A pesar de la dificultad para desarrollar una agricultura estable y productiva en muchas regiones y del esfuerzo continuo que exigía la puesta a punto y el mantenimiento de sistemas de regadío, a menudo abandonados en tiempos posteriores cuando falló el orden político y social que los había creado, el sector agrario era fundamental y requería el trabajo de la gran mayoría de la población aunque esta realidad haya dejado pocas huellas y testimonios. Había, en primer lugar, una agricultura de secano cerealista, basada en el trigo y la cebada, y en técnicas antiguas que no se renovaron como, por ejemplo, el empleo de arado romano, aunque algunas tuvieron mucho mayor uso, como sucede con los molinos de agua. Tampoco hubo grandes innovaciones técnicas en los cultivos de regadío pero sí que ocurrió su difusión y homogeneización, así como un aumento de las tierras irrigadas y, en especial, un perfeccionamiento de las normas de organización del riego y otros aspectos de régimen de uso y mantenimiento que serían luego aceptados y difundidos por otras sociedades, por ejemplo en la España cristiana. Los principales medios y técnicas se referían al uso de acueductos, aljibes y cisternas, presas, kanat o minas de agua muy frecuentes en Irán, norias, balancines o chaduf típicos de Egipto, pozos artesianos, más frecuentes desde el siglo XIV, con los que se alimentaban las redes de acequias. Diversos tratados de agronomía permiten comprobar también aquella mezcla entre tradicionalismo y mejor organización, a la vez que dan noticia sobre los diversos productos. Algunos jugaron un papel importante en la transmisión de conocimientos: la "Agricultura Nabatea" de Ibn Wahsiya, el "Calendario de Córdoba", en el siglo X, el tratado del andalusí Abu Zakariyya y los de los toledanos Ibn Bassal e Ihn Wafid, en el XI, pueden ser buenos ejemplos. La mejora de las comunicaciones introducida en el amplio mundo islámico y sus relaciones exteriores permitieron adaptar o difundir nuevas plantas cultivadas, aunque las mediterráneas tradicionales conservaron mayor importancia. Siria, Egipto y el Magreb eran las principales zonas productoras de trigo y cebada. El olivo se extendió mucho, por ejemplo en Siria y Túnez, porque el consumo de aceite en la alimentación creció al estar vedado el de grasa de cerdo. Por el contrario, el consejo de la tradición contrario al consumo de vino fue responsable de que el viñedo se redujera en muchas regiones a la condición de cultivo muy secundario, pues sólo se consumía la uva fresca o pasa, pero en al-Andalus y en el Siraz persa no se cumplió tanto aquella recomendación y hubo, además, viticultura practicada en diversas regiones por minorías judías y cristianas. Entre las especies extendidas a nuevas regiones en aquellos siglos cabe destacar la caña de azúcar, objeto de grandes plantaciones en el bajo Iraq, el algodón, en cuyo cultivo destacaron la alta Mesopotamia y Siria, el arroz, la palmera datilera, los cítricos, plantas tintóreas como el índigo, especias como el azafrán, frutales y hortalizas como el albaricoque, las espinacas o las alcachofas, además de diversas plantas medicinales. Las condiciones de desarrollo de la ganadería eran diversas, según las especies. Había pocos bovinos y, por lo tanto, insuficiencia de ganado de labor y tiro, debido a la escasez de pastos naturales adecuados; otra fuerte carencia de las tierras islámicas, relacionada con la anterior, es la relativa al bosque y la madera, salvo en zonas montañosas del Taurus o del Libano, del Magreb o de al-Andalus. Por el contrario, los amplios espacios áridos eran adecuados para su uso extensivo por rebaños trashumantes o sedentarios de ovinos, en especial cabras y por especies mejor adaptadas como los dromedarios, los camellos turcos, o las diversas razas de caballos cuya mejora se cuidó con esmero. Por último, se obedecía casi sin excepciones la prohibición de consumir carne y grasa de cerdo -llegó a ser un dato de orden cultural, no sólo religioso- lo que explica que no haya habido cría de estos animales. Es difícil conocer las