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El descubrimiento de Balboa dio nuevos bríos al rey Fernando en su obsesión por descubrir un estrecho que comunicara ambos océanos. Apenas supo la noticia, firmó capitulación (24 de noviembre de 1514) con Juan Díaz de Solís, pero cambiando algo el objetivo anteriormente proyectado, pues ahora se especificaba que "vos, el dicho Juan de Solís, seáis obligado de ir a las espaldas de la tierra, donde ahora está Pedro Arias ...y de allí adelante ir descubriendo por las dichas espaldas de Castilla del Oro mil e setecientas leguas", es decir, a la parte trasera (litoral pacífico) de Panamá. Debía dirigirse a Suramérica y costearla hacia el sur hasta encontrar el estrecho que le permitiera acceder a la Mar del Sur, subiendo entonces por su costa hasta situarse en la latitud de Castilla del Oro. Se prepararon tres naves, que salieron de Sanlúcar de Barrameda el 8 de octubre de 1515. Solís hizo la ruta acostumbrada y llegó a Brasil, desde donde comenzó a costear con dirección sur hasta encontrar un mar dulce, que era la desembocadura del Río de la Plata. Era el mes de febrero de 1516 y Solís desembarcó en una isleta con varios compañeros para rescatar con los indios, que exhibían objetos de oro. Los naturales cayeron entonces sobre los españoles y les mataron, procediendo luego a su deglución. Los marineros presenciaron horrorizados la ceremonia desde sus naves. Tras esto regresaron a España, a donde arribaron el 4 de septiembre de 1516, meses después de la muerte del Rey Fernando y cuando era ya regente Cisneros. Del intento de hallar el paso quedó el descubrimiento del Río de la Plata, última región americana que se configuró durante la regencia de Fernando el Católico. En espera de la llegada del príncipe Carlos y ante la incapacidad de la reina doña Juana, fue nombrado regente de Castilla el cardenal Cisneros, quien había ejercido ya dicho cargo unos meses a la muerte de Felipe el Hermoso. El Cardenal fue regente 20 meses, los transcurridos entre el 23-I-1516, en que murió Fernando en Madrigalejo, hasta el 17-IX-1517, en que llegó el Príncipe. Durante ellos se ocupó del gravísimo problema moral de las Indias denunciado por los dominicos y nombró Gobernadores de la Española a cuatro religiosos jerónimos (Bernardino de Manzanedo, Luis de Figueroa, Alonso de Santo Domingo y Juan de Salvatierra) a quienes ordenó evitar la explotación de los indios y reducir éstos a poblados, cosas que procuraron hacer, aunque con poco éxito. Durante esta Regencia se efectuó también el descubrimiento de la costa mexicana. Lo promovió en realidad el gobernador de Cuba, Diego Velázquez, quien envió una expedición de descubrimiento y rescate en 1517 hacia las costas de Tierra Firme situadas al occidente de Cuba. Se la encargó a Francisco Hernández de Córdoba, quien se asoció con Lope de Ochoa y Cristóbal Morante. Como piloto de la misma fue Antón de Alaminos, que había estado con Colón en el cuarto viaje. Se fletaron tres naves que partieron de Santiago el 8 de febrero de 1517. Tras 21 días de navegar, arribaron a la isla de Cozumel, frente a la costa yucateca. Pasaron luego a la costa de Yucatán, cuya parte oriental descubrieron a partir de Cabo Catoche. Continuaron por Campeche y siguieron hasta el río Champotón. Aquí fueron atacados por una disciplinada hueste indígena que les causó muchas bajas y heridos. Entre los últimos estaba el propio Hernández de Córdoba. Decidieron abandonar entonces aquel litoral. Las corrientes y el piloto Alaminos les condujeron a la Florida (costa suroccidental), donde tuvieron un nuevo descalabro. Finalmente regresaron a Santiago. Hernández de Córdoba murió a causa de las heridas. México estaba descubierto y su conquista no tardaría en ponerse en marcha. En cuanto a la búsqueda del paso que podría existir entre las dos penínsulas de Yucatán y la Florida fue realizada inútilmente por las expediciones de Antonio Sedeño, que salió de Puerto Rico (1518), Juan de Grijalba, que zarpó de Cuba (1518) y unas naves enviadas por el gobernador Garay desde Jamaica (1519).
