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Al igual que el resto de la sociedad española, la mujer llegó a 1975 con un alto déficit democrático. No se puede afirmar, sin caer en un simplismo, que la mujer estuviese ausente de las inquietudes sociales y políticas durante el franquismo y que no colaborase con sus propuestas a solucionar los problemas que se planteaban en la sociedad. Como el hombre, su aportación se veía limitada en tanto que se hacía posible sólo a través de los canales que estaban permitidos, que no eran otros que los instituidos por el Estado. Gráfico
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El discurso oficial de la Iglesia sobre el papel de la mujer influirá en buena parte de la relación entre la mujer y la religión durante la Edad Media. La virginidad será exaltada en numerosos sermones al tiempo que se valoraba la renuncia al matrimonio carnal para enlazarse con Dios a través del ingreso en un convento. Un buen número de mujeres ingresaron en conventos como si de una válvula de escape se tratara, alejándose así de matrimonios impuestos o de regresos indeseados a núcleos familiares tras enviudar. De alguna manera, la entrada en un convento venía a recoger la rebeldía de las mujeres en algunos campos y expresar su voluntad -limitada, eso sí- eligiendo una vida acorde con sus deseos. En los monasterios encontramos numerosas mujeres ejemplares como Hildegard de Bingen, santa Clara, santa Catalina de Siena o santa Isabel de Portugal. No en balde, hasta el siglo XII todas las mujeres canonizadas por la Iglesia fueron abadesas o monjas. Si embargo, también debemos admitir que no todas las mujeres que entraban en el convento lo hacían por vocación. Un buen número de jóvenes eran donadas a los conventos por sus padres en los testamentos al tiempo que numerosas viudas los escogían como retiro. Esto motivaría cierto libertinaje en algunos conventos, convirtiéndose en focos de vida licenciosa. Desde el siglo XII encontramos algunas mujeres que adoptan formas de vida religiosa alejadas del convento. Es el caso de Christina de Markyate en el siglo XII al huir de un matrimonio no deseado y su estancia de por vida en una ermita donde tendrá algunas visiones. En los siglos XIV y XV se desarrollará el fenómeno de las emparedadas, mujeres que se introducían en una celda cuya puerta era tapiada. También se encuentran grupos de mujeres que participaron en las órdenes mendicantes como terciarias. Algunas mujeres medievales no se conformaban con la religión tradicional y buscaban nuevos caminos como el misticismo. Las místicas buscan la fusión con la Divinidad a través de la negación de su propia voluntad. Esta fusión elimina a los intermediarios y contacta de manera directa al individuo con Dios. Las experiencias místicas medievales son muy numerosas pudiendo citar a Margarita de Ypres, Beatriz de Nazaret, Angela de Foligno o Catalina de Siena como ejemplos del misticismo entendido como una relación de amor humano y posesión. Estas místicas medievales reivindican su derecho a amar a Dios sin intermediarios y ser amadas por El del mismo modo. Las nuevas experiencias espirituales llevaron a un buen número de mujeres a abrazar las herejías medievales en las que se anunciaba la llegada del Espíritu Santo, el fin del mundo, la posibilidad de alcanzar la perfección o la igualdad ante el hombre. De alguna manera una libertad de expresión que rompía con la rigidez de la Iglesia ortodoxa y que llevará a numerosas mujeres a la hoguera víctimas de la Inquisición.
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Pieter de Hooch repite en cada uno de sus cuadros la misma idea, la paz y la felicidad intrínseca de la vida doméstica, protagonizada siempre por las mujeres (los hombres se ocupan de sus asuntos fuera del hogar). Todos sus cuadros incluyen elementos que podemos reconocer como claves comunes en ellos: la señora de la casa dirige las tareas, que ejecuta diligentemente una criada joven. Suelen encontrarse en el patio de la casa, lugar de labor y parte muy privada del hogar, aunque puesta en relación con el exterior. Siempre existe una puerta abierta, que lleva a otro jardín, a la calle donde pasea una pareja, a las escaleras de otra casa... una red privada e íntima que enlaza de manera sutil y poderosa el devenir cotidiano de todos los miembros de la comunidad.
