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Otro mecanismo que mantuvo a la sociedad mexica fue el comercio a larga distancia, que estuvo controlado por un segmento de la nobleza, pochtecas. Como tal, tuvo sus propias reglas, y sus divinidades particulares, convirtiéndose en un grupo de presión de enorme peso en la estructura del Imperio, ya que no sólo intervenía en transacciones comerciales, sino que eran agentes al servicio del estado mexica y, con frecuencia, verdadera fuerza de choque que intervino en la ampliación de las fronteras del Imperio. Los productos conseguidos en estas expediciones a larga distancia y traídos a Tenochtitlan por medio de caravanas de tlameme -cargadores- eran de naturaleza exótica o estratégica, por lo general de poco peso y mucho valor, y muchos de ellos terminaron en el gran mercado de esta ciudad. A este mercado también llegaban alimentos especializados y otros productos de la propia cuenca y zonas limítrofes, donde se creó una esfera de interacción económica formada por regiones que de manera tradicional eran económicamente interdependientes. Este mercado se rigió por normas religiosas según un sistema solar, como el que se puede comprobar hoy día en zonas de Mesoamérica: cada 20 días en los lugares más pequeños, cada 5 días en sitios secundarios y cada día en Tenochtitlan. Muchos de ellos estaban especializados en productos regionales, y en otros se concentraban mercancías de las regiones más periféricas del imperio. El sistema tributario fue otro pilar económico de importancia, que se basó en unidades de parentesco y en grupos políticos y sociales. Alimentos, combustible, instrumentos manufacturados, materias primas, textiles, bienes de lujo, esclavos y un sifín de artículos fueron demandados por los nobles y señores mexicas a los pueblos conquistados y a sus propios vasallos mediante la producción de las tierras de los calpulli. El tributo sirvió, pues, tanto para el mantenimiento del Imperio y de la nobleza, como para el de su fuerza coercitiva, el ritual y para entablar grandes obras sociales y de acondicionamiento de la ciudad.
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El rasgo más característico del mercado español en el siglo XVII es que la mayor parte de la producción -tal vez el noventa por ciento- se comercializa en una área geográfica que no supera los cinco o seis kilómetros, o forma parte del autoconsumo; mientras el nueve por ciento restante de la producción se destina al comercio regional o urbano próximo y sólo el uno por ciento alimenta el mercado nacional e internacional, aunque al estar formado por mercancías de alto valor añadido proporciona grandes beneficios a los mercaderes. En esta configuración del mercado, aparte de la reducida masa monetaria en circulación, incide de forma muy notable la red de comunicaciones. El transporte terrestre es sin duda el más costoso, ya que los caminos a menudo son impracticables por efecto de la lluvia, la nieve, el frío o el calor, cuando no a causa de la desidia de los municipios, a quienes cumplía su mantenimiento y conservación. No obstante, las principales rutas se hallaban en buen estado -así, la que enlazaba Medina del Campo con Burgos y Bilbao, la que unía Madrid con Toledo y Sevilla, o la que iba de Barcelona a Madrid pasando por Zaragoza- y, como ocurría en Europa, el tráfico que por ellas circulaba era bastante activo, de lo que dan fe los numerosos arrieros, en su mayoría campesinos que completaban sus ingresos con el transporte de mercancías, y las diferentes asociaciones de carreteros, entre las cuales hay que destacar la de Soria-Burgos, que a finales del siglo XVII contaba con más de cinco mil vehículos. El tráfico fluvial, sin embargo, era poco utilizado en España porque los ríos no reunían las condiciones necesarias para la navegación. Esto explica los numerosos proyectos presentados a la Corona para hacerlos navegables, aunque no fueran aceptados por su alto coste. El Guadalquivir, una vez superada la barra de Sanlúcar, podía ser remontado hasta Sevilla y era, por tanto, uno de los pocos ríos por los que circulaban mercancías, lo mismo que el Ebro, surcado por barcazas que transportaban trigo entre Zaragoza y Tortosa, excepto en el tramo Flix-Mequinenza. El tráfico marítimo era sin duda más barato que el terrestre. En la España del siglo XVII el principal puerto del Cantábrico fue el de Bilbao, seguido a distancia por los de Laredo, Santander y San Sebastián, todos ellos involucrados en el comercio con Londres, Amsterdam y Saint-Malo, aunque la mayor actividad mercantil correspondía a Bilbao. De los puertos gallegos, los de Vigo y La Coruña eran los más relevantes, ya que servían de escala en la navegación entre el norte de Europa, Sevilla y el Mediterráneo. En Andalucía, el puerto de mayor actividad hasta mediados del siglo XVII fue el de Sevilla, si bien poco a poco irá siendo desplazado por el de Cádiz, a causa del mayor tonelaje y calado de los buques, lo cual les impedía superar la barra