Prisciliano seré el fundador de una secta que se basaba en el maniqueismo y el gnosticismo. Sus miembros practicaban la castidad y la pobreza, considerándose iluminados al interpretar las Escrituras. La doctrina de Prisciliano se difundió con éxito por Hispania siendo el fundador denunciado ante el obispo de Mérida y condenado por un Concilio reunido en Zaragoza en el año 380. Sin embargo, sus fieles le nombraron obispo de Avila pero él prefirió trasladarse al sur de Francia, donde fue condenado y sentenciado a muerte, en Burdeos, en el año 384.
Busqueda de contenidos
contexto
Prisión de Cacama, rey de Tezcuco La poquedad de Moctezuma, o cariño que a Cortés y a los otros españoles tenía, ocasionaba que los suyos no solamente murmurasen, sino que tramasen novedades y rebelión, especialmente su sobrino Cacama, señor de Tezcuco, mancebo feroz, de ánimo y honra; el cual sintió mucho la prisión del tío, y como vio que iba muy a la larga, le rogó que se soltara y fuese señor y no esclavo. Y viendo que no quería se amotinó, amenazando de muerte a los españoles; unos decían que por vengar la deshonra del rey, su tío; otros, que por hacerse el señor de México; otros, que por matar a los españoles. Sea por lo uno o sea por lo otro, o por todo, él se puso en armas, juntó mucha gente suya y de amigos, que no le faltaban entonces, con estar Moctezuma preso, y para ponerse en contra de los españoles, y anunció que quería ir a sacar del cautiverio a Moctezuma y a echar de la tierra a los españoles, o matarlos y comérselos. Terrible noticia para los nuestros; pero ni aun por aquellas bravatas se acobardó Cortés; antes bien le quiso hacer en seguida la guerra y cercarlo en su propia casa y pueblo, sino que Moctezuma se lo estorbó, diciendo que Tezcuco era lugar muy fuerte y dentro de agua, y que Cacama era orgulloso, bullicioso, y tenía a todos los de Culúa, como señor de Culuacan y Otumba, que eran fuerzas muy fuertes, y que le parecía mejor llevarlo por otra vía; y así, condujo Cortés el asunto todo a consejo de Moctezuma, y envió a decir a Cacama que le rogaba mucho se acordase de la amistad que había entre los dos desde que lo salió a recibir y meter en México, y que siempre era mejor paz que guerra para hombre que tiene vasallos; y dejase las armas, que al tomar eran sabrosas para el que no las ha probado, porque en esto haría gran placer y servicio al rey de España. Respondió Cacama que no tenía él amistad con quien le quitaba la honra y reino, y que la guerra que quería hacer era en provecho de sus vasallos y defensa de sus tierras y religión; y que antes dejase las armas, vengaría a su tío y a sus dioses; y que él no sabía quién era el rey de los españoles ni lo quería oír, cuanto más saber. Cortés volvió a amonestarle y requerir otras muchas veces; y como no le quisiese escuchar, hizo con Moctezuma que le mandase lo que él le rogaba. Moctezuma le envió a decir que se llegase a México para dar un corte a las diferencias y enojos entre él y los españoles, y a ser amigo de Cortés. Cacama le respondió muy ásperamente, diciendo que si él tuviera sangre en el ojo, ni estaría preso ni cautivo de cuatro extranjeros, que con sus buenas palabras le tenían hechizado y usurpado el reino; ni la religión mexicana y dioses de Culúa abatidos y hollados por pies de salteadores y embaucadores, ni la gloria y fama de sus antepasados infamada y, perdida por su cobardía y apocamiento; y que para reparar la religión, restituir los dioses, guardar el reino, recobrar la fama y libertar a él y a México, iría de muy buena gana; mas no con las manos en el pecho, sino en la espada, para matar a los españoles, que tanta mengua y afrenta habían hecho a la nación de Culúa. En grandísimo peligro estaban los nuestros, así de perder a México como las vidas, si no se atajaba esta guerra y motín; porque Cacama era animoso, guerrero, porfiado, y tenía mucha y buena gente de guerra; y porque también andaban en México deseosos de revuelta para recobrar a Moctezuma y matar a los españoles o echarles de la ciudad. Mas lo remedió muy bien Moctezuma, que comprendiendo que de nada aprovechaba guerra ni fuerza, y que