El norte de Cuzco, la capital del imperio inca, estaba dominado por la fortaleza de Sacsahuaman, una serie de edificaciones de las que no quedan más que los cimientos pero de la que todavía permanecen tres enormes murallas, que, de forma escalonada y situadas en tres niveles, se enlazan armoniosamente formando una imponente obra de defensa. Sin embargo, antes que un lugar puramente defensivo, parece que Sacsahuaman fue un centro de gobierno, cuyas murallas eran tanto simbólicas como funcionales. Era el lugar donde el Inca, rodeado de una espléndida majestad, impartía sus órdenes a todos los rincones del imperio. Era un lugar magnífico donde el sol en la tierra legitimaba de continuo su poder e inaccesibilidad ante los asombrados y respetuosos ojos de sus súbditos; pero también la fortaleza podía defender al Inca contra una posible rebelión en la ciudad. Los edificios de Sacsahuaman revelan todo tipo de funciones, desde palaciegas hasta defensivas, pasando por las de almacenamiento y aunque la función religiosa podía descansar simplemente en la presencia del Inca, se puede hablar también de un altar propiamente, el llamado Trono del Inca, situado al otro lado de la plaza frontal, en forma de una especie de dobles escaleras talladas en la roca viva formando un usnu o lugar de sacrificios. El plano de la fortaleza se ha identificado con la cabeza de un puma o la de un halcón con las plumas erizadas, mientras que el resto de la ciudad de Cuzco sería el cuerpo de dicho animal.
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Cuando a partir de principios de 1943 la II Guerra Mundial comienza a dar un giro negativo para los intereses del Eje -especialmente Alemania e Italia, con derrotas o fuerte resistencia aliada en África del Norte, Rusia, el Mediterráneo, el Atlántico y una más que previsible amenaza de invasión-, la nueva situación cada vez más defensiva hace que las autoridades militares y políticas se esfuercen en transmitir a la población y a sus enemigos la idea de que Europa es una fortaleza inexpugnable, fuertemente defendida además por una masa ingente de partidarios del nacionalsocialismo. La propaganda nazi asegura que el suelo de Alemania se halla a resguardo de las incursiones aliadas, que chocarán, caso de producirse, con un muro inaccesible. Así, por el Oeste, alcanza desde el Cabo Norte hasta el golfo de Vizcaya -el "muro" del Atlántico-; por el Mediterráneo, las costas e islas se hallan fuertemente fortificadas; por el Este, las defensas escalonadas establecidas por el Estado Mayor alemán aseguran la impermeabilidad frente a un ataque soviético; por el Sur, por último, puntos estratégicos de la costa norteafricana proveen al Eje de posiciones sólidamente defendidas. Sin embargo, la realidad distaba mucho de la idea ofrecida por la propaganda, pues ésta aseguraba nada menos que se encontraba fortificado un litoral de 15.000 kilómetros, del Cabo Norte a Vizcaya, o que las defensas alemanas en el Este dominaban una línea imaginaria que iba de norte a sur desde Finlandia a Crimea. Tampoco las costas del Mediterráneo estaban a cubierto, como demostrarán los desembarcos en Italia, ni las plazas norteafricanas eran inexpugnables. El objetivo de fortificar tan extensa cantidad de territorio, como quedó demostrado, era demasiado pretencioso. Si bien es cierto que la Muralla del Atlántico ofrecía posiciones fuertemente defendidas gracias a los esfuerzos de Rommel, como se demostrará con ocasión de los desembarcos en Francia, y que muchos puntos estratégicos ofrecieron una tenaz resistencia al avance aliado, el punto débil del sistema defensivo alemán llegó por el aire. La triunfal Luftwaffe de los primeros momentos de la guerra no pudo asegurar la suficiente protección contra las incursiones aéreas aliadas, cada vez más frecuentes. Así, fueron castigadas industrias, ciudades y, especialmente, importantes nudos de comunicaciones que resultaban de gran utilidad para que las tropas alemanas pudieran trasladarse a los múltiples frentes abiertos. La Fortaleza Europea, pues, se demostró mucho menos eficaz que lo que la propaganda alemana decía.
obra
Parcialmente en pie se mantiene el recinto amurallado -levantado en época almohade y completado en tiempos de la soberanía meriní- y la Torre de la Calahorra, resto del antiguo alcázar que se alza en el ángulo nordeste de la ciudad.
monumento
La ciudad de Gibraltar sería fundada en el año 1159 por Abd al-Mumin, el califa de los almohades. Su objetivo sería hacer de puerto alternativo a Algeciras. La construcción de la nueva ciudad -hasta esa fecha sólo existía en la falda del Peñón un castillo que dependía de Algeciras- fue muy rápida: según las crónicas, se tardó apenas ocho meses en levantar. De esta primitiva ciudad apenas conservamos algunos restos, situados en la parte más alta del actual emplazamiento urbano. Parcialmente en pie se mantiene el recinto amurallado -levantado en época almohade y completado en tiempos de la soberanía meriní- y la Torre de la Calahorra, resto del antiguo alcázar que se alza en el ángulo nordeste de la ciudad. Edificada entre 1333-34 por el emir Abul Asan, se sitúa en la zona más escarpada del recinto
monumento
La alcazaba de Tarifa se levantó en época califal, mandada construir por Abd al-Rahman III en el año 960. La fortaleza tiene planta trapezoidal y se asienta sobre una elevada meseta aplanada por tres de sus lados y rodeada por una consistente barrera. El alcázar propiamente dicho está constituido por un conjunto de torres rectangulares enlazados por una muralla de lienzos cortos. El castillo tiene forma de cuadrilátero irregular, con torres rectangulares que apenas sobresalen en planta. La zona occidental es la más antigua mientras que la Torre de los Guzmanes, del siglo XIII, sería la construcción más reciente. La fortaleza presenta la torre del homenaje aislada del centro y rodeada de muros. La Torre Albarrana completa la defensa al ocupar el espacio que da a la playa. Un muro avanza hacia el borde del mar y finaliza en una torre con base cilíndrica y remate octogonal. Desde esta torre cuenta la leyenda que Guzmán el Bueno tiró el cuchillo para que fuera asesinado su propio hijo.
Personaje
Político
Descendiente de García Iñiguez, accedió al trono en el año 882. Este monarca tuvo que enfrentarse a las incursiones de los musulmanes, al mando de Mohamed I. Uno de los momentos más acuciantes fue en el año 860, cuando el dirigente árabe ocupó Navarra. Esta situación obligó a García Iñiguez a jurar fidelidad a Mohamed y a entregarle a su hijo Fortún Garcés. Este fue hecho prisionero y permaneció en Córdoba durante dos décadas. Dicen los anales que luego se retiró a un convento. Su desaparición significó el fin de la dinastía Arista, que sería sustituida por la dinastía Jimena.