Busqueda de contenidos

contexto
Las posibilidades de negociación son cada vez más difíciles tras la nueva división del poder. Antígono, dueño del territorio asiático dirige sus esfuerzos hacia occidente, proclamando la libertad de los griegos y el establecimiento de la demokratía, que hay que empezar a entender como la concesión de una cierta autonomía vigilada para los asuntos internos de las ciudades. En la guerra emprendida en 315 se alían Casandro, Lisímaco y Ptolomeo y terminó con el reconocimiento de los territorios correspondientes. Antígono tiene que contar ahora con el sátrapa de Babilonia, Seleuco, que se ha fortalecido tras diversas campañas y alianzas, con lo que ha conseguido el reconocimiento como rey de Babilonia posiblemente desde el año 307, con la firma de la paz. Antígono y su hijo Demetrio dedican sus empeños a recuperar el control sobre Grecia, renovando su programa de liberación de Atenas y del resto de las ciudades, definido ahora claramente como salvador del demos. En Atenas, Demetrio llega a identificarse con las divinidades mistéricas y soteriológicas, con Dioniso y como pareja homónima de la diosa Deméter. Tras la victoria en Chipre, Antígono se proclama rey, ejemplo seguido de modo inmediato por Ptolomeo, Lisímaco y Casandro. Después, las acciones se centran en las luchas por el control de Grecia entre Casandro y Demetrio. Éste obtuvo la alianza de Pirro, que ahora intervenía por primera vez en los asuntos de la Hélade, pero, en cambio, en el lado contrario se formó una importante coalición, que acabó con Antígono en la batalla de Ipso, en Frigia, en el año 301. El movimiento de recuperación de Demetrio se dirigió en el mismo sentido, hacia Chipre y las islas griegas, sobre la base de una fuerza cada vez más basada en la flota. El período, de guerras y alianzas, ve modificada su orientación con la muerte de Casandro, en 297, que estimuló las acciones ofensivas de Demetrio. La muerte de Alejandro, en 294, le permitió modificar su titulo en el sentido de llamarse rey de Macedonia. El control del territorio griego sólo se ve obstaculizado por la rivalidad con Pirro. Pero la intervención de Lisímaco en apoyo de este último hizo que perdiera Macedonia. Ello provocó un movimiento de oposición a Demetrio que puso a toda Grecia en manos de Lisímaco. Las nuevas rivalidades de éste con Pirro favorecieron que Antígono Gonatas, hijo de Demetrio, buscara la alianza con el rey del Epiro. Una nueva modificación en el plano individual tuvo lugar en el año 283, con la muerte de Demetrio y de Ptolomeo. El movimiento expansivo de Lisímaco, que así intentaba aprovecharse de la nueva situación, fue cortado por un movimiento similar iniciado por Seleuco desde Asia, que lo derrotó en Curupedio en 281. Allí murió Lisímaco, pero también murió poco después Seleuco, a manos de Ptolomeo Cerauno, medio hermano de Ptolomeo Filadelfo y que fue proclamado rey por el ejército macedonio en el año 280, aunque inmediatamente fue derrotado por Antígono Gonatas.
contexto
A partir del momento en que se produjo la liquidación de la zona Norte había quedado perfilada de manera casi definitiva la formación de dos ejércitos cuyos rasgos fundamentales perduraron hasta el final de la guerra civil. Una de las más graves tragedias del Frente Popular durante el conflicto fue que cuando pudo considerarse que ya contaba con un verdadero Ejército -que de todos modos siempre fue inferior en calidad al adversario- éste ya disponía de una notoria ventaja a su favor. La gestación de este Ejército fue muy complicada y lenta, e incluso algunos de los dirigentes militares del bando vencido, como Rojo, no dudan en aludir a razones como "nuestros errores", el principal de los cuales habría sido ser "cobardes" a la hora de emprender la imprescindible labor de militarización. El resultado fue que el propio Rojo ponía en duda la existencia de un Ejército único no sólo porque no existieron unos servicios de intendencia, sanidad o de transportes comunes, sino también por el hecho de que muy a menudo cada uno de los sectores geográficos actuó no ya con autonomía, sino con auténtica independencia respecto de los demás. Todo ello derivaba del punto de partida, nada más vencido el intento de pronunciamiento. En los programas de la izquierda anteriores al estallido de la guerra ya existía alguna manifestación del deseo de suprimir el Ejército que habría de ser sustituido por unas milicias. La sublevación contribuyó no sólo a destruir el poder político de las instituciones republicanas, sino también la capacidad de acción militar; dio la sensación de que lo más urgente era, ante una insurrección dirigida por generales, combatir el militarismo que parecía inspirarles. Es significativo que una de las primeras medidas gubernamentales fuera declarar disueltas las unidades insurrectas y licenciar a sus soldados. Esa medida no tuvo aplicación en el adversario, pero fue lo más normal en las unidades y zonas que permanecieron fieles al Gobierno. El resultado fue la proliferación de las milicias y la ausencia de una oficialidad capaz de dirigirlas. Ese tipo de unidades resultaron