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Está generalizada la tendencia a considerar la incorporación de las mujeres al trabajo remunerado como un cambio positivo para ellas. No obstante, aquí no se observa una mejora en la situación material de las mujeres exiladas -del grupo mayoritario de las amas de casa- en función de su nueva actividad, ni tampoco se derivaba de ello una mejor consideración social del trabajo de las mujeres. Al contrario, sí puede afirmarse que, por lo general, se mantuvo en la familia la misma división del trabajo genérica por la cual correspondían a la mujer las tareas domésticas y el cuidado de los hijos, mientras que los hombres ocupaban una posición de dominio en el grupo. Estos roles genéricos tradicionales eran aceptados por las propias mujeres, pues concebían su trabajo remunerado como algo secundario respecto a sus verdaderas tareas que consistían en el trabajo no pagado en el seno del hogar. Las instituciones del exilio contribuyeron también al mantenimiento de estos roles genéricos mediante las normas que regulaban su relación con los grupos familiares de exilados. Estas se basaban en una concepción androcéntrica del grupo familiar que dejaba a la mujer una posición totalmente subordinada a su padre o mando. Junto a esta tendencia conservadora de los comportamientos femeninos tradicionales se observan algunos cambios que afectan a la división genérica del trabajo. Aparecen nuevos comportamientos femeninos entre las exiladas, sobre todo en el sentido de que se presta menor atención al trabajo doméstico y a la reproducción, en beneficio de su actividad laboral y de una vida social más diversificada. Aquellas que hemos llamado amas de casa 'modernas' son las que concedían un papel más relevante a su trabajo profesional, pues solía ser una actividad más especializada y mejor remunerada que el trabajo de confección a domicilio. Por ello aspiraban a reducir su participación en el trabajo doméstico aunque tampoco ellas lo abandonaban por completo; el recurso al empleo de otras mujeres como servicio doméstico para estas tareas permitía que pudieran cumplir su objetivo. Gráfico Por otra parte, la actividad laboral de las mujeres, que limitaba sus posibilidades de dedicación a la esfera doméstica, unida al empeoramiento de las condiciones de vida producido por el exilio, condujo al descenso del número de hijos por mujer entre las familias de refugiados durante los años cuarenta. Así, aunque no fuera de una forma programada, empezó a introducirse un nuevo modelo de comportamiento femenino caracterizado por estar menos centrado en la maternidad y en las actividades domésticas. El control de la natalidad estaba, a su vez, impulsado por el deseo de las mujeres que querían incorporarse en condiciones de igualdad con el hombre a la vida social y al trabajo remunerado. Este nuevo modelo de comportamiento aparece principalmente entre las mujeres más cualificadas que trabajaban fuera de casa, no entre las que se ocupan del trabajo doméstico y la confección a domicilio. Estas últimas, por el contrario, con el paso del tiempo, tendieron a abandonar el trabajo remunerado para centrarse en las tareas domésticas cuando la situación económica familiar lo permitió.
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La peste negra dejó en todos los territorios por donde se propagó unas huellas profundísimas. Pero su impacto se dejó sentir básicamente, como era lógico por lo demás, en el terreno demográfico, testigo de un brusco incremento de la mortandad. Las fuentes coetáneas de la epidemia ya nos advierten de dicho fenómeno, por más que se trate de simples opiniones subjetivas. "No se había conocido nada semejante. Los vivos apenas eran suficientes para enterrar a los muertos", leemos en las "Vitae Paparum Avinonensium". Por su parte, el brillante cronista francés Jean Froissart también nos dejó su testimonio a propósito de la peste negra: "En este tiempo por todo el mundo corría una enfermedad, llamada epidemia, de la que murió un tercio de la humanidad. Comenzó a darse en Florencia y en el contado enfermedad, luego mortalidad de gente, especialmente mujeres y niños, en ,general gente pobre", dirá el cronista G.Villani, víctima él mismo de la epidemia. El cronista Agnolo di Tura "il Grasso", que nos ha dejado una patética descripción de los efectos causados por la peste en Siena, después de indicar que en aquella dramática situación "el padre abandonaba al hijo, la mujer al marido y un hermano a otro hermano", afirma: "yo mismo enterré a mis cinco hijos con mis propias manos". Un texto del año 1350, procedente de una diócesis gallega, señalaba que a consecuencia de la peste "murieron en nuestra diócesis casi las dos terceras partes tanto de los clérigos como de los feligreses". Como se ve, las referencias proceden de diferentes regiones de la geografía europea, pero todas ponen el dedo en la llaga al señalar los terribles efectos de la peste negra. ¿Disminuyeron en un tercio los efectivos demográficos de los países afectados por la epidemia? ¿O acaso en dos tercios? Ciertamente analizar en términos cuantitativos la mortandad causada por la peste negra es de todo punto imposible, debido a las limitaciones de las fuentes conservadas. Es preciso advertir, por otra parte, que el morbo afectó de manera muy desigual a unas y otras regiones de Europa. El norte de Polonia, por ejemplo, prácticamente quedó indemne de la peste. Comarcas como el Bearn o Brabante, en el occidente de Europa, sintieron muy débilmente sus mortíferos efectos. Otras comarcas, como el Artois, aunque padecieron la peste, la sufrieron de forma muy matizada. Algo parecido ocurrió con la ciudad de Milán. En cualquier caso los contrastes regionales fueron muy acusados, incluso tratándose de territorios relativamente próximos. Es sabido, por referirnos a un ejemplo del Imperio germánico, que Brandeburgo fue mucho más afectado por la muerte negra que Franconia. La única estimación global de la mortandad causada por la peste negra para un país europeo nos la proporciona J. C. Russell a propósito de Inglaterra. Este investigador calcula que Inglaterra perdió, debido a la aludida epidemia, entre el 20 y el 25 por 100 de su población, aunque esa proporción alcanzó niveles muy superiores en algunas comarcas, como el condado de Surrey. Escocia. por su parte, perdió, entre los años 1349 y 1362, casi una tercera parte de sus habitantes. La región francesa de Ile-de-France perdió, entre 1348 y mediados del siglo XV, cerca de la mitad de su población. El entorno rural de la ciudad italiana de Pistoia perdió, entre los años 1340 y 1400, cerca del 60 por 100 de sus efectivos demográficos. Si nuestro punto de vista se sitúa sobre núcleos de población concretos observaremos que algunas ciudades alemanas tuvieron pérdidas elevadísimas: Magdeburgo, el 50 por 100, y Hamburgo, entre el 50 y el 66 por 100, porcentaje similar al que afectó a Bremen. Bolonia perdió, según el cotejo de los datos de enero de 1348 con los de enero de 1349, entre 1/3 y 2/5 de sus habitantes. París, de la que hay también información cuantitativa aprovechable, vio descender el número de sus habitantes en un 25 por 100 aproximadamente. Muy elevada fue también la mortalidad en ciudades como Deventer, Ypres o Tournai. De todas formas hay que tener en cuenta que las pérdidas demográficas de muchas ciudades se vieron compensadas por las inmigraciones de gentes procedentes del medio rural. Si de la incidencia territorial de la epidemia pasamos a contemplar sus efectos sobre grupos compactos de la población, ¿no es significativo que en Inglaterra perecieran a consecuencia de