Forestier es uno de los paisajistas más importantes de su tiempo. Nombrado Director de Paseos en París y del Bosque de Boulogne (1929), fue el autor de numerosos trabajos en España e Iberoamérica: las Columnas de luz de la Exposición de Barcelona de 1929, el Plan de Paseos en Buenos Aires (Plaza Irlanda y avenida Costanera), los jardines de Ronda de Esplugues, el parque de María Luisa en Sevilla (1911) o el proyecto de parque para Montjuïc (1916). Entre sus publicaciones, destaca "Grandes ville et systèmes de parcs" (París, 1906).
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obra
Wright de Derby es el pintor de la Revolución Industrial tal y como se manifiestan en sus llamados "cuadros de estilo serio" con los que se distinguiría de las obras moralizantes de Hogarth y de las imágenes domésticas de Wheatley. La mayoría de estas escenas se caracterizan por la iluminación artificial como bien podemos observar en esta forja de hierro, cuya luz procede de la barra de hierro recién forjada. A su alrededor observamos los gestos del herrero y de los miembros de su familia -la mujer y los niños asustados por el proceso de forja-, creando espectaculares contrastes lumínicos que recuerdan a los trabajos de los pintores holandeses de la escuela de los caravaggistas de Utrecht. La estancia se muestra de manera espectacular, envuelta en sombras que nos permite contemplar los toscos muros de piedra y la potente viga de madera que sujeta todo el entramado de la forja, forjas que se empezaron a utilizar durante el siglo XVI y que continuaron hasta la producción industrial. Las herramientas, los vestidos y las actitudes están captados con un detallismo extraordinario, contrastando la humildad de la composición con las escenas aristocráticas de Zoffany -véase el retrato de Charles Towneley y sus amigos-.
obra
Este torso femenino es una de las obras más logradas de Mateo Inurria, premiado con la Medalla de Honor de la Exposición Nacional de1920. Desnudo de gran pureza, hermosura y concisa seguridad, se trata de una de las obras clave de la escultura española del siglo XX.
contexto
Después de los estudios de bachillerato, Gaudí se instala en Barcelona y queda ya vinculado definitivamente a esta ciudad, aunque construya luego alguna obra fuera de Cataluña. Una vez decide ser arquitecto y logra superar las pruebas vigentes para ingresar en la Escuela Provincial de Arquitectura (entonces todavía en la Lonja y más tarde -Curso 1875-76- en la Universidad neomedieval de Elías Rogent), realiza aquí los estudios (1874-1877) hasta titularse el 15 de marzo de 1878. Le coinciden dirigiendo la Escuela precisamente Elías Rogent y Amat (1821-1897; t. 1848), compañero de Francisco Jareño en la Escuela de Madrid, genuino medievalista, profesor que recomienda el "Dictionnaire raisonné..." del tratadista del gótico Viollet-le-Duc y figura que prepara la transición hacia ese modernismo catalán que se apoya en su gloriosa Edad Media. Sin embargo, Antoni Gaudí i Cornet (1852-1926; t. 1878), ha tenido otros medios de formación además de los ofrecidos estrictamente por las materias estudiadas y aprobadas con dificultad, tal como se indican las suspensas en cursiva (Dibujo lineal, Dibujo de figura, Sombras y perspectiva, Copia de yeso, Dibujo a la aguada, Mecánica, Ensayos de invención... (Proyectos), Topografía teórica y práctica, Topografía y nociones de mineralogía..., Manipulación y empleo de materiales, Teoría general del Arte, Policía y viabilidad urbana..., Tecnología, práctica de presupuestos y mediciones). Fue sin duda importante su paso por la Escuela, pues la Universidad permite siempre una apertura de horizontes innegable, pudiendo así estar en mejores condiciones de conocer luego con interés diversas obras a su alcance en la Barcelona de entonces (el mismo "Dictionnaire" del estructuralista Viollet-le-Duc, que pide prestado a un compañero y lo devuelve plagado de anotaciones; las tres series de fotografías en copias heliográficas que adquiere la Escuela en 1875, una de Laurent sobre "Monumentos españoles", otra de las "Frith's Series de la India y Monumentos de Egipto y Palestina"; "Viajes por Africa y Asia", del barcelonés Alí Bey el Abbassí; el "Tratado de Estereotomía de la piedra", de Rovira i Rabassa; el "Tratado del arte de la carpintería", de Emy; el "Tratado teórico y práctico del arte de construir", de Rondelet...; las muchas láminas publicadas en las revistas de la época, sobre las Grutas de Capadocia y Acuarios de las Exposiciones Universales; la Gran Sala del Castillo de Montsalvat, del divino "Parsifal" de Wagner, en la "Ilustració Catalana", 1882; las Montañas de Tierra Santa o los Cenobios de los Guanches en Gran Canaria, en "La Ilustración Española y Americana", 1895 y 1898...). Son todas referencias que pueden estar presentes en su obra y en las que han insistido los arquitectos Flores y Torii, como las que tradicionalmente se han señalado desde su infancia (las formas vistas en el taller de su padre; el Camp de Tarragona o la Antigua Tarraco; la montaña de Montserrat; o las imágenes que pudieron impregnar también su estilo durante algún viaje, siendo socio de la Associació Catalanista d' Excursions Científiques (1879-89), como el realizado a Carcasona para ver las restauraciones del mismo Viollet-le-Duc; etc.). Pero, por encima de todas ellas y aun teniendo en cuenta que el medio siempre influye en el ser vivo, se alza la fuerte personalidad de Gaudí, capaz de transformar la naturaleza de la que parte en algo todavía más fantástico, en una arquitectura testimonio del auténtico arquitecto creador sobre la tierra.
