Las alegrías y sacrificios que hacían los mexicanos por una victoria Dilataba Cortés el poner su real en la plaza, aunque cada día entraba o mandaba entrar a la ciudad a pelear con los vecinos, por las razones poco antes dichas, y por ver si Cuahutimoccín se entregaría, y aun también porque no podía ser la entrada sin mucho peligro y daño, por cuanto los enemigos estaban ya muy juntos y muy fuertes. Todos los españoles, juntamente con el tesorero del Rey, viendo su determinación y el daño pasado, le rogaron y requirieron que se metiese en la plaza. Él les dijo que hablaban como valientes, pero que convenía antes mirarlo muy bien, pues los enemigos estaban fuertes y decididos a morir defendiéndose. Tanto replicaron, que al cabo otorgó lo que pedían, y anunció la entrada para el día siguiente. Escribió con dos criados suyos a Gonzalo de Sandoval y a Pedro de Albarado la instrucción de lo que debían hacer; la cual era, en suma, que Sandoval hiciese alzar todo el fardaje de su guarnición, como que levantaba el real, y que pusiese diez de a caballo en la calzada, tras unas casas, para que si de la ciudad saliesen creyendo que huían, los almacenasen, y él que se viniese a donde Pedro de Albarado estaba, con diez de a caballo y cien peones; y con los bergantines; y dejando allí la gente tomase los otros tres bergantines y se fuese a ganar el paso donde fueron desbaratados los de Albarado; y si lo ganaba, que lo cegase muy bien antes de ir más adelante; y que si fuese, no se alejase ni ganara paso que no lo dejase ciego y bien preparado; y Albarado, que entrase cuanto pudiese en la ciudad, y que le enviasen ochenta españoles. Ordenó asimismo que los otros siete bergantines guiasen las tres mil barcas, como la otra vez, por entrambas lagunas. Repartió la gente de su real en tres compañías, porque para ir a la plaza había tres calles. Por una de ellas entraron el tesorero y contador con setenta españoles, veinte mil indios, ocho caballos, doce zapadores y muchos gastadores para cegar los caños de agua, allanar los puentes y derribar las casas. Por la otra calle envió a Jorge de Albarado y Andrés de Tapia con ochenta españoles y más de, diez mil indios. Quedaron en la desembocadura de esta calle dos tiros y ocho de a caballo. Cortés fue por la otra con gran número de amigos y con cien españoles de a pie, de los cuales veinticinco eran ballesteros y escopeteros. Mandó a ocho de a caballo que llevaba quedarse, y que no fuesen tras él sin que se lo enviara a decir. De esta manera entraron todos a un tiempo, y cada cuadrilla por su lado, e hicieron maravillas, derrocando hombres y trincheras y ganando puentes. Llegaron cerca del Tianquiztli; cargaron tantos indios de nuestros amigos, que entraron por las casas a escala vista y las robaron; y según iba la cosa, parecía que todo se ganaba aquel día. Cortés les decía que no pasasen más adelante, que bastaba lo hecho, no recibiesen algún revés, y que mirasen si dejaban bien cegados los puentes ganados, en donde estaba todo el peligro o victoria. Los que iban con el tesorero siguiendo victoria y alcance dejaron una quebrada falsamente ciega, que tendría doce pasos de anchura y dos estados de hondura. Fue allí Cortés, cuando se lo dijeron, a remediar aquel mal recado; mas tan pronto como llegó vio venir huyendo a los suyos y arrojarse al agua por miedo de los muchos y consecutivos enemigos que venían detrás, los cuales se echaban tras ellos para matarlos. Venían también barcas por el agua, que cogían vivos a muchos de nuestros amigos y hasta españoles. No daba abasto entonces Cortés y otros quince que allí estaban a dar las manos a los caídos; unos salían heridos, otros medio ahogados, y muchos sin armas. Cargó tanta gente enemiga, que los cercó. Cortés y sus quince compañeros, entretenidos en socorrer a los del agua, y ocupados con los socorridos, no se dieron cuenta del peligro en que estaban; y así, echaron mano de él algunos mexicanos, y se lo hubiesen llevado si no hubiese sido por Francisco de Olea, criado suyo, que cortó las manos al que le tenía asido, de una cuchillada; al cual mataron después allí los contrarios; y así, murió por dar la vida a su amo. Llegó en esto Antonio de Quiñones, capitán de la guardia; cogió del brazo a Cortés, y le sacó por fuerza de entre los enemigos, con quienes duramente peleaba. Ya entonces, al rumor de que Cortés estaba preso, acudían los españoles a la brega, y uno de a caballo hizo algún tanto de lugar; mas pronto le dieron una lanzada por la garganta, que le hicieron dar la vuelta. Estancó un poco la pelea, y Cortés cabalgó en un caballo que le trajeron; y como no se podía pelear allí bien a caballo, recogió a los españoles, dejó aquel mal paso, y se salió a la calle de Tlacopan, que es ancha y buena. Murió allí Guzmán, camarero de Cortés, por querer darle un caballo, cuya muerte dio mucha tristeza a todos, pues era honrado y valiente. Anduvo tan revuelta la cosa, que cayeron al agua dos yeguas; la una se salvó, y la otra la mataron los indios, como hicieron al caballo de Guzmán. Estando combatiendo una trinchera el tesorero y sus compañeros, les echaron de una casa tres cabezas de españoles, diciendo que otro tanto harían de ellos si no alzaban el cerco. Viendo esto y dándose cuenta del estrago que digo, se retrajeron poco a poco. Los sacerdotes se subieron a unas torres de Tlatelulco, encendieron braseros, pusieron sahumerios de copalli en señal de victoria. Desnudaron a los españoles cautivos, que serían unos cuarenta, los abrieron por el pecho, les sacaron los corazones para ofrecérselos a sus ídolos, y rociaron el aire con la sangre. Hubiesen querido los nuestros ir allá y vengar aquella crueldad, ya que no la podían impedir; mas bien tuvieron qué hacer en ponerse en cobro, según la carga y prisa que les dieron los enemigos, no temiendo a caballos ni a espadas. Fueron ese día cuarenta españoles presos y sacrificados. Quedó herido Cortés en una pierna, más otros treinta. Se perdió un tiro y tres o cuatro caballos. Murieron cerca de dos mil indios amigos nuestros. Muchas de nuestras canoas se perdieron, y los bergantines estuvieron para ello. El capitán y el maestre de uno de ellos salieron heridos, y el capitán murió de la herida al cabo de ocho días. También murieron peleando este mismo día cuatro españoles del real de Albarado. Fue aciago el día, y la noche triste y llorosa para nuestros españoles y amigos. Regocijáronse aquella tarde y noche los de México con grandes fuegos, con muchas bocinas y atabales, con bailes, banquetes y borracheras. Abrieron las calles y puentes como antes las tenían. Pusieron vigilantes en las torres, y centinelas cerca de los reales; y luego, por la mañana, envió el rey dos cabezas de cristianos y otras dos de caballos por toda la comarca, en señal de la victoria tenida, rogándoles que dejasen la amistad de los españoles, y prometiendo que pronto acabaría con los que quedaban y libraría a toda la tierra de guerra; lo cual fue causa de que algunas provincias tomasen animo y armas contra los amigos y aliados de Cortés, como hicieron Malinalco y Cuixco contra Coahunauac. Sonó luego esto por muchas partes, y temían los nuestros rebelión en los pueblos amigos y motín en el ejército; mas quiso Dios que no lo hubiese. Cortés salió con su gente otro día a pelear, por no mostrar flaqueza, y se volvió desde el primer puente.
