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Wright de Derby es el pintor de la Revolución Industrial tal y como se manifiestan en sus llamados "cuadros de estilo serio" con los que se distinguiría de las obras moralizantes de Hogarth y de las imágenes domésticas de Wheatley. La mayoría de estas escenas se caracterizan por la iluminación artificial como bien podemos observar en esta forja de hierro, cuya luz procede de la barra de hierro recién forjada. A su alrededor observamos los gestos del herrero y de los miembros de su familia -la mujer y los niños asustados por el proceso de forja-, creando espectaculares contrastes lumínicos que recuerdan a los trabajos de los pintores holandeses de la escuela de los caravaggistas de Utrecht. La estancia se muestra de manera espectacular, envuelta en sombras que nos permite contemplar los toscos muros de piedra y la potente viga de madera que sujeta todo el entramado de la forja, forjas que se empezaron a utilizar durante el siglo XVI y que continuaron hasta la producción industrial. Las herramientas, los vestidos y las actitudes están captados con un detallismo extraordinario, contrastando la humildad de la composición con las escenas aristocráticas de Zoffany -véase el retrato de Charles Towneley y sus amigos-.
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Este torso femenino es una de las obras más logradas de Mateo Inurria, premiado con la Medalla de Honor de la Exposición Nacional de1920. Desnudo de gran pureza, hermosura y concisa seguridad, se trata de una de las obras clave de la escultura española del siglo XX.
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Después de los estudios de bachillerato, Gaudí se instala en Barcelona y queda ya vinculado definitivamente a esta ciudad, aunque construya luego alguna obra fuera de Cataluña. Una vez decide ser arquitecto y logra superar las pruebas vigentes para ingresar en la Escuela Provincial de Arquitectura (entonces todavía en la Lonja y más tarde -Curso 1875-76- en la Universidad neomedieval de Elías Rogent), realiza aquí los estudios (1874-1877) hasta titularse el 15 de marzo de 1878. Le coinciden dirigiendo la Escuela precisamente Elías Rogent y Amat (1821-1897; t. 1848), compañero de Francisco Jareño en la Escuela de Madrid, genuino medievalista, profesor que recomienda el "Dictionnaire raisonné..." del tratadista del gótico Viollet-le-Duc y figura que prepara la transición hacia ese modernismo catalán que se apoya en su gloriosa Edad Media. Sin embargo, Antoni Gaudí i Cornet (1852-1926; t. 1878), ha tenido otros medios de formación además de los ofrecidos estrictamente por las materias estudiadas y aprobadas con dificultad, tal como se indican las suspensas en cursiva (Dibujo lineal, Dibujo de figura, Sombras y perspectiva, Copia de yeso, Dibujo a la aguada, Mecánica, Ensayos de invención... (Proyectos), Topografía teórica y práctica, Topografía y nociones de mineralogía..., Manipulación y empleo de materiales, Teoría general del Arte, Policía y viabilidad urbana..., Tecnología, práctica de presupuestos y mediciones). Fue sin duda importante su paso por la Escuela, pues la Universidad permite siempre una apertura de horizontes innegable, pudiendo así estar en mejores condiciones de conocer luego con interés diversas obras a su alcance en la Barcelona de entonces (el mismo "Dictionnaire" del estructuralista Viollet-le-Duc, que pide prestado a un compañero y lo devuelve plagado de anotaciones; las tres series de fotografías en copias heliográficas que adquiere la Escuela en 1875, una de Laurent sobre "Monumentos españoles", otra de las "Frith's Series de la India y Monumentos de Egipto y Palestina"; "Viajes por Africa y Asia", del barcelonés Alí Bey el Abbassí; el "Tratado de Estereotomía de la piedra", de Rovira i Rabassa; el "Tratado del arte de la carpintería", de Emy; el "Tratado teórico y práctico del arte de construir", de Rondelet...; las muchas láminas publicadas en las revistas de la época, sobre las Grutas de Capadocia y Acuarios de las Exposiciones Universales; la Gran Sala del Castillo de Montsalvat, del divino "Parsifal" de Wagner, en la "Ilustració Catalana", 1882; las Montañas de Tierra Santa o los Cenobios de los Guanches en Gran Canaria, en "La Ilustración Española y Americana", 1895 y 1898...). Son todas referencias que pueden estar presentes en su obra y en las que han insistido los arquitectos Flores y Torii, como las que tradicionalmente se han señalado desde su infancia (las formas vistas en el taller de su padre; el Camp de Tarragona o la Antigua Tarraco; la montaña de Montserrat; o las imágenes que pudieron impregnar también su estilo durante algún viaje, siendo socio de la Associació Catalanista d' Excursions Científiques (1879-89), como el realizado a Carcasona para ver las restauraciones del mismo Viollet-le-Duc; etc.). Pero, por encima de todas ellas y aun teniendo en cuenta que el medio siempre influye en el ser vivo, se alza la fuerte personalidad de Gaudí, capaz de transformar la naturaleza de la que parte en algo todavía más fantástico, en una arquitectura testimonio del auténtico arquitecto creador sobre la tierra.
