El estallido de la guerra había sido en cierto modo visto como un presagio por la propia creatividad cultural. Si tomamos tan sólo el campo de la pintura, no ya sólo en el caso Guernica de Picasso sino también en la obra de Kokoschka, Magritte, Grosz, Max Ernst o Dalí había sobradas premoniciones de una tragedia inminente. La guerra supuso un momento cardinal en la Historia de la cultura universal, como punto final de una época y de partida para otra. No engendró quizá una literatura pacifista de la envergadura de la que se hizo después de 1914-1918, pero no cabe la menor duda de que después de 1945 el panorama cultural cambió de forma decisiva. Se puede decir, además, que la experiencia humana y creativa durante este período bélico tuvo facetas muy distintas de aquellas que habían caracterizado al anterior. La principal de ellas fue la del colaboracionismo que, durante la anterior guerra, había sido una realidad poco menos que inexistente, mientras que ahora las victorias alemanas y la propia condición de la guerra como conflicto interno en el interior de los países beligerantes lo propició, en especial después de la derrota de Francia en 1940. París, en efecto, seguía siendo la capital intelectual del mundo. Con las perspectiva del tiempo transcurrido, llama la atención hasta qué punto vivió con relativa normalidad la ocupación por parte de los momentáneos vencedores. Éstos supieron poner en práctica una especie de control limitado o liberalismo vigilado que establecía unas normas no sólo mucho más tolerantes que las de la propia Alemania sino también que la misma zona de Vichy, en teoría autónoma. En el origen de todo ello hubo una manifiesta voluntad política destinada a librarse de complicaciones. Incluso puede añadirse que los ocupantes actuaron con cierto cinismo pues, lejos de mantener la tesis del "arte degenerado" que condenaba al repudio a la vanguardia, Goering se dedicó al saqueo de las colecciones públicas y privadas francesas de impresionistas y posimpresionistas. Por inesperado que pudiera resultar, no cabe la menor duda de que se puede hablar de la existencia de un amplio colaboracionismo en el terreno intelectual que tuvo, además, representantes eximios. En realidad, de los miembros de la Academia francesa tan sólo el católico François Mauriac colaboró con la Resistencia. Una actitud muy característica fue, por ejemplo, la de un Paul Claudel que después del desastre alabó a Pétain, a quien presentó como "un anciano que se ocupa de todo y habla como un padre". No fue el único dispuesto a adoptar este género de actitud. El embajador alemán en París montó una red de instituciones y actividades culturales en las que participaron personajes de primera importancia. Además, era relativamente tolerante frente a la Francia de Vichy, donde, por ejemplo, incluso el Tartufo de Molière fue prohibido. Una revista editada en París durante la ocupación alemana, Comoedia, contó con colaboraciones de alguna futura gran figura de la literatura francesa, como Sartre. Cuando en 1942 los alemanes decidieron invitar a un grupo de artistas a visitar Alemania consiguieron que fueran allí algunos muy conocidos como Despiau y Dunoyer de Segonzac e incluso otros que habían tenido un papel muy importante en la vanguardia de otros tiempos como Dérain, Van Dongen y Vlaminck. Cuando Goering visitó París, a fines de 1941, Paul Morand, Sacha Guitry y Henri de Montherlant acudieron a las recepciones oficiales y, en el verano siguiente, la visita de Arno Breker, el escultor favorito de Hitler, congregó a gran parte del mundo intelectual parisino. Sin embargo, los más entusiastas entre los colaboracionistas fueron escritores o pintores jóvenes, algunos poco conocidos y otros cuyo mérito sólo se ha podido apreciar con el transcurso del tiempo. El colaboracionismo propició, por ejemplo, exposiciones como la titulada Jóvenes artistas de tradición francesa. Entre los jóvenes escritores pronazis en Francia los más relevantes fueron Céline, Brasillach y Drieu la Rochelle. El penúltimo fue ejecutado y el último se suicidó tras la victoria aliada. Otros artistas y literatos fueron objeto, en 1945, de determinadas sanciones, en general suaves, como la prohibición de exponer o de publicar. El director cinematográfico Clouzot, por ejemplo, no pudo filmar durante un par de años. Hubo también un área muy amplia de personas indiferentes, poco