la peste negra el 18 por 100 de sus obispos y en torno al 40 por 100 de todos los clérigos beneficiados? En este orden de cosas cabe consignar el dato relativo a los canónigos del cabildo de la catedral de Burdeos, recogido en sus investigaciones por R. Boutruche: "En vísperas de la llegada de la peste negra eran veinte, de los cuales en 1355 solo permanecían cinco; tres de ellos nos consta que habían cambiado de residencia, pero los doce canónigos restantes, es decir, más de la mitad, habían muerto, presumiblemente en función de la incidencia de la epidemia". También se han utilizado como guía para el estudio de la mortandad causada por la peste negra los testamentos. En su trabajo sobre los campos de la región de Lyon a fines de la Edad Media, M. T. Lorcin ha comprobado que el año en que se hicieron más testamentos, de todo el siglo XIV, fue 1348, con un total de 376. Le sigue el año 1361, en que se propagó nuevamente la peste, con 206. Los siguientes años están a gran distancia, por el número de testamentos redactados: 92 en 1343 y 91 en 1392. En otras ocasiones las referencias demográficas aluden a un periodo cronológico de relativa amplitud. G. Bois comprobó que en el este de Normandía la población descendió, entre los años 1314 y 1380, en un 53 por 100. La ciudad italiana de Imola vio descender sus efectivos demográficos, entre los años 1336 y 1371, en cerca de un 40 por 100. Pero aunque en los dos periodos mencionados se propagó la peste negra, y todo indica que ella fue la causa principal de ese declive poblacional, es imposible conocer cual fue su concreta incidencia en lo que a mortandad se refiere. En ocasiones la incidencia de la epidemia se ha deducido no de lo que los documentos cuentan, sino de lo que callan. Tal es el caso, por ejemplo, de lo acontecido en la ciudad italiana de Orvieto, estudiada en su día magistralmente por E. Carpentier, la cual dedujo los efectos de la peste negra a través del silencio de las fuentes. Al fin y al cabo era tal el temor reverencial que causaba la peste que incluso se evitaba escribir su nombre, como comprobó Arlette Higounet-Nadal en su estudio sobre Périgueux en los siglos XIV y XV. Los datos conocidos de la Península Ibérica son, asimismo, muy fragmentarios. También hubo comarcas en las que la muerte negra apenas hizo acto de presencia, como la plana de Castellón. Luttrell, por su parte, ha probado cómo la epidemia causó muy escasas víctimas entre los hospitalarios de Aragón. Pero hay más referencias en sentido contrario, alusivas a la mortal influencia de la peste. Es muy significativo, por ejemplo, que en un cementerio judío de Toledo nueve de las 25 inscripciones funerarias fechadas entre los años 1205 y 1415 correspondan a 1349. En las inscripciones citadas la peste negra es, sin duda, la causante del óbito. Recordemos la inscripción funeraria de David ben Josef aben Nahmías, sumamente expresiva por más que utilice elementos retóricos: "Sucumbió de la peste, que sobrevino con impetuosa borrasca y violenta tempestad". Si pasamos a tierras aragonesas nos encontraremos igualmente con una fractura demográfica en los años medios del siglo XIV. La población de Teruel disminuyó, entre los años 1342 y 1385, en un 37 por 100. Aunque el arco cronológico es, una vez más, amplio, en el mismo se sitúa la incidencia de la muerte negra. Más llamativa fue la evolución demográfica experimentada por la comarca catalana de la plana de Vic, la cual contaba en vísperas de 1348 con unos 16.000 habitantes, pero quedó reducida a sólo 6.000 unos años después. Conclusiones semejantes se deducen de las investigaciones efectuadas sobre la evolución de la población en el siglo XIV en territorios tan diferenciados entre sí como Mallorca o Navarra. En Mallorca, a juzgar por las investigaciones llevadas a cabo por A. Santamaría, perecieron a causa de la peste negra el 4,4 por 100 de los habitantes de la ciudad de Palma y el 23,5 por 100 de los que vivían en los núcleos rurales de la isla. Es posible, no obstante, que esta distorsión entre el campo y la ciudad mallorquines obedeciese también a la existencia de movimientos migratorios desde el ámbito rural hacia el urbano. Por lo que respecta a Navarra, los estudios de J. Carrasco han revelado el brusco descenso poblacional experimentado en la merindad de Estella entre los años 1330 y 1350, una de cuyas principales causas fue sin duda la mortífera epidemia de que venimos hablando. En diversas ocasiones se ha establecido una conexión directa entre la difusión por Europa de la peste negra y el incremento de los despoblados. N. Cabrillana afirmó en su día que "la aparición en España de la peste negra borró del mapa, para siempre, buena cantidad de lugares". En un estudio monográfico sobre el obispado de Palencia el citado autor calculó que la muerte negra fue la causa de la desaparición de 88 núcleos de población, es decir, el 20,9 por 100 del total de los existentes antes de 1348. Pero, al margen de las observaciones críticas que pueden hacerse al trabajo mencionado, hoy se piensa que los despoblados no fueron causa directa de las epidemias de mortandad. El abandono de un lugar se produce, habitualmente, en el transcurso de un proceso más o menos largo, y en el mismo influyen causas muy diversas, como la creciente pobreza de sus suelos o el atractivo de algún núcleo vecino. En esas circunstancias la presencia de una epidemia como la de 1348 pudo actuar como un aldabonazo importante, pero nada más. Hemos hablado hasta ahora de las consecuencias demográficas de la peste negra. Pero el morbo citado dejó asimismo sus huellas en otros muchos terrenos. Por de pronto causó una gran conmoción en los espíritus, lo que se tradujo en la proliferación de movimientos sumamente sorprendentes, entre los cuales quizá el más llamativo fue el de los flagelantes. Se trataba de muchedumbres que recorrían, en procesión, los diversos países europeos. Los flagelantes surgieron, casi al mismo tiempo, en buena parte de Europa, desde Hungría hasta Inglaterra y desde Polonia hasta Francia. Iban acompañados de signos religiosos y, como forma de hacer penitencia, se dedicaban a flagelarse entre sí, de donde procede el nombre con que se les conoce. Sus integrantes, por lo demás, solían reclutarse entre las capas bajas de la población. El movimiento, en el que se daban cita al mismo tiempo manifestaciones de histeria colectiva propias de una época de crisis y una severa crítica a la jerarquía eclesiástica, fue considerado perverso por las autoridades religiosas, que decretaron su prohibición. No tiene por ello nada de extraño que los escritos de la época lanzaran duras diatribas contra los protagonistas de dicho movimiento. He aquí lo que decía un texto alemán de aquel tiempo, "estos flagelantes hicieron mucho mal al clero por sus predicaciones y su arrogancia". En otro orden de cosas la peste negra contribuyó en buena medida a reavivar en todo el Continente europeo el antijudaísmo, que parecía encontrarse adormecido en los últimos tiempos. Al recaer sobre los hebreos la acusación de que habían provocado el mal, en diversas regiones europeas, desde Alemania hasta Cataluña, se desataron persecuciones contra las aljamas judías. En 1349, "entre la fiesta de la Purificación y la Cuaresma numerosos judíos perecieron en todas las ciudades, castillos y aldeas de Turingia, en Gotha, Eisenach, Arnstadt, Illmenau, Nebra, Wei und Wiche, Tennstaedt, Ilebrsleben, Thamsbrueek, Frankenhausen y Weissensee, porque el rumor público los acusaba de haber envenenado las fuentes y los pozos", leemos en un texto alemán de la época. Recordemos, aunque sólo sea en sus grandes líneas, lo