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La fase de relativa estabilización que sucede a la de aguda rapiña de normandos o magiares conoce un proceso de cristianización de los países de origen de los incursores. Si Bizancio ejerció su labor evangelizadora sobre eslavos y poblaciones eslavizadas de los Balcanes y sobre el principado varego de Kiev, Occidente hizo lo propio sobre la Europa Central y Nórdica. En el mundo báltico, bajo Luis el Piadoso y sus sucesores algunas acciones misionales en las penínsulas bálticas (las de Anscario y Rimberto) concluyeron en fracasos. Las acometidas normandas no constituían, precisamente, un factor favorable. En los años siguientes, la progresiva estabilidad política acabó facilitando la tarea. Eclesiásticos alemanes y, en algún caso, ingleses -no olvidemos las relaciones entre anglosajones y daneses- fueron los grandes protagonistas de la empresa. Se acostumbra a tomar los bautismos de algunos monarcas como los puntos de arranque de la conversión oficial de los reinos bálticos: los daneses Haroldo Diente Azul y su hijo Sven (en el 960), el noruego Haakon el Bueno (en torno a esa misma fecha) o el sueco Olaf Sköttkoning, bautizado por el monje inglés Siegfred a principios del XI. El establecimiento no sólo de sedes episcopales sino también de una red parroquial fueron las condiciones imprescindibles para domeñar un paganismo pertinaz. En Olaf II de Noruega, muerto en el 1030 en el curso de una guerra civil, tendría su pueblo uno de los primeros santos nacionales escandinavos. En la Europa Central y balcánica, la expansión misionera bizantina entró en crisis junto con la Gran Moravia desde el año 900. El eje de la vida política y espiritual se desplazaría en los años siguientes hacia el cuadrilátero de Bohemia en donde las influencias de Occidente (cristianismo romano, estructuras feudales) se fueron imponiendo frente al tribalismo pagano checo. En uno de estos enfrentamientos moriría el príncipe Wenceslao (hacia el 935), elevado posteriormente a santo nacional. La autoridad de los otónidas pronto se dejó sentir en el territorio. El duque bohemio Boleslao II se declaró vasallo de los emperadores alemanes y propició la fundación del obispado de Praga del que fue titular san Adalberto, el consejero de Otón III que en el 997 murió en una misión dirigida a los prusianos. La cristianización oficial de Polonia se inicia con el bautismo del duque Mezsco en el 966. La nueva religión se erigió en importante elemento de cohesión social del conjunto de pueblos (polanos y vislanos, fundamentalmente) asentados en el curso del Vístula. Bajo Boleslao el Fuerte, la red episcopal empezó a tomar consistencia: a la sede metropolitana de Gnesen (fundada en el año 1000) se unieron las diócesis de Posen, Cracovia y Breslau, regidas en un primer momento por obispos alemanes. A principios del siglo XI el paganismo mantenía aún sólidas posiciones en Polonia y los roces entre las influencias latinas y orientales constituían un elemento de perturbación. La sedentarización de los magiares tras el descalabro de Lechfeld fue factor decisivo para su posterior adopción del Cristianismo. La primera iniciativa en este terreno la tomó el príncipe Gilas, bautizado en el 950 en Constantinopla e introductor de algunos misioneros griegos en Panonia. Sin embargo, el éxito decisivo sería responsabilidad de los occidentales. Un acuerdo con el emperador Otón I en el 973 abrió el territorio magiar a misioneros enviados desde las diócesis de Passau y Praga. En el 985, el duque Geisa y su hijo Vajk recibieron el bautismo. Este último tomaría el nombre de Esteban y se convertiría a la larga en el santo nacional húngaro. La fundación en el año 1000 de la sede metropolitana de Gran fue el mejor signo de la articulación eclesiástica de la iglesia húngara. En los Balcanes corren parejas la cristianización y la consolidación de nuevos Estados. Bulgaria se convirtió en un importante reducto cultural eslavo-bizantino con zares como Simeón (893-927) o Pedro (927-969) con quien proliferaron las fundaciones monásticas como Rila. Bajo el zar Samuel -coronado solemnemente en Ocria en el 990- Bulgaria llega a convertirse en un auténtico imperio rival del bizantino aunque tal empresa acabase trágicamente con la reacción militar del basileus Basilio II (hacia 1014). A Occidente del campo de acción búlgaro, los eslavos croatas llegaron a crear una entidad política no desdeñable. En el 925, el knez (príncipe) Tomislav, tras reunir la Panonia croata y Dalmacia se proclama rey de Croacia. Será el primer título real en la historia de los eslavos del Sur. Drgislav (969-995) actuará como aliado de Basilio II contra Samuel de Bulgaria. Sin embargo, el reino croata se vería debilitado por las discordias internas, la presión veneciana sobre la costa dálmata y las disputas religiosas entre los cleros latino y griego Menor fortuna tendrían de momento los eslavos serbios que desde el 840 habían creado los Estados de Rascia -cerca de Novi Pazar- y Zeta, en Montenegro. La superioridad política y militar de búlgaros, bizantinos e incluso magiares a lo largo del siglo X harían inviable la supervivencia de estas entidades. El primer gran Estado serbio de la Edad Media tendría que esperar aún. En la Europa Oriental, la "Crónica de Néstor" atribuye prácticamente en exclusiva a los bizantinos el mérito de la cristianización de Rusia. No debieron de faltar, sin embargo, algunos intentos dirigidos desde el Occidente. Se ha hablado de un príncipe de nombre Askoldo bautizado en tiempos del papa Nicolás I (antes del 867) por misioneros latinos. Existen también otras tradiciones: la expedición evangelizadora de Bruno de Querfort muerto más tarde en Prusia, en el 1009. Estamos, sin duda, ante intentos enmarcables dentro de la emulación misional de Roma y Constantinopla. Una emulación que se estaba dando en los Balcanes y que, en el mundo ruso, se saldaría con una victoria total para los intereses espirituales griegos. El patriarca Focio habla de la existencia de algunas colonias cristianas rusas ya para el 867. Casi un siglo después -en el 945- había una iglesia cristiana en Kiev. Unos años después la princesa Olga, viuda del príncipe Igor, recibía en Constantinopla las aguas del bautismo. Posiblemente se trata de gestos aislados, ya que el hijo de Igor, Sviatoslav, ejerció de pagano convencido y de batallador incansable en las costas del Mar Negro. Uno de sus hijos daría el paso decisivo: Wladimiro. Se ha hablado de sus contactos con el rey noruego Olaf Tryggwison como posible incentivo. Pero fueron, sin duda, las relaciones con Bizancio las que aceleraron la cristianización oficial de Kiev. Los acontecimientos se precipitaron con el matrimonio de Wladimiro con la princesa Ana, hermana del basileus Basilio II a quien el príncipe de Kiev había ayudado en sus campañas. En el 988, Wladimiro y su pueblo recibían según la tradición (recogida en la "Crónica de Néstor") las aguas del bautismo por medio de la inmersión en el río Dnieper. La Rusia kieviana de Wladimiro -futuro santo nacional- se sumaba a la Iglesia de Constantinopla y a la cultura greco-eslava que tan excelentes frutos estaba dando en los Balcanes.