ineficaces, descritas por un observador extranjero (el general Duval) como "una masa caótica e inarticulada, inadaptable a la tarea guerrera". Lo que ahora nos interesa es señalar que la situación cambió muy lentamente: por ejemplo, hubo en el mes de octubre una supresión de los nombres de las columnas existentes, pero no fue puesta en práctica verdaderamente sino de forma lenta y sucesiva. Es significativo el hecho de que siendo de muy escasa utilidad militar, los milicianos recibieran una paga diaria de 10 pesetas, que era semejante a la de los obreros especializados de la época; ello denotaba una voluntad de asimilación que era no sólo cara sino difícil de aplicar a los propósitos bélicos. Claro está que hubo siempre una notoria diferencia de calidad entre unas milicias y otras. El ejemplo más característico de disciplina y de calidad militar está constituido por el llamado V Regimiento, formado por los comunistas y que pudo llegar a agrupar a 25.000 hombres. Según Salas Larrazábal, los "comunistas no jugaron a la guerra sino que se prepararon para hacerla". De todos modos sería abusivo considerar que fueron los únicos que lo hicieron en este bando, pues algunos de los jefes militares más aptos en el Ejército Popular fueron personas, como el anarquista Cipriano Mera, que en un principio se habían opuesto a cualquier tipo de militarización. La mejor prueba de hasta qué punto era imprescindible la militarización es que en su primera etapa fue protagonizada por Largo Caballero, en cuyo diario se había declarado opuesto a ella inicialmente y que por su proximidad a los anarquistas podía pensarse que no lo hiciera. Sin embargo fue así, mientras que las concesiones a la CNT (por ejemplo, la creación de un Consejo de Defensa Nacional) no pasó de ser un gesto. El nuevo Ejército, denominado Popular, no fue otra cosa que la reconversión de las unidades milicianas en otras de carácter regular. Tuvo como distintivo la estrella de cinco puntas, mientras que el saludo tradicional fue sustituido por el puño cerrado. Esto y el saludo brazo en alto, entre los adversarios testimonia la conversión de las unidades militares en instrumentos de una opción política o un partido. En el Ejército Popular este carácter partidista venía recalcado por el hecho de que existieran comisarios políticos, descritos por Madariaga como una especie de capellanes castrenses revolucionarios, y que, por ejemplo, entre sus instrucciones tenían las de prometer a los soldados que se produciría un cambio en la propia estructura del Estado republicano una vez superado el conflicto bélico. La organización militar adoptada fue la llamada brigada mixta, que venía a ser una pequeña gran unidad dotada de un conjunto de armas y servicios que la venían a hacer como una especie de ejército en miniatura. Era, por un lado, la derivación lógica de las columnas que habían estado presentes en los campos de batalla hasta el momento, pero también se trataba de una unidad militar flexible y más avanzada que la vieja división en regimientos y batallones. Los especialistas, en general, consideran muy oportuno este tipo de organización. Los problemas del Ejército Popular derivaron del papel que la oficialidad desempeñó en su seno y de los orígenes milicianos que le habían caracterizado en el pasado. Como consecuencia de esta reacción antimilitarista que ha sido descrita, de la confianza en la victoria inmediata y del olvido de que el arte militar es también una técnica, las jerarquías militares quedaron en desuso y muy a menudo los militares fueron utilizados como simples asesores de los milicianos o de compañeros de armas de graduación inferior. "Se desconfiaba sistemáticamente de todos los militares y más aún de los que, como yo, no teníamos carnet del partido predominante ni de ninguna organización", ha escrito en sus Memorias Guarner, uno de los artífices de que el Frente Popular venciera en Barcelona; el otro, Escofet, después de enfrentarse al Comité de milicias antifascistas fue enviado al extranjero para comprar armas porque su vida corría peligro. Ello debe ser tenido en cuenta a la hora de computar el número de oficiales que permanecieron fieles el Gobierno frentepopulista, porque estas condiciones de actuación disminuían gravemente su eficacia. Como en el bando adversario, el Ejército Popular tuvo que crear tenientes en campaña, es decir, oficiales improvisados en número muy elevado (25.000 ó 30.000); como procedían de sectores más humildes que los "alféreces provisionales", en su formación jugó un papel mucho más decisivo cierto tipo de enseñanzas de carácter general. Entre los jefes militares del Ejército Popular los hubo de muy diferente procedencia y calidad. En torno a un 15 por 100 de los mandos divisionarios nunca fueron jefes de milicias. Éstos dieron lugar a algunos mandos disciplinarios y brillantes como, por ejemplo, dos comunistas: Modesto, que llegó a la graduación de general, y Líster, que se había formado en Moscú, en la Academia Frunze, y que llegó a coronel. Como veremos, en estos mandos al partido comunista le correspondió un papel de primera importancia. Muy inferior fue