al cabo se había de resolver todo en él, trató con algunos capitanes y señores que estaban en Tezcuco con Cacama, para que le prendiesen y se lo entregasen. Ellos, o por ser Moctezuma su rey y estar aún vivo, o porque le habían servido siempre en las guerras, o por dádivas y promesas, prendieron a Cacama un día estando con él ellos y otros muchos en consejo para consultar las cosas de la guerra; y en acalles que para ello tenían a punto y armadas, le metieron y trajeron a México, sin otras muertes ni escándalos, aunque fue dentro de su propia casa y palacio, que toca en la laguna; y antes de entregarlo a Moctezuma, le pusieron en unas ricas andas, como acostumbran los reyes de Tezcuco, que son los mayores y principales señores de toda esta tierra, después de México. Moctezuma no le quiso ver, y lo entregó a Cortés, que en seguida le echó grillos y esposas, y puso a recaudo y guarda. Y a voluntad y consejo de Moctezuma hizo señor de Tezcuco y Culuacan a Cucuzca, su hermano menor, que estaba en México con el tío y huido del hermano. Moctezuma le intituló e hizo las ceremonias que suelen a los nuevos señores, como en otra parte diremos; y en Tezcuco le obedecieron entonces por mandato suyo, y porque era más estimado que Cacama, que era duro y testarudo. De esta manera se remedió aquel peligro; mas si hubiera muchos Cacamas no sé cómo fuera; y Cortés hacía reyes y mandaba con tanta autoridad como si hubiera ganado el imperio mexicano. Y en verdad, siempre tuvo esto desde que entró en la tierra; pues luego se le encajó que había de conquistar a México y señorear el estado de Moctezuma.
contexto
Prisión de Cuahutimoccín Cortés, que los vio en tanta estrechez y males, quiso probar si se entregarían. Habló con un tío de don Fernando de Tezcuco, que tres días antes había sido cogido preso y aún estaba herido, y le rogó que fuese a tratar de paz con su rey. El caballero rehusó al principio, sabiendo la determinación de Cuahutimoccín; pero al fin dijo que iría, por ser cosa de honra y bondad. Así que Cortés entró al otro día con su gente y envió a aquel caballero delante con algunos españoles; los que guardaban la calle lo recibieron y saludaron con el acatamiento que tal persona merecía; fue luego al rey, y le dijo su embajada. Cuahutimoccín se enojó y le mandó sacrificar. La respuesta que dio fueron flechazos, pedradas, lanzadas y alaridos, y que querían morir y no paz. Pelearon intensamente aquel día; hirieron y mataron a muchos hombres, y un caballo con una hoz que traía un mexicano hecha de una espada española; pero si muchos mataron, muchos murieron. Al otro día entró también Cortés, mas no peleó, esperando que se rendirían. Sin embargo, ellos no tenían tal pensamiento. Se llegó a una trinchera, habló a caballo con algunos señores que conocía, diciendo que podía acabar con ellos muy fácilmente en poco tiempo, pero que de lástima lo dejaba, y porque los quería mucho; que hiciesen que con el señor se entregasen, y serían bien recibidos y tratados, y tendrían qué comer. Con estas y otras razones así les hizo llorar. Respondieron que bien conocían su error y sentían su daño y perdición; pero que habían de obedecer a su rey y a sus dioses, que así lo querían; mas que se esperase allí, que iban a decirlo a su señor Cuahutimoccín. Fueron, y al cabo de un rato volvieron diciendo que por ser ya tarde no venía el señor, pero que al día siguiente vendría sin duda ninguna a la hora de comer, a hablarle en la plaza. Con tanto, se volvió Cortés a su real muy alegre, pensando que en la entrevista se pondrían de acuerdo. Mandó preparar el teatro de la plaza con estado, a estilo de los señores mexicanos, y de comer para el día siguiente. Fue con muchos españoles muy preparados. No vino el rey, pero envió a cinco señores muy principales que tratasen en conciertos, y que le disculpasen por enfermo. Sintió que el rey no viniese; sin embargo, se alegró mucho con aquellos señores creyendo por su mediación conseguir la paz. Comieron y bebieron como hombres que tenían necesidad; llevaron algún refresco, y prometieron volver, porque Cortés se lo rogó, y les dijo que sin la presencia del rey no