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Los especialistas consideran que esta modelo se llamaba Honorine Platzer, joven de buena familia que pretendió contraer matrimonio con Lautrec. La bella mujer se sitúa al aire libre, formando parte de una serie de retratos pintados del natural por Toulouse-Lautrec entre 1889 y 1890 como Henri Dihau o Justine Dieuhl. La modelo viste elegantemente con largos guantes rojos abotonados, sombrero, velo y parasol, recortando su atractivo perfil ante el fondo desdibujado. Los largos trazos y las amplias zonas de soporte que quedan sin cubrir son características maduras de Henri que se mezclan en esta composición con la admiración por la luz natural provocando sombras coloreadas, siguiendo las teorías impresionistas aunque su estilo sea totalmente personal.
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María Blanchard, gran amiga y fiel seguidora de los principios estéticos de Juan Gris, permite e incluso alienta la visión del Cubismo como un nuevo clasicismo, que defendieron autores como Josep María Juno y Eugenio D'Ors.
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En el verano de 1897 la familia Renoir está en Essoyes, el pueblo natal de Aline Charigot. En estos momentos el pintor vuelve a tomar a su propia esposa como modelo, tal y como observamos en esta intimista escena en la que Aline toca la guitarra sentada en un sillón, reduciéndose las referencias espaciales al mínimo. La figura está realizada con un magnífico dibujo que acentúa el modelado, dotándola de aspecto escultórico. En el vestido podemos observar los reflejos malvas de la sombra, característica incuestionable del pasado impresionista del pintor que en estos momentos ha sido superado para trabajar en un estilo propio en el que el dibujo y el modelado son los principales elementos. Las pinceladas son rápidas y fluidas, sin atender a detalles, apareciendo las tonalidades rojizas como identificativas de estos momentos tardíos del gran maestro. Desgraciadamente, en ese verano Renoir cayó de su bicicleta y se fracturó el brazo derecho, teniendo que abandonar la pintura temporalmente.
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Los pintores barrocos emplearán el trampantojo como recurso para jugar con la realidad y la ficción, al tiempo que servía para aportar mayor efecto de perspectiva a los cuadros. En esta ocasión, Hals nos presenta un óvalo ficticio como marco del retrato, apoyando la anónima mujer su brazo en él, como ya había hecho Tiziano en el Renacimiento. La dama viste sus mejores galas: un elegante vestido negro adornado en el pecho con una banda de brocado y en los puños con encajes, mientras que una amplia gorguera y una delicada cofia en tonos blancos concentran nuestra atención hacia la zona más destaca de la obra, el rostro. Hals quiere que nuestra mirada se dirija a este punto y se entrecruce con la de la dama, ya que sus inteligentes ojos se dirigen hacia el espectador, destacando así el expresivo gesto del rostro. La figura se recorta ante un fondo neutro, renunciando a cualquier detalle superfluo que no sean los detalles del traje, interesándose el maestro en mostrar el alma de la retratada. Las pinceladas son cada vez más rápidas y empastadas, renunciando a la minuciosidad que caracteriza la pintura flamenca, aplicando el color directamente sobre el lienzo, sin necesidad de utilizar dibujos preparatorios. El retrato de su supuesto marido también forma parte de la Colección Real sueca desde tiempos de la reina Josefina.
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<p>Uno de los pintores más admirados por los maestros holandeses del Barroco será Caravaggio, cuyo naturalismo tenebrista será retomado tanto por los caravaggistas de Utrecht como por otros artistas como Pieter Lastman, Rembrandt o el propio Vermeer. Esta admiración hacia el claroscuro queda presente en esta composición, protagonizada por una joven que toca el laúd mientras mira a la ventana que, en la zona izquierda de la escena, permite entrar la escasa luz a la estancia, dejando el primer plano en penumbra. Una cortina azulada cubre parcialmente la ventana para acentuar el contraluz, resaltando el pendiente y el collar de perlas de la muchacha, descubiertas cuando el lienzo fue limpiado en 1944. La joven parece inclinar su cabeza hacia delante, girándola para escuchar las notas del laúd, en actitud de afinar el instrumento. Su mirada hacia la ventana y el gesto sonriente hacen pensar que espera noticias de su amado. El empleo del laúd en lugares cerrados refuerza la sensación de intimidad de la composición. El fondo se cubre con uno de los característicos mapas que decoran las casas burguesas de Holanda, apreciándose una silla en la pared y la bicromía de las baldosas del suelo. El cuerpo amarillo con mangas y cuello de armiño es una de las habituales indumentarias del maestro, propiedad de su esposa, Catharina Bolnes. La sensación atmosférica y la de manera "puntillista" de aplicar el color, repartiendo de forma chispeante la luz por toda la superficie pictórica, serán constantes en la producción de Vermeer, convirtiéndose en sus señas de identidad tan admiradas por impresionistas y post-impresionistas como Van Gogh.</p>
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En el panorama artístico francés de la primera mitad del siglo XIX, con la pintura de Delacroix y sus principios, resurgió la vieja polémica entre poussinistes y roubenistes, el diseño y el color, en este caso trasladada con nuevos términos al contraste entre el magisterio de Ingres y los nuevos recursos formales de este extraordinario colorista. Así, el desnudo se convertirá en una de las temáticas favoritas para los pintores románticos, especialmente para Delacroix como aquí podemos observar, teniendo en Rubens a su principal fuente tanto en la aplicación del color y la luz como en el empastamiento que caracteriza la obra. Las tonalidades rojas, azules y amarillas que envuelven la figura resaltan aún más su anatomía, así como el extraordinario estudio lumínico que crea efectos atmosféricos. El toque orientalista que apreciamos en la composición -el abanico que pisa la mujer y el loro- se incrementará en las pinturas de Delacroix, especialmente después de su viaje a Marruecos de 1832 cuando los temas que denominamos orientales, aunque son del norte de Africa, cobran una gran importancia en su obra. Delacroix, como sus populares compatriotas Horace Vernet y Alexandre Decamps, autor de cuadros de género con escenas turcas, inició lo que se ha llamado la pintura orientalista, que tendrá un extraordinario peso en la producción artística del segundo tercio de siglo.
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Elegante retrato de una dama desconocida realizado posiblemente durante la primera estancia en Bretaña. Gauguin exhibe su excelente capacidad como retratista, empleando una pose poco habitual ya que la modelo no dirige su mirada al espectador, relacionándose con los retratos intimistas realizados en París bajo la influencia de Degas - véase Mette con vestido de noche -. Una vez más, Paul utiliza una pincelada suelta, mediante pequeñas comas, mientras que el color es algo más frío que en escenas anteriores. Al fondo aparece una cerámica, posiblemente realizada por el artista que en ese momento recurría al arte de la cerámica como otro medio de expresarse, inspirándose en modelos primitivos procedentes de Perú. Gauguin está buscando su paraíso perdido, deseando encontrarlo cuanto antes. Por desgracia para él, tampoco sabe a ciencia cierta dónde está.