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Si 1942 terminó mal -derrota en El Alemein, desembarco aliado en África, cerco del VI Ejército de Von Paulus en Stalingrado, descenso en las cifras de hundimientos de submarinos, etc.- 1943 no comenzaba mejor. En África, las tropas alemanas quedaban embotelladas en Túnez, librando una batalla irremisiblemente perdida. En la URSS, el cerco de Stalingrado no sólo se había consolidado, sino que las líneas alemanas se hallaban ya a más de doscientos kilómetros y el fracaso de la Luftwaffe para suministrar a los cercados ya era asunto constatado... Y, cuando Hitler necesitaba más alguna buena noticia que le elevase el ánimo, ocurrió el incidente del convoy JW 51 B. Era esta una de las expediciones de ayuda a la Unión Soviética enviadas por los aliados vía Cabo Norte. Se componía de 14 buques bien cargados de pertrechos bélicos (23) y con una protección ligera (24). Alertado el mando de la marina alemana por un submarino, el almirante Raeder decidió que salieran al encuentro del convoy el Lützow, el Hipper -acorazado de bolsillo y crucero pesado respectivamente- y media docena de destructores, mandados por el vicealmirante Kummetz. Este recibió en cascada de sus consecutivos superiores una serie de órdenes de este estilo: "Actúe decididamente con gran precaución". Desde Raeder hasta el último de sus almirantes funcionaban de esta manera desde que Hitler aseguró al jefe de su Marina que no podía dormir durante la noche si tenía un buque de gran porte en el mar, y de que no querían más aventuras y desgracias como la del Bismarck.

Un choque poco trascendente, como tantos otros, que ocasionó una crisis importante en Alemania. Hitler esperaba ansiosamente noticias del encuentro, algo que le compensase de tanto desastre. Telegramas ambiguos alentaron su optimismo, que se disipó violentamente a medio día del 1 de enero de 1943: el convoy se había escapado ileso, las pérdidas alemanas eran más importantes que las británicas (25). En suma, Kummetz atacó al convoy, que fue defendido valerosamente por destructores y corbetas de protección. Los alemanes no mostraron gran decisión y permitieron la llegada de dos cruceros británicos al escenario del combate, del que se hicieron dueños, perdiendo un minador y un destructor los británicos y un destructor los alemanes, que se retiraron con el Hipper tocado. Hitler se puso furioso. Acusó de cobardía a toda la flota alemana de superficie, les ridiculizó comparándoles con los británicos y concluyó que los grandes buques sólo habían sido un gasto y un lastre para Alemania, que debía protegerlos continuamente para que no sirvieran de nada. Lo único sensato que podía hacerse con la flota de superficie era desmantelarla y utilizar sus cañones en la fortaleza del Atlántico... Convocó inmediatamente a Raeder, que pidió tiempo para informarse detenidamente del caso. Llegó el almirante ante Hitler al atardecer del 6 de enero y durante 90 minutos recibió un chaparrón de improperios contra la Marina de superficie y pidió que ésta fuera desmantelada.

Raeder le presentó la dimisión, aunque permaneciendo en el cargo hasta que se le hallase sustituto, cargo para el que recomendó a dos hombres: los almirantes Carls o Doenitz. El 14 de enero, Raeder elevó a Hitler una memoria de la Marina de guerra alemana bajo su mandato -14 años- en la que le recomendaba que no desarmara los grandes buques, porque los británicos gritarían de entusiasmo ya que podrían liberar a todos sus buques de la vigilancia a la que estaban sometiendo a Alemania y los lanzarían a proteger las rutas oceánicas, complicando mucho más la vida a los submarinos. El 30 de enero, Raeder -66 años- pasó al cargo honorífico de Inspector General y Doenitz -elegido por ser poco amigo de los grandes buques de superficie- se hizo cargo de la jefatura de la Marina de Guerra Alemana. Asombrosamente, logró convencer a Hitler de que no desmantelara los barcos, pues daría a Gran Bretaña su mayor victoria naval de la guerra sin haberla siquiera disputado (26). Para que el criterio y las amenazas de Hitler no quedaran en entredicho, se desguazaron algunas vetustas unidades y algunos buques modernos muy dañados. Como más arriba se dijo, el último día del año de 1942 tenía el III Reich 212 submarinos operativos y 181 más en el Báltico en período de adiestramiento. Los disponibles se repartían así: Atlántico, 164; Mar del Norte, 21; Mediterráneo, 24; y Mar Negro, 3.

