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Richard Wagner será una de las figuras más importantes de la música en la segunda mitad del siglo XIX. A partir de 1860 buen parte de su obra será ampliamente conocida por el público de París y Baudelaire había escrito un artículo en el que adulaba su música. Cézanne también sentirá especial admiración por Wagner y tomará su obra "Tannhäuser" como subtítulo para esta composición. La escena se desarrolla en el Jas de Bouffan, la casa de verano que el padre del pintor adquirió en 1859. Posiblemente las modelos sean Marie, la hermana de Cézanne, y su madre, Anne-Elisabeth-Honorine Aubert. En la zona de la derecha observamos el sillón con tejido de flores que se utiliza en el retrato del padre leyendo el periódico y de Achille Emperaire. La escena es tremendamente intimista, en sintonía con algunos trabajos de Manet pintados en estas fechas, utilizando colores pardos que contrastan con el blanco del vestido de la joven. Las figuras están estilizadas, recordando ligeramente los trabajos de Whistler. Las pinceladas son ahora menos empastadas que en trabajos precedentes, aplicando el color de manera abocetada y ligera como se aprecia en el vaporoso vestido o la tela del sillón. La decoración de la pared crea un movimiento rítmico que servirá de inspiración a Gauguin y Matisse.
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En abril de 1885 Renoir conoce al senador Etienne Goujon quien le encarga los retratos de sus hijos. Aquí observamos a Marie con un aro, vestida con un traje blanco, calcetines del mismo color y zapatos negros. La sombra coloreada, habitual en el impresionismo, resbala por el vestido que se convierte en una sinfonía cromática de gran belleza, en sintonía con las flores del fondo, trabajadas con una pincelada rápida y empastada que diluye las formas y los volúmenes. Sin embargo, la figura de la jovencita está perfectamente dibujada y modelada, especialmente el rostro y las manos, suponiendo una reacción a la crisis que estaba viviendo el impresionismo. Marie dirige su mirada hacia el espectador, reflejando en su rostro la inocencia infantil. Como retratista de niños, Renoir se sitúa a la cabeza de los pintores de su generación, existiendo otros sensacionales ejemplos como el retrato de Irène Cahen d´Anvers o su hijo Jean. La Niña con látigo es su compañero.
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Con esta composición, Gainsborough quería expresar la melancolía en un ambiente clásico pero determinado por la pobreza, influido por las escenas infantiles de Murillo, que siempre gozaron de gran éxito entre los ingleses. Sabemos que el maestro utilizó como modelos tres cerdos auténticos que llevó a su estudio, dibujándolos durante su estancia en el taller. Sin embargo, no tenemos constancia de quién posó como modelo para la niña, pudiendo tratarse de una muestra de su fecunda imaginación. La escena se desarrolla ante un fondo de paisaje, convirtiéndose así en un gran incentivo para el maduro Gainsborough que deseaba abandonar la retratística y retomar de su nuevo su actividad inicial, encontrando con este tipo de composiciones un mercado dispuesto a aceptar paisajes reconvertidos en escenas melancólicas. El lienzo fue adquirido por Reynolds quien realizó también escenas de estas características, cosechando algún éxito.
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Uno de los pintores favoritos para Renoir siempre fue Delacroix, especialmente por incorporar a la pintura la admiración por lo exótico y oriental. En 1881 Renoir marchará a Argelia donde realizará escenas de las fiestas y vistas de la zona. Pero ya en el año antes se había sentido atraído por lo argelino como podemos comprobar en esta escena protagonizada por la joven modelo Fleury, según contó el propio pintor al marchante Vollard. La composición goza de un rico y variado colorido en el que predominan las tonalidades malvas que corresponden a las sombras proyectadas por la intensa luz africana, luz que no conocía aún pero que causará una profunda impresión en el maestro. Las pinceladas rápidas y empastadas dominan el conjunto, en el que también observamos un importante dibujo y un soberbio modelado, dos de los conceptos que paulatinamente incorporará el pintor a sus trabajos para reaccionar ante la pérdida de volumen y forma al que estaba abocado el impresionismo. No en balde, Renoir empezaba a cuestionarse su forma de trabajar en estos años iniciales de la década de 1880.