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Los tratados de Westfalia de 1648 supusieron para la zona germánica la reafirmación de los poderes de los príncipes de los múltiples Estados alemanes en detrimento del poder efectivo del emperador, reforzamiento político que se incrementaría con la derrota imperial en sus pretensiones de imponer un gobierno centralizado y unificador, dando paso, por contra, a que los Estados menos sobresalientes adquirieran las prerrogativas que desde tiempo atrás habían disfrutado, sobre todo las grandes circunscripciones electorales del Imperio. De esta manera, la fragmentación política de Alemania se hizo todavía más evidente, pues continuó dividida en varios centenares de entidades políticas casi independientes, cuyos gobernantes gozaban de amplísimos poderes que abarcaban, entre otros derechos, el de acuñar monedas, formar ejércitos propios, cobrar impuestos, incluso el de llevar a cabo unilateralmente la política exterior que considerasen beneficiosa a sus intereses particulares. Por consiguiente, resulta más esclarecedor distinguir muchas Alemanias, ya que no hubo en ningún momento una línea común de actuación que unificara ni aglutinara a los múltiples Estados territoriales que teóricamente seguían formando el variado conjunto imperial Germánico. No obstante, el Imperio seguía existiendo desde el punto de vista institucional, manteniendo por lo demás el título de emperador su prestigio y significación honorífica, a la vez que continuaban con sus funciones propias y representativas los organismos imperiales, los cuales, aunque un tanto inoperantes y escasamente efectivos, se mostraban dispuestos a no desaparecer, dejando constancia de su presencia mediante intervenciones en asuntos de su incumbencia y reuniones periódicas. La designación imperial no perdió su carácter electivo, pero sí aumentó el número de electores, que para finales de la centuria eran nueve, dos más de los siete que tradicionalmente habían formado el colegio electoral. La Cancillería, la Cámara Áulica y los Círculos pretendieron ser operativos, actuando cuando podían en los temas que les competían siempre teniendo en cuenta sus limitadas posibilidades prácticas. La Dieta pasó a ser permanente, debiendo sancionar las decisiones sobresalientes del Gobierno imperial, aunque perdió calidad en los representantes que acudían a ella y no fue capaz de superar su lento, confuso y anquilosado mecanismo de funcionamiento, dominado por las interminables discusiones y debates internos siempre en defensa de las muy conservadoras libertades germánicas, que una y otra vez coartaban los intentos de creación de una Monarquía fuerte y centralizadora como era el deseo de la familia de los Habsburgo, que desde mediados del siglo XV continuaba ocupando el trono imperial. Fernando II (1619-1637) y Fernando III (1637-1658) habían visto fracasados sus proyectos unificadores, de tendencias absolutistas y dimensiones universales, directrices que tuvieron que ser cambiadas por Leopoldo I (1658-1705) para adaptarse a las condiciones impuestas por los nuevos tiempos que corrían, siendo consciente de que no era posible ya luchar por imponer la vieja idea imperial, lo que le llevó a volcar sus deseos unificadores sobre sus territorios patrimoniales. La pretensión de alcanzar un poder autoritario y centralizado en la figura del gobernante fue una aspiración común a los engrandecidos príncipes de los Estados alemanes, que vieron robustecida su posición a raíz de los acuerdos de 1648 que les concedían amplios derechos de soberanía sobre sus territorios respectivos. En casi todos ellos se experimentó una pérdida de influencia de las asambleas representativas locales, aumentando paralelamente el poder único de los príncipes, que procuraron concentrar en su persona las prerrogativas regias al estilo de las Monarquías occidentales. La consecución de los recursos financieros necesarios para poder llevar adelante una política de fortalecimiento del Estado, y para reunir un ejército adecuado a las exigencias de dicha política, fueron otras tantas aspiraciones de estos príncipes para poder equipararse al modelo que presentaban las grandes potencias de su entorno. Algunos lo conseguirían, convirtiéndose incluso ellos mismos en reyes, pero muchos otros no llegarían a alcanzar los objetivos de grandeza que se habían propuesto. De entre toda la mezcolanza de los numerosos territorios que integraban el Imperio, algunos de ellos se destacaron durante un cierto tiempo pero sin poder mantener su protagonismo, casos de Baviera y de Sajonia, mientras que hubo otros, a saber, Brandeburgo y los Estados de Austria, aquél en el Norte, éste en el Sur, que se convirtieron en formaciones estatales poderosas que llegarían a dominar sus áreas de influencias respectivas, pudiendo ser consideradas ya para finales de siglo como las principales potencias de la Europa central. En Baviera, los componentes de la familia gobernante, de tradición católica, que se sucedieron en el transcurso del siglo XVII practicaron una política de corte absolutista con continuas intervenciones exteriores, saldadas un tanto negativamente en perjuicio del desarrollo del interior del país. Tres largos mandatos casi llenaron el siglo y primer cuarto del siguiente. El primero de ellos correspondió a Maximiliano I (1598-1651), que se vio inmerso en la guerra de los Treinta Años, conflagración que condicionó todo su gobierno y que seguiría repercutiendo, tras la paz, en el de su sucesor, Fernando María (1651-1671), a la busca de alianzas ventajosas para poder tener un relativo protagonismo internacional, política que continuaría Maximiliano Manuel II (1679-1726), contando para ello con la afirmación de su poder personal sobre la asamblea de sus Estados (el Landtag ya no se convocaba), con el perfeccionamiento de la administración central y con la mejora del ejército. Mientras tanto, el papel de Sajonia dentro del