El siglo XVIII en Francia es el Siglo de las Luces, que alumbró la Ilustración, el enciclopedismo, la renovación de las teorías políticas, jurídicas, filosóficas... Por primera vez, un preso es considerado inocente hasta que se demuestre lo contrario. Voltaire, Montesquieu y Rousseau revolucionan la teoría política. Se clama por la muerte del absolutismo y la separación de poderes. Se insinúa la necesidad de proclamar los Derechos del Hombre y del Ciudadano, y los movimientos urbanos, sostenidos frecuentemente por una inmensa masa obrera femenina, tratan de establecer los Derechos de la Mujer. También se lucha por el derecho de los pueblos a ostentar su soberanía: oleadas revolucionarias determinan la independencia de los Estados Unidos de Norteamérica y la serie de emancipaciones de los estados iberoamericanos, que culminó en el siglo XIX. Por supuesto, la culminación será la Revolución francesa. Todos los países periféricos a Francia contemplaron con temor la ebullición ideológica de sus vecinos, en especial durante la Revolución, lo que en el caso español facilitó la invasión napoleónica tras la abdicación de Fernando VII. Dado tal estado de cosas, sería de esperar un arte igualmente apasionado, deseoso de cambiar la situación. Sin embargo, nos encontramos frecuentemente con un estereotipo de los ideales, que se encontraban desfasados entre la agitación popular y el clasicismo predominante en los círculos intelectuales. Tradicionalmente, en la cultura occidental de la Edad Moderna se había considerado aquélla como un patrimonio de la élite aristocrática. Sin embargo, los ilustrados tratan de hacerla extensiva al pueblo para alcanzar el progreso. Ése es uno de los motivos que nos introducen en la Edad Contemporánea. Para aleccionar al pueblo se rescatan los ideales clasicistas de la Roma republicana, reducto de la ética y la moralidad política o ciudadana en general, sin tener en cuenta, por supuesto, que los ciudadanos romanos eran una élite minoritaria frente a la masa que integraba los dominios romanos, sin status de ciudadanía. El objetivo es una regeneración moral de las costumbres y el arte del último Barroco, caído en la complacencia intrascendente del Rococó, una pintura concebida para deleitar los sentidos, no el intelecto. La regeneración siguió criterios casi de higiene social, para lo cual se recurrió al desarrollo de las ciencias. Aplicadas al arte nacen ciencias como la Estética, la Historia y la Historia del Arte o la Arqueología, que disfrutó una auténtica explosión erudita. Se iniciaron excavaciones y estudios, que añadieron datos para que los pintores los explotaran. Esta situación favoreció el desarrollo de la pintura de historia como género independiente y renovado. En la pintura de historia se elegían momentos ejemplares, especialmente de la Roma republicana, que resultaran aleccionadores sobre las virtudes ciudadanas y cívicas. Importan, a partes iguales, la claridad formal y la contundencia del mensaje. Por eso mismo se cayó con excesiva facilidad en el estereotipo de valores universales: el buen gobernante, el ciudadano responsable, la caridad, el amor al trabajo, el sacrificio por la patria... Respecto a la estética neoclásica, se aplicaron las normas racionalistas del teatro clásico francés de Molière o Racine: la regla de las tres unidades. Una acción ha de desarrollarse en un sólo espacio, en un momento unitario, que es el mismo que corresponde a la representación, y ha de centrarse en una acción, y no en varias historias de los personajes. Al aplicar esta regla a los cuadros se obtienen imágenes como el Juramento de los Horacios, de David, el pintor oficial del Neoclasicismo: una historia, la de los tres hermanos que van a luchar por su patria; un espacio, el interior de la casa patricia; y un momento, el que el padre elige para que los jóvenes juren fidelidad sobre sus espadas. El momento dramático se encuentra en el centro geométrico de la escena y, a los lados, compensada por completo, la masa de las mujeres de la casa, afligidas por la marcha de los muchachos; al otro, el padre y los soldados que esperan su partida. Esta escena responde a todos los estereotipos de la pintura neoclásica: luz uniforme y cenital, anatomías perfectas, disposición en friso de los personajes, estructura geométrica de los elementos de la escena, que se reducen a los estrictamente necesarios, etc. Y, por supuesto, la escena no puede ser más ejemplar que la elegida. Además de la pintura de historia, se cultivaron el retrato y el paisaje. El paisaje, tras los brillantes precedentes barrocos de Poussin y Lorena, apenas se trató y se mantuvo en fase latente hasta su recuperación durante el Romanticismo y