la de quienes procedían de la CNT, que tuvieron sólo en torno al 10 por 100 de dichos mandos. Había también otros jefes militares que habían tenido un pasado inconformista en la etapa de la Monarquía (Cordón, Tagüeña, Casado...); entre ellos la disciplina comunista tuvo como consecuencia una afiliación a dicho partido que apenas tuvo significado ideológico. Quedan por mencionar los militares profesionales (Miaja), los azañistas (Hernández Sarabia, Menéndez...) y aquellos que eran conservadores e incluso católicos (Aranguren...). El general Rojo, que también era profesional y católico, fue desde la época de Largo Caballero, pero sobre todo en la de Negrín, como jefe del Alto Estado Mayor, el principal inspirador de las operaciones militares más arriesgadas y también más brillantes. Era uno de los grandes prestigios del Ejército español en cuyos programas de formación había desempeñado un papel importante. Es posible que a veces sus planes ofensivos, siempre imaginativos, fueran excesivamente numerosos, pero quizá la razón fuera también la tendencia al cantonalismo del Ejército Popular, que impedía el desplazamiento de unidades. A la hora de juzgar acerca de la calidad de este nuevo Ejército hay que insistir de nuevo en la lentitud y la insuficiencia de la militarización. Esto hizo que, como escribe Líster, sólo "un número limitado de unidades tenía un verdadero dominio del arte militar", por lo que debían ser empleadas inevitablemente allí donde se producía una ofensiva (por ejemplo, este era el caso de las Brigadas Internacionales o de determinadas unidades de filiación ideológica comunista). Un inconveniente del Ejército Popular fue la ausencia de mandos intermedios, como consecuencia de lo cual las órdenes de ofensiva debían ser pormenorizadísimas para que fueran cumplidas a rajatabla. En general, la calidad de las tropas resultó muy superior en posición defensiva que en la ofensiva, pues en esta última prácticamente no emplearon la maniobra (Kindelán) y nada más emprendido el ataqué sentían "temor al vacío" (es decir, a dejar posiciones adversarias en retaguardia) o se detenían en su avance sorprendidas por su propio éxito inicial. Esos problemas de calidad contribuyen a explicar que muy a menudo sus bajas fueran más altas que las adversarias. Bien mirado, teniendo en cuenta el punto de partida miliciano del Frente Popular, no puede extrañar que ese fuera el resultado. Lo que sorprende, por el contrario, es que el Frente Popular consiguiera levantar una fuerza armada de 600.000 ó 700.000 soldados en armas a la altura del final de la campaña del Norte y más aún que inmediatamente después emprendiera una ofensiva como la de Teruel. El bando adversario tuvo muchos menos problemas al constituir ese Ejército imprescindible para la victoria. En la zona del Frente Popular "incluso el Ejército quiso transformarse en milicia en tanto que las milicias nacionalistas desearon parecerse al Ejército" (Salas). La mejor prueba de ello es que espontáneamente y sin problemas los voluntarios se integraron en las unidades militares contribuyendo a aumentar entre los soldados su fervor contrario al Frente Popular. El Ejército no sólo integró en sus filas a esos voluntarios sino que impidió que las fuerzas políticas tuvieran sus propias academias militares: en diciembre de 1936 impidió la existencia de la tradicionalista y en abril siguiente la falangista fue cerrada. Eso, sin embargo, no disminuyó el entusiasmo de las masas adictas a la sublevación que nutrieron las filas del Ejército. Hubo unos 60.000 requetés y el triple de voluntarios nacionalistas; en Navarra casi un 30 por 100 de los potenciales voluntarios lo fueron efectivamente. Hubo también problemas relativos a la formación de la oficialidad, imprescindible para encuadrar a los voluntarios. Los "alféreces provisionales" (unos 25.000 ó 30.000) partieron de un nivel cultural superior al de los tenientes en campaña y eso quizá les hizo más valiosos desde el punto de vista militar. En muchos aspectos cabe establecer un paralelismo entre los dos Ejércitos en pugna a pesar de esa diferencia fundamental. Por ejemplo, también los franquistas debían confiar casi exclusivamente para sus maniobras ofensivas en unidades de élite, que en su caso eran los marroquíes, los italianos, las brigadas navarras o la Legión. Una prueba del desgaste de este tipo de unidades nos la da la elevada cifra de muertos (7.600) de la Legión que no llegó a tener más que un máximo de 15.000 hombres. A Franco le bastó perfeccionar el Ejército del que partía y no necesitó crear uno nuevo. Esto tenía como inconveniente que el nivel de calidad de esa maquinaria militar difícilmente podía superar a lo habitual en la España de la época. Los dirigentes militares sublevados eran jóvenes (Franco tenía cuarenta y tres años, pero, por ejemplo, Asensio no llegaba a los cuarenta) y su experiencia profesional había sido dirigir unidades que no superaban el batallón; la consecuencia es que podían ser duchos en la organización de pequeños combates, pero eran poco capaces de grandes maniobras. Mola describió muy acertadamente la capacidad de