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Posiblemente en esta escena Goya aluda al triunfo de la Razón sobre el mundo dela brujería y la superstición, evocando a la luz como símbolo de esplendor frente a las sombras de la incultura. El grupo de brujas y figuras extrañas abandonaría su asentamiento si amaneciera rápidamente. De esta forma, Goya pone de manifiesto su ideología ilustrada que recorre toda la serie.
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La crítica al sistema educativo imperante en su tiempo se intuye en esta estampa de marcado acento realista en la que una madre castiga duramente la travesura del pequeño. De esta manera, Goya se identifica con las teorías de la Ilustración, contrarias a estos métodos pedagógicos.
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Esta estampa sería una continuación de Murió la verdad, aludiendo a los continuos intentos de pronunciamiento liberal que se vivieron en los primeros años de reinado de Fernando VII, hasta el exitoso de Riego en 1820.
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La Ilustración sentía especial preocupación por la educación. Goya critica en esta estampa la enseñanza tradicional, mostrándola como una actividad de burros, siendo el más grande el propio maestro. El aragonés se muestra como un genio de la sátira al emplear el mundo animal para aludir a los seres humanos. No es de extrañar que en la época que le tocó vivir, sus series de Caprichos fueran perseguidas por la Inquisición al hacer tambalear todas las estructuras del Antiguo Régimen.
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La insolidaridad de las clases pudientes ante los pobres hambrientos es criticada por Goya en esta estampa, relacionándose con las críticas a la nobleza existentes en algunos caprichos como Miren que graves!.
termino
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Desconocemos cuál sería la identificación exacta de esta bella figura femenina que Velázquez pintaría en la década de 1640 ya que carece de elementos identificativos. Se trata de una mujer de perfil, vestida de blanco, con una tablilla en la mano izquierda hacia la que señala con el dedo índice de su mano derecha. Podría tratarse de Clio, la musa de la Historia, pero faltaría la pluma con la que escribe; también podría ser una alegoría de la Pintura; o una Sibila relacionada con la que guarda el Museo del Prado; e incluso se ha aludido que podría tratarse de Aracne. En cualquier caso nos encontramos ante una excelente muestra de la pintura velazqueña donde podemos apreciar su técnica suelta y vibrante, en la que el color toma un papel especial. La viveza de la figura y su aspecto desaliñado hacen de ella casi un personaje real en el que la luz ensombrece los rasgos de su rostro para hacerlo más insinuante.
acepcion
Mujer sabia a quien los antiguos atribuyeron espíritu profético.
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Las sibilas eran unos personajes paganos, de la Antigüedad, profetisas que los cristianos quisieron interpretar como la fase previa a los profetas del Antiguo Testamento, puesto que algunas de ellas también hablaban de un "salvador del mundo", naturalmente relacionado por los escritores cristianos con Jesús. El tema de las sibilas en el arte fue muy tratado a partir del Renacimiento, siendo el mayor exponente el techo de la Capilla Sixtina de Miguel Angel, que confronta un friso de sibilas a otro de profetas. Domenichino ha tomado como tema central de su cuadro a la sibila de Cumas, aunque nada excepto el título nos da pistas sobre su identidad. La muchacha viste con lujo oriental, incluso con un extravagante turbante en la cabeza. Su rostro es perfectamente realista, lozano y con las mejillas coloreadas, como una sana muchacha romana de la época. Este matiz de naturalidad es la herencia de Caravaggio, incluso en artistas que como Domenichino cultivaron la corriente idealista del Barroco, por oposición al naturalismo tenebrista. La sibila, además de su libro de profecías, está acompañada de un instrumento musical de cuerda y un rollo de papel pautado. Podría perfectamente recordarnos a una alegoría de la música o del oído, aunque parece ser que estos elementos se explican porque Domenichino tomó como modelo a la Santa Cecilia de Rafael, patrona de la música y los músicos.
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La Sibila Cumea representa a Italia, eligiendo Miguel Ángel como modelo a una mujer anciana pudiendo aludir a la civilización etrusca. Su rostro está lleno de expresividad, siendo una de las mejores figuras de la serie llegando incluso a asustar a sus pequeños ayudantes. Su postura es tremendamente forzada, situando las piernas en perspectiva hacia el espectador y el tronco girado hacia su derecha para leer el gran libro que sujeta con sus manos. La estructura anatómica no corresponde con su edad física, presentando Buonarroti un cuerpo de potentes músculos y amplio canon, inspirado en las esculturas que él tanto admiraba. La fuerza y la potencia transmitida por la sibila es difícilmente superable, acompañada por un brillante colorido que la hace más atractiva al espectador. Las tonalidades anaranjadas de su manto contrastan con el azul de la túnica y el verde de las cubiertas del libro, resultando una armonía cromática de gran belleza. Sentada en un trono como sus compañeros, la sensación de volumen y perspectiva obtenida por Miguel Ángel nos indica su facilidad a la hora de crear, ejecutando la figura en siete jornadas.