comprometidas con la Resistencia o que se adaptaron a la situación. En literatura, por ejemplo, el decadentismo del italiano Moravia puede identificarse con la primera postura citada. Cocteau escribió, en la intimidad de su diario, que Francia tenía la obligación de "mostrarse insolente" respecto de los ocupantes, pero también se declaró "compatriota" -en lo estético- de Arno Breker. En otros casos la actitud debe ser matizada. La permanencia del propio Picasso en París fue producto de la inercia, aunque no debió sentir ninguna atracción por los autores del bombardeo de Guernica. Le preocuparon mucho más, durante la ocupación alemana, motivos de carácter personal, como la muerte de su amigo el escultor Julio González. Sólo cuando se produjo el desembarco aliado, en junio de 1944, empezó a aparecer en su pintura una cierta visión esperanzada y crítica al mismo tiempo, que revela en este momento su alineamiento con la Resistencia. El propio Sartre pudo estrenar en el París ocupado -Huis Clos, Las moscas...- y sólo se convirtió en beligerante contra el nazismo a partir de 1944, posición que caracterizó a muchos otros intelectuales como el propio Malraux, tan comprometido durante la Guerra Civil española. Esta afirmación vale sobre todo para aquellos intelectuales o escritores menos vinculados con la política. Los que tenían un mayor y más directo interés en ella, aun habiendo pasado por algún momento de aproximación al régimen de Pétain, pronto se decepcionaron. La crítica al funcionamiento de la democracia francesa, el ansia de reforma social y el comunitarismo hicieron que se pensara en que el pétainismo podía tener el efecto de una regeneración moral. Nació así la escuela de cuadros políticos de Uriage, en la que participó Mounier y de la que luego saldrían algunas de las más señeras figuras de la intelectualidad y la política francesas de la posguerra. La mayor parte de las grandes casas editoriales se adaptó a las circunstancias sin excesivos problemas, algunas de ellas debido a su original significación derechista. Pero hubo también posiciones de escritores y de artistas que testimoniaron una temprana disidencia. Albert Camus, por ejemplo, publicó en 1942 L'étranger que quizá pudiera ser descrito como el testimonio del vacío provocado por la desaparición de los valores de la Francia republicana y vio cómo su ensayo El mito de Sísifo era censurado por tener un capítulo dedicado a Kafka. Fueron determinadas estéticas como el surrealismo y la condición judía las destinatarias de una persecución más directa inmediata y decidida por parte de los nazis. De cualquier modo, en 1945 las pautas de la creatividad cultural experimentaron una muy significativa modificación. Durante el período bélico el impacto de la guerra se había podido percibir en la obra de algunos de los creadores más brillantes. El patriotismo democrático de Orwell representa muy bien el espíritu de la resistencia británica y los dibujos de Henry Moore nos ponen en contacto con patéticos seres humanos protegidos del bombardeo alemán en el metro londinense. El norteamericano Norman Mailer acabaría reeditando, tras el conflicto, en Los desnudos y los muertos el aliento de la literatura pacifista. Pero si, volviendo a la pintura, Dalí eligió como tema de algunos de sus cuadros el impacto de la mortandad bélica, en cambio, Miró pareció dar por liquidado su compromiso y su obra eligió una senda mística, como la de quien se aísla para dar una solución a problemas tan sólo formales y alejarse de la trágica realidad del presente. Pero la paz demostró que, como escribió el italiano Cesare Pavese, la guerra intensifica la experiencia de la vida, de modo tal que es imposible volver al punto de partida. La obra pictórica de los pintores Dubuffet y Fautrier, matérica e inspirada en los "graffiti" urbanos, nos pone en contacto con el dramatismo de la lucha en la resistencia o de los campos de concentración. Incluso resulta perceptible un muy claro impacto de la guerra en los intelectuales alemanes. Ernest Jünger había exaltado la civilización militarista y aristocrática, pero ahora en sus diarios resultó bien patente un deslizamiento hacia los juicios morales y estéticos incompatibles con el nazismo. Idéntica preocupación ética aparece en Karl Jaspers o en Bonhoeffer. En la narrativa de Heinrich Böll encontramos la exacta contrafigura del supuesto heroísmo nazi. Idéntico