concentración de recursos de quienes vencieron en la guerra cuando afirmó que la táctica consistía en reunir veinte hombres contra uno y a éste matarle por la espalda. Esa capacidad de concentración daba superioridad en cualquier punto que eligiera para la ofensiva a los sublevados: después de la campaña del Norte los sublevados tenían 700.000 hombres, pero podían concentrar el 40 por 100 de esta cifra para iniciar el ataque. El adversario tenía menos recursos humanos y sus reservas, además, no llegaban al 25 por 100. Concentración no quiere decir, sin embargo, maestría estratégica. El general Kindelán ha afirmado que si la guerra fue larga la razón estribó en que la ganó el inicialmente más débil, pero esto sólo es parcialmente cierto. Todos los observadores extranjeros (desde el general Duval a Mussolini) acusaron a Franco de actuar con excesiva lentitud; muchos de sus propios generales le reprocharon una táctica timorata y conservadora sin haber empleado más que muy excepcionalmente la gran maniobra. Por eso tiene razón Rojo cuando afirma que el Ejército vencedor no riñó en realidad ni tan siquiera una gran batalla, sino que procedió a un avance simplista y elemental que concluyó con el adversario. Pero si los despliegues como Santander, Alfambra o la batalla de Cataluña fueron excepcionales la razón deriva, en última instancia, de esa experiencia exclusivamente africanista que caracterizó a los militares sublevados. Queda, en fin, un último rasgo de interés en relación con este Ejército. Al final de la guerra contaba con 1.000.000 de hombres y podía parecer un espectacular progreso con respecto a la etapa inicial de la misma, pero al mismo tiempo disponía de tan sólo unos 600 carros, y de esa cifra de efectivos personales sólo 30.000 eran ingenieros o artilleros. Ni siquiera una guerra civil había solventado las carencias materiales del ejército español.
contexto
La finalización de las guerras de independencia aclaró bastante el panorama de gran confusión existente en la vida política de América Latina en lo que respecta a los enfrentamientos con la metrópoli, aunque dejaba al rojo vivo todas las cuestiones de política interna. A los nuevos gobiernos se les plantearon con toda crudeza las principales tareas del momento: la pacificación y la construcción de los aparatos estatales que aseguraran la gobernabilidad de las flamantes repúblicas. Esta tarea requería de una importante definición previa, que prácticamente no se había formulado en ninguno de los países de la región: ¿cuál era el proyecto nacional que serviría de base para la construcción de los nuevos Estados? ¿Cuáles eran los límites de las repúblicas, sobre los cuales podían ejercer su soberanía? Las guerras civiles que hasta mediados del siglo XIX, y en algunos casos aún más allá, se extendieron esporádica e irregularmente por la geografía americana, sirvieron para encuadrar el tema y dejar perfiladas las fronteras nacionales. Pero con ser esto importante, no era suficiente. Los enfrentamientos civiles llegaron a adquirir perfiles de una gran violencia, que sin embargo terminaron solucionándose de una forma definitiva y una vez que los países adquirieron sus actuales configuraciones no se produjeron rebrotes nacionalistas, del tipo de los que hoy azotan a la Europa del Este y a los Balcanes. Salvo algunas cuestiones de límites muy puntuales entre países vecinos, no se han planteado mayores problemas al respecto. Una clara excepción fue la creación de Panamá a principios del siglo XX. Desde el momento de la emancipación, muchos de los fenómenos que han caracterizado a la vida política y social latinoamericana, como el latifundismo, el caudillismo, el militarismo y la corrupción se suelen explicar acudiendo al concepto de herencia colonial. Esto conduce a afirmar que América Latina es ingobernable y se encuentra en tal estado de postración y catástrofe por su raíz hispánica y por el hecho de haber compartido con su antigua metrópoli una misma lengua e instituciones similares. Si este punto de vista se aplicara de modo automático, y aquí no se niegan las influencias culturales, la Historia, en tanto elemento explicativo, no sería necesaria y todo se terminaría justificando en base a la herencia colonial. Nuestro punto de vista es que no todos los países americanos funcionan igual y que los procesos históricos y las distintas fuerzas sociales existentes han modelado culturas políticas diferentes en los distintos países del continente.Las explicaciones generalizadoras, del tipo de la herencia colonial o de la dependencia, sólo son posibles porque, salvo algunas excepciones muy concretas, nuestro conocimiento de la primera mitad del siglo XIX es bastante limitado, especialmente en lo que se refiere a la Historia política. Las historias nacionales que más han avanzado en este sentido son las de Argentina y México, aunque existen bastantes baches en su conocimiento. Lo que hasta ahora se ha hecho de forma mayoritaria es o bien extender las certezas evidentes para los últimos años del período colonial o retrotraer aquellas que sirven para el período iniciado en torno a 1870/1880.