Imperio había perdido bastante de la relevancia que había tenido desde tiempos atrás. La múltiple división de las ramas familiares de la Casa electoral, las secuelas de la mala coyuntura económica que tuvo que atravesar, los impactos de la guerra y la rivalidad creciente de los Estados vecinos, sobre todo de los pertenecientes al electorado de Brandeburgo, produjeron este retroceso de Sajonia en el marco de los territorios alemanes, más llamativo aún por la pérdida de su liderazgo entre los países protestantes germánicos, que pasó a ser asumido, paralelamente a su engrandecimiento político, por los Hohenzollern. Una situación que fue todavía más evidente en las postrimerías del siglo, cuando Federico Augusto de Sajonia (1694-1733) se convirtió al catolicismo para poder ocupar el trono polaco, vacante tras la muerte de Juan Sobieski, al que accedería en 1697 como Augusto I, dejando así el camino expedito para el claro dominio en el norte del Imperio de la poderosa dinastía de los Hohenzollern. En este ámbito septentrional, destacó a lo largo de la centuria el ascenso casi imparable del electorado de Brandeburgo. La primera ampliación territorial significativa se operó durante el gobierno de Juan Segismundo (1608-1619), gracias a una doble herencia: la que le permitió en 1614 tomar posesión, tras superar serias dificultades, del ducado de Cléveris y de los condados de Mark y de Ravensberg, todos ellos situados al oeste de sus tierras patrimoniales; y la recibida en 1618, que le supuso la posesión del ducado de Prusia, situado fuera de los límites orientales del imperio y que estaba bajo la soberanía de la Corona polaca. De esta forma comenzó a formarse un extenso Estado que abarcaba territorios muy diversos, tanto de dentro como de fuera del Imperio, aunque con el grave inconveniente de su discontinuidad, dada la separación y el alejamiento de sus partes integrantes. El nuevo aporte significativo vendría a raíz de los tratados de Westfalia, ya durante el mandato del verdadero hacedor del Estado de Brandeburgo-Prusia: Federico Guillermo, el Gran Elector (1640-1688). La Pomerania oriental y las tierras pertenecientes a los secularizados obispados de Minden, Halberstadt y Magdeburgo pasaron a formar parte de las posesiones del elector, quien tenía por delante la ardua tarea de cohesionar los diversos trozos sobre los que ejercía su dominación política, de dotarlos de un operativo sistema administrativo y de garantizar su defensa mediante unas fuerzas militares eficaces, necesitando para ello poder contar con suficientes recursos financieros que sustentaran esta política de fortalecimiento de todo el aparato estatal, objetivo principal que perseguía. Los resultados fueron bastante satisfactorios: al terminar su mandato, Brandeburgo-Prusia contaba con un sistema fiscal renovado, basado en una serie de impuestos permanentes de nueva creación y en el control gubernamental de los existentes, con una burocracia relativamente centralizada y unificadora, capaz de mostrarse eficaz mediante los consejos de gobierno y los funcionarios provinciales, con un poder fuerte y autoritario personificado en la figura del Elector y con un impresionante ejército, adiestrado, muy disciplinado e integrado mayoritariamente por mercenarios, capaz no sólo de proteger los ya muy extensos dominios interiores, sino incluso de practicar una agresiva y expansionista proyección hacia el exterior. Ello fue posible debido también al desarrollo económico del país, potenciado igualmente por el Gran Elector mediante una política de atracción de mano de obra y técnicos extranjeros, sin tener en cuenta las creencias religiosas de los que llegaban aunque interesado más en la venida de grupos calvinistas acordes con su propio credo, especialmente de franceses y holandeses. La recuperación económica resultó un tanto espectacular teniendo en cuenta que las condiciones naturales de las tierras repobladas no eran las más idóneas para un rápido crecimiento. Por el Sur, la potencia dominante era la Monarquía de los Habsburgo, que desde el siglo XV monopolizaba al mismo tiempo la Corona imperial al recaer ininterrumpidamente en ella el título de emperador, teniendo como base patrimonial los Estados austriacos, más la posesión de los Reinos de Bohemia y Hungría, aunque este último muy disminuido por la presencia turca en buena parte del territorio magiar. La composición de esta formación política que abarcaba las tierras danubianas era pues poco uniforme y homogénea, al estar constituida por zonas y pueblos muy variados, con procedencias, costumbres, lenguas y religiones diferentes; de ahí la falta de unificación que presentaba el Estado de los Habsburgo.
obra
En su artículo titulado "Ornamento y crimen", Adolpf Loos empieza con una frase que resulta ideal para definir la obra de Klimt: "Todo arte es erótico". Sin embargo, el artículo pretende criticar a Klimt y a los artistas de los Talleres de Viena, a lo que el maestro vienés respondió pintando un Autorretrato con genitales.Las dos amigas son uno de los múltiples ejemplos de arte erótico pintado por Klimt, aludiendo, como ya había hecho en Serpientes acuáticas II, al amor lésbico, de la misma manera que habían hecho Toulouse-Lautrec o Courbet en el siglo XIX. Las dos mujeres se ubican en primer plano, dirigiendo sus sensuales miradas hacia el espectador, una vestida con una amplia túnica roja -el famoso vestido reforma que intentó liberalizar a las damas vienesas eliminando corsés y elementos opresores- y otra sensualmente desnuda. Las líneas onduladas se adueñan de sus cuerpos, estableciendo un libre diálogo con el color, demostrando una vez más la facilidad para el dibujo siempre exhibida por Klimt. En el fondo observamos una llamativa decoración animal vinculada con la estampa japonesa, muy admirada por el pintor, acentuando la belleza decorativista de la composición, al igual que las formas onduladas características del Art Nouveau.
