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A la vista de todo lo anterior parece claro que, en el estado de los conocimientos, lo que sabemos del arte castreño se produce en época romana. Probablemente y con anterioridad a la conquista y subsiguiente llegada de los romanos, ya existía una producción artística en piedra, pero más en madera, que satisfacía los gustos y las necesidades de los habitantes de aquella época. Pero en lo que no hay duda es que la escultura monumental en piedra, caso de los guerreros galaicos, la decoración arquitectónica y gran parte de la orfebrería son realizaciones que sólo se pueden concebir en un mundo conquistado por Roma y que experimenta una gran transformación a partir de Augusto. En la cultura de los castros existe un arte indígena que sirve para los habitantes de los yacimientos en los que se produce y para las gentes de las respectivas comarcas de las zonas de influencia. En cambio, en las ciudades y en las villas se producirán otras manifestaciones artísticas de signo diferente, propias de ambientes distintos y para gentes diferentes. Es por ello que creo que se puede hablar de un arte provincial romano que tiene su plasmación en los núcleos urbanos y en las villae, y un arte castreño galaico que se produce y consume en los castros. Los dos artes son de época romana, pero los destinatarios son muy diferentes. Y hay aspectos muy significativos como son la mayor riqueza de los castros del convento bracarense con respecto al lucense y el hecho de que los guerreros y la decoración arquitectónica son propios de la parte meridional, mientras que las cabezas y la orfebrería están más repartidas.
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Ciertos hechos culturales que se han mencionado en el último capítulo, como el comienzo del movimiento filosófico que convirtió al-Andalus en la última reserva árabe de la filosofía aristotélica -acontecimiento fundamental en la cultura de Occidente- rebasan cronológicamente los límites de este volumen ya que son posteriores a la desaparición del califato de Córdoba en el 1031. Por tanto y al contrario de lo que se podría pensar, la caída de éste no marcó el final del movimiento de civilización engendrado por la concentración en al-Andalus y con más precisión en la megalópolis cordobesa, bajo los auspicios del califato y de sus pretensiones universalistas, de un capital científico considerable, importado en su esencia de Oriente pero desarrollado brillantemente por los andalusíes. La explosión del núcleo cordobés y la dispersión de sus sabios y de sus libros parecen, al contrario, haber favorecido el empuje intelectual andalusí al multiplicar los focos del saber y al suscitar entre los soberanos una gran emulación en el mecenazgo literario y científico. El sistema político que consagró la abolición de hecho del califato por los notables cordobeses y por su jefe Abu al-Hazm b. Yahwar, ha sido juzgado de formas muy diferentes. La responsabilidad del debilitamiento de al-Andalus frente a la creciente amenaza cristiana en el XI se atribuye con frecuencia a la fragmentación del poder que se instaura entonces. Sin entrar en el estudio del período que será el objeto del volumen siguiente, observaremos simplemente que tal visión de las cosas sería probablemente demasiado simplista, e intentaremos demostrarlo partiendo de un ejemplo concreto. Casi al mismo tiempo asistimos a la instauración de dos reinos vecinos de un lado y otro de la frontera entre musulmanes y cristianos en la zona noroccidental de la Península. Al norte, en los estrechos y pobres valles pirenaicos, la muy modesta entidad político-administrativa que constituía el núcleo del condado de Aragón se transformó en reinado cuando a la muerte de Sancho el Grande de Navarra (1035) uno de sus hijos, Ramiro, lo recibió en herencia con el título real que el gran soberano repartía generosamente entre sus hijos. Habían pasado cuatro años solamente