realidades sociales del mundo rural en aquellos siglos. Los textos jurídicos y los contratos agrarios facilitan datos interesantes pero parciales. La tierra de plena propiedad privada o mulk era escasa, debido a las prescripciones islámicas, salvo en Arabia y Mesopotamia, pero la tierra de la comunidad o umma casi nunca era cultivada por aparceros contratados por los agentes del poder político, sino que se cedía en usufructo perpetuo o qati'a (plural qatai) a musulmanes que se obligaban a cultivarla y a pagar la limosna legal. Otras tierras seguían en manos, a título de usufructo, de antiguos propietarios no musulmanes, que debían pagar siempre el impuesto territorial o jaray: posteriormente, si tales tierras pasaban a ser cultivadas por musulmanes, no por ello dejarían de pagar tal impuesto. Porque, en efecto, las transmisiones de usufructo de tierra entre particulares eran continuas, por herencia o por venta de dominio útil. Por el contrario, en las tierras cuya renta pertenecía a instituciones religiosas o asistenciales o se aplicaba a obras publicas, la movilidad era mínima: aquellos bienes waqf o habus eran una especie de manos muertas cuya importancia aumentó especialmente desde el siglo XI. Los grandes propietarios o, en muchas ocasiones, dueños de dominio útil, solían tener residencia urbana, salvo en Irán, donde los dihqan vivían con frecuencia en sus tierras, así como otros propietarios de origen no musulmán. El empleo de esclavos no era especialmente abundante, salvo en el caso de los zany de la baja Mesopotamia, porque se prefería utilizar su trabajo en las ciudades, de modo que el régimen de trabajo más frecuente fue la aparcería bajo diversas formas: con entrega del quinto de la cosecha al aparcero (muzara'a); con entrega de la mitad en tierras de huerta, donde el trabajo era más intenso (musaqat); con reparto de la propiedad o dominio útil mediante contrato de complantación (mugarasa). La sunna recomendaba a los dueños de tierra que la cultivaran directamente, pero esto sólo tuvo un efecto general: el de dificultar los contratos de aparcería de larga duración e impedir los equivalentes a los censos enfitéuticos europeos. Los contratos de arrendamiento también fueron muy escasos, salvo en algunas regiones del Irán. Sin duda, aquel régimen de usufructo de la tierra tuvo consecuencias poco positivas pues, por una parte, desincentivaba cualquier intento del campesino para mejorar la explotación de una tierra en la que no tenía arraigo duradero, y por otra, al hacer del dueño un mero rentista, que a menudo vivía lejos, también desanimaba su interés por innovar o por mejorar rendimientos. Pero aquella esclerosis no debió ocurrir siempre ni ser tan general: las fuertes inversiones para crear y mantener redes de regadío así lo demuestran. Sin embargo, con la decadencia del califato abbasí y, en otras regiones, con los desórdenes políticos y la entrada de poblaciones nómadas, hubo fenómenos de regresión y deterioro que fueron con frecuencia irreversibles. La adscripción al suelo del impuesto territorial, con independencia de la religión del dueño, hizo más gravosas las exacciones que pesaban sobre los campesinos e impulsó a que pequeños propietarios se sometieran a talyi´a, himaya o encomienda de gentes poderosas que podían esquivar mejor la presión fiscal. Los califas cedieron a menudo en el siglo X la percepción de impuestos en las tierras sujetas a jaray, de forma temporal, en el régimen llamado iqta, que guarda cierta semejanza con el beneficium europeo contemporáneo, aunque pocas veces era hereditario pero producía una subrogación comparable pues, además, el beneficiario de la iqta tomaba a su cargo la defensa del territorio. Aquellos poderosos, encomenderos y beneficiarios de iqta dejaban con facilidad de pagar el diezmo o zakat al fisco califal, de modo que su crecimiento mermaba las posibilidades a la vez del poder político público y de los campesinos cultivadores de la tierra: su proliferación inició una época nueva en la historia social del Próximo Oriente a partir de los siglos X y XI.