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Las condiciones creadas por las segundas invasiones y la desarticulación del Imperio carolingio dieron lugar a un nuevo orden político, en el que se integraron definitivamente normandos, húngaros y eslavos. Estos formarán sus Estados y fijarán sus límites a tenor de la expansión del cristianismo, bajo la atenta mirada de los dos imperios. El germánico extendería su influencia religiosa, político, cultural... sobre los pueblos del norte y centro de Europa. Con la formación de los nuevos reinos y principados, la Cristiandad occidental alcanzaría los máximos limites de expansión. Por su parte, el Imperio Bizantino haría lo mismo sobre los eslavos orientales y los asentados en los Balcanes. Los pueblos, que en el periodo anterior habían sido una amenaza para la Cristiandad, se incorporaron a ella de forma permanente y constituyeron la barrera que detuvo el golpe del asalto siguiente: la invasión mongola del siglo XIII.
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Del dicho popular que circuló en la Edad Media afirmando que "el aire de la ciudad hacía libres" a los hombres y mujeres que en ella residían, trabajaban y se relacionaban, a la llamada revolución comercial de R. S. López, la historia urbana y mercantil ofrece toda una serie de nuevas incitaciones que requirieron un conjunto de respuestas tendentes a solucionar los desequilibrios que el tirón de la ciudad provocó en la sociedad y economía de los siglos del crecimiento y la expansión de Europa (XI-XIII). Pero nada hay más incierto en esta época que la propia concepción de lo urbano, a pesar de que ello incluye una diversidad de actividades individualizadas (artesanos, comerciantes, intelectuales, juristas, oficiales al servicio del príncipe, clérigos), una especialización laboral y una solidaridad corporativa y concejil que no se encuentra en el medio rural. Los límites entre el campo y la ciudad no acabaran de perfilarse todavía en estos siglos del despertar urbano porque la población, los medios de subsistencia y las materias primas las seguirá proporcionando el campesino o el señor al vender los excedentes de la producción de sus tierras. Pero tampoco las ciudades tendrán una homogeneidad, aunque se identifiquen más aquellas que cuenten con una catedral y su correspondiente obispo, un mercado importante e incluso una feria, uno o varios puntos de contratación de mercancías prioritarias, un estatuto jurídico propio y, sobre todo, un recinto amurallado en uno o varios cinturones concéntricos con accesos controlados para proteger a sus habitantes o percibir los aranceles establecidos para las mercaderías circulantes y garantizar el proteccionismo comercial donde y cuando lo hubiera. Ahora bien, la ciudad se idealiza en la Edad Media. A mitad de camino entre la "Jerusalén celestial y la terrenal (la real y tangible)", que debe aspirar a imitarla, está la "ciudad ideal" que nos presenta, entre otros, el gerundense Francisco de Eiximenis en el siglo XIV, quien, aun formado en Colonia, París y Oxford, ejerció su quehacer filosófico y cultural en Valencia. El éxito de la ciudad a partir del siglo XI justifica esta idealización que no se halla para el campo, al que no le llegará en los tiempos medievales el elogio de la "alabanza de aldea y menosprecio de corte" de la Edad Moderna. Pero la ciudad es un organismo vivo que se transforma constantemente. Como apunta L. Benevolo, se trata en primer lugar de un sistema urbano que emerge a partir del siglo XI, después, en los siglos álgidos de la expansión económica se asiste a la formación de un nuevo sistema urbano occidental entre los siglos XII y XIII, y a partir del XIV vino la que este autor llama la época de los acabados. De esta forma, paulatinamente, los diversos espacios de la ciudad fueron integrándose en un espacio continuo, se regularizó la capacidad necesaria para su autonomía de gestión, se erigieron las construcciones repartiéndose el suelo edificable y se canalizó la producción a través del mercado, el cual constituye desde entonces el instrumento regulador de la oferta y la demanda, frente al mercado rural caótico y desmotivado. La figura del "hombre de ciudad" aparece animada de un espíritu de empresa, de una aceptación del riesgo y de un gusto por el enriquecimiento y el lucro sin límite que no se encuentra en el medio rural. Para ello se requiere un "soporte financiero", una "capacidad de organización del trabajo" en sus diversas fases de la producción y una "nueva ética mercantilista" que asuma "el purgatorio", cuyos orígenes ha desvelado J. Le Goff. La enorme vivacidad de la ciudad nos presenta al mercader alimentado por una gran curiosidad y un ansia por conocer que no encontramos ni en las cortes señoriales y castellanas ni en los claustros monásticos, donde prevalece lo establecido por costumbre o por norma. Pero la ciudad asume además su función intelectual y su papel como centro jurídico. En el mismo ambiente en el que irán surgiendo las Universidades, entre los siglos XIII y XIV, se instalarán también los tratados comerciales y de mercadería junto a los textos jurídicos que los romanistas contrastaran con los de los canonistas. Hasta el tiempo se vio afectado por los nuevos hábitos del mercader y del urbanita. El hasta entonces exclusivo tiempo litúrgico y estacional sería desplazado progresivamente por "el tiempo del mercado y del mercader, el tiempo del crédito y el interés", condenado por la Iglesia porque el tiempo sólo es de Dios, y el tiempo de lo festivo, cuando la ciudad se vaya transformando en un escenario público de celebraciones, espectáculos y diversiones, al recuperarse el "homo ludens" del que hablaba Huizinga. El tiempo se secularizó en el medio urbano mientras que perduraba en su regulación canónica en el campo, y si en éste la luz solar, desde el amanecer hasta el ocaso astral, concentraba la actividad rural, en aquel la actividad diaria comenzó a medirse por medios mecánicos. Los cambios en la medición del tiempo reflejaban, sin embargo, no sólo la secularización del mismo, sino también las transformaciones producidas en el ámbito urbano a medida que se diversificaban las funciones y dedicaciones de sus integrantes. Pero entre dichas transformaciones, las que más se identificaban con la nueva realidad dispar de la ciudad eran aquellas derivadas del nuevo panorama social en el que -como escribe R. Fossier- los nobles, los mercaderes, los maestros y los artesanos formaban parte de lo esencial de la ciudad; mientras que los excluidos, rebeldes, mendicantes, judíos o marginales no aspiraban todavía al asalto de la misma como lo harían entre la baja Edad Media y el Renacimiento; sin olvidar a esa otra categoría de hombres que no tendían la mano a la espada, ni a la moneda, ni a la herramienta de trabajo: los clérigos, a quienes el hombre de la ciudad exigiría más que al del campo; y también los oficiales públicos, los hombres de leyes, los notarios, los intelectuales o los sanadores (físicos o médicos), dignificando profesiones que con el tiempo conservarían su carisma e influencia social entre los destinatarios de sus servicios públicos o privados. Se trata, pues, de todo un mundo nuevo que clasificaba y distribuía a sus elementos en dedicaciones y conocimientos, disponibilidades económicas y categorías profesionales, asistencia espiritual y habilidades manuales, práctica jurídica y destreza científica. La recuperación progresiva del Derecho romano había ido devolviendo entre los siglos XII y XIII las libertades públicas, el sentimiento de la individualidad y las garantías personales en lo privado y en lo publico; emergiendo paulatinamente la sociedad civil en las comunas, los municipios, los concejos o las comunidades, cuando en la sociedad feudal el secuestro de dichas libertades y la privatización del poder público seguía siendo predominante. No obstante, en muchos casos la ciudad se convirtió en una nueva forma de explotación señorial del entorno próximo o más alejado, siendo el concejo el poder explotador y las aldeas dependientes lo explotado; lo que ha permitido a R. Hilton incardinar también a la ciudad en el modelo feudal de relaciones socioeconómicas y jurisdiccionales. Y en el otro extremo, el ejemplo de las ciudades-estado o ciudades-república del mar ligur o del Adriático (Génova o Venecia), de la Lombardía o de la Toscana (Milán o Florencia), con sus regímenes aristocráticos y mercantiles potenciados por los negocios y las finanzas; además de las ciudades asociadas pare proteger el comercio del mar del Norte, como las que relacionó la Hansa.