contexto
La tarea de enriquecer, completar y agrandar la mezquita de Córdoba, la obra de Abd al-Rahman I, el fundador de la dinastía, fue responsabilidad de sus sucesores. Su hijo Hisham I edificó el primer minarete. La primera ampliación importante la hizo Abd al-Rahman II, que aumentó sensiblemente la dimensión de la sala de oraciones agregando ocho naves a las doce primitivas. Abd al-Rahman III amplió el patio, hizo construir un nuevo minarete y reforzó con pilares las columnas de la fachada que dan al patio porque presentaban señales de inclinación. De una manera algo distinta a la mezquita de Qairawan, edificada en su plan de conjunto por el emir aghlabí Ziyadat Allah a partir de 836, pero con el mismo espíritu de ensalzar la dinastía, la de Córdoba simbolizó el nacimiento de un foco de poder y de desarrollo cultural regional. Tanto el uno como el otro evolucionarán formando un califato. Las relaciones entre los dos núcleos plantean varios problemas. El conjunto, que estaba destinado a tener un futuro brillante en ese área cultural, y su rigor decorativo, formado por el mismo arco unido a un alfiz o encuadramiento rectangular, se han utilizado posteriormente sobre todo en las puertas, siendo el ejemplo más antiguo la Puerta de San Esteban, de mediados del IX. Nos podríamos preguntar por los paralelismos evidentes entre esta decoración y la de la obra posterior del mihrab del califa al-Hakam II, con la del mihrab de Qairawan -que no tiene alfiz-y la de la puerta de la biblioteca de la misma mezquita que sí lo tiene. Bastante misteriosa es también la relación entre los nichos en forma de concha, entre dos columnas y con un arco de herradura, que tienen lejanos paralelos orientales del siglo VIII -un enigmático mihrab en Bagdad y las maderas esculpidas de la mezquita de al-Aqsa en Jerusalén-. Esta forma parece haber existido en la primera mezquita de Córdoba, como demuestran los fragmentos de esculturas descubiertos en el sótano. La podemos ver en la decoración del eje, sobre placas caladas que adornan el fondo del mihrab de Qairawan y en cierto modo, recompuesta y ampliada en el mihrab de al-Hakam II. La historia de la mezquita omeya se clausura con una especie de apoteosis en el siglo X, en época del califato, con las dos últimas ampliaciones mayores, que le dan su forma definitiva: la de al-Hakam II (961-976) a la que acabamos de referirnos y la de al-Mansur, realizada a partir del 987. La imaginación llega a su más alto nivel en la primera de estas ampliaciones: se agrandó más la sala de oraciones y se cubrió la prolongación de la nave central con dos cúpulas. El tramo del muro de la qibla -al que se añadió un nuevo mihrab- se cubrió con otras dos cúpulas a los lados de la del mihrab. Si en el conjunto de la ampliación siguieron fieles a la estética primitiva, en las partes más nobles, que son la nave central y la zona del mihrab, se buscó visiblemente la suntuosidad más deslumbrante. Allí fue donde se desplegó tanto el ingenio de los arquitectos y de los decoradores, como la riqueza del califato, en la composición casi barroca de los arcos polilobulados y los arcos entrecruzados; en la riqueza decorativa de las cúpulas decoradas con nervaduras y esculpidas en forma de concha; en la magnífica decoración de mosaicos que se colocaron en el mihrab y en su fachada. Conocemos bien la historia de esta última decoración: el califa se dirigió al Basileus, al emperador bizantino, que aceptó enviarle a un artista especializado que fuera capaz de formar a algunos artesanos en al-Andalus y un cargamento de teselas. Sobre todo está claro que, como se deduce por las fuentes, al-Hakam II quiso imitar la ornamentación con la que sus ancestros de Damasco habían embellecido la gran mezquita de su ciudad. En comparación, la obra ordenada por al-Mansur parece casi pobre y sin imaginación porque quisieron hacerla conforme al rigor primitivo del edificio, como reacción, seguramente inconsciente, al lujo exagerado que había caracterizado la fase precedente.
contexto
Las antiguas culturas del Valle de México La historia del Valle de México comienza con la llegada del hombre a las tierras de la América Media. Atraídas por los abundantes recursos naturales de la región, pequeñas bandas nómadas, cuyo nivel evolutivo no superaba el de los cromañoides del Paleolítico europeo, se asentaron en la zona, dedicándose a la recolección de frutos silvestres y a la caza de mamuts y otros mamíferos de menor tamaño3. Esta situación se prolongará hasta los inicios del segundo milenio a.C., época en que el depredador errabundo deja paso al plantador sedentario4. El periodo que comprende los años transcurridos entre el 1800 a.C. y el nacimiento de Cristo se denomina Formativo o Preclásico en los manuales arqueológicos, aunque sería más correcto designarlo con términos vinculados a las diferentes etapas de desarrollo socio-económico. Durante los primeros quinientos años, los habitantes de la Cuenca se organizaron en comunidades aldeanas igualitarias. Las gentes de Zacatenco, Ticoman, El Arbolillo, Tlatilco, Copilco o Cuicuilco --por citar algunos de los lugares más significativos-- llevaron una vida análoga a la de los poblados neolíticos del Viejo Mundo. Así, cultivaron varias especies vegetales (maíz, fríjoles y calabazas, fundamentalmente), tejieron la fibra del agave (maguey) para hacer vestidos y manufacturaron una rica y variada cerámica, cuyo principal atractivo reside en las figurillas, pequeñas estatuitas antropomorfas. Hacia el 1300 a.C., el registro arqueológico indica un fuerte avance cultural. La aparición de nuevos instrumentos de producción propició el crecimiento de los recursos agrícolas y, consecuentemente, un incremento demográfico. Este progreso económico --unido a la influencia de la poderosa cultura olmeca5-- motivó la quiebra del igualitarismo tribal, sustituido por una rígida estratificación social. La sociedad se dividió en dos grandes estratos: el dominante, integrado por los representantes de las deidades en la tierra, y el dominado, que comprendía a la gran masa de la población. Gracias al poder que les proporcionaba el control del mundo sobrenatural --de quien dependía el bienestar económico y la salud del grupo--, los sacerdotes impusieron un régimen teocrático fuertemente explotador. A cambio del surplus, agrario, el clero garantizaba a la comunidad las buenas cosechas y la ausencia de catástrofes naturales o epidemias. En las décadas finales del Formativo, el sistema teocrático cristalizó de manera definitiva. Buena prueba de ello lo constituye la pirámide circular de Cuiculco, la primera construcción importante del México Central. El primer milenio de nuestra