<p>La producción de Vermeer es muy reducida y exquisita en su ejecución. El artista repitió los mismos modelos a lo largo de su vida, con pequeñas variantes llenas de poesía cotidiana. Una vez más, podemos admirar la misma estancia que aparece en otros cuadros del autor, suavemente iluminada desde la ventana de la izquierda, con los típicos vidrios emplomados del norte de Europa. El mismo personaje femenino, la señora de la casa, está abriendo la ventana, en su rutina cotidiana. Agarra una jarra de agua bruñida, sobre una jofaina, posiblemente para hacer algún tipo de limpieza. Sobre la pared continúa colgado el cartulano que aparece en otros cuadros, incluso la tela oriental que cubre la mesa es la misma de su Geógrafo. La dama medita sobre el motivo de la vidriera emplomada, con la mirada baja y concentrada. En la vidriera encontramos una representación de la templaza, una de las virtudes cardinales, por lo que los expertos consideran que estamos ante una representación de la virtud, tomando como modelo los grabados de Hans Burgkmaier. Incluso el Maestro de Flemalle había empleado la jarra en su cuadro de Santa Bárbara que conserva el Museo del Prado para representar la misma idea. Como contraposición a los objetos virtuosos -el incensiario, la palangana o la propia jarra- hallamos un joyero con perlas y lazos azules que se interpreta como un símbolo de la coquetería y la vanidad, lo que implica que la mujer debe escoger entre la virtud y el vicio, temática frecuente en el Barroco. En cuanto a la técnica, Vermeer sigue interesado por representar la luz que provoca intensos contrastes y envuelve la estancia en una etérea atmósfera, al tiempo que resalta los brillos de los colores, especialmente el amarillo, el blanco y el azul. Las calidades de telas y objetos se muestran con nitidez, en consonancia con la escuela flamenca del siglo XV.</p>
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<p>Esta escena aparentemente trivial esconde varios significados ocultos sobre los que su autor, Vermeer, nos proporciona algunas claves. El lienzo nos muestra a una joven mujer encinta, probablemente su esposa Catharina, con una balanza de orfebre. En ella mide el peso de algunas perlas, otras tantas están esparcidas en la mesa ante ella, junto a un cofrecillo, apreciándose también algunas monedas. La vista converge inevitablemente en la mano con la balanza, pues tanto el foco de luz como la mirada de la mujer forman sendas diagonales cuyo ángulo nos lleva al centro del lienzo: la mano con la balanza. La escena se desarrolla en un interior, una oscura habitación en la que sólo existe una referencia lumínica en la pared del fondo, junto a la cortina que cubre el ventanal, esparciéndose la débil luz por el reducido recinto, quedando toda la zona de la izquierda en penumbra, lo que nos impide distinguir con claridad los objetos de esta zona. Sólo las perlas que sobresalen del joyero llaman nuestra atención. El cuadro que adorna la pared de la habitación nos proporciona los datos para una primera interpretación, pues se trata de un lienzo con el Juicio Final. De este modo, el acto de pesar las perlas queda asociado con el peso de las almas para decidir si van al cielo o al infierno, como si de un san Miguel laico se tratara. Por otro lado, el hecho de que la mujer esté embarazada y esto encuentre su eco en el Juicio Final nos habla del equilibrio entre la vida y la muerte, al tiempo que nos hace reflexionar sobre la futilidad de los bienes materiales, como el oro y las joyas. Siguiendo esta segunda interpretación, nos encontraríamos ante un cuadro del tipo "vanitas", que medita sobre la vanidad de la vida terrenal. Algunos autores han interpretado esta figura como una alegoría de la Verdad, figura representada en ocasiones por una mujer con balanza, una antorcha y un libro, con escenas del Juicio Final sobre ella. Otra interpretación sería la que alude a la mujer con la balanza como la Virgen, intercesora por los hombres ante Dios. Los especialistas se basan en que las perlas simbolizan a María, mientras que la representación del Juicio Final en el fondo apoya esta idea ya que los seres humanos serán salvados o condenados tras el peso de sus almas por parte de san Miguel, situándose la figura de la mujer en el lugar que debería ocupar el arcángel. Tampoco debemos renunciar a una interpretación doméstica ya que el hombre o la mujer que pesan oro era frecuente en la pintura holandesa de la época. En cualquier caso, la belleza y el intimismo del autor brillan aquí con serenidad, arropados por la deliciosa luz crepuscular que aparece en todas sus obras, así como con su típico color azul contrastando en este caso con el intenso blanco. La sensación atmosférica que envuelve la estancia parece diluir los contornos como observamos en el rostro o los brazos de la dama, recordando los trabajos de la escuela veneciana que tan admirados eran en Holanda por Rembrandt.</p>
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Desconocemos el personaje que retrata Toulouse-Lautrec en esta espectacular imagen, especulándose sobre alguna mujer del cabaret al aparecer unos toques coloreados en las pupilas que reflejarían las luces nocturnas. El centro de atención es su expresivo rostro, destacando esos grandes ojos y los labios pintados de "rouge", rodeado por la estola de plumas. El encuadre fotográfico que corta los planos pictóricos otorga un mayor efecto de inmediatez al igual que los rápidos toques de color con los que crea los adornos del traje, mostrando buena parte del soporte sin cubrir, resultando una estampa característica del estilo maduro de Lautrec.
