Según la tradición, Licurgo sería el encargado de llevar a cabo la reforma institucional de Esparta, aunque parece más bien el resultado de la propia evolución de la ciudad. En el siglo VI a.C. se establecieron las instituciones tal y como hoy las conocemos, manteniéndose sin apenas cambios hasta el helenismo. La Asamblea y el Consejo eran los órganos de gobierno espartanos. La Asamblea se denominaba Apella y en ella se reunían los ciudadanos mayores de treinta años, con voz pero sin voto, rechazando o aprobando las propuestas que les eran planteadas por el Consejo de Ancianos, bajo la previa supervisión de los reyes y éforos. Entre las funciones de la Asamblea estaba la elección, por aclamación, de los éforos y la declaración de la guerra. El Consejo de Ancianos recibía la denominación de Gerusía; la componían treinta miembros de los que veintiocho eran mayores de sesenta años, ya que estaban licenciados de la milicia. Los otros dos miembros eran uno de los reyes y uno de los éforos, asistiendo al Consejo por turnos. La función de este organismo era consultiva, examinando todas las propuestas que eran planteadas a la Asamblea. Los Eforos controlaban el proceso político. Parece que su origen debemos buscarlo en los representantes de las cinco aldeas que conformaron Esparta tras su unión. Entre sus funciones estaba plantear las propuestas a la Asamblea así como juzgar a los reyes, jurando éstos ante los éforos que gobernarían según la legislación establecida. El poder ejecutivo estaba casi en manos de este organismo que también controlaba la administración y presidía la Asamblea. La cabeza institucional de Esparta estaba en manos de los reyes, la Diarquía, ya que desde la época arcaica se habían mantenido en el gobierno espartano dos reyes miembros de dos casas reales diferentes, los Ágidas y los Euripóntidas. Al gobernar al mismo tiempo se aseguraba la libertad de los súbditos, ya que tenían derecho de veto, ejerciéndolo cuando la decisión de uno de ellos fuera contraria a los intereses de la generalidad. En situación de conflicto bélico, los reyes ostentaban la comandancia suprema del ejército, aunque los éforos y un consejo militar controlaban sus decisiones. Desde el siglo VI a.C. la jefatura del ejército correspondía a uno de los reyes de forma alternativa, dirigiendo uno la campaña mientras que el otro se quedaba en Esparta para organizar la eventual defensa de la ciudad. Los reyes también tenían potestades religiosas.
Busqueda de contenidos
contexto
La escritura jeroglífica zapoteca, las tumbas reales y la arquitectura monumental señalan la existencia de una nobleza hereditaria. Las funciones públicas del grupo dirigente estuvieron sancionadas por el ritual; de manera que esta aristocracia hereditaria tuvo, como en buena medida ocurría entre los mayas de las tierras bajas, un carácter teocrático. Esta misma característica puede encontrarse en Teotihuacan, si bien aquí se desarrolló un estado más centralizado que los zapotecos y los mayas. Una amplia cantidad de actividades artesanales indica la existencia de segmentos sociales intermedios, máxime cuando algunos de ellos realizaron sus trabajos a tiempo completo. Las áreas de trabajo de ceramistas, lapidarios y trabajadores de concha nos muestran un amplio espectro de artesanos que constituyeron entre el 10 y el 15% de los residentes urbanos, aunque también estuvieron implicados en trabajos campesinos. Los individuos que fabricaron la cerámica gris pulida o los vasos de tecalli (travertina) parecen más especializados y tal vez ocuparon un nivel más significativo en la sociedad zapoteca. El otro segmento de población, compuesto por la gente común, vivió en chozas de adobe y se enterró en simples pozos debajo de los suelos de sus habitaciones. Los murales y las urnas funerarias han permitido identificar 39 dioses, la mayoría con nombres calendáricos. Once de ellos fueron de naturaleza femenina y la mayoría se agrupó en conjuntos de carácter funcional. Por ejemplo, el complejo del dios de la lluvia y de la luz diurna entre los que destaca Cocijo; el conjunto del dios del maíz, Pitao Cozabi; el dios supremo, creador del orden cósmico y del universo, Pije Tao; dioses serpientes que incluyen a Quetzalcoatl, Xipe Totec y otros.
contexto
La sociedad del siglo XVII presenta las mismas características que venían dándose desde la Edad Media. Como entonces, estaba integrada por dos estamentos privilegiados, uno por motivos religiosos, el clero, y otro por motivos políticos y sociales, el noble. Los que no pertenecían a ninguno de estos grupos formaban por exclusión un tercer estamento, el estado llano, el estado general o el tercer estado. Este esquema tripartito, justificado por la teoría política que proyectaba el orden celestial en la sociedad de la época, es sin duda demasiado simplista, ya que la realidad siempre fue más compleja al no existir unas fronteras precisas entre los estamentos. Si bien en teoría los no privilegiados sólo podían aspirar a formar parte del clero, que era un estamento abierto, en contraposición al de la nobleza, lo cierto es que a éste se accedía también por diversas vías: a través de matrimonios desiguales de nobles y plebeyos, mediante la exclusión en los padrones de pecheros o la adquisición de una regiduría, cuando no procedía el ennoblecimiento por concesión de los monarcas en recompensa de servicios prestados a la Corona. La depresión económica del siglo XVII contribuyó a incrementar la movilidad social de los individuos pertenecientes al tercer estado, de elevar socialmente a linajes oscuros, incluso a familias conversas, cuya promoción se vigilaba, sin embargo, con gran cuidado, como se comprueba con la promulgación de estatutos de limpieza de sangre y su estricto cumplimiento para poder acceder a las Universidades y los Colegios Mayores, a las dignidades eclesiásticas, a los concejos e incluso a los órganos de gobierno y administración de la Monarquía.
