Los retratos realizados por Goya durante la Guerra de la Independencia van a mostrar un importante cambio en la manera de trabajar del maestro, especialmente en los retratos infantiles. Ya no encontramos al pintor adulador de años atrás para introducirse en la veta del retrato realista del siglo XIX, anticipándose a Courbet o Daumier.El pequeño Pepito, nieto del médico de la Duquesa de Alba, aparece de pie, vestido con un mono blanco y chaquetilla de terciopelo verde. Con la mano izquierda sujeta las riendas de un caballito de juguete y en la derecha porta un sombrero militar con plumas. Tras él, al fondo de la habitación, contemplamos diferentes instrumentos militares - un tambor y un fusil de bayoneta -. La composición se organiza a través de planos paralelos que se introducen en profundidad, aunque sin apenas crear sensación de lejanía. La luz protagoniza la escena, resbalando por el mono del pequeño y dejando en semipenumbra el fondo. Las largas pinceladas aplicadas se aprecian perfectamente, aunque consigue mostrar las calidades de las telas - el terciopelo, la seda o el encaje del cuello - aunando en el lienzo la rapidez con la minuciosidad. El rostro del pequeño es uno de los mejores que realizó el aragonés, centrando la atención en los ojos y el gesto del niño, que vive el momento bélico con tensión a pesar de su tierna edad.
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La bella joven que observamos en este lienzo se caracteriza por mostrarnos su expresión, elemento común a todos los retratos realizados por Van Gogh siguiendo los modelos del Barroco Holandés. La figura se sitúa en primer plano, vistiendo un traje anaranjado con puntitos azules - jugando con la teoría de los colores complementarios avanzada por Delacroix y continuada por los impresionistas - y recortada su silueta ante un fondo amarillo donde también advertimos la existencia de puntos azulados. El rostro adquiere un color verdoso por efecto de la sombra, destacando la volumetría de la cabeza ante la planitud del fondo. Los ojos y el gesto triste de la muchacha se convierten en los principales centros de atención del lienzo; y es que Vincent comentó en alguna ocasión que prefería pintar los ojos de la gente a pintar catedrales.
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El hacer escultórico de Degas no puede considerarse desligado de su pintura, por cuanto fue producto de sus investigaciones en torno a la figura y al movimiento, sus grandes preocupaciones pictóricas. Sólo en una ocasión expondrá Degas una escultura de su firma. Lo hizo en el Salón de los Impresionistas de 1881 con Bailarina de catorce años (París, Museo d'Orsay), una figura con falda de tul y lazo de raso de seda, criticada entonces por su excesivo realismo. Una figura que no es más que una trasposición de una de las muchas bailarinas de ballet que el pintor plasmaba en sus cuadros con igual precisión y perfección de detalles, y a las que trasmitía la sensación de movimiento.
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Ingres realizó otras dos versiones más de este tema, y utilizó la figura principal como protagonista de otros dos más: la Bañista de Valpinçon y el Baño Turco (pintado treinta años después). La escena se desarrolla en un interior y parece haber captado a las mujeres en su intimidad. El tema principal es la escena de baño que está esbozada al fondo. Sin embargo, lo que nos llama la atención es la mujer de espaldas, bañada en una luz lechosa que la hace refulgir. La manera de tratar este cuerpo desnudo está más desarrollada en la Gran Bañista o Bañista de Valpinçon. La compleja elaboración de la mujer contrasta con el aspecto de rápido acabado de la escena del fondo. Tal vez lo más bello de esta escena sea la muchacha morena semisumergida en el agua.
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Renoir conoció a Aline Charigot en los últimos años de la década de 1870. Pronto se convirtió en una de sus modelos favoritas, estrechándose la relación hasta nacer un hijo -Pierre, el 23 de marzo de 1885- y contraer matrimonio el 14 de abril de 1890. Tras nacer Pierre, la familia se trasladó a Essoyes, el pueblo natal de Aline, donde el pintor se interesó especialmente por las bañistas, posando para esta escena la propia Aline, destacando su atractivo rostro y su larga cabellera pelirroja. Nos encontramos con una obra característica del llamado "periodo seco" identificada por el empleo de tonalidades frías y suaves, aplicadas con una pincelada rápida y fluida como podemos observar en el fondo, y un excelente dibujo y modelado, ejemplificado en la figura de Aline, cubriendo su cuerpo desnudo con una tela blanca. Aún podemos encontrar referencias al impresionismo como el deseo de plasmar el efecto atmosférico o las sombras coloreadas, pero Renoir ya está en un camino diferente a sus compañeros Monet y Pissarro, encontrándose más cercano a Rafael o Ingres.
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En verano de 1888 Renoir está trabajando en Argenteuil y Bougival, empezando a superar las tensiones que la había supuesto el llamado periodo seco. Paulatinamente empieza a trabajar con mayor libertad en el paisaje y las figuras como bien podemos apreciar en la Pequeña espigadora. La figura no goza del dibujismo de trabajos anteriores -véase las Grandes bañistas o La trenza- sino que parece envuelta en un halo atmosférico que difumina los contornos. Mientras, el paisaje del fondo recibe el potente foco de la luz natural, enlazando así con las teorías impresionistas. Las tonalidades son aplicadas de manera rápida y empastada, empleando cortos toques de pincel, como si se tratara de comas con las que se organiza la composición a modo de puzzle. Los colores anaranjados, verdes y amarillos dominan un conjunto cargado de armonía y felicidad, características que definen el estilo de Renoir en sus últimos años.