Estamos ante uno de los cinco lienzos circulares - llamados "tondos" desde el Renacimiento - que Monet pintó en los años 1907-1908 durante las últimas sesiones de trabajo antes de mostrar sus obras en la gran exposición de 1909. A diferencia de la enorme densidad de algunas obras que había finalizado meses antes, este lienzo es muy delicado y la superficie final está suavizada con pinceladas estilizadas y rítmicas. En consecuencia, el efecto predominante es de luminosidad y ligereza. En esa última fase de su elaboración parece que Monet sintió la necesidad de completar un lienzo rápidamente sin tener que aplicar rectificaciones de última hora, como era lo habitual. Es uno de los escasos experimentos de Monet con el formato circular de lienzo, y ello pese a su afán por explorar con los efectos que las dimensiones físicas del cuadro ejercían en el espectador. El conjunto es de una aparente sencillez y simplicidad de medios, pero oculta tesoros que siguen descubriendo los especialistas y el gran público.
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obra
El punto de vista que ha elegido Monet para realizar el cuadro es similar, e incluso idéntico, al de otras ocasiones, muy elevado y que hace pensar en que el pintor estuviera sobre un puente. Casi podemos imaginar al artista volcado literalmente sobre el estanque para escuchar mejor los secretos que le cuenta la naturaleza. Sin embargo, el atrevimiento que adopta tanto para utilizar el color como para emplear esos trazos rápidos, nerviosos, resulta de lo más acertado. Las hojas de los nenúfares son apenas manchas de color rodeadas por líneas violetas; en cuanto al agua, cuesta trabajo entender las razones de ese tono dorado tan chillón. Por supuesto que una de ellas es captar el reflejo en el agua de los últimos rayos del día pero también es un compromiso del artista, que rompe de manera voluntaria con las convenciones anteriores.
obra
En la pintura occidental de los siglos anteriores, sólo en muy raras ocasiones un paisaje había quedado reducido a la visión tan próxima de las flores como sucede aquí. Hemos querido precisar al hablar de la pintura occidental porque en Extremo Oriente la situación fue bastante distinta. Allí, en las pinturas japonesa y, sobre todo, china, no resulta raro encontrar escenas como la que contemplamos, donde unas cuantas flores ocupan todo el protagonismo y se sitúan en el primer plano del campo visual del espectador. Se ha mencionado en multitud de ocasiones la influencia que ejerció esa pintura oriental sobre el arte europeo de finales de siglo XIX, y los impresionistas serían los primeros en sentirse orgullosos por esto. Esa influencia se tradujo en la revalorización de algunos temas, en la aplicación de colores planos sobre grande superficies o en la importancia concedida a la línea ondulada, sensual.
estilo
En el Neo-Impresionismo se agrupan las más diversas tendencias, muchas de las cuales desbordan todo intento de clasificación cronológica, puesto que en gran medida se corresponden con figuras concretas: por ejemplo, Edvard Munch, autor de El Grito, sigue trabajando hasta su muerte después de la II Guerra Mundial. Van Gogh, en cambio, muere prematuramente en 1890. El Neo-Impresionismo es básicamente un movimiento de reacción ante el Impresionismo: habiendo agotado éste su intención estética, la única que tenía en realidad, se ve incapaz de ir más allá. Sus veteranos, y los jóvenes pintores de París y otros países europeos influidos por el nuevo estilo, se enfrentan a la necesidad de abrir nuevas vías de investigación pictórica. Las respuestas a esta necesidad serán diferentes según tendencias como el Puntillismo o el Simbolismo, o según pintores, difícilmente clasificables en una Escuela concreta, como Cézanne. En cualquier caso, se aprovechan los avances del Impresionismo sobre teoría del color e independencia de los temas y se introducen factores nuevos que permiten revalorizar la importancia del arte.
Personaje
Político
Hija de Felipe Guillermo, duque de Baviera-Neoburgo, fue escogida para contraer matrimonio con Carlos II, ya que descendía de una prolífica familia. Atraída por el dinero de la corte española, se dirigió a Madrid. Sin embargo, rápidamente se enfrentó a la reina madre y el resto de la corte. Mariana de Neoburgo se mostró partidaria del archiduque Carlos en la sucesión de la corona, pero chocó con los intereses del cardenal Portocarrero, que apoyaba a José Fernando de Baviera. La repentina muerte de éste en 1699 obligó a un cambio de planes y, de nuevo, Portocarrero convenció al rey para que legase su corona a Felipe de Anjou. Ante esta situación, la reina trasladó su residencia primero a Toledo y luego a Bayona. Regresó a la corte para asistir a la boda de su sobrina Isabel de Farnesio con Felipe V y al cabo de poco tiempo murió.