas: en el centro, escenas del Antiguo Testamento y el Génesis relacionadas con la presencia de Dios en el mundo. A un lado, los profetas judíos, y al otro, las sibilas. Esta Sibila Délfica es de las más hermosas de Miguel Ángel, que tenía mucha dificultad para pintar figuras femeninas, puesto que solía simplemente dibujar el cuerpo musculoso de un atleta y adosarle dos pechos femeninos. Tras la sibila, que ya no mira sus textos sino que atiende directamente a la presencia de Cristo, hay dos angelitos que leen los textos proféticos sobre la llegada del Mesías. Esta actitud tiene que ver con la presencia o lejanía de la divinidad, tal como podemos comprender en las figuras de Zacarías o Ezequiel.
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Las sibilas que aparecen en la bóveda de la Sixtina son las cinco primeras que se mencionan en el Tratado de Lactancio, un clásico latino donde se recopilaban las profecías de las sibilas referidas al nacimiento de Cristo. También se considera que podrían tener una representatividad geográfica: Italia - Cumena -, Asia Menor - Eritrea -, Africa - Líbica -, Grecia - Délfica - y Asia - Pérsica -. La Sibila Eritrea, como el resto de sus compañeras y profetas, aparece sentada en un trono pasando las páginas de un libro sujeto en un atril cubierto con un paño azulado. Un amorcillo enciende una lámpara tras ella, considerándose que podría tratarse de un símbolo de adivinación, mientras un segundo amorcillo se frota los ojos en la oscuridad. La sibila gira su cuerpo hacia Ezequiel, estableciéndose entre ambos una relación única en la serie. Su actitud grave y desafiante se refuerza por la estructura anatómica que exhibe con unos potentes brazos y un acentuado torso. El movimiento de su postura queda reforzado con el importante número de paños que cubren su cuerpo, interesándose Miguel Ángel por todos los plegados como si de un escultor se tratara. El brillante colorido de las telas está en sintonía con el conjunto, destacando las tonalidades verdosas y anaranjadas que contrastan con el blanco. La maestría de Buonarroti con el dibujo se manifiesta en la definición volumétrica de la figura y el acentuado valor a los contornos.
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La postura de la Sibila Líbica quizá sea la más escorzada de la serie al ofrecernos con su cuerpo una posición serpentina, absolutamente en rotación. Al ser la última, guarda con un gesto de fuerza el libro del saber antiguo, relacionándose con la Virgen del Tondo Doni. Exhibe la parte superior de su torso desnudo mientras que las ligeras telas del vestido se ciñen a sus piernas, levantando la falda para mostrarlas. Las tonalidades violetas, verdes y amarillas forman un conjunto armónico reforzado con el estudio lumínico donde se manifiesta una nueva visión del arte de Miguel Ángel. Para su ejecución fueron necesarias 17 jornadas, siendo una de las figuras más trabajadas de la Sixtina, saliendo satisfecho el maestro al crear una de las más bellas.
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En el compartimento presidido por la Creación del mundo encontramos a la Sibila Pérsica en un lateral y al Profeta Daniel en el otro. La sibila - sacerdotisa a quienes los antiguos atribuyeron un don profético; reciben el nombre de la hija de Dárdamo, la primera profetisa de la historia - ha sido interpretada por Miguel Ángel como una mujer anciana, afectada por la miopía y una significativa joroba, simbolizando así la vejez. Su postura está, si cabe, más escorzada que sus compañeros al acercarse en demasía el libro a la cara, creando un ritmo circular en la composición. Sus ayudantes quedan en la zona de sombra y son de los pocos que se cubren la desnudez con ropajes, repitiéndose en el Jeremías. Los vivos colores de los vestidos de la anciana otorgan una significativa luminosidad y alegría a la figura, resbalando la luz por los pliegues. Su estructura anatómica corresponde a un hombre hercúleo, siguiendo la norma escultórica tan admirada por Buonarroti.