Cuando Doenitz llegó a la jefatura de la flota alemana, la situación de sus submarinos era teóricamente mucho mejor que un año antes, y empleó su nuevo poder en incrementar el número y la calidad de sus sumergibles. En efecto, Hitler ordenó que la construcción pasara de 30 a 40 U-boote mensuales, y la fabricación dependiera del ministerio de Speer, que se activara la investigación para mejorar los torpedos y buscar otros tipos (27). Pues bien, todo ello no supuso un incremento en las cifras de hundimientos, que en enero no alcanzaron las 250.000 toneladas: en febrero apenas rebasaron las 400.000; subían esperanzadoramente para Berlín en marzo al superar las 700.000 toneladas, pero descendían violentamente en abril hasta las 370.000 toneladas, y continuarán descendiendo en mayo a 300.000... Evidentemente ya sería imposible alcanzar las cifras de hundimientos del año anterior, pero lo más grave de todo es que en esos cinco meses se habían perdido cerca de 90 submarinos: más que en todo el año anterior. Ante pérdidas tan insostenibles, que amenazaban con borrar del escenario bélico al arma submarina, Doenitz suspendió los ataques en el Atlántico norte, con lo que las cifras de hundimientos bajaron a 120.000 toneladas en junio, aunque las pérdidas de submarinos continuaron siendo insoportables: 17 buques. Se cerraba así el primer semestre con estas cifras descorazonadoras para Doenitz: 2.140.000 toneladas de buques aliados hundidos y un centenar de submarinos perdidos.

.. Los alemanes, que siempre estuvieron muy bien informados de las rutas de los convoyes aliados y que se las arreglaron para interceptar durante toda la guerra los mensajes aliados y para descifrarlos con rapidez, comenzaron a oír en esa primavera de 1943 la palabra Hedgehog -erizo-, y es que, efectivamente, esa arma, en combinación con los muy mejorados sistemas de detección, estaba arruinando a los submarinos alemanes... Pero no era Doenitz un hombre que se arredrara ante las dificultades. Activó al máximo la construcción de sumergibles -que, naturalmente, nunca alcanzaron el medio centenar mensual programado-, la investigación en los nuevos modelos y en las nuevas armas, los sistemas de información propios y los del contrario y tras valorarlo todo y en espera de mejorar sus buques y medios de combate, decidió afrontar la batalla a cara de perro. Considerando que por cada mil toneladas de submarinos alemanes se hundían 18.000 toneladas de buques aliados -según las cifras del desastroso primer semestre- le era rentable a Alemania seguir impulsando esa guerra. Necesitaba, sin embargo, más hombres, para adiestrar aun mejor las tripulaciones. El 15 de junio, Doenitz se presentó en el cuartel general de Hitler en Berghof para pedirle 50.000 hombres. La cifra era mareante en aquellos momentos para Hitler, que rebañaba sus últimas reservas para enviarlas a Italia, donde Sicilia había sido invadida cinco días antes, y a la URSS donde se preparaba la Operación Ciudadela.

Argumentó Doenitz que ese contingente le permitiría una mejor selección de personal y el entrenamiento prolongado de medio millar de tripulaciones... Al parecer, Hitler le escuchó con simpatía, pero al final le negó lo que pedía: "No los tengo, hemos de reforzar nuestras defensas antiaéreas y la caza nocturna para proteger nuestras ciudades. Y reforzar el frente del Este. El Ejército necesita divisiones para la defensa de Europa (28), Doenitz salió decepcionado. No podía saber entonces el almirante que, aunque Hitler hubiera puesto aquellos hombres bajo su mando y, aunque se hubiese incrementado la construcción de submarinos, su batalla estaba ya perdida. Efectivamente, para esas fechas la guerra ya se habla decidido en el mar, Por el lado alemán, la Luftwaffe prácticamente había desaparecido como colaboradora de los submarinos, con la consiguiente pérdida de eficacia. Por el lado aliado, todas las medidas adoptadas a partir de 1941 comenzaban a rendir sus resultados en estas fechas.

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