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obra
Aunque posee un título similar, esta obra religiosa personal no guarda una relación directa con La cruz en la montaña - Altar de Tetschen, salvo en cierta reiteración de los motivos y del tratamiento cromático. Fue realizado en 1812, un año en que, a causa de la guerra, Friedrich llevó a cabo escasas obras, por lo que padeció una notable estrechez económica. La iglesia presenta el frontón oriental de la Marienkirche de Neubrandenburg, la ciudad de sus padres, de la que Friedrich transformó con libertad la torre occidental. Como de costumbre, es un cuadro compuesto de varios motivos recogidos en sus dibujos anteriores. Los abetos proceden, por ejemplo, de un estudio realizado en junio de ese mismo año. La iglesia, sometida a su intención simbólica, aparece descontextualizada, aspecto que perdurará durante toda su vida, como se puede ver en Ruina de Eldena en el Riesengebirge, de 1834. Otro rasgo particular es la acentuada simetría y la enfática separación del primer plano y el fondo; la carencia de una perspectiva lineal, que se manifiesta en la sucesión de figuras planas y la ausencia de borrosidad en los elementos más "lejanos", fue ya duramente criticada con ocasión del Altar de Tetschen. Sin embargo, es parte configuradora del estilo de Friedrich. La obra descansa sobre dos grandes rombos: uno en primer término formados por las rocas, y un segundo formado por las iglesia gótica y los abetos entre la niebla. En la parte inferior de la composición se aprecian zonas de hierba y árboles muertos, símbolos cristianos de la humanidad antes de la llegada del Mesías. La fuente a los pies de la Cruz es un símbolo claro del bautismo. La conjunción de los abetos y las agujas góticas representa la unidad de los cultos a la patria alemana y a Cristo.
fuente
Aunque data de la I Guerra Mundial, esta Hanseatenkreutz concedida por la ciudad de Lübeck fue incorporada por el III Reich en 1937.
Personaje Literato
Inició su carrera literaria como traductor de obras teatrales italianas y francesas, interesándose por los autos sacramentales de Calderón y cultivó la zarzuela, alcanzando importantes éxitos con "Los segadores de Vallecas" y "Los labradores de Murcia". Su fama se inicia con la publicación de sus sainetes, obras de carácter menor pero en los que se presenta la vida de personajes contemporáneos de manera cómica, empleando un lenguaje vulgar, característico de las calles de Madrid. Su producción de sainetes se extiende entre 1762-1792 y en ellos recoge todos los aspectos y tipos de la sociedad madrileña, tratados con fina ironía y un ligero fin moralizante. Interesado por el drama escribió "Manolo, tragedia para reír y sainete para llorar", donde mezclaba drama con comedia. Autor prolífico, en su haber tiene más de 500 obras -"La plaza Mayor por Navidad", "Inesilla la de Pinto", "La petimetra en el tocador" o "El Rastro por la mañana"- que gozaron de éxito en su tiempo, lo que le valió la protección de la condesa de Benavente y del duque de Alba.
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En 1864 el suizo Henri Dunand, horrorizado ante la visión de los sufrimientos de los heridos en la batalla de Solferino, decidió crear una organización que pudiese paliar los efectos de las guerras sobre los individuos, cuidándose de heridos, mutilados y enfermos. Su bandera, la bandera de Suiza con los colores invertidos, fue reconocida en la Primera Guerra Mundial (1914-18) como símbolo de los hospitales y el personal sanitario, siendo generalmente, como ocurrirá durante la Segunda Guerra, respetado. La organización tiene secciones en la mayoría de los países.En el mundo musulmán su símbolo es una media luna de color igualmente rojo. La mayoría de sus recursos provienen de la suscripción voluntaria de sus integrantes. Las secciones nacionales de cada país destinaron hospitales y personal médico y sanitario a todos los frentes; algunos equipos, también, se dedicaron a suministrar a los convalecientes bienes como tabaco, libros, papel para escribir cartas, etc. La acción más importante de la Cruz Roja durante la II Guerra fue la de interntar velar por la protección de los prisioneros de guerra. La Convención de Ginebra precisó algunos principios con el objetivo de garantizar la seguridad y el buen trato de los soldados capturados en combate, cuya supervisión fue llevada a cabo por miembros de la Cruz Roja, generalmente ciudadanos de la neutral Suiza. Las potencias beligerantes, excepto la URSS, debían notificar el nombre y número de registro de cada soldado apresado a la oficina central de la Cruz Roja en Suiza, información que ésta transmitía a sus países de origen. La operación duraba con frecuencia varios meses. No sólo los soldados, sino también los civiles internado en campos fueron acogidos, si ello era posible, bajo los cuidados de la Cruz Roja. El hecho de que la URSS no reconociese a esta organización jugó un papel muy negativo en contra de sus propios soldados y ciudadanos, seis millones de los cuales murieron en manos del enemigo. En el mismo sentido, este no reconocimiento hizo que las autoridades soviéticas pudieran disponer de los prisioneros del Eje a su antojo, sin dar cuentas a nadie. Tampoco pudieron beneficiarse de los servicios de la Cruz Roja los prisioneros de los campos de concentración, considerados por los nazis como un asunto interno de Alemania. Sólo a partir de comienzos de 1945 la organización internacional pudo hacerse cargo de algunos de los supervivientes, pudiendo trasladarles a países neutrales.