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La educación de la clase nobiliaria indujo a Felipe V a la creación en Madrid de una institución llamada a difundirse por otras latitudes a lo largo del siglo, el Seminario de Nobles (1725), dirigido hasta su expulsión por los jesuitas del Colegio Imperial y posteriormente por el célebre marino y científico valenciano Jorge Juan (1770-1773), al que siguieron los de Barcelona, Valencia, Gerona y otras ciudades, tanto en España como en América. Especial relevancia revistió la fundación, a cargo de la Sociedad Económica Bascongada de Amigos del País y en sustitución de los centros abandonados por los jesuitas, del Seminario Patriótico de Vergara (1776), rebautizado más tarde como Seminario de Nobles, que había de convertirse en uno de los más importantes centros de enseñanza e investigación de la España ilustrada, con sus estudios de primeras letras, humanidades, matemáticas y física, y con sus cátedras de química y mineralogía, donde se produjeron algunos de los descubrimientos científicos que desde el interior del país alcanzaron verdadera resonancia europea. Otra de las preocupaciones de la Corona fue la formación de especialistas militares, que llevó a la creación de toda otra serie de importantes instituciones. Entre ellas destaca por su elevado nivel científico la Academia Militar de Matemáticas, fundada en 1699, restituida por Felipe V en 1720 y abierta a los estudiosos civiles, que desempeñaría un papel fundamental en la formación de un cuerpo de ingenieros militares, cuyo campo de acción abarcaría, además de la fortificación, la arquitectura y el urbanismo, tanto en España como en América. A su lado hay que situar la Academia de Artillería de Segovia (1763), que recogió la experiencia de los centros militares anteriormente en funcionamiento y que mantuvo en activo un importante Laboratorio de Química regido por el francés Louis Proust. Y, finalmente, hay que referirse a las Escuelas de Guardiamarinas, creadas primero en Cádiz (1717, trasladada en 1769 a San Fernando) y luego en Cartagena y El Ferrol (1776), donde se introdujeron inmediatamente la física y las matemáticas modernas. La misma motivación militar tuvo la fundación de los Reales Colegios de Cirugía, para la Marina de Cádiz (1748), para el Ejército de Barcelona (1760) y San Carlos de Madrid (1787), cuya organización e inmediata dirección fueron encomendadas a los médicos catalanes Pedro Virgili y Antonio Gimbernat y que constituyeron otros tantos focos de la modernización de la práctica médica en España. Al margen de la preocupación estrictamente militar, otras importantes escuelas de enseñanza técnica debidas a la iniciativa oficial fueron la Real Escuela de Mineralogía de Madrid, dirigida por el prestigioso científico francés François Chabanneau; el Real Instituto Asturiano de Minas (1794), con sus secciones de náutica y mineralogía, la gran creación de Jovellanos con sede en Gijón; la Escuela de Veterinaria de Madrid (1793) y la Escuela de Caminos, Puentes y Canales, organizada ya en fecha tardía por el ingeniero canario Agustín de Betancourt, otro de los grandes nombres del progreso científico en España. La exigencia de sustituir a los jesuitas expulsados (que en la enseñanza de primeras letras dio nuevo empuje a la implantación de los escolapios) y de reutilizar su patrimonio condujo a la fundación de algunos centros de importancia. Quizás en este ámbito deba destacarse, sobre todo, la inauguración de los Reales Estudios de San Isidro, que, reorganizando el antiguo Colegio Imperial de Madrid regentado por la Compañía desde el siglo anterior, trataba de convertirse en paradigma de la enseñanza moderna, contratando a profesores laicos, difundiendo el espíritu jansenista, rechazando la escolástica e incluyendo entre sus disciplinas las matemáticas y la física experimental, el derecho natural y de gentes, el griego, el árabe y el hebreo y la historia literaria, cuyo primer catedrático titular fue el jurista Miguel de Manuel. Su proyección puede valorarse si tenemos en cuenta que por sus aulas pasaron entre otros Cornide, Miñano, Bosarte, Llorente, Forner, Marchena o Álvarez Cienfuegos. Un mayor alcance tiene la iniciativa de plantear una enseñanza laica siguiendo los métodos del suizo Pestalozzi, intentada por Francisco Voitel (primero en Tarragona en 1803 y luego en Madrid en 1805) y por José Dobely (en Comillas con la fundación del Seminario Cantábrico, 1805-1808). Si bien ninguna de las escuelas tuvo larga vida, la madrileña fue transformada, bajo la dirección del valenciano Francisco Amorós y el apoyo de Godoy, en el Real Instituto Militar Pestalozziano (1807), por cuyas aulas pasaron en calidad de observadores ilustrados de la talla de José María Blanco White o Isidoro de Antillón, antes de ser clausurado definitivamente a causa de la persecución desencadenada por los partidarios del monopolio religioso de la enseñanza primaria, no sin antes poder reclamar su condición de precursor de las modernas escuelas normales. Otro tipo de instituciones combinaron la enseñanza con otras funciones culturales y científicas. Su inventario, que da cuenta de la preocupación oficial por promover la actividad científica, debe hacer referencia en primer lugar a la fundación de la Librería Real (1716), una iniciativa