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Mundo fin XX

Desarrollo


En 1957 el profesor de Teoría Económica de la Universidad de Harvard, J. K. Galbraith publicaba su célebre obra La sociedad opulenta. En ella, y pese a la prosperidad reinante en un mundo que creía -al parecer profundamente y sin visos de duda- en el progreso indefinido, ya auguraba entonces, y de forma sorpresiva en medio del clima general de "progreso indefinido", un porvenir en exceso negro y desastroso para los muy pobres.Excluidos de cualquier sistema político como consecuencia de su absentismo electoral, iban a experimentar sucesiva y progresivamente la insolidaridad de las nuevas capas sociales que se estaban beneficiando del próspero sistema industrial; y, ya se tratara de trabajadores manuales bien pagados, ya de burócratas de cuello blanco o de los profesionales de la clase media que se habían, casi sorpresivamente, convertido en los nuevos ricos, todos valoraban y defendían el esfuerzo propio por encima de cualquiera consideración sobre la justicia o la aproximación social entre los hombres. Parecía volver la vieja idea de que los pobres se habían sumido en la miseria gracias a un destino desconocido o a consecuencia de su personal incuria.Esta concepción tan pesimista del futuro, que chocaba con el clima de progreso y con las perspectivas de un Estado de Bienestar, resultó en exceso benigna. Porque diez años más tarde, en 1967, además se constata lo que diez años antes apenas podía avizorarse: la degradación del medio ambiente como efecto de un desarrollo industrial incontrolado; la inflación como mal endémico en la sociedad de la abundancia; la caída en recesiones igualmente graves cuando se creía solución el vuelco y compromiso con simples medidas monetaristas.

"No comprendí -insistirá más tarde el economista en sus Memorias- lo enormes que llegarían a ser los costes públicos de la congestionada vida en las grandes metrópolis, costes agravados por la inmigración de gentes socialmente no preparadas de las zonas rurales pobres. No me di cuenta de que un equilibrio social mínimamente tolerable para la ciudad de Nueva York exigiría un gasto público muy superior a lo imaginable en aquel entonces".En los años setenta, y en medio de un crecimiento a todas luces evidente, las diferencias se acrecientan. En muchos países europeos en los que se seguían poniendo el énfasis en el crecimiento económico y en la reconversión de las empresas comienza a crecer el desempleo, que a la vez acaba convirtiéndose en un virus resistente a cualquier decisión de choque. Pero estas decisiones, verdaderos antibióticos sociopolíticos, aun cuando en los países más adelantados supusieron la creación de millones de puestos de trabajo nuevos, se han visto contrarrestadas por el aumento antes ni siquiera imaginando del número de personas que se hallan por debajo del umbral oficial de la pobreza: más del 20 por 100 de la humanidad vive una marginación rayana en la más elemental supervivencia; el 70 por 100 que le sigue no ve el futuro con esperanza, en tanto sus sectores más bajos temen seguir o desembocar en una pobreza crasa, y sólo un 10 por 100 goza, como señala R. Dahrendorf, de oportunidades vitales cada vez mayores.

"Una sociedad -concluirá el mismo Galbraith- tiene que realizar una tarea más elevada que la de analizar sus objetivos, reflexionar sobre cuanto afecta para alcanzar la felicidad y la armonía y los triunfos que consigue en la lucha contra el dolor, las tensiones, la desgracia y la omnipresente maldición de la ignorancia. También debe, en cuando sea posible, garantizar su propia supervivencia".Aunque no conviene abusar, ni tampoco creer en demasía, en series estadísticas bajo las que se suelen disimular verdades evidentes al servicio de intereses u objetivos no siempre claros, los datos plantean en este caso una verdad evidente: en los años setenta, cuando se manifiesta y casi perpetúa la crisis económica, en los países más adelantados del mundo occidental, y peculiarmente en los de la OCDE (Organización de Cooperación y Desarrollo Económico), en el llamado Club de los ricos, el número de empleados en el sector agrícola estaba por debajo del 10 por 100 sin por ello haber disminuido, más bien al contrario, las productividades de casi todas las facetas del sector. La población de empleados en la industria comenzó también a descender con cierta rapidez, al par que aumentaba, ya en los primeros ochenta, por encima del 50 por 100 el número de empleos en el sector terciario, en las conocidas habitualmente como áreas de la distribución y de los servicios.Hay, pues, razones para justificar esta realidad y este proceso, el de sociedad postindustrial; y el hecho de que D.