se podía dar ni tomar ningún acuerdo. Volvieron al cabo de dos horas; trajeron como presente unas mantas de algodón muy buenas, y dijeron que de ninguna manera vendría el rey, pues tenía vergüenza y miedo; y se fueron, porque ya era noche. Volvieron al otro día los mismos a decir a Cortés que se fuese al mercado, que le quería hablar Cuahutimoccín. Fue, y esperó más de cuatro horas, y nunca vino el rey. Viendo la burla, envió Cortés a Sandoval con los bergantines por una parte, y él por otra, combatió las calles y trincheras en que se hacían fuertes los enemigos; y como halló poca resistencia, pues no tenían piedras ni flechas, entró e hizo lo que quiso. Pasaron de cuarenta mil las personas que fueron aquel día muertas y presas, y más tuvieron que hacer los españoles en impedir que sus amigos matasen que en pelear. El saqueo no se lo impidieron. Era tanto el llanto de las mujeres y niños, que partía el corazón de los españoles; y tan grande la hediondez de los cuerpos que ya estaban muertos, que se retiraron en seguida. Propusieron aquella noche, Cortés de acabar al día siguiente la guerra y Cuahutimoccín de huir, pues para eso se metió en una canoa de veinte remos. Así pues, por la mañana, tomó Cortés su gente y cuatro tiros, y se fue al rincón donde los enemigos estaban acorralados. Dijo a Pedro de Albarado que se estuviese quieto hasta oír una escopeta, y a Sandoval que entrase con los bergantines a un lago de entre las casas, donde estaban recogidas todas las barcas de México, y que mirase por el rey y no le matase. Mandó a los demás que echasen al enemigo hacia los bergantines; subióse a una torre, y preguntó por el rey. Vino Xihuacoa, gobernador y capitán general. Le habló, y no pudo conseguir de él que se entregasen. Todavía salieron muchos, y la mayoría eran viejos, muchachos y mujeres; y como eran tantos y llevaban prisa, unos a otros se empujaban, se echaban al agua y se ahogaban. Rogó Cortés a los señores indios que mandasen a los suyos no matasen a aquella gente mezquina, puesto que se entregaban. Empero, no pudieron tanto que no matasen y sacrificasen a más de quince mil de ellos. Tras esto hubo grandísimo rumor entre la gente menuda de la ciudad, porque el señor quería huir y ellos ni tenían ni sabían a dónde ir; y así, procuraron todos de meterse en las barcas, y como no cabían, se caían al agua y se ahogaban. Muchos hubo que se escaparon nadando. La gente de guerra estaba arrimada a las paredes de las azoteas, disimulando su perdición. La nobleza mexicana y otros muchos estaban en las canoas con el rey. Cortés hizo soltar la escopeta para que Pedro de Albarado acometiese por su parte, y luego se retiró la artillería al rincón donde estaban los enemigos. Les dieron tanta prisa, que en poco rato lo ganaron, sin dejar cosa alguna por tomar. Los bergantines rompieron la flota de las barcas, sin que ninguna se defendiese. Antes bien, echaron todas a huir por donde mejor pudieron, y abatieron el estandarte real. Garci Holguín, que era capitán de un bergantín, echó tras una canoa grande de veinte remos y muy cargada de gente. Le dijo un prisionero que llevaba consigo, que aquéllos eran del rey, y que bien podía ser fuese él allí. Le dio entonces caza, y la alcanzó. No quiso embestirla, sino que le encaró tres ballestas que tenía. Cuahutimoccín se puso en pie en la popa de su canoa para pelear; mas como vio ballestas armadas, espadas desnudas y mucha ventaja en el navío, hizo señal de que iba allí el señor y se rindió. Garci Holguín, muy alegre con tal presa, lo llevó a Cortés, el cual lo recibió como a rey, le puso buena cara, y le atrajo hacia sí. Cuahutimoccín entonces echó mano al puñal de Cortés, y le dijo: "Yo ya he hecho todo lo posible para defenderme a mí y a los míos, y lo que era obligado para no llegar a tal estado y lugar como estoy; y pues vos podéis ahora hacer de mí lo que quisiereis, matadme, que es lo mejor". Cortés lo consoló y le dio buenas palabras y esperanzas de vida y señorío. Le subió a una azotea, y le rogó mandase a los suyos que se entregasen; él lo hizo, y ellos, que serían alrededor de setenta mil, dejaron las armas en viéndole.