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A comienzos del siglo XVI, la Hansa comenzaba a evidenciar síntomas de decadencia. Las rivalidades entre sus ciudades la debilitaron y mantuvieron un proceso de continua centrifugación, en el que se rechazó el sometimiento a directrices comunes. En 1518 la Dieta hanseática aprobó la salida definitiva de 31 ciudades, y poco después la Reforma proporcionará más motivos de división. Simultáneamente, las nuevas potencias económicas que surgieron en el ámbito de sus operaciones eran cada vez más capaces de defender sus propias posiciones. En 1494, la conquista de la República de Novgorod, donde existía una factoría de la Hansa, por el zar Iván III, supuso un duro golpe para el conjunto de la Liga, que fue expulsada, aunque benefició a algunas de sus ciudades -como Riga o Reval- y al comercio holandés. A pesar del esplendor de Lübeck, la capital de hecho, y de que Hamburgo y Danzig alcanzasen en el siglo XVI su mejor momento, la Hansa ocupaba cada vez posiciones más secundarias. Por otro lado, la Unión de Kalmar mantenía desde 1397 en unas mismas manos las tres Coronas de Noruega, Suecia y Dinamarca, que tenía la posición dominante. El control de los pasos del Sund daba a esta formación política una envidiable posición estratégica frente a los demás rivales de la zona; y los fuertes peajes le permitían mantener una gran flota con la que enfrentarse a la Hansa. Gracias al ataque victorioso a Lübeck, la Unión fue capaz de imponer a la Liga hanseática, por la paz de Malmó de 1512, el pago de una importante indemnización de guerra y la promesa de no intervenir en los asuntos internos. Sin embargo, los síntomas de descomposición se multiplicaban. El poder del rey era más nominal que real frente a la nobleza y la Iglesia, y las Coronas de Noruega y Suecia aceptaban mal la hegemonía danesa. Mientras que aquélla resultaba relativamente fácil de dominar, Suecia mantenía fuertes posiciones autonomistas y no aceptaba más que ser gobernada por autoridades locales. Pese a todos sus compromisos, la Hansa apoyaba a Suecia en su deseo de debilitar todo lo posible la Unión y no permitir un gobierno conjunto fuerte que controlase los estrechos del Sund, cuyo paso libre era vital para su desarrollo comercial. En tal situación, los intentos del rey Cristian II (1513-1523) de fortalecer su poder, someter a nobleza e Iglesia con el apoyo de los sectores campesinos y burgueses y eliminar la autonomía sueca, provocaron una sublevación general que terminará con la Unión de Kalmar. Las aspiraciones autonomistas de Suecia fueron vencidas por el rey Cristian, siguiéndoles en noviembre de 1520 las terribles represalias conocidas como "el baño de sangre de Estocolmo", que provocaron al año siguiente la sublevación sueca, acaudillada por Gustavo Vasa. Mientras, en Dinamarca las reformas políticas, económicas y sociales de Cristian II, que pretendía hacer tributar a la nobleza y a la Iglesia, originaron una revuelta nobiliaria que terminó en 1523 con la deposición del rey, pese al apoyo de su cuñado Carlos V, y la sustitución por su tío Federico I de Oldenburgo. El nuevo monarca concedió la independencia a Suecia y reconoció a Gustavo Vasa como su rey. Sin embargo, la Escania, al Mediodía de la península escandinava, continuará siendo danesa, por lo que Dinamarca continuará manteniendo el control de los estrechos del Sund, con los beneficios económicos y militares consecuentes. Estos hechos tendrán una serie de consecuencias en la Europa septentrional. Por una parte, el rey exiliado intentará por todos los medios la recuperación del trono perdido. Contará para ello con ayuda holandesa, que de ninguna manera quería facilidades para la Hansa, a la que pretendía sustituir. La derrota final de Cristian, en 1532, supuso la de sus aliados, a quienes en 1523 ya se les había prohibido el paso por el Sund en represalia, mientras la gobernadora de los Países Bajos, María de Habsburgo, firmaba con Dinamarca en 1533 el Tratado de Gante, por el que se añadía al nuevo permiso de circulación por los estrechos una alianza frente a la Hansa, enemiga común. Desde entonces, la Hansa languidecerá hasta su desaparición. Los nuevos reyes, Gustavo de Suecia y Cristian III de Dinamarca, recurrirán a los bienes de la Iglesia para fortalecer sus posiciones frente a una nobleza levantisca que no aceptaba un poder efectivo del monarca. El fortalecimiento del Estado se une así a la Reforma luterana en los países escandinavos, donde previamente ya existía un caldo de cultivo, sobre todo entre los comerciantes que habían frecuentado los puertos hanseáticos. En la Dieta de Västeras de 1527 Suecia adoptó el luteranismo como religión oficial, y lo mismo hizo Dinamarca en la de Copenhague de 1536. En el mismo año acogieron el mismo credo Islandia y Noruega. El conflicto báltico entró en conexión con las rivalidades continentales, y, en 1541, Cristian III de Dinamarca firmó en Fontainebleau un tratado de alianza con Francisco I, de resultas del cual surgió un ataque conjunto a los Países Bajos. El resultado fue la imposición por Carlos V, en el Tratado de Spira de 1544, de la internacionalización del paso por el Sund y la fijación de una tabla de tarifas para los navíos de cada potencia.
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El gobierno de D`Argenson complicó la política francesa en Italia y no favoreció nada la coalición antiaustríaca, triunfante en el Milanesado, pero en 1746 fueron derrotados en Piacenza y las tropas enemigas entraron en Provenza. Deseoso de establecer un Confederación de Estados basada en Piamonte, desaprovechó múltiples oportunidades por su afán de acercarse a Carlos Manuel, cuando éste tenia proyectos muy personales. La guerra terminó con el gran fracaso francés en el puerto de Exilles, en 1747. Además, un año antes, había muerto Felipe V y desaparecía la influencia de Isabel de Farnesio, que había marcado una época. Su sucesor, Fernando VI, casado con la probritánica Bárbara de Braganza, abandonó las cuestiones italianas y quedaron estancadas las hostilidades. Por su parte, Londres quiso atraerse a España y retirarla del bando galo, mas las complicadas negociaciones no cuajaron por el controvertido tema de Gibraltar y la petición de mayores ventajas comerciales en América. Tales conversaciones no tuvieron por menos que crear recelos e inseguridades en la corte de Luis XV. Retomando las estrategias de anteriores campañas, Versalles volvió de nuevo sus miras hacia los Países Bajos con el fin de ganar posiciones en la contienda. Tal como se había proyectado, un ejército francés al mando de Mauricio de Sajonia conquistaba los Países Bajos con tres importantes victorias: Fontenoy, en 1745; Recourt, en 1746, y Lawfeld, en 1747. Tampoco las fuerzas británico-holandesas, respaldadas por contingentes austriacos, pudieron evitar la invasión de Holanda, lo que provocó el triunfo de Guillermo IV de Orange frente a los regentes por el nombramiento de estatúder por las siete provincias, aterradas ante la inminente agresión exterior. Los deseos de paz se extendieron entre todos los combatientes, pero no había consenso para el inicio de las discusiones porque Gran Bretaña quiso imponer sus criterios y buscó la victoria total en la guerra. La caída en desgracia de D'Argenson y la ofensiva en Holanda para la ocupación de la desembocadura del Rin, disuadieron a Londres de prolongar aún más la situación. Mientras, Versalles accedía a la mediación holandesa en las conferencias, sobre todo cuando Francisco I se retiró de los campos de batalla. Había logrado sus objetivos y hasta contaba con los subsidios de Rusia si Prusia persistía en su actitud.