arenosa de Sanlúcar. En la bahía gaditana adquirirán gran importancia también El Puerto de Santa María y Puerto Real. En el Mediterráneo sobresalen el puerto de Málaga, muy asociado con el comercio atlántico, aunque sin abandonar el tráfico con Génova y Livorno, lo mismo que Alicante, Valencia, Barcelona, Cartagena y Mallorca, donde recalaban buques de gran tonelaje procedentes del norte de Europa, así como de Marsella, Génova y Livorno, y barcos de cabotaje que ponían en contacto estas plazas con otras de menor importancia, pero cada vez más activas, tales que Denia, Tortosa y Vinaroz. El comercio interior peninsular estuvo muy condicionado no sólo por la red viaria, sino por la existencia de aduanas. Castilla mantenía con Aragón, Navarra, Valencia, Vizcaya y Portugal una serie de puestos aduaneros (puertos secos) donde se cobraban aranceles -un diez por ciento ad valorem- por el tráfico de mercancías, salvo del ganado y los cereales, que tenían arancel particular, lo mismo que Navarra y los reinos de la Corona de Aragón, que mantenían a su vez su propio sistema aduanero. El destino fundamental del comercio interior era el de abastecer a las ciudades, tanto de los excedentes agropecuarios (cereales, vino, aceite y carne) como de otros muchos géneros de procedencia nacional o internacional (carbón, madera, textiles, hierro, acero, quincallería, especias, herramientas, muebles, cuadros y libros, por mencionar algunos artículos de fuerte demanda), porque los núcleos rurales se autoabastecían por lo común con lo que producían. De todas las ciudades interiores, Madrid fue la que generó un comercio más activo, dado su espectacular crecimiento demográfico, de tal modo que se ha llegado a decir que dominó el sistema comercial castellano. El comercio exterior hispano también se vio afectado por el sistema aduanero, pues en las ciudades portuarias costeras del Cantábrico, Andalucía y Murcia se percibían aranceles por los géneros que entraban y salían: en los primeros, el diezmo de la mar; en los segundos, el almojarifazgo. Estos derechos suponían unos importantes ingresos para la Corona, pero representaban una rémora para la importación de productos extranjeros y para la exportación de los nacionales, si bien los primeros se vieron finalmente favorecidos con determinadas exacciones fiscales ante la necesidad de mantener abastecidos los reinos peninsulares y los territorios americanos. Desde la perspectiva de la balanza comercial, el comercio exterior peninsular se puede decir que corresponde al de un país atrasado industrialmente, pues predominan las exportaciones de materias primas (lana fina merina y seda) con destino a los centros industriales del norte de Europa e Italia, y de productos agrarios (vino, aceite, arroz, aguardiente, frutos secos) conducidos en su mayoría al mercado americano, en tanto que las manufacturas (textiles, metalúrgicas, madereras...) constituyen, aparte de los cereales en las zonas costeras, una de las partidas principales de las importaciones, sin que la Corona ni las Cortes de cada reino fueran capaces de adoptar medidas proteccionistas que incentivaran la industria nacional. Además, el comercio exterior hispano actúa también de reexportador hacia Europa de productos procedentes de América (cochinilla, palo campeche, añil, cacao, azúcar y tabaco), los cuales, sin embargo, no compensan, como tampoco lo hace la exportación de mercancías nacionales, el alto valor de las importaciones, lo que desequilibra la balanza de pagos, que debe saldarse con la salida de metales preciosos, no obstante estar prohibida su extracción. Este comercio, calificado de pasivo por losarbitristas, en contraposición al que se practica en Inglaterra, Holanda y Francia, sobre todo porque durante el siglo XVII son estas naciones -y sus mercaderes- quienes en verdad se benefician de los intercambios comerciales con España, experimenta una fuerte recesión a partir del final de la Tregua de los Doce Años, tendencia que se agrava con la reducción de las cantidades de plata procedentes de las Indias y que no es superada hasta la década de 1670, como lo refleja el movimiento comercial de los puertos de Bilbao, Alicante, Valencia, Málaga, Cádiz y Barcelona, puerto este último donde el valor del periatge se multiplica por dos entre los años 1600 y el decenio 1690-1700. Con todo, el comercio con América, la Carrera de Indias, monopolizado por la Casa de la Contratación con sede en Sevilla, es el motor en última instancia de todo el comercio exterior de España. En efecto, la necesidad de abastecer aquellas posesiones, el hecho de que todas las mercancías exportadas tuvieran que ser registradas y embarcadas en Sevilla -desde la década de 1660 se podía hacer también en Cádiz-, fuesen nacionales o extranjeras, y que el principal producto importado de América, aunque no el único, lo constituyeran los metales preciosos, explican el constante tráfago de buques a través del Atlántico, así como el contrabando de mercancías, la piratería y la organización