Con esta obra obtuvo Manet su primer triunfo en el Salón de París del año 1861, una mención de honor por parte del jurado. Consciente de su fracaso anterior con Bebedor de absenta y del gusto por lo español desarrollado en aquellos años, el artista muestra a un guitarrista español, en el que combina elementos románticos y realistas. Gracias a sus frecuentes visitas al Museo del Louvre, pudo contemplar y admirar a los artistas españoles, interesándose en especial por Velázquez y Goya. El recurso de emplear las tonalidades oscuras parece inspirado en el Barroco español, jugando con grises, marrones y blancos como términos de contraste. El bodegón de primer plano era también muy empleado en el Siglo de Oro español, especialmente por Zurbarán y Ribera. La actitud del personaje es totalmente realista, continuando a Courbet al presentar al personaje desprovisto de idealización, como si estuviésemos ante una fotografía. Así contemplamos sus zapatillas de esparto ya desgastadas por el uso, su chaquetilla de majo y su sombrero de ala ancha o la actitud de acompañar con la voz el tañido de la guitarra. La postura de manos y piernas denota la capacidad observadora del maestro para realizar esta imagen. Al recortar la figura sobre un fondo neutro e iluminarla con un potente foco de luz, hace que el resto de los elementos de la composición pasen desapercibidos para el espectador. La gran calidad del dibujo es otra de las características de la obra, tal y como había hecho hincapié Couture a los jóvenes que trabajaban en su estudio. Este bello dibujo contrasta con el abocetamiento de las primeras imágenes como Caballeros españoles, pero la gran novedad de Guitarrista español es la renuncia a las tonalidades medias, en un interesante contraste cromático que llamó la atención de los pintores más jóvenes, pero no la de los críticos. Sólo Théophile Gautier alabó claramente la escena.
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A lo largo de la campaña de Francia, Bélgica y Holanda, los alemanes habían llevado a cabo sólo un número relativamente reducido de contraataques importantes, siempre frustrados. Los Aliados pensaban que la antaño poderosa Wehrmacht ya no podía recuperarse y, en términos generales, era así. Sin embargo, fiel a su idea fija de la resistencia a ultranza y engañado por su capacidad para autoengañarse, Hitler (y algunos mandos) van a tratar de ejecutar un contraataque masivo y sorpresivo, que -no se sabe bien por qué- consideraban decisivo para cambiar las tornas de la guerra (4). Algunos generales, Rundstedt y Model en particular, eran contrarios a una gran ofensiva; preferían una acción reducida, sólo para sacar a los Aliados del río Roer, a causa de la escasez de material y reservas, y ante lo que consideraban una situación de prederrota. Pero Hitler insistió y ambos generales se doblegaron. Hitler consideraba que una táctica puramente defensiva no podía ganar la guerra. Pero Alemania, como sabían los generales, ya no podía ganarla, aunque nadie se atrevía a decírselo francamente al Führer; pensaban que lo único que se podía intentar hacer era contener a los soviéticos en el este y tratar de profundizar la brecha política existente entre Estados Unidos y la URSS, ya que la paz separada con los occidentales ya no era posible. Pero la orden de Hitler era sin apelación. El éxito, según éste, estaba asegurado. Los alemanes llevarían ventaja al haber elegido ellos el escenario y el momento: las Ardenas, región quebrada y de difícil acceso, con pocas carreteras, y donde los Aliados no esperaban una ofensiva, y menos de envergadura. Se trataba de abrirse camino hacia Amberes y separar a británicos de norteamericanos, para aplastar luego a los primeros. Se habían podido reunir poderosas fuerzas, de calidad aceptable, dotadas con bastantes vehículos, carros y aviones. Se disponía de 34 divisiones, 28 de las cuales para la ofensiva de las Ardenas como tal, y 6 para una ofensiva en Alsacia, poco después. Se formaron tres ejércitos con las 28 divisiones, con cometidos diferentes: el VI Ejército Acorazado SS, de Sepp Dietrich, llevaría a cabo el esfuerzo principal en el norte de las Ardenas, para alcanzar el puerto de Amberes (rodeando Lieja), que era el objetivo estratégico básico, que se completaría tratando de formar una barrera estratégica entre la retaguardia británica y los estadounidenses, más al norte. En las Ardenas centrales el V Ejército acorazado, de Manteuffel, debería ejecutar un ataque complementario hacia el oeste, a través de las líneas americanas, por Namur y Dinant, alcanzando Bruselas y uniéndose al VI Ejército en Amberes. El VII Ejército, de Brandenberger, debía cubrir con infantería el flanco meridional, entre Luxemburgo y Givet, sobre el Mosa. El punto de ruptura sería la unión entre el IX y el I Ejército de Estados Unidos, que sólo tenía unas cinco divisiones en ese punto (zona Malmédy-Spa). Se añadieron tres operaciones subsidiarias: tres días después del comienzo de la ofensiva principal, había que tomar Maastricht y evitar el ataque desde el saliente de Aquisgrán; una semana más tarde, había que atacar en el norte de Holanda y arrebatarles Breda a los canadienses. Una semana más tarde había que reconquistar el norte de Alsacia.
