El anuncio de invasión del territorio de la Unión Soviética por las fuerzas de la Wehrmacht había tenido en Leningrado un efecto mayor que en cualquier otra de las grandes poblaciones del país. Allí se organizaron de forma inmediata brigadas populares que mostraron su eficacia a partir del momento en que, tras dos semanas de penetración, los alemanes amenazaron la ciudad. El mes de julio vería a las fuerzas comandadas por el general von Leeb situadas a una distancia de solamente ciento cincuenta kilómetros de la ciudad. Desde esas posiciones, tres ejércitos tratarían de asfixiarla por completo partiendo de diferentes puntos en un movimiento concéntrico. Llegado el mes de agosto, Leningrado disponía únicamente de una vía de comunicación con el exterior, en dirección hacia el Este; el resto de su entorno se hallaba en manos del enemigo. Pero la fortaleza de Schlusselburg, llave de aquella única vía, sería tomada tras cinco jornadas de lucha, con lo que la tenaza se cerraba por completo sobre la ciudad. Ahora, aislada por tierra, solamente podía comunicarse a través del golfo de Finlandia y del lago Ladoga. Sin embargo, el ejército alemán y el finlandés habían establecido sobre la zona un control tan estricto que resultaba imposible utilizar la primera de ellas. Para entonces, más de un millón de personas de todas las edades se dedicaban a la construcción de trincheras y otros obstáculos para la defensa de la urbe. Por momentos, Leningrado parecía a punto de sucumbir, pero su mantenimiento se había convertido en una cuestión vital para el régimen soviético. En efecto, ante todo de cara a la propaganda y al ánimo de los combatientes en general, no podía consentirse que la ciudad símbolo de la Gran Revolución de Octubre cayese en manos del enemigo. Sin embargo, cualquier observador objetivo no podía dejar de considerar la precariedad de la situación determinada por la carencia de alimentos y municiones, bajo los constantes bombardeos y ametrallamientos efectuados por la Wehrmacht y la Luftwaffe. La ciudad fue rodeada por un complejo sistema de trincheras y canales que debían impedir la entrada de las fuerzas adversarias, al tiempo que la totalidad del casco urbano era fortificado en profundidad. De forma paralela, las factorías de armamento, en especial la gigantesca Kirov, en ningún momento detenían su producción, fabricando carros de combate, motores, cañones y munición de toda clase. Llegadas las semanas centrales del mes de agosto, los atacantes se aproximaron hasta unos treinta kilómetros del centro de la ciudad, mientras que las tropas finlandesas actuaban desde el noroeste en apoyo de aquellos. Por otra parte, en la antigua San Petersburgo nadie esperaba recibir la menor ayuda procedente del interior del país, dado que la repentina invasión había desarticulado por completo gran parte de sus sistemas de organización. Debido a ello, los habitantes de la ciudad comprendieron que debían luchar en solitario, por lo que el soviet local decretó la movilización general. De esta forma, más de trescientos mil paisanos fueron enrolados en las milicias populares, con el fin de que estuviesen en todo momento dispuestos a entrar en combate. Las tropas de asalto más eficaces eran las integradas por los obreros de las fábricas organizados militarmente, que acudían a sus puestos de trabajo provistos de sus respectivas armas para utilizar en caso necesario. Al mismo tiempo, el elemento femenino de la población actuaría de forma muy destacada, al lado de los jóvenes que todavía no tenían edad suficiente para entrar en combate. Unas y otros se dedicaban básicamente a la construcción de medidas defensivas, cuya efectividad quedaría demostrada en varias ocasiones en las que los atacantes trataron de introducirse en la ciudad. Con la llegada del invierno, las temperaturas descendieron a niveles no observados durante el último siglo. Esto haría que Hitler, seguro de conseguir la rendición de la ciudad por medio del