contexto
En el desarrollo de la poesía griega se perciben frecuentemente influencias orientales que contribuyen a la configuración definitiva de las formas líricas y a la integración de temas y tradiciones procedentes de diferentes lugares de Asia. Sin embargo, la definición de un período orientalizante pertenece más bien de manera tradicional al terreno de las artes plásticas. Al final del período geométrico, la nueva sociedad está en disposición de adoptar nuevas formas cerámicas, al tiempo que desarrolla los temas del mito acompañados de los elementos decorativos procedentes de Oriente. El aumento de los recursos y la frecuencia de los intercambios se conjugan para dar lugar al nuevo esplendor del arcaísmo. En la cerámica pintada puede considerarse que la introducción de decorados florales y frisos con animales significan la incorporación precoz de elementos orientalizantes que marcarán el período subsiguiente en una transición gradual desde el final del período geométrico. En este terreno, fue Corinto la ciudad que mas claramente se orientó en la nueva dirección con el estilo denominado corintio de transición, en el que abundan las escenas de animales, así como las de combate movidas, punto de encuentro del nuevo sistema de combate hoplítico con las tradiciones míticas. Entre los productos del corintio de transición destaca el vaso Chigi, con la clásica escena de los guerreros hoplíticos, alineados uniformemente y cubriéndose unos a otros con el escudo redondo. La escena de Odiseo atacando al Cíclope Polifemo representa el ejemplo de escena mitológica en un vaso protoático, estilo desarrollado algo más tarde, a partir de mediados del siglo VII, pues en Ática el estilo geométrico fuertemente asentado debía de ofrecer mayor resistencia. La formación de la ciudad sirve de escenario a la escultura monumental, donde se trasluce la ofrenda tradicional realizada en madera, el xóanon, de la colectividad primitiva, para convertirla en estatua de piedra, ofrenda de la joven (kore) o del joven (kouros) que se destaca como protagonista anual en las ceremonias donde la colectividad queda representada por el individuo, con lo que se da paso a que la familia aristocrática siga desempeñando un papel específico, pues son sus miembros los más capacitados para triunfar en los juegos o en la elaboración de los tejidos con que las jóvenes muestran sus habilidades para entrar en la comunidad de los mayores. Al mismo mundo pertenece la práctica de ofrecer calderos y trípodes metálicos ricamente adornados, símbolo en muchos casos de los viajes emprendidos por los grandes señores a tierras lejanas. Así se muestra su capacidad para realizar acciones benéficas en favor de los dioses o de los hombres que, individual o colectivamente, estén dispuestos a prestarles sus servicios. La época arcaica es igualmente el periodo del desarrollo del templo griego, con su estructura geométrica, casa del dios, del que se desarrolla la fachada para dar acogida al público, en la ciudad o en las afueras, o en los grandes santuarios. Sus variaciones responden a los modos de manifestación del culto publico y los estilos van recogiendo la tendencia orientalizante, desde el dórico al jónico, cada vez más urbanizados, pero también adaptados a las formaciones sociales y políticas que caracterizarían el arcaísmo en su desarrollo. El templo de la divinidad poliada representa el mundo del espíritu colectivo, pero su monumentalización se basa en la capacidad de las grandes familias y de los tiranos para ejercer su influencia en la ciudad, que se convierte en campo de su acción benéfica y en objeto de su autoridad despótica.