contexto
Prisión de Moctezuma Durante los seis días que Hernán Cortés y los españoles estuvieron mirando la ciudad y los secretos de ella, y cosas notables que hemos dicho, y otras que después diremos, fueron muy visitados de Moctezuma y su corte y caballería, y otras gentes, y muy cumplidamente provistos, como el primer día, y ni más ni menos los indios compañeros y los caballos, a los que daban cebada verde y hierba fresca, que la hay todo el año; harina, grano, rosas, y todo cuanto sus dueños pedían, y hasta les hacían las camas de flores. Mas, sin embargo, aunque eran regalados de esta forma y se tenían por muy ufanos con estar en tan rica tierra, donde podían llenar las manos, no estaban contentos ni alegres todos, sino algunos con miedo y muy cuidadosos. Especialmente Cortés, a quien, como a caudillo y cabeza, correspondía velar y guardar a sus compañeros; el cual andaba muy pensativo, viendo el sitio, gente y grandeza de México y algunas congojas de muchos españoles que le venían con noticias de la fortaleza y red en que estaban metidos, pareciéndoles ser imposible escapar hombre alguno de ellos el día que a Moctezuma se le antojase, o se revolviese la ciudad, con sólo tirarles cada vecino su piedra, o rompiendo los puentes de la calzada, o no dándoles de comer; cosas muy fáciles para los indios. Así pues, con el cuidado que tenía de guardar a sus españoles, de remediar aquellos peligros y atajar inconvenientes para sus deseos, decidió prender a Moctezuma y hacer cuatro fustes para sojuzgar la laguna y barcas, si algo fuese, como ya traía pensado, según yo creo, antes de entrar, considerando que los hombres en agua son como peces en tierra, y que sin prender al rey no tomarían el reino, y bien quisiera hacer en seguida los fustes, que era cosa fácil; mas por no alargar la prisión, que era lo principal y el toque de todo el negocio, los dejó para después, y determinó, sin dar parte a nadie, prenderlo en seguida. La ocasión o pretexto que tuvo para ello fue la muerte de nueve españoles que mató Cualpopoca, y la osadía, haber escrito al Emperador que lo prendería, y querer apoderarse de México y de su imperio. Cogió, pues, las cartas de Pedro de Hircio, que contaban la culpa de Cualpopoca en la muerte de los nueve españoles, para enseñarlas a Moctezuma. Las leyó, y se las metió en la faltriquera, y se paseó un gran rato solo, y preocupado de aquel gran hecho que emprendía, y que hasta a él mismo le parecía temerario, pero necesario para su intento. Andando así paseando, vio una pared de la sala más blanca que las demás; se llegó a ella, y conoció que estaba recién encalada, y que era una puerta de poco tiempo con piedra y cal. Llamó a dos criados, pues los demás, como era muy de noche, ya dormían. La hizo abrir, entró y halló muchas cámaras, y en algunas gran cantidad de ídolos, plumajes, joyas, piedras, plata, y tanto oro, que lo espantó, y tantas preciosidades, que se deslumbró. Cerró la puerta lo mejor que pudo, y se fue sin tocar a cosa ninguna de todo ello, por no escandalizar a Moctezuma, no se estorbase por eso su prisión, y porque aquello en casa se quedaba. Al día siguiente por la mañana vinieron a él algunos españoles, con muchos indios de Tlaxcallan, a decirle que los de la ciudad tramaban de matarlos, y querían romper los puentes de las calzadas para hacerlo mejor. Así que con estas noticias, falsas o verdaderas, deja para recaudo y guarda de su aposento a la mitad de los españoles, pone en las encrucijadas de las calles a muchos otros, y a los demás les dice que de dos en dos, y de tres a cuatro, o como mejor les pareciese, se fueran a palacio muy disimuladamente, porque quiere hablar a Moctezuma sobre cosas en lo que les va las vidas. Ellos lo hicieron así, y él se fue derecho a Moctezuma con armas secretas, que así iban los que las tenían. Moctezuma lo salió a recibir, y lo metió en una sala, donde tenía