contexto
Estructura y contenido de la Historia de la nación chichimeca La Historia de la nación chichimeca es, como su nombre indica, una obra de carácter histórico, bien organizada y agradable de leer. Al igual que las restantes crónicas indígenas, parte le la creación del mundo y llega a la Conquista. Por desgracia, este valioso manuscrito no está completo, pues se interrumpe cuando Cortés se dispone a iniciar el sitio de la bella capital azteca. Consta de 97 capítulos subdivididos en dos partes. La primera, que incluye los 76 primeros capítulos, trata la historia prehispánica desde una perspectiva sincrónica. Así, por sus páginas desfilan los diferentes pueblos que poblaron el Anahuac; tolteca, chichimeca, azteca... La segunda parte comprende 19 capítulos, que describen la acción de la hueste cortesiana. Podría pensarse, dado su carácter fragmentario, que el plan original incluía una tercera parte de tipo etnográfico. Aunque no se puede descartar tal hipótesis, ya que la descripción etnológica es una constante de la crónica indiana51, carecemos de datos al respecto. Lo más probable es que la narración finalizase bien con la caída de Tenochititlan, bien con el regreso de Cortés de las Hibueras, fecha que abre un nuevo período en la historia de México. Fecha de elaboración El escrito de D. Fernando, cuyo posible título original fue Historia general de la Nueva España52, debe considerarse una obra de madurez, puesto que, sin el menor género de dudas, nos encontramos ante el último trabajo de Ixtlilxochitl. Respecto al tiempo que el tetzcocano dedicó a la Historia, Alfredo Chavero afirma que nuestro autor la dio terminada después de treinta años (1610-1640)53. Más prudente, Edmundo O'Gorman se limita a señalar que no poseemos datos para aventurar fechas54. Según él, el examen del libro sólo permite asegurar que el capítulo XLIX debe ser posterior a 1615, por que en sus páginas se cita la Monarquía indiana del franciscano Juan de Torquemada, obra publicada este año55. El manuscrito Como ocurre con tantos otros manuscritos mexicanos, el original de la Historia de la nación chichimeca ha desaparecido. Se sabe que perteneció a D. Carlos de Sigüenza y Góngora --el sabio sobrino de Luis de Góngora y Argote--, pues se lo regaló, junto con otros documentos, su íntimo amigo Juan de Alva Ixtlilxochitl, el hijo del historiador56. Tras la muerte de Sigüenza, ocurrida en 1700, el manuscrito pasó a la biblioteca del Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo, una entidad educativa de la ciudad de México regentada por la Compañía de Jesús. Allí pudieron consultarlo dos grandes mexicanistas del siglo XVIII, D. Lorenzo Boturini Benaduci y el abate Francisco Javier Clavijero. El documento desapareció antes de que mediase la centuria. Ahora bien, Boturini en su Catálogo del Museo Indiano proporciona una inquietante noticia: el ejemplar de la biblioteca jesuítica es copia57. ¿Quiere esto decir que Sigüenza no donó el original sino una transcripción? La historia de la obra de Ixtlilxochitl se inicia con la pérdida temprana del manuscrito autógrafo y continúa con la desaparición de las copias del siglo XVIII. Así, el traslado efectuado por Boturini se encuentra en paradero desconocido, si bien Mariano Fernández de Echeverría y Veytia logró sacar un trasunto de él en 175558. Por supuesto, la copia de Veytia se extravió; pero, afortunadamente, un religioso seráfico, fray Manuel Vega, incluyó una transcripción de la misma en la recopilación documental que hizo en 1792. La Historia de la nación chichimeca figuraba, junto con otros documentos, en el volumen trece de la copiosa Colección de memorias de la Nueva España59. Para los antiguos mexicanos, el número trece no tenía ese carácter nefasto que el vulgo occidental le atribuye, y desde luego, no les faltaba razón, porque el trabajo del P. Vega logró escapar de los tres grandes peligros que acechan a los manuscritos antiguos: la destrucción, el traspapelado y la bibliomanía. Claro está, no fue el dios desconocido de Nezahualcoyotl quien hizo posible este milagro, sino la previsora burocracia hispánica, que efectuó una copia por triplicado. De los tres ejemplares de las Memorias de la Nueva España, el primero se envió a la Península y hoy se conserva en la Real Academia de Historia. El segundo quedó en poder de la Secretaría virreinal pasando, tras la independencia de México, al Archivo General de la Nación. Peor suerte corrió la reproducción destinada a la Orden de San Francisco, ya que desapareció del convento grande de San Francisco de México y --misterios de Clío-- apareció en los archivos generales del madrileño Ministerio de Hacienda60.
contexto
El valor conferido a la portada en la arquitectura hispánica, especialmente durante el Barroco -la combinación de una tectónica estática con unas portadas exuberantes- parece, a primera vista, una limitación de unos planteamientos barrocos reducidos a un mero retablismo decorativo. Lo cual sería cierto si el Barroco se definiera desde un único modelo como, por ejemplo, el Romano o haciéndolo derivar de una serie de categorías plásticas cerradas en sí mismas. Pero una definición establecida desde estos supuestos anularía el fundamento mismo de la arquitectura de los siglos XVII y XVIII debido a que el análisis del Barroco sólo puede emprenderse desde su consideración como una suma de opciones plásticas.Es evidente que en el Barroco hispánico no existe una tendencia generalizada que desarrolle una concepción dinámica y expresiva del espacio, mientras que, en cambio, sí existen tendencias igualmente barrocas en las que la combinación de estructura y decoración crea un efecto igualmente sensorial y persuasivo. En este sentido, la idea espacial que preside los interiores así como el tratamiento dado al paramento no es una mera pervivencia renacentista aplicada por inercia. La planimetría de los muros, el fundamento reticular de las plantas, la estaticidad tectónica de los edificios, no son sólo la consecuencia de una ignorancia de las posibilidades dinámicas del muro, sino, por el contrario, "el desarrollo intencionado de un contrapunto" en el que los elementos específicos de cada componente adquieren mayor acento y eficacia. En cambio, en Brasil, donde a causa del importante desarrollo económico tiene lugar una potente arquitectura durante el siglo XVIII, caracterizada por una retórica expresiva basada en una concepción del espacio dinámico, las decoraciones de las portadas se reducen a meros marcos decorativos de los accesos (iglesia del Rosario de Ouro Preto, catedral de Olinda).En las principales realizaciones del Barroco hispánico, portada y estructura no se comportan como elementos independientes. El sentido de la ornamentación se acentúa por el estatismo de la estructura entendida como soporte, articulando una unidad similar a la que en un libro desarrolla la relación entre texto e ilustración. Las portadas y los retablos, con sus programas iconográficos y sus recargadas composiciones, no fueron un elemento gratuito por cumplir una función arquitectónica precisa como medio visual de persuasión.La expansión de esta concepción fue común a la arquitectura hispanoamericana. Y cuando hallamos un grupo de edificios en los que se siguió otro planteamiento fue debido a que existieron condicionantes concretos que exigieron otra solución. Es el caso de la arquitectura de Antigua (Guatemala), condicionada por la necesidad de contrarrestar los efectos destructores de los terremotos. Las iglesias son poco elevadas y la portada-retablo pierde su condición de núcleo destacado para extenderse a toda la fachada que, de este modo, resulta compacta, reducida y sólida como las de las iglesias de Santa Clara, Santa Cruz y El Carmen. Tampoco faltaron edificios en los que se desarrolló un esquema distinto de fachada debido a razones de índole formal como San Francisco de Quito, en el que los planteamientos manieristas de raigambre italianizante hacen que la portada y la fachada se proyecten como una unidad formal. Las obras de construcción de San Francisco de Quito se iniciaron en 1564 y se concluyeron en 1581. Para salvar el desnivel con la plaza se trazó una escalinata, derivada de la proyectada por Bramante para el Belvedere y difundida por el grabado de Serlio. Fachada, portada y escalinata se proyectaron como una estructura unitaria e indivisible.Ahora bien, esta solución no marcó la tónica de los desarrollos más generalizados de la arquitectura iberoamericana. Paulatinamente en las portadas se fueron configurando unos planteamientos y tipologías cada vez más autónomos. Un claro ejemplo de este proceso lo constituye la fachada de la iglesia de San Francisco de Lima, comenzada en 1657 y consagrada en 1673, cuyas torres se hallan decoradas con un almohadillado cuyo relieve alterna en hiladas pero que, a diferencia de lo que ocurre en Quito, permanece como algo específico de la tecnología del edificio, sin conexión con la portada proyectada como un retablo exterior independiente. En la portada se condensa un juego decorativo propio de retablo con rasgos que configuran una tipología específicamente peruana. En realidad, en la portada de San Francisco de Lima cristalizaba la experiencia iniciada con anterioridad por Pedro Noguera en la portada de la catedral de esta ciudad cuando sustituye a Arrona e introduce en el segundo cuerpo el típico frontón curvo partido del Barroco peruano que alcanzará una rápida difusión en retablos y portadas como la de la iglesia de la Compañía en Cuzco, comenzada en 1651.La proliferación de construcciones religiosas con estas pautas dio lugar durante los siglos XVII y XVIII a una auténtica inflación de portadas-retablos, en las que la imitación de los modelos más prestigiosos desplazó la diversidad hacia el empleo reiterativo de unas tipologías precisas. Así, las portadas del tipo descrito de las iglesias de San Sebastián de Cuzco, que estaba acabada en 1676, y la de San Pedro de esta misma ciudad (iniciada en 1688 y concluida a principios del siglo XVIII), continúan disciplinadamente el desarrollo del modelo. Aunque este tipo fue el más difundido en Perú y al que pertenecen las portadas de las iglesias de Lampa y San Jerónimo de Asillo (Puno), también se produjeron realizaciones, como la portada de la iglesia de las Trinitarias de Lima (1720), en las que, sin abandonar los rasgos definidores de esta tipología, se combinan elementos decorativos y constructivos derivados de un esquema independiente.