Era sigue rumbos distintos en Europa y Mesoamérica. Mientras el Viejo Mundo trataba de superar el trauma de las invasiones bárbaras, la América Media veía nacer las grandes civilizaciones clásicas. Cuatro focos culturales, herederos de la tradición olmeca, florecieron con un gran esplendor: el país de los mayas, la Oaxaca de los zapotecas, el Tajín veracruzano y, finalmente, Teotihuacan, situado en el Altiplano central. Las ruinas de Teotihuacan (El lugar de los Dioses) se encuentran en el valle del mismo nombre, un árido y desértico lugar ubicado a pocos kilómetros al noroeste del lago de Tetzcoco. El principal atractivo de Teotihuacan radica en su carácter urbano, ya que en el siglo VI debió llegar a tener más de 100.000 habitantes, que se distribuían en un radio de unos 35 kms2. Mucho se ha escrito sobre las grandes pirámides del Sol y de la Luna, la Ciudadela, el palacio de Quetzalpapalotl o los conjuntos residenciales, entre los que destacan los barrios de Tetitla, Tepantitla o Zacuala; pero ¿qué sabemos de los pobladores de Teotihuacan? Por desgracia, muy poco, pues los abultados fondos destinados a la exploración de Teotihuacan se han invertido principalmente en hacer arqueología turística. En primer lugar, parece claro que los habitantes de la gigantesca metrópoli no practicaban la agricultura. Sus actividades económicas estaban relacionadas con la Administración, el comercio, el ceremonial religioso y la artesanía de lujo; ocupaciones de tiempo completo, que requieren de un fuerte sector primario. La otra peculiaridad de la sociedad teotihuacana consistía en la relación desigual entre la ciudad y el hinterland rural. La megalópolis --residencia de una élite improductiva y foránea6-- existía gracias a los excedentes agrícolas de las comunidades otomíes de la zona, cuya existencia, según Roger Bartra, no podía ser más miserable. El campesino trabajador teotihuacano vive una triste condición: en su aldea, atado aún a la naturaleza por un "cordón umbilical", sumergido en la vida comuna; en su relación con la urbe, por otro lado, se convierte en un ser que no se posee a sí mismo; cuyo producto le es enajenado y, por lo tanto --al no reconocérsele en la creación de bienes--, reducido a funciones animales, animalizado7. ¿De qué medios se valieron los señores de la metrópoli para arrebatar a los agricultores de la periferia el fruto de su trabajo? Desde luego, hay que desechar la utilización de métodos violentos, porque nos encontramos ante una cultura pacífica en la que no tenía importancia el militarismo. La coacción se llevaba a cabo por medios pacíficos y adoptaba la forma de pago por servicios prestados. Como las dos causas materiales que justifican la explotación en las sociedades preindustriales --las obras hidráulicas para la agricultura de regadío y la protección militar-- no se encuentran en el México central durante este período, debemos entender que el tributo era para retribuir las actividades religiosas de la capa superior, de la que dependía la vida de todos. Todo en Teotihuacan está basado en la legitimación de la teocracia. Los temas exclusivos de las hermosas pinturas al fresco son las deidades agrícolas o acuáticas (Tlaloc, Chalchiuhtlicue, Quetzalcoatl), los símbolos de la fertilidad (caracoles, elotes) y los teócratas, sacerdotes que aparecen divinizados. Siguiendo los pasos de los olmeca, los comerciantes y mercenarios de la Ciudad de los Dioses se expandieron por toda Mesoamérica, llegando incluso a asentarse en los centros ceremoniales mayas de Kaminaljuyú y Tikal. Pero Teotihuacan debió ser un gigante con los pies de barro, pues sus señores sólo disponían de la religión como instrumento de dominación. En el siglo VII d.C., los mecanismos de control social fallaron y la populosa urbe fue saqueada e incendiada; los supervivientes del grupo dominante se refugiaron en Azcapotzalco, una localidad del Valle de México. Aunque se han aventurado muchas hipótesis para explicar el fin de Teotihuacan, sólo una cosa parece clara: la responsabilidad de la destrucción recae en los campesinos teotihuacanos. Para los rebeldes, cuyo objetivo se limitaba a acabar con el despotismo sacerdotal, el incendio de la metrópoli significaba la liberación; para el historiador, el saqueo de Teotihuacan supone la desaparición de una concepción del universo y de una forma determinada de entender la política y las relaciones humanas. Nacidos del dolor y de la guerra, los Estados protagonistas del nuevo período --el Posclásico-- no basarán el poder en la religión, sino en el militarismo. Los Tolteca, Chichimeca y Azteca harán de la actividad bélica la razón de su existencia, pues como eran invasores procedentes del norte, la violencia era un modo de conseguir lugares de asentamiento. La guerra impregnará todas las facetas de la cultura del México central. Por un lado, los Jefes de hombres, los tlacatetecuhtin, sustituirán a los sacerdotes en el ejercicio del gobierno; por el otro, el tributo, que continúa siendo la principal fuente de mantenimiento, ya no necesitará lastimarse ideológicamente, pues el mejor servicio que el vencedor puede hacer al vencido reside en el respeto de su vida. La religión también experimentará una profunda transformación durante la época posclásica, porque las viejas divinidades sufrirán el fuerte empuje de una nueva generación de dioses astrales y guerreros. El cambio de los valores tradicionales por otros de cuño laico y militarista queda plasmado en diversos mitos. Uno de ellos, por ejemplo, nos cuenta cómo Xochiquetzal, la hermosa cónyuge de Tlaloc: --la deidad más poderosa de la Mesoamérica clásica-- se cansó de su marido y decidió fugarse con Tezcatlipoca, un dios norteño que, entre otras funciones, presidía las actividades del telpochcalli, el centro educativo de los jóvenes guerreros. Esta picaresca historia, digna de figurar en El Decamerón, ¿no expresa de manera metafórica el predominio del guerrero sobre el campesino o el sacerdote? Ahora bien, las nuevas tendencias --asociadas indiscutiblemente a las etnias septentrionales de habla nahuatl-- no se impusieron sin lucha. Entre el final del siglo VII, fecha de la caída de Teotihuacan, hasta el siglo X, que ve el triunfo definitivo de los nahua, la América Media pasó una era de desconcierto y caos, muy similar a la originada en el Viejo Mundo por la invasión de los pueblos germánicos. La reconstrucción de estos siglos oscuros resulta en extremo difícil, pues los datos arqueológicos de que disponemos son fragmentarios. Tampoco los informes se encuentran en las crónicas e historias de la Colonia --recuérdese que los autores virreinales abordaron algunos acontecimientos notables