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Desarrollo


La civilización micénica no significó la desaparición de los pueblos que suelen denominarse prehelénicos. Pelasgos, licios, carios, lidios, minoicos, léleges... dejan huellas significativas de que, en esos tiempos, seguían presentes en el territorio griego. La cultura revelada, en la mitología y en las tablillas, muestra caracteres que a veces se han considerado prehelénicos, aunque otras veces se definen como huellas de situaciones primitivas que no hay por qué identificar étnicamente. La caída de los palacios significaría una especie de renacimientos de tales aspectos primitivos, algunos de los cuales resultan ser los más duraderos, pues se habla de una pervivencia mitológica de lo micénico, a pesar de la desaparición de los aspectos políticos y militares. En Micenas se veneran las diosas-madre, en posición dominante en muchos de los cultos cuyas sedes se han conservado arqueológicamente, como en Eleusis. Aquí se conserva el culto de la madre Deméter y su higa Perséfone acompañadas de Triptólemo, en una trinidad característica de la adecuación de determinados cultos agrarios, en identificación clara con la tierra y los ciclos de la reproducción. Las tablillas hablan de la po-ti-ni-ya, que se ha identificado con potnia, epíteto que en el conjunto de la religión griega se atribuye a las grandes diosas y se especifica en Hera, que luego será esposa de Zeus, el dios padre que acumula el poder, posiblemente por lo menos desde los períodos originarios de la realeza patriarcal, aunque herede funciones propias de las tribus pastoriles de origen y tradición indoeuropeos.

También se atribuyen a época micénica los mitos de los héroes capaces de civilizar el mundo mediterráneo, como Teseo y Heracles, o de Edipo, donde la realeza masculina se construye en conflicto con las tradiciones matriarcales, lo mismo que en el caso del ciclo micénico, el de Agamenón, asesinado por su esposa y vengado por su hijo, que es perseguido por las divinidades femeninas vengadoras de los delitos de sangre, pero protegido por el dios patriarcal Apolo, convertido en tal después de apoderarse de Delfos, aunque también pertenecía a una trinidad de raigambre femenina, con Leto y Ártemis. Tras la caída del mundo micénico se conservó toda esta serie de tradiciones. Pero, sobre todo, se conservó la que hacía referencia a la expedición a Troya, reflejo para muchos del dominio micénico del Mediterráneo, el cual deja huellas en Sicilia, Asia Menor, Chipre, Rodas, las Cícladas, Ugarit, el que aparece citado por los textos hititas a nombre de Ahiyawa, traducción de Acaya, y que aparece igualmente entre los Pueblos del Mar como Akawas. La expansión máxima era ya para los antiguos el inicio de la decadencia. La leyenda decía que a la vuelta de Troya todos los héroes tuvieron que enfrentarse a la stasis, al conflicto interno dentro de la ciudad, a la lucha social que significaba el final del poderío de los reyes. La historia tiende a situar este final en el contexto de la crisis general del Mediterráneo oriental en el siglo XII, cuando también desapareció el imperio hitita y se configuró de nuevo la geografía política de la costa de Levante.

En esa crisis, los aqueos pudieron desempeñar un papel activo y pasivo al mismo tiempo, pues aparecen con los pueblos en movimiento, pero también resultaron, en sus estructuras, víctimas del conjunto de la crisis. Permanece vivo el problema de si fueron los dorios, la última oleada de griegos, quienes causaron el final de los reinos micénicos y destruyeron sus palacios. Se ha llegado a negar la invasión de los dorios. Sin necesidad de llegar a eso, se tiende más bien a considerar que la presencia doria resultó una realidad determinante de ciertas estructuras políticas y culturales al configurarse la época siguiente, pero que el fenómeno no fue el resultado mecánico de una invasión exterior, cuyos efectos tienden asimismo a contemplarse más bien como algo extendido a lo largo del espacio cronológico de la época oscura. De hecho, en ésta, el mundo micénico ha desaparecido.

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