contexto
El bagaje informativo que tenemos para la reconstrucción histórica del Antiguo Reino (mejor que Imperio Antiguo, porque no estamos ante una organización imperial) es verdaderamente parco en lo referente a los aspectos estructurales. Por ello, debemos contentarnos con realizar una aproximación que proporcione una idea, aunque sea incorrecta, mediante los datos disponibles, un elenco seleccionado por los transmisores que no supera los límites de la casuística, convertida en teoría por la buena voluntad de los estudiosos. En la concepción de los egipcios el faraón se encuentra fuera del orden social pues en realidad pertenece al ámbito divino, desde el que se encarga del buen funcionamiento del culto. Los sacerdotes no son más que delegados que actúan en nombre del faraón, el único que puede construir edificios sagrados. En este sentido el faraón es una institución ocupada temporalmente por un mortal que adquiere su rango divino por ejercer la función real. Esto es lo que significa el nombre de Horus, ya que en realidad el faraón es Horus, temporalmente designado con el nombre del monarca correspondiente, que suele tener un significado programático, según hemos constatado en algunas ocasiones anteriormente. El gobierno del faraón está asistido por Maat, una abstracción divinizada como hija de Ra, que significa Verdad y Justicia, pero que en realidad es el referente del orden cósmico surgido tras la aparición del sol; Maat es de este modo la antagonista del líquido marginal, se trata de una interacción de fuerzas que garantizan el orden universal, desde el movimiento de los seres celestes a la regularidad de los fenómenos vinculados a las estaciones o la cadencia de los días y que, en consecuencia, afecta a la concordia de los vivos, que se logra a través del respeto a las relaciones sociales establecidas por los dioses en la tierra. Maat conjuga así el orden cósmico y el ético en la voluntad del faraón, arquetipo antagónico del caos exterior. Éste es pues, el fundamento de la conservadora ideología egipcia que identifica cualquier acto contra la voluntad del soberano como aberrante sacrilegio. Y puesto que la posición del faraón se basa en la explotación del trabajo ajeno, Maat no hace más que sublimar la explotación y eliminar cualquier posibilidad de reacción. El concepto de Maat es tan útil para el poder faraónico que nunca será objeto de discusión, ni en los momentos de mayor debilidad del poder absoluto. En el Decreto de Dahshur, Pepi I distingue dos grupos sociales claramente diferenciados. Por un lado está la clase dirigente constituida, al margen del faraón, por las reinas, los príncipes, los nobles y los funcionarios; por otro, se encuentran los dependientes. Durante la V dinastía se añade a esta división un nuevo elemento, el sacerdocio solar. A partir de entonces, la cultura egipcia considera que su sociedad está integrada por tres grupos que responden a los conceptos de nobleza, sacerdocio y pueblo. Existen ciertas posibilidades de movilidad social, pero las promociones individuales no podían ser norma. Los dependientes no pueden ser considerados como esclavos en el sentido que la Antigüedad clásica otorga al término. Se trata del conjunto de la masa productora a la que son ajenos los medios de producción y que en su calidad de no propietarios tienen mermadas sus posibilidades personales, careciendo esencialmente de derechos políticos, de ahí su falta de independencia económica y social. En su mayor parte son trabajadores agrícolas (en este sentido se habla de servidumbre territorial) susceptibles de ser reclutados para servicios obligatorios de carácter temporal, como obreros para la construcción de los monumentos faraónicos o como soldados. Una parte considerable de la población quedaba exonerada del reclutamiento porque estaba destinada a lo que conocemos como fundaciones, por ejemplo, el servicio del complejo funerario de un monarca -que abarca desde las tierras cuyo producto garantiza la perpetuación del culto y el mantenimiento del complejo hasta el personal a él adscrito- constituye una fundación. En el seno de las fundaciones se reproduce la división social, pues sacerdotes y funcionarios encuentran en ella una posición de privilegio frente a los dependientes. Más allá del grupo de los dependientes se sitúan los atados de por vida, término con el que se designa a los prisioneros de guerra. Estos empiezan a abundar con motivo de la generalización de las campañas exteriores, especialmente a partir de Snefru. La obtención de mano de obra al servicio del estado constituye, pues, uno de los objetivos de las empresas militares, que en principio son organizadas por el faraón, pero que paulatinamente se van descentralizando en beneficio de las aristocracias locales, como expresión de la disgregación del poder central a finales del Antiguo Reino. Precisamente a partir de estas apropiaciones comienza la servidumbre personal que se va haciendo más extensa, ya que integra no sólo al enemigo exterior, procedente del mundo del caos, sino también a los hijos -preferiblemente hijas, como declara abiertamente la autobiografía de Henqu en Deir el-Gabraui- de los dependientes que viven en las aldeas rurales, es decir, en el ámbito antaño protegido por Maat, cercano ahora al caos, por el abuso de los funcionarios. Da la impresión, pues, de que la estructura social se modifica a finales del Antiguo Reino con el incremento de la esclavitud entendida no ya como individuo dependiente, sino sometido, y a ese estatuto jurídico quedarán sujetos sus descendientes, mecanismo que garantiza la reproducción del nuevo grupo social con costos menores a los de las campañas bélicas. La mayor parte de la población estaba dedicada a tareas agrícolas, trabajaba los campos que eran de titularidad real, aunque el monarca tenía la potestad de hacer donaciones que transformaban en enajenables determinados lotes de tierra. Incluso está documentada la herencia de particulares, de