acontecido en tierras del Principado. El "call" o aljama de los hebreos de Barcelona fue asaltado por las turbas en mayo de 1348, apenas unos días más tarde de la presencia de la peste en la ciudad. La violencia antisemita se propagó después a los "calls" de Cervera y Tárrega y, en menor medida, a los de Lérida y Gerona. El clima de terror que causaron las mortandades contribuyó a acentuar la búsqueda, por parte de los que estaban a su merced, de posibles tablas de salvación. Ni que decir tiene que la principal fuente abastecedora de esos auxilios era la Iglesia. Así se explica que, en la época que siguió a la difusión de la peste negra, aumentaran considerablemente las que Miskimin ha denominado "inversiones en gracia espiritual". Los fieles no dudaban en desprenderse de sus bienes si a cambio creían garantizar la salvación de su alma. Lo cierto es que, a través de las más diversas vías, los legados y las donaciones efectuados a la Iglesia crecieron por doquier. Las mortandades, por consiguiente, hicieron posible que las arcas de la Iglesia engrosaran. La muerte, realidad cotidiana en la época de difusión de la peste negra, se convirtió, como no podía menos de suceder, en un tema predilecto de la literatura y del arte. Pensemos, por ejemplo, en las famosas "Danzas de la muerte", que proliferaron en diversos países europeos desde la segunda mitad del siglo XIV. También las pinturas del camposanto de Pisa nos ofrecen un espléndido testimonio de la importancia que adquirió el tema de la muerte en la Europa del siglo XIV. No menos significativo es, a ese respecto, el éxito que alcanzó, a finales del siglo XIV, el "Dies Irae", un canto fúnebre que databa, como mínimo, del siglo XII, pero cuyo arraigo definitivo sólo se produjo en la Europa de las mortandades. ¿No puede verse asimismo relación entre la muerte negra y el clima de vitalismo explosivo, que como contraste a las desgracias del mundo terrenal, recorrió Europa en las décadas que siguieron a la llegada del morbo fatídico? El cronista florentino M. Villani captó de forma magistral esa situación al decir que los que habían sobrevivido a la peste negra, en lugar de ser "mejores, más humildes, virtuosos y católicos... llevan una vida más escandalosa y más desordenada que antes. Pecan por glotonería, sólo buscan los festines, las tabernas y las delicias en la comida, se visten de formas extrañas, inhabituales e incluso deshonestas". Por su parte, Bocaccio, insistiendo en la misma idea, nos dice, en su "Decamerón", que muchos ciudadanos "pensaban que la plaga se curaba bebiendo, estando alegres, cantando y divirtiéndose, y satisfaciendo todos sus apetitos, por lo que pasaban el día y la noche de taberna en taberna bebiendo sin moderación y haciendo sólo lo que les agradaba hacer". Claro que también es lícito establecer conexión entre el hecho de la mortandad generalizada, por una parte, y la tendencia a la retirada del mundo, preparándose exclusivamente para bien morir, por otra. Quizá la obra más expresiva, en ese sentido, sea la "Imitación de Cristo", que data de comienzos del siglo XV y ha sido atribuida a la pluma de Thomas Kempis. La idea central de dicha obra era el abandono de las vanidades de este mundo, de ahí que se le haya presentado como la apología suprema de la renuncia.
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Después de la batalla de Mícala, entre los jonios de Asia y de las islas, lo mismo que entre algunos de los eolios, que suelen incluirse a este propósito dentro de la primera denominación, se difundió de nuevo el espíritu de rebeldía frente al poder de los persas. Las islas de Lesbos, Samos y Quíos llevaron la iniciativa y buscaron el apoyo de los atenienses, pues sabían que éstos habían defendido la propuesta de defenderlos en su territorio frente a la opinión espartana, favorable a evacuar los territorios asiáticos. Los problemas internos de Esparta, que tuvieron su manifestación más precisa en la aventura de Pausanias, favorecieron que, sobre estos fundamentos, se produjera un cambio de hegemonía. De hecho, el mismo año de Mícala, mientras el espartano Leotiquidas volvía a Lacedemonia y disolvía la flota de la Liga Griega, Jantipo, al mando del contingente ateniense, con el apoyo de los jonios, puso cerco a Sesto y pudo regresar al año siguiente, el 478, con un importante botín. Cuando la flota espartana volvió a presentarse al mando de Pausanias, su modo de actuar en Bizancio fue considerado tiránico y filopersa, por lo que, por motivos diferentes, jonios y espartanos estuvieron de acuerdo en ceder la hegemonía a los atenienses. De hecho, éstos no hacían más que intentar recuperar el control que se había establecido en el Helesponto en la época de la tiranía, así como el acceso a los centros aprovisionadores de grano de que se venía nutriendo Atenas desde época de Solón. Los mismos intereses que habían llevado a los individuos relacionados con el genos de los Alcmeónidas a mantener unas relaciones cordiales con los persas eran los que ahora impulsaban a Jantipo a continuar ha guerra contra ellos. Las fuentes, procedentes de Atenas, ven en este proceso, por una parte, de manera inmediata, la voluntad de la ciudad de convertirse en la defensora de la libertad de los griegos y, por otra parte, el inicio del panhelenismo, aspecto este último recogido más bien por escritores tardíos, de los que destaca Diodoro de Sicilia, de pensamiento universalista, que ha leído a Éforo, historiador que en el siglo IV se enfrentaba al particularismo de la polis.
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Tras Queronea en Atenas la resistencia queda vencida, pero no por ello dejan de actuar los grupos que anteriormente se habían manifestado en contra de Filipo, con propuestas en ocasiones desesperadas, como la de Hipérides, que habría llegado a defender la liberación de los esclavos para conseguir la defensa de la ciudad. La línea de Demóstenes, defensora de la polis, llega a la contradicción de proponer la destrucción de sus bases para conservarla. Es un síntoma de la perplejidad en que se encuentra el demos. En cambio, Foción aprovecha la coyuntura para tratar de reanimar las actividades del Areópago, para transformar la presencia macedónica en marco de la restauración del sistema oligárquico. La nueva realidad se ve retratada en que esa misma oligarquía apoya la erección en el ágora de una estatua dedicada a Filipo, imagen del poder personal, inicialmente contradictoria con las aspiraciones antitiránicas del poder oligárquico. En el exterior, aunque Filipo controla el Quersoneso, los atenienses consiguieron conservar algunas cleruquías, dentro de la política de aceptación momentáneamente triunfante, por los que rodeaban a Foción. En el 337, se reúne el congreso de Corinto, donde se nombró a Filipo hegemón de los griegos, strategós autokrátor, denominaciones institucionales basadas en tradiciones griegas ya existentes, pero ahora cargadas de una fuerza personal mayor que, en la realidad, se traducía en la imposición en las ciudades de guarniciones encargadas de apoyar a los promacedonios, es decir, a aquellos que, en defensa de sus propios intereses, habían procurado favorecer la intervención de los macedonios. Las medidas son significativas del sentido general representado por estas tendencias. El rey prohibía tomar medidas como las redistribuciones de tierra, la abolición de deudas y la liberación de los esclavos. En el año 336, Filipo reunía las tropas en el Helesponto para emprender una expedición contra Persia. Con ello, los conflictos griegos trataban de hallar una solución en el exterior. Pero en ese momento Filipo era asesinado.