desde que el emirato de Zaragoza se pudo empezar a considerar como verdadero Estado independiente, aunque la caída del califato no hizo más que confirmar la situación de hecho que ya se vivía allí. El tuyibí Yahya b. Mundhir, que tomó el sobrenombre de al-Muzaffar, apareció como un soberano absolutamente independiente, aunque en sus monedas sólo aparece el título y el nombre de hayib Yahya. Los sobrenombres Muizz al-Dawla y al-Mansur sólo aparecerán en las monedas con al-Mundhir II, sucesor de Yahya, que reinó desde el 1036 al 1038. A los ojos de un observador político, la comparación entre ambos soberanos y ambos reinos no hubiera sido del todo favorable al primer rey de Aragón y a su pequeño Estado, en vista de que su gran vecino musulmán de Zaragoza le superaba con mucho en riquezas económicas, en dimensión geográfica, en nivel cultural y, aparentemente, en potencia militar. Sin embargo, unos decenios más tarde sería el pequeño reino cristiano de Aragón el que destruiría al de los tuyibíes de Zaragoza. La inferioridad político-militar de la España musulmana es difícilmente explicable por una división política que afectaba igualmente a la España cristiana. La riqueza musulmana, reflejada en la abundancia relativa de las monedas de oro que suscitaba la admiración y avidez de los cristianos no fue tampoco una garantía de solidez. El califato se derrumbó, como dijimos, en el apogeo de su aparente poder y con una gran acumulación en sus arcas de oro del Sudán que los esfuerzos de los amiríes habían logrado finalmente desviar hacia la Península. A falta de un conocimiento suficiente de las realidades económico-sociales, tenemos la tentación de detenernos en causas más bien políticas e ideológicas. Los habitantes de al-Andalus no pudieron reaccionar, ni colectiva ni individualmente, de forma adecuada ante la desorganización del poder. Mientras que los reyes cristianos reinaron sin complejo en sus Estados, el grave problema de la legitimidad no permitió ni a los amiríes, ni después de ellos a los soberanos de las taifas, asentar firmemente su poder sobre un consenso práctico y teórico del cuerpo político-religioso. Fueran cuales fueran los problemas de otra índole subyacentes a estas dificultades políticas, vinculadas a los fundamentos mismos del poder en el Islam medieval, hay que colocarlos, en mi opinión, en un lugar importante dentro de la evolución de al-Andalus.
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La fecha del 476 es una mera referencia que alude a la desaparición de la institución del Imperator Populi Romani en Occidente. Esta había sufrido enormes quebrantos durante el último siglo del Imperio y, en los últimos años, había sido una designación puramente formal, cada vez con menos poder y menor control territorial. En el 429, el Imperio occidental había perdido una parte del norte de Africa y, en el 455, toda la zona del Magreb. Desde comienzos del siglo V se fueron desgajando del Imperio amplias regiones de las Galias e Hispania. Britania se había perdido definitivamente en el 442, al igual que una gran parte de Panonia. Así, los últimos emperadores habían tenido casi como único campo de actuación Italia. Su desaparición había sido pues largamente anunciada. El Imperio oriental continuó fundamentalmente porque, salvo los ataques de los hunos y ostrogodos en su parte europea, sus fronteras habían sufrido menos amenazas que las de Occidente. No obstante, esta calma se vio turbada por las constantes querellas religiosas e intrigas palaciegas, que a menudo estaban ligadas. La institución imperial siguió ejerciendo todas sus prerrogativas y, en general, tanto en Constantinopla como en Asia Menor; Egipto y Siria se mantuvieron con altos niveles de prosperidad. Teodosio II ejerció su poder durante más de 40 años (408-450). Durante su reinado se promulgó el Código Teodosiano (438) y se creó la Universidad de Constantinopla. Los conflictos religiosos fueron una constante