donde se deduce que la propiedad privada era una realidad ya en el Antiguo Reino, aunque no podemos intuir su incidencia en el conjunto global del suelo que probablemente conocía otra modalidad, la de las tierras pertenecientes a las comunidades de aldea. En buena lógica, el proceso de unificación habría reducido o eliminado esta modalidad por la fuerza de la conquista, pero las circunstancias políticas particulares harían posible la pervivencia de estas propiedades colectivas, que quedarían gravadas en función de su productividad. Otra importante actividad agraria es la ganadería, que ocupa una buena cantidad de mano de obra. Aparentemente el granado vive en un estado de semilibertad en los márgenes de las tierras cultivables, lo que hace difícil someterlo a cómputo para los archivos reales. Una parte de la cabaña vive en granjas agrícolas de propiedad real, que tienen como función abastecer de carne a la corte y sus dependientes. No obstante, la caza y la pesca aún participan activamente en la dieta alimenticia de los egipcios, especialmente entre los dependientes. Las contribuciones tributarias a las que están sometidas todas las unidades de producción garantizan a la corona la obtención de un extraordinario excedente que se destina tanto para la alimentación de la clase improductiva y sustento de los trabajadores dependientes, como para asegurar los intercambios. Las relaciones del faraón con los príncipes extranjeros se fundamentan en la economía del don-contradón, procedimiento diferente a la compraventa o al trueque, que caracteriza el intercambio entre aristócratas y que es el mecanismo habitual en el Próximo Oriente hasta bien avanzado el I Milenio. Un monarca hace un regalo a un igual consistente en bienes de los que el homenajeado carece; la contrapartida no será necesariamente inmediata, pero cada parte espera ser recompensada para que no se rompa el equilibrio de los regalos. El trueque, por el contrario, es la forma de intercambio popular. Pero la actividad comercial no es el único procedimiento para obtener los bienes de los que el país carece. La guerra y las expediciones tienen la misma finalidad, según se ha adelantado ya, para conseguir, por ejemplo, mano de obra. Los tributos y la mano de obra constituyen el elemento básico que permite afrontar los trabajos más imperecederos y que caracterizan más que ningún otro al Antiguo Reino: las pirámides. Parece una idea arraigada en la mentalidad popular que las pirámides surgen repentinamente en la cultura egipcia; sin embargo, hemos de adelantar que son producto de un largo proceso de ensayos que se van sistematizando hasta lograr óptimos resultados. Fue necesario el concurso de múltiples factores para que se produjera tan espectacular final. Por una parte, hacía falta un sistema político de carácter teocrático fuertemente anclado en la estructura social y sometido a una economía de corte férreamente centralizado; ya hemos visto cómo en Egipto se había fraguado este requisito. Por otra parte, era imprescindible la capacidad de control sobre un excedente de producción suficientemente grande como para afrontar las inversiones necesarias en la construcción. Finalmente, se necesitaba una cantidad de mano de obra apropiada para atender todos los trabajos relacionados con la construcción del monumento además de la necesaria para garantizar la producción de alimentos y los servicios relacionados con la reproducción del sistema. Las condiciones objetivas para responder positivamente a todos esos imperativos se habían ido estableciendo paulatinamente desde quinientos años antes, con la unificación del territorio. Ya se ha adelantado cómo puede ser esa la clave que justifique la diferencia funcional entre la pirámide egipcia y el zigurat mesopotámico. En cualquier caso, la primera pirámide introduce una novedad extraordinaria en la arquitectura funeraria egipcia con el empleo de la piedra, traída desde muy lejos, frente al ladrillo de adobe. La pirámide escalonada de Sakkara está en un recinto de 545 x 278 metros, protegido por una gruesa muralla de piedra con torres al exterior. El espacio interior tiene una doble función: por una parte está al servicio del festival sed y, por otra, está destinado a servir de morada al ka de Djeser. El ka es una manifestación de las energías vitales que se libera en el momento de la muerte y que se reconoce en las estatuas del difunto depositadas en la tumba, constituyendo así un doble espiritual de su propietario con vida propia desde ese instante, de ahí la importancia de los templos funerarios. Con la IV dinastía cambia radicalmente la forma de la tumba real, ya que en lugar de ocupar la parte central del recinto funerario, se sitúa en el extremo de una secuencia arquitectónica lineal, que arranca de la llanura aluvial, donde se construye el templo del valle. El espacio dedicado al festival sed desaparece y en su lugar se incrementa la importancia del recinto como lugar de ofrendas, sobre todo de alimentos, pero también de todas las cosas agradables para el ka del faraón, y como lugar de acogida de sus estatuas. Definitivamente la pirámide se consagra como homenaje al sol y no en vano es el momento en el que aparece Re en escena, formando parte, incluso, de la onomástica faraónica. El dios sanciona la actividad constructiva del faraón, que por medio de su fastuoso monumento se convierte en el regulador del trabajo y de la alimentación de una gran masa social. El excedente que proporciona el fertilísimo suelo nilótico permite sustraer un contingente enorme de fuerza laboral del trabajo productivo que es alimentado por medio de raciones entregadas por la administración estatal a cambio de su participación temporal en la construcción del monumento funerario del faraón. Quienes se muestren incrédulos sobre la capacidad humana para la realización de tales monumentos tienen junto a las pirámides los restos de los poblados que ocuparon sus mortales constructores.