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El banquero Agostino Chigi recibió de su buen amigo el papa Julio II dos capillas en sendas iglesias de la familia della Rovere, Santa Maria del Popolo y Santa Maria della Pace. Para esta última Chigi encargó a Rafael la decoración al fresco de la pared externa, junto al altar. Sanzio organiza la composición alrededor del arco de medio punto, emplazando en el centro un angelito sosteniendo una antorcha que simboliza la luz profética. En la izquierda contemplamos a la sibila Cumana, un angelito, la sibila Pérsica escribiendo en una tablilla sostenida por otro ángel mientras que en la derecha se aprecia a un ángel señalando un texto al que dirigen su mirada las sibilas Frigia y Tiburtina, acompañadas por dos ángeles más. todos los textos que aparecen en la escena hacen alusión a la resurrección como corresponde a una capilla funeraria Las figuras están perfectamente enlazadas entre sí, superando el esquema recogido en las Virtudes de la Estancia de la Signatura. Su monumentalidad, los pesados ropajes que cubren sus cuerpos y sus expresiones recuerdan a las Sibilas de la Capilla Sixtina que fueron contempladas subrepticiamente por Sanzio con la complicidad de Bramante lo que enfureció tremendamente a Miguel Ángel. El colorido también está inspirado en la obra de Buonarroti mostrándose la versatilidad del pintor de Urbino al recoger en su estilo un auténtico crisol de influencias para obtener una pintura única.
contexto
Los fracasados intentos del Imperio alemán por proyectar su autoridad hacia el Mediodía de Italia en torno al año Mil, redundaron en beneficio de las bandas normandas que, desde esos años, fueron asentándose en el territorio. Los hijos de un caballero de Normandía, Tancredo de Hauteville, tendrían extraordinaria fortuna en su lucha contra bizantinos, musulmanes, ciudades semiindependientes e, incluso, la propia autoridad papal. El sometimiento al vasallaje de Nicolás II en 1059 sirvió de cobertura jurídica para que Roberto Guiscardo y Roger Hauteville fueran eliminando la presencia de sus rivales en Nápoles y dieran el salto a Sicilia desde 1072. Los normandos empezaron a convertirse en una potencia a tener en cuenta y en unos, a veces, inoportunos aliados de los intereses pontificios frente a la prepotencia alemana. Con Roger II (1105-1154) Sicilia se va organizando como un Estado con una maquinaria tan perfecta que recuerda en buena medida la de otros normandos: los de la Inglaterra de Guillermo el Conquistador y sus herederos. La isla fue el trampolín para importantes operaciones militares en el Norte de África y para el lanzamiento de la Cruzada a Tierra Santa. Roger mostró una extraordinaria capacidad de adaptación al medio: si el elemento normando constituía la capa dirigente a efectos de feudalidad laica y de administración eclesiástica, los vencidos musulmanes y bizantinos gozaron de ciertos privilegios. El Archimandrita de San Salvador de Siracusa era el cabeza de un monacato oriental con profundas raíces en el Mediodía italiano. Los musulmanes mantuvieron una notable influencia en ciertos hábitos y sectores culturales. El apodo de "sultán bautizado" con el que se conoce a Roger II habla bien de la ingeniosa ductilidad con la que procedieron los nuevos dominadores. Los sucesores de este monarca (Guillermo I el Malo y Guillermo II el Bueno) mantuvieron la estabilidad del reino frente a los más variados peligros: las rebeliones baroniales, la enemiga de emperadores alemanes y bizantinos y hasta la intermitente hostilidad pontificia. Cuando Guillermo II muere en 1189 la Sicilia normanda era la primera potencia mediterránea. La falta de descendencia legitima masculina provocó una grave crisis sucesoria. Buena parte de la nobleza eligió como monarca a un bastardo de sangre real: el conde Tancredo de Lecce. Enfrente se situó Constanza, hija de Guillermo, apoyada en su marido, Enrique VI de Alemania, vástago de Federico Barbarroja. El Staufen apenas pudo disfrutar del trono siciliano conquistado penosamente en 1194 ya que murió tres años más tarde. Su heredero, Federico II, mitad siciliano y mitad alemán, pretendió hacer de sus dominios del Sur de Italia el laboratorio para la edificación de lo que se ha considerado retóricamente el primer Estado moderno. Los resultados ya los conocemos -enfrentamiento a muerte con los sucesivos Pontífices y con los güelfos italianos- y también la penosa herencia legada tras su muerte en 1250. Sicilia (y, por extensión todo el Mediodía de Italia) fue el avispero en el que convergieron los más variados intereses: los de los epígonos Staufen (Manfredo y Conradino), los de Edmundo, hijo menor de Enrique III de Inglaterra que no llegó a hacer acto de presencia y, a la postre, los de la casa de Anjou, rama menor de la dinastía Capeto. En no muchos anos ésta había logrado pasar de un modesto dominio en el entorno de París a convertirse en el mayor poder familiar de Europa. La aquiescencia papal había sido básica para su proyección en Italia. La dureza de la dominación angevina atizaría los rescoldos del gibelinismo. Sicilia se vio, además, postergada por Nápoles -residencia de la corte de Carlos de Anjou- en su antigua preponderancia política. El resultado último sería la matanza de las Vísperas Sicilianas y la implantación en la isla de un poder hasta entonces desconocido: la casa real aragonesa. El contencioso entre angevinos y aragoneses se fue enfriando desde 1300. Más por rezones de hecho que de otro signo, Nápoles permanecería en manos de la casa de Anjou, mientras que la islas (Sicilia y luego Cerdeña) entrarían en la órbita de la dinastía aragonesa.