el Realismo. Por ejemplo, de David sólo se conoce un paisaje, que pintó durante su encarcelamiento, sospechoso de traición a la Revolución, cargo del que sería absuelto más tarde. El retrato resulta una faceta más interesante; prima la sencillez y la caracterización a la romana, como si de un disfraz se tratara. Se impone la moda imperio, especialmente en el vestido y peinado femeninos: trajes-túnica con el talle muy alto, y peinados en moño, con caracolillos rodeando el rostro. Resultan excesivamente fríos; el único que intentó mezclar la severidad del detalle con la calidez de la psicología del modelo fue Ingres, cuyos retratos son absolutamente prodigiosos, así como otras escenas de su invención, de las cuales destacan sin duda sus series de odaliscas y baños turcos. Pero la característica común a todos ellos es el protagonismo de una línea nítida y pura, que describe volúmenes perfectos y formas muy delimitadas, lo que no sólo se aplica a los retratos sino también a los otros temas. La influencia sobre otros países varió enormemente: el Neoclasicismo español se redujo a ciertos círculos cortesanos, por pintores que visitaron el taller de David en París. Sin embargo, el Neoclasicismo inglés se vio bastante influido, puesto que trataba de establecer sus propias normas y carecía de tradición pictórica propia.
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Gran Bretaña marchó a su propio ritmo durante siglos. Cuando llega el siglo XVIII no puede sustraerse a las influencias del continente europeo, especialmente a aquellas que marcan el cambio desde la monarquía absolutista hacia las libertades, limitadas, del pueblo. Gran Bretaña era un país con tradición parlamentaria, que ya había pasado por una revolución en la cual el rey, Carlos I, había sido ejecutado a manos de los revolucionarios comandados por Cromwell. Con esos precedentes, que habían desestabilizado la nación y la habían puesto en manos de una dinastía extranjera, los Orange holandeses, el país trata de minimizar las transformaciones y acelera la concesión de una serie de libertades parlamentarias. A esto se unió felizmente un período de prosperidad económica, en una clase alto-burguesa que pertenecía mayoritariamente a la secta del evangelismo. Es ésta una rama del protestantismo especialmente racionalista y rigurosa, muy afín a los postulados de la Ilustración y el enciclopedismo, por lo cual unos cambios ayudaron a otros, y la ideología sustentó la política, la economía y la cultura, sin el desfase que provocó los desmanes de la Revolución Francesa.El arte del período neoclásico en Gran Bretaña trata desesperadamente de encontrar su propia identidad, tras siglos de importar pintura del extranjero, Italia y Holanda principalmente. El precedente más inmediato se encuentra en Hogarth, que trata los valores británicos de manera crítica y personal. Inspirado grandemente en la pintura costumbrista del Barroco Centroeuropeo, fue tratadista, literato, orfebre, e importante personaje en Londres. Sus mejores obras, que condensan las costumbres relajadas de la alta sociedad británica, son las llamadas "piezas de conversación", pequeños cuadritos que forman series sobre un problema moral: la prostitución, el matrimonio de conveniencia, las elecciones municipales, etc.La pintura de Hogarth marca el camino a seguir para los otros pintores. El retrato, que Hogarth define como informal, intimista y elegante, se ve apoyado por la tradición clásica de Van Dyck, que había dejado abundantes muestras de su obra en territorio inglés. Reynolds, Gainsboroguh y Lawrence hacen suyo este tipo de retrato, cada uno con sus variantes personales.Por otro lado, el paisaje será la segunda bandera de los británicos. Para ello escogen los precedentes holandeses del barroco, y la pintura de Claudio de Lorena, francés afincado en Roma durante el mismo período del barroco. Cuando coinciden en mezclar la figura de un modelo retratado con la de un paisaje clasicista como el de Lorena, o agitado como el holandés, se considera que comienza la auténtica "manera inglesa". La adaptación de los efectos del paisaje y la atmósfera a la captación psicológica del modelo anuncia el prerromanticismo, en el cual las nubes fluctuantes, o los reflejos dorados de un sol crepuscular acompañan al estado anímico de la persona que posa para el pintor.Además de los pintores citados, todos ellos grandes maestros, trabajaron durante el neoclásico una pléyade de pintores desplazados por la fama de aquellos maestros. Los más conocidos son Romney y Raeburn, dedicados tanto al retrato como a la escenita de costumbres, con algunos ejemplos delicados y llenos de gracia, como el Clérigo Patinando, de Raeburn.