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Mientras el vehículo aceleraba a través del Puente Lateiner, un hilo de sangre comenzó a surgir de la boca del Archiduque. Había sido alcanzado en el cuello y la bala le había perforado la yugular, alojándose en la columna vertebral. Su mujer exclamó: "¡Por Dios! ¿Qué te ha sucedido?" y, acto seguido, se inclinó hacia delante. El general Potoirek pensó que se había desmayado e intentó ayudarla. Sin embargo, la duquesa Sofía había sido mortalmente alcanzada en el abdomen. Agonizando, su marido alcanzó a pronunciar: "¡Querida Sofía no te mueras, vive por nuestros hijos!", pero la duquesa Sofía estaba muerta y unos minutos después fallecería también el Archiduque. Sus últimas palabras fueron: "No es nada, no es nada..." A las 11,30 de la mañana comenzaron a sonar todas las campanas de Sarajevo; los terroristas habían logrado su objetivo. En un primer momento pareció que nada iba a suceder en Europa tras el atentado; el asesinato de Sarajevo pareció ser algo distante y sin mayor importancia. Al recibir la noticia en su central de Londres, la redacción de Reuter pensó que aquel mensaje urgente era el resultado de una carrera de caballos, con indicación de los vencedores: Sarajevo (1°), Fernando (2°), Asesinado (3°). En Viena se celebró un discreto funeral para el heredero; el origen plebeyo de la duquesa impidió su entierro en la iglesia de los Capuchinos en Viena, lugar reservado para la realeza de los Habsburgo. La pareja fue enterrada en el castillo de Arttesten, propiedad de Francisco Fernando. Como señala Marc Ferro, "Viena siguió siendo Viena y la música no cesó de sonar". En Sarajevo, los terroristas, salvo uno, ya habían sido arrestados el 5 de julio. Dada la escasa simpatía que Francisco Fernando despertaba, Viena delegó la investigación policial a las autoridades de Sarajevo. Éstas, únicamente pudieron establecer con claridad que las armas provenían de Serbia, pero nunca pudo probarse la complicidad del Gobierno serbio. Mas eso no salvaría a Belgrado, cuyas aspiraciones a la Gran Serbia atentaban directamente contra la supervivencia del Imperio Austro-Húngaro. Por eso, Viena decidió que el doble asesinato no podía quedar impune. Así, tras recibir el acuerdo de su aliado alemán, dirigió el 23 de julio un ultimátum a Belgrado que, de haberlo aceptado en su totalidad, le hubiese reducido a un satélite de Austria. Serbia aceptó todas las condiciones, salvo la participación de investigadores austriacos en su territorio, por considerarlo un atentado a su soberanía. La respuesta de Serbia no satisfizo a Austria, que le declaró la guerra el día 28 de julio. La razón por la cual este atentado desencadenó un conflicto mundial estuvo en el funcionamiento automático de movilizaciones y en el sistema de alianzas establecidas en Europa desde hacía años. Rusia quería evitar el aniquilamiento de Serbia y así, el 26 de julio, el zar decretaba una movilización parcial para intimidar a Austria-Hungría. El día 1 de agosto, Alemania declaraba la guerra a Rusia y el día 3, a Francia. Inglaterra entró en el conflicto el 4 de agosto. La Primera Guerra Mundial había comenzado, tal y como había previsto unos años antes el canciller Bismarck, "por alguna estupidez en los Balcanes".
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Las consecuencias de la Guerra de Sucesión fueron considerables. En el plano internacional, los tratados firmados suponían la consolidación de un nuevo mapa y el triunfo de un ideario novedoso en las relaciones intereuropeas: la paz en el continente se conseguiría a través del establecimiento de un justo equilibrio de poder entre dos bloques tácitos de similar fuerza que por medio de la disuasión garantizarían la concordia. Francia y Austria resultarían los centros de las alianzas y Gran Bretaña la gran vigilante que terminó por imponer de hecho su criterio de la balanza de poderes. En el plano interior los efectos resultaron variados. Pese a la sangría que toda guerra comporta, no parece que la demografía sufriera importantes retrocesos, dado que buena parte de las tropas eran extranjeras y que los contendientes no efectuaron matanzas sobre una población civil cuya simpatía deseaban granjearse. La economía tampoco se resintió especialmente, puesto que la recuperación periférica no resultó gravemente alterada. Tampoco la estructura social experimentó modificaciones, pues a partir de 1725 los pocos exiliados austracistas pudieron volver a disfrutar nuevamente de sus bienes y haciendas. Así pues, fue sin duda en el ámbito político donde las transformaciones resultaron especialmente esenciales. En la política interna el poder real iba a quedar reforzado frente a los grupos sociales, a la Iglesia, a los cuerpos legislativos y a los antiguos reinos, cuyos fueros resultaron abolidos en la búsqueda de un nuevo estado que iba a tener en la uniformidad y no en la variedad su propia razón de ser. En la política externa, la sangría de las posesiones europeas obligó a España a mirar con más detenimiento hacia dentro y observar el todavía extenso imperio colonial con ojos distintos a los Habsburgo. España se atlantizará y se indianizará a lo largo del siglo, especialmente en su segunda mitad.
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La primera mitad del siglo XIX es, desde el punto de vista de la Historia Económica de América Latina, una gran desconocida, fundamentalmente por la ausencia de estudios cuantitativos, de alcance nacional y regional, que permitan avanzar más allá de las generalizaciones al uso que se acostumbran a realizar sobre el tema. En este sentido, se echan en falta trabajos de envergadura, como los que recientemente originaron la polémica entre Leandro Prados y Josep Fontana sobre las consecuencias que la independencia de las colonias americanas tuvo en la economía española, que tanto hicieron avanzar la comprensión del problema desde el punto de vista metropolitano. Los cuatro temas principales en torno a los cuales girará este capítulo son: los reajustes regionales producidos después de la emancipación; la evolución de los flujos comerciales externos y el reacomodamiento de las líneas internas de comunicación y transporte; el papel de los comerciantes, las finanzas y el imperialismo británico en el continente, y por último, las relaciones de las nuevas repúblicas hispanoamericanas con su antigua metrópoli, España. El telón de fondo que acompañó de un modo recurrente las primeras décadas de funcionamiento de los nuevos gobiernos independientes hispanoamericanos fue el de la guerra. Primero, las guerras de independencia contra el odiado enemigo español y luego, las guerras civiles para determinar el control del territorio y del poder entre las distintas elites regionales. Claro está que desde el punto de vista de las consecuencias económicas no se trata de un problema baladí, ya que una de las máximas preocupaciones de la política económica de los nuevos gobiernos era conseguir los fondos necesarios con los que poder financiar las guerras en las que se habían involucrado. Había que comprar barcos y armas, municiones y pertrechos, alimentos (cuando no se los requisaba) y pagar los salarios a los oficiales y a la tropa, aunque fuera con dilatados atrasos. Posteriormente también fue necesario financiar los déficits generados a fin de costear las empresas bélicas. Y todo ello tuvo una gran importancia desde el punto de vista de la captación de recursos y de su reasignación, e inclusive de su distribución regional.
