Las Floreras, junto a sus compañeros la Nevada, la Vendimia y la Era, formaba parte de una serie magnífica de cartones para tapiz con la temática de las cuatro estaciones, destinada a servir como modelo para la decoración del comedor del Príncipe en el Palacio de El Pardo, estancia que desconocemos su emplazamiento en la actualidad. Hay que advertir que han pasado 6 años desde los últimos encargos para la Real Fábrica de Tapices -la Novillada o las Lavanderas- debido al cierre de ésta por problemas económicos. Estos años van a suponer un avance en el estilo de Goya, fundamentalmente en el empleo de la luz. La escena recoge el momento en el que una florera entrega una rosa a una muchacha que va acompañada de una niña, mientras un hombre nos pide silencio y muestra un conejo, siempre considerado como símbolo de fertilidad, en referencia a la estación representada. La luz que baña las figuras es totalmente primaveral, al igual que los tonos claros empleados. La pincelada es sorprendentemente suelta, obteniendo los detalles de los vestidos a través de manchas de color. La composición piramidal es un recurso ya utilizado por Goya en la Cometa o el Ciego de la guitarra, debido al gusto por este esquema en la época. Muy interesante es el gesto de la pequeña, tirando de la mano de la mujer para que ande, en una actitud totalmente infantil.
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La estancia de Cézanne en Pontoise supondrá un significativo giro en su pintura. En este pueblo ubicado al noroeste de París pasó el verano de 1872 junto a su buen amigo Pissarro y allí aprendió a observar la naturaleza con atención, trabajando al aire libre. Podemos decir que el maestro de Aix entra en una nueva etapa denominada impresionista. Posteriormente se trasladó junto a su familia a Auvers-sur-Oise, alojándose en la casa del doctor Paul Gachet, inmortalizado por los pinceles de Van Gogh. Durante la estancia en Auvers realizará unos doce lienzos de floreros. La propia esposa de Gachet le cortaba las flores, le preparaba el jardín o colocaba los ramos en las cerámicas de Delft. Los jarrones se convierten, como podemos observar, en meras comparsas para el estudio de la masa cromática en las flores, verdaderas protagonistas de la composición. El florero recibe el impacto de la luz, resaltando las sombras coloreadas identificativas del impresionismo y las tonalidades rojas de las flores de la zona central. Las pinceladas son aplicadas con trazos cortos y dinámicos, matizando los colores para que sean los más auténticos posibles.
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La pintura de Juan de Echevarría está fuertemente influenciada por la composición gaugueniana y el cromatismo fauve, algo común en el ambiente francés del que formó parte y en el panorama artístico del País Vasco, a partir de la influencia de Adolfo Guiard. Son abundantes las naturalezas muertas y los paisajes en la obra pictórica del pintor vasco.
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Una de las temáticas habituales entre los jóvenes creadores serán los floreros ya que tenían la ventaja de venderse fácilmente, al tiempo que les permitía tratar de cerca a la naturaleza. Renoir nos presenta un gran jarrón de flores compuesto por lirios blancos, peonias y margaritas. El colorido empleado por el joven artista recuerda aún a las porcelanas que decoró en su juventud aunque advirtamos una mayor presencia de tonalidades malvas identificativas con el impresionismo. La factura es más rápida que los maestros admirados por Renoir -Boucher, Fragonard- creando un efecto más moderno, especialmente por las tonalidades utilizadas.
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Entre todos los dibujos que pudieron formar parte del estudio previo a la Anunciación de los Uffizi, se encuentran el estudio de brazo, el de vestido y estas flores de azucena. Posiblemente se trate de la vara florida que el ángel del mencionado cuadro lleva a María, en alusión a su virginidad. En el trazado del reticulado y las medidas podemos apreciar que Leonardo fue rigurosamente preciso en el estudio de unas flores del natural, que supo reflejar con enorme fidelidad. Los estudios de plantas en el artista son muy frecuentes y suelen estar relacionados con sus estudios paralelos sobre anatomía humana, en especial, acerca del sistema circulatorio.
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Estas flores que contemplamos son una excelente muestra del intenso debate que vivía Fortuny en sus últimos años, ya que deseaba abandonar los cuadros de "casacón" con los que obtenía cuantioso dinero para adentrarse en un estilo más luminista cercano al Impresionismo; sin embargo, el elevado tren de vida alcanzado se lo impide, ejecutando algunos trabajos personales que superan con creces el estilo que le hizo popular. En estas flores apreciamos el interés del maestro hacia la luz y el color, hacia la pincelada rápida, de manchas, captando con soberbio verismo el brillo y la viveza de las plantas. Las varas de malvas reales se recortan ante un fondo oscuro obtenido con sorprendente libertad, creando una espectacular sensación de volumen y de atmósfera.
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Desde su etapa juvenil sintió Cézanne una gran admiración por Delacroix, teniendo entre su colección algunas de las obras del pintor romántico. Esta imagen que contemplamos es una reinterpretación de una acuarela de su propiedad, tomando el color como vehículo para construir la composición. No deja de ser una de sus máximas ya que consideraba que "la forma alcanza sólo su plenitud cuando el color posee su mayor riqueza". Las tonalidades son oscuras, resaltando entre ellas los colores claros de las flores: rosas, rojos, amarillo, blancos. El color está aplicado de manera uniforme, unas al lado de otras, aunque los planos pictóricos aparecen diferenciados. Por estas fechas también realizó Cézanne una Apoteosis de Delacroix en sintonía con la Apoteosis de Homero pintada por Ingres dentro del Neoclasicismo.
Personaje
Hija de Elvira de Talagante y Bartolomé Blumenthal o Flores, carpintero alemán de la hueste de Pedro de Valdivia. Al morir su padre el 11 de noviembre de 1585 heredó la encomienda de Putagán. Su progenitor introdujo adelantos en la agricultura, y en la crianza de caballos y cerdos; construyó el primer molino, fundó la primera capilla y una fábrica de carretas. En 1570 e casó con el capitán Pedro Lisperguer, de origen alemán, quien disfrutaba de las encomiendas de Cauquenes y Purapel, entregadas el año 1558 por García Hurtado de Mendoza. Con el matrimonio quedaron unidas las tres encomiendas. Tuvieron ocho hijos. Pedro Lisperguer y Flores, que había heredado tierras en Peñaflor, trasladó a parte de los indígenas desde allí a estas tierras, aproximadamente en 1624. Entre sus vástagos destacan dos hijas, María y Catalina Lisperger y Flores, famosas por su fortaleza de carácter. Fue abuela de Catalina de los Ríos Lisperguer.