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Para distinguir los estilos, o mejor dicho los modos o corrientes, que impregnan las artes del siglo XIX se han propuesto una serie de denominaciones más o menos apropiadas. La corriente predominante entre 1790 y 1840 es la neoclásica. Mas pronto se impregna de una segunda, el romanticismo. En España, el neoclasicismo se mantiene hasta 1820 en la arquitectura y en la escultura, si bien en la pintura existe una mayor ambigüedad. El intento desde la Academia de marcar unos parámetros para instituir como norma la belleza ideal, nunca logrará entre los verdaderos artistas españoles su total enraizamiento. Ello es debido al creciente sentido de libertad que embarga a los creadores hispanos, y que hace que el romanticismo pronto tenga aceptación en el mundo hispánico, existiendo un prerromanticismo latente en figuras como Goya. La norma si no despreciada, sí será marginada en pro de la expresividad. Mientras en los primeros años del siglo los pintores davidianos y los escultores romanistas indagan en los temas mitológicos y moralizantes, después de 1835 los artistas más jóvenes intentan expresar lo verdadero; así, las túnicas y las togas serán sustituidas por los trajes del momento, donde los hombres utilizan la levita y las damas polisón y encajes. El romanticismo arraigará de un modo tan penetrante que aún subsistirán sus temas y formas hasta pasado el año 1870.
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París y Roma son, sin duda, los centros más importantes del debate arquitectónico y artístico de la segunda mitad del siglo XVIII. En Francia, el clasicismo se ve sometido a interpretaciones que en su apariencia canónica contienen algunos de los argumentos más renovadores del proyecto moderno. Así, por un lado, el clasicismo es entendido en clave nacional, fundamentalmente antiitaliana, ya fuera para exaltar la tradición francesa, entendida a partir de las preocupaciones por los sistemas constructivos o de distribución de los edificios, o para defender los modelos universales de la arquitectura griega. Por otra parte, la apuesta por una arquitectura nacional parecía resolver la antigua Querelle entre antiguos y modernos a favor de estos últimos, tal y como había planteado Perrault en el siglo anterior. Por eso, el triunfo de los modernos sintonizaba bien con la crítica de los ilustrados al barroco y al rococó, ya que, atravesados por el racionalismo del Siglo de la Luces, ponían en cuestión la autoridad de la Antigüedad, estableciendo nuevos principios basados en conceptos tales como la imitación de la naturaleza o la defensa del carácter constructivo y funcional de la arquitectura. Es, precisamente, en este contexto en el que se produce tanto la poderosa influencia de los ingenieros y su cultura científica y técnica como la valoración del gótico, lo que comportaba no tanto una moda estilística cuanto su consideración en términos constructivos y nacionalistas. Mientras tanto, la Academia de París intentaba mantener activa la tradición clasicista moderna y hacerse eco de las innovaciones que la manía por lo antiguo estaba planteando en Italia.