contexto
El mundo intelectual y universitario reflejó una permanente preocupación por la creación de un Estado que respondiese a los sentimientos nacionales. Mientras los más conservadores parecían partidarios de una confederación que no difuminase las características de los diversos Estados, los liberales y demócratas querían una caracterización neta de un Estado federal. F. J. Stahl defendía sus puntos de vista conservadores a través de su Filosofía del Derecho estudiado desde el punto de vista del Estado pero fueron, sobre todo, los historiadores los que desempeñaron el papel más decisivo en la configuración del futuro Estado alemán. Ya hablaran de romanos o de los tiempos medievales, figuras como J. G. Droysen, H. Sybel o H. Treitschke, que eran discípulos de L. Ranke, hacían una historia de fuerte inspiración hegeliana, concebida como el desarrollo continuo de la libertad hasta alcanzar su plena realización en la unificación nacional, bajo el impulso prusiano. Eran liberales, pero reconocían la necesidad de un Estado fuerte, como Prusia, para realizar el programa de la unificación política. Consecuencia de este clima fue la creación, en septiembre de 1859, de una Asociación Nacional (Nationalverein) que, al estilo de la Sociedad Nacional italiana, se empeñó en tareas de propaganda para la formación de un partido nacional en los Estados alemanes. Entre sus impulsores estaba Rudolf von Bennigsen, un liberal de Hannover, y sus adherentes eran también liberales, partidarios de la Pequeña Alemania, que pedían un Gobierno central y la convocatoria de una Asamblea Nacional. El apoyo de Napoleón III al nacionalismo italiano había levantado suspicacias entre los nacionalistas alemanes, que recelaban un recrudecimiento del imperialismo napoleónico.Este fortalecimiento de las corrientes nacionalistas, en el que participaban también poetas como H. Heine y G. Herweg, contó con el apoyo de una prensa que alcanzaba altas cotas de difusión (Deutsche Zeitung) y, lo que era más importante, de un ávido público lector. El desarrollo de la educación en los diversos Estados alemanes permitía que los niveles de analfabetismo fueran muy reducidos y, hacia mediados de siglo, se publicaba en Alemania el triple de libros que en Inglaterra. Ese desarrollo de la educación permitió también que Alemania contase con personas mejor capacitadas para las nuevas necesidades de la industria o para asimilar las mejoras técnicas incorporadas a la organización militar.
contexto
Etienne ha caracterizado de ambigüedad a la figura y al comportamiento político del primer emperador. Al final de su gobierno, en el cursus honorum, Augusto, además de la mención a los consulados desempeñados, se presenta con otros títulos: Imperator, Caesar, Augustus, dotado de la tribunicia potestas, Pontifex Maximus y Pater Patriae. Como no tuvo todos esos títulos durante el largo periodo de su gobierno, sino que fue recibiendo algunos de ellos en épocas avanzadas del mismo, parece claro que no todos constituían la base de su poder por más que la reforzaran. Los dos años que siguieron a la toma de Egipto ofrecieron nuevos motivos para ensalzar la figura de Octaviano. El 29 a.C. celebró el triple triunfo sobre Accio, sobre Alejandría y sobre Dalmacia; el 28 a.C. se celebraron nuevos triunfos obtenidos por sus generales en éxitos militares de campañas que tuvieron lugar en Hispania y en Africa. Ante las nuevas condiciones militares, procedió a reorganizar el ejército haciéndolo más fiel a su persona y disminuyendo los efectivos. Y el 28 a.C., en la realización del censo, tuvo la ocasión de confeccionar unas listas de senadores a su medida. Su autoridad fue reconocida cuando el Senado le dio el título de Princeps Senatus, el personaje más importante y respetable del Senado. En enero del 27 a.C., Octaviano hizo su gran representación teatral política: renunciaba a todos los poderes excepcionales para que se restaurara de nuevo la República. El nuevo Senado, nada interesado en volver a los viejos tiempos, tomó dos decisiones fundamentales: el 13 de enero concedía a Octaviano un imperium maius, que le facultaba para ejercer el mando supremo sobre todo el ejército además de situarlo como un personaje dotado del carisma de todo imperator, y el 16 del mismo mes concedía a Octaviano el título de Augustus, nombre derivado del lenguaje religioso, con el que se hacía un reconocimiento expreso a su autoridad. Con ese título sería conocido por la posteridad. Así, su autoridad quedó reforzada con el doble titulo de Princeps y de Augustus. Se trataba de títulos sin competencias precisas que fueron siendo llenados de significación con el ejercicio de su poder. El imperium maius que reforzaba de hecho su auctoritas ponía en sus manos todo el poder militar. Además, para salvaguardar las formas republicanas, Augusto siguió desempeñando el consulado. Las decisiones senatoriales de ese mes de enero contemplaban también un reparto del Imperio en dos tipos de provincias: las primeras conquistadas y más romanizadas, que seguían bajo la administración del Senado, frente a las últimamente anexionadas y no bien pacificadas, que pasaban a depender directamente del emperador. Hoy sabemos que, en tal decisión, también entraron en juego otro tipo de intereses como el que la riqueza minera de algunas provincias fuera un factor que contribuyera a hacer de ellas provincias imperiales. Con tal división, Augusto estaba en condiciones de crear una completa administración propia