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obra
Las obras de Constable no acababan de atraer definitivamente al público tal y como pudo comprobar con sus famosos "six-foot" -a pesar de que El carro de heno cosechara una medalla de oro en el Salón de París de 1824-. Esta sería la razón por la que en los años centrales de la década de 1820 se dedique a realizar escenas cargadas de pintoresquismo que eran más cercanas al gusto del público. Posiblemente de estas escenas la más atractiva sea El campo de trigo, una imagen amable protagonizada por un niño bebiendo en un riachuelo mientras que un rebaño de ovejas camina por el sendero que conduce al campo de trigo, cuya puerta abierta -no olvidemos la política de campos vallados desarrollada en el valle del Stour para evitar que los animales acabaran con las cosechas- nos permite ver el maravilloso campo iluminado por un potente foco de luz solar del mediodíaLos especialistas consideran que nos encontramos con una imagen idealizada de la infancia del propio Constable, cuando en sus habituales paseos por la comarca de Suffolk se detenía a beber en las cristalinas aguas de los riachuelos. Incluso se alude a una representación de la infancia como la etapa feliz del ser humano. Posiblemente sólo nos encontremos ante una escena cargada de naturalismo -en la que por cierto, hallamos algunas incongruencias como la puerta abierta del campo de trigo o el primer árbol de la izquierda que se mantiene en pie a pesar de estar podrido- en la que la luz del sol estival -se presentó como Paisaje: mediodía- crea sensacionales efectos de claroscuro mientras que las nubes aportan una admirable sensación de dinamismo, trabajando el maestro con una pincelada precisa e incluso detallista en algunos momentos. Intentando vender la obra introdujo esos elementos anecdóticos, pintorescos -"tiene algo más de bálsamo para el ojo de lo que normalmente consiento en dar" afirmó el propio pintor- pero, paradójicamente, cuando fue expuesto en la Royal Academy en 1826 no se vendió.
obra
Durante la estancia de Turner en Petworth a lo largo del año 1828, alojándose en casa de Lord Egremont, realizó una serie de obras entre las que destaca ésta y su pareja: Un barco encallado. En Petworth fue muy bien acogido por su anfitrión, volviendo en numerosas ocasiones a este lugar. Una vez lord y pintor mantuvieron una fuerte discusión porque el maestro londinense había colocado basura flotando en el agua en uno de sus lienzos. Lord Egremont pensaba que las verduras no podían flotar mientras que Turner opinaba que sí por lo que introdujo varias hortalizas en un cubo para probar. Cuando las verduras se hundieron, el pintor montó en cólera a pesar de no rectificar su cuadro. Turner tenía razón ya que las verduras sí flotan en agua de mar; el artista había pintado lo que había visto no lo que sabía. En esta composición observamos una excelente marina en el atardecer, momento del día para el que Turner ha utilizado un precioso color plateado, animado por el amarillo de la puesta de sol y el azul de las montañas y de la ciudad del fondo. La perspectiva empleada es muy amplia, colocando el primer plano de tal manera que parece que el espectador se introduce en la composición. Pero el gran protagonista vuelve a ser el efecto atmosférico que define la mayor parte de los trabajos del maestro británico.