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Todos estos factores hicieron que a mediados del siglo XVIII la economía colonial llegara a convertirse en una de las más ricas y productivas del mundo. Por lo demás, era notable el grado de autogobierno de que disfrutaban estas colonias y la fiscalidad que gravaba a sus habitantes era menor que la soportada por los propios ingleses. Pero tal bienestar general no sólo no evitó el conflicto con la metrópoli sino que provocó, indirectamente, el enfrentamiento con Londres. Por una parte, la sociedad colonial -una sociedad fronteriza- había evolucionado más rápidamente que la británica y era más igualitaria; aunque se sentían razonablemente contentos de pertenecer al Imperio británico y bebían en las fuentes ideológicas inglesas, en los años centrales del Siglo de las Luces, y más aún al reflexionar sobre su contribución a la victoria obtenida en la recién concluida Guerra de los Siete Años (1756-1763) -conocida por los norteamericanos como Guerras Indias-, aparecerá en los colonos un progresivo sentimiento de "americaneidad" no exento de criticas y descalificaciones hacia los ingleses. Además, aunque la tendencia secular de la economía de las trece colonias de Norteamérica fue notablemente positiva y alcista, la coyuntura en los años inmediatamente posteriores a la guerra era de depresión; los privilegiados hombres de negocios ven mermar sus beneficios y el pueblo llano pierde su trabajo o sus pequeñas propiedades. Desde su perspectiva, el paraíso americano peligraba y muchos inmigrantes se creían abocados a una vida semejante a la que dejaron en la triste Europa. Esta es la razón por la cual aquéllos -la minoría privilegiada- contar con el apoyo de las masas en su enfrentamiento con la metrópoli.Por otro lado, la necesidad de hacer frente a los elevados gastos ocasionados por la contienda -que, para Londres, había favorecido principalmente a los colonos-, y las propias doctrinas político-económicas imperantes, llevaron a los gobiernos británicos desde 1763 a adoptar una serie de medidas fiscales que quebraron, definitivamente, el afecto de los habitantes de las colonias hacia la metrópoli; y muy especialmente el de quienes no eran oriundos de Inglaterra (que eran ya mayoría) o el de los británicos que habían sido llevados a la fuerza o habían llegado a América huyendo de la persecución política o religiosa. Se pasó, en quince años, de la disensión a la rebelión armada.Con todo, aunque sin olvidar la recesión económica de los años sesenta, entre las concausas de la Revolución burguesa americana hay más de temores de los gobernados ante un porvenir que creen que pondrá en peligro su actual prosperidad, que quejas contra una ya padecida experiencia de injusticias y privaciones. Es mucho más la protesta de los privilegiados que el lamento de los oprimidos. Así, la mayoría de los líderes de la revuelta antibritánica pertenecía a clases bien acomodadas y no pretendieron en modo alguno subvertir un orden social en el que ya ocupaban, en las colonias, la cúspide: cuatro de cada cinco miembros de las asambleas locales en que se tomaron las decisiones que llevaron a la independencia pertenecían a la burguesía adinerada y a los terratenientes, aunque solamente el 10 por 100 de los colonos podría incluirse en dicha clase privilegiada.Y, desde luego, fueron las decisiones de los ministros de Jorge III, y en particular de George Grenville, encargado de reorganizar el mundo colonial en la posguerra, las que provocaron el rechazo de los, hasta entonces, pacíficos colonos; al pretender recuperar desde Londres el control político y económico de ultramar, los americanos creyeron que peligraban sus libertades y su prosperidad. Para los gobernantes ingleses era imprescindible tratar de equilibrar el presupuesto: la deuda nacional superaba los 136 millones de libras y de las 70.000 que costaba la administración y la defensa de las colonias en 1748, Londres había pasado a gastar más de 350.000 en 1763. Parte de esa enorme cifra -que debía mantenerse parcialmente por el peligro indio (el jefe Pontiac había atacado en 1763 muchos pueblos y asentamientos en la zona del Niágara y los Grandes Lagos) y ante un hipotético deseo francés de reconquista- debería salir, en opinión de muchos parlamentarios, ministros, comerciantes y contribuyentes ingleses, de las arcas de quienes más se habían beneficiado: los colonos. Éstos, además, debían comprar a los fabricantes ingleses los productos manufacturados con materias primas coloniales, según dictaban los cánones mercantilistas.