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La acción combinada de obispos y emires puso fin a los martirios voluntarios, y el destierro, voluntario o forzoso, de los clérigos que no pudieron, o no quisieron adaptarse a la nueva situación, provocó importantes cambios en los reinos del Norte que acogieron a estos fugitivos, cuya mayor preparación y cultura los pondrá al frente de iglesias y monasterios y los convertirá en consejeros de los reyes; especialmente del rey asturleonés, el más importante en estos momentos, el que acoge al mayor número de emigrantes cordobeses y a los toledanos y emeritenses huidos por razones religiosas y por motivos políticos, por haberse adherido a las revueltas de Toledo y de Mérida contra los emires.Estas revueltas, dirigidas por los muladíes y apoyadas por beréberes y mozárabes, unidas a la insumisión de los muladíes del Ebro y a la presión carolingia sobre los Pirineos, permiten a Alfonso II (791-843) consolidar las fronteras del reino y negar a Córdoba los tributos exigidos. Aunque mitificada por las leyendas que hacen intervenir al Apóstol Santiago, la independencia astur es una realidad que se observa, como hemos señalado, en el campo eclesiástico al romper la Iglesia astur con la toledana, y en el campo político al acentuarse la visigotización del reino, propiciada sin duda por una primera emigración de clérigos mozárabes a los que se debería la adopción del código visigodo, del Liber Iudiciorum (Fuero Juzgo), como norma jurídica del reino.La organización político-jurídica refuerza a la eclesiástica, que se manifiesta en la restauración de la sede metropolitana de Braga, en la erección de la sede de Iria-Compostela, la creación de un obispado en la capital del reino, Oviedo, y en la erección de numerosas iglesias y monasterios. Afianzado el reino, Alfonso inicia una política ofensiva: presta ayuda a los muladíes y mozárabes de Toledo y Mérida, ampara en sus tierras a los sublevados contra Córdoba y realiza ataques contra los dominios musulmanes, llegando a ocupar momentáneamente Lisboa y apoderándose de abundante botín que quizás no sea ajeno a las obras realizadas en Oviedo, donde se construyen palacios, baños, iglesias y monasterios.La neovisigotización y recristianización, impulsada por los emigrantes mozárabes no es suficiente para unificar el reino dividido entre los diferentes pueblos que lo integran, según reflejan las crónicas cuando repiten una y otra vez que "Fruela... a los vascones, que se habían rebelado los venció y sometió... Silo... a los pueblos de Galicia que se rebelaron contra él los venció en combate...; Alfonso... expulsado del reino se quedó entre los parientes de su madre en Álava..." El carácter electivo de la monarquía favorece en Asturias, como había favorecido en época visigoda, la aparición en torno a los candidatos al trono de bandos que las crónicas identifican por el lugar de origen de sus dirigentes. Así, a la muerte de Alfonso, los gallegos apoyan a Ramiro I mientras astures y vascones están al lado del conde Nepociano y, posiblemente, junto a otros nobles sublevados que pagaron con la ceguera o con la vida su rebeldía.Pese a estas revueltas y a los ataques de los vikingos a las costas gallegas en el año 844, Ramiro pudo adelantar las fronteras y ocupar temporalmente León; la conquista definitiva será obra de Ordoño I (850-866) al que se debe la repoblación de ciudades como Astorga, Tuy o Amaya, tras cuyos muros se instala una población campesina de relativa importancia. Este avance de las fronteras y la consolidación de las conquistas se relaciona una vez más con las sublevaciones muladíes, complicadas ahora con la oposición de los mozárabes al poder musulmán. Los rebeldes contarán con el apoyo de tropas astures que serán derrotadas cerca de Toledo; su presencia tan lejos de sus territorios es prueba de la importancia adquirida por el reino, y del paso de una situación defensiva a una política agresiva, de ataque, de conquista. Aunque derrotados, los toledanos mantuvieron la revuelta y obligaron a las tropas cordobesas a concentrar sus mejores hombres en la zona, con lo que el reino astur sólo estará amenazado en su frontera oriental por los muladíes del Ebro, cuyo dirigente Musa ibn Musa fue derrotado por Ordoño en Albelda (859), no lejos de Clavijo. En adelante, los hijos de Musa mantendrán una política de amistad y colaboración con los astures y servirán de freno a los cordobeses, que sólo en el año 865 podrán derrotar a Ordoño.Nuevos conflictos entre muladíes y árabes permiten a Alfonso III (866-910) extender sus dominios hasta Porto y Coimbra, tras cuya ocupación es posible repoblar el Norte de Portugal antes de firmar, el año 883, un tratado de paz con el emir, tratado que no le impedirá lanzar campañas en búsqueda de botín durante la revuelta de Umar ibn Hafsún, responsable indirecto de los éxitos de reyes y condes cristianos de la época: independencia de los condes catalanes, afianzamiento del reino de Pamplona bajo cuya tutela está el condado aragonés, y expansión del reino astur que traslada su capital de Oviedo a León.