hambre, enviase sobre Moscú a parte de las fuerzas que se encontraban asediándola. Pero en Leningrado, el abastecimiento aéreo que había comenzado no contribuía a remediar la situación más que en una medida insignificante. Además, debido al estado general en que se hallaba el país, no existían aviones, combustible ni alimentos suficientes para responder a las necesidades de la gran ciudad. Es entonces cuando los animales domésticos comienzan a ser utilizados como alimento por una población hambrienta. Zdanov, secretario general del partido local, lanzó entonces la idea de disponer una pista sobre la helada superficie del Ladoga que, debido a las bajas temperaturas reinantes, tenía una capa de hielo de dos metros de espesor. A pesar de las dificultades de toda clase que este recurso representaba, la que sería denominada "carretera de la vida" supondría un alivio a una situación que presentaba ya rasgos insoportables. Las personas de constitución más débil -ancianos y niños principalmente- comenzaban a morir de forma masiva ante la carencia de alimentos nutritivos y de elementos de producción de calor. Ahora, la causa de estas muertes masivas -el hambre- sería oficialmente calificada de distrofia alimenticia, mientras que en los laboratorios los científicos trataban de hallar sustitutivos a los alimentos de los que se carecía. Cuando llegaron las últimas semanas del año, resultaba normal el espectáculo de ver a las personas muriendo en la calle. Los habitantes de Leningrado ingerían por entonces los más extraños artículos de que disponían, desde medicinas hasta cuero, y desde pintura hasta papel. Fue entonces cuando se multiplicaron los casos de antropofagia. Sin embargo, en aquel mes de diciembre, el Ejército Rojo logró hacer retroceder a los alemanes lo que permitió la reapertura de la línea Tikhvine-Volkov y la llegada de alimentos hasta la estación de Voibokalo. Desde este punto se construyó una línea férrea hasta la orilla del lago Ladoga, para enlazar con la "carretera de la vida". De esta forma se incrementó el avituallamiento, aunque continuó siendo muy deficiente. Esto, junto a las bajísimas temperaturas -hasta 40° C- y la falta de combustible generó gran cantidad de fallecimientos. La mejora experimentada en los suministros supondrá a partir de entonces la posibilidad de ofrecer un mayor grado de nutrición a la población sitiada, pero en modo alguno resultaba suficiente para asegurar el mantenimiento de su existencia. Las cifras correspondientes a las muertes por inanición, siempre en número aproximado y más reducido que el real, ilustran acerca de los padecimientos soportados por los habitantes de la ciudad. Si en noviembre de 1941 los fallecidos habían sido 11.000, al siguiente mes fueron 50.000, y más de 100.000 los correspondientes a enero el siguiente año. En las calles, los cadáveres se amontonaban, sin que existiese sin embargo riesgo alguno de epidemia dado el intenso frío reinante. En febrero de 1942, fallecieron en la ciudad por hambre alrededor de cien mil personas. A pesar de todo, las actividades culturales y artísticas trataban de mantenerse vivas, sirviendo como instrumentos de conservación del interés por seguir viviendo, impidiendo que la gente se abandonase a la muerte. Por sectores sociales, los fallecimientos se ordenan de la siguiente forma: en primer lugar, caen ancianos y niños; luego, los hombres y finalmente, las mujeres. Con el inicio de la primavera de 1942, al tiempo que aparecen expectativas de un descenso de la mortalidad -situada ahora alrededor de los dos millares de personas por día-, otros graves peligros amenazan la existencia de los habitantes de Leningrado. Por una parte, aumenta el riesgo de epidemias debido al elevado número de cadáveres depositados en las calles; por otra, el deshielo obliga a poner fin a la utilización de la capa de hielo como soporte de la "carretera de la vida". El primero de estos problemas será solucionado mediante un programa de limpieza