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Durante su estancia en París, Van Gogh tuvo la oportunidad de relacionarse con el círculo de impresionistas que ya estaban en sus horas más bajas, contactando especialmente con Pissarro. También contactó con los jóvenes que consideraban al Impresionismo caduco por lo que había que abrir caminos nuevos: Toulouse-Lautrec, Seurat, Signac, Bernard ... Aunando los dos conceptos, Vincent elaborará un estilo propio que parte de ideas impresionistas avanzando en asuntos como el color y la luz, resultando obras tan llamativas como este jardín del hospital en el que el holandés estaba internado desde mayo de 1889. Las luces otoñales, aun cargadas de fuerza, resaltan el colorido característico de esta estación, aplicado con rápidos y empastados toques que aportan un sensacional vigor a la escena. Entre los árboles podemos observar el edificio del hospital, importante punto de referencia para el artista.
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El jardín del hospital donde Vincent estaba internado se convertirá en uno de los temas principales en los cuadros realizados durante el otoño de 1889 debido al temor a alejarse del sanatorio ante una nueva crisis. En esta ocasión recoge una sensacional vista del atardecer, dotando de diversas tonalidades al cielo mientras que en primer plano los árboles se bañan con las últimas luces del día, resaltando sus colores verdes. La fachada del edificio queda a la derecha, presentando ante ella un empedrado donde muestra diferentes sombras malvas en sintonía con el Impresionismo. Las pinceladas son cortas y rápidas en su mayoría, compaginándolas con las arremolinadas y los trazos más intensos de los contornos, siempre en negro, siguiendo a Bernard. Los pacientes que pasean por el jardín animan la composición y nos trasladan a la realidad, el internamiento del artista buscando la cura de la enfermedad para poder trasladarse al norte, su último deseo.
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Falto de inspiración, Van Gogh recurre a copiar casi literalmente sus propias obras, tomando como modelo el Jardín del Hospital de Saint-Paul cambiando algunos colores pero manteniendo el mismo esquema de la composición anterior.
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Los impresionistas debían representar la vida en todas las facetas, siendo las vistas urbanas uno de los temas más repetidos. Monet también realizá en estos años el Boulevard des Capucines y aquí nos muestra una espectacular imagen del Jardín del Infante tomada también directamente del natural. El ajetreo de la ciudad lo observamos tras la pradera de primer plano, dificultándonos los árboles la visión de los edificios. Las pequeñas figuras pueblan el espacio, conseguidas con rápidos trazos. La luz del atardecer ha sido nuevamente la elegida, provocando una sombra grisácea en las cúpulas del fondo. Las tonalidades verdes se adueñan de la composición, aplicadas con pinceladas cortas y rápidas que no detallan pero otorgan vivacidad y energía al conjunto. Esa pincelada suelta se aprecia especialmente en las nubes donde se ha obtenido una excepcional sensación de movimiento.
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En 1833 Charles Rohault de Fleury construía en el Jardín des Plantes un invernadero de hierro con armoniosas proporciones, a pesar de su amplio tamaño, eliminando cualquier referencia decorativa. De esta manera se anticipa a Paxton y su famoso Crystal Palace, aunque las dimensiones de este Jardin des Plantes sean más limitadas.
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La sinfonía cromática del verano mediterráneo supondrá para Vincent un importante motivo de inspiración, llenando sus cuadros de los colores vivos y brillantes que contempla en los prados, trigales, huertos y jardines de los alrededores de Arles. A diferencia de París donde se relacionó con el mayor número de personas posible, en el sur apenas tendrá contactos con la gente, dedicándose a los paisajes. En esta ocasión nos encontramos con una de sus obras más características en la que las tonalidades de la naturaleza son resaltadas por efecto de la potente luz estival, formando sombras malvas que recuerdan al Impresionismo. El estilo de Monet y Pissarro también será una importante influencia al encontrarnos ante la paulatina desaparición de la forma, primando la luz y el color en la mayor parte de sus trabajos. Para no caer en la abstracción, coloca en la parte posterior del jardín las casas que sirven de referencia espacial. Las pinceladas son rápidas y vibrantes, organizando con diversos toques de color la composición; así en algunas zonas son puntitos mientras que en otras los brochazos son más que evidentes, dependiendo siempre de qué se está pintando. Este estilo es atribuible exclusivamente a Van Gogh.
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En el verano de 1880 Émile Ambre alquila una casa en Bellevue para Manet, donde se repondrá de su enfermedad. Durante ese tiempo realiza algunas imágenes del jardín de la casa tomadas directamente del natural, en las que la luz y el color ocupan un papel destacado. La pincelada fragmentada empleada, típica del Impresionismo, acerca esta obra a Monet y Renoir.
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Mientras que el dibujo titulado Jardín con flores es una magnífica muestra de la maestría de Van Gogh con la línea, en este lienzo pone de manifiesto su atracción hacia el color, verdadero baremo de sus sentimientos y del estado de ánimo que manifiesta el artista. Las tonalidades son aplicadas con ligeros toques de pincel, recordando al Puntillismo con el que flirteó gracias al contacto con Seurat y Signac. Las visiones tomadas directamente del natural recogen la naturaleza en todo su esplendor, manifestando una amplia gama cromática tomada de la naturaleza, donde Vincent recoge su inspiración. Las edificaciones y los árboles del fondo son las únicas referencias espaciales existentes, recordando a los trabajos que realizaban Monet y Pissarro donde la forma era paulatinamente perdida, acercándose a la abstracción.