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El término Neolítico, que aparece desde 1856, definido por J. Lubbock, en la literatura arqueológica, hace referencia etimológicamente a un cambio tecnológico: la aparición entre los útiles prehistóricos del utillaje de piedra pulimentada (neos/lithos, nueva piedra), opuesta a la piedra tallada, la única conocida por las poblaciones paleolíticas. La posterior investigación arqueológica ha otorgado al término Neolítico una significación más global a medida que se han observado una serie de cambios solidarios del primero, como son, dentro del mismo campo del cambio tecnológico, la aparición de la cerámica y la diversificación general del utillaje; o, dentro de los aspectos sociales, la aparición del poblado como fruto de la sedentarización de la población y de una agrupación más estable; o finalmente, dentro del campo económico, con los inicios de la actividad económica productiva. Simultáneamente han aparecido varios términos de tipo complementario, como el de revolución neolítica -creado por V. Gordon Childe en 1930-, en el que se enfatiza la producción de subsistencia como hecho fundamental y generador, en cierta medida, de los demás cambios. El concepto de revolución ha caído con posterioridad en desuso al observar que la transformación es gradual y progresiva, aunque el cambio que designa constituye una de las más trascendentes de la evolución humana. La inexactitud o parcialidad del término motivó a su vez varios intentos de sustitución por conceptos más culturales, ecológicos o socioeconómicos, como los surgidos de las nuevas tendencias de la investigación en la década de los sesenta, como la propuesta por Ch. S. Chard - "El hombre productor-agricultor" - o la más ecléctica de G. Clark de "Prehistoria Secundaria", terminologías que, en general, no han tenido plena aceptación. El término Neolítico sigue teniendo vigencia, definiéndose como un periodo arqueológico caracterizado por unas asociaciones recurrentes de registro arqueológico que permiten la reconstitución de las primeras sociedades productoras de subsistencia con unas características sociales, culturales y tecnológicas distintas de las cazadoras-recolectoras que las preceden. Se ha diferenciado el término neolitización que incidiría, más específicamente, en el estudio de la etapa formativa o periodo de transición y en la dinámica de cambio de un modo de vida basado en la caza y recolección de alimentos silvestres al control artificial de la reproducción de determinadas especies animales y vegetales. El estudio del periodo neolítico contempla dos tipos de problemática. Una, de carácter más propiamente histórico, que se centra en la reconstrucción de la evolución y el análisis de las transformaciones, basándose en la reordenación de los hechos históricos, situándolos en las coordenadas de cada tiempo y espacio determinados. Otra, de tipo teórico, se orienta hacia la situación del fenómeno del cambio en la teoría general de la evolución sociocultural de la humanidad. La investigación incide, pues, por una parte, en el establecimiento de los hechos y, por otra, en la aproximación a las causas y factores que motivan esta evolución. Dentro del proceso de transformación del Neolítico, la domesticación de plantas y animales ha despertado un gran interés entre los investigadores, debido en parte a la mayor atención dedicada en los últimos años, por parte de la arqueología, a los aspectos socioeconómicos. Su estudio presenta igualmente una doble vertiente, siendo la primera la que más se ciñe al proceso biológico, pues implica variaciones genéticas y conductuales de las especies domesticables y de tipo ecológico en los contextos donde se producen las modificaciones. La segunda, de tipo histórico o antropológico, estima las variaciones causales o resultantes que conlleva a los grupos humanos, tanto desde un punto de vista económico como cultural y social.
acepcion
Periodo posterior al Mesolítico y anterior al Eneolítico y a la Edad de Bronce. Llega hasta el 2500 a. C. aproximadamente y su inicio se remonta en algunos lugares, en torno al 8000 a. C. El término neolítico hace referencia etimológicamente a un cambio tecnológico: la aparición entre los útiles prehistóricos del utillaje de piedra pulimentada (neos/lithos, nueva piedra).