en el que colabora la población que no se encuentra laborando en las fábricas o en el frente. El segundo será subsanado mediante la construcción de barcazas que mantendrán el aprovisionamiento a través del espacio del Ladoga. Así, mientras la ciudad es aprovisionada en mayor volumen, llegan a ella fuerzas militares al tiempo que se procede a la evacuación de las personas inútiles para el combate. Mientras el frente se mantenía estático, los habitantes de Leningrado procedían a la recolección de las hortalizas plantadas en todos los espacios disponibles de la ciudad y recogían madera para utilizarla durante el próximo invierno. A finales de 1942, solamente quedaba un millón de habitantes, un tercio del total, dispuestos a defenderse en la forma más decidida. En el mes de enero de 1943 la noticia del triunfo soviético en Stalingrado levantó de forma muy señalada los ánimos de los sitiados. El día 13, el Ejército Rojo lanzó una ofensiva contra los atacantes al mismo tiempo desde el interior de la ciudad y desde la retaguardia de aquellos. La ruptura del cerco permitirá a partir de entonces el establecimiento de una vía férrea con dirección a Moscú. Sin embargo, y a pesar de este revés, las fuerzas alemanas no se retiran y la Wehrmacht y la Luftwaffe inician un sistemático bombardeo y ametrallamiento de Leningrado a niveles hasta entonces nunca mostrados durante la guerra. Las zonas habitadas por población civil son elegidas con preferencia como objetivos de estas acciones, con el fin de provocar el masivo pánico de sus habitantes. La artillería y la aviación determinarán de esta forma la vida de los leningradeses durante largos meses. Sin embargo, el rumbo de la guerra ya se ha definido a favor de los aliados, y el Reich se encuentra en posiciones de retirada en todos los frentes. En Leningrado, los habitantes que permanecen en sus puestos de trabajo o de defensa tratarán entonces de conservar y mejorar sus condiciones de vida. Sin embargo, ahora a los efectos del hambre se añaden los producidos por los bombardeos, que en las semanas finales de aquel año de 1943 producirán más de dieciséis millares de muertos. El día 14 de enero de 1944 dio comienzo la definitiva batalla por la liberación de la ciudad. En ella se pusieron todos los efectivos posibles por parte soviética, y a lo largo de dos semanas al enfrentamiento adquirirá grados de especial intensidad, al existir la conciencia por parte de ambos contendientes de que se trataba de una lucha definitiva. A fines de este mes, la capital del norte es liberada, acto que será conmemorado el día 27 después de novecientas jornadas de asedio. Las cifras oficiales situaron en un total de 632.000 el número de personas muertas por diversas causas durante el mismo. Sin embargo, ha quedado suficientemente probado que éstas habían superado con mucho la cifra del millón.
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GUERRAS CELTIBÉRICAS Y RESISTENCIA NUMANTINA A lo largo del siglo II a.C. Roma llevó a cabo la conquista de la Celtiberia, que se extendía desde el valle medio del Ebro, ocupando las cabeceras del Alto Duero, Alto Tajo y Jalón. El avance romano se inició desde la costa mediterránea, remontando el valle del Ebro para atravesar luego las elevaciones de los Sistemas Ibérico y Central, llegando al Alto Duero, conquistando así poco a poco el interior peninsular. En el año 179 a.C., Sempronio Graco mandó sus legiones a reprimir un gran levantamiento celtibérico, que concluirá con la victoria romana sobre los celtíberos en la Batalla de Mons Chaunus (posiblemente el Moncayo). Esto originó el Tratado de Graco, que suponía una paz duradera y el compromiso de los celtíberos del valle del Ebro de no edificar ciudades nuevas, ni fortificar las existentes. La reanudación de las hostilidades, a partir del año 154 a.C., trasladará la guerra más al interior, desplazando la línea de frontera hasta el Alto Tajo-Jalón y Alto Duero. El ejército celtibérico Los