Bell, precisamente en 1973, publicara su clásica obra con este mismo título vino a ratificar lo que desde los años sesenta ofrecía ya los visos de futuro que todavía hoy se mantienen en progreso: las áreas de ocupación dominantes a partir del siglo XX ceden su protagonismo y continúan siendo reemplazadas hasta el presente por otras, las de los servicios, que han dado el consiguiente lugar a una clase social mayoritaria, la que se emplea en este sector terciario de la economía: un sector en auge, progresivamente ampliable y también crecientemente abierto a los nuevos retos y expectativas que la más reciente sociedad de la información ha querido y creído impulsar en beneficio de un crecimiento económico nuevo.La sociedad postindustrial es, primordialmente, una sociedad de servicios; y, a la par que la estructura social coetánea se ha hecho depender del también nuevo orden tecno-económico, la nueva sociedad ha invertido los viejos principios calvinistas del ahorro, el trabajo duro y de la esperanza de gratificación para un mundo futuro y trascendente.La sociedad, y con ella la vida, está ahora dominada por la cultura del disfrute inmediato. Domina, o parece así al menos, la atención a la distribución sobre el impulso a la producción; se impone la venta por encima de la fabricación, y la cultura, como escribiría Bell, se ha hecho primordialmente hedonista, preocupada por el juego, la pompa y el placer.En los años ochenta la tendencia continúa, crece y se generaliza, porque el ahorro, que la economía clásica consideraba y creía locomotora del crecimiento, ha sido reemplazado por el crédito.

Frente a la vieja virtud del ahorro ha triunfado de forma general y casi monopolísticamente el aumento obligado de la deuda, la generalización de la hipoteca y la capitalización del futuro.La capacidad para endeudarse ha desbancado y sustituido con una prisa hasta ahora desconocida a la vieja virtud del ahorro; y en precipitada marcha hacia el año 2000 ni los individuos, ni las empresas, ni todas las economías de cualquier tipo y volumen podrán mantenerse sin el galopante aumento de los créditos.No viven mejor los que más ahorran, sino los que mejor acceden al préstamo en cualquiera de sus formas, porque, según juicio del propio Bell, se ha impuesto el giro hedonístico de la ética protestante. La gente -entiéndase su referencia a las sociedades occidentales- provoca y experimenta a partir de los años setenta una revolución silenciosa (R. Inglehart), un cambio de valores y de estilos desde lo material a lo postmaterial: los valores de los occidentales han ido cambiando desde un exagerado énfasis en el bienestar material y en la seguridad física hacia un énfasis mayor en la calidad de la vida.R. Dahrendorf comenta la encuesta realizada por R. Inglehart en 1973 en los Estados Unidos de América y en nueve países de la Unión Europea; y concluye este proceso de cambio desde un materialismo que valora, en primer lugar, el crecimiento y la estabilidad económicos, la lucha contra la inflación y las preferencias por la ley y el orden, a un postmaterialismo en el que priman el amor por la belleza, la libre expresión, la mayor participación sociopolítica y una sociedad menos impersonal: después de un período prolongado de crecimiento económico casi ininterrumpido, el eje principal de la política comenzó a cambiar desde las cuestiones económicas a las cuestiones relacionadas con el modo de vida, lo que trajo consigo una modificación en el electorado más interesado en conseguir el cambio.

¿Se trata de una tendencia positiva, de una tendencia nueva? ¿O acaso se plantea una forma de respuesta, una opción por valores volubles, sujetos a influencias poco estables y a vientos de soplo pluridireccional?.Hasta los primeros setenta, y desde 1945, se acrecienta y desarrolla la cooperación entre las naciones occidentales, al abrigo de la coyuntura económica alcista y del global enfrentamiento a la órbita soviética y se logra en líneas generales un sistema internacional relativamente estable. La Comunidad Europea -comenta Dahrendorf - es la historia de un éxito: el primer ejemplo duradero de ejercicio conjunto de soberano por seis países, nueve después, posteriormente diez y finalmente quince.Para 1970 también, superadas las fases de constitución y ampliación, se proyectaba ya el tercer proyecto: la creación de la unión económica y monetaria en el espacio de una década.¿Que ocurrió mientras tanto? La suma, y a veces la potenciación, de la crisis petrolífera, la suspensión de la convertibilidad del dólar en oro, la flotación de la moneda y, sobre todo, la inflación existente en los países de la OCDE han provocado un auge sin freno de las relaciones de poder por encima o frente a la defensa del derecho como el sumo determinante de las relaciones internacionales.Cada cual tiende a defenderse a sí mismo. Las alianzas, incluidas la de la Organización del Tratado del Atlántico Norte y la de la Comunidad Europea, están debilitadas. Los países en vías de desarrollo se hunden profundamente en sus propias ciénagas.