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Durante la última década del siglo XIX, la rivalidad entre los Estados europeos comenzó a tener una dimensión mundial, más que estrictamente europea. Alsacia-Lorena y los Balcanes siguieron presentes, pero la tensión que provocaron fue mucho menor que la ocasionada por los conflictos relativos al reparto de influencias en el Mediterráneo o en África. Escenarios no europeos, como no lo fueron aquellos donde se desarrolló la guerra entre España y Estados Unidos, en 1898, guerra significativa, a nivel mundial, menos por el aislamiento y la derrota de España, que por marcar el inicio del imperialismo estadounidense en el continente americano. En el caso de los Balcanes hay que señalar el acuerdo suscrito entre Austria-Hungría y Rusia, en mayo de 1897 -después de la matanza de 250.000 armenios por los turcos, y de una guerra entre Grecia y Turquía, a causa de Creta- para mantener la paz y el "statu quo" en el territorio, es decir, la integridad del Imperio turco. En este acuerdo influyeron, por parte austriaca, el deseo de verse libre de problemas exteriores dados los problemas internos que la afectaban, con los Parlamentos de Viena y Praga paralizados por los nacionalistas, y Hungría presionando para obtener mayor autonomía. Por parte rusa, fue decisiva su dedicación preferente a los asuntos en Asia central y el Extremo Oriente. El hecho de mayor importancia y trascendencia en las relaciones internacionales de las potencias europeas del fin de siglo, fue el final del aislamiento diplomático que Bismarck había impuesto a Francia, desde 1871, mediante el acuerdo alcanzado con Rusia en 1894 -quizá el ejemplo más claro de cómo los intereses nacionales estaban por encima de las consideraciones ideológicas en la política exterior-; a esta alianza habría de seguir una aproximación a Italia que reforzaría más la posición internacional de Francia. Por otra parte, Gran Bretaña cada vez más consciente de los inconvenientes de su aislamiento internacional, impulsó las negociaciones con otros países con objeto de salir del mismo.
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La época de Teodosio de Teodosio propició que la Iglesia desarrollase un poder tal que la vida del Imperio y su propia descomposición aparecen íntimamente vinculados a ésta. Su pacifismo o, más exactamente, en palabras de Gibbon, "la predicación cristiana de paciencia y pusilanimidad", restó energía a la reacción militar del imperio. Mientras el imperio occidental sufría las tormentas de las invasiones del siglo V, Agustín y los cristianos de su tiempo se preguntaban si la guerra en defensa propia estaba o no justificada. Se establecía como principio fundamental el perdón a los prisioneros de guerra y se predicaba un universalismo que atacaba directamente los valores de la romanidad. Agustín afirmaba que "la ciudad de Dios tiene tanto sitio para godos como para romanos" y otros, como Salviano de Marsella, alababan la pureza de las costumbres bárbaras y los consideraban como salvadores del Imperio. Ciertamente esta corriente de opinión no fue ajena al hecho de que, al menos desde la época de Teodosio, la resistencia a los bárbaros ya no fuese una opción. Los bárbaros se iban instalando en el Imperio y en todas las escalas administrativas y de poder. Las guerras fueron en estos últimos años determinadas más por los enfrentamientos entre unos y otros bárbaros (los instalados dentro del Imperio y los invasores) que por la defensa del mundo romano frente a ellos. A la muerte de Teodosio es el general vándalo Estilicón quien actuará, de hecho, como el verdadero dueño del poder en la parte occidental del Imperio. En Oriente había sido proclamado emperador el hijo mayor de Teodosio, Arcadio, mientras que Honorio, aún un niño, quedaba como emperador de Occidente bajo la tutela de Estilicón, el cual había sido nombrado por Teodosio jefe de los ejércitos para las dos partes del imperio. Desde el 395 hasta la caída de Estilicón, en el 408, se producen dos acontecimientos especialmente relevantes. El primero se refiere a la instalación de facto en el Ilírico de un Estado bárbaro a cuyo frente estaba Alarico y a la imposibilidad de evitar las oleadas germánicas que, durante estos años, saquearon las Galias, el norte de Africa, Hispania e Italia, obligando al emperador a elegir como nueva capital Rávena, más fácil de defender que Milán. El segundo acontecimiento se refiere a las tensiones surgidas entre Estilicón y los consejeros de Arcadio, Rufino y, a la muerte de éste, el eunuco Eutropio. Las hostilidades entre éstos marcaron la ruptura de relaciones entre los emperadores, llegando incluso a temerse una guerra entre ambos imperios. Los distintos pueblos bárbaros fueron utilizados por uno u otro emperador con el fin de debilitar a la parte contraria, como hizo Arcadio con el príncipe bereber Gildón, que sublevó el Magreb contra Honorio. Éste lo hizo a su vez con Alarico a fin de sustraer el Ilírico oriental a Arcadio. La fisura entre ambos Imperios (difícilmente se puede hablar ya de un único imperio) era un hecho irreversible. En esta situación, los estados bárbaros surgidos dentro del Imperio se consolidaban y ampliaban sus demandas sin cesar. Alarico, que no obtuvo de Honorio las tierras, dignidades e indemnizaciones que pretendía, no dudó en dirigir su ejército contra Roma, a la que sitió por primera vez en el 408. La situación de pánico supuso la vuelta a los antiguos dioses y los senadores hubieron de comprar la retirada de Alarico y el inicio de negociaciones mediante el pago de una indemnización. Ya no es sorprendente