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La modelo que posó para este retrato es Isabelle Lemonier, hermana menor de Mme. Georges Charpentier, esposa del editor de Zola. Era miembro de una de las familias de joyeros más importantes del boulevard des Italiens de París y junto a su marido organizaba una tertulia a la que acudían numerosos literatos o pintores, entre los que destacan Monet o Renoir. Fue retratada en numerosas ocasiones por Manet - véase el Retrato de Isabelle Lemonier o Isabelle Lemonier con una rosa - destacando éste en el que aparece de frente, vistiendo un elegante traje negro en cuyo escote apreciamos un broche dorado. El bello rostro de la dama es el centro de atención del lienzo, contrastando la claridad del rostro con el oscuro vestido. El fondo está sumamente abocetado, ejecutado con líneas que se cruzan en algunas zonas, al igual que el vestido. Gracias al contacto con el grupo impresionista el estilo de Manet será más suelto que en sus orígenes.
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En 1610 Hals ingresa en el gremio de San Lucas de Haarlem, iniciando su intensa carrera como retratista. Por desgracia, buena parte de estos personajes son anónimos ya que no existen datos que les aporten nombres concretos, si bien en la mayoría de los casos encontramos escudos familiares. La figura de la mujer aparece en primer plano, ocupando la mayor parte del espacio pictórico y recortada ante un fondo neutro, recordando los retratos pintados por Tiziano, Tintoretto o Rubens. La intensa luz procedente de la izquierda resalta las tonalidades blancas de la golilla y los puños de encaje, así como el dorado de la gruesa cadena que lleva en la cintura. El centro de atención del retrato lo encontramos en el rostro, destacando el gesto y la mirada de la dama, mostrando el artista la personalidad de la modelo, abriendo así al público su alma. De esta forma, el espectador nunca queda impasible ante los retratados por Hals. La gama cromática empleada es muy limitada, aplicando el color de manera rápida, sin renunciar a los detalles, en sintonía con la pintura flamenca. Algunos especialistas consideran que sería pareja del Hombre con calavera en la mano izquierda, identificado por algunos expertos como Bartout van Assendelft.
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Las modelos que posaron para Vincent en Amberes están dotadas de una mayor elegancia que los campesinas de Nuenen, ofreciéndonos una perfecta imagen de la distinguida sociedad burguesa. La mujer que aquí contemplamos de perfil no se presenta con sus mejores galas como la Mujer en azul pero encontramos notas que indican su clase social como los labios pintados de "rouge" o la cinta del pelo del mismo color. El estilo vigoroso y abocetado continúa presente aunque se pierda la expresividad de retratos anteriores.
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<p>Ya desde época renacentista empezarán a tomar fuerza los lienzos que tienen como temática la dualidad entre la virtud y el vicio, un asunto tratado por todos buena parte de los humanistas de los siglos XVI y XVII. Vermeer también recogerá en sus obras esta tesitura como bien se pone de manifiesto en esta escena, aunque sea de manera recatada y discreta. La escena, como es habitual en el maestro de Delft, se desarrolla en un interior iluminado por un potente foco de luz procedente de la ventana de la izquierda, creando intensos contrastes lumínicos que recuerdan a Caravaggio, uno de los pintores más admirados entre los maestros holandeses del Barroco, desde el grupo de Utrecht hasta Rembrandt. La mujer que protagoniza la composición se mira en un espejo que cuelga de la pared junto a la ventana, colocándose el collar de perlas que hace juego con sus llamativos pendientes. En la mesa encontramos una brocha para aplicar el maquillaje, otra alusión a la vanidad, mientras que la tarjeta que aparece en el extremo de la robusta mesa sería una referencia al adulterio, arreglándose para su amante. Frente al vicio representado por la amante nos encontraríamos con la virtud, simbolizado en este caso en la figura que decora la vidriera, posiblemente una representación de la Templanza que también aparece en Caballero y dama tomando vino. El mensaje de esta escena sería que la dama debe vivir recatadamente y frenar sus instintos, en lugar de lanzarse a la lujuria y el libertinaje, en consonancia con las ideas de los moralistas de su tiempo. La ubicación de los objetos en planos paralelos al espectador para crear la profundidad, la sensación atmosférica conseguida gracias a la luz y la manera "puntillista" de aplicar el color, repartiendo de forma chispeante la luz por toda la superficie, serán las características definitorias del estilo de Vermeer, al igual que el empleo de esas brillantes tonalidades entre las que destacan el azul y el amarillo de esta chaqueta ribeteada de armiño, propiedad de su esposa, Catharina Bolnes.</p>