celtíberos, reconocidos por su valentía y rapidez en el combate, iban a la guerra en grupos de a pie y a caballo. Utilizaban la táctica que los romanos denominaron concursare, basada en movimientos rápidos y por sorpresa de ataque y huida. Esta estrategia les daba mejor resultado en terrenos abruptos y angostos que dificultaban la movilidad, sobre todo contra un ejército con las características del romano, perfectamente adiestrado, armado y bien disciplinado tácticamente para el combate en formación. El armamento de los celtíberos era ligero. Como armas ofensivas utilizaban: - La espada de aguda punta y doble filo cortante, adoptada por los romanos: llamada "gladius hispaniensis". - Puñales, con dos tipos de empuñaduras: biglobular o rematada en frontón. - Lanzas, rematadas con punta de hierro, y con las que eran muy hábiles. - Honda, para el lanzamiento de piedras. Como armas defensivas: - Pequeño escudo circular o caetra. - Cascos de cuero y metálicos, a veces de doble cimera. - Pectorales y cotas de malla. Así como - Grebas de cuero o metal para proteger las piernas. En el caso de la caballería, los celtíberos montaban sin silla ni estribos. Unicamente colocaban una manta sobre el lomo del caballo, y usaban correajes de cuero para las riendas. Como armamento empleaban: - Lanzas: con punta de hierro, y regatón también de hierro en el extremo opuesto de un asta de madera. - Espada y escudo: iguales a las empleadas por la infantería. El ejército romano A partir del año 153 a.C., Roma envió a la Celtiberia ejércitos consulares formados por dos legiones de 4.200 hombres cada una, a las que se unían tropas auxiliares de mercenarios, que les permitió movilizar ejércitos de 35.000 y 40.000 hombres, lo que refleja la importancia dada por Roma a la guerra contra los celtíberos. La legión se articulaba en 60 centurias, de 60 soldados cada una, que para ser más operativas se agrupaban en 30 manípulos, compuestos de 2 centurias cada uno. La formación del ejército romano se articulaba en varias líneas: - Primera línea: infantería ligera, armada con lanzas, que lanzaban al inicio del combate. Luego se retiraban tras la infantería pesada. - Segunda línea: dividida a su vez en tres líneas de infantería pesada: hastati, princeps, y triarii. Estaban armados con dos jabalinas y una espada, y protegidos con casco, coraza, escudo y espinilleras. Los hastati atacaban en primer lugar, siendo reemplazados por los princeps en caso de estar debilitados, y estos por los triarii en caso de ser necesario. Además de la infantería, la formación del ejército de Roma se completaba con la caballería, situada en las alas de la formación, cubriendo así ambos flancos de la infantería. El armamento que empleaban era la "espatha", similar al gladius, pero de mayor longitud; lanzas con punta de hierro y asta de madera, cota de malla y casco. Se protegían con escudos circulares de madera, con umbo circular de hierro. Además del arco, como artillería destacaba la catapulta, para el lanzamiento de saetas, y la balista para el lanzamiento de balas de piedra. Para atacar los muros se utilizaban arietes o vigas con garfios o puntas terebra, que podían arrancar y perforar las piedras. LAS GUERRAS QUE CAMBIARON EL CALENDARIO Con el inicio de las guerras celtibéricas, en el 153 a.C., Roma se vio en la obligación de adelantar el comienzo de su año oficial, de los idus de marzo (15 de marzo) a las kalendas de enero (1 de enero), de forma que los cónsules que se nombraban cada año, para hacer la guerra en Hispania, tuvieran tiempo suficiente para trasladarse e iniciar la campaña, en primavera. Este cambio de fechas fijó el inicio de nuestro año actual, ya que nuestro calendario es herencia romana. El inicio de las Guerras Celtibéricas vino desencadenado por la iniciativa de la ciudad de Segeda (en El Pueyo de Mara, provincia de Zaragoza) de construir una nueva muralla. Los romanos interpretaron que aquello violaba los términos del acuerdo de paz, firmado