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Los orígenes de Santa María de Gradefes se deben a doña Teresa Petri, quien al enviudar en 1164 decidió fundar un monasterio para monjas cistercienses en sus tierras de Gradefes. En 1168 llegaron las monjas que forman la primera comunidad, procedentes del monasterio navarro de Tulebras, siendo nombrada abadesa la propia Teresa Petri, quien ocupó el cargo hasta su muerte en 1187. En poco tiempo el monasterio debió alcanzar una importancia considerable, ya que de él salieron religiosas para dos nuevas fundaciones: en 1181, la de Santa Colomba de las Monjas, localidad próxima a Benavente, y en 1245, la de Otero de las Dueñas. Del monasterio primitivo sólo quedan la cabecera de la iglesia, parte de la estructura del claustro y la sala capitular. Desde sus inicios, en 1177, las obras sufrieron varias interrupciones, quizá por motivos económicos, lo que hace que en el monasterio de Gradefes haya varias etapas. A la primera, de finales del siglo XII y principios del siglo XIII, correspondería la cabecera de la iglesia, la sala capitular y parte del claustro; en el siglo XIV se realizó un amplio transepto que preveía una estructura de tres naves para el cuerpo de la iglesia; en época moderna se construyeron dos únicas naves: la sur y la central en la que en el siglo XVII se hizo el coro. La iglesia de Gradefes es una excepción dentro de las tipologías planimétricas de edificios cistercienses femeninos. Su novedad radica en la presencia de una girola. En España la tienen cuatro monasterios, todos ellos masculinos, relacionados cronológica y estructuralmente con Gradefes, aunque con disposiciones espaciales más desarrolladas -Moreruela, Veruela, Fitero y Poblet- que, como ha indicado el profesor Bango, constituyen interpretaciones locales e independientes de lo que fue un modelo a imitar -Claraval II-. A éstos podrían añadirse los gallegos de Osera y Melón, pero matizando diferencias en su origen tipológico. La iglesia de Gradefes, a pesar de tener un planteamiento arquitectónico similar al de las anteriores, sin embargo, no necesitaba un número excesivo de capillas por ser una comunidad femenina, de ahí que éstas se reduzcan a tres. El claustro mantiene la estructura primitiva -arquerías de medio punto volteando sobre pilares- aunque con modificaciones, siendo la panda oeste la única que se transformó por completo en el siglo XVIII. De las dependencias monásticas medievales sólo se conserva la sala capitular en la que destaca, por su originalidad, una entrada constituida por siete vanos, mayor el central, con arcos ligeramente apuntados y apoyados alternativamente en dos o tres columnas. Su construcción debe ser coetánea a la de la cabecera y es quizá la parte del monasterio que tiene mayor unidad. La fundación del monasterio de Santa María del Salvador de Cañas, en 1169, se debe al conde don Lope Díaz de Haro y su mujer Aldonza Ruiz de Castro. Para ello donan la villa de Hayuela, localidad próxima a Santo Domingo de la Calzada donde, al parecer, existía un monasterio de monjas de la Orden de San Benito. Dicho monasterio fue entregado por los condes a la Orden del Císter. No debían estar las religiosas muy seguras en este emplazamiento, quizá por las molestias producidas por los vecinos de la comarca. El hecho es que en 1170 el conde don Lope concede a las monjas de Hayuela la villa de Cañas, por considerarlo un lugar más protegido, a donde fueron trasladadas. Muerto el conde, doña Aldonza ingresa en 1171 en el monasterio llevando consigo a varias de sus hijas. Entre ellas se encontraba Urraca, que fue abadesa de Cañas (1225-1262) y a la que se debe el máximo desarrollo del monasterio y el grueso de las obras de la iglesia y dependencias claustrales. Abandonado el monasterio de Hayuela y establecidas en su nuevo emplazamiento, se debieron habilitar unas construcciones provisionales para la comunidad, de las que desconocemos tanto su ubicación como su disposición. Tradicionalmente se viene considerando que el muro sur de la iglesia actual, contiguo al claustro, es el paramento más antiguo conservado. Es probable que en lo que hoy es la nave de la epístola se ubicase el primitivo templo, de una sola nave, como era habitual en las primeras iglesias de monjas cistercienses, siguiendo el modelo de la casa-madre de Tulebras. Pasados unos años, debido a un mayor apogeo económico, se decide levantar un templo más monumental, al este del ya existente. Se proyecta una cabecera de tres ábsides semicirculares de tradición románica que, a lo largo de las obras, se cambia por una estructura plenamente gótica. La parte baja de los ábsides es semicircular por dentro y por fuera en los laterales, mientras que el central es poligonal en el exterior. La excepcionalidad de este edificio está en la cabecera, quizá por influencia de Las Huelgas. Consiste, en planta, en que los ábsides laterales están precedidos por un tramo recto y dos el central, consiguiéndose una profundidad espacial que no se encuentra en otros templos femeninos de la Orden. Asimismo, en alzado, y tal vez imitando a la abadía burgalesa, sobre el basamento circular se disponen dos pisos de ventanas que caracterizan las construcciones del gótico pleno de mediados del siglo XIII. Las obras se debieron prolongar a lo largo de todo este siglo y el siguiente, construyéndose un amplio transepto que marcaba un cuerpo de tres naves. Sin embargo, la iglesia quedó abortada, no llegándose a realizar lo que se había propuesto construir, como ocurre en otros templos -Gradefes, San Andrés del Arroyo, Villamayor de los Montes- sin que podamos precisar con exactitud si fue realmente por falta de recursos económicos o por otras razones. No obstante, los soportes occidentales del crucero quedaban dispuestos para la realización de las naves, de las que sólo se construyó la central en el siglo XVI. Según el Tumbo, el 5 de mayo de 1508 doña Isabel de Leiba, abadesa, y el convento hicieron concierto con Martín González de Aragón, cantero, vecino de Nájera, para hacer el coro de este monasterio. La obra resultó ser una nave de tres tramos cubiertos con bóvedas de crucería con terceletes. La sala capitular es de cronología coetánea a la de la cabecera de la iglesia. El acceso se hace por un arco apuntado, flanqueado por dos de menor tamaño con decoraciones de tipo vegetal. Su disposición interior es totalmente novedosa con respecto a otros capítulos femeninos. Una columna central compartimenta el cuadrado en cuatro tramos de bóvedas de ojivas. En ella se encuentra el sepulcro de Urraca López de Haro, obra importante de la escultura funeraria. Respecto a la cronología de la fábrica medieval, no debemos considerarla tan temprana como se ha pretendido. El padre Manrique, en sus "Anales de la Orden Cisterciense", habla de una desaparecida lápida que había junto al refectorio en la que se decía que "En la era de mil doscientos setenta y cuatro (1236) fue edificado este monasterio por la Condesa Doña Urraca...". Los diversos trabajos realizados sobre el monasterio han establecido esta fecha para la conclusión de las obras. Sin embargo, el hecho de que en la inscripción se utilice la frase "fue edificado" no quiere decir que la obra estuviese concluida. Muchas veces, noticias como ésta de Cañas, se hacían sencillamente a modo de memoria de trabajos que podían estar en curso de realización, con el simple propósito de dejar constancia del hecho y del comitente. O bien, por el deseo de que su monasterio tuviese más antigüedad, alterar las fechas de inscripciones o documentos.
