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Rango

XX15

Desarrollo


Mientras Le Corbusier resuelve atormentada y autobiográficamente su arquitectura, Mies ha conseguido distanciarse definitivamente. Su arquitectura ya no es problemática, sino pura y perfecta, disponible, elegante, inalcanzable, a pesar de los numerosos imitadores. Es el modelo del Estilo Internacional, aunque él nunca hable de estilo. Jencks ha llegado a afirmar que, en realidad, lo que hizo Mies fue poner definitivamente a dieta la arquitectura.Mies, en edificios como los realizados en el campus del Illinois Institute of Technology de Chicago, o en su célebre Seagram Building de Nueva York, construido en 1958, no pretendía otra cosa sino que la arquitectura alcanzase el reino del arte puro. Su arquitectura no representa nada, su comunicación es bloqueada por la perfección formal y tecnológica en el uso de los materiales. Un acabadó perfecto, inaccesible, eran la mejor garantía para resistir ante las nuevas inquietudes.La arquitectura de Wright, por su parte, es vista como una alternativa orgánica al racionalismo del Movimiento Moderno. Su obra se carga de símbolos, de afán de comunicación, incluso se acerca a la metrópoli y clava la Torre de Babel que es su Museo Guggenheim (1959) en el centro de Nueva York, como para volver cabeza abajo los valores de la modernidad, que una vez derramados pueden ser reinterpretados de una forma distinta. Lo vernáculo, lo romántico, el mito de la naturaleza encuentran inmediatamente resquicios por los que penetrar en el proyecto de la modernidad.

Aunque tampoco podemos olvidar la recuperación de la tradición y del clasicismo, no como citas, sino como permanencias artesanales, como elementos de calma arquitectónica, de tregua en el conflicto de la vanguardia. En este contexto resultarán verdaderamente claves la obra de arquitectos como L. Kahn, o las opciones del Neoempirismo escandinavo, a medio camino entre el romanticismo, la tradición vernácula y las aportaciones del racionalismo. Se trata de una arquitectura formalmente irreprochable, moderna y realista, altamente cualificada y atenta a las demandas locales y nacionales, con arquitectos tan representativos como Aalto o Asplund.Durante los años cincuenta, también ante las últimas obras de los maestros, la crítica al Movimiento Moderno se generaliza. En Italia, el Neorrealismo de L. Quaroni o M. Ridolfi vuelca su interés en las tradiciones populares, mientras que el Neoliberty recupera la ornamentación Art Nouveau, cansada la arquitectura del rigorismo calvinista del dietario del Estilo Internacional. Sin embargo, no todo son rechazos.También hay críticas que pretenden continuar una senda trazada con diferentes atajos. Muchos arquitectos continúan en la tradición del racionalismo, como Gropius y el Team 10; otros se remiten a la última lección de Le Corbusier, como ocurre con el New Brutalism británico, o descomponen, en un ejercicio lingüístico brillante, las formas del racionalismo, remontándose al mismo origen de las vanguardias constructivistas, como ocurre con la obra de James Stirling.

Tampoco debe olvidarse la espléndida aventura de la arquitectura japonesa y de arquitectos como Kenzo Tange o Kunio Mayekawa, que pretenden hacer coincidir el brutalismo del último Le Corbusier con las tradiciones vernáculas y una alta definición tecnológica que les llevará, sobre todo al grupo Metabolism, a plantear utopías megaestructurales.Esta última se convirtió, junto con el estructuralismo y la arquitectura científica, en una alternativa que parecía continuar la tradición de las relaciones entre arquitectura y técnica inauguradas por el Movimiento Moderno. Sin embargo, ahora, durante los años 60 fundamentalmente, esas propuestas ya no esperan la forma.La arquitectura ha dejado de ser un problema disciplinar para convertirse en una cuestión científica, en una decisión técnica. De las cúpulas geodésicas de B. Fuller a los invariantes matemáticos de C. Alexander, las utopías se suceden con ciudades programadas para crecer indefinidamente, o para moverse irónicamente, rechazando el mito del lugar y de la permanencia de la ciudad histórica, como proponía el grupo Archigram, con evidentes relaciones con el Pop Art.En todo caso, la poética de la gran dimensión, con su aspiración a la neutralidad ideológica, se encierra en la elocuencia de unas imágenes verosímiles que parecen haber alejado definitivamente la incómoda presencia de la historia. Ahora bien, en las megaestructuras utópicas no existe una experimentación con el lenguaje, sino que la técnica se sublima figurativamente, basando sus formas en una verosimilitud premonitoria. Ese optimismo acrítico no tardaría en recibir las más duras críticas, aunque, con un sentido distinto, ha perdurado hasta tiempos recientes.

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