Personaje Arquitecto
Entre los primeros artistas indígenas conocidos encontramos al arquitecto Sebastián de la Cruz. En sus trabajos se aprecia una excelente simbiosis entre el barroco hispano y los elementos decorativos precolombinos, creando el llamado estilo mestizo. Sus primeros trabajos se desarrollan en la iglesia de la Compañía de Jesús en Potosí para después continuar en la iglesia de San Francisco de la misma región. A su muerte los trabajos en la iglesia fueron continuados por los hermanos Arenas.
contexto
La otra cara de la moneda de la política mediterránea fernandina la conformaban las operaciones destinadas a frenar el expansionismo otomano y la piratería berberisca. La conquista de los Balcanes y la ocupación de Otranto por los turcos en 1480 crearon una frontera de breve duración entre islamitas y cristianos. Los eslabones isleños de la cadena occidental que hacían posible mantener una comunicación relativamente segura con Levante y Palestina eran las posesiones venecianas de Candía y Chipre, la genovesa de Chíos y el bastión de los caballeros sanjuanistas en Rodas, que convertían a la Orden del Hospital en la avanzadilla cristiana en su lucha contra el Islam. Al otro lado de la línea de fuego, la armada otomana -con sus bases en el Egeo y los núcleos berberiscos en el Norte de África- era dueña y señora del mar y no cesaba de hostigar los intereses occidentales. En esta situación de permanente hostilidad, el siglo XVI se abrió con una reactivación de la guerra del corso -rodiotas, españoles, portugueses, franceses y malteses en el lado cristiano; frente a renegados albaneses, griegos y eslavos, berberiscos y turcos en el musulmán-, alentada por la reactivación de guerra santa tras la caída de Granada y por la rivalidad franco-española en Italia. En este escenario irrumpirá la figura legendaria de Aruch Barbarroja, cuyas riquezas y hazañas tuvieron un punto de inflexión en la captura de una nave española con soldados de elite del Gran Capitán, así como en su alianza con Muley Mauset, rey de Túnez, sentando las bases para su futura proclamación como señor indiscutible de Argel. El atrevimiento de Barbarroja precipitó la respuesta española en forma de intervención en el Magreb. El proyecto ya rondaba las mientes de los reyes. Así, en el testamento de Isabel la Católica se insistía en la necesidad de la ocupación de Berbería, y su viudo auspició en 1505 la expedición contra el enclave corsario de Mazalquivir, en el que, en palabras del cronista Andrés Bernáldez, "ca dioles Dios tal victoria y buena ventura, que os primeros tiros de artillería mataron al alcaide moro y otros muchos; los moros no se osaron más tener y diéronse a partido que fuesen libres con lo que pudiesen llevar...". Mas este éxito para las armas cristianas no hizo sino agudizar las incursiones piratas desde sus refugios norteafricanos, aprovechando el viaje a Nápoles de Fernando el Católico para asolar las playas andaluzas, con tanto atrevimiento que fray Prudencio de Sandoval sentencia que "no se podía navegar ni vivir en las costas de España". Aquella efervescencia corsaria culminó en 1509 con la conquista de Orán por una expedición diseñada por el cardenal Cisneros, financiada con las rentas del arzobispado de Toledo, donde el grado de componente mesiánico hizo creer a los españoles que esta victoria les llevaría en volandas hasta la mismísima recuperación de Tierra Santa. Sin embargo, el inmediato revés de Los Gelves o isla de Yerba hizo añicos estos sueños cruzados, dejando en manos de Carlos I y Solimán el Magnífico el dictado de nuevas reglas de juego en la política mediterránea.