contexto
El coste de la guerra se estimó en torno a los 180.000-230.000 millones de dólares (en valor de 1914), y el de los daños causados por las destrucciones, en torno a otros 150.000 millones. Las devastaciones -edificios, campos, minas, ganado, puentes, ferrocarriles, fábricas, maquinaria, carreteras, barcos- fueron incalculables, sobre todo en las zonas más directamente afectadas por los combates, esto es, el norte de Francia, Bélgica, la Europa del este y la región fronteriza entre Italia y Austria. Sólo en Francia quedaron destruidos unos 5:000 kilómetros de vías férreas y unos 300.000 edificios. Las minas del norte, en la región de Calais, quedaron anegadas. La guerra, además, había trastocado toda la economía mundial. El comercio internacional y las inversiones en el exterior de los principales países europeos quedaron prácticamente interrumpidos entre 1914 y 1918. Estados Unidos y en menor medida Japón se hicieron con buena parte de los mercados antes controlados por Gran Bretaña, Francia y Alemania. La marina mercante norteamericana creció espectacularmente. Londres vio su posición como centro financiero amenazada por la huida del dinero a Nueva York y Suiza. En muchos países neutrales -por ejemplo, los países iberoamericanos, España, Holanda, los países escandinavos y Suiza-, la substitución de importaciones dio lugar a procesos más o menos consistentes de expansión (o reconversión) industrial. La demanda de materias primas y alimentos -trigo, azúcar, caucho, madera, café, maíz, aceite- impulsó la producción agrícola de los países centro y sudamericanos, asiáticos, africanos e incluso de Estados Unidos. Los países beligerantes habían tenido, además, que hacer frente a un doble problema: al aumento extraordinario de los gastos militares y a la necesidad de controlar y regular la propia economía nacional para su transformación para la guerra (fabricación de armamento y munición, y de todo tipo de material de campaña: alambradas, vehículos, alimentos, combustibles, medicinas, vendajes, uniformes, calzado, prendas de abrigo, herramientas, etcétera). De una parte, las economías europeas habían recurrido a préstamos cuantiosos y a otras formas de financiación (emisión de deuda, aumentos de la circulación monetaria, bonos del tesoro...): Estados Unidos pasó a ser el principal acreedor del mundo. De otra parte, los gobiernos impusieron desde 1914 fuertes controles sobre sus respectivas economías. En Gran Bretaña, por ejemplo, el gobierno nacionalizó temporalmente ferrocarriles, minas de carbón y marina mercante. El ministro de Armamento, Lloyd George, en 1916 puso en marcha 73 factorías para la producción de munición (que eran 218 en 1918), incorporando a ellas a miles de mujeres. Como jefe del gobierno desde diciembre de 1916, el mismo Lloyd George creó un gabinete de guerra, los ministerios de Trabajo, Alimentación, Navegación y Pensiones y un Departamento para la Producción de Alimentos. En 1918, su gobierno impuso el racionamiento del consumo de carne, azúcar, mantequilla y huevos, nacionalizó las fábricas de harina y se apropió de unos 5 millones de hectáreas de tierras no cultivadas. El presupuesto británico de gastos pasó de unos 200 millones de libras en 1913 a 2.579 millones en 1918. En Alemania, la evolución hacia una economía de guerra planificada había sido aún más decidida, y comenzó casi desde el primer momento. Primero, porque los militares temieron que los recursos propios pudieran no ser suficientes en caso de guerra prolongada; y luego, porque lo impuso la misma necesidad de resistir ante el bloqueo británico. El modelo fue el Departamento de Materias Primas creado en agosto de 1914 dentro del Ministerio de la Guerra, bajo la responsabilidad del director de la empresa eléctrica AEG, Walther Rathenau (1867-1922), miembro además de una prestigiosa familia de industriales judíos: todas las minas y factorías del país fueron integradas en varias "compañías de industrias de guerra" que, aun dirigidas por los propios industriales, pasaron a trabajar en exclusividad para el Estado mediante contratos especiales y de acuerdo con los objetivos de producción señalados por el gobierno. Éste fijó precios máximos para alimentos y vestidos. En enero de 1915, decretó el racionamiento del pan (y luego, el de todos los alimentos) y finalmente, integró toda la producción agraria e industrial relacionada con los cereales y la alimentación en una Oficina Imperial que controló y reguló el abastecimiento. El comercio exterior quedó igualmente bajo control del Estado tras la constitución, a finales de 1916, de la Compañía Central de Compras, la compañía comercial más grande del mundo, que se encargó de las exportaciones e importaciones con los países neutrales. El gobierno construyó, además, fábricas propias -por ejemplo, de nitratos- y estimuló con notable éxito la investigación para la producción sintética de productos esenciales (aluminio, celulosa, caucho, lubricantes, fertilizantes) previamente elaborados con materias primas de importación. El efecto que todos aquellos cambios tendrían sobre las economías de posguerra fue enorme. Todas ellas tuvieron que hacer frente no ya sólo a la reconstrucción, reabsorción de ex-combatientes y sostenimiento de viudas, huérfanos y mutilados, sino además a fuertes procesos inflacionarios y elevadísimos endeudamientos exteriores. El índice de precios de Gran Bretaña pasó de 100 en 1913 a 229 en 1918 y 351 en 1920; en Francia, de 100 en 1913 a 339 en 1918 y 509 en 1920; en Alemania, a 217 y 1.486, respectivamente, en los mismos años. La inflación fue igualmente alta en Bélgica, Holanda y los países escandinavos, y altísima en Austria, Hungría y en general, en los nuevos países del este de Europa. En Italia, que durante la guerra hizo también un excepcional esfuerzo en la construcción de armamentos y vehículos -gracias a la labor de coordinación del general Dallolio-, el índice de precios se elevó de 100 en 1913 a 412,9 en 1918; la deuda nacional se multiplicó en el mismo tiempo por cinco. La inflación y la inestabilidad monetaria tuvieron en todas partes el mismo efecto: pérdida del valor adquisitivo de los salarios y hundimiento de rentas fijas y del ahorro. Prácticamente, ningún país pudo recobrar el ritmo de actividad económica anterior a la guerra hasta 1923 (y Alemania, abrumada por el pago de reparaciones hasta después de ese año), a pesar de que la normalización del comercio internacional y la devolución al sector privado y al mercado de industrias y servicios estatalizados durante el conflicto permitieron en algunos países una apreciable recuperación de la producción y del trabajo ya en los años 1919 y 1920 (pero que a su vez incidió negativamente en países neutrales como España y como algunos países iberoamericanos que no supieron capitalizar los enormes beneficios que habían obtenido durante la guerra). Reconstrucciones, inflación, deuda exterior, inestabilidad monetaria -pues durante la guerra la mayoría de los países había renunciado al patrón oro-, reajustes económicos, y en los casos alemán, austríaco, húngaro y búlgaro, las "reparaciones" de guerra configuraron una situación económica internacional excepcionalmente vulnerable. La crisis comenzó a manifestarse en 1920 en Estados Unidos -aumento de stocks, caídas de precios-, lo que hizo que sus bancos optaran por políticas monetarias extraordinariamente restrictivas, deflacionistas (para sostener la moneda), y que el gobierno recurriese con el arancel de 1922 a la protección arancelaria para frenar las importaciones. Las repercusiones se harían notar en 1921 en todo el mundo. Excepción hecha de los países sometidos a procesos inflacionistas galopantes o con hiperinflación -esto es, la Europa central y oriental-, todas las economías recurrieron a políticas deflacionistas (encarecimiento del dinero, restablecimiento