que Alarico debatiese en el Senado el alcance de sus pretensiones ni que éste llegara a designar a un nuevo y efímero emperador, elección que recayó en el prefecto de la ciudad, Atalo, que poco después sería depuesto por el propio Alarico. Pero la aceptación de las demandas de Alarico suponía en cierto modo la defección del Imperio Occidental. En el 410 Alarico no se limito a sitiar Roma, sino que entró por la vía Salaria y sometió la ciudad a un saqueo feroz, respetando únicamente las iglesias. Al cabo de tres días abandonaron la ciudad, llevándose numerosos cautivos, entre ellos a Gala Placidia, hermana del emperador que, posteriormente, se casaría con el sucesor de Alarico, el príncipe visigodo Ataúlfo. El saqueo de Roma conmocionó a todo el Imperio. En casi todas las obras de la época se alude a este hecho en términos de estupor. Jerónimo se preguntaba "cómo era posible que fuese conquistada la propia ciudad que había conquistado el Universo". La respuesta que gran parte de la opinión pública dio a este hecho insólito fue el abandono de la antigua religión: "Perdiendo a sus dioses, Roma está perdida". Este convencimiento debió ser tan profundo en una población traumatizada, que Agustín decidió escribir "La Ciudad de Dios", precisamente para combatir el alcance que esta opinión iba teniendo. A la muerte de Honorio, en el 423, Teodosio II, hijo de Arcadio, apareció momentáneamente como emperador de ambas partes del Imperio. Pero poco después fue proclamado emperador Valentiniano III, hijo de Gala Placidia y de su segundo marido, Constancio, general que había sido proclamado augusto por Honorio a comienzos del 421 y que había muerto ese mismo año. Durante la regencia de Gala Placidia, el hombre fuerte de Occidente fue el general Aecio, que consiguió mantener precariamente la paz por algún tiempo, entre otras razones por la amistad que le unía al rey de los hunos, lo cual le permitía disponer de un ejército de bucelarios a su voluntad. Sus excelentes relaciones con el Senado de Roma se constatan en la sesión senatorial en la que se aprobó para Occidente el "Código Teodosiano", recopilación jurídica llevada a cabo en Oriente por iniciativa de Teodosio II. Pero Valentiniano III, tras la muerte en el año 450 de su madre, adoptó una actitud hostil hacia el Senado. En un Imperio asolado y devastado por las invasiones, los senadores seguían detentando enormes dominios, denominados massae (los más extensos) y fundi (los de menor extensión). El patronato se había extendido y desarrollado en todos estos grandes dominios y su tendencia a la autarquía y a la independencia del poder central suponía un elemento no sólo de debilidad de las arcas estatales, sino de anarquía e inestabilidad social para el Imperio. Su política activa contra los enormes poderes de estos domini casi feudales, fue la causa de la muerte de Valentiniano III en el Campo de Marte, víctima de una conjura, en el 455. Con él desaparecía la dinastía teodosiana. Como los conjurados habían sido los grandes propietarios clarissimi, el poder imperial pasó a sus manos. Petronio Máximo, tal vez el más rico de los senadores de Roma, se hizo proclamar emperador. Las princesas se convirtieron en presas codiciadas, tanto por los usurpadores como por los pretendientes bárbaros al Imperio, deseosos todos de legitimar su poder. Petronio forzó a Eudocia, hija mayor de Valentiniano III, a casarse con él. Atila había solicitado a Valentiniano la mano de Honoria, hermana del emperador. Aecio obtuvo para su hijo la mano de la hija menor del emperador, Placidia, que a la muerte de éste fue obligada a casarse con Paladio, hijo de Petronio. Genserico, para vengar la muerte de Valentiniano III, asesina a Petronio Máximo y obliga a Eudocia a casarse con su hijo Hunerico. Los pretendientes al Imperio seguían manteniendo la ficción de establecer dinastías vinculadas al linaje imperial. El nuevo emperador, Avito, fue proclamado en Arlés, en las Galias, y era miembro de la aristocracia galo-romana. Pero el general suevo Ricimero se convirtió en el nuevo hombre fuerte, gracias a la numerosa tropa de elementos fieles de que disponía. Él fue quien decidió la muerte de Avito y el nombramiento del nuevo emperador, Mayoriano, así como su posterior eliminación. También elevó y destronó a los siguientes emperadores: Libio Severo y Antemio. A éstos les sucedieron Glicerio y Julio Nepos. Toda esta serie de sucesiones fue acompañada por una sucesión ininterrumpida de guerras civiles. La propia institución imperial había alcanzado tales cotas de desprestigio en el imperio occidental, que los emperadores carecían del mínimo grado de autoridad. En el año 475 el patricio Oreste, jefe de los ejércitos, designó emperador a su hijo Rómulo, llamado -por su corta edad- Augústulo, a fin de poder controlar el poder en su nombre. Pero las revueltas de los soldados de Italia, que no habían recibido su paga, dieron la ocasión al jefe bárbaro Odoacro de asumir el poder, eliminando primero a Oreste y, poco después, a Rómulo Augústulo, último emperador de Occidente, destronado en el 476. Esta fecha señala el fin del Imperio Romano occidental y así lo entendieron también los autores antiguos. El historiador Símmaco, cónsul en el 485, señalaba en su "Historia Romana" -no conservada- la desaparición del Imperio de Roma y Jordanes, basándose en él, afirma: "Así el Imperio occidental y el principado del pueblo romano que el primero de los Augustos, Octavio Augusto, había ostentado a partir del año 709 de la fundación de la Ciudad, perecieron con este Augústulo en el 522 del reinado de los emperadores que le habían precedido".