en las provincias que estaban bajo su mandato; así se consolidó una práctica en el nombramiento de los responsables de los gobiernos de las provincias imperiales como un nuevo sistema fiscal con estructura independiente de la tradicional del Senado. El año 23 a.C., coincidiendo con una grave enfermedad de Augusto, se descubrió una conjura política contra el Emperador. Reprimida la conjura, Augusto renunció al consulado que venía desempeñando sin interrupción desde el 29 a.C., como prueba del deseo de respetar la tradición republicana de sucesión en las magistraturas. Más aún, para permitir que muchos senadores accedieran al consulado, se crearon los consules suffecti que permanecían en el gobierno sólo unos meses; tal medida disminuía a la vez el poder de los mismos cónsules. En compensación, el Senado le concedió la tribunicia potestas que mantendría hasta su muerte. Tal distinción concedía a Augusto una autoridad análoga a la de los tribunos de plebe de época republicana, sin ser sometido a la periodicidad del nombramiento anual ni al veto de otro colega. Desde tal posición, Augusto disponía aún de mayor autoridad moral sobre el Senado así como de la responsabilidad de velar por los intereses del pueblo. Cuando en el año 12 a.C. el Senado le dio el título de responsable de las leyes y costumbres, curator legum et morum, su lucha en favor del saneamiento de las costumbres y su defensa de la dignidad de los órdenes y de la ciudadanía sería mucho más abierta y militante. La marginación militar y política de Lépido durante el II Triunvirato había sido compensada con el encargo de ser la máxima autoridad en la jerarquía sacerdotal al desempeñar el Pontificado Máximo, Pontifex Maximus, cargo que ocupó hasta su muerte en el año 12 a.C. En su lugar fue nombrado Augusto, quien también mantuvo el cargo vitaliciamente para ser transmitido después a todos los emperadores sucesivos. Augusto había ya tomado medidas de apoyo a la religión tradicional romana, pero desde el 12 a.C. estuvo en condiciones de intervenir de modo más directo en la política y la propaganda religiosa del Imperio. El año 2 a.C., en reconocimiento a su comportamiento benefactor con la plebe de Roma y por sus múltiples intervenciones como patrono de la sociedad romana, recibió el título de Padre de la Patria, Pater Patriae, nombramiento que sólo excepcionalmente se había concedido a algunos personajes muy significados de la República. Tal título lo recibirían después otros muchos emperadores. De este modo, bajo las apariencias republicanas, se creó un nuevo sistema de gobierno que Mommsen y otro autores lo calificaron de diarquía atendiendo al reparto de funciones administrativas encomendadas al Senado o al Emperador. Tal caracterización no es aceptada por la historiografía reciente al comprobar que el poder político real estaba en manos de uno solo, el emperador, en virtud de su imperium maius y de la auctoritas derivada de la tribunicia potestas y secundariamente de los otros títulos concedidos al emperador. El Senado quedó reducido a un órgano de apoyo de ese poder político.
contexto
En la formación histórica de los pueblos de la denominada área indoeuropea aparecen como elemento esencial las denominadas tradicionalmente invasiones indoeuropeas y que, en la actualidad, parece más correcto designar como "infiltraciones indoeuropeas". Pero, como hemos visto para el área ibera, no son únicamente las influencias externas (de las cuales las infiltraciones indoeuropeas con ser las más importantes no son las únicas) el único factor que influye en el desarrollo histórico anterior de estos territorios antes de la llegada de los romanos. De todos modos, en algunas áreas, como la Meseta Norte, el hecho de que no estuviera muy densamente poblada produjo que el impacto de las oleadas indoeuropeas fuera importante con claras repercusiones en la historia posterior. En los primeros tiempos del primer milenio a. C. se produce un cambio de panorama en la cultura material de las grandes áreas peninsulares, especialmente en la mitad Norte: aparecen nuevos tipos de poblados y necrópolis, así como elementos metálicos y cerámicos nuevos, que hay que poner en relación con la llegada de distintos grupos de gentes a través del Pirineo. Pero estos movimientos de pueblos no tuvieron como único punto de inflexión la Península Ibérica, a partir de los pasos de los Pirineos, sino que se trata de un movimiento más general en gran parte de Europa e incluso en territorio extraeuropeo (del centro hacia el sur de Europa y hacia el territorio de Asia Menor). Son los denominados genéricamente pueblos indoeuropeos, con una comunidad de lengua, aunque luego no cristalizará de la misma forma en todos los territorios, y con elementos comunes de cultura material. Durante la 1? Edad del Hierro (1000 a 500 a. C. aproximadamente) se produce a través de los Pirineos la llegada de pueblos indoeuropeos a la Península Ibérica, aunque desconocemos con exactitud el mecanismo preciso de llegada. Sí conocemos, sin embargo, las consecuencias de estos aportes externos, especialmente desde el punto de vista lingüístico. Partiendo de las teorías difusionistas se ha venido y se sigue hablando de invasiones/oleadas que penetran en nuestra Península desde Europa del Este y Central. En la actualidad la teoría difusionista no se considera tan real y absoluta como se cree, rechazándose el término de invasiones/oleadas, ya que no se produjo un movimiento continuo de pueblos indoeuropeos