del patrón oro, reducción del gasto público, equilibrios presupuestarios, reducciones salariales) y a medidas fuertemente proteccionistas para sus respectivas industrias y agriculturas: algunas lo hicieron incluso antes que Estados Unidos. A medio plazo, ello permitió restablecer la estabilidad económica, sobre todo, desde que en 1924 se solucionó el problema hiperinflacionista alemán, y en definitiva se propició así la relativa prosperidad que la economía mundial experimentó entre 1924 y 1929. Pero a corto plazo, en 1921-23, deflación y proteccionismo provocaron una aguda recesión económica y un fuerte aumento del desempleo. En Gran Bretaña, el paro se elevó del 2,4 por 100 de la población activa en 1920 al 14,8 por 100 en 1921 (unos 2 millones de parados) y prácticamente se mantuvo en porcentajes del 7-10 por 100 a lo largo de toda la década. En Francia, la cifra de parados alcanzaba en abril de 1921 el medio millón de trabajadores; en Italia, subía de 388.000 en julio de 1921 a 606.000 en enero de 1922. Consecuencia de todo ello sería la intensa agitación laboral que toda Europa y Estados Unidos conocieron en los años 1919-22, que hizo pensar que el mundo occidental estaba abocado a una situación revolucionaria (a lo que contribuyeron desde luego el ejemplo de la revolución rusa y la creación en toda Europa de partidos comunistas alineados con las posiciones del nuevo régimen soviético). En Estados Unidos, por ejemplo, se habló de "pánico rojo" ante las amplias y muy duras huelgas que sacudieron el sector del acero en los años 1919 y 1920. En Francia, el número de jornadas perdidas en conflictos laborales pasó de 980.000 en 1918 a 15.478.000 en 1919 y a 23.112.000 en 1920. En Italia, de 912.000 (1918) a 22.325.000 (1919) y 30.569.000 (1920); en Gran Bretaña, de 5.875.000 (1918) a 34.969.000 (1919) y 26.568.000(1920). El caso fue similar en Alemania, Suecia, Noruega, Holanda y España. Del 5 al 11 de enero de 1919, los espartaquistas -que con otros grupos de extrema izquierda habían formado en diciembre de 1918 el Partido Comunista de Alemania (KPD)- desencadenaron en Berlín una insurrección armada, la llamada semana roja, un intento de capitalizar el descontento social y desbordar el proceso democrático iniciado el 10 de noviembre del año anterior, para tomar el poder e implantar un régimen revolucionario basado en los consejos obreros surgidos en las jornadas finales de la guerra. En Munich, el asesinato el día 21 de febrero de 1919 por grupos de la ultraderecha del dirigente de la autoproclamada República de Baviera Kurt Eisner provocó, ya en abril, un nuevo estallido revolucionario. En Hungría, comunistas y socialdemócratas derribaron en marzo de 1919 al débil gobierno liberal de Károlyi y, durante cuatro meses y medio, establecieron un Estado comunista, presidido por Bela Kun (1886-1937). En Gran Bretaña, el partido laborista, cuyo programa incluía un amplio abanico de nacionalizaciones (tierra, electricidad, minas, ferrocarriles), emergió en las elecciones de 1918 como el segundo partido del país, con el 22,2 por 100 de los votos. Además, en 1919 y 1920, se registraron graves y violentas huelgas de ferroviarios, mineros, metalúrgicos y estibadores de los puertos (y hasta de la policía). En septiembre de 1919, por ejemplo, se declaró la huelga nacional de ferroviarios contra las medidas de recortes presupuestarios aprobadas por el gobierno; en octubre-noviembre de 1920, la huelga general minera contra la reprivatización de las minas. En Italia la afiliación a la central sindical socialista (Confederación General del Trabajo, CGL) subió de 250.000 miembros en 1918 a 2 millones en 1920. Huelgas, ocupaciones de fábricas y de tierras y motines urbanos fueron práctica común en 1919 y 1920, llamado por ello el "biennio rosso". Más de 1 millón de obreros fueron a la huelga en 1919 y una cifra aún superior en 1920. Hubo, por ejemplo, graves conflictos de ferroviarios y trabajadores de correos y telégrafos en enero, abril y septiembre de 1920 y una huelga de diez días en todo Piamonte en abril. En septiembre de 1920, tras romperse las negociaciones salariales para la industria del metal, los trabajadores metalúrgicos, unos 400.000, ocuparon durante cuatro semanas las principales factorías y astilleros del país -en Milán, Turín y Génova principalmente-. En Francia, hubo graves incidentes en París durante la manifestación del 1 de mayo de 1919; y luego, en junio, una violenta huelga de metalúrgicos del cinturón rojo de la capital. En 1920, las huelgas se extendieron a los ferrocarriles, las minas, los puertos y la construcción. La CGT, la gran sindical del país, lanzó a partir del 8 de mayo una serie de huelgas coordinadas para preparar una huelga general en solidaridad con los ferroviarios. La amenaza revolucionaria fue menor de lo que se pensó. Francia, por ejemplo, seguía siendo un país agrario y conservador, de pequeños y medianos propietarios de la tierra: en 1939, aunque otra cosa hicieran pensar París y la Costa Azul, el 55 por 100 de la población seguía viviendo en localidades de menos de 4.000 habitantes. Las elecciones de noviembre de 1919 supusieron un aplastante triunfo (419 escaños de un total de 614) del Bloque nacional republicano, una coalición de la derecha, el centro y algunos radicales aglutinada en torno a Millerand y Clemenceau. La huelga general de mayo de 1920 antes mencionada terminó el día 28 con la total derrota de los sindicatos. La escisión comunista que se consumó en el congreso socialista de Tours de diciembre de 1920 dividió al movimiento obrero y sindical. El nuevo Partido Comunista francés, definido por un extremado dogmatismo ideológico, fue en los años veinte una fuerza marginal; el partido socialista, la vieja SFIO, transformada por Léon Blum y Paul Faure en un partido democrático que hacía del socialismo un ideal moral de justicia social, quedó fuera del gobierno hasta 1936. En Alemania, las insurrecciones revolucionarias de Berlín y Munich de 1919 -que dejaron un balance de varios miles de muertos, entre ellos Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht, asesinados en Berlín por grupos paramilitares- sólo sirvieron para echar al gobierno de Ebert en brazos del antiguo ejército imperial, lo que iba a condicionar todo el futuro de la nueva República alemana. La línea insurreccional fue un grave error. Los espartaquistas sólo tenían el apoyo de una minoría de trabajadores. La mayoría de los sindicatos apoyó de forma explícita al gobierno. Las elecciones de 19 de enero de 1919, celebradas días después de la "semana roja" berlinesa, indicaron claramente que, pese a la crisis social, Alemania era un país políticamente moderado. Los social-demócratas (SPD) de Ebert, Scheidemann y Noske -ministro del Interior y responsable del aplastamiento de los conatos insurreccionales- lograron 165 escaños y el 37,9 por 100 de los votos; el partido demócrata de Walther Rathenau, un partido de centro-izquierda, 75 y 18,6 respectivamente. El partido más cercano a la extrema izquierda, el socialista independiente (USPD), logró sólo 22 diputados y el 7,8 por 100 de los votos, menos incluso que el principal partido de la derecha, el partido nacional-alemán. La revolución húngara fue abortada en agosto de 1919 por las fuerzas contrarrevolucionarias del almirante Horthy apoyadas por unidades del Ejército rumano. Pero apenas hubo resistencia: la socialización de la tierra decretada por el gobierno revolucionario de Bela Kun había provocado una fuerte oposición en las zonas rurales, tradicionalmente conservadoras. En Italia, las ocupaciones de fábricas del verano de 1920 fueron en realidad, contra lo que pudo pensarse, una especie de anti-climax revolucionario. El jefe del Gobierno, una vez más Giolitti, ni siquiera interrumpió sus vacaciones: solucionó el problema ofreciendo a los