moralismo, como eje de la creación literaria, resulta muy perceptible en Albert Camus, defensor apasionado de unos valores humanos sin los cuales la vida no merece siquiera ser vivida. Apasionado de los valores solidarios nacidos en la Resistencia, Camus -como Mauriac- acabó por considerar detestable la depuración de la posguerra. Pero hubo otros que la defendieron a ultranza tras haber sido menos beligerantes en favor de la Resistencia en los peores momentos. Lo característico del existencialismo de Sartre, en términos políticos, fue su dependencia de los comunistas, fenómeno intelectual que no sólo se dio en Francia sino también en Italia (en este caso con la colaboración de antiguos fascistas, como Vittorini). Tal tendencia hubo de prolongarse hasta fines de los sesenta. Una situación tal no se entiende sino como consecuencia del deseo de dotar al sistema político democrático de nuevos contenidos de fondo. En el mundo anglosajón, el rumbo seguido fue distinto: si hubo un liberalismo de izquierdas, personificado por Bertrand Russell, también en los años de la posguerra se pudo percibir una fuerte crítica al estatismo totalitario, principalmente gracias a la recepción del pensamiento liberal de la Escuela de Viena (Popper, Hayek...). En este epígrafe, se debe hacer mención también del papel que le correspondió a la Iglesia católica a lo largo del conflicto bélico. A este respecto, hay que desglosar la actuación del Vaticano en el seno de las relaciones internacionales del momento y la relevancia que para el pensamiento católico tuvo la experiencia de la guerra. Pío XI había sido considerado como un Papa proclive al fascismo hasta que sus conflictos con Mussolini degeneraron en un duro enfrentamiento. Su sucesor, el cardenal Pacelli, había experimentado por sí mismo, como nuncio en Alemania, los graves peligros que el nazismo planteaba al mundo católico. Su elección en el cónclave de 1939 fue considerada como un triunfo de una tendencia más bien inclinada hacia las potencias democráticas y se consideró que esta interpretación resultaba ratificada por el hecho de que el nuevo responsable de la diplomacia vaticana, el cardenal Maglione, había sido nuncio en París. Refinado y sutil pero indeciso y nada proclive a expresar posturas taxativas, el carácter de Pío XII contribuye a explicar que, en ocasiones, su postura ante la guerra haya sido sometida a controvertidas interpretaciones. En los meses que precedieron al inicio del conflicto, el Papa hizo repetidas propuestas para evitarlo. Cuando faltaban tan sólo escasas semanas para que estallara, se apresuró a afirmar que "todo puede perderse con la guerra". Luego asumió la defensa de los intereses del catolicismo polaco, sometido a una gravísima prueba a lo largo de la guerra. Hasta mayo de 1940, la posición de L´Osservatore Romano resultó bastante independiente respecto al Eje. El Papa condenó la invasión de países neutrales e hizo todo lo posible por evitar la entrada en la guerra de Italia. En abril de 1940 llegó a escribir a Mussolini señalando los peligros que podía suponer la entrada en el conflicto. El Duce le respondió que la doctrina tradicional católica consideraba positiva la paz tanto como la justicia en las relaciones internacionales. Los principales reproches a la posición del Papa derivan de su actitud a partir del momento en que el Eje logró sus principales victorias en Europa y se refieren a la supuesta negativa del Vaticano a asumir la defensa de los judíos frente a la persecución y exterminio practicados por los nazis. Se ha de tener en cuenta, sin embargo, que en ese momento todavía se ignoraba la realidad del Holocausto, incluso por parte de los propios aliados. Una intervención pública de Pío XII, realizada en diciembre de 1942, condenó de forma genérica a los que perseguían, incluso hasta la desaparición física, a sectores de la población por tan sólo su procedencia étnica o por su origen; pero realmente pudo parecer algo tibio, por estar basada en rumores más que en noticias firmes. El Vaticano juzgó en estos momentos que le estaba vedada cualquier gestión diplomática y que, además, si era entendida como una protesta aumentaría el rigor de la persecución contra los católicos. Los mensajes del Papado, aunque dotados de calidad, pecaron de imprecisión y de exceso de tono retórico. El argumento empleado por alguno de los miembros de la jerarquía