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Junto con Francia, será en Inglaterra donde se produzcan las aportaciones más decisivas en la renovación de la pintura del siglo XVIII. Tradicionalmente se ha identificado este siglo con el de la formación de una específica escuela inglesa de pintura, al amparo del criticismo, del empirismo, del racionalismo y del coleccionismo británicos. Es decir, ante la falta de una tradición pictórica nacional se pretende intencionadamente configurar una propuesta nueva. Es significativo, por ejemplo, que algunos de los mayores pintores ingleses de esta época hayan sido, a la vez, notables teóricos del arte, de W. Hogarth a J. Reynolds. Aún más, en Hogarth, es frecuente encontrar unidas crítica social y crítica de arte, tratando de encontrar las causas de la no existencia de una pintura propiamente inglesa. Para él, las causas estaban no sólo en motivos religiosos o ideológicos sino, sobre todo, en la predilección que la nobleza y la aristocracia inglesas sentían hacia el arte italiano. Desde este punto de vista ha sido habitual considerar, por ejemplo, la pintura de Hogarth como una pintura burguesa, mientras que la de Reynolds ha sido calificada de aristocrática y liberal. Ya vimos que algo parecido ocurría con respecto al palladianismo inglés frente a la inmediata tradición barroca.Los pintores ingleses parecían verse predestinados a hacer pintura y crítica a la vez insistiendo unas veces en los contenidos, otras en las técnicas o en los aspectos formales.

De ahí que Hogarth considerase prioritario en su pintura no un referirse a un genérico ideal de belleza, sino explícitamente a la sociedad que le rodea. Mientras que Reynolds prefiere atenerse a las doctrinas clásicas sobre la imitación de la naturaleza como objeto del arte. Esas dos interpretaciones dispares de su práctica han marcado también las interpretaciones historiográficas, excusando las imperfecciones formales del primero con la novedad de los contenidos morales y cívicos de su pintura, con el carácter crítico de sus imágenes, mientras que del segundo siempre se ha resaltado la calidad formal y compositiva de su pintura, heredera de los grandes maestros del pasado.En todo caso, en estos pintores la tradición literaria inglesa cumple una función primordial. Hogarth, por ejemplo, solía repetir que sus cuadros eran una especie de puesta en escena teatral, poblada de arquetipos sociales sobre los que descarga su crítica, desde las ironías sobre la vida política inglesa, a los ambientes burgueses y sus contradicciones, pasando por su visión moralizadora de los hábitos de los libertinos o de las prostitutas. Temas que, además, divulgaría en colecciones de grabados para su más fácil difusión. Diderot elogiaría, por estos motivos, su pintura.William Hogarth (1697-1764) se formó como orfebre y grabador antes de dedicarse a la pintura. Su interés por el teatro fue enorme, lo que no deja de apreciarse constantemente en su pintura.

De hecho, ya se dijo al comienzo que una de las mayores innovaciones del arte del siglo XVIII era que había modificado sus relaciones con el público. El espectador va a ser un elemento decisivo no sólo a la hora de la elección de los temas, sino incluso en la misma composición de las escenas. El propio Hogarth lo dejó bien claro al afirmar que "mi pintura fue mi escenario y los hombres y mujeres mis actores".Como hábil manipulador de imágenes, confiaba enormemente en su propia memoria, a veces culta y erudita, a veces popular. Su técnica no sólo incorpora aspectos de los maestros del Renacimiento y del barroco, sino sobre todo del rococó francés. Todos esos elementos se unen a su pasión por el teatro, llegando a representar en su pintura puestas en escena de obras teatrales conocidas (el teatro en el teatro del barroco romano, sobre todo de Bernini), como ocurre con su obra Niños representando "El emperador de la India" ante el público (1732).Magnífico retratista, se incorporó también a la tradición de las denominadas escenas de conversación, tan típicas de la pintura de la primera mitad del siglo XVIII. Este tipo de obras ocupará buena parte de su producción, además de las escenas de carácter urbano que son un retrato crítico de los hábitos y costumbres sociales de su tiempo. Pero, fundamentalmente, le preocuparon, y ahí alcanza sus más altas cotas de calidad, las secuencias visuales de arquetipos humanos.

Casi narraciones literarias a través de las imágenes, en las que se evidencia su formación de grabador y libresca. Ejemplos memorables son su serie dedicada a La carrera de una prostituta (1731), La carrera del libertino (1733), ambas también divulgadas en estampas cumpliendo así el fin moralizador, satírico y critico que su difusión podía proporcionar, o El matrimonio a la moda (1743-1745).Como retratista su actividad también fue notable, desde el espléndido retrato del Capitán Coram (1740), que define muy bien su actitud ante ese género, ya nunca más, en su pintura, depositario de símbolos o aparatos grandilocuentes, sino profundidad psicológica, hasta la célebre y anónima Vendedora de gambas (1745), con un estilo abocetado y una expresividad que parecen anticipar la modernidad posterior del romanticismo al impresionismo, aunque en realidad respondía a sus propias posturas críticas frente a la tradición clásica del arte, tal como las expuso en "The Analysis of Beauty", publicado en Londres en 1753.La obra de Hogarth cumple una función tan importante que no puede ser reducida a un simple esquema de sus planteamientos pictóricos. Su rechazo del clasicismo, su alteración de los géneros de la tradición, dejaba abierta las puertas de una de las grandes aportaciones inglesas a la pintura moderna, la de la especialidad de la pintura de paisaje y la teoría de lo pintoresco, cuyo máximo teórico sería A. Cozens, alcanzando sus más célebres aplicaciones en la segunda mitad del siglo XVIII y comienzos del siguiente.

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