de Felipe V para poner a disposición de los estudiosos los ricos fondos bibliográficos de los monarcas españoles y que constituiría el núcleo original de la futura Biblioteca Nacional. Por orden cronológico se sitúa a continuación el Real Gabinete de Historia Natural (1752), erigido por Fernando VI a propuesta del marino sevillano Antonio de Ulloa y formado por las ricas colecciones del peruano Francisco Dávila, su primer director, y del alemán Jacob Forster, que lo convirtieron en un importante depósito de especies minerales y, en menor medida, zoológicas y botánicas. El Real Gabinete de Máquinas (1791), otra creación de Agustín Betancourt, se nutrió esencialmente de las numerosas maquetas de ingenios mecánicos diseñados por el técnico canario en el transcurso de su estancia en París. También funcionaron en Madrid sendos Laboratorios de Química General, Química Aplicada a las Artes y Química Metalúrgica hasta 1799, fecha de su remodelación, que entrañó la supresión de los dos establecimientos generales de Madrid y Sevilla y la unificación de los dos restantes bajo la dirección del ya citado Louis Proust, que permaneció como su responsable hasta 1806. El desarrollo de las ciencias naturales había inducido entre sus cultivadores la idea de establecer Jardines Botánicos, que sirvieran a la experimentación y la docencia. Así se fundó el Jardín Botánico de Madrid (1755), cuyo primer director sería José Quer y que, tras su ubicación provisional en Migas Calientes, habría de instalarse definitivamente en el edificio construido a tal fin por Juan de Villanueva. Su ejemplo dio lugar a la proliferación de proyectos y realizaciones en otros ámbitos: fundación del de la Universidad de Valencia (cuya Facultad de Medicina se había deshecho de otro anterior), proyectos no llevados a la práctica de la Sociedad Bascongada y el Ayuntamiento de Barcelona, construcción del de La Orotava, en Puerto de la Cruz, en la isla de Tenerife, por iniciativa del sexto marqués de Villanueva del Prado. La renovación de la astronomía contó también con el apoyo de una serie de fundaciones reales. El Observatorio de Cádiz (1753, trasladado más tarde a San Fernando), dirigido inicialmente por el astrónomo francés Louis Godin, serviría de modelo para el proyecto del Observatorio de Madrid, sugerido por Jorge Juan a Carlos III, pero que no se llevaría a la práctica, según diseño de Juan de Villanueva, hasta 1790, después de la fundación en América del de Montevideo (1789) y antes de que fraguaran otros proyectos, como el de Santa Fé de Bogotá (1803) en América y el de El Ferrol en España (1806). De este modo, la potenciación de las Academias, la reforma universitaria y la creación de otros centros, que sustituyesen a los abandonados por los jesuitas o que supliesen las carencias de unas universidades reticentes a la modernización de la enseñanza, constituyen otras tantas palancas de la intervención oficial en el ámbito de la cultura. Este intervencionismo se ejerce de otras maneras, como pueden ser el patrocinio de numerosas expediciones científicas o la potenciación de las Sociedades Económicas de Amigos del País y los Consulados de Comercio.
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La subcultura británica no consistió tan sólo en música popular. El período 1960-3 fue también el gran momento de Carnaby Street, de Mary Quant y de la minifalda, en definitiva de una moda que quería parecer, voluntariamente y a la vez, ridícula, infantil y provocativa. Incluso se puede añadir que Londres fue efímera capital mundial no sólo de la cultura popular sino también de la "cultura cultivada". En este momento muchas novedades literarias (Burgess, A clockwork orange) o teatrales (Hall, Marat-Sade, 1964) procedían de allí. Pero gran parte del cine británico de esta época fue financiado por los norteamericanos. Éste es el caso de Tom Jones, de Richardson (1963), por ejemplo. El propio Richard Lester, director de A hard day's night, la película de los "The Beatles", lo era. De cualquier modo, a esa subcultura juvenil le surgieron competidores en otras partes del mundo. Los franceses pretendieron que Courreges había inventado la minifalda y lo cierto es que este modisto vino a ser un relevo lo que había significado en el pasado Chanel y fue uno de los que impusieron el "prêt a porter". Toda esta descripción puede parecer limitada a tan sólo aspectos superficiales pero es posible también ampliarla a los valores. En 1970 el sociólogo norteamericano Inglehart descubrió que en las sociedades occidentales más desarrolladas, principalmente entre los jóvenes, se estaba empezando a producir una transición desde los valores materialistas a los posmaterialistas. La hipótesis que enunció para explicar esta realidad fue que, por un lado, siempre se da más valor a aquello de lo que se carece, lo que explicaría que fueran las sociedades opulentas en donde se daba este fenómeno. Pero, además, previó, como luego las encuestas probarían, que este fenómeno no se detendría sino que tendería a acentuarse. Los valores posmaterialistas, en efecto, se han difundido con el paso del tiempo y también lo que genéricamente denominamos como "valores posmodernos" -permisividad, críticas a la autoridad política...-, los cuales se pueden identificar de un modo u otro con la herencia de los sesenta.