tiempo atrás con Graco, por lo que enviaron contra la ciudad un ejército al frente de Nobilior. Como los segedenses no tenían terminada la muralla y estaban desprotegidos, abandonaron su ciudad y se dirigieron a la zona del Alto Duero, llegando a Numancia, donde fueron acogidos como aliados y amigos. De esta manera tan injusta, dice Floro, entró Numancia en la guerra, encabezando la resistencia celtibérica frente a Roma a lo largo de 20 años (153-133 a.C.). La ciudad dominaba y controlaba el amplio reborde montañoso del Sistema Ibérico, que comunica el valle del Ebro y la Meseta, así como su riqueza ganadera; pero era también abastecida a través del Duero por mercaderes que remontaban este río en pequeños barcos de vela, transportando, entre otros productos, vino y cereal. Estas visitas debían ser esperadas y celebradas por los numantinos, ya que les aseguraba el abastecimiento para pasar el duro invierno. Segedenses y numantinos, que habían elegido como jefe al segedense Caros, consiguieron una gran victoria ante Nobilior, matando a seis mil romanos, el 23 de agosto del 153 a.C., día consagrado a Vulcano, y que fue declarado a partir de entonces nefasto, de manera que ningún general romano libró batalla en el futuro dicho día. Nobilior esperó a recibir refuerzos de Masinisa, rey de Numidia (norte de Africa) y aliado de Roma, compuestos por trescientos jinetes y diez elefantes. Para sorprender a los celtíberos, dispuso en orden sus tropas, escondiendo los elefantes en la retaguardia. Y abriendo la formación, en un momento determinado, aparecieron las fieras por sorpresa, aterrando a los celtiberos y a sus caballos, que huyeron a refugiarse a la ciudad. Desde la muralla lanzaron todo tipo de proyectiles y piedras, impactando una de ellas en la cabeza de uno de los elefantes, que enfurecido contagió a los demás y volviéndose contra los suyos con terribles bramidos, atropellaron, mataron y desbarataron a los romanos. Al ver los numantinos que los enemigos huían, fueron en su persecución, matando a un buen número de ellos y a tres elefantes, apoderándose de sus armas y enseñas. El Cerco de Escipión Los numantinos vencieron sucesivamente a los generales romanos, teniendo que enviar Roma, finalmente, a Publio Cornelio Escipión Emiliano que había destruido la ciudad de Cartago. Éste, tras derrotar a los vacceos, en el Duero medio, aliados de los numantinos, aisló la ciudad por medio de un cuidado cerco. Dispuso siete campamentos en los cerros próximos, uniéndolos con un sólido muro de 9 kilómetros de perímetro, defendido por delante con un foso y una estacada de madera, y situando dos fortines en los puntos de encuentro de los ríos Tera y Merdancho con el Duero. Varias veces retaron los numantinos al invasor, pero la espera paciente de Escipión fue la respuesta. Habían transcurrido veinte años de guerras y once meses de asedio y los alimentos se habían consumido por completo; por lo que sin granos, sin ganado, sin forraje, comenzaron a comer pieles cocidas; pero enseguida empezaron a escasear también éstas, acudiendo al último y terrible recurso: tener que comerse a los muertos. La ciudad cayó por inanición en el verano del 133 a.C., tomándose la muerte cada uno a su manera y siendo vendidos los supervivientes como esclavos. La ciudad fue arrasada y repartido su territorio entre los indígenas que habían ayudado a Escipión. Epílogo La resistencia numantina frente a la conquista de Roma y su heroico final es uno de los símbolos de referencia universal, por estar vinculada a algo tan esencialmente humano como es la lucha de un pueblo por su libertad y la defensa del débil contra el fuerte. La actitud de los numantinos impactó de tal manera en la conciencia de los conquistadores, que estos a su vez se sintieron conquistados por la causa numantina, glosando su resistencia y final heroico hasta la exaltación, proporcionándole de esta manera una dimensión universal y fundiéndola en el crisol de la leyenda.