del posclásico temprano-- resultan de gran utilidad. Uno de los principales investigadores del tema, Paul Kirchhoff, señaló hace tiempo la tremenda dificultad de elaborar una secuencia coherente a partir de tantas versiones, nombres y fechas8. A falta de un estudio definitivo, expondré aquí mi opinión personal. La economía de las distintas regiones mesoamericanas dependía de una complicada red mercantil, que debía ser férreamente controlada para mantener su efectividad. Olmecas y teotihuacanos --etnias de la costa sureña-- dominaron las rutas comerciales durante el formativo y los primeros siglos del clásico; pero, tras el desmoronamiento de la Ciudad de los Dioses, diversos grupos meridionales mayanizados --olmeca xicalanca, nonoalca, etc-- se asentaron en el Altiplano e intentaron restaurar la situación anterior. Sin embargo, el intento resultó fallido, ya que numerosas tribus seminómadas septentrionales se infiltraron en la América Media aprovechando la anarquía reinante. La más fuerte de todas ellas, la tolteca, jugarla un papel decisivo en la consolidación de los pueblos nahua en el México central. La historia de los tolteca está íntimamente vinculada a Ce Acatl Atopiltzin Quetzalcoatl, un enigmático personaje9. De acuerdo con las tradiciones de la época azteca, Ce Acatl, hijo del caudillo tolteca Mixcoatl, se educó en Xochicalco (Morelos) bajo la tutela de los sacerdotes de Quetzalcoatl. Después de distintas aventuras, Topiltzin llegó a Tula (Hidalgo), una ciudad fundada a principios del siglo IX por los tolteca. El asentamiento de Topiltzin en la urbe nahua desencadenó una serie de dramáticos acontecimientos que culminaron con el hundimiento de Tula. Ce Acatl, quien gozaba del apoyo de los nonoalca --un pueblo cuyo nombre indica una filiación no nahuatl10--, fue proclamado tlatoani, si bien tuvo que compartir el poder con Huemac, jefe de la fracción tolteca de la ciudad. La historiografía suele afirmar que Topiltzin (gobernó entre 1153 y 1175) y Huemas (1169-1178) ejercían un gobierno dual con división de funciones, el primero se ocuparía de la esfera sacra y el segundo de la temporal. Ahora bien, si se aceptan las tesis de Nigel Davies --a mi entender la máxima autoridad en la materia11--, de que tanto Ce Acatl como Huemas eran gobernantes terrenales sacros, que regían los destinos de los dos grupos étnicos habitantes de Tula, todos los confusos acontecimientos posteriores se aclaran. La coexistencia de dos sociedades étnica y culturalmente opuestas originó violentos enfrentamientos, que se expresaron de manera simbólica en el conflicto entre Quetzalcoatl, la pacífica divinidad de Topiltzin, y Tezcatlipoca, el sangriento dios adorado por Huemas. La lucha finalizó con la expulsión de los nonoalca, mas Huemac disfrutó poco tiempo de su triunfo sobre Ce Acatl porque las calamidades no tardaron en abatirse sobre Tula. A las epidemias y malas cosechas se sumó la irrupción en el territorio tolteca de los bárbaros chichimeca, quienes vivían en la franja semiárida que separaba las tierras cultivadas de Mesoamérica de los desiertos del norte12. Asimismo, los huacteca de la costa del Atlántico norte penetraron en el interior del México central. Huemac, incapaz de hacer frente a tantas adversidades, se suicidó tras la batalla final contra los huaxteca. Tula fue pasto de las llamas13 y los supervivientes buscaron refugio no en el mítico Tillan Tlapallan de la leyenda, sino en un lugar mucho más lógico, la ciudad de Culhuacan. El vacío de poder abierto después de la ruina tolteca pronto se cubrió. En 1246, los montaraces chichimeca de Xolotl abatieron el reducto culhuacano y ocuparon el Valle de México14. Los descendientes directos de Xolotl --Nopaltzin, Tlotzin y Quinatzin-- asimilaron con tanta rapidez la vida sedentaria, la lengua, las costumbres y la organización política de los vencidos que, a finales del siglo XIII, crearon un poderoso Estado con capital en Tetzcoco. Pero el proceso expansivo de los acolhua --denominación que se daban a sí mismos los chichimecas tetzcocanos-- se vio frena o por la presencia de otras tribus que se habían mesoamericanizado de un modo similar. Así, por citar alguno de los veintiocho Estados que se repartían la altiplanicie mexicana en el siglo XIV, los tepaneca --mazahua nahuatlizados-- se asentaron en Azcapoltzalco, los otomíes en Xaltocan y los chimalpaneca en Chalco15. La lucha por obtener la hegemonía alcanzó una ferocidad desconocida en la América Media, pues al instrumento tradicional para dirimir conflictos --la guerra-- se añadieron otras prácticas más sofisticadas, como la traición, la instigación a la rebelión o el atentado. Ahora bien, los esfuerzos de los contendientes por construir un dominio unificado resultaron estériles. Los tepaneca desbarataron el intento tetzcocano y éstos --aliados con los azteca, un grupo de segundo orden16-- hicieron lo mismo con los sueños expansionistas de los tlatoque de Azcapotzalco17. El resto de la historia presenta pocos secretos. Ante la imposibilidad de controlar individualmente la Cuenca, los vencedores optaron por crear una confederación y, prudentemente, incluyeron en ella a los humillados tepaneca. Sin embargo, los tenochca, cuya fuerza iba creciendo de día en día, tardaron poco tiempo en marginar a sus aliados acolhua. De manera que, entre 1460 y 151918, los mexica tomaron el control de la Triple Alianza y, consecuentemente, del imperio. Los investigadores no se ponen de acuerdo a la hora de enjuiciar el tema del llamado imperio azteca. Mientras unos lo admiten, otros, como el soviético Valeri I. Guliaev, niegan el status imperial a la sociedad mexicana: La conquista española interrumpió el proceso deformación y desarrollo ulterior del Estado azteca, que no consiguió elaborar los mecanismos de inclusión completa en el marco de un imperio único de todos los territorios dependientes de Tenochtitlan... Los aztecas dieron sólo los primeros pasos en esta dirección, sin poder eliminar la independencia interna y la estructura propia de todos los Estados conquistados19. El hecho de que la política exterior de los tlacatetecuhtin mexica se asemejase más a las formas neocoloniales de nuestros días que a los costosos y poco operativos imperios tradicionales (Roma, España o Gran Bretaña) resulta clave para explicar la vitalidad de la crónica indígena novohispana. Ixtlilxoxhitl, Pomar, Tezozomoc y tantos otros indígenas pudieron escribir la historia de los Estados donde nacieron porque, durante tres siglos, el protagonista del proceso histórico mexicano no fue una potencia poderosa, como había ocurrido en las centurias anteriores, sino una multitud de pequeñas ciudades-estados.