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A su búsqueda, definición y concreción dedica Dahrendorf en 1982 su ensayo "Oportunidades vitales", interesado en la renovación del liberalismo como organización social y forma de vida. Porque, como él mismo señala al justificar su búsqueda, la tarea de la libertad es ampliar las oportunidades vitales y buscar nuevas posibilidades. Si no se da esta búsqueda no hay libertad: "Puede existir, pues, un progreso de la libertad. Puede haber sociedades que ofrecen mayores posibilidades que otras para realizar el deseo humano de reducir la coacción innecesaria; puede haber sociedades más abiertas y más desarrolladas en las que las oportunidades vitales estén más avanzadas y más difundidas. Y como quiera que esto es así, no tenemos derecho a descansar y a holgar en ningún momento en nuestra tarea de hacer avanzar las fronteras de la libertad (Ibídem, páginas 37-38).Las oportunidades vitales, en las que se suman, condensan y potencian "la felicidad, la utilidad, el bienestar, la supresión de ligaduras y coerciones innecesarias y el derecho a contar con opciones múltiples entre las que poder elegir", son por encima de todo dimensiones de la libertad en la sociedad; una libertad entendida como la búsqueda de más oportunidades vitales para mayor número de gentes.La renovación del liberalismo está exigiendo una apuesta por la libertad y la igualdad. Porque -y ello especifica, o pretende hacerlo, a estas sociedades postindustriales- lo que se busca, lo que debe entonces interesar es la superación de un crecimiento medido más por suma de referencias que por el alcance de opciones en las nuevas sociedades abiertas. Hay, pues, que luchar desde la incertidumbre y desde la libertad por ampliar las oportunidades vitales, puesto que el nuevo reto es el de abrir más posibilidades y más ocasiones para un mayor número de personas, y de hacerlo, además, en el sentido de la vinculación entre elecciones y puntos de referencia.La visión optimista de las sociedades modernas radica en su capacidad de potenciar el crecimiento de las oportunidades vitales humanas, puesto que han crecido tanto la cantidad como la amplitud de opciones así como la posibilidad de estar a disposición de un cada vez mayor número de hombres: "Quien no puede elegir por sí mismo su escuela, su trabajo, su partido político, su lugar de vacaciones y muchas otras cosas, no es libre".Las oportunidades vitales, en fin, se resumen en el conjunto de posibilidades que los hombres tienen de realizar sus necesidades, sus intereses, sus proyectos, etcétera, de la forma más profunda, amplia y progresiva, y dentro de un contexto social determinado.Porque las oportunidades vitales no se distribuyen de forma igual o paralela para todos, precisamente porque, aparte de imposible, terminaría siendo aburrido y haría imposible una convivencia por anulación de las capacidades, disponibilidades y hasta diferencias fisiológicas entre los hombres.Si todos los hombres fueran iguales sería imposible la conformación de estructuras, la ordenación de sociedades y la configuración y desarrollo del progreso. Serían de hecho imposibles las mismas sociedades; y no cabrían ni la supervivencia ni la vida. "La sociedad -va a ratificar Dahrendorf casi parafraseando a Aristóteles- es necesaria porque las personas, que son diferentes entre sí, tienen que crear instituciones comunes para sobrevivir y progresar en común".Y las diferencias entre los hombres y los grupos terminan de hecho no importando -o importando menos- precisamente porque los intereses individuales o de grupo se interfieren y complementan, aun cuando puedan competir con los de otros. Y porque, además, hay hombres que logran imponer su voluntad a otros que tampoco, si se mantienen los oportunos equilibrios, están preparados, dispuestos o resueltos a no dejarse controlar."El miedo a la libertad" de que hablaba E. Fromm, viene a ratificar igualmente esta necesidad de estructuras de poder de cualquier tipo, desde las cuales se ordena, se perfecciona y se hace permanente y progresiva la marcha de las sociedades.¿Cómo funcionan las sociedades? ¿Acaso es el consenso el camino o la vía universalmente aceptada en la conformación y permanencia de las sociedades? ¿O más bien es la dominación la que mejor explica las sucesivas formas de las estructuras sociales a partir de unas estructuras de poder que logran imponer unas jerarquías no siempre idóneas a la hora de mantener la diversidad en la igualdad?En las estructuras de poder y, más aún, en su forma de actuación y desarrollo se halla el origen de los conflictos: El sujeto del conflicto de clases son las oportunidades vitales o, más precisamente, la desigual distribución de las oportunidades vitales. Quienes están en el extremo menos ventajoso demandan más titularidades y provisiones a quienes están en los puestos aventajados.Porque la lucha que se genera cuando no hay respuesta, o al menos no la querida, a las demandas, con el desarrollo de las sociedades deja de ser invisible o latente para volverse manifiesta, organizada y exigente de una aproximación, de un reparto distinto, menos drástico, que progresivamente anule las desigualdades cualitativas, reduzca las desigualdades cuantitativas y promocione la marcha hacia la conquista plena y amplia de los derechos sociales.Si en la sociedad industrial las figuras dominantes fueron primero el empresario, y más adelante el ejecutivo industrial y el hombre de negocios, en la sociedad postindustrial los nuevos hombres, los que progresivamente han venido sustituyendo a los primeros a partir de los años cincuenta -que es cuando Bell sitúa su nacimiento- van a ser los científicos, los matemáticos, los economistas y los ingenieros de la nueva tecnología intelectual.Ahora, por tanto, las decisiones de producción y de negocios quedan subordinadas a las que los Gobiernos crean oportunas en función del crecimiento económico o de su equilibrio. Pero el Gobierno, cualquiera que sea y con el programa que se quiera, se verá forzado a apadrinar la investigación y el desarrollo, el análisis de costes-eficacia y de costes-beneficios; de forma que la toma de decisiones deberá tener necesariamente y de forma progresiva carácter técnico: "La buena utilización del talento y la expansión de las instituciones educativas e intelectuales se convertirán en la primera preocupación de la sociedad; no sólo los mejores talentos, sino finalmente el complejo total de prestigio y status, estarán arraigados en las comunidades intelectuales y científicas" (D. Bell, El advenimiento de la sociedad postindustrial, página 395).La habilidad técnica se convierte así en la base del poder, al que se accede primordialmente por la educación, y por eso los que están en la cúspide de la nueva sociedad son los científicos, que necesariamente habrán de ser tenidos en cuenta a la hora de las decisiones políticas, y deberán contar y alinearse con diferentes facciones de otras elites complementarias.Las nuevas figuras dominantes o, si se quiere, las nuevas elites basadas en la preparación crecen y tienen poder precisamente porque el conocimiento y la planificación se han convertido en los requisitos fundamentales para todo tipo de actividad organizada en estas sociedades: "Los miembros de esta nueva clase tecnocrática, con sus nuevas técnicas de toma de decisiones (análisis de sistemas, programación lineal y presupuestación de programas) son ahora esenciales para la formulación y análisis de las decisiones sobre las que han de formarse los criterios políticos, cuando no para el desempeño del poder" (D. Bell, Ibídem, página 415).La preparación técnica se convierte así, y de forma creciente, en "la condición predominante de la competencia para el empleo y la posición". Y tanto el propietario de una empresa como el político se verán en la necesidad de contratar a técnicos y expertos -la nueva "intelligentsia" técnica y profesional- como forma de seguir manteniendo la competencia profesional, la organización del poder y la seguridad de avances en la ahora llamada "democracia de participación".En esta realidad nueva crecen en valor, importancia y lucha por su consecución los derechos sociales. Y su consecución y conquista hablan de la superación de los viejos derechos civiles y políticos, que son los superávits de liberalismo parlamentario del siglo XIX y del sistema democrático posterior, el que se realiza a lo largo de los dos primeros tercios del siglo XX tras la progresiva imposición y realización del sufragio universal.De lo que se trata ahora -y es el objetivo referido por Dahrendorf- es de la búsqueda y obtención de derechos iguales en marcos constitucionales que controlen y domestiquen al poder, de tal modo que "todos puedan disfrutar de la ciudadanía como fundamento de sus oportunidades vitales".