eclesiástica consistió en afirmar a posteriori que también había sido posible realizar una misión evangelizadora en tiempos de los bárbaros. Eso habría intentado el Papado en estos momentos. Al mismo tiempo, el Vaticano, durante los años centrales de la guerra, fue un punto de apoyo importante en los intentos de Roosevelt por evitar la ampliación del Eje e incluso, a comienzos de 1940, se convirtió en el cauce de una conspiración de los disidentes alemanes para lograr la marginación de Hitler. Luego, cuando las operaciones bélicas fueron menos propicias para el Eje -a partir de 1943- el Papa fue considerado como el camino más propicio para sacar a Italia de la guerra. En el verano de este año, se planteó la posibilidad de que Pío XII abandonara Roma y se estableciera en una gran potencia católica neutral. No fue una posibilidad inmediata, pero Hitler llegó a meditar la posibilidad de proceder a su detención. De todos modos, la posición del pontífice siguió siendo de una extremada prudencia: cuando en el verano de 1944 murió el secretario de Estado no fue sustituido, como si se temiera que un nuevo nombramiento pudiera dar la sensación de inclinarse por alguno de los beligerantes. Con posterioridad a la guerra, a Pío XII le sería reprochada tibieza en la defensa de los judíos. Como quiera que sea, el período bélico supuso un reto para el pensamiento católico en torno a cuestiones políticas y sociales que tuvo relevantes consecuencias con el transcurso del tiempo. El impacto de la guerra fue especialmente importante entre los intelectuales católicos que habían empezado a descubrir el valor cristiano de la democracia y que estaban ya alineados en contra del fascismo. El francés Jacques Maritain, emigrado al Nuevo Continente, descubrió el sentido más profundo de la experiencia democrática y de la economía social de mercado. Por su parte, Luigi Sturzo, el sacerdote italiano que había sido principal inspirador del Partido Popular, elaboró todo un pensamiento acerca de la moralización de las relaciones internacionales. Más complicado fue el caso de Emmanuel Mounier, uno de los intelectuales más críticos respecto al mundo de la Tercera República francesa, capaz, por tanto, de ser captado, en un principio, por los supuestos deseos de regeneración moral de Pétain. Luego, sin embargo, evolucionó en un sentido muy contrario a la colaboración y en la posguerra se sentiría atraído por una cierta convergencia con el comunismo y un antiamericanismo muy marcado. Dos actitudes que tuvieron importantes repercusiones políticas en los años posteriores a 1945.
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Entorno al comienzo del siglo XIX, el porcentaje de los analfabetos era aproximadamente del 94%, al final de la década de 1850, el 80% en números redondos, y algo más del 75% en 1877. El descenso porcentual fue considerable. Especialmente en los primeros cincuenta años del siglo, es más importante de lo que a primera vista podría parecer porque se ha producido un crecimiento demográfico ya significativo de por sí. Una disminución de casi un 19% significaba un enorme avance. Es decir, en sólo siete décadas el analfabetismo se había reducido muchísimo más que en siglos. Entre 1860 y 1877 tenemos datos para afirmar que el analfabetismo decreció en mayor medida entre las mujeres que entre los hombres. Aproximadamente por cada 77 varones que se alfabetizaron lo hicieron 100 mujeres. A este ritmo, que se mantuvo durante algunas décadas, la igualdad en este punto era sólo un problema de tiempo. El grado de alfabetización era mayor en el norte del Duero (excepto Galicia). Parte de Castilla la Nueva, Castilla la Vieja, Asturias, las provincias vascas y Navarra eran las provincias con menor número de analfabetos. Por el contrario, la mayoría de las islas Baleares y Canarias, Andalucía, Extremadura, Galicia y parte de Aragón, Cataluña, Castilla la Nueva y Levante tenían más analfabetos proporcionalmente respecto a la población. El analfabetismo era mayor en medios rurales que urbanos. En 1860 el porcentaje de alfabetizados era de casi el 34% en las capitales de provincia, una proporción mucho más elevada que en los pueblos. En comparación con otros países, la España de los años setenta estaba muy lejos del grado de alfabetización de la mayoría de los países occidentales americanos o centroeuropeos, por ejemplo Bélgica y Austria rondaban el 