contexto
Resulta ya tópico señalar la primacía de la agricultura en todas las economías preindustriales. La tesis clásica sobre la crisis o transformación de Occidente durante estos siglos propugna como elemento característico la ruralización. No obstante, el análisis de la vida rural en esos siglos debe realizarse a un doble nivel. En primer lugar examinaremos lo que podríamos considerar elementos portantes del mundo rural de la época: la tierra, los instrumentos tecnológicos de su explotación, los objetivos de esta última y la incidencia, sobre ella, de las catástrofes naturales. En segundo lugar habremos de analizar la cuestión esencial de la estructura de la propiedad, problemática que encierra también la del análisis de la fuerza de trabajo humana y la de los grupos humanos beneficiarios de dicha estructura de la propiedad. Es indudable que un estudio del paisaje rural del Occidente de la época presenta serias dificultades. A la gran diversidad geográfica y de tradiciones históricas de sus distintas áreas, se une una documentación pobre y la desigual distribución geográfica de las escasas monografías sobre el particular. Sin embargo, y aun con el riesgo de omitir matizaciones locales de interés indudable, se podría afirmar la necesidad de distinguir en el estudio del paisaje de estos siglos dos grandes áreas geográficas. Mientras que una de ellas estaría formada por las tierras ribereñas o cercanas al Mediterráneo -norte de Africa; prácticamente la totalidad de las penínsulas Ibérica e Itálica, con sus islas adyacentes; mediodía y centro de la Galia-, la segunda la constituirían las tierras continentales de la Europa central o septentrional: las Islas Británicas, norte de la Galia, Alemania y países danubianos. Las diferencias, a veces muy notables, que se atisban en esa época entre ambas zonas no han de circunscribirse únicamente a la oposición, tradicional en la historiografía de la primera mitad del siglo XX, entre paisaje romano y paisaje germano. Según esta oposición, el primero se caracterizaba por un hábitat concentrado, el latifundio individualista, el predominio de la cerealicultura de rotación bienal y los cultivos de plantación -viñedos y olivares, principalmente-, una ganadería subsidiaria o, en todo caso, integrada en la explotación agrícola, y una importancia secundaria del bosque, degradado y reducido a las zonas marginales. El paisaje de tipo germano se caracterizaba a su vez por un hábitat disperso (Einzelhof) o agrupado en aglomeraciones aldeanas muy irregulares (Haufendorf), la existencia de imperiosas tradiciones colectivistas, tanto en el cultivo de los campos con rotación trienal (Flurzwang) como en la explotación comunitaria de los bosques y prados (Allmende), y una gran importancia de la ganadería, cuando menos equilibrada con la de los cultivos, entre los que no faltaban los de plantación. Pero no es sólo que este cuadro tradicional del paisaje germano haya sido sometido a profundas revisiones. Al respecto piénsese en la acertada modernidad de la debatida "Markgenossenschaft", y a matizaciones de tipo local, con la fundamental diferencia entre la Germania occidental y la oriental, o cómo actualmente se presta mucha atención a las imposiciones derivadas, para una agricultura muy poco tecnificada, de los diferentes tipos de suelos, del clima, del relieve, de la hidrogafía, de las tradiciones campesinas, etc. Si nos fijamos en el área mediterránea antes señalada, la característica esencial de su paisaje rural en esos siglos (V-VII) era sin duda el conservadurismo; es decir, la perduración de los elementos típicos del paisaje de época romana. Si comparamos mapas del área mediterránea en ambas épocas veremos que casi siempre se mantuvo la vieja red de núcleos urbanos heredada de los tiempos romanos. Conservadurismo que se veía favorecido por los usos administrativos, por las conexiones fluviales y por la red de calzadas romanas. Esta última se mantuvo plenamente en uso durante estos siglos, sobre todo en el caso de las dos grandes penínsulas mediterráneas. En el Reino visigodo hispano el mismísimo cursus publicus (transporte estatal) se mantendría, como mínimo, hasta mediados del siglo VII. Tan sólo de forma local -y, por lo tanto, con una tipología muy varia e irreductible a cualquier esquema- se podrían señalar ciertas modificaciones, tales como desmembramiento de los territorios cívicos, con el consiguiente surgimiento de nuevas cabezas de distrito, transferencia de los puntos de gravedad de una localidad a otra, etc. Cambios que, además de ser minoritarios, se nos aparecen en la mayoría de los casos como el resultado de tendencias evolutivas surgidas mucho antes. De este modo, si como consecuencia, al parecer, de las inseguridades políticas de la época en ciertos territorios -en Italia, y en la Narbonense y Provenza, en la Galia- se observa una renovada vitalidad de los pequeños núcleos fortificados (castra, o castella), que se convirtieron en foco de atracción de población y económicos, con frecuencia se trataba en realidad de la reocupación de antiguos oppida prerromanos, cuyo abandono nunca había sido total. Y aún más; en los territorios antes citados, la típica proliferación altomedieval de poblamientos concentrados y situados en zonas altas se vio impulsada en un momento posterior por la piratería y las invasiones sarracenas y húngaras. En la época que nos ocupa tampoco parece que pueda considerarse como un elemento claro de ruptura la proliferación de agrupamientos aldeanos, es decir, de un hábitat interurbano esencialmente concentrado, al que las fuentes de la época aluden con términos ambiguos y diversos: locus, vicus, casal, etc. En la Galia o en la Península Ibérica la arqueología nos demuestra con frecuencia la continuidad, en aquellos siglos, de la vieja aldea céltica prerromana. Más característica podría ser la trascendental transformación del centro señorial del antiguo latifundio romano en un agrupamiento aldeano nuevo, que posiblemente estaría relacionada con una alteración, que vendría ya de antes, de los modos de explotación. Esta mutación se reflejaría en la ambigüedad y en el cambio de significado del término villa. Palabra que pasó principalmente a designar a una subdivisión del territorio de una ciudad, en la que podía haber un propietario fundiario dominante y una agrupación de tipo aldeana habitada tanto por campesinos dependientes de ese propietario como otros libres. Pero el elemento que tuvo una importancia fundamental fue la cristianización del hábitat rural. En los antiguos vici surgieron iglesias rurales, dotadas con un clero propio y cada vez con mayor autonomía, que, con el tiempo, se constituyeron en cabezas de una determinada circunscripción eclesiástica, con hondas implicaciones en la vida de sus respectivas comunidades de fieles. Sin embargo, en las penínsulas Ibérica e Itálica todavía no había surgido en el siglo VII una verdadera organización parroquial, a diferencia de lo ocurrido en la Galia. Por su parte, en los antiguos establecimientos señoriales surgieron muy pronto edificios de carácter religioso -con frecuencia simples oratorios o martyria-, construidos y dotados por cuenta de un gran propietario, que ejercía sobre ellos, cuando menos, un derecho de patronato (en la España visigoda) o de verdadera propiedad. Fue así como tales basílicas se constituyeron en centros de referencia y aglutinación de las aldeas que fueron surgiendo en las antiguas villae. El conservadurismo del paisaje también tuvo gran importancia en las zonas dedicadas a la explotación agrícola. En las áreas llanas y fértiles, con una implantación rural fuerte, las huellas de la catastración y centuriación romanas marcaban poderosamente el ager, o tierra de cultivo. La red cuadriculada delimitada por los caminos y las derivaciones para el riego aún se puede observar en los territorios de las antiguas colonias romanas de Italia, España y Francia. Con frecuencia, las legislaciones de los nuevos Estados de Occidente pusieron especial