¿Un mundo perfecto, acaso? ¿Un mundo sin clases? Por supuesto que no. Resta mucho todavía, incluso en los países de la OCDE, para que todos los ciudadanos vean satisfechos y asegurados sus derechos de ciudadanía. Las clases siguen funcionando. Y hasta es positivo y obligado su funcionamiento en tanto actúan como "fuerza conductora del conflicto social moderno"."La sociedad industrial en la que vivimos -había afirmado R. Aron, en el inicio de los años sesenta- y que fue prevista por los pensadores del último siglo básicamente democrática, es normalmente, si no necesariamente, democrática, en el sentido de que no excluye a nadie de la ciudadanía y tiende a ofrecer a todos un bienestar material".La preocupación de Aron iba, sin embargo, mucho más allá. Se interesó por el futuro de la sociedad industrial; tuvo en cuenta el futuro de las economías europeas una vez que se iniciara la detención, o la "ralentización" del crecimiento; siguió insistiendo en la tendencia de las sociedades industriales a convertirse en sociedades de clases medias a partir de la reducción de las desigualdades de renta, y acabó deduciendo que la clave de la historia económica moderna es el progreso técnico.Pese a la aproximación real de su pronóstico, los años ochenta han venido a conformar que el progreso técnico ha sido insuficiente. La crisis de los setenta -y en ello se va logrando cada vez más unanimidad- pudo ser reducida o superada cuando la Administración del Estado creció de tal manera que prácticamente en todos los países de la OCDE más de la cuarta parte de su población ha conseguido disfrutar de empleos de tipo funcionarial. Esta tendencia ha seguido en aumento a lo largo de los ochenta, cuando ha seguido creciendo más y más la actividad gubernamental, de modo que puede asegurarse, casi sin temor a la duda, que el viejo poder del pueblo, base de su soberanía y de sus decisiones mediante el voto múltiple -nacional, regional, municipal-, ha sido sustituido o mermado por el poder de la burocratización."Todo, comentará Dahrendorf, queda sometido a la sutil tortura de la burocracia: Los valores de la seguridad y el ascenso metódico, del trabajo asegurado, aunque no muy pesado, y una impersonalidad calculable de las relaciones de autoridad han tendido a configurarse como valores preferidos de la gente de muchas profesiones, incluso en sociedades en las que la supervivencia de la mayoría depende de la ubre del gobierno... La vida dentro de la Administración puede no ser excitante ni incitadora, puede que no ofrezca muchas oportunidades para innovar y realizar carreras inusuales, pero es una notable realización social que satisface muchas aspiraciones" (R. Dahrendorf, El conflicto social moderno, página 159).Pensando precisamente, y proyectando un "Estado social", progresivamente abierto a unas políticas sociales modernas que insisten en la ampliación y cualificación de niveles de vida y de educación, transferencias de rentas hacia grupos peor dotados, mejores cuidados médicos para todos, etcétera, con vistas a la conquista y ampliación de los derechos de la ciudadanía social, se han precipitado los costes a la par que aumentan las necesidades, crece el número de jubilados y se insiste en el estancamiento cuando no la reducción de los gastos públicos.Para hacer realidad todas estas intenciones se amplió sobremanera la burocracia en unos Estados que se convirtieron en los primeros, seguros y crecientes "empleadores". Y como resultaba imposible el mantenimiento, y menos aún el aumento, del proceso, fue surgiendo a la vez una conciencia cada vez más amplia de crisis de la democracia. El debate en torno al crecimiento económico dejó abierto el camino a otro mucho más trascendental: el debate sobre la gobernabilidad, que al final de los setenta y a lo largo de los ochenta acentuó preocupaciones, una vez que todos comenzaron a tomar conciencia de que el bienestar personal se hallaba ligado, o dependía, del bienestar del país, precisamente cuando los Gobiernos resultaban inhábiles para atajar la inflación sin reducir al mismo tiempo expectativas de crecimiento y de creación de puestos de trabajo.La inflación incontrolada generó no tanto protestas como la total desilusión colectiva; y de un clima de Estado de bienestar sustitutivo del viejo "Estado-Providencia" se pasa a una esperanza, a una expectativa o a una exigencia de "menos gobierno".Se toma una mayor conciencia de que la mayoría de los seres humanos, si se exceptúan los grupos privilegiados del "primer mundo", los que acumulan riqueza y trabajo bien remunerado y fijo, son pobres y desgraciados. Y esto retrasa sobremanera el ya viejo reto de conseguir una sociedad civil mundial.No obstante -y aquí reside el gran reto de las generaciones que todavía hoy no han podido acceder al ejercicio de sus titularidades- la vida sigue girando en torno a la actividad humana; y son necesarios, como nunca, unos "valores nuevos" para conseguir respuestas nada fáciles:"La cuestión -termina comentando Dahrendorf- es encontrar una vida que no sea ni burocracia ni adicción. No, la cuestión no es "encontrarla", sino "hacerla". La gente joven tiene que hacer que tenga significado. El tener significado encierra dos aspectos: lo que la gente haga tiene que ser alegre y tiene que interesar".
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Al tiempo que las potencias mercantiles tradicionales tropezaban con dificultades, cuando no iniciaban un inequívoco declive, otras irrumpían con fuerza notable en el escenario del comercio internacional. En su mayor parte se trataba de potencies que poseían fachadas costeras en el Atlántico, convertido desde finales del Medievo en el gran protagonista tanto de la actividad naval europea en general como del comercio marítimo en particular. Una de esas nuevas potencias fue Inglaterra. Sus puntos de partida eran inmejorables, pues poseía en abundancia lana y carbón, pero también unos puertos magníficos, de los que sobresalían Londres y Bristol, y, desde comienzos del siglo XIV, una industria pañera en creciente expansión. En un determinado momento del siglo XIV los ingleses decidieron establecer una "staple" en el Continente, en la zona del mar del Norte. Se trataba de un punto de venta obligatorio de sus lanas. Ese punto fue, habitualmente, el puerto de Calais. Asimismo, los mercaderes constituyeron asociaciones, de las cuales la más importante fue la de los "Merchant Venturers". Por si fuera poco un decreto del año 1381 reservaba para los comerciantes nacionales la utilización de barcos