50%, y se encontraba en una media de los países mediterráneos, flanqueado por Italia, con un porcentaje algo mayor que España, y Portugal, con un porcentaje algo menor. El descenso de analfabetismo fue, en parte, fruto de las escuelas dominicales y otras acciones privadas de educación de adultos. El esfuerzo fue notable en el mundo urbano. Sin embargo, la disminución del analfabetismo se produjo con la relativa extensión de la enseñanza primaria. Los principios de universalidad, obligatoriedad y gratuidad que asumieron las Cortes de Cádiz para la enseñanza primaria de los niños no pasó de una buena intención. El número de analfabetos da idea clara de hasta qué punto se incumplió dicha obligación durante todo el siglo XIX. Lo primero que faltaban eran escuelas. Hasta 1838 no se dinamizó la creación de escuelas. La enseñanza primaria, entre 6 y 9 años, según la ley de 1857, se ajustó algo más a la realidad: era obligatoria, pero no gratuita. A la altura de la promulgación de la ley, el número de escuelas, con ser insuficiente, había crecido. Había más de 16.000 en toda España. Entre éstas había gran variedad: unas tenían edificios, mejores o peores, mientras que otras se situaban en los pórticos de las iglesias, donde los niños tenían que soportar las inclemencias del tiempo. Las escuelas de niños eran mucho más numerosas que las de niñas. En algunas regiones, la proporción era de diez a una. En relación al número de habitantes, eran más abundantes en las ciudades que en los medios rurales y en las regiones de la mitad norte que en el sur. Las escuelas se diferenciaban en privadas y públicas. Estas últimas eran superiores, completas, incompletas y temporales. Las capitales de provincia y las poblaciones con más de 10.000 habitantes debían disponer de una escuela superior. Las poblaciones de más de 500 habitantes estaban obligadas a sostener una escuela elemental completa de niños y otra de niñas. Los pueblos con menos población podían agruparse para crear una escuela completa y, de no ser así, debían tener su propia escuela incompleta o, al menos, de temporada. La falta de asistencia a la escuela dependía de muchos factores: - La situación socio-cultural era el más importante de ellos. Si bien la oferta de plazas escolares era insuficiente, para una población infantil que, teóricamente, podría asistir a la escuela el principal problema en buena parte de España era la falta de una demanda por parte de los padres, que no alcanzaban a entender la importancia de la instrucción primaria para sus hijos o, sencillamente, creían que, como ocurrió durante siglos y siglos, tal nivel de formación no le correspondía a su categoría social. - No era el menos importante el hecho de la escasez de escuelas. Además de las privadas, existía un número variable de escuelas públicas que, de acuerdo con la Ley de 1857, dependía de los ayuntamientos a todos los efectos. A pesar de todos los problemas, el número de escuelas, tanto públicas como privadas, creció. Sin embargo, la distribución de las escuelas era muy desigual en el territorio español. Como sugiere Reher, comentando el Censo de 1887, la propia Ley Moyano disponía una escuela por cada pueblo, pero la segunda y siguientes escuelas se establecerían por cada cierto número de habitantes, de tal manera que el tipo de poblamiento de la España latifundista o minifundista, basada en grandes y pocos poblachones o en población dispersa, tenía un menor número de escuelas que la España de la meseta y del noreste, con muchos y pequeños pueblos. Ello se venía a sumar a una estructura social del sur poco propicia a la escolarización, como acabamos de ver. Las ciudades tampoco estaban muy favorecidas por esta medida. Salvo en los barrios de clases medias, que contaban con suficientes escuelas privadas, la mayoría de la población urbana tenía una carencia de escuelas públicas. La falta de escuelas y de demanda de las mismas se conjugaron para que, en los años setenta y ochenta del siglo XIX, en las grandes ciudades, una mitad de la población infantil o no estuviera escolarizada o tuviera una asistencia muy irregular. En general, la calidad de la enseñanza era baja, como lo eran los sueldos de los maestros, que frecuentemente se dedicaban a otras ocupaciones (cura, barbero, secretario, etc.), lo que estaba admitido en la Ley Moyano, siempre que no perjudicara el ejercicio de la enseñanza (art. 174).