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La civilización micénica no significó la desaparición de los pueblos que suelen denominarse prehelénicos. Pelasgos, licios, carios, lidios, minoicos, léleges... dejan huellas significativas de que, en esos tiempos, seguían presentes en el territorio griego. La cultura revelada, en la mitología y en las tablillas, muestra caracteres que a veces se han considerado prehelénicos, aunque otras veces se definen como huellas de situaciones primitivas que no hay por qué identificar étnicamente. La caída de los palacios significaría una especie de renacimientos de tales aspectos primitivos, algunos de los cuales resultan ser los más duraderos, pues se habla de una pervivencia mitológica de lo micénico, a pesar de la desaparición de los aspectos políticos y militares. En Micenas se veneran las diosas-madre, en posición dominante en muchos de los cultos cuyas sedes se han conservado arqueológicamente, como en Eleusis. Aquí se conserva el culto de la madre Deméter y su higa Perséfone acompañadas de Triptólemo, en una trinidad característica de la adecuación de determinados cultos agrarios, en identificación clara con la tierra y los ciclos de la reproducción. Las tablillas hablan de la po-ti-ni-ya, que se ha identificado con potnia, epíteto que en el conjunto de la religión griega se atribuye a las grandes diosas y se especifica en Hera, que luego será esposa de Zeus, el dios padre que acumula el poder, posiblemente por lo menos desde los períodos originarios de la realeza patriarcal, aunque herede funciones propias de las tribus pastoriles de origen y tradición indoeuropeos. También se atribuyen a época micénica los mitos de los héroes capaces de civilizar el mundo mediterráneo, como Teseo y Heracles, o de Edipo, donde la realeza masculina se construye en conflicto con las tradiciones matriarcales, lo mismo que en el caso del ciclo micénico, el de Agamenón, asesinado por su esposa y vengado por su hijo, que es perseguido por las divinidades femeninas vengadoras de los delitos de sangre, pero protegido por el dios patriarcal Apolo, convertido en tal después de apoderarse de Delfos, aunque también pertenecía a una trinidad de raigambre femenina, con Leto y Ártemis. Tras la caída del mundo micénico se conservó toda esta serie de tradiciones. Pero, sobre todo, se conservó la que hacía referencia a la expedición a Troya, reflejo para muchos del dominio micénico del Mediterráneo, el cual deja huellas en Sicilia, Asia Menor, Chipre, Rodas, las Cícladas, Ugarit, el que aparece citado por los textos hititas a nombre de Ahiyawa, traducción de Acaya, y que aparece igualmente entre los Pueblos del Mar como Akawas. La expansión máxima era ya para los antiguos el inicio de la decadencia. La leyenda decía que a la vuelta de Troya todos los héroes tuvieron que enfrentarse a la stasis, al conflicto interno dentro de la ciudad, a la lucha social que significaba el final del poderío de los reyes. La historia tiende a situar este final en el contexto de la crisis general del Mediterráneo oriental en el siglo XII, cuando también desapareció el imperio hitita y se configuró de nuevo la geografía política de la costa de Levante. En esa crisis, los aqueos pudieron desempeñar un papel activo y pasivo al mismo tiempo, pues aparecen con los pueblos en movimiento, pero también resultaron, en sus estructuras, víctimas del conjunto de la crisis. Permanece vivo el problema de si fueron los dorios, la última oleada de griegos, quienes causaron el final de los reinos micénicos y destruyeron sus palacios. Se ha llegado a negar la invasión de los dorios. Sin necesidad de llegar a eso, se tiende más bien a considerar que la presencia doria resultó una realidad determinante de ciertas estructuras políticas y culturales al configurarse la época siguiente, pero que el fenómeno no fue el resultado mecánico de una invasión exterior, cuyos efectos tienden asimismo a contemplarse más bien como algo extendido a lo largo del espacio cronológico de la época oscura. De hecho, en ésta, el mundo micénico ha desaparecido.