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La conquista continental dejó despobladas y empobrecidas a las grandes Antillas, que no pudieron emprender la colonización de otras islas del Caribe, tal como parecía ser su destino inicial. Quedaron, así, infinitas islas deshabitadas o con escasos indígenas, que fueron ocupadas por otras potencias europeas, de lo que vino a resultar que el Caribe se convirtiera en la primera gran frontera americana. La Corona fortaleció las grandes islas, otorgándoles la misión de puerta de entrada y salida de las Flotas, lugar de paso y antemural defensivo del Continente. Santo Domingo consolidó su Audiencia desde 1528, con jurisdicción en casi todos los territorios circuncaribes. Durante el segundo cuarto del siglo XVI, la Isla vivió el levantamiento del cacique indígena Enriquillo, sometido en 1533, cuando se ratificó la prohibición de esclavizar a los indios y se prometieron tierras a los sublevados. Características de Santo Domingo, durante el resto del siglo XVI, fueron la extinción de la población indígena, sustituida por la africana; la desaparición de la minería aurífera de aluvión; el incremento de la producción azucarera y ganadera, y una ruralización progresiva. La escasa vida económica de las poblaciones españolas, basada en la caña azucarera, la ganadería y el jengibre, terminó con la vida urbana, excepto en la capital, donde seguían actuando el Gobierno, la Audiencia y la cultura (Universidad Pontificia de Santo Tomás). Los corsarios franceses realizaron numerosos asaltos a las villas costeras y los contrabandistas ingleses descubrieron las ventajas de intercambiar esclavos por azúcar y cueros, especialmente a partir de la experiencia de John Hawkins en 1563. A fines de la centuria los "perros del mar" ingleses golpearon duramente la isla; Drake tomó y saqueó la capital dominicana en 1586. Ante la indefensión de los pobladores se decidió en 1605 despoblar la costa norte, trasladando al interior los vecinos de Montechristi, Puerto Plata, Bayahá y Yaguana, y exterminar su ganadería (la que no pudo trasladarse fue sacrificada), para evitar que sirviera de apoyo a los extranjeros. En 1625, se desalojó a los ingleses y franceses establecidos en la isla de San Cristóbal, que pasaron a poblar La Tortuga, convertida desde entonces en la guarida de los bucaneros y filibusteros y en la base de la penetración francesa en la costa occidental dominicana. El tratado de Ryswick, de 1697, reconoció la pertenencia a Francia de dicha zona, que pasó a llamarse Saint Domingue (Haití). El Santo Domingo español apenas pudo vivir del situado. Cuba siguió el mismo camino que Santo Domingo: despoblamiento de naturales (acentuado por algunas campañas de represión contra los levantamientos que se produjeron en Baracoa) y de españoles (que pasaron al Continente); aumento de la esclavitud; ruralización progresiva y ataques de piratas y corsarios. El pirata hugonote Jacques Sore llegó a saquear Santiago y La Habana en 1554 y 1555. La economía insular se basaba igualmente en el azúcar, el ganado y alguna agricultura de subsistencia, como la yuca y el plátano. La organización del sistema de flotas, en 1561, evitó que Cuba tuviera una agonía semejante a la dominicana, ya que su posición estratégica (próxima al Canal de la Bahama, por donde regresaban las flotas a España) obligó a reforzarla, considerándose La Habana una pieza esencial del sistema defensivo del Caribe. Se construyeron fortificaciones (Antonelli y Texada hicieron el castillo de la Punta y el Morro) y se la dotó de un situado. Cuba fue base de la expedición de Meléndez de Avilés a la Florida en 1565, realizada con el objetivo de expulsar a los hugonotes asentados allí para despejar la ruta del Canal de la Bahama. Durante el siglo XVII, Cuba continuó siendo base del sistema defensivo de las flotas y vivió una continua pesadilla de ataques de corsarios ingleses, holandeses y franceses. La armada holandesa de Pieter Pieterszoon Heyn o Piet Heyn se apoderó, en 1628, de la flota de la plata mexicana en la bahía de Matanzas. Posteriormente los filibusteros, especialmente el Olonés y Morgan, asolaron sus ciudades portuarias, por lo que se estableció un corso defensivo desde 1670. A fines de esta centuria, la economía azucarera y tabaquera, firmemente asentada en la isla, inició un ascenso vertiginoso. Puerto Rico sufrió los mismos problemas que las islas hermanas y desarrolló una economía paralela. Su papel de gran colonia española en la vía de acceso a Indias hizo que se fortificara también de forma excepcional (el morro de San Juan) y se la dotara de un buen situado. Desde 1564, sus gobernadores fueron militares independientes de la Audiencia dominicana. A partir de 1582, asumieron también el cargo de Alcaide de la fortaleza del Morro, pasando la isla a la consideración de Presidio. San Juan rechazó, en 1595, el ataque de la flota mandada por Drake y Hawkins, y fue tomada y saqueada, en 1598, por la del conde de Cumberland. Durante el siglo XVII sufrió numerosos asaltos, entre los que destacó el protagonizado, en 1625, por el almirante holandés Boudewijn Hendrijks, a quien los españoles llamaban Balduino Enrico. Atacó San Juan con 17 barcos y más de 1.500 hombres. El holandés se apoderó de la ciudad, pero no pudo tomar el Morro, retirándose con grandes pérdidas (200 hombres y 15 prisioneros que fueron ahorcados). San Juan perdió 96 de sus casas, todos sus bienes y esclavos, el situado y hasta los archivos de las iglesias. Quedó en tal estado de ruina que se aprovechó la ocasión para trazar su amurallamiento. Puerto Rico vivió del situado durante esta centuria, que suponía el 70% de sus rentas. Jamaica tuvo una colonización aún más pobre, por tratarse de un señorío de los Colón. La Corona no quiso intervenir, para no lesionar los derechos de los descendientes del Almirante, y la Isla llegó al siglo XVII con una economía mísera y una población exigua. En 1655, Cromwell lanzó al Caribe la flota de William Penn que, tras fracasar ante Santo Domingo, conquistó Jamaica, poniendo fin a la dominación española. Los ingleses convirtieron la isla en guarida de filibusteros y en almacén del contrabando en el Caribe, como veremos más adelante.