durante su reinado: su primera mujer, Pulcheria, seguía al nestorianismo, mientras que la segunda, Eudocia, apoyaba al patriarca de Constantinopla. Teodosio por su parte se declaraba monofisita en el 447. Los siguientes emperadores incorporaron necesariamente a sus funciones la liquidación o el incremento de una u otra facción religiosa. Hasta el advenimiento de Justiniano en el 527, el emperador Marciano (450-457) destacó como excelente administrador de las finanzas del Estado. León I (457-474), apoyando al monofisismo, recrudeció las controversias religiosas. Zenón (474-491) fue un emperador mediocre, pero Anastasio (491-518) llevó a cabo una reforma fiscal que propició un florecimiento económico en Oriente. También logró sofocar la revuelta de los Isáuricos. Entonces ¿por qué sólo sucumbió la parte occidental del Imperio? Prácticamente todos los estudiosos coinciden en señalar tres causas esenciales que propiciaron la ruina del imperio occidental: las invasiones de los pueblos bárbaros, los problemas internos -la latente y enorme burocracia, el aplastante sistema fiscal y, especialmente, el régimen de patronato en los grandes dominios- y la influencia eclesiástica, que actuó más como factor de disensión interna a través de sus constantes divisiones que como elemento aglutinante. Al contrario que la religión romana tradicional, profundamente sincrética y mucho más flexible, la Iglesia Católica actuó con la misma intransigencia frente al paganismo que frente a las sectas surgidas en su seno. De estas tres causas sólo la primera supuso en Oriente un elemento menos peligroso y más fácilmente controlable, mientras que las restantes actuaron de forma muy semejante en las dos partes del Imperio. Así, al margen de otras peculiaridades de carácter secundario, el factor clave que condujo a la desaparición del Imperio en Occidente, fue el de las oleadas de pueblos invasores. No obstante, conviene analizar más detenidamente las otras dos razones señaladas y sus repercusiones en Occidente puesto que éstas, al ser la situación política más débil, actuaron de un modo más específico y determinante que en el Imperio oriental.
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La pintura protogótica, en algunas ocasiones, se ha entendido como una pintura de transición sin apenas interés plástico y muy alejada por supuesto de las exquisiteces que supondrá la secuencia italianizante. Evidentemente no es así. La belleza protogótica es muy otra que la románica y también distinta a la italogótica, tiene sus rasgos característicos que no sólo los encontramos en las obras, sino que también están apuntados por los grandes pensadores de la época, o un poco anteriores, como son Gilbert Foliot, Witelo, Santo Tomás, Ramón Llull y tantos otros. La protogótica es una pintura lineal, pero también sabe tratar la superficie y aun la corporeidad de las figuras. Así por ejemplo, a pesar de que el carácter estructural de la línea está muy presente en murales y tablas, es común que las vestimentas empiecen a ser tratadas no como una cosa pensada, exenta de cualquier relación con la realidad, sino como transcripción de una materia sujeta a una parte determinada y a unas condiciones de luz que influyen en su cromatismo delimitado zonas claras y oscuras. También el concepto de espacio sufre un importante cambio; la consideración, propia del románico, de la superficie de la pintura como una alegoría plástica de un espacio metafísico, sin coordenadas ni de tiempo ni de espacio, ajeno por completo a la dimensión humana, desaparece. El espacio, y también el tiempo, empiezan a existir; la pintura ya no sólo presenta seres que son, sino representa seres que están, y ese representar el estar y no presentar el ser de por sí ya sería suficiente para definir toda una secuencia estilística como es la protogótica.
acepcion
Mesa hecha para estar adosada a la pared, comúnmente sin cajones y con un segundo tablero inmediato al suelo.