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A partir de entonces cobró fuerza la posición de alcanzar la unificación nacional a través de uno de los Estados ya existentes, que podría ser el Estado Pontificio (neogüelfismo) o el reino de Piamonte. Las nuevas formulaciones del nacionalismo italiano correspondieron a Vincenzo Gioberti, antiguo capellán de la corte de Piamonte, que propuso en 1843 (Del primado moral y civil de los italianos) una Confederación bajo la presidencia del Papa y el gobierno efectivo de Carlos Alberto de Piamonte, con lo que pretendía superar el divorcio entre religión y política, que se había experimentado en Francia. Cerca de esa línea, Cesare Balbo apuntaba hacia una fórmula federalista (De la esperanza de Italia, 1844) y ponía el énfasis en la necesidad de que los italianos se liberasen del dominio austriaco.Las posturas nacionalistas trataban de armonizar sus exigencias con las de los sectores liberales, empeñados en la transformación del Antiguo Régimen, y con las posiciones radicales de demócratas y socialistas. Representativa de estas actitudes radicales fue la figura de Giuseppe Garibaldi, republicano extremista, que había participado en insurrecciones mazzinianas de los años treinta, que le llevaron al exilio en Brasil y Uruguay. Desde entonces se convirtió en un verdadero condottiero y, cuando volvió a Italia, combatió siempre por la idea de una República con un fuerte contenido social. En 1848 había luchado con Carlos Alberto de Piamonte, en contra de los austriacos y, al año siguiente, lo haría contra los franceses y a favor de la República romana. En cuanto al movimiento propiamente liberal, tuvo un mayor desarrollo en el norte de Italia, pues los Estados absolutistas de Roma y Nápoles dejaban escaso margen para el desarrollo del liberalismo. Carlo Cattaneo, en Milán, representaba un liberalismo con proyectos federales, pero fue en Piamonte donde los sectores liberales alcanzaron un mayor protagonismo. Camile Benso di Cavour, un aristócrata de ascendencia francesa, fundó en 1847, junto con Balbo, el periódico Il Risorgimento, desde el que defendían la independencia de Italia, una confederación de Estados italianos y la adopción de reformas económicas encaminadas a la mejora de la agricultura y la infraestructura de transportes. Il Risorgimento también fue el adalid de las reformas liberales, que se tradujeron en la concesión, por parte del rey Carlos Alberto, del Statuto, a comienzos de marzo de 1848. En 1850, Cavour se incorporó, como ministro de Agricultura, al gabinete de Massimo d`Azeglio.El Risorgimento, por lo demás, es también el nombre que pretende englobar el movimiento existente en los diferentes Estados italianos a favor de la unificación política, aunque tampoco cabe olvidar que dicho sentimiento tuvo que compaginarse, muchas veces, con la existencia de otros nacionalismos locales que se resistieron contra lo que veían como una simple piamontización de los demás Estados italianos. También es importante, para entender el movimiento en favor de la unificación, la realidad de una fragmentación económica que, al contrario de lo que ocurriría en el mundo alemán, no favorecía la unificación política. A la profunda división entre un Sur rural, atrasado socialmente, y un Norte en el que había una larga tradición artesana, y empezaba a desarrollarse una cierta industria textil, había que sumar la deficiencia de la infraestructura -el escaso número de kilómetros de ferrocarril construidos- y la falta de articulación de un mercado. No parecía que hubiera un sector económico que reivindicase la unificación política, aunque tampoco cabe perder de vista que, en sus inicios, el proceso pareció limitarse a los Estados del norte peninsular, que tenían una mayor homogeneidad social y económica.