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Las estampas japonesas serán para los pintores de fines del siglo XIX una importante fuente de influencias. Tanto para los impresionistas como los post-impresionistas, las xilografías niponas servirán como interesante motivo de inspiración. Toulouse-Lautrec empieza esta inspiración japoneizante en este cartón que contemplamos debido a su aspecto decorativista, el empleo de líneas onduladas, la planitud manifestada en algunas zonas y la ausencia de sombras. Incluso el espejo donde dirige su mirada la mujer está decorado con motivos orientales. El empleo de un potente dibujo empieza a ser el motivo esencial de los trabajos de Henri mientras que la aplicación del color a base de rápidas pinceladas ocupa un segundo plano. El recuerdo hacia las obras de Degas está presente aunque también apreciamos cierta deuda con Monet o Renoir al utilizar sombras coloreadas que inundan la bata de la dama. Lo más significativo de la escena es el intimismo con que Lautrec nos presenta esta fotografía de la vida cotidiana de su tiempo.
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Este excelente boceto que contemplamos será utilizado por Toulouse-Lautrec para una litografía de la serie Elles dedicada al mundo de la prostitución y el lesbianismo. Siempre se ha pensado que representaría a un hombre observando como se viste una prostituta aunque en la actualidad también se plantee la posibilidad de encontrarnos con una mujer mirando a la joven. La imagen ha sido captada por el pintor desde atrás, sorprendiendo a la modelo, siguiendo la estela de Degas. Resulta excepcional la rapidez y la maestría con que Henri realiza los trazos que configuran la figura, otorgando un valor supremo a la línea frente al color, reaccionando en pro de la recuperación de la forma frente a la paulatina desaparición que promulgaban Monet o Pissarro.
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Aunque no hay datos que lo aseguren, posiblemente se trate de un retrato de Hendrickje Stoffels, joven sirvienta con quien el artista convivió mucho tiempo y con quien tuvo un hijo. En el cuadro, realizado en 1654, vemos a una muchacha que camina con precaución en el agua, recogiéndose con las manos la camisa por encima de las rodillas; al fondo, sobre una piedra, queda su vestido. La fuerte luz que ilumina la figura y deja el fondo en penumbra impide ver más elementos de la composición. Rembrandt es un excelente pintor de expresiones y por eso capta aquí perfectamente el gesto de alegría de la muchacha al entrar en el agua, que refleja como un espejo lo que ocurre en la superficie. La pincelada es bastante suelta, aplicada en manchas, como observamos en la camisa o en el pelo, si bien en los lugares del cuerpo que nos son visibles, como el escote y las piernas, el modelado es mayor. Al ser la pincelada suelta se piensa que podría tratarse de un boceto preparatorio, pero no se ha encontrado la obra concluida. Lo momentáneo de la situación, el juego erótico y la intimidad de la escena hacen pensar que la modelo sea alguien cercana al pintor, en una obra que preludia el Impresionismo de Degas.
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Entre la temática favorita de Degas está la que tiene como protagonista a mujeres en diferentes momentos de su aseo: tomando un baño, saliendo de él o peinándose. Como si se tratara de un "voyeur", el pintor nos muestra a estas jóvenes en su intimidad, sin ningún tipo de pudor al no observar al espectador, comportándose con absoluta normalidad. Esta imagen que contemplamos es una de las más populares; en ella el artista quiere mezclar el naturalismo que marca toda su composición con ciertas notas de clasicismo. Para ello tomó como modelo a una mujer pero también empleó diversos dibujos de una estatua clásica del Louvre. La muchacha aparece agachada, en una postura totalmente íntima, recogiéndose el rojo cabello con la mano derecha para forzar aun más el escorzo. La habitación se ilumina con una fuerte luz solar matutina, que inunda todos los rincones del espacio. La perspectiva empleada por el artista ya es casi tradicional, al situarse en un punto superior y ofrecernos una visión alzada de la escena. De esta manera, la cómoda que observamos en primer plano parece ser plana, incluyéndose la inspiración en el grabado japonés tan del gusto de los impresionistas. Los elementos que vemos en esa cómoda - una jarra de cobre, otra de cerámica, una peluca y varios peines - tienen formas similares al cuerpo de la muchacha y el barreño, jugando Degas con las líneas curvas en toda la imagen, obteniendo un gracioso ritmo. Los tonos claros abundan en la composición, destacando el color de la carnación contrastando con el gris del barreño y las zonas de sombra coloreada del cuerpo de la joven. El dibujo exhibido por el pintor es magnífico, abriendo una pequeña pugna con sus compañeros impresionistas - Monet, Renoir o Pissarro - quienes estaban más preocupados por el color. En esta discusión también participaría el joven Seurat, miembro ya del llamado Post-Impresionismo. Expuesto, junto a sus compañeras el Baño de la mañana o El barreño, en la muestra impresionista de 1886, obtuvo un importante éxito entre escritores y críticos.
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Una de las modelos favoritas de Renoir fue Alphonsine Fournaise, a quien podemos contemplar en este delicado retrato sosteniendo un abanico en su mano derecha con el que cubre buena parte de su busto. La tamizada luz -estamos en un interior y posiblemente se ha pintado al pasar a través de las cortinas- impacta en el abanico y difumina sus tonalidades, convirtiéndolas casi en blancas. La modelo se sienta en un sillón rojo y ante una pared de color crema, dirigiendo su mirada hacia el espectador. De esta manera encontramos una atractiva faceta en la retratística de Renoir al interesarse por la personalidad de sus modelos, reflejando su psicología de la misma manera que habían hecho Tiziano o Velázquez en siglos anteriores. Las pinceladas son rápidas y fluidas, dotando de un aspecto abocetado a la composición, renunciando a los detalles que caracterizan los retratos académicos de Ingres. Sin embargo, sí apreciamos un exquisito dibujo en el rostro y en los brazos, zonas en la que la sensación atmosférica del conjunto es menos acentuada.
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Tras la muerte de su primera esposa, Isabella Brant, en 1626, víctima de la peste, Rubens permaneció viudo durante cuatro años, periodo que dedicó a su intensa actividad diplomática. En 1630 volvió a contraer matrimonio, eligiendo como esposa a una joven muchacha llamada Helene Fourment -"una mujer joven de una familia honrada pero burguesa, pues nadie puede intentar convencerme de que haga una boda cortesana. Me asusta el orgullo, un vicio inherente a la nobleza y en especial en aquel sexo, y por ello quiero elegir a alguien que no se avergüence de verme coger los pinceles. Y, a decir verdad, me resultaría difícil cambiar el tesoro de mi libertad por los abrazos de una mujer vieja" escribe a un amigo- que colmaba todos sus deseos.Helene se convertirá en la modelo favorita para el artista en su última década, tanto para asuntos religiosos como profanos. Son numerosos los retratos que realizó de ella, vestida, desnuda, con sus hijos, etc. Este bosquejo ejecutado en tiza negra, roja y blanca la presenta con un elegante vestido y un abanico de plumas de avestruz, sirviendo posteriormente como modelo para una de las figuras del Jardín del amor que conserva el Museo del Prado.