de las flotas, protegidas por convoyes de seis u ocho barcos. Pero también nos permite comprender la importancia que las colonias mercantiles extranjeras irán adquiriendo en las ciudades portuarias andaluzas y los esfuerzos de muchos de sus miembros para obtener carta de naturaleza y poder comerciar directamente con América, sin necesidad de recurrir a testaferros españoles. Si hasta 1610 no dejó de crecer el tráfico comercial entre España y América de productos nacionales y extranjeros (aceite, vinos, mercurio y textiles, sean paños segovianos u holandeses o ingleses) a cambio de plata, perlas, cueros, azúcar, tabaco y productos tintóreos, a partir de entonces la tendencia se invierte, estancándose en los años 1610-1620, para hundirse en torno a 1640-1650. Varios factores coadyuvaron a este declive: la emergencia de las economías criollas, la presión fiscal -aumento de los derechos pagados en el almojarifazgo de Sevilla y del valor de la avería, un impuesto que recaía sobre las mercancías y los viajeros-, el costoso sistema de flotas, la incautación de las remesas de metales preciosos por la Corona, la caída de la demanda de plata americana en China, lo cual afectó a su vez al tráfico holandés en Asia, y el comercio directo de las potencias europeas con América, favorecido por el enfrentamiento con las Provincias Unidas, lo que hizo disminuir los intercambios, al menos hasta la Paz de Utrecht. A partir de 1660 parece producirse una cierta recuperación del comercio con América. En este cambio de tendencia, los holandeses tuvieron bastante protagonismo, ya que vuelven a ocupar las posiciones perdidas en 1621, beneficiándose además de la guerra que la Monarquía hispánica mantenía con Francia y después también con Inglaterra, cuando no participa su Armada en la protección de las flotas. Además, semejante auge hay que relacionarlo con las transformaciones operadas en la organización del comercio americano, en particular con la práctica, cada vez más extendida, de establecer el avalúo o cálculo del aforo de los fardos y cajones en que va la mercancía, sin abrirlos para comprobar la carga y su valor, así como con la concesión de indultos a los buques que conducen géneros sin registrar. Sin embargo, este resurgir comercial, perceptible en el incremento de las remesas de plata y en el volumen de mercancías exportadas, sólo favoreció a los mercaderes extranjeros, o al menos éstos fueron los que mayores ganancias obtuvieron, ya que los nacionales actuaron normalmente como intermediarios suyos, aunque algunos obtuvieran pingües beneficios e incluso alcanzaran una privilegiada posición social. Buena prueba de ello es que a finales de la centuria sólo el cinco por ciento de las mercancías embarcadas con destino a América eran españolas, mientras los franceses proporcionaban el veinticinco por ciento, los genoveses el veintidós por ciento, los holandeses el veinte por ciento, los flamencos el once por ciento, lo mismo que los ingleses, y el ocho por ciento los alemanes. Razón tenían los arbitristas cuando clamaban contra el comercio extranjero y la escasa participación de los españoles, pero sus proyectos, como el presentado en 1668 por Francisco de Salas y Eugenio Carnero con la finalidad de formar una Compañía española para el comercio armado, aunque fueran aprobados por la Corona, no vieron finalmente la luz. Distintos intereses particulares se conjugaron en su contra, aun cuando tampoco debe ignorarse que la estructura económica española del siglo XVII no estaba preparada para dar una respuesta adecuada al reto de las grandes potencias industriales europeas.
fuente
Personaje notorio de la comunidad hispano-musulmana y mozarabe que ejercía como un gobernador civil actual.
obra
El 26 de enero de 1778 Goya entregaba la segunda serie de cartones para los tapices que iban a decorar el comedor de los Príncipes de Asturias en el Palacio de El Pardo, serie formada por cuatro escenas entre las que destacan la Cometa, los Jugadores de naipes y Niños inflando una vejiga. Por este cartón , el artista pedía 7.000 reales de vellón, cantidad similar a la que había recibido por otros encargos para la Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara.Goya representa en sus cartones el mundo de los majos y majas madrileños, captado con tal naturalismo que provoca que el espectador se "introduzca" en la imagen y participe en la escena. Las figuras están colocadas en una estructura piramidal en primer plano, mientras en un segundo plano los majos y la mujer están más difuminados por efecto de la luz y el polvo del lugar. El colorido es muy vivo e intenso, aplicado con pinceladas rápidas y certeras, interesándose por todos los detalles de los trajes de los majos, que han pasado en la actualidad a llamarse "goyescos".El hombre fumando del primer plano y el gesto del embozado, que mira descaradamente el escote de la mujer aprovechando que ella eleva la mirada, son dos elementos que definen el carácter descriptivo de las escenas del genial aragonés.