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Éste es un típico cuadro de su autor, el holandés Pieter de Hooch. Este artista fue un auténtico especialista en retratar la vida doméstica, cotidiana, de los hogares burgueses holandeses. Esta escena está pintada en Delft, ciudad donde se afincó durante una docena de años. En los cuadros de este período se manifiestan una y otra vez los mismos componentes: imagen de la vida doméstica, predominio del orden, atmósfera de tranquilidad y, por encima de todo, el protagonismo de la luz, fría, blanca, estática. La luz llega a todos los rincones y los dota de una realidad que parece ir más allá de la propia realidad. En este cuadro podemos ver a dos mujeres embebidas en sus tareas cotidianas: la criada arregla el pescado en una bandeja, en un patio que es el primero de una sucesión de patios traseros muy similares, de otras casas del barrio. Otro elemento inevitable en Hooch es esa puerta abierta desde el jardín hacia el exterior, por la que vemos avanzar a un caballero. El mismo motivo lo encontraremos en otros lienzos de Hooch de esta misma época, como el Patio de una casa en Delft.
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Las mujeres tenían asignadas determinadas tareas, que complementaban las realizadas por los hombres. Su presencia en la vida política parece reducirse a la de transmitir la sucesión, aunque hubiera excepciones. No contamos con datos que permitan hablar de mujeres gobernantes, pero Sahagún hace una referencia a las 'señoras nobles', y dice que las había buenas gobernantas. Hablando de las virtudes de la señora principal que gobierna, dice que 'rige muy bien sus vasallos y castiga a los malos. A ella se debe respecto; pone leyes y da orden a lo que conviene, y es obedecida en todo'. Gráfico Sin embargo, sí realizaban importantes funciones en la vida religiosa. Su vinculación con las fuerzas de la fertilidad le daban especial ascendiente en las ceremonias relacionadas con el nacimiento de los hombres y con las tareas agrícolas. Algunos indicios apuntan a la posibilidad de que las mujeres participaran en la elaboración de los códices, lo que implicaba un importante proceso de formación en las escuelas. Por otra parte, su participación en tareas agrícolas es indudable. Igualmente contamos con algunas referencias que nos hablan de las actividades comerciales de las mujeres. Cuenta Tovar que, en un momento de rivalidad entre tepanecas y tenochcas, las mujeres de estos últimos eran insultadas y agredidas por los primeros cuando se dirigían a los mercados de Cuyuhacan. Indica este dato que, efectivamente, las mujeres tenían un importante papel en la realización de actividades comerciales. En los mercados había mujeres que preparaban unos curativos a base de barro y hierbas, para colocar sobre la cabeza del enfermo. También había mujeres que vendían sus labores de plumería, o diferentes tipos de hierbas comestibles, que ellas mismas recogían. Cuando Sahagún describe los males que acechaban a las mujeres nacidas bajo mal signo, explica que no servían para realizar las tareas habituales de las mujeres. Y así, aporta una interesante información acerca de tales actividades, entre las que menciona tejer, hilar, preparar pan y moler maíz. En otro momento el mismo autor describe las tareas de hilandera, tejedora, costurera y cocinera, alabando las virtudes de aquellas que desempeñan correctamente tales tareas. En cuanto a tareas vinculadas con la medicina, se habla con cierta frecuencia de unas mujeres llamadas 'titici', que parecen ser algo parecido a curanderas. Son las que ejercen el oficio de parteras, y también realizaban algunos actos en las ceremonias de matrimonio. Sahagún diferencia entre las buenas médicas y las que no lo son, que deben entonces hacer uso de hechicería.
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Desde la Transición, la mujer se ha incorporado mayoritariamente al mundo laboral. Gráfico