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Existen dudas sobre si Degas realizó en primer lugar el florero y después añadió a la mujer o por el contrario, mostró una escena que el artista contempló en la casa de un amigo. Bien es cierto que el pintor no solía realizar bodegones, aunque eran una de las numerosas muestras del realismo en el arte, continuando la tradición del Barroco Holandés. Incluso el propio Delacroix, cuyo cromatismo asimiló perfectamente Degas, trabajó en obras de este tipo. La figura de la mujer aparece en una esquina de la composición, rompiendo con la asimetría tradicional de estas imágenes, considerándose por consiguiente un añadido posterior. Sin embargo, el pintor pudo representar una delicada visión de un precioso jarrón de flores con la mujer que lo ha realizado, formando parte de la misma composición desde el primer momento. Lo que es indudable es la influencia de la fotografía, una de las características presentes en la mayor parte de las obras de Degas. La atracción por la ciencia y los descubrimientos técnicos que se aprecia en los Impresionistas indica sus deseos de conectar con el mundo que les rodea y aplicar sus conocimientos al arte. Lo más llamativo de la obra es el colorido de las flores, jugando con los contrastes de tonos oscuros y claros. La iluminación empleada acentúa aun más esos coloridos vivos, diferenciándose claramente de los que le rodean: sienas, negros o verdes. La agobiante pared del fondo nos trae el jarrón a primer plano, situándose la mesa a la altura del espectador para integrarlo en la escena. Incluso la jarra de agua y el paño sobre la mesa otorgan mayor realismo al conjunto. La mirada de la dama, perdida, ausente, muestra la facilidad del joven pintor para los retratos, como ya demostró con la Familia Bellelli. Sobre la identidad de esta mujer también existen dudas; algunos especialistas piensan que se trata de la esposa de su amigo Paul Valpinçon; otros consideran que se llamaría Mme. Hertel. Sea quien sea, destaca la facilidad de Degas para interpretar sus bellos ojos y su gesto, resultando una excelente obra. Este cuadro fue vendido en 1887 a Theo Van Gogh, el hermano de Vincent, obteniendo por él la importante suma de 4.000 francos.
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Posiblemente sea ésta una de las escenas más amables y delicadas entre las realizadas por Gauguin durante su estancia en Oceanía. Contemplamos a una mujer sentada en una silla con un bebé en brazos, acompañada de una niña que sostiene un gato entre sus brazos. Las figuras están recortadas sobre un fondo neutro ejecutado en tonos verdes y azulados. La mujer mira al espectador con un gesto alegre que contrasta con la mirada desconfiada de la pequeña, mientras que el niño tiene una cierta mirada de máscara. Curiosamente, la niña tiene el cuerpo plano y la cabeza, las manos y las piernas con gran volumetría, técnica que utilizará Picasso unos años más tarde. El colorido es muy vivo, aplicado a través de pinceladas largas y sueltas que refuerzan la sensación de alegría del conjunto.
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En los tres meses que Vincent pasó en Amberes la sombra de Rubens se apreciará en todas sus obras. Admirador de Delacroix, pronto descubrió a los pintores barrocos que cautivaron al maestro romántico tomando como modelo su refinamiento. Incluso considera necesario matricularse en la Escuela Superior de Bellas Artes, aunque surgirán ligeras diferencias al no aceptar el sistema de enseñanza; aun así tomará parte en el examen de acceso a las clases superiores. En una carta a su hermano Theo comenta: "Resulta interesantísimo estudiar a Rubens, precisamente porque su técnica es - o mejor dicho - parece tan sencilla. Porque lo consigue con tan poco esfuerzo y con mano rápida, porque pinta y, sobre todo, también dibuja sin ninguna vacilación. Pero su punto fuerte son los retratos y las cabezas y las figuras femeninas. En ellos es profundo y delicado. Y qué frescura conservan sus cuadros precisamente gracias a la sencillez de la técnica". Concretamente este retrato será uno de los más delicados entre los realizados por Vincent en Amberes. El estilo rápido, violento, de las figuras de Nuenen aun persiste pero el colorido es más variado. Los exquisitos trazos se distribuyen por el lienzo de manera acertada para mostrarnos la belleza urbana, alejado de la expresividad de los retratos de campesinos. Ahora lo importante es el color como rápidamente se pondrá de manifiesto en la época parisina.