termino
acepcion
Durante el Imperio Romano se convocaban estas reuniones a fin de tratar asuntos de negocios o discutir las propuestas de los magistrados. Con el tiempo su uso se ha extendido al ámbito de la política y a la celebración de elecciones.
obra
En los meses finales de 1792, Goya sufre una enigmática enfermedad que le dejará sordo para el resto de sus días y hará mucho más ácido su carácter. Se puede hablar de un antes y un después de la enfermedad del maestro. Durante su larga convalecencia, que duró casi un año, aunque estaba muy limitado, sí pintó algunas "cosillas" como el propio pintor las definía. Entre ellas, destacan unas pequeñas pinturas sobre hojalata que fueron presentadas a la Academia de San Fernando en enero de 1794, entre las que sobresale Cómicos Ambulantes. Las obras fueron muy celebradas por los académicos y van a señalar el nuevo camino que tomará la obra de Goya. Nos situaríamos como espectadores ante una representación de la "Commedia dell´arte" al aire libre, en la que Arlequín hace juegos malabares en un extremo, aludiendo a la inestabilidad del triángulo amoroso entre Colombina, Pierrot y Don Pantaleón. Delante de ellos, un enano baila con una botella y una copa en las manos para reforzar la idea de inestabilidad. En primer término, unas figuras grotescas sujetan una cartela en la que se lee "Alg. Men.", refiriéndose a la Alegoría Menandrea que da el subtítulo al cuadro. Algunos especialistas consideran que la alusión al triángulo amoroso vendría en relación a Godoy, María Luisa y Carlos IV. El estilo de Goya ha sufrido un cambio al emplear una pincelada suelta y empastada, situándose muy cerca de los Caprichos.
obra
Vasili Perov, discípulo de la Escuela de Pintura y Escultura de Moscú, fue el promotor de la pintura costumbrista de contenido crítico y social en Rusia. A lo largo de la década de 1860 se inclinó por temas que denunciaban la crueldad e indiferencia egoísta de los ricos y de los representantes de la Iglesia ante los pobres. Comida en el monasterio es un determinante ejemplo de esa crítica.
obra
En sintonía con Aún dicen que el pescado es caro pintó Sorolla este lienzo. El maestro exalta el trabajo de las clases populares valencianas, especialmente la dura labor de los pescadores, aunque están captados en uno de los pocos momentos de reposo en su faena: cuando comen en la barca. Todas las figuras están pintadas reuniéndose alrededor del cuenco de comida común, trabajadas de manera rápida y empastada, anteponiendo Sorolla el color al dibujo. Las tonalidades terrosas y ocres dominan la composición aunque también aparecen tonos azules o verdosos.
contexto
En cuanto a las comidas y hábitos culinarios también se modifican de forma significativa en varios aspectos. Aquéllas se realizan en el salón, estando precedidas por discusiones, plenas de pedantería, que se continúan durante su desarrollo. La idea de limpieza llega también a ellas, imponiendo el uso de platos, vasos y cubiertos individuales. La convivencia jerárquica de comensales de distinto origen social que permitía la mesa con distintas calidades de comida usual hasta entonces, se rompe en favor de una buscada igualdad socio-cultural entre los asistentes, lo cual no hizo sino incrementar el abismo entre elites y pueblo. Respecto a la evolución de los gustos, se va a caracterizar por: un menor uso de las especias, sustituidas en gran medida por plantas aromáticas y condimentos autóctonos; la distinción de un mayor número de trozos de carne, los mejores de los cuales se reservan para la nobleza y la burguesía; lo salado se separa de lo dulce; los buenos cocineros tratan de cocinar los alimentos de manera natural, lo que significaba darles su punto, no pasarse en la cocción o el asado y desterrar el uso de salsas superfluas que encubren el sabor original. También se generaliza el uso de la mantequilla como grasa y en la disposición de las mesas se prefiere rendir culto al gusto antes que al espectáculo. El número de manjares es similar al de antes, o si cabe mayor, pero a la hora de seleccionarlos, siguiendo el espíritu del siglo, se prefieren los valores nutritivos a los meramente ópticos y, así, las grandes aves de vistosos colores pero poco alimenticias se sustituyen por otras pequeñas, menos llamativas si bien más ricas. Además, la variedad de platos se incrementa para intentar atender a toda la diversidad de gustos posibles. Atrás ha quedado la vieja idea de que al corresponder éstos a diferentes temperamentos, los cuales se consideraban enfermedades, era preciso controlarlos, no darles satisfacción a fin de conseguir el equilibrio de los humores corporales. Ahora, antes por hedonismo que por conciencia de la falsedad de tales ideas, se preconiza lo contrario y el que se conocía como servicio a la francesa suponía una mesa en la que se servían distintos platos simultáneamente.