cuidado en la conservación de los antiguos mojones y delimitaciones de los campos. Lo cual era necesario ante el mantenimiento en bastantes Estados -visigodos en la Galia e Hispania, ostrogodos en Italia, y vándalos en África- del típico sistema impositivo de la capitatio-iugatio del Bajo Imperio. Aunque las particularidades geográficas podían imponer matizaciones locales, también parece posible suponer, a partir fundamentalmente de textos de carácter legal, que en todos estos países de la zona mediterránea existía un determinado tipo de articulación del espacio agrícola cultivado dentro del paisaje rural; el cual había sido heredado también, en gran medida, del periodo romano. Como una especie de primer círculo en torno a los núcleos de habitación campesinos estaban los huertos. Éstos tenían un carácter familiar, formaban una especie de unidad indisoluble con la vivienda campesina, que era una simple choza de madera o adobe y techo de paja, servían tan sólo para subvenir a las necesidades domésticas en hortalizas y solían encontrarse rodeados de setos o empalizadas, como defensa frente a los animales domésticos, cuya salvaguardia los códigos legales de la época procuraban cuidadosamente. Más allá de este estrecho círculo de huertos y también de jardines, en el que la extrema parcelación era la regla, se extendían en las áreas de ocupación agrícola antigua y extensa los espacios más amplios de los viñedos, los olivares y las tierras de labor. Si estas últimas eran más numerosas y amplias, también se daban grandes extensiones compactas dedicadas a la vid, que con frecuencia en Hispania o en la Galia recibían la denominación de colonia, o al olivar. Parece que en el área mediterránea era frecuente -la legislación visigoda permite afirmarlo para España y el sur de la Galia, y la lombarda, para la Italia septentrional- que en este segundo y amplísimo círculo del área cultivada dominase un claro régimen de "open fields" (campos abiertos); lo cual no se puede considerar en absoluto una novedad atribuible a los invasores germánicos. Tan sólo se levantaban débiles defensas -fosas o empalizadas a lo sumo- para impedir el libre deambular de los ganados, y ello de forma estacional. A continuación de las tierras de cultivo se extendía la tercera franja de extensión muy variable según la naturaleza del terreno y la antigüedad de la ocupación campesina, formada por los baldíos y yermos, por los prados artificiales o naturales y por los bosques. Si los prados artificiales, privados y rodeados de defensas, constituían una zona de transición, junto con toda una serie de roturaciones campesinas pioneras (clausurae), los bosques y los pastos naturales con frecuencia solían ser el objeto de una explotación comunitaria y proporcional por parte de los miembros de la comunidad aldeana de la que dependían, siguiendo las modalidades seculares del compascuus romano. Con la excepción de ciertos sectores de geografía particularmente agreste o húmeda, los bosques y los pastos naturales constituían así una amplia reserva subexplotada a consecuencia de las insuficiencias demográficas y de la tecnología agrícola. El bosque, además de ser el lugar de una actividad marginal como la caza, constituía también una fuente de aprovisionamiento de algunas materias esenciales para el desarrollo de la sociedad campesina de la época: la miel, único edulcorante conocido, la leña y la madera para la construcción. También era utilizado para la cría del ganado porcino en régimen de montaranza, de gran importancia y objeto de especial atención en todas las leyes de la época, ya que constituía la principal, y muchas veces única, fuente de aprovisionamiento de proteínas y grasas animales para la población campesina. Ello era debido a que en toda la zona mediterránea, salvo en las áreas de montaña, la ganadería equina y bovina continuó siendo escasa y utilizada fundamentalmente como fuerza de arrastre, a pesar de la altísima valoración del caballo como instrumento de guerra o de los intentos de aumentar la cabaña bovina en ciertos dominios. Si en la estructuración de las áreas cultivadas y los baldíos el conservadurismo con respecto al periodo romano fue notable en toda la zona mediterránea, otro tanto podría afirmarse en lo tocante a las especies cultivadas. Las diversas reglas monásticas permiten conocer el tipo de alimentación generalizado en la época. Ésta seguía basándose fundamentalmente en los cereales panificables y en el vino, a los que se unían algunas leguminosas y hortalizas para acompañar a los primeros (companagium ), y el aceite como grasa fundamental. Aunque dificultades climáticas insalvables y la rarificación del comercio alimenticio hicieron que el aceite se viese progresivamente sustituido en las áreas montañosas continentales y septentrionales de los países mediterráneos por grasas animales, el Occidente europeo no renunció nunca al pan y al vino, pues estos alimentos se habían convertido en básicos gracias a la herencia de Roma y al propio Cristianismo. A este respecto es importante señalar que en estos siglos se produjo una progresiva extensión de la viticultura desde las zonas mediterráneas a otras poco aptas, en principio, a causa de su altura o latitud; difusión en la cual no se puede despreciar en absoluto el papel desempeñado por las órdenes monásticas. También es necesario señalar que los cereales panificables más comunes eran, antes que el trigo -y, sobre todo, que el trigo candeal (triticum distinto del far adoreum)-, la cebada o el centeno; cereales de menor calidad, pero más rentables y mas resistentes a los climas húmedos y secos o a los suelos de montaña. Los datos con que contamos para la reconstrucción del paisaje en las áreas no mediterráneas de Occidente son mucho más escasos. En todas ellas -pero fundamentalmente en Inglaterra y en el antiguo país germano- la red de núcleos urbanos o nunca existió o quedó muy debilitada tras las invasiones; además, el nuevo poblamiento germánico hizo surgir una nueva red de asentamientos rurales que, en el caso de Inglaterra, con frecuencia no se apoyaba en la vieja red de calzadas heredada de Roma. De este modo el paisaje rural en esas áreas se ordenó en torno a dos tipos fundamentales de agrupación preurbana: los wik y los castella. Situados en las orillas de los grandes ríos o en la costa, los wik eran centros de almacenamiento de bienes de consumo, mientas que los castella, situados en lugares estratégicos desde el punto de vista militar, albergaban al poder político-administrativo y servían de refugio para la población de su entorno geográfico. Estos castella eran con frecuencia los herederos de los antiguos núcleos urbanos romanos. Alrededor de ellos se asentaba una población rural agrupada en aldeas, por lo general de dimensiones reducidas (Weiler) -a veces no contaban con más de tres hogares campesinos (así en el valle del Lippe)-, aunque en determinadas áreas predominaba el hábitat de tipo disperso, como era el caso de la zona del Bajo Rin y en Westfalia, o del tipo de asentamiento señorial inglés, con residencias fortificadas denominadas burh. No obstante, el paisaje germánico se distingue del mediterráneo sobre todo por la muy diferente proporción existente entre la zona cultivada y los baldíos y el bosque. Este último ocupaba grandes extensiones de terreno que separaban -a veces constituían barreras casi insalvables- unas aldeas de otras. El mismo fenómeno se daba también en las áreas de anterior, aunque débil, implantación rural romana, como Inglaterra, Flandes y la ribera derecha del Rin. En las zonas orientales del Reino franco las leyes de los alamanes o de los bávaros nos permiten discernir para el siglo VII una preponderancia de la ganadería y la explotación marginal del bosque, incluso en el caso de los grandes dominios laicos o eclesiásticos. En cambio las tierras de cultivo eran más reducidas, limitándose a las zonas más cercanas a las aldeas y a las más fértiles, de suelo pesado y profundo. En estas tierras, más allá del área