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La fantasía y el "capricho" se adueñan de esta estampa en la que los toros vuelan, representación clara del subconsciente de Goya.
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La serie de los Disparates es la más enigmática de los grabados de Goya. Nunca se llegó a editar en vida del maestro, saliendo por primera vez a la luz en 1864 gracias a la Academia de San Fernando. Debía constar de más de 22 imágenes, pero es este número de estampas el que en la actualidad conforma la colección. Aunque no existen fechas precisas, se supone que fue realizada coetáneamente con las Pinturas Negras, entre 1819 y 1823, por el ambiente similar de ambas producciones. También se ha denominado a esta serie Proverbios -pensando que explicarían el refranero español- o Sueños, por lo onírico de buena parte de las escenas. Disparate es el término más empleado por Goya en los títulos de las estampas y se considera como el genérico del conjunto. Sería lógico pensar que los fantasmas de la vejez y de la muerte afloran en el ánimo del viejo pintor y los traspasa a estos geniales e incomprensibles grabados. En el Disparate femenino existe cierta similitud con el Pelele, cartón para tapiz realizado por Goya en su juventud. Las mujeres mantean a dos figuras que por su desmembramiento y tamaño parecen muñecos de trapo. Sobre la manta se divisa un asno dormido y una figura humana, aludiendo quizá al carácter animal de los hombres que caen fácilmente en las redes femeninas, entendiéndose como una alusión al mundo de la prostitución, tan habitual en los Caprichos. El exquisito dibujo que emplea el maestro caracteriza toda la serie y, por extensión, toda la obra grabada en la que Goya se muestra más ácido y crítico que en sus lienzos.
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La salud del anciano Goya en el momento que diseñó los Disparates no era buena, existiendo un terrible miedo a la muerte en su fuero interno. Por eso nos muestra en esta estampa ese terror en el que el espíritu del hombre muerto parece vagar por el mundo de las tinieblas, de lo desconocido.
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Esta estampa es de la más enigmáticas de la serie, sugiriendo Lafuente Ferrari que podía tratarse de una alusión a la líbido, a la torpe búsqueda del placer solitario sobre la que cae, como un vengador, el hombre de la garrocha que representaría la razón.
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Se ha querido apreciar en esta estampa una crítica de Goya al ambiente cortesano vivido en tiempos de Carlos IV que permitió la invasión de Napoleón, la figura que aparece al fondo tocada con su característico sombrero. Sin embargo, no existe certeza absoluta sobre este significado, pudiendo Goya aludir también al tiempo de Fernando VII en el que el rey estaba dominado por una camarilla.
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También recibe el título de Disparate desordenado. Una pareja está unida contra su voluntad, aludiendo al matrimonio por interés, e increpa a los que contemplan el espectáculo, dando a entender que gritan a la sociedad lo injusto e irracional de su situación. Los hábitos clericales de las dos figuras de la izquierda se refieren al visto bueno de la Iglesia a estas prácticas. Algunas figuras de alrededor tienen rasgos animalescos que expresarían su maldad. Goya, como espíritu ilustrado que era, criticará duramente estos matrimonios de conveniencia tanto en los Caprichos - Que sacrificio! - como en sus cartones - La Boda -. Pero también escritores como Ramón de la Cruz o Leandro Fernández de Moratín arreciarán sus críticas contra esta costumbre que anulaba completamente la facultad de elegir en el matrimonio.
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Esta estampa se interpreta como una referencia del paso del tiempo, el camino del ser humano desde su juventud hacia la vejez. Por el título también podría considerarse como una alusión a la pobreza y la ignorancia - las dos figuras que persiguen a la mujer- que provocan la caída de la joven en el mundo de la prostitución, representada por las celestinas que sentadas esperan la llegada de una nueva pupila.
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La inestabilidad política existente en España en el momento que Goya grabó sus Disparates podría estar representada en esta estampa, reflejo del refrán "Bailando en la cuerda floja".
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Figuras de varias edades se arremolinan sobre una rama seca, escuchando atentamente las palabras de un personaje de espaldas. Desconocemos el significado exacto de esta estampa en la que Goya pudo aludir al refrán "Andarse por las ramas" según apunta algún especialista.
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Un monstruo formado por el cuerpo de un caballo, cabeza y garras de ave rapaz sirve de montura a una pareja. El hombre sujeta a la mujer que alza las manos asumiendo el rapto al que ha sido sometida. Podría Goya recuperar la crítica hacia los matrimonios de conveniencia en el sentido contrario, lo que se obliga a realizar a los amantes para escapar de un matrimonio infeliz.