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El crecimiento y la diversificación de la demanda de materias primas, insumos y alimentos en los mercados de las naciones más industrializadas y el descenso que habían sufrido los precios relativos de algunas manufacturas, como consecuencia de los avances tecnológicos y la creciente mecanización, aumentó la importancia del comercio internacional desde mediados del siglo XIX. De modo que América Latina incrementó las exportaciones de sus materias primas y productos alimenticios y también las importaciones de manufacturas, insumos y bienes de capital. Hasta el inicio de la Primera Guerra Mundial vemos como en el mercado mundial las exportaciones de manufacturas crecieron mucho más rápido que las exportaciones de materias primas (un 4,5 por ciento anual frente a un 3 por ciento), en un movimiento inverso al ocurrido en la segunda mitad del siglo XIX. Al contrario de lo que se suele argumentar, el aumento en las importaciones latinoamericanas de manufacturas estaría indicando la vitalidad de sus economías, ya que el volumen de las importaciones era una variable directamente dependiente de las exportaciones y del tamaño del mercado interior. La enorme diversidad de los productos primarios exportados por los países latinoamericanos llevó a Carlos Díaz Alejandro a hablar de la "lotería de mercancías", ya que el comportamiento de las mismas en los mercados internacionales era sumamente heterogéneo. Por ello, es imposible hacer generalizaciones sobre la evolución de sus precios o sobre las tendencias de su comercialización. Sin embargo, en líneas generales se puede afirmar que las economías exportadoras crecieron a un buen ritmo hasta comienzos del siglo XX, e inclusive hasta la Primera Guerra Mundial. Las crisis internacionales, como las de 1873 o la de 1890, afectaron seriamente las balanzas de pagos de los países latinoamericanos, pero tras una breve caída, el crecimiento solía continuar. Así, por ejemplo, entre 1872 y 1878 las exportaciones latinoamericanas a Gran Bretaña descendieron un 37 por ciento, el mismo porcentaje en que se contrajeron las importaciones entre 1872 y 1876. El estallido de la Primera Guerra y los ataques alemanes contra el tráfico marítimo en el Atlántico también afectaron a algunas exportaciones latinoamericanas. En Argentina, entre 1914 y 1918, las recaudaciones aduaneras se redujeron en un 30 por ciento. No ocurrió lo mismo con las exportaciones dirigidas al mercado norteamericano, sobre todo con aquellas que utilizaban la ruta del Océano Pacífico. Tras la recuperación de los años 20 se produjo la Gran Depresión, en 1929, que supondría importantes transformaciones para las economías latinoamericanas. Si en el siglo XIX la evolución de los términos de intercambio fue favorable para las materias primas, a lo largo del siglo XX el signo comenzó a cambiar, ante el deterioro más acelerado de los precios relativos de algunas materias primas y el encarecimiento de ciertas manufacturas, especialmente bienes de equipo. La mayor demanda de bienes de capital de unas economías en franco crecimiento también influyó en los movimientos relativos de los precios. El ascenso de los Estados Unidos como primera potencia mundial, que necesitaba en un grado menor que Europa a los mercados internacionales como el lugar más idóneo para colocar sus excedentes, y el hecho de que su producción primaria compitiera directamente con algunos productos latinoamericanos (carne, cereales, minerales, etc.) provocó un ascenso del proteccionismo, que sin embargo no alcanzó en esta época las elevadas cotas a las que llegaría después de la crisis de 1929. Los productos exportados por las economías latinoamericanas se pueden agrupar en tres grupos bien diferenciados: 1) productos agrícolas y ganaderos de clima templado, como los cereales (maíz, trigo), la carne ovina y vacuna, lanas y otros derivados del ganado; 2) productos agrícolas tropicales, producidos generalmente en régimen de plantación, aunque no de forma exclusiva; entre los más importantes se podrían citar el café, el azúcar, el algodón, el tabaco, el cacao, los plátanos, el caucho y el henequén y 3) metales y minerales, como la plata, el oro y las esmeraldas (en menor medida), el cobre, el estaño, el salitre o el petróleo. La opción por la explotación de un determinado producto se realizaba en función de las ventajas comparativas (tipo y fertilidad del suelo, clima, disponibilidad de mano de obra, yacimientos minerales, proximidad de los centros productores a los puertos exportadores, etc.) existentes en cada país. Es frecuente hablar de una especialización monoexportadora de las economías latinoamericanas, como ocurrió en Brasil con el café o en Cuba con el azúcar, pero en ciertos casos vemos a algunos países exportar productos de dos o tres de los grupos indicados, en proporciones variables, como ocurrió con México, Colombia o Perú.