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Aunque resulta imposible de evaluar en su monto total, todo parece indicar que el sistema financiero no actuó como motor del crecimiento de la economía, pese a que el auge de la misma estimuló la necesidad de capitales. En efecto, las diversas informaciones confirman que la demanda financiera privada podía ser cubierta por modestas formas de crédito. Los comerciantes mayoristas se alimentaban de las diversas fórmulas de préstamos marítimos existentes en las principales ciudades portuarias. Las necesidades crediticias de los campesinos y los menestrales se sufragaban con el recurso al crédito privado de los censos (rentas constituidas con garantía hipotecaria) o bien acudiendo a las ayudas financieras de entidades como los pósitos o los montepíos, tan extendidos por la geografía peninsular. En el caso de los censos, su impagado daba lugar a la pérdida de las posesiones hipotecadas, hecho que ocurrió con cierta frecuencia en el mundo rural y que fue una fórmula indirecta para que los grandes propietarios o las clases urbanas adineradas acumularan tierras. En estas condiciones, las comunidades de grandes financieros y banqueros fueron prácticamente inexistentes. Madrid, sin demasiado brillo, fue sin duda la más importante, mientras que Cádiz o Barcelona se conformaron con pequeños núcleos que no lograron constituir una banca estable. Los únicos intentos formalizados en la Barcelona del último cuarto de siglo, acabaron fracasando (Banco de Vitalicios, Banco de Fondos Perdidos, Banco de Cambios). Asimismo, estos núcleos financieros sólo muy tardíamente lograron especializarse como tales, puesto que tardaron bastante tiempo en ir abandonando los negocios mercantiles para centrarse en las actividades puramente especulativas. A finales del siglo, en ciudades como Barcelona, Cervera o Lleida, todavía existían las arcaicas Taules de Canvi dependientes del municipio. De hecho, las apremiantes necesidades de numerario rápido y constante vinieron especialmente del propio Estado. Primero, por las urgencias derivadas del mantenimiento armado del imperio colonial, tan imprescindible para el funcionamiento de la economía hispana. Y segundo, por las propias obligaciones derivadas de la creación de una nueva administración y del intento de financiar el programa interior de reformas. Esta triple necesidad condujo al erario a sufragar sus obligaciones financieras mediante la deuda pública y a través de la fundación de una banca nacional. El Banco de San Carlos (1782), concebido sobre la base de otros precedentes europeos, tuvo como doble función hacer frente a la deuda pública y ayudar a financiar las empresas estatales. Pero el intento fue tardío, en un contexto de relativo agotamiento de las fuerzas productivas y en un marco de progresivas dificultades internacionales, especialmente con los ingleses. Así, las necesidades de la hacienda en el marco del colapso colonial y de los conflictos bélicos acabaron con la experiencia, y el capital privado dejó de confiar en ella. De hecho, la crónica del capital financiero es paralela a la historia de un país cuya economía en nada estimulaba su formación: el dinero fue siempre caro y esquivo no tanto porque no lo hubiera como porque quienes lo tenían adoptaron actitudes conservadoras, seguramente a causa de un ambiente general no siempre favorable al dinamismo empresarial o financiero.
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La arquitectura neoclásica tuvo un gran acogimiento en los Estados Unidos, ya que el nuevo país queria crear una república imitando a las del mundo antiguo. Uno de los mejores ejemplos de esta arquitectura lo encontramos en el Capitolio, edificado por Thornton y Bulfinch y ampliado posteriormente por Thomas Walter, quien levantó la gran cúpula, rememorando a la del Vaticano, y añadió las alas destinadas al Congreso y al Senado.
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En El Capricho, Gaudí utiliza fundamentalmente la cerámica, en una suntuosa decoración en la que destaca el recuerdo oriental y el motivo del girasol, constantemente repetido.
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En el Capricho de Comillas quedaron plasmados los logros que Gaud] había extraído de la arquitectura árabe: el manejo de la luz, la plasticidad de la decoración de azulejos. El Capricho es el nombre que se le dio a la finca de veraneo construida en Comillas para Eusebio Guëll y Bacigalupi, miembro de una importante familia industrial catalana que amplió su patrimonio al casar con Isabel López, heredera del marqués de Comillas. El edificio se levanta sobre una colina y presenta una forma alargada, orientando su fachada principal hacia el norte. La puerta principal está precedido por un pórtico formado por cuatro gruesas columnas con amplios capiteles de motivos vegetales, alzándose sobre este cuerpo saliente una singular torre decorada con motivos florales amarillos sobre un fondo verde, integrando así el edificio en la naturaleza que le rodea.
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El arquitecto concibe este edificio como un organismo vivo en el que las actividades diarias siguen el recorrido del sol. Los espacios destinados a actividades matinales se orientaron al sur y los ocupados por la tarde a poniente, dejando los espacios que miran al norte para actividades exclusivamente veraniegas.
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El espacio más característico de El Capricho lo constituye el pórtico con unas columnas sumamente originales sobre las que se monta la torre de aspecto arborescente y orientalizante.