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Tras largos decenios de lucha, en el último tercio del siglo se llegó a una estabilización duradera de las fronteras entre musulmanes y cristianos, tanto en la Europa danubiana como en el Mediterráneo. Los problemas de la seguridad de territorios y navíos derivados de la presencia, e incluso hegemonía, de los musulmanes en el Mediterráneo, seguirán siendo una de las principales preocupaciones de la política exterior de Felipe II. Los abordajes de barcos, saqueo de costas y capturas de cautivos eran constantes por parte de los berberiscos. A comienzos de su reinado, la paz de Cateau-Cambrésis (1559) puso fin a las hostilidades franco-españolas por una década, y Felipe, que aún conservaba buenas relaciones con Inglaterra, tuvo las manos libres para enfrentarse a los turcos. En 1560 volvió a respirarse el clima de cruzada en la expedición conjunta de España, el Papa, Venecia, Génova, Toscana y Malta sobre Trípoli, que rechazó el ataque, tras el cual la flota cristiana, después de haber tomado Djerba, fue destrozada por la musulmana en uno de los mayores desastres cristianos de la centuria. Desde entonces, el monarca español se dedicó a la fortificación de sus plazas africanas y a la construcción de barcos, y con esta nueva fuerza tomó de nuevo el Peñón de Vélez de la Gomera (1564) y rechazó un ataque a Malta (1565), aunque no pudo impedir que Solimán se apoderase de las últimas islas egeas poseídas por venecianos y genoveses. En estos momentos, en 1568, sucede la sublevación de los moriscos de Granada, que habían solicitado ayuda en el norte de África y Constantinopla, provocando la mayor crisis del reinado. Esta debilidad fue aprovechada por Selim II para atacar, en 1570, Chipre, rica posesión veneciana. El resultado fue la constitución al año siguiente de una Santa Liga contra el turco, que sólo llevarán a la acción españoles, venecianos y pontificios, cuya armada conjunta capitaneará don Juan de Austria, que conseguirá una gran victoria en Lepanto (1571), en la entrada del golfo de Corinto. Venecia se resignó a reconocer la pérdida de Chipre en 1573, y la conquista en esa misma fecha de Túnez por don Juan de Austria apenas duró un año. Desde entonces, ambos contendientes, agotados y con graves problemas en otros puntos de sus respectivos Imperios, buscaron la paz, difícil por la casi imposibilidad de contactos directos entre moros y cristianos, aunque la utilización de mediadores facilitó las treguas. De hecho, desde 1574 apenas hubo ya enfrentamientos de envergadura entre unos y otros. El problema turco dejará de ser objetivo primordial para España, que tendrá otros motivos de preocupación. Por otra parte, la pacificación del Mediterráneo permitirá los avances comerciales de ingleses y holandeses, que iniciaron un contacto directo con los otomanos, siendo de nuevo posible acceder a las mercancías orientales por las rutas tradicionales. La unión de Portugal y España, sin embargo, empujará a esta última a obstaculizar el paso por el estrecho de Gibraltar de la Compañía de Levante inglesa, que perjudicaba los intereses portugueses: un motivo más de conflicto que añadir a los ya existentes entre España e Inglaterra. En el otro frente, en Hungría, el emperador Maximiliano II será capaz de someter a Juan Segismundo, que por la tregua de Szatmar (1565) aceptará no gobernar más que en Transilvania, sobre la que reconocerá la soberanía del emperador. La amenaza turca se alejó de este frente con la muerte de Solimán en 1566, mientras intentaba restaurar la situación anterior. Desde entonces, los Habsburgo serán reyes de Hungría. Una serie de treguas sucesivas mantendrán la paz entre los dos Imperios y sus límites permanecerán estables durante siglos. La decadencia del imperio otomano hará imposible cualquier avance ulterior.
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El retablo se había convertido en una pieza enormemente popular y en eso radicó básicamente su éxito y propagación en innumerables versiones. Cuando llegó a España el Despotismo Ilustrado con Carlos III y sus colaboradores y ministros, se trató de regenerar al país educando al pueblo pero desterrando paradójicamente el gusto del pueblo. Los ilustrados clasificaron al barroco en general y al retablo en particular dentro del gusto populachero. Pero no fue sólo cuestión de gusto estético; había que acabar con el retablo porque atentaba contra el decoro del culto y la dignidad de la religión. En la lucha contra el retablo se aliaron tanto razones de gusto dictadas por la estética racionalista cuanto razones de índole religiosa emanadas del rigorismo dogmático y moral del Jansenismo o, más propiamente, del Neojansenismo, pues aquél era muy rancio pero había sido renovado en nuestro país especialmente a raíz de la expulsión en 1767 de los jesuitas que lo habían combatido reciamente. Valiéndose del pretexto de que la madera de los retablos los exponía a ser pasto de las llamas de las velas y, por tanto, origen de devastadores incendios en las iglesias, el secretario de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, don Antonio Ponz, conocido jansenizante y frenético antibarroco, redactó un documento que fue asumido oficialmente por Carlos III en 1777. Por él se prohibía ejecutar en adelante retablos de madera, debiéndoselos hacer de piedra, mármol, jaspe o, a lo más, de estuco imitando aquellos materiales. Pero lo más decisivo fue que se prescribiese la estricta obligación de enviar a la mencionada Academia las trazas y dibujos de los futuros retablos a fin de enmendarlos y purgarlos de todo exceso barroco y, en el caso de no poderse corregir, la de aceptar los proyectos impuestos por la comisión de arquitectura de dicha institución. Con la real orden se asestó un golpe de muerte al retablo tradicional que, sin embargo, todavía se resistió a morir por algunos años, pues, pese a las circulares de los obispados y generalatos de las Ordenes religiosas intimando a la inmediata aplicación del decreto, continuaron proliferando los retablos de siempre, unas veces porque las hermandades y cofradías que los encargaban hacían caso omiso de aquél, otras porque muchos ensambladores eran incapaces de hacer otra cosa. Los nuevos retablos que se comenzaron a fabricar con los materiales nobles y resistentes que ordenaba el decreto resultaban muy correctos pero faltos de emoción y de fuerza para seducir a las masas populares. Solían ser edículos compuestos por pares de columnas diseñadas conforme a la más pura interpretación de los órdenes canónicos, sosteniendo un entablamento arquitrabado que estaba coronado por un frontón semicircular o triangular. Las imágenes se reducían al mínimo, generalmente a un gran relieve o medalla. En un primer momento, en manos de Ventura Rodríguez, Francisco Sabatini o Pedro de Arnal, los retablos conservaron todavía la gracia y animación del barroco cosmopolita de mediados del XVIII, dentro, eso sí, de los recortes y cortapisas impuestos por la Academia. Luego se transformaron en productos bastante insulsos y monótonos, repitiendo siempre el mismo esquema. Un nuevo decreto dictado en 1791 por Carlos IV acabó definitivamente con el retablo castizo y genuinamente español.