su estrado. Entraron con él allí unos treinta españoles; los demás se quedaron en la puerta y en el patio. Le saludó Cortés según acostumbraba, y luego comenzó a bromear y tener palacio, como otras veces solía. Moctezuma, que muy descuidado, y sin pensamiento de lo que la fortuna tenía ordenado, estaba muy alegre y contento de aquella conversación, dio a Cortés muchas joyas de oro y una hija suya, y otras hijas de señores para otros españoles. Él las tomó por no disgustarle, que hubiese sido afrenta para Moctezuma si no lo hiciera así; mas le dijo que era casado y no la podía tomar por mujer, pues su ley de cristianos no permitía que nadie tuviese más de una sola mujer, so pena de infamia y señal en la frente por ello. Después de todo esto, le mostró las cartas de Pedro de Hircio, que llevaba, y se las hizo declarar, quejándose de Cualpopoca, que había matado a tantos españoles, y de él mismo, que lo había mandado, y de que los suyos publicasen que querían matar a los españoles y romper los puentes. Moctezuma se disculpó enérgicamente de lo uno y de lo otro, diciendo que era mentira lo de sus vasallos, y falsedad muy grande que aquel malo de Cualpopoca le levantaba; y para que viese que era así, llamó luego a la hora, con la saña que tenía, a algunos criados suyos, les mandó que fuesen a llamar a Cualpopoca, y les dio una piedra como sello, que llevaba al brazo y que tenía la figura de Vitcilopuchtli. Los mensajeros partieron al momento, y Cortés le dijo: "Mi señor, conviene que vuestra alteza se venga conmigo a mi aposento, y esté allí hasta que los mensajeros vuelvan y traigan a Cualpopoca y la claridad de la muerte de mis españoles; que allí seréis tratado y servido y mandaréis como aquí. No tengáis pena; que yo miraré por vuestra honra y persona como por la mía propia o por la de mi rey; y perdonadme que lo haga así, pues no puedo hacer otra cosa; que si disimulase con vos, éstos que conmigo vienen se enojarían de mí, porque no los amparo y defiendo. Así que mandad a los vuestros que no se alteren ni rebullan, y sabed que cualquier mal que nos viniere lo pagará vuestra persona con la vida, pues está en vuestra boca ir callando y sin alborotar a la gente". Mucho se turbó Moctezuma, y dijo con toda gravedad: "No es persona la mía para estar presa, y aunque lo quisiese yo, no lo sufrirían los míos". Cortés replicó, y él también, y así estuvieron ambos más de cuatro horas sobre esto, y al cabo dijo que iría, puesto que había de mandar y gobernar. Mandó que le aderezasen muy bien un cuarto en el patio y casa de los españoles, y se fue allí con Cortés. Vinieron muchos señores, se quitaron las ropas, las pusieron bajo el brazo, y descalzos y llorando lo llevaron en unas ricas andas. Como se dijo por la ciudad que el rey iba preso en poder de los españoles, comenzóse a alborotar toda. Mas él consoló a los que lloraban, y mandó a los otros cesar, diciendo que ni estaba preso ni contra su voluntad, sino muy a su placer. Cortés le puso guarda española con un capitán, que la quitaba y ponía cada día, y nunca faltaban de su lado españoles que lo entretenían y regocijaban, y él se divertía mucho con aquella conversación, y les daba siempre algo. Era servido allí como en palacio, por los suyos mismos, y por los españoles también, que no veían placer que no le diesen, ni Cortés regalo que no le hiciese, suplicándole continuamente que no tuviese pena, y dejándole librar pleitos, despachar negocios y entender en la gobernación de sus reinos como antes, y hablar pública y secretamente con todos cuantos querían de los suyos; que era cebo con que picasen en anzuelo él y todos sus indios. Nunca griego ni romano ni de otra nación, desde que hay reyes, hizo cosa igual que Hernán Cortés en prender a Moctezuma, rey poderosísimo, en su propia casa, en lugar fortísimo, entre infinidad de gente, no teniendo más que cuatrocientos cincuenta compañeros.