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Las obras artísticas de China en el período neolítico fueron conocidas a través de hallazgos escalonados a lo largo de varios años. Las cerámicas de Yangshao y de Longshan guardan gran importancia: la primera era la cerámica roja producida hasta mediados del primer milenio antes de Cristo, con motivos decorativos lineales o figurativos; la segunda era la cerámica negra de pasta fina y muy delgada con vasijas de formas características, sobresaliendo la forma del trípode entre todas ellas. En las ruinas de Banpo, en Xi'an, fueron halladas varias vasijas de barro, como la jofaina encontrada cerca de los restos de casas y lugares de entierro, pertenecientes al área de la cultura de Yangshao, en las provincias de Shaanxi, Xinzheng y Xichuan de Henan, en Jingshan de Hubei, etc. El material utilizado para la elaboración de estas cerámicas fue el loess fino que, mezclado con agua, adquiría la plasticidad apropiada para hacer modelos cerámicos. Después se completaban con asas, mangas o pitones, cuando la arcilla aún no estaba dura y posteriormente, se les adornaba con rayas y se pulían tanto en el exterior como en el interior. Algunos objetos de arcilla fina fueron pintados con un instrumento parecido al pincel, con un tinte hecho de hematites o de óxido de manganeso, cuyos motivos decorativos en formas lineales que representaban objetos, supusieron los balbuceantes inicios de la escritura china. Y en el área de la cultura de Longshan, como en Linyi y Wwifang de la provincia de Shandong, fueron hallados vasijas y vasos, productos de la alfarería más avanzada. Sobre todo fue en este período cuando se comenzó a emplear el caolín para conseguir la cerámica blanca, junto a las famosas cerámicas negras. Los objetos de bronce fueron hechos con destino al culto, tanto para veneración de los antepasados como para las ceremonias religiosas celebradas según ancestrales costumbres. La perfección técnica conseguida en la elaboración de estos objetos demuestra el grado de desarrollo alcanzado por la cultura china en el segundo milenio antes de nuestra era. Son las clásicas formas de trípode, recipientes que tienen las inscripciones de las formas primitivas de la escritura china.
lugar
Ubicada en los Campos Flegreos, Cumas fue una colonia griega fundada por colonos de Calcidia hacia el año 740 a.C. Muy próspera durante la época arcaica, los samnitas la conquistaron en el año 421 a.C. En el año 338 a.C. se convirtió en "civitas sine suffragio" y en el 90 a.C. en municipio romano. Los restos arqueológicos más importantes son el foro, el templo de Apolo, la gruta de la Sibila y las vías subterráneas, conocidas como criptas Cumana y Coceyana. En Miseno, próximo a Cumas, Agripa mandó levantar en el año 37 a.C. un gran puerto, base de la flota romana en el Mediterráneo, junto con el de Rávena.
acepcion
Vestido realizado en lana fina de alpaca o vicuña, típico en los Andes de América del Sur.
obra
Al igual que Barca del Elba en la bruma matinal, fue descubierto en el castillo de Basedow, Mecklenburgo, en 1941, en la colección del conde Friedrich Hahn, junto a obras de Clausen Dahl. De nuevo, por medio de la eliminación de todo plano intermedio, Friedrich logra presentarnos la naturaleza como una realidad inabarcable, trascendente y terrible. A pesar de las evidentes diferencias de motivo, esta obra puede vincularse a Las edades, por cuanto muestra las distintas fases de la vida de los abetos con intención simbólica. Como en Amanecer en el Riesengebirge, la cumbre se alza por encima de la niebla: es el símbolo de Dios; los abetos lo son de los creyentes. Este sentido de la unidad cósmica de la Creación, Weltgefühl, se plasma en un paisaje espiritualizado, al igual que en Runge. En este sentido se puede relacionar con Bruma matinal en la montaña, de 1808.