para los productos que se exportaban desde Inglaterra, lo que, en el fondo, venia a ser un "acta de navegación". El comercio exterior inglés tenía sus pilares en la exportación de minerales -hulla, plomo, estaño-, cueros, sebo y, fundamentalmente, paños. Este último capítulo conoció un auténtico salto adelante en el siglo XV. Si en el año 1400 salieron de Inglaterra unas 38.000 piezas, al mediar el siglo XV esa cifra se elevaba a casi 60.000, aún cuando el crecimiento no fue lineal. Las cuentas de las aduanas de los años 1446-1448 revelan que en ese periodo Inglaterra exportó paños y lana por valor de 172.000 libras, en tanto que los restantes productos sólo alcanzaron las 11.000 libras. Los paños se embarcaban en Londres, Bristol, Southampton, Boston, Hull e Upswich, dirigiéndose a toda Europa, desde Lisboa, al Sur, hasta Bergen, al Norte, pasando por la zona de la desembocadura del Rin. Más modesta fue la presencia de Holanda, que dio en los siglos XIV y XV sus primeros pasos como potencia económica. Sin duda se benefició Holanda del auge de la pañería, proceso en buena medida paralelo al retroceso de la producción textil flamenca. Simultáneamente adquirían una dimensión internacional las ferias de Bergen-op-Zoom y la banca florecía en núcleos como Leyde, Delft, Dordrecht o Maastricht. Pero quizá lo más espectacular fue el progreso experimentado por los puertos de Amsterdam, inicialmente una simple aldea de pescadores de arenques, y de Rotterdam. Así las cosas, se explica que en la decimoquinta centuria los mercaderes holandeses se sintieran con suficiente fuerza pare competir en el ámbito báltico con los comerciantes de la Hansa. Los últimos protagonistas que debemos presentar son los reinos hispánicos, tanto la Corona de Aragón como la de Castilla o el Reino de Portugal, en donde el puerto de Lisboa tenía una importancia creciente. La Corona de Aragón experimentó una formidable expansión, tanto militar como económica, por el Mediterráneo. Ahora bien, el comercio desarrollado en el Mare Nostrum fue ante todo una actividad propia de Cataluña. El Principado tenía excelentes puertos (sobre todo el de Barcelona), una burguesía emprendedora, una producción pañera en ascenso e instituciones adecuadas para la protección de los mercaderes (como el Consulado del Mar). El comercio catalán de fines de la Edad Media se articuló en torno a tres grandes rutas: el Mediterráneo oriental, en donde interesaban las especias; el sur de Francia, Cerdeña y Sicilia, regiones que proporcionaban cereales y, a cambio, compraban tejidos; Berbería, en donde se obtenían pieles, cuero y cera. El comercio catalán alcanzó su mayor prosperidad en la segunda mitad del siglo XIV. Pero en el siglo XV entró en franco declive, debido tanto a la presencia turca en el Mediterráneo oriental como a las propias dificultades por las que atravesó el Principado. La Corona de Castilla conoció a fines del Medievo, particularmente en el siglo XV, una gran expansión del comercio a larga distancia. El foco principal de esa actividad era el que formaban la ciudad de Burgos, por una parte, y la costa oriental del Cantábrico, con Bilbao como puerto esencial, por otra. Burgos, en donde se creó en 1443 una universidad de mercaderes, era el gran centro recolector de lanas. Los vizcaínos, por su parte, desempeñaban el papel de transportistas. El comercio de exportación castellano se basaba en primer lugar en la lana, pero también en el hierro vizcaíno, el aceite y el vino y, desde el siglo XV, en el azúcar procedente de las islas Canarias. En contrapartida Castilla importaba manufacturas, algunos alimentos y, en menor medida, tapices y retablos. El comercio castellano se dirigía básicamente hacia Flandes, la costa atlántica de Francia y el sur de Inglaterra. En ese contexto surgieron colonias de mercaderes de Castilla en ciudades como Brujas, Rouen o Nantes. Pero también se formó un importante foco de actividad comercial en el suroreste de Andalucía. Sus grandes animadores fueron los hombres de negocios genoveses establecidos en aquella zona, los cuales, aparte del interés que mostraron por los productos de la tierra andaluza, proyectaron su actuación sobre el norte de África.
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En el siglo XVII, el comercio marítimo entró en un nuevo período de expansión, con la multiplicación de las relaciones entre los continentes. Se originó de forma paralela un reparto de funciones intercontinental, que los volvió interdependientes. De forma paralela se producen cambios en el protagonismo de las distintas potencias coloniales. A comienzos de siglo, los imperios coloniales de las dos potencias ibéricas, unidas bajo la misma Monarquía desde 1580, se encontraban en su cenit, aunque con claros síntomas de dificultades. A lo largo del siglo tuvieron que enfrentarse con una época de recesión, que las obligó a ceder terreno ante rivales más fuertes económicamente. Aunque, en definitiva, España lograse mantener indemnes sus territorios y Portugal consiguiese reconvertir su Imperio, tuvieron que ceder el papel protagonista ante candidatos capaces de adoptar métodos más adecuados a las nuevas circunstancias. Inglaterra, y en menor grado Francia, pusieron las bases de sus futuros grandes imperios. Pero fue la navegación holandesa la que ostentó la primacía, mientras tendía las redes de su comercio por cuatro continentes.
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Cuando a mediados del siglo I a.C. Cicerón escribía su tratado "La República", evocaba los tiempos en los que Escipión Emiliano era el primer ciudadano de Roma y consideraba que ese período de la historia de Roma había sido la Edad de Oro de la República. Pero a los ojos de los historiadores de hoy ese juicio de Cicerón parece demasiado optimista. Los problemas y desórdenes que surgieron en la época de los Gracos no fueron el resultado de un pequeño grupo de ciudadanos agitadores, sino el resultado de las tensiones sociales y contradicciones políticas que se fueron gestando durante la época de las grandes conquistas. Estas mismas conquistas -y la influencia del helenismo en Roma- magnificaron la importancia del general vencedor en detrimento de las propias instituciones republicanas. La necesidad de recurrir a poderes personales es una de las características de este período que ya entonces supuso un factor de disgregación política importante y que posteriormente será un elemento rompedor de la propia institución republicana, cuando pasó a ser el instrumento esencial de la acción política. Los generales victoriosos proporcionaban las riquezas que permitían: limitar las tensiones sociales, posibilitar el constante aumento de oportunidades económicas para diversos grupos sociales y, al mismo tiempo, afirmar la importancia política de la clase senatorial. Existe pues, en este sentido, un militarismo que impugna toda la actividad política y económica de este período. Las recompensas que a cambio de sus triunfos recibían, confieren a los generales de esta época una importancia enorme, que englobaba tanto el honor como la influencia política -apoyada ésta en sus numerosas clientelas- y el enriquecimiento personal. Respecto al primer punto basta recordar algunos casos significativos: Manio Valerio, después de la toma de Mesina (246 a.C.) se hizo llamar Mesalla, primer sobrenombre derivado del nombre de la ciudad conquistada. Flaminio emitió monedas con su efigie y otro tanto había hecho antes Escipión en Hispania. Ambos intentaron utilizar el título de imperator unido al culto de Júpiter, y Paulo Emilio -el vencedor de Pidna- hizo que se inscribiera su hazaña en una columna triunfal. Pero además, los generales