Toulouse-Lautrec pasó una larga temporada conviviendo con las prostitutas en el Salón de la rue des Moulins, recogiendo con sus pinceles la vida cotidiana, desde el reconocimiento médico hasta las comidas pasando por el lavandero que recogía la ropa o el momento de vestirse para la jornada laboral, instante que observamos en esta imagen. Una de las prostitutas se sube las medias ante la atenta mirada de una compañera cuyo divertido rostro es un interesante elemento de atención. El cuerpo desnudo de carnes blanquecinas tiene cierta sintonía con el boceto aunque en esta ocasión observamos sin pudor el sexo de la mujer. Las líneas vuelven a organizar el conjunto tomando el color un destacado papel, a pesar de su aplicación rápida y diluida, manchando el cartón e incluso sin llegar a cubrir algunas zonas del soporte. En la composición podemos encontrar cierta atmósfera de tristeza, recogiendo Henri la escena con cariño y cierta ternura, mostrando su estrecha unión con las mujeres que se dedicaban a este oficio, posiblemente por tratarse de un mundo marginal en el que Lautrec se sentía plenamente integrado.
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Al mejorar la situación económica de Holanda, la burguesía recuperó su tradición retratística, aumentándose los encargos durante los primeros años de la década de 1660. Amsterdam recuperó su actividad comercial y Rembrandt vio como los clientes llamaban de nuevo a su puerta. Por eso durante la última década de la vida del pintor encontramos una importante cantidad de retratos, aunque de muchos de los retratados no conozcamos sus nombres. Este es el caso de esta mujer que sujeta una pluma de avestruz en su mano derecha. Debía ser alguien importante porque viste a la moda con un vestido negro adornado con un cuello de hilo fino y encaje que cae por los hombros y lleva varias joyas muy elegantes: dos pulseras, un prendedor, un anillo, pendientes y un colgante. Además la pluma de avestruz se utilizaban tanto para sombreros como para abanicos en las casas adineradas de Amsterdam.Igual que en el Hombre con guantes, Rembrandt ha sabido captar perfectamente la instantánea dando el punto fuerte a través de la luz que resbala sobre la mujer marcando el rostro, los puños, el cuello, las manos y la pluma. El resto de la escena queda en sombra siguiendo las teorías tenebristas aprendidas de su maestro, Pieter Lastman.
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En 1894 Toulouse-Lautrec se dedicó a realizar retratos de las pupilas de los burdeles que frecuentaba - véase Marcelle o Mujer de prostíbulo - quizá por la comprensión y el cariño que brindaban estas mujeres al artista. No debemos olvidar que Lautrec acudía asiduamente a varios de los burdeles de Montmartre, llegando a habitar durante una temporada en uno de ellos a pesar de estar prohibido; incluso llevaba a las visitas presentando el lugar como su estudio, confeccionando tarjetas de visita con su nueva dirección. La mujer del tatuaje - novedad interesante para la época - se presenta en primer plano, mientras que la madame del prostíbulo parece dar los últimos toques a su vestimenta antes de una importante cita con algún destacado cliente. En ambos rostros encontramos una destacable diferencia respecto a sus estados de ánimo, mostrando Henri su facilidad para captar la personalidad de sus modelos. El color azul domina en una composición donde la línea ocupa un papel destacado - alejándose del dibujo clasicista de Ingres para acercarse a la modernidad - al igual que el empleo de luces artificiales, siguiendo la estela de Degas. La aplicación de las diversas tonalidades se produce de manera contundente, sin reparar en detalles anecdóticos que para Lautrec resultan superfluos. Él pretende mostrar la realidad en la que vive y se mueve, sin edulcorar, recogiendo el distinto talante de los personajes nocturnos.
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Toulouse-Lautrec sentirá una especial atracción por representar imágenes femeninas, habitualmente pupilas de los prostíbulos a los que acudía con frecuencia. En este caso contemplamos un bello ejemplo de una joven tumbada, levantando sus brazos para crear una postura de desperezamiento. Lo más significativo es el abocetado general de la composición, aplicando Henri el color en largos toques mientras que los violentos trazos organizan la composición, resultando un estilo particular fácilmente reconocible por el público y que servirá de referencia a posteriores artistas como Picasso.