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Duccio di Buoninsegna, nacido en Siena, en las proximidades de 1260, es bastante conocido documentalmente para el período anterior a 1308 en que contrataba su Maestá. Se sitúa precisamente en este momento su Madonna Rucellai (1285), y para algunos historiadores, la vidriera de la catedral de Siena (1287-1288), atribuida por error durante un tiempo a Cimabue, y la Madonna de los franciscanos (finales del siglo XIII). Estos datos referidos a un Duccio pintor, abarcan desde 1278, pero no todos corresponden a su vida profesional. Hay referencias también a su esfera privada, entre ellas la relativa a una cuantiosa multa que se vio obligado a pagar, ignoramos por qué concepto.Desgraciadamente, frente a esta realidad documental, es muy escasa su obra conservada. Se han perdido, por ejemplo, entre otras realizaciones, las "bicherne" que pintó para el Común de Siena, aunque se conserve en su mayor parte la Maestá, el proyecto más ambicioso de cuantos sabemos realizó.Contratada por el pintor con destino a la catedral de Siena el 9 de octubre de 1308, fue entregada ya concluida el 9 de junio de 1311. Se trata de una obra compleja, tanto desde el punto de vista formal como desde el iconográfico. Aún hoy el primer aspecto es objeto de discusión. La tabla, que estaba pintada por sus dos caras, se partió por la mitad y se subdividieron asimismo en pequeñas tablillas los restantes episodios que la componían.Precisamente estas vicisitudes por las que ha pasado la pieza, convierten su hipotética organización inicial en un problema para los especialistas. Los intentos de reconstrucción han sido varios, pero la opinión de John White parece la más fundada. La composición principal (la Virgen entronizada entre santos, ángeles, etc.) se acompañaría, según él, de un bancal con escenas de la infancia de Cristo, y en la zona alta se distribuirían escenas relacionadas con la vida de la Virgen, entre ellas el Anuncio de su Muerte y su Entierro. En la cara posterior, por el contrario, se emplazarían los episodios comprendidos entre la muerte y el Pentecostés en la zona alta, un ciclo amplio de la Pasión en la central, y secuencias de la Vida Pública de Cristo en el bancal.La obra constituye el mejor escaparate para conocer a Duccio. Por un lado, su estado óptimo de conservación permite apreciar el gran oficio del artista y su notable sensibilidad en lo que al uso del color se refiere (aún hoy estas calidades pictóricas son lo más atractivo y sorprendente de la misma), pero, por otro lado, permite calibrar la extensión del repertorio iconográfico utilizado, cuyo impacto en artistas posteriores es notorio. La Entrada en Jerusalén de Pietro Lorenzetti en Asís, por ejemplo, la propia escena principal, que, aunque no es original de Duccio, inspira la composición de Simone Martini para el Palacio Público de Siena, son testimonio de ello.La Maestá es la realización más madura de Duccio. Desde la Madonna Rucellai, donde sus conexiones con Cimabue son evidentes, hasta ésta, el pintor se ha ido haciendo permeable al lenguaje giottesco y el interés por el espacio y por la tridimensionalidad de la pintura se detecta ya claramente aquí. La ambientación de ciertos episodios (Lavatorio, Santa Cena, etc.) es muy reveladora de lo que apuntamos.
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La clave del ataque alemán se hallará en las Ardenas. Esta región, situada al noreste de Bélgica y que ocupa una buena parte de Luxemburgo, es una accidentada zona llena de fuertes pendientes, que si bien no son muy elevadas, sí forman fuertes cortaduras, continuos despeñaderos y precipicios. Las carreteras eran escasas en aquella época, pocos los puentes capaces, abundantes los ríos que en la primavera bajaban torrenciales por el deshielo, enormes e impenetrables los bosques... La doctrina tradicional, formulada por el general Pétain en los años veinte, era que las Ardenas no eran un lugar de paso para una invasión alemana de Francia en la que hubieran de emplearse grandes formaciones mecanizadas. Cuando von Manstein estudiaba un plan alternativo alemán al que preparaban Halder y Brauchitsch (jefe del Estado Mayor y jefe del Ejército, respectivamente), consultó al máximo experto alemán en carros, Guderian, si podrían pasar por allí sus unidades acorazadas con la suficiente discreción y velocidad como para caer por sorpresa sobre las líneas francesas de Sedán. Guderian analizó el proyecto y le respondió afirmativamente, de modo que Manstein siguió estudiándolo y, tras numerosas vicisitudes, consiguió que su plan se llevase a la práctica. Pero el asunto de las Ardenas era tan novedoso que costó numerosos desplantes a Manstein e, incluso, la incomprensión de su jefe superior, mando supremo de los Ejércitos A, von Rundstedt, que dirigió aquella operación con fe, pero sin comprenderla en absoluto, como asegura el general J. F. C. Fuller. Así, pues, el mando francés no había previsto nada para Las Ardenas, hasta el punto de que a ese frente destino al IX Ejército -Corap-, que debía cubrir con sus 9 divisiones más de 140 kilómetros. -Según la doctrina de la época se precisaba una división por cada 10 kilómetros-. ¡Y qué divisiones!: una motorizada -150 carros-, una de choque, dos de caballería -equipadas con caballos y blindados ligeros-, dos de reserva tipo A -se les daba un 75 por ciento del valor de una división de choque-, 2 tipo B -50 por ciento de una división de choque- y una de fortaleza -puramente de fortificación, obras y mera defensa-. El frente de las Ardenas se completaban con el ala izquierda del II Ejército -Huntziger-: 2 divisiones del tipo B. (Entre los Ejércitos franceses, el IX y el II tenían 300 blindados aproximadamente). En suma, sobre 11 divisiones, que sobre el papel sólo valían por 9 y media, iban a caer 44 divisiones alemanas, todas ellas de choque, perfectamente adiestradas y en su mayor parte con experiencia militar. De estas 44 divisiones había 7 acorazadas y 3 motorizadas, con cerca de dos mil trescientos blindados. Evidentemente, los alemanes habían calculado bien que las Ardenas estarían medio desguarnecidas y al Alto Mando francés, dada la universal creencia en la impenetrabilidad de la región, no se le pueden hacer muchas objeciones a su despliegue, pero sí a la formación y constitución de sus tropas. En efecto, las divisiones del tipo B estaban siempre al borde de la sedición; el adiestramiento general del soldado era malo; la moral, bajísima... el propio general Gamelin lo reconocía en su informe de mediados de mayo: "Los hombres movilizados no han recibido en el período de entreguerras la educación patriótica y moral que les hubiera preparado para el drama que resolvería el destino de la nación... Las fracturas de nuestro frente se debieron con mucha frecuencia a las huidas locales o generales en puntos clave, frente a un enemigo arriesgado, decidido a afrontar todas las situaciones y convencido de su superioridad". Luego estaban las armas. Los ejércitos franceses combatieron en gran inferioridad material, técnica y táctica: los alemanes siempre fueron superiores en el aire y en los choques de blindados. Y no sólo porque los franceses tuvieran un material de inferior calidad, sino porque con frecuencia, como les ocurrió a los generales Corap y Huntziger en el frente de las Ardenas, no estaban equipados para la guerra que les cayó encima: las dos divisiones estacionadas en la zona de Sedán sólo disponían de 21 cañones anticarro, en vez de los 104 reglamentarios; esas mismas divisiones carecían por completo de antíaéreos, por lo que se cebaron sobre ellas los JU-87 Stuka. El IX Ejército estaba a 1 /3 de su dotación reglamentaría de antíaéreos...