contexto
Prisión de Pánfilo de Narváez Estaba tan bienquisto de aquellos españoles suyos Cortés, que todos querían ir con él, y así, pudo escoger a los que quiso llevar, que fueron doscientos cincuenta, con los que tomó en el camino a Juan Velázquez de León. Dejó a los demás, que eran otros doscientos, en guarda de Moctezuma y de la ciudad. Les dio por capitán a Pedro de Albarado. Les dejó la artillería y cuatro fustas que había hecho para señorear la laguna, y les rogó que atendiesen solamente a que Moctezuma no se les fuese a Narváez, y a no salir del real y casa fuerte. Partió, pues, con aquellos pocos españoles y con ocho o nueve caballos que tenía, y muchos indios de servicio. Pasando por Chololla y Tlaxcallan fue bien recibido y hospedado. Quince leguas, o poco menos, antes de llegar a Cempoallan, donde estaba Narváez, tropezó con dos clérigos y con Andrés de Duero, su conocido y amigo, a quien debía dinero, que le prestó para acabar de dotar a la flota, que venía a decirle fuese a obedecer al general y teniente de gobernador Pánfilo de Narváez, y a entregarle la tierra y fuerzas de ella; que si no, procedería contra él como contra enemigo y rebelde, hasta ejecución de muerte; y si lo hacía, que le daría sus naos para irse, y le dejaría libre y seguro con las personas que quisiese. A esto respondió Cortés, que antes moriría que dejarle la tierra que había él ganado y pacificado por sus puños e industria, sin mandato del Emperador; y si a gran tuerto le quería hacer guerra, que se sabría defender; y si vencía, como esperaba en Dios y en su razón, que no necesitaba sus naves, y si moría, mucho menos. Por eso, que le mostrase las provisiones y recaudos que del Rey traía, porque, hasta no verlas antes y leerlas, no aceptaría ningún partido; y puesto que no se las había mostrado ni mostraba, era señal de que no las traía ni tenía. Y siendo así, que le rogaba, requería y mandaba se volviese con Dios a Cuba; y si no, que le prendería y enviaría a España con grillos, al Emperador, para que lo castigase como merecían sus deservicios y alborotos. Y así, con esto, despidió a Andrés de Duero, y envió un escribano y otros muchos con poder y mandamiento suyo, a requerirle que se embarcase y no escandalizase más los hombres y tierra, que a más andar se le levantaban, y se fuese antes de que se recreciesen más muertes o males; y que si no, que para el día de Pascua del Espíritu Santo, que era de allí a tres días, sería con él. Pánfilo se burló de aquel mandamiento, prendió al que llevaba el poder, y se mofó fuertemente de Cortés, que con tan poca gente venía haciendo bravatas. Hizo alarde de su gente delante de Juan Velázquez de León, Juan de Río y los demás de Cortés que andaban y estaban con él en los tratos y conciertos. Halló ochenta escopeteros, ciento veinte ballesteros, seiscientos infantes, ochenta de a caballo; aun les dijo: "¿Cómo os defenderéis de nosotros, si no hacéis lo que queremos?". Prometió dinero a quien le trajese preso o muerto a Cortés, y lo mismo hizo Cortés contra Pánfilo. Hizo un caracol con los infantes, escaramuzó con los caballos, y jugó la artillería, para atemorizar a los indios; y por este temor el gobernador que allí cerca tenía Moctezuma le dio un presente de mantas y joyas de oro, en nombre del gran señor, y se le ofreció mucho. Narváez envió, como dicen, de nuevo otro mensaje a Moctezuma y a los caballeros de México, con los indios que llevaban el alarde pintado; y cuando le dijeron que Cortés venía cerca, salió a correr el campo, y el día de Pascua sacó sus ochenta caballos y quinientos peones, y fue una legua de donde ya Cortés llegaba. Mas, como no lo halló, pensó que los lenguas que se llevaba por espías se estaban burlando, y se volvió a su campamento casi ya de noche, y se durmió. Mas, por si los enemigos venían, puso por centinela en el camino, casi a una legua de Cempoallan, a Gonzalo de Carrasco y Alonso de Hurtado. Cortés anduvo el día de Pascua más de diez leguas con gran trabajo de los suyos. Poco antes de llegar dio su mandamiento por escrito a Gonzalo de Sandoval, su alguacil mayor, para que prendiese a Narváez, y le dio ochenta españoles de compañía con que lo hiciese. Los corredores de Cortés, que iban siempre buen trecho delante, dieron con las escuchas de Narváez. Cogieron a Gonzalo de Carrasco, que les dijo cómo tenía repartido Pánfilo de Narváez el aposento, gente y artillería. Alonso de Hurtado se les escapó, y fue a todo correr, y entró por el patio del aposento de Narváez, diciendo a voces: "Arma, arma que viene Cortés". A este ruido despertaron los dormidos, y muchos no lo