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Las dificultades financieras del nuevo Estado italiano y la crisis social en las provincias del sur -hubo una revuelta republicana en Palermo, en septiembre de 1866- obligaron a retrasar la búsqueda de una solución a la cuestión romana, en espera de que la situación internacional volviera a brindar una ocasión favorable. Una vez más, Garibaldi, con el apoyo encubierto del rey Víctor Manuel, intentó resolver el problema por la vía de la acción directa y amenazó a Roma a finales de octubre de 1867, pero fue derrotado en Mentana el 3 de noviembre por unas tropas francesas que demostraron la gran ventaja técnica que les proporcionaba el nuevo fusil Chassepot. Los franceses se instalaron en Civitá Vecchia y las relaciones con el Estado italiano entraron en una fase de gran tirantez. Ya en plena crisis franco-prusiana, al rechazar una oferta de una alianza militar con Italia a cambio de la retirada de las tropas estacionadas junto a Roma, el ministro de Asuntos Exteriores francés, Gramont, llegó a decir: "Cuando Francia defiende su honor en el Rin, no lo va a perder en el Tíber". Los acontecimientos, sin embargo, se precipitaron. La guerra franco-prusiana estalló en julio de 1870, lo que obligó a la retirada de la guarnición francesa en Civitá Vecchia. Aunque Víctor Manuel II se inclinó inicialmente por ponerse al lado de Francia, esperando obtener Roma como fruto de una victoria francesa, sus ministros consiguieron aplazar esta decisión y la noticia de la derrota francesa dejó a los italianos las manos libres para apoderarse de Roma. El 20 de septiembre las tropas italianas hicieron su entrada por la Puerta Pía, en donde sólo encontraron una resistencia simbólica de las tropas papales, que tuvieron 19 bajas. Las de las tropas italianas fueron 49. Un plebiscito celebrado en octubre se decantó casi abrumadoramente favorable a la anexión. Víctor Manuel, que había intentado antes de la invasión conseguir del Papa una renuncia voluntaria a sus derechos como soberano temporal, no fue a Roma hasta diciembre de ese mismo año, y el Parlamento votó en mayo de 1871 una ley de garantías que pretendía regular las relaciones con el Papado. Pío IX la rechazó y abandonó el palacio del Quirinal para refugiarse en el Vaticano, donde se consideró prisionero. A primeros de agosto de 1871 Roma fue declarada capital del Reino de Italia. De acuerdo con las propias palabras de Víctor Manuel al Parlamento italiano, la obra a la que había dedicado su vida estaba cumplida. Massimo d'Azeglio, sin embargo, había advertido al propio rey: "Señor, hemos hecho Italia; ahora debemos hacer italianos". Los problemas del nuevo Estado, desde luego, no eran pocos. El principal era encontrar una solución a las difíciles relaciones con el Papado, fortalecido tras el Concilio Vaticano I, en el que se aprobó el dogma de la infalibilidad pontificia, inaceptable para las convicciones liberales y no siempre bien explicado, en sus justos términos religiosos, por los propios católicos. También habría que superar la fragmentación económica y administrativa del nuevo Reino, en el que tenían un excesivo peso las instituciones piamontesas. Se intentó hacer de la conscripción militar un instrumento de italianización, pero la división entre el norte y el sur se tradujo en una agudización de la depresión meridional mientras que, en el plano político, se agudizaba la tensión entre liberales y conservadores, que era también un cierto enfrentamiento entre los sectores ligados a la economía urbana (ciudades del norte) y los intereses agrícolas predominantes en el sur. La organización de un nuevo Estado sería necesariamente lenta y el propio D´Azeglio, en otra frase suya no tan conocida, señaló que no "había que darse prisa para construir Italia a partir de los italianos". Parte de los problemas seguirían sin resolver hasta bien entrado el siglo XX.
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En Alemania, los años finales de Adenauer dieron la sensación de traer consigo numerosos problemas, pero, en realidad, confirmaron el buen resultado de la estabilización del país gracias a su gobernante conservador. Además, estos años sirvieron para que el SPD iniciara el camino hacia la adopción de una postura que había de contribuir a abrirle el paso al poder. En 1955 se aplicaron los acuerdos que convertían a Alemania en soberana e integrada en la OTAN pero el SPD seguía convencido de que con la persuasión amistosa, la negociación y el compromiso conseguiría mejores resultados para el país que con la política de Adenauer. Éste, sin embargo, estaba dispuesto a dejar claro que su política no consistía en dejar de tener cualquier relación con la URSS y someterse a los norteamericanos. En 1955 consiguió, tras un viaje a Moscú, que fueran devueltos unos 10.000 prisioneros alemanes que todavía permanecían allí después de la Guerra Mundial. El establecimiento de relaciones con la URSS era, para él, un paso necesario, una vez que había anclado sólidamente a la República Federal con Occidente. La doctrina Hallstein -es decir, la confrontación con quienes reconocieran a Alemania oriental- fue pensada para impedir que el régimen de Alemania del Este adquiriera legitimidad aunque también permitió influir sobre los países de Europa del Este. Los alemanes occidentales, paradójicamente, se beneficiaban del apoyo de la Alemania del Este a la educación pues su población que la recibía mejor acababa inmigrando a la zona occidental. Fueron problemas de política exterior los que dividieron a la coalición gubernamental presidida por Adenauer de modo que, a comienzos de 1956, los ministros liberales abandonaron el Gobierno, aunque un sector de este partido permaneció aliado con la CDU y acabó integrándose en él. Por su parte, el SPD, que había criticado la Comunidad Europea de Defensa y la participación alemana en la defensa europea, no puso ningún obstáculo al Mercado Común. Éste facilitó el