contexto
De poco después de los trabajos en el Hospital Tavera son los encargos del cardenal Silíceo para tres iglesias: una en la provincia de Madrid y dos en la de Toledo. La Magdalena de Getafe (Madrid) fue trazada entre 1548 y 1549, pero las intervenciones posteriores hicieron que se perdiera casi todo lo llevado acabo por Covarrubias, de lo que subsiste la planta general con cabecera ochavada, capilla mayor cuadrada, brazos del transepto rectangulares y cuerpo de tres naves separadas por pilares cilíndricos toscanos, en la tradición de las Hallenkirche españolas del siglo XVI. En cuanto a las dos toledanas, retoman el modelo de iglesia introducido en Valencia hasta conseguir variantes del mismo. En la iglesia jerónima de Santa Catalina de Talavera de la Reina (Toledo; 1549) trazó la cabecera y una portada dórica, pero la lentitud de su construcción hizo que el primitivo proyecto se alterase profundamente. En el interior merecen destacarse la organización mediante la superposición de órdenes ya mencionada -dórico y jónico-, así como la venera que cierra el presbiterio y la cúpula sobre pechinas que debía levantarse sobre el crucero; desgraciadamente no supo resolver el exterior en correspondencia con este interior, desajuste que priva de armonía a los volúmenes exteriores. En la del convento de la Concepción Francisca de La Puebla de Montalbán (h. 1553) los exteriores apenas recibieron atención por parte del maestro, que se centró, como en Talavera, en la resolución del espacio interior. En él mantiene el esquema iniciado en Valencia pero abandona la superposición de órdenes columnarios para utilizar hermas masculinas y femeninas que sostienen el entablamento, lo que supone la verdadera innovación de Covarrubias al utilizar este elemento, que hasta entonces había tenido una función exclusivamente decorativa en manos de Francisco de Villalpando en Toledo o en la capilla de los Muñoz de la catedral de Cuenca, prácticamente contemporánea de la iglesia de La Puebla. El uso de las hermas resolvió el problema que se había presentado en Talavera, causado por la desproporción de los órdenes a que obligaba su superposición, que hacía que el superior resultara enano y afectaba a la composición vertical de todo el edificio. Por lo demás, el edificio se proyectó en planta como la concatenación de dos espacios cruciformes cubiertos con bóvedas de arista, cañón artesonado y cúpula sobre pechinas con linterna. A mediados de siglo, Covarrubias intervino en numerosas obras de importancia menor o desaparecidas. Entre ellas destacan la remodelación del Colegio de Infantes de Toledo y el acondicionamiento de sus alrededores (1550-1553) por encargo del cardenal Silíceo. En la capilla mayor de la parroquia de San Román de Toledo (1552), capilla privada de los Niños de Ribera, utiliza una versión mucho más decorativa de su estilo arquitectónico. Aquí hubo de acomodarse a la antigua cabecera ochavada, lo que le obligó a cubrir este espacio con bóveda de crucería; entre ellas y la cúpula sobre pechinas de la capilla -decorada con casetones con rosetas y bustos femeninos y masculinos- volteó una bóveda de cañón decorada con motivos tomados del Libro IV de Serlio; los arcos torales están sostenidos por pilastras con grutescos y telamones y hermas femeninas que sostienen capiteles corintios, similares a las de La Puebla de Montalbán. Hacia 1553 proyectó la cúpula rebajada que cubre la caja de la escalera del monasterio de San Juan de los Reyes, formalmente muy cercana a la ejecutada en la capilla mayor de San Román, con casetones decorados con flores y centro avenerado, pechinas en concha que cargan sobre los muros, lo que obliga a disponer ocho pechinas secundarias al no descansar la calota sobre arcos, y escudos de los Reyes Católicos y de Carlos V. Esta solución fue aplicada también con algunas modificaciones, en la remodelación efectuada por orden del cardenal Silíceo en la sinagoga de Santa María la Blanca (1554) para convertirla en iglesia. Covarrubias se encargó de acondicionar el presbiterio decorando profusamente las bóvedas de las tres cabeceras planas de las naves centrales, para lo cual debería enfrentarse de nuevo al problema de adaptar formas esféricas renacientes a espacios ortogonales. Las cabeceras laterales se cubrieron con bóvedas de cañón artesonado y venera semicircular sobre dos pechinas, y la central con bóveda ochavada sobre cuatro pechinas aveneradas, solución más retardataria que la empleada en San Juan de los Reyes y que relaciona esta obra con los cimborrios góticos del siglo XV, aunque la cubierta no es nervada sino que la componen ocho elementos en torno a una pequeña cúpula avenerada, lográndose la transición de los unos a la otra mediante ocho pechinas minúsculas, La decoración está tomada también aquí de los grabados de Serlio, en tanto que la estructura de la cúpula se relaciona con las techumbres artesonadas renacentistas de madera.
acepcion
Escritura típica de Mesopotamia y otras zonas de influencia. Se realizaba sobre tablillas de arcilla con un instrumento de punta para dejar una impresión en forma de cuña. Este tipo de caracteres son previos a la aparición del alfabeto.