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El famoso fotógrafo Nadar debió encargar esta obra ya que está dedicada - "À mon ami Nadar, Manet" - en la zona inferior derecha del lienzo, tratándose posiblemente de su amante. Nadar fue quien prestó su estudio a los jóvenes impresionistas para que realizaran su primera exposición en 1874. La joven está vestida a la moda española que causaba tanto éxito en la Francia del Segundo Imperio debido al matrimonio de Napoleón III con la española Eugenia de Montijo. Aparece tumbada sobre un diván rojo en una escorzada postura, acompañada de un gatito que juega con las naranjas del primer plano. La luz impacta de pleno en la joven y acentúa la belleza de su blanca piel, que contrasta con la negra camisa. Estos contrastes atraían a Manet, siendo una de las características de su primera etapa. El dibujo es firme y seguro, adquiriendo la figura una perfecta volumetría, acentuada por la forzada pose. Se ha especulado sobre la posibilidad de que este lienzo fuera el compañero de la Olimpia, considerándose como un homenaje a las Majas de Goya que tanto admiraba Manet, aunque esta hipótesis carece de fundamento. La influencia de Goya existe, pero más bien nos encontraríamos ante una imagen de alguna mujer cercana a Nadar o ante una ilustración de lo español que tan de moda estaba en aquellos momentos.
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Durante el barroco en general, y dentro del naturalismo tenebrista en particular, el tema de la música y su relación con los sentidos corporales fue muy importante. La interpretación musical solía aparecer representada con laúdes, símbolo de los conciertos cortesanos, celebrados en palacios de nobles cultivados, quienes al tiempo que patrocinaban las bellas artes eran grandes aficionados a la música. Temas similares al que aquí aparece lo podemos encontrar en Caravaggio, en Georges de la Toury en otros pintores del Barroco en la vía del tenebrismo. Lo que resulta destacable en la obra de Artemisia es el hecho de elegir a una mujer como la intérprete musical. Esto sorprende dado que el pintor de quien aprendió la técnica, Caravaggio, solía emplear a hombres como intérpretes. El cambio podemos atribuirlo a los propios recursos pictóricos de su padre, Orazio, y a la tendencia de la propia pintora a utilizar figuras femeninas como protagonistas de sus lienzos.
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Algunos especialistas consideran a Suzanne Manet como la modelo de esta bella acuarela. La esposa del pintor era profesora de piano cuando ambos se conocieron pero su constitución era algo más gruesa, como podemos ver en Madame Manet al piano. Seguramente nos encontremos ante la pianista de un café-concierto, interesado Manet en mostrarnos la vida nocturna parisina en los últimos años de la década de 1870. Así surgen escenas como la Camarera o la Barra del Folies Bergère o dibujos de gran belleza - En el teatro o Joven con sombrero - acercándose a Degas en esta temática. La rápida técnica ha sido asimilada perfectamente por Manet, resultando una obra de gran frescura en donde los trazos grises conforman la figura de la joven.
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<p>La música y el vino serán los dos vehículos empleados por los amantes para alcanzar sus conquistas, según los moralistas europeos del siglo XVII. Por esta razón, las aparentemente intimistas escenas de Vermeer se convierten en instrumentos educativos según algunos especialistas. Esta sería la razón por la que en esta escena nos encontramos con un cuadro de paisaje arcádico al fondo y una muchacha tocando la guitarra, situándose en una habitación cerrada que confirma lo secreto de ese amor. En esta ocasión no podemos ver la ventana por la que penetra el potente foco de luz, provocando un contraste lumínico que recuerda a Caravaggio. La luz resbala por la figura y destaca las calidades de las telas, sobre todo el armiño de la chaqueta amarilla, propiedad de Catharina Bolnes, la esposa del pintor. En la zona de la derecha hallamos varios libros, interesándose más la joven por la música que por la lectura, posiblemente al tratarse, en opinión de los expertos, de lecturas religiosas que eran las recomendadas para las mujeres. Los efectos atmosféricos y las pinceladas "puntillistas" identifican la obra del maestro de Delft, consiguiendo crear gracias a sus trabajos el estereotipo del burgués medio de la Holanda barroca.</p>