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Van Gogh realizará en Auvers una pequeña serie protagonizada por niños, mostrando una vez más su atracción hacia la temática retratística. Ya durante su estancia en París comentó que prefería pintar los ojos de la gente a pintar catedrales pero la ausencia de modelos motivarán la escasa presencia de esta temática en su producción. En la etapa de Auvers, quizá la más variada, no podía fallar el retrato como podemos admirar en esta niña anónima sentada en la naturaleza, resaltándose los colores de la naranja que lleva entre las manos, la hierba y las flores de alrededor así como su rubio cabello. El color de la fruta se refleja en los mofletes de la pequeña, acentuando su aspecto tranquilo y candoroso, a diferencia de los rostros de los Dos niños. Mientras la figura de la niña está algo más elaborada - especialmente por las líneas negras de los contornos en sintonía con Bernard y Gauguin - en el fondo hallamos un mayor abocetamiento debido a la luz. Además de la expresión de la pequeña, debemos destacar en esta composición la variedad y la brillantez de los tonos empleados, buscando Vincent en ellos su vehículo de expresión.
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Berlín fue un importante foco para la creación escultórica en el período romántico, y el taller de G. Schadow su mejor representante. A su regreso de Roma este artista fue nombrado escultor de la corte de Prusia. Schadow acostumbraba modelar en arcilla. A su estatuaria en piedra siempre precedían esbozos, cuya espontaneidad luego moderaba y refinaba sustancialmente en las versiones definitivas
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"Para mí, un cuadro debe ser algo amable, alegre y bonito, sí, bonito. Ya hay en la vida suficientes cosas molestas como para que fabriquemos todavía más". Esta frase de Renoir reproduce a la perfección su estilo y su filosofía tal y como podemos observar en este excelente retrato infantil. Y es que Renoir será un gran especialista en los retratos de niños, bien los suyos -véase Jean Renoir- o los de los demás como observamos en esta delicada composición que presenta las características habituales del impresionismo: interés por la luz y el color, sensación atmosférica, sombras coloreadas e interés por asuntos cotidianos. Pero la gran aportación de Renoir será su interés hacia la figura a la que casi no renuncia en ninguna de sus composiciones, a diferencia de Monet que está interesado en el paisaje puro. La niña ocupa la zona central de la escena, rodeada de un jardín con flores y césped, creando una sintonía de color de gran impacto visual. Las tonalidades se aplican de manera rápida y empastada, como si de pequeñas comas se tratara, configurando la escena a la manera de un puzzle cuyas piezas nuestra retina asocia de manera correcta. El intimismo de la escena enlaza con las composiciones de Berthe Morisot o de Mary Cassatt.
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En marzo de 1885 Renoir conoce al senador Etienne Goujon que encargará al pintor los retratos de sus hijas. Marie aparece con un aro y Etienne se presenta con un látigo. La obra muestra claramente las características del llamado "periodo seco" momento de crisis vivido por Renoir en los años iniciales de la década de 1880, ya que el impresionismo estaba encaminándose hacia la pérdida del volumen y la forma al interesarse por la luz, el color y las atmósferas. La reacción del maestro será recuperar el dibujo y el modelado mientras que los colores se hacen más fríos y suaves. La pequeña aparece en el centro de la composición, en un entorno de jardín, realizado con una espléndida variación de toques de color que dotan a la figura de más presencia. Pero aún encontramos referencias al estilo impresionista, como las sombras coloreadas o las pinceladas rápidas y empastadas del fondo. La expresión del rostro de la niña se convierte en otro de los centros de atención del cuadro, al igual que el juego de colores malvas y blancos del vestido o la inocente pose, resultando un retrato infantil de calidad difícilmente superable. Fue comprado por Ivan Morosoff en 1913 pasando posteriormente al Hermitage.
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Unos meses antes de pintar este cuadro, Boccioni había firmado el "Manifiesto de los pintores futuristas" de Febrero de 1910 y "El Manifiesto técnico de Abril de 1910. En este documento, que desarrolla las ideas más ampliamente que el Manifiesto de Febrero, los futuristas dicen que todo se encuentra en movimiento, y en constante cambio. Todas las figuras aparecen y desaparecen en la realidad mientras que en nuestra retina se mantienen. Los futuristas no creen que el hombre sea el centro del Universo. El dolor del hombre es tan interesante como una bombilla eléctrica que funciona, sufre y llora. La musicalidad de las líneas y de los plegados de los vestidos modernos tienen un sentido simbólico tan fuerte como el desnudo para los pintores antiguos.