dedicada a los huertos familiares, siempre cultivados, se organizaban cultivos cerealícolas limitados, dispuestos en grandes franjas (Streifen), cada una de las cuales correspondía a una explotación campesina. Dominaba por completo el sistema de campos abiertos, con prácticas muy enraizadas de tipo comunitario para la delimitación de trozos homogéneos de barbecho y de cultivo, y aun de cereal de invierno y de primavera, o para la roturación de nuevos espacios, según un sistema de rozas periódicas. Sin embargo, si en la organización del hábitat rural, en los tipos de cultivo y en la importancia respectiva de la explotación agrícola y ganadera se pueden señalar ciertas diferencias significativas entre los países mediterráneos y los germánicos, era común a ambos el bajo nivel tecnológico, con su corolario de rendimientos muy débiles por superficie cultivada. En líneas generales podría afirmarse que tal nivel tecnológico venía impuesto por la especial estructura de las relaciones de propiedad y de distribución de bienes en esos siglos. La preponderancia de las pequeñas unidades autónomas de producción en la agricultura y la rarificación del comercio alimentario impulsaban el policultivo y la autarquía, con sus secuelas de bajos rendimientos. Pero la débil demografía imponía un freno a la ampliación ilimitada de la agricultura de tipo extensivo. Limitación tanto más grave en la medida en que el trabajo humano y el barbecho seguían siendo los principales métodos de bonificación de la tierra en aquella época; de tal forma que no todas las explotaciones agrícolas contaban con el necesaria ganado mayor para labrar las tierras, y esta escasez -sobre todo en las regiones mediterráneas- reducía también notablemente la posible utilización del abono animal. Al tiempo que el mismo ganado, en las zonas de predominio de los "open fields", imponía un límite a otras prácticas conocidas de bonificación, como la escarda o la quema de rastrojeras. Aunque los campesinos de Occidente habían heredado del mundo romano todo un especializado instrumental agrícola, su utilización debía verse limitado en gran medida a consecuencia del valor de los instrumentos de hierro. Las reglas monásticas de la época suelen señalar con insistencia el especial cuidado que se debía tener con tales herramientas, propiedad de la abadía y puestas bajo la vigilancia de un monje de probada confianza. Es de suponer por otra parte que los campesinos más pobres, sobre todo en las áreas germánicas, aún utilizaban rejas de arado de madera endurecida al fuego, las cuales eran muy quebradizas. Tampoco parece que las invasiones aportasen nuevas técnicas agrarias de importancia. Tan sólo cabría señalar la posibilidad de una mayor difusión del viejo tipo de arado germano pesado y provisto de ruedas (carrucra o ploum) -¿pero poseía verdaderamente una vertedera?- en la Galia e Italia del norte. Pero en la Península Ibérica debió de seguir siendo desconocido, y además su utilidad en los ligeros suelos mediterráneos puede ponerse en duda. La difusión de una rotación trienal de una cierta importancia sólo está atestiguada a partir del siglo VIII y, sobre todo, en el norte de Europa, el valle del Loira y la zona alpina; puesto que en las zonas mediterráneas el cereal de primavera siguió siendo escaso y utilizado como expediente de urgencia ante la imposibilidad de la normal siembra otoñal. Por el contrario, en estos mismos países debieron seguir utilizándose las antiguas redes de acequias y canales para el cultivo de regadío. Incluso en la Península Ibérica se ha podido documentar la difusión en aquella época de artificios elevadores de agua, como la noria de arcaduces o canjilones. Esos siglos a que nos referimos habrían visto también la difusión general del molino de agua, a causa sin duda de la escasez de mano de obra en los grandes patrimonios. Pero no todas las explotaciones campesinas tuvieron acceso a él, y en las zonas marginales (Alemania) aún se siguió practicando por mucho tiempo la molienda a mano. En definitiva, una tierra mal trabajada y escasamente bonificada, cuyos rendimientos tenían que ser necesariamente débiles: no mucho más del 3 por 100 para el trigo y cebada en años normales. Estos rendimientos son los típicos de una agricultura de subsistencia, fuertemente sometida a las inclemencias climáticas, a plagas como la de la langosta en los países mediterráneos y a las deficitarias técnicas de almacenamiento y conservación de las cosechas. Las consecuencias demográficas de todo ello serán significativas. Pero una tal consecuencia demográfica catastrófica tenía una incidencia muy distinta socialmente, a causa de las relaciones de propiedad dominantes en todo Occidente en aquellos siglos.
contexto
El siglo XVIII es una época de inquietud, de curiosidad nueva, pero también es época en la que se procede a una justa valoración de la cultura recibida, a la que se intentará ayudar a desarrollar en su congénita evolución, imprimiéndole mayor energía en todos los campos. Los espacios para la devoción popular en forma de capillas-camarín, sagrarios, trasparentes, etc., habían tenido incidencia en el siglo XVII desarrollando una arquitectura de prestigio, creativa, que encuentra su natural deslizamiento al siglo XVIII, lo que conduce a espectaculares composiciones, hoy estimadas en su variedad y singularidad. Las igualan a las de una y otra época la profusión y el brillo fascinante de la decoración, la cual se ofrece en su quintaesencia, en forma de follajes, temas figurativos, espejos, candelabros, relieves, pinturas, estucos, etc.En ellas se indica una elección espacial de carácter nuevo, manifiesta en cámaras concatenadas, en ensayos de convergencia óptica en busca de la visión polarizadora de la imagen, en elementos que socavan el muro imprimiéndole vibración, en encuadramientos polícromos que contribuyen a exagerar los efectos. Se trata de espacios moldeados para un proceso de plena receptividad visual. Deben dar respuesta a necesidades suscitadas desde el interior o inducidas desde el exterior. Comportan una ideología nueva de exposición por lo que son receptivos a constantes maniobras espaciales para lo cual se opera con un acuciante problema de convergencia estructural y visual hacia la imagen sagrada. Tales espacios reflejan connotaciones de carácter físico y psicológico. Forma, color y movimiento son factores de percepción sensorial decisivos. El escenario creado para la imagen de devoción queda siempre en dependencia del escenario creado asimismo para el espectador, operando aquél como un espacio de choque. Por ello los componentes operan en relación sucesiva y gradual; son concebidos proyectivamente y, por ser abarcados, controlados en un recorrido visual, son siempre manipulados en su perspectiva, forzados en su perceptiva pues siempre actúan en favor de la contemplación de un centro determinado.Por estas razones, son arquitecturas de carácter secuencial, subordinadas y controladas en su distancia y direccionalidad al servicio del foco que monopoliza la atención del observador. En cualquiera de los casos, la mecánica expresiva fue creada por la conjugación de todas las artes. Como escribiera Argan al analizar formas semejantes romanas, "cada una de las artes exhibe su virtuosismo". Analizando bajo el mismo criterio la capilla Raimondi italiana, Lanvin subrayaría también: "Es un concierto en que cada arte conserva su propia especificidad semántica".Es un género arquitectónico unido a formas simbólicas que hemos resaltado en más de una ocasión. En estos escenarios, la cúpula se convierte en primum mobile del organismo utilizándose los diversos recursos del trompe'oeil para sugerir el infinito. Cielos que se disuelven yuxtaponiendo recursos de la ornamentación escultórica; espacios sobrenaturales creados por el ilusionismo, coordinando el espacio real del escenario a través de la luz natural que se vierte, como un modo de enlazar la vida terrena con la divina. Es género de estructuras sobreelevadas por el efecto exterior