contexto
En 1910, Keir Hardie podía afirmar que el laborismo, aun teniendo pocos diputados, era ya parte aceptable de la vida política británica. En realidad, ello era así en casi toda Europa. Pese a los temores de la derecha, el socialismo era una fuerza que, básicamente, trabajaba para la democracia. Existía, sin embargo, la posibilidad de una desviación totalitaria del socialismo. En 1902, Lenin (1870-1924), un exilado militante del Partido Social-Demócrata ruso, había escrito un folleto, ¿Qué hacer?, en el que, además de denunciar con desusada violencia polémica las tesis revisionistas y reformistas, esbozaba una nueva propuesta revolucionaria: la teoría del partido como vanguardia de la revolución, que cifraba la clave del éxito revolucionario en la concepción del partido como un pequeño grupo de activistas profesionales, como una organización centralizada, rígida y estrictamente disciplinada, que excluía, por tanto, la idea de un partido democrático y abierto a las masas. A corto plazo, Lenin sólo consiguió la escisión de su partido en dos facciones (bolcheviques, encabezados por el propio Lenin, y mencheviques, liderados por su antiguo amigo Julius Martov). Pero como por entonces señalaron León Trotsky (1879-1940), otro de los revolucionarios rusos exilados, en su folleto Nuestras tareas políticas (1904), y Rosa Luxemburgo en Cuestiones organizativas de la socialdemocracia rusa (también de 1904), la teoría leninista del partido revolucionario implicaba el riesgo, en el supuesto de producirse la conquista revolucionaria del poder, de que el socialismo cristalizase en la dictadura burocrática del partido así concebido (y para R. Luxemburgo, fue precisamente aquella concepción del partido, lo que explicaría el carácter represivo y antidemocrático del régimen salido de la revolución rusa de octubre de 1917, como argumentó en La Revolución Rusa, de 1918). Nada probó mejor la paulatina integración de los socialistas en sus respectivos sistemas nacionales que la actitud que la II Internacional -el organismo que agrupaba a los partidos socialistas de todo el mundo creado, como se indicó, en 1889- mantuvo ante la posibilidad de una guerra europea, eventualidad de la que se ocupó con preferencia desde 1907. Dirigentes como Jaurès, Hardie, Vaillant y otros insistieron reiteradamente, en los distintos congresos de aquel organismo, en la necesidad de lograr alguna forma de cooperación obrera internacional que pudiera impedir la guerra. Y en efecto, en el congreso de Stuttgart (1907), los socialistas acordaron hacer todos los esfuerzos posibles para impedir la guerra, por los medios que considerasen adecuados. Los representantes de la izquierda (Lenin, R. Luxemburgo, Martov) sostuvieron que aquellos esfuerzos debían suponer, llegado el caso, la transformación de la guerra europea en guerras civiles revolucionarias. Pero el SPD alemán se opuso tanto en aquel congreso como en los de Copenhague (1910) y Basilea (1912) a las resoluciones que proponían la declaración de una huelga general europea contra la guerra. En la práctica, los socialistas, por lo general, se limitaron a no votar los aumentos de los gastos militares de sus respectivos países (y ya se vio cómo los alemanes incluso los votaron en 1913). La razón era que los socialistas no podían ser ajenos a la influencia de los sentimientos nacionales respectivos. La guerra de los Boers (1899-1902), por ejemplo, provocó en Gran Bretaña una verdadera explosión de patriotismo obrero contra el que nada pudo el sincero pacifismo de Hardie y MacDonald, los líderes laboristas. El socialismo francés no podía ignorar Alsacia y Lorena. El mismo Jaurès, enemigo del militarismo y del nacionalismo, aceptaba el patriotismo si se entendía como simple cultivo de las tradiciones nacionales, y, de hecho, un fuerte patriotismo jacobino impregnaba a toda la izquierda francesa, siempre entusiasta -incluido Jaurès- de la Revolución francesa. Ya quedó dicho que los socialistas austríacos y checos terminaron por agruparse en partidos nacionales separados. Rosa Luxemburgo, que era judía y polaca de nacimiento -había nacido en Rutenia- era ajena a la cuestión nacional de Polonia; pero el movimiento obrero polaco se alineó con el Partido Socialista de Pilsudski, mucho más nacionalista que socialista. Algunos socialistas italianos -y hasta algunos sindicalistas revolucionarios- apoyaron en 1912 la guerra de su país en Libia. Jaurès fue asesinado el 31 de julio de 1914 por un nacionalista francés por su pacifismo. Pero cuando el 3 de agosto, Alemania declaró la guerra a Francia, socialistas y trabajadores franceses se sumaron sin reservas y con formidable entusiasmo nacional al esfuerzo de guerra: Guesde y Vaillant entraron en el gobierno de Unión Sagrada que Viviani formó el 23 de agosto. También los trabajadores alemanes recibieron la guerra con entusiasmo y exaltación. El mismo 2 de agosto, los 48 sindicatos del país suscribieron una declaración que proclamaba que la defensa nacional era su primer deber; el 4, los diputados socialistas, incluidos los representantes de la extrema izquierda, se sumaron a la tregua política pedida por el Gobierno y votaron los créditos de guerra que aquél solicitó al Parlamento. Los laboristas británicos resistieron más. El 2 de agosto, convocaron grandes manifestaciones contra la guerra. En el Parlamento, Keir Hardie y Ramsay MacDonald proclamaron su pacifismo, defendieron la objeción de conciencia y no votaron el presupuesto de guerra del Gobierno. Pero el movimiento sindical y la inmensa mayoría de la clase obrera les desautorizó y apoyó la guerra con el mismo extraordinario entusiasmo con que lo hicieron los obreros franceses y alemanes: en diciembre de 1916, el laborista Arthur Henderson, que había sustituido a MacDonald como secretario del partido, entró en el Gobierno.