contexto
Todos estos factores hicieron que a mediados del siglo XVIII la economía colonial llegara a convertirse en una de las más ricas y productivas del mundo. Por lo demás, era notable el grado de autogobierno de que disfrutaban estas colonias y la fiscalidad que gravaba a sus habitantes era menor que la soportada por los propios ingleses. Pero tal bienestar general no sólo no evitó el conflicto con la metrópoli sino que provocó, indirectamente, el enfrentamiento con Londres. Por una parte, la sociedad colonial -una sociedad fronteriza- había evolucionado más rápidamente que la británica y era más igualitaria; aunque se sentían razonablemente contentos de pertenecer al Imperio británico y bebían en las fuentes ideológicas inglesas, en los años centrales del Siglo de las Luces, y más aún al reflexionar sobre su contribución a la victoria obtenida en la recién concluida Guerra de los Siete Años (1756-1763) -conocida por los norteamericanos como Guerras Indias-, aparecerá en los colonos un progresivo sentimiento de "americaneidad" no exento de criticas y descalificaciones hacia los ingleses. Además, aunque la tendencia secular de la economía de las trece colonias de Norteamérica fue notablemente positiva y alcista, la coyuntura en los años inmediatamente posteriores a la guerra era de depresión; los privilegiados hombres de negocios ven mermar sus beneficios y el pueblo llano pierde su trabajo o sus pequeñas propiedades. Desde su perspectiva, el paraíso americano peligraba y muchos inmigrantes se creían abocados a una vida semejante a la que dejaron en la triste Europa. Esta es la razón por la cual aquéllos -la minoría privilegiada- contar con el apoyo de las masas en su enfrentamiento con la metrópoli.Por otro lado, la necesidad de hacer frente a los elevados gastos ocasionados por la contienda -que, para Londres, había favorecido principalmente a los colonos-, y las propias doctrinas político-económicas imperantes, llevaron a los gobiernos británicos desde 1763 a adoptar una serie de medidas fiscales que quebraron, definitivamente, el afecto de los habitantes de las colonias hacia la metrópoli; y muy especialmente el de quienes no eran oriundos de Inglaterra (que eran ya mayoría) o el de los británicos que habían sido llevados a la fuerza o habían llegado a América huyendo de la persecución política o religiosa. Se pasó, en quince años, de la disensión a la rebelión armada.Con todo, aunque sin olvidar la recesión económica de los años sesenta, entre las concausas de la Revolución burguesa americana hay más de temores de los gobernados ante un porvenir que creen que pondrá en peligro su actual prosperidad, que quejas contra una ya padecida experiencia de injusticias y privaciones. Es mucho más la protesta de los privilegiados que el lamento de los oprimidos. Así, la mayoría de los líderes de la revuelta antibritánica pertenecía a clases bien acomodadas y no pretendieron en modo alguno subvertir un orden social en el que ya ocupaban, en las colonias, la cúspide: cuatro de cada cinco miembros de las asambleas locales en que se tomaron las decisiones que llevaron a la independencia pertenecían a la burguesía adinerada y a los terratenientes, aunque solamente el 10 por 100 de los colonos podría incluirse en dicha clase privilegiada.Y, desde luego, fueron las decisiones de los ministros de Jorge III, y en particular de George Grenville, encargado de reorganizar el mundo colonial en la posguerra, las que provocaron el rechazo de los, hasta entonces, pacíficos colonos; al pretender recuperar desde Londres el control político y económico de ultramar, los americanos creyeron que peligraban sus libertades y su prosperidad. Para los gobernantes ingleses era imprescindible tratar de equilibrar el presupuesto: la deuda nacional superaba los 136 millones de libras y de las 70.000 que costaba la administración y la defensa de las colonias en 1748, Londres había pasado a gastar más de 350.000 en 1763. Parte de esa enorme cifra -que debía mantenerse parcialmente por el peligro indio (el jefe Pontiac había atacado en 1763 muchos pueblos y asentamientos en la zona del Niágara y los Grandes Lagos) y ante un hipotético deseo francés de reconquista- debería salir, en opinión de muchos parlamentarios, ministros, comerciantes y contribuyentes ingleses, de las arcas de quienes más se habían beneficiado: los colonos. Éstos, además, debían comprar a los fabricantes ingleses los productos manufacturados con materias primas coloniales, según dictaban los cánones mercantilistas.