victoriosos adquieren sobre las comunidades sometidas un poder que se traduce en el sometimiento personal de éstas a su conquistador. Por ejemplo, Claudio Marcelo, cónsul por primera vez en el 222 y artífice del sometimiento de Siracusa, fue elegido patrono de la ciudad por los propios siracusanos. Q. Minucio Rufo, cónsul en el 197, que había sometido aquel año la Liguria, es elegido patrono por los genuates (Génova) y Paulo Emilio, que había vencido a los lusitanos (189) siendo pretor, a los ligures (182) durante su primer consulado y a los macedonios en Pydna (168), fue elegido patrono por los lusitanos, los ligures y los macedonios. También Flaminio poseía numerosas clientelas en Grecia, donde fue designado patrono (proxenos) de varias ciudades, Delfos entre ellas. Para las comunidades conquistadas, su sometimiento era sin duda considerada la obra personal de un hombre, por más que fuera mandatario y representante oficial del Senado. Así, le consideran el verdadero dueño de su destino. Es con él con quien ellos entablan negociaciones, con quien tratan directamente y no con el Senado, lejano y abstracto para ellos. Es pues a él a quien se someten y a su fides a la que se encomiendan. Estas clientelas actuaron como mecanismos de control social y determinaron no sólo el prestigio y la fortuna política de estos personajes, sino el enriquecimiento personal a veces excesivo y no siempre lícito. Ya hemos hablado del flujo de bienes que la expansión territorial procuró a diversos grupos sociales, entre ellos, la aristocracia senatorial. No obstante, se ve claramente por parte de la aristocracia senatorial durante la primera mitad del siglo II a.C., una preocupación por controlar el exceso de lujo y la desigual distribución de la riqueza. Indica la conciencia de que tales ventajas económicas tenían también el riesgo de romper el equilibrio del propio cuerpo social. En tal sentido se tomaron iniciativas como la promulgación de la Lex Fannia (161), la Orchia o la Baebia (ambas del 181 a.C.) cuyo objetivo era limitar la ostentación y los gastos suntuarios. La cuestión de la riqueza y del modo en que ésta era adquirida es el objeto de muchos discursos de Catón, que representaba a un sector importante de senadores. Su batalla contra la corrupción producida por el lujo excesivo y el enriquecimiento ilícito no se apoyaba en consideraciones morales, sitio en su deseo de mantener la estabilidad y el sistema senatorial. En este sentido mantuvo una larga batalla contra Escipión el Africano, iniciando un proceso contra él que lo obligó a abandonar la vida política y a retirarse a Literno, aunque se negase a responder a las acusaciones de que era objeto: la apropiación de una parte del botín sustraído a Antíoco y el haber entablado negociaciones personales con el rey, al margen del Senado. También Catón, en el 190 a.C., se opuso a la candidatura a censor de Acilio Glabrión porque éste había sustraído parte del botín de la campaña oriental en la que el propio Catón había tomado parte como letrado. La cuestión del botín es un tema recurrente en Catón, así como que debía ser distribuido equitativamente entre los soldados y no entre unos pocos amigos. Catón denuncia una serie de prácticas que debían ser usuales, como la extorsión de los gobernadores en sus provincias, la excesiva libertad concedida a los publicanos en sus negocios (a los que llama ladrones públicos vestidos de púrpura y oro) o la concesión de prebendas e inmunidades al séquito de los magistrados romanos a expensas de las comunidades provinciales. No es que Catón -ni ningún otro senador- estuviese en contra de la riqueza. Es suya la máxima de que "un hombre debe dejar un patrimonio mayor del que recibió como herencia" y sus negocios posibilitaron, sin duda, que él lo consiguiese. Pero el uso de esta riqueza tenía implicaciones políticas peligrosas. Las exigencias populares de un reparto más justo de los recursos implicaba el riesgo de una ruptura del equilibrio social, como sucedió en época de los Gracos y que Catón supo entrever.
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La declaración de la guerra por Francia en 1689 y la necesidad de recaudar un donativo, junto con la acción de agentes de Luis XIV, vuelven a desencadenar la rebelión de los campesinos -el movimiento se extiende entre Vilafranca del Penedés y la plana de Vic-, quienes de nuevo se dirigen a la Ciudad Condal para imponer sus demandas, aunque son dispersados y finalmente derrotados por el virrey, tras una serie de escaramuzas, con el apoyo de los consellers de Barcelona, que fueron recompensados en 1690 con el privilegio de mantener cubierta la cabeza en presencia del rey, privilegio que se les venía denegando desde las Cortes de 1632. La revuelta de los barretines preludia la que se desencadena en Valencia en 1693. También aquí los sectores privilegiados del campo (abogados, clero y síndicos) arrastran a los campesinos descontentos, pero a diferencia del movimiento catalán las acciones iban dirigidas contra el pago de los impuestos señoriales. Las detenciones efectuadas por el virrey provocaron los primeros motines en Vilallonga en el mes de julio y la formación de un ejército de agermanados que es derrotado pocos días después por las tropas reales, aunque los dos principales cabecillas lograron escapar manteniendo la agitación en el ducado de Gandía hasta el punto de que los señores no conseguirán encontrar quien quiera arrendar los impuestos. A finales de 1693 la situación quedó prácticamente controlada con la captura de uno de los jefes de la revuelta, que fue condenado a muerte en 1694, mientras el resto de los rebeldes pagaron su osadía en galeras. A finales del siglo XVII la colaboración entre los reinos y la Corona es un hecho indiscutible, como también lo es la primacía adquirida por la aristocracia en las decisiones políticas. La Paz de Ryswick permite, además, restañar las heridas causadas por la guerra con Francia y retomar las reformas fiscales y económicas que habían sido postergadas. Sin embargo, las disputas palatinas en torno a la sucesión de Carlos II ensombrecerán los últimos años del reinado. La designación de José Fernando de Baviera como heredero del monarca español acalla las diferencias existentes entre las facciones cortesanas, agrupadas de nuevo en torno al conde de Oropesa, que asume la presidencia del Consejo de Castilla. El fallecimiento del príncipe, sin embargo, vuelve a reavivar el debate sucesorio, adscribiéndose el conde de Oropesa al partido del Almirante de Castilla, proclive al archiduque Carlos, hijo del Emperador Leopoldo I, y otros a la camarilla pro-francesa dirigida por el cardenal Portocarrero. La pugna de ambos partidos alcanza su máxima conflictividad en 1699. Las malas cosechas de los años anteriores y la subida de los precios agrícolas provoca una crisis de subsistencias y disturbios en Valladolid y otras ciudades que será hábilmente manipulada por el partido francés para imponerse en la Corte, donde las masas urbanas hambrientas, instigadas por agentes de Francia, se amotinan exigiendo la rebaja del precio del pan y de otros artículos comestibles, pero también el nombramiento de Francisco Ronquillo como corregidor y la dimisión de Oropesa, cuya casa es asaltada. Estos sucesos, conocidos como el Motín de los Gatos, serán la causa de la caída de Oropesa y de su exilio de la Corte junto con el Almirante de Castilla, los dos paladines del candidato imperial al trono español, dejando así libres las manos al partido francés, que alcanza finalmente su propósito con la designación como heredero de Carlos II a Felipe de Anjou, a quien Castilla proclama rey el 24 de noviembre de 1700.