obra
Esta escena forma parte de una serie de cuatro cuadros realizados entre 1894 y 1895 sobre el lesbianismo, tema que ya había apuntado Toulouse-Lautrec con Dos bailarinas. El lesbianismo no era habitualmente muy atractivo para los pintores - aunque Courbet ya lo había hecho - pero Henri lo refleja en sus imágenes como algo de la vida cotidiana. No son imágenes obscenas; al contrario, no están exentas de sensibilidad y belleza. Las dos modelos protagonistas son las mismas que aparecen en El Salón de la Rue des Moulins. La que contemplamos en primer plano es Mireille, la favorita del pintor; el diván sobre el que se tumban es el mismo para toda la serie, con tonalidades amarillas y dos grandes cojines. Lautrec ha utilizado varias diagonales muy marcadas para incorporar a las dos figuras, creando así un aspecto más cotidiano, como hace con las arrugas de los vestidos. La línea será la gran protagonista de la escena ya que ha realizado la silueta de las figuras con trazos muy marcados en color negro. En cuanto a las tonalidades empleadas, juega con el contraste entre tonos fríos y cálidos al recurrir a amarillos, verdes y naranjas frente a negros, azules y grises, resultando un conjunto de gran belleza. Las pinceladas agresivas, sin aparente orden, son muy características de Lautrec.
obra
Desde el siglo XVIII se conoce este retrato como El sombrero de paja; sin embargo, se trata de un título erróneo ya que el material con el que está hecho el sombrero no es paja sino piel de castor. La modelo aquí retratada por Rubens es Suzanne Fourment, la tercera hija del comerciante de sedas y tapices Daniel Fourment, y sobrina de Isabella Brant, la primera esposa del pintor, ya que Daniel estaba casado con la hermana de Isabella, Clara. Suzanne se casó en 1617 con Raimond del Monte pero enviudó a los cuatro años, desposándose de nuevo al año siguiente con un buen amigo de Rubens, Arnaud Lunden. Los especialistas consideran que este retrato estaría vinculado con la fecha de este segundo matrimonio ya que la retratada porta un anillo matrimonial adornado con un brillante. Suzanne lleva un chal gris que sujeta con sus brazos, modestamente cruzados bajo el pecho, dejando ver su amplio y voluptuoso escote, muy a la moda de la época. El vestido negro se complementa con mangas de terciopelo rojas, adornándose con puños de encaje blancos.Un rayo de luz ilumina la figura de Suzanne, quedando el rostro finamente modelado por el reflejo de la luz, ya que queda a la sombra gracias al sombrero. La figura se recorta ante un celaje con algunas nubes, apreciándose claramente las dos tablas añadidas por el maestro en los laterales. El efecto brillante de la piel de la dama y de las telas del vestido ha sido conseguido gracias a los ligeros toques de óleo aplicados por el artista. Curiosamente, el retrato no nos muestra la expresión de la modelo -aunque sí presente cierta timidez en la mirada- pero resulta deslumbrante por su espontaneidad.En 1630, dos años después de la muerte de Suzanne, Rubens se casaba con su hermana menor, Helene.