contexto
Los cartagineses, dueños desde mucho tiempo atrás del extremo occidental de Sicilia, habían iniciado una política de expansión por la isla a partir del 289 a.C., tras la muerte de Agatocles. Habían logrado conquistar Agrigento y se preparaban para el ataque a Siracusa. Los siracusanos solicitaron el apoyo de Pirro a cambio de entregarle la soberanía de la ciudad. El común enemigo, decidió el tratado de ayuda mutua que establecieron a continuación Roma y Cartago y en el que se establecía también que ninguno de los dos pueblos celebrase una paz por separado con Pirro. La escuadra cartaginesa, a cuyo frente iba Magón, salió del puerto de Ostia tras la firma del tratado rumbo al estrecho de Sicilia, contando con el apoyo de los mamertinos que controlaban la ribera occidental del Estrecho, y Pirro -que había dejado a su general Milón al frente de Tarento- se dirigió a Sicilia en el 278 a.C. A finales del año siguiente, Pirro se había erigido en jefe de la confederación siciliana y había conseguido arrebatar a los cartagineses prácticamente todas sus posesiones, reteniendo éstos únicamente Lilibeo. Cartago quiso establecer la paz con Pirro, violando de este modo las cláusulas del tratado con Roma. Prometió Cartago renunciar a cualquier pretensión en la isla a cambio de Lilibeo, además de ofrecer dinero y naves de guerra a Pirro. Evidentemente, su objetivo era que Pirro abandonase la isla -que así fácilmente podrían volver a ocupar ellos- y volviera a Italia donde los romanos, a su vez, habían logrado someter de nuevo toda la parte sur, a excepción de Tarento y Rhegium. La partida de Pirro de Sicilia demostró la fragilidad de la unidad de las ciudades de esta isla que, celosas de su independencia, aún no reconocían que la época de las ciudades-estado autónomas había pasado irremisiblemente y que sólo tenían la posibilidad de elegir entre el dominio de un monarca helénico o de otra potencia no griega. Al llegar a la costa italiana, sufrió una primera derrota infligida por los mamertinos y campanos; no obstante, consiguió apoderarse de nuevo de Locros. La batalla definitiva de Roma contra Pirro tuvo lugar en el 275 a.C., cerca de Benovento, en los Campos Arusinos. El cónsul Mario Curio logró esta vez derrotar totalmente a los epirotas. Pirro dejó una guarnición en Tarento, pero volvió a Grecia ese mismo año. Abandonada por Pirro, Tarento no tardó en entregarse a Roma y, poco después, se entregó también Rhegium. Así, a finales del 275 a.C. toda Italia pasó a depender de Roma. Ésta fundó nuevas colonias en el Sur con el objeto de mantener la seguridad y el control de la zona, tales como Paestum y Cosa en Lucania, Beneventum e Isernia en el Samnio y Firmum y Castrum Novum en el Piceno. Además de la colonia de Brundisium (Bríndisi), que la política romana quiso hacer heredera del comercio tarentino.