creían. Cortés dejó los caballos en el monte, hizo algunas picas que faltaban para que todos los suyos llevasen sendas, y entró él delante en la ciudad y en el real de los contrarios a medianoche, que, por descuidarlos y no ser visto, aguardó a aquella hora. Mas, por bien que caminó, ya se sabía su venida por el centinela, que llegó media hora antes, y estaban ya todos los caballos ensillados, y muchos enfrenados, y los hombres armados. Entró tan silenciosamente, que antes de que fuese visto dijo: "Cierra y a ellos", aunque tocaban alarma. Andaban por allí muchos cocuyos, y pensaron que eran mechas de arcabuz. Si un tiro soltara huyeran. Dijeron a Narváez, cuando estaba poniéndose una cota: "Catad, señor, que entra Cortés". Respondió: "Dejadle venir, que me viene a ver". Tenía Narváez su gente en cuatro torrecillas con sus alas y aposentos, y él estaba en una de ellas con unos cien españoles, y en la puerta trece tiros, o según otros dicen, diecisiete, todos de latón. Hizo Cortés subir arriba a Gonzalo de Sandoval con cuarenta o cincuenta compañeros y el se quedó a la puerta para defender la entrada con veinte; los demás cargaron las torres; y así, no se pudieron socorrer los unos a los otros. Narváez, cuando sintió ruido junto a sí, quiso pelear, por más que fue requerido y rogado; y al salir de su cámara le dieron un picazo los de Cortés, que le sacaron un ojo. Echáronle luego mano, y arrastrando le llevaron escaleras abajo. Cuando se vio delante de Cortés, dijo: "Señor Cortés, tened en mucho la ventura de tener mi persona presa". Él le respondió: "Lo menos que yo he hecho en esta tierra, es haberos prendido". Luego le hizo aprisionar y llevar a la Villarrica, y le tuvo algunos años preso. Duró el combate muy poco, pues al cabo de una hora estaba preso Pánfilo y los demás principales de su hueste, y quitadas las armas a los demás. Murieron dieciséis de la parte de Narváez, y de la de Cortés dos solamente, que mató un tiro. No tuvieron tiempo ni lugar de poner fuego a la artillería, con la prisa que Cortés les dio, si no fue un tiro, con el que mataron a aquellos dos. Los tenían tapados con cera por la mucha agua. De aquí tuvieron pretexto los vencidos para decir que Cortés tenía sobornado al artillero y a otros. Mucha templanza tuvo aquí Cortés, pues, ni aun de palabra injurió a ninguno de los presos y rendidos, ni a Narváez, que tanto mal había dicho de él, estando muchos de los suyos con gana de vengarse, y Pedro de Malvenda, criado de Diego Velázquez, que venía como mayordomo de Narváez, recogió y guardó los navíos y toda la ropa y hacienda dé entrambos, sin que Cortés se lo impidiese. ¿Cuánta ventaja lleva un hombre a otro? ¿Qué hizo, dijo, pensó cada uno de estos dos capitanes? Pocas veces, o nunca por ventura, tan pocos vencieron a tantos de una misma nación, especialmente estando los muchos en lugar fuerte, descansados y bien armados.
contexto
Prisión del factor y veedor Estando, pues, Gonzalo de Salazar triunfando de esta manera en México, y Peralmíndez Chirino sobre el peñón que dije de Zoatlan, llegó a la ciudad Martín Dorantes, mozo de espuelas de Cortés, con muchas cartas y con poderes del gobernador, para que gobernasen Francisco de las Casas y Pedro de Albarado, y removiesen del cargo y castigasen al factor y veedor. Entró en San Francisco, sin ser visto de nadie; y cuando supo por los frailes que Francisco de las Casas era llevado preso a España, llamó secretamente a Rodrigo de Albornoz y Alonso de Estrada, y les dio las cartas de Cortés. Ellos, después de leerlas, llamaron a todos los de la parcialidad de Cortés, los cuales eligieron entonces a Alonso Estrada como lugarteniente de Cortés, en nombre del Emperador, por no estar allí tampoco Pedro de Albarado ni Francisco de las Casas, a quien los poderes venían. Divulgóse entonces por toda la ciudad que Cortés estaba vivo, y hubo grande alegría; y todos salían de sus casas por ver y hablar al tal Dorantes. Con el regocijo de tan buenas nuevas parecía México otro del que hasta allí. Gonzalo de Salazar temió valientemente el furor del Pueblo. Habló a muchos, según la necesidad que tenía, para que no le desamparasen. Asestó la artillería a la puerta de las casas de Cortés, donde residía después de ahorcar a Rodrigo de Paz, y se hizo fuerte con unos doscientos españoles. Alonso de Estrada, con todo su bando, fue a combatirle la casa. Cuando aquellos doscientos españoles vieron venir a toda la ciudad sobre sí, y que era mejor inclinarse a la parte de Cortés, puesto que estaba vivo, que no tener con el factor, y por no morir, comenzaron a dejarle y descolgarse por las ventanas