contexto
Una muestra más del creciente intervencionismo norteamericano en el Caribe y América Central se observa en la creación de Panamá como país independiente, intentando resolver de un modo definitivo y favorable a sus intereses la gran cuestión de la comunicación interoceánica. La creación del nuevo país fue posible gracias a la utilización de territorios que anteriormente habían pertenecido a Colombia. Desde mediados del siglo XIX ya funcionaba en el istmo de Panamá un ferrocarril de capital norteamericano, que vinculaba el Atlántico con el Pacífico, pero que era insuficiente para garantizar unas buenas comunicaciones entre los dos océanos. La importancia estratégica de una vía de comunicación fluvial que uniera el océano Pacífico con el Atlántico era clave para la economía norteamericana, pero pese a ello, la presencia de los Estados Unidos como únicos interesados no fue nada fácil, dado el interés de los británicos en el tema. Desde un principio, unos y otros especularon con la construcción de un canal que atravesara el istmo. Un intento frustrado fue realizado por Estados Unidos en Nicaragua mientras duró la presencia de William Walker en el país. Posteriormente, y con el aval del gobierno colombiano, Ferdinand de Lesseps planeó la construcción de un canal interoceánico que discurriera de forma paralela a las vías del ferrocarril. Las obras comenzaron en 1878 y se desarrollaban muy lentamente. En 1889 los costos ya eran mayores de lo esperado y los resultados sensiblemente menores. Para colmo, un escándalo financiero condujo a la quiebra a la compañía de Lesseps, que como compensación dejó a los acreedores sólo los restos de las excavaciones y la maquinaria utilizada. Estos formaron la nueva Compañía del Canal de Panamá, posteriormente adquirida en 40 millones de dólares por capitales norteamericanos. La importancia del canal para los Estados Unidos aumentó a partir de 1898, cuando la incorporación de los archipiélagos de Filipinas y Hawai a sus dominios, supuso la revalorización de la vertiente del Pacífico. En 1903, por un tratado con el gobierno colombiano (el Hay-Herrán) se entregó en arriendo a la Compañía del Canal una franja de seis millas de ancho durante nueve años a cambio de 10 millones de dólares y de un alquiler anual de otros, 250.000. Sin embargo, el Congreso colombiano no ratificó el tratado por considerarlo una seria amenaza contra su soberanía y el 3 de noviembre un alzamiento dirigido por las autoridades de la Compañía forzó la proclamación de la nueva república, que en sólo tres días fue reconocida por los Estados Unidos. Los acontecimiento se aceleraron. El 18 de noviembre se firmó en Washington un acuerdo con los representantes de la nueva república de Panamá, según el cual los Estados Unidos recibieron una franja de tierra de diez millas de ancho (antes eran sólo seis), sobre la cual tendrían el derecho de soberanía y la posibilidad de construir las fortificaciones que estimaran convenientes para garantizar su defensa. Las cláusulas económicas del tratado eran similares a las anteriores, aunque en el artículo VII se reconocía el derecho de los Estados Unidos a intervenir militarmente en Panamá si estimaban que la paz y el orden podían estar amenazados.
obra
En una época en la que su producción pictórica estaba mermada por las actividades burocráticas en la Academia, Le Brun realizó este retrato de su protector en el que combinó una composición muy estudiada y tendente al aparato, con una plasmación de los rasgos del retratado de gran calidad.
monumento
Moraleda de Zafayona cuenta con un lavadero o fuente pública formada por tres caños con agua abundante y de buena calidad, que atrae la visita del vecindario y pueblos limítrofes. Junto a la fuente se encuentra el antiquísimo lavadero público recientemente restaurado.
contexto
Todavía hoy ante las ruinas silenciosas del templo de Zeus se puede percibir el mensaje de ordenada mesura dictado por Libón y disfrutar a la vista de los restos impresionantes del entablamento despiezado que reflejan la plasticidad de la curvatura. Y aún se admira más la excelencia del canon dórico, cuando se piensa que siguió siéndolo después de construido el Partenón. Las resonancias del modelo de Olimpia llegan a las colonias suritálicas y se advierten con especial brillantez en dos templos magníficos, el llamado de Poseidón en Paestum y el templo E de Selinunte. El templo de Poseidón, posiblemente consagrado a Zeus aunque evoque al dios tutelar de la ciudad que lleva su nombre -la antigua Posidonia-, es el más impresionante de los templos de Paestum. Proporciones, planta y forma típicamente cerrada coinciden con los prototipos de Egina y Olimpia, es decir, con el canon arquitectónico de alta época clásica. Su buen estado de conservación ayuda a percatarse de la teoría espacial desarrollada en aquéllos y, más especialmente, de la vitalidad y plasticidad de la obra, características que el arquitecto ha tomado del templo de Zeus en Olimpia. Tampoco faltan afinidades en detalles como el éntasis de las columnas, el perfil de los capiteles y la curvatura de elementos horizontales, rasgos plasmados por primera vez en Occidente. Por su parte, el Templo E de Selinunte es otro buen ejemplo del estilo severo de alta época clásica. Sin prescindir de peculiaridades locales, el arquitecto se acoge a los preceptos básicos imperantes en Grecia Continental, hasta el punto de ser la composición arquitectónica la que demuestra la dependencia del canon dórico clásico. A partir de este dato su cronología se ha precisado entre los años 465-450.