trabajadores aumentos salariales y el reconocimiento del poder sindical en las fábricas, medida que, además, ni siquiera llegó a ser aprobada por el Parlamento. Los trabajadores pusieron fin pacíficamente a sus acciones; el movimiento terminó con la decepción de las expectativas revolucionarias y entre agrias recriminaciones entre sus líderes. Como en Francia, el movimiento obrero y socialista se dividió por la escisión comunista, que se produjo en el congreso de Livorno de enero de 1921 encabezada por un grupo de jóvenes intelectuales de talento, como Antonio Gramsci (1891-1937), un joven sardo educado en Turín, donde en 1919 había creado el semanario L´Ordine Nuovo desde cuyas páginas defendió la creación de un nuevo movimiento obrero basado en comités y consejos de fábrica bajo la dirección de un partido disciplinado y revolucionario. Pero, además, el Partido Socialista Italiano, primer partido de Italia tras las elecciones de 1919 (con 156 diputados y el 32,4 por 100 de los votos), estaba moralmente roto por las insalvables diferencias entre el "ala reformista", dirigida por Turati, que controlaba el grupo parlamentario y la CGL, y el "ala maximalista", encabezada por Giacinto Serrati. Todo ello hizo del PSI, no obstante sus numerosos diputados, una fuerza desorientada e inoperante. El ala maximalista, que era la mayoritaria, que se reafirmó en los viejos postulados marxistas del partido aun rechazando las tesis comunistas, no supo hallar su espacio político. Además, el sector reformista fue finalmente expulsado del partido en octubre de 1922. De hecho, la gran ofensiva obrera de 1919-20 careció en todo momento de dirección y coordinación políticas. También en Gran Bretaña -donde en 1920 se creó un minúsculo Partido Comunista que logró un diputado en las elecciones de 1921 y donde en el interior del laborismo y de los sindicatos habían cristalizado corrientes radicales abiertamente simpatizantes con la revolución soviética- las huelgas de 1919-20 terminaron con la derrota de los trabajadores. Así, los esfuerzos que los dirigentes mineros hicieron en la primavera de 1921 para arrastrar a los otros grandes sindicatos del país (ferroviarios, metalúrgicos, transporte) a una prueba de fuerza con el Gobierno y los empresarios contra las reducciones salariales y los despidos, fracasaron. Cuando el 15 de abril llamaron a la huelga, los mineros se quedaron solos: aquel día fue el "viernes negro" en la historia obrera británica. Además, la crisis de 1921 puso a todas las organizaciones obreras europeas a la defensiva. Para defender el empleo, los sindicatos tuvieron que aceptar fuertes reducciones salariales prácticamente en todas partes (en Italia, del orden del 25 por 100) y seguir políticas de negociación y entendimiento con los empresarios. Las huelgas disminuyeron de forma espectacular. En Gran Bretaña, bajaron de un total de 1.607 en 1920 a 763 en 1921 y 576 en 1922; la afiliación a la TUC, la confederación de sindicatos, que había alcanzado los 8.348.000 miembros en 1920, se redujo a 5.625.000 en 1922. En Italia, sólo en el primer trimestre de 1921 el número de huelguistas y de jornadas de trabajo perdidas por huelgas disminuyó en casi un 80 por 100 respecto al año anterior. La afiliación a la CGT francesa bajó de 2 millones (1920) a 600.000 (1922). Con todo, las consecuencias económicas de la guerra y la agitación laboral de la posguerra (cualquiera que fuese su significación revolucionaria) transformaron la política y aun la naturaleza del Estado. La situación provocó, de una parte, un reforzamiento notabilísimo de la responsabilidad económica de los poderes públicos; de otra, sensibilizó a gobiernos y sociedad en general en torno a los problemas sociales. A partir de la I Guerra Mundial los gobiernos asumirían la responsabilidad de la prosperidad económica, del empleo y de la seguridad social. La jornada laboral de 8 horas fue acordada en numerosísimos países en 1919. En la conferencia de París que puso fin a la guerra, se acordó la creación de la Organización Internacional del Trabajo (dentro de la Sociedad de Naciones), como una especie de asamblea internacional de los sindicatos que fuese elaborando la legislación social que habrían de aprobar los respectivos gobiernos. En cualquier caso, la doble idea de que la economía debía ser planificada de alguna forma y de que el libre juego de las fuerzas económicas resultaba inoperante para combatir las desigualdades económicas impregnó profundamente la conciencia pública. En 1928, el nuevo país revolucionario salido de la guerra, la Unión Soviética, aprobaría el primero de sus planes quinquenales. En 1936, el economista de Cambridge, Keynes, publicaría la Teoría general del empleo, el interés y el dinero que precisaba cuáles debían ser los instrumentos de los gobiernos para asegurar la estabilidad económica y el empleo. Ni la economía, ni la extensión ni los fines del gobierno volvieron a ser los mismos.
fuente
A la caída del III Reich, los aliados debían plantearse cuál sería en el futuro la situación de Alemania. El 4 de junio de 1945, las cuatro potencias vencedoras -Gran Bretaña, Estados Unidos, Unión Soviética y Francia- anunciaron la creación de un Consejo de Control interaliado sobre Alemania, que quedó definitivamente constituido en Berlín el 30 de agosto de ese mismo año. La principal misión de este consejo era determinar las áreas a ocupar por los países vencedores, convirtiéndose en el órgano de control supremo de las potencias ocupantes, lo que fue de hecho hasta su disolución el 20 de marzo de 1948. Los acuerdos del 14 de noviembre de 1944 fijaron su misión y sus límites, completados por el acuerdo de 1 de mayo de 1945, en el que se admitía la presencia de Francia entre las potencias vencedoras. El Consejo de Control estaba formado por los cuatro comandantes en jefe, uno por país. Sus funciones eran coordinar las acción de cada comandante en jefe en aras de lograr una política común con respecto a Alemania, establecer planes y decisiones de carácter político, militar, económico, etc. sobre Alemania, controlar y supervisar a la Administración central alemana y gestionar el "Gran Berlín", la nueva configuración de la capital alemana tras la derrota del III Reich. Formalmente, el Consejo de Control debía reunirse al menos una vez cada diez días y siempre que alguno de sus integrantes lo requiriese. Las decisiones adoptadas debían serlo por unanimidad, lo que, en la práctica, acababa por bloquear muchas iniciativas. Se establecía además la existencia de una presidencia, que sería ocupada por riguroso turno. Los problemas surgieron casi desde el primer momento, pues las divergencias entre los aliados, principalmente entre soviéticos y norteamericanos, fueron permanentes. En caso de falta de acuerdo, cada comandante podía adoptar las medidas pertinentes sobre su zona, sin dar cuenta al resto del Consejo, lo que, en la práctica, minaba la existencia misma de la institución. Otro problema fue el veto francés a la creación de una Administración central alemana, como se había acordado en la conferencia de Potsdam por los Tres Grandes -Stalin, Churchill y Truman, pues Roosevelt había muerto poco antes-. La acción del Consejo de control fue especialmente importante en Berlín, ciudad dirigida por una Comandancia militar interaliada que asume el control administrativo. Dividida en cuatro sectores, cada uno de ellos era dirigido por un comandante militar. En 1948, durante la celebración de la Conferencia de Londres, la Unión Soviética conoce los planes occidentales sobre Alemania, en los que se propugna la creación de un estado alemán que integraría a los territorios ocupados por Gran Bretaña, Estados Unidos y Francia. El desacuerdo soviético provoca su retirada del Consejo de Control, que desaparece como institución. El mundo entra de lleno en la guerra fría.