a unos corredores de la casa; y entre los primeros que se descolgaron estaba don Luis de Guzmán; y no le quedaron más que doce o quince, que debían de ser sus criados. El factor no por eso perdió el ánimo; antes bien, cuando vio que todos se le iban, esforzó a los que le quedaban, y se puso a resistir, y él mismo pegó fuego con un tizón a un tiro; pero no hizo mal, porque los contrarios se abrieron al pasar la pelota. Arremetió tras esto Estrada y su gente, y entraron y prendieron al factor en una cámara, donde se retiró. Le echaron una cadena, lo llevaron por la plaza y otras calles, no sin vituperio e injuria, para que todos lo viesen; lo metieron en una red, y le pusieron muy buena guardia, y después se pasaron a la misma casa Estrada y Albornoz. Estrada derechamente le fue contrario, mas Albornoz anduvo doblado, porque afirman que salió de San Francisco, y habló al factor, prometiéndole que ni estaría contra él ni con él, sino en poner paz. Y a la vuelta tropezó con Estrada, que venía a combatir la casa, e hizo que le apeasen de la mula y le diesen caballo y armas para sí y para sus criados, para que pareciese fuerza si el factor vencía. Peralmíndez Chirino dejó la guerra que hacía, en cuanto supo que Cortés estaba vivo y revocado su poder de gobernador; y caminó para México cuanto más pudo para ayudar con su gente a su amigo Gonzalo de Salazar; mas antes de llegar supo que ya estaba preso y enjaulado, y se fue a Tlaxcallan, y se metió en San Francisco, monasterio de frailes, pensando guarecerse allí y escapar de las manos de Alonso de Estrada y bando de Cortés; sin embargo, así que se supo en México enviaron por él, y le trajeron y metieron en otra jaula junto a su compañero, sin que le valiese la iglesia. Con la prisión de estos dos cesó todo el escándalo, y gobernaban Estrada y Albornoz en nombre del Rey y del pueblo muy en paz, aunque aconteció que algunos amigos y criados de Gonzalo de Salazar y Peralmíndez se hermanaron y acordaron matar un día señalado a Rodrigo de Albornoz y Alonso de Estrada, y que las guardias soltasen entre tanto a los presos. Mas como tenían las llaves los mismos gobernadores, no se podía efectuar su concierto sin hacer otras; porque romper las jaulas, que eran de vigas muy gruesas, era imposible sin ser sentidos y presos. Así que dan parte del secreto, prometiéndole grandes cosas, a un tal Guzmán, hijo de un cerrajero de Sevilla que hacía vergas de ballesta. El tal Guzmán, que era buen hombre y allegado de Cortés, se informó muy bien de quiénes y cuántos eran los conjurados, para denunciarlos y ser creído. Les prometió llaves, limas y ganzúas para cuando las pedían, y les rogó que todos los días le viesen y avisasen de lo que pasaba, porque se quería hallar en librar los presos, no lo matasen. Aquéllos se lo creyeron, de necios y poco recatados, e iban y venían a su tienda muchas veces. Guzmán descubrió el negocio a los gobernadores, declarando por su nombre a los concertados, los cuales entonces pusieron espías, y hallaron ser verdad. Dieron mandamiento para prender a los del monipodio. Presos confesaron ser verdad que querían soltar a sus amos y matarlos a ellos; y así, fueron sentenciados. Ahorcaron a un tal Escobar, que era el cabecilla, y a otros. A unos les cortaron las manos, a otros los pies, a otros los azotaron, a muchos desterraron, y en fin, todos fueron bien castigados. Y con tanto, no hubo de allí adelante quien revolviese la ciudad ni perturbase la gobernación de Alonso de Estrada. Así como digo pasó esta guerra civil de México entre españoles, estando ausente Hernán Cortés; y la levantaron oficiales del Rey, que son más de culpar. Pues nunca Cortés salió fuera que soldado suyo se saliese de su mandato y comisión, ni hubiese la menor alteración de las pasadas. Fue maravilla no se alzasen los indios entonces, pues tenían aparejo para ello, y aun armas, aunque dieron muestra de hacerlo; mas esperaban que Cuahutimoccín se lo enviase a decir cuando él hubiese matado a Cortés, como trataba por el camino, según después se dirá.
obra
Desconocemos las razones de Leonardo para dibujar a este pobre personajes, cargado de cadenas y grilletes. Pudiera ser incluso un personaje para una fiesta, un disfraz. Pero también es posible que se trate de un estudio del natural. Leonardo se sentía atraído por los diversos tipos humanos, no sólo los bellos y dignos, sino los más desfavorecidos, grotescos, marginales. Su idea consistía en que la belleza y la juventud son resaltadas por la presencia de lo feo a su lado, lejos del mundo idealizado que se había impuesto en la pintura durante el Quattrocento.