desarrollo económico hasta el punto de que, entre 1955 y 1959, la tasa de crecimiento llegó a ser del 7,2% anual. En cambio, el SPD se opuso firmemente a la nuclearización, una cuestión que también afectó seriamente a la Iglesia luterana que se vio muy dividida ante ella. En otras materias como en la indexación de las pensiones el SPD llegó a votar con la CDU. En las elecciones de septiembre de 1957 la CDU obtuvo más del 50% de los votos, con un avance del 7%. Era la primera ocasión en la Historia de Alemania en que un partido obtenía la mayoría absoluta de los votos. Por su parte, el SPD ganó tres puntos y superó el 30%, aunque todavía estaba muy lejos del poder. Los partidos menores, en cambio, iban desapareciendo. El tema crucial de la política interior alemana fue el relativo a la defensa. Kennan, el experto norteamericano, había defendido la neutralización y unificación de Alemania y logró un gran éxito con el SPD. Schmidt llegó a decir la CDU que su política acerca de nuclearización sería tan funesta como la ley de plenos poderes de Hitler. En 1958, ayudado por los sindicatos, el SPD puso en marcha una gran campaña de protesta en contra de las bombas nucleares. Tras ella, tanto los dirigentes del SPD como los del FDP parecieron darse cuenta de que los juicios de Adenauer se basaban en una evaluación mucho más realista que la suya respecto a las relaciones internacionales. Las nuevas generaciones de dirigentes de ambos partidos le debieron mucho a Adenauer y acabaron por abandonar el sentimentalismo instintivo de la izquierda de Ollenhauer. El último "plan alemán" del SPD data de comienzos de 1959. Desde el punto de vista electoral, el partido no lograba victorias nada más que en algunas regiones; tenía, por tanto, que hacer operaciones de seducción en dirección a grupos que de lo contrario serían atraídos por la CDU. De ahí el programa de Bad Goderberg aprobado en noviembre de 1959. Ya uno de los mentores económicos del SPD, Schiller, había propuesto "tanta concurrencia como sea posible, planificación cuando sea necesaria". Si los mercados eran dominados por una persona o un grupo era, según él, necesaria la intervención del Estado. En política exterior, el avance hacia un cambio de posiciones fue mucho más lento, pero Brandt, convertido en un símbolo después de que apareciera el Muro de Berlín, no dudó en decir que Alemania tenía necesidad de la protección de la OTAN y cumpliría sus obligaciones con ella. En 1961 daba ya la sensación de que el SPD estaba firmemente anclado en Occidente, mientras no estaba tan claro que Adenauer fuera a obtener tanto apoyo de los aliados respecto al Muro de Berlín. En 1959 Adenauer tenía 83 años y parece que pensó en retirarse a la presidencia federal aunque no acabó de hacerlo. En las elecciones de 1961 el SPD llegó al 36% mientras que la CDU se quedó en el 45% y el FDP llegó al 12%. El FDP, presionado por los buenos resultados económicos -Alemania había duplicado su producción en los últimos años- acabó aceptando un nuevo Gobierno de coalición y en adelante tendría cada vez mayor influencia en la política exterior. Por su parte, Adenauer prometió retirarse en el plazo de dos años. Durante ellos la relación con De Gaulle jugó un papel fundamental. El acercamiento franco-alemán resulta una paradoja si tenemos en cuenta que la zona de ocupación francesa había sido la más rigurosa para la población y que los franceses desde un principio se habían tratado de anexionar el Sarre. Pero a De Gaulle y a Adenauer, ambos católicos, demócratas y herederos de una cultura del siglo XIX esta posibilidad le resultó extraordinariamente atractiva. Desde el punto de vista alemán, la colaboración tenía problemas e incluso imposibilidades pues para Adenauer los norteamericanos debían seguir siendo el pilar esencial de la defensa alemana. De Gaulle, en cambio, tenía una visión sobre las relaciones con la URSS que no era incompatible sino similar a la de algunos de los partidarios de la Ostpolitik posterior. Para Adenauer el acercamiento a Francia era una manera de probar su malhumor contra los Estados Unidos pero en su partido hubo siempre una tendencia atlantista contraria a cualquier tipo de repudio a la entrada en Europa de Inglaterra. Para este sector, era esencial disponer de una fuerza nuclear europea ya que Alemania no la podía tener propia. Para De Gaulle el tratado de comienzos de 1963 evitaba que Alemania se entregara a Estados Unidos y para Adenauer evitaba que Francia pactara con Rusia. Así se generó un eje básico para la construcción europea aunque se basaba en malentendidos. A Adenauer le preocupó fuertemente su sucesión. Los jóvenes de su partido le quisieron hacer ver que era mejor una retirada dos años antes que un día demasiado tarde, aunque fracasaron. La imagen de Erhard, el candidato más verosímil, era maternal pero débil y el viejo canciller era demasiado ambicioso, manipulador y avaricioso de mando como para que no lo aprovechara para permanecer más tiempo en el poder. Fueron los escándalos los que facilitaron la transmisión de poderes. A fines de 1962 Der Spiegel lanzó una serie de ataques a Strauss, dirigente de la CSU y pieza fundamental del Gobierno, que pusieron en cuestión no sólo su política sino su honorabilidad. La mayor parte de las acusaciones carecieron de fundamento e incluso es posible que algunas fueran de procedencia soviética, pero un redactor jefe de la revista fue detenido, acusado de utilizar información confidencial y eso provocó que los liberales se negaran en adelante a gobernar con Strauss. Adenauer, al tener que dimitir, sintió "como si le arrancaran los brazos y las piernas". Cuando, en octubre de 1963, dejó el poder a Erhard su partido dijo de él que lo había hecho "sin ser vencido y sereno", pero lo segundo no era cierto. Sí lo era, en cambio, lo que el propio Adenauer aseguró, es decir, que su país había hecho un esfuerzo decisivo de integración en el mundo occidental. Eso resultaba ya irreversible.