e interior de las cúpulas, que en forma de mundo celeste, acogen y preservan a los fieles. También la luz será un medio de expresión para éstas estructuras. La luz natural por la categoría dada a lo sensorial como elemento fácilmente receptivo y la luz dirigida instrumentada, creada por artificio que ha de comportar el valor de lo divino. La luz se filtra en el recinto para propiciar la sensación del milagro, y para ello se desvanece o culmina como medio portador de lo sobrenatural en el reino de la experiencia humana. Destaca también la propia configuración teatral y escénica de los espacios, su calificación como escenarios de teatro, con las técnicas de la expectación, de la sorpresa y la admiración, siendo un vehículo orquestal para el planteamiento arquitectónico.Las obras en el siglo XVIII son tantas como maestros de gran talento. Pero hay ejemplos tipificadores en los que se sintetizan todos los factores enunciados. Los espacios devocionales viven entonces el momento de mayor seguridad y fuerza, y hasta se habla de la exasperación de su propio formalismo. Los elementos son reconducidos a una unidad, se añade la curiosidad de lo que se hace fuera de España, y se suministran motivos cada vez más ricos y variados por el talento de algunos artistas inclinados a la complicación formal. Los artificios se deben a varias figuras, a maestros de relieve que realizan obras maestras y bajo su influencia surgirán numerosos ejemplos extendidos por el área nacional. Subrayan una gran persistencia en el factor escenográfico y asocian de manera modélica la estructura monumental con el valor de lo ornamental. Su vitalidad y su riqueza en la invención propician un nivel de superación sobre el legado del siglo XVII. Los juegos de perspectiva y de artificio se vieron plasmados en publicaciones especiales y muy puntuales de la época. Revierte también en el planteamiento la fantasía de las arquitecturas efímeras que adquieren en el siglo XVIII una importancia sin precedentes. Son realizaciones cuidadosamente ornamentadas también con símbolos para lo que se explotan los motivos, dibujos y grabados locales y foráneos.Apenas puede dudarse que el pensamiento rector de tales estructuras en el siglo XVIII haya sido la reacción de la Iglesia, que va encontrando ya entonces campos de resistencia al monopolio mantenido y disfrutado en el siglo XVII. Es manifestación potenciada desde su propio seno, como sistema didáctico o fórmula de convencimiento, como camino de persuasión emocional religiosa. Pero tales fábricas traducen con soltura la cualidad de una arquitectura de espectáculo, poniendo en valor la scaerta como una vía sabia de convencimiento ideológico.Adaptándose admirablemente al marco, y utilizando todas las técnicas para lograr el efecto de la visión de lo sagrado, Francisco Hurtado Izquierdo ofrece en el Sagrario de la Cartuja del Paular (1718), uno de los planteamientos más brillantes. Su programa comienza por ser excepcional en el trazado de la planta, que ubica detrás del retablo mayor del antiguo templo. Logra una concepción figurativa espacial y plástica, con libertad plena estructural, controlando la visión focal pero al mismo tiempo otorgando un valor al espacio en fuga en razón al efecto de un movimiento en planta que convierte con sus derrames en uno de sus efectos más persuasivos. Es la versión mejor articulada arquitectónicamente de los espacios españoles de devoción, por su complejidad espacial y su juego de visuales sincronizadas. En su búsqueda se determinan todos los instrumentos que hacen autónomo el monumento en cuanto a factores de articulación perspectiva, luminosidad, visualidad y orquestación de todas las artes en las que es muy perceptible incluso la evocación de la abstracta ornamentación musulmana.En este apasionado trabajo que permite la visión concentrada del Santísimo Sacramento ubicado en un espectacular tabernáculo, se ha encontrado la fórmula de una renovación del lenguaje heredado, abriendo un ancho camino para que obras como la del Sagrario de la iglesia de la Asunción de Priego de Córdoba, la de la iglesia de San Mateo de Lucena en la misma comarca, o piezas excepcionales también como el Sagrario de la Cartuja de Granada hayan ampliado de manera muy consistente el género arquitectónico hasta llegar a convertirlo en una constante de gran valor artístico en la historia barroca española.La exuberancia creadora en este tipo de composiciones de exposición o presentación de un símbolo religioso tiene otro gran pilar de sustento en el Transparente de la Catedral de Toledo (1729), una obra debida al genio de Narciso Tomé en la que hipotecaría toda su espontaneidad creadora. Hay quien ha tratado el monumento como un lastre mental, como un self-expression, como un estilo sin gramática, o como un objeto derivado de un falso cálculo o, por contraste, de una ley óptica acertada. La invención de Tomé ha soportado la crítica más variopinta en el pasado y en el presente, y no deriva en exclusiva de los rigoristas ilustrados. Pero es hasta lógico que el Transparente plantee la controversia de su propia definición espacial y no tan sólo la del ornato barroco o rococó que acumula. Se discute si se caracteriza por una singular elementalidad estereométrica, por ser un simple plano en curvatura con decoración aplicada, si es producto de un rigor intelectualista utópico que traduce el nexo entre arquitectura real y ficticia. Creemos que el Transparente es la respuesta a éstas y otras exigencias y que en cualquier caso nunca está atrapado en la red de una definición tradicional arquitectónica.Su función es la de exponer y presentar la imagen; en este caso, el hacer posible la visión del Sagrario al paso del espectador por la girola del templo. El fermento didáctico es el mismo que Hurtado perseguía. Sin embargo, la formulación de Tomé pertenece a una de las más abstractas categorías de visión emocional. La encuadra en una nueva posición mental estructuralista respecto al pasado, refleja el estar al día en el gusto figurativo europeo, y altera, modifica o destruye cualquier tipo de sugerencia que nos acerque al clasicismo. Según los dictados de su inspiración apura la belleza de la forma hasta perfeccionarla al límite, o por contraste la deja inacabada. Aísla la obra y la ilumina desmantelando la arquitectura gótica, insensible a los valores ambientales. Individualiza el estilo rococó al que evoca en irrepetibles imágenes, pero no lo usa como instrumento en su más reconocido valor. Nace su lucha entre la poética de su tiempo y la fuerza arrolladora de su imaginación. Trata de conseguir una coexistencia entre los recursos iconográficos tradicionales (la Cena, la Virgen y el Niño, las figuras alegóricas) y su propia lingüística anticonvencional. Su espacio para la devoción tal vez sea amanerado, sofisticado incluso, pero es abiertamente honesto, sincero, y ha ilustrado el camino de un nuevo lenguaje barroco de esencia nacional.Encontraremos a lo largo del siglo XVIII otras alternativas, como la que fue formulada en el altar de san Julián de la catedral de Cuenca (1752) por Ventura Rodríguez. Pero esta obra no alcanzaría ni su poder persuasivo ni su original gramática. El Transparente de Ventura Rodríguez es lingüísticamente una obra madura, pero no plantea la singularidad del proceso creador de Narciso Tomé en la obra de Toledo.El espacio para la presentación de imágenes de devoción popular se convirtió en el siglo XVIII en un instrumento vital y de gran difusión. Evocando los instrumentos precisos surgen por toda la geografía española, resaltando algunos ejemplos como el espacio de capilla-camarín de la Virgen del Rosario de la iglesia de los dominicos de Granada, el de la iglesia de la Victoria de Málaga, el de la Merced de Murcia, o el de la Virgen del Puerto madrileña.Fueron espacios, tanto cualitativa como cuantitativamente, muy interesantes, tal vez porque en todos ellos no opera el artista español de modo arbitrario, sino que la invención fue encontrada empíricamente.