para poder hablar de invasiones y se ha producido un abandono de la tendencia a "ensalzar" exageradamente las cuestiones transpirenaicas (penetraciones indoeuropeas) como causa única de toda una serie de innovaciones culturales, pues, además, se había hablado de penetraciones de elementos indoeuropeos hasta los más recónditos lugares de la Península Ibérica. Sí es clara, no obstante, la importancia de las infiltraciones de estos pueblos en algunas zonas de la Península, sobre todo por los cambios acelerados o producidos desde el punto de vista de la cultura material y lingüística. Pero no se deben olvidar otras influencias externas y la propia evolución interna de las poblaciones indígenas con su tradición cultural anterior (Edad del Bronce). Hoy se tiende a valorar en sus justos términos la presencia de las infiltraciones indoeuropeas, tal y como los resultados de los trabajos de arqueología y lingüística nos permiten conocer. Hagamos un poco de historia sucinta de los principales hitos de la investigación. Bosch Gimpera fue el primero en plantear el tema de los celtas en la arqueología española. Buscó elementos comparables a los del Rhin y Suiza y los halló en primer lugar en Cataluña con extensión por Aragón e incluso hasta el Sudeste de España y atribuyó los topónimos en -dunum de la zona subpirenaica a los componentes de la primera oleada de indoeuropeos. Hoy sabemos que son testimonios de influencia gálica muy posterior. Bosch Gimpera, en definitiva, lo que hizo fue construir una teoría de invasiones mediante conexiones de nombres de grupos de población en Hispania y en otras zonas, teoría que debe ser comprendida dentro del momento en que vive, época de sobrevaloración del "panceltismo". Desde la objetividad de la distancia y en el estado actual de conocimientos se descubren una serie de puntos débiles, apareciendo como una síntesis prematura con bases arqueológicas insuficientes. Posteriormente del lado lingüístico se habían ido buscando explicaciones a étnicos y topónimos del Occidente de Europa y, junto a las explicaciones por el céltico, se propuso una explicación "ligur". Schule con su obra sobre la Meseta (valles del Duero y Tajo) (1969) aparece como el más claro representante de una nueva época en el estudio del tema, combinando en su análisis los datos de la arqueología, la lingüística y la tradición histórica más remota. Desecha en principio que la aparición de una serie de rasgos culturales suponga necesariamente una invasión. Cree que el cambio en ciertos territorios de los rasgos culturales de los campos de urnas y la aparición de los caracteres de la cultura de Hallstatt puede ser simplemente la aceptación de las novedades hallstáticas por la población anterior. La invasión deja de ser el único factor de cambio y se señala en más de una ocasión la persistencia de culturas que conservan un remoto pasado al lado de zonas donde el cambio repentino ha de explicarse por la llegada de gentes nuevas. Actualmente se cree que el proceso parece haber sido más complejo y es difícil poder reducirlo a un esquema seguro y simple en el que se concede demasiada importancia en el desarrollo prerromano de esta zona a cuestiones de índole transpirenaica. Es preciso afirmar, una vez más, que, junto a factores que podríamos considerar externos, no deben dejarse de lado los propios elementos indígenas en su evolución durante las etapas anteriores. Como el aspecto lingüístico va a ser objeto de un capítulo aparte más adelante, interesa en este momento analizar el panorama desde el punto de vista arqueológico. Desde siempre hay tres elementos de cultura material que siempre se han asociado al fenómeno de las "invasiones indoeuropeas": las cerámicas excisas, el empleo del hierro y el rito de la incineración. Vamos a analizarlos uno por uno.
contexto
En las islas de la Micronesia, las máscaras y las figuras tridimensionales son muy escasas. La vida en los atolones, sin agua y casi sin tierra cultivable, explica la escasez de elementos espectaculares en su cultura material. Sin embargo, en las pocas representaciones humanas que se conservan, las formas reducidas a lo esencial de su anatomía, a puros volúmenes geométricos, son muestra de la personalidad y de la maestría de sus artesanos. En el arte decorativo predomina una decoración marcadamente geométrica y rectilínea, de motivos menudos que se repiten, en los que el sentido del orden y de la reglamentación ha sustituido a la calidad emocional que es propia de las culturas agrícolas, como las de Indonesia y Melanesia; por el contrario, los pueblos de pescadores tienden a formas más simplificadas. En este aspecto, gran parte de las creaciones de Micronesia parecen vinculadas a las islas de la Polinesia central. Sin embargo, el mundo curvilíneo de las formas de Indonesia está también presente, lo que no es extraño, dada su proximidad geográfica. Como pueblo situado en una encrucijada de caminos marítimos, sus gentes estaban siempre preparadas para la guerra y sus artes visuales tendían más hacia las creaciones monumentales (piedras erguidas, dinteles de puertas, etcétera), que hacia lo figurativo. En casi todas las islas fabricaban útiles con almejas gigantes y con caparazones de tortuga, y utilizaban cuchillos con hoja de concha que ataban al mango de madera con fibras de coco o con tiras de piel de tiburón. Sus hábiles artesanos trabajaban la cerámica y trenzaban las hojas de pandano con una delicadeza que recuerda la del arte indonesio.