Varios de ellos se han convertido en exportadores netos de capital hacia los países ricos. La paz mundial depende por entero de las dos superpotencias y de sus líderes."La estanflación -continúa apuntando en la misma línea Dahrendorf- fue la plaga de los años setenta, pero los ochenta experimentaron el fenómeno más desconcertante del desempleo, a pesar de que el crecimiento económico se extendiera a muchos países avanzados".Entonces, cuando todavía creían algunos hombres, más por rutina que por convicción, en ciertas permanencias de la teoría marxista, los sociólogos habían logrado demostrar suficientemente su plena superación como teoría científica. La relajación paulatina del frente clasista a consecuencia de los cambios estructurales tanto de la organización empresarial como del conflicto entre clases a lo largo de los años sesenta ha permitido el predominio de grupos de intereses y de cuasigrupos con poder y dominación en las empresas industriales, en los Estados e incluso en las iglesias.Funcionan todos ellos como asociaciones de dominación; y los conflictos que en los mismos se desarrollan y se manifiestan vienen a reflejar las estructuras autoritarias que en todos ellos se constituyen y amplían. Porque, como concluyera Bendix, allí donde se fundan empresas, habrá siempre algunos que manden y muchos que obedezcan.Todas las empresas, todos los tipos de empresas, en toda época y lugar constituyen asociaciones de dominación; y hasta la orquesta mejor constituida y trabada necesita de un director capaz de articular unos sonidos de manera que surja la melodía de la manera más perfecta y mejor interpretada.

Precisamente porque los intereses son comunes, los músicos son compañeros y no enemigos, se impone una dirección. Porque, de no ser comunes los intereses, no cabría el conflicto ni nada por lo que luchar.Hay, además, que tener en cuenta que los intereses de los grupos dominantes tienden a convertirse en valores vigentes dentro de la comunidad estructural, ya se trate de empresarios, de dirigentes políticos o de jerarquías eclesiásticas. Y aun cuando los viejos capitalistas sean sustituidos por los nuevos dirigentes, o managers, no por ello quedan suprimidas las bases y razones del conflicto. No son las personas sino los puestos de dirección los que actúan al frente de las empresas como grupos de dominación; y sus estructuras continúan generando y manteniendo grupos e intereses latentes en pugna.Dominan, pues, los intereses de grupos sobre los viejos conflictos de clase. Y, aunque queden en muchos lugares restos de los viejos enfrentamientos a consecuencia de la lucha por la redistribución que la llamada clase mayoritaria continúa planteando, en las modernas sociedades abiertas la movilidad individual ha sustituido a la lucha de clases, y los movimientos sociales han dejado igualmente obsoletos a los partidos de clases.En los primeros setenta, en fin, a partir del ya señalado derrumbamiento del orden mundial, el Club de Roma lanzaba el primer S. O. S. en el que se mezclaban el incremento de la población y el auge de la injusticia, la crisis energética y el desempleo, la ruptura monetaria, el proteccionismo, analfabetismo, corrupción y terrorismo mundiales, en un prediagnóstico que venía a resumir la sorpresa por un crecimiento negativo en los países más ricos y habituados a índices situados permanentemente en alza.

Si las tendencias de crecimiento actual de la población mundial, la industrialización, la contaminación, la producción de bienes y la disminución de los recursos continúa como hasta ahora, en los próximos siglos habremos alcanzado los límites al crecimiento en este planeta.El debate comenzó a renovarse y lo que solía discutirse con más fuerza, una vez resuelto el primer susto generado de forma inmediata por la subida del precio del petróleo, era esta doble cuestión: ¿Seguía siendo viable el crecimiento económico? ¿Seguía, además, siendo deseable? Y las respuestas fueron tantas y tan diversas que no lograron levantar del todo el pesimismo, a la par que generaban intentos nuevos de búsqueda de una responsabilidad civil ante las dificultades que traía el ya insostenible Estado de Bienestar.Se comenzó entonces a insistir en la búsqueda de alternativas a un bienestar exclusivamente medido en renta real o en producto interior bruto; y se tendió a la preocupación y proyección por el crecimiento equilibrado, o por el crecimiento cualitativo. Los ciudadanos y los Gobiernos tenían que elegir. Tenían que ser capaces de costearse el lujo, tal como era, caprichoso y de corta vida. Otros trataron de revivir el espíritu del crecimiento económico en su más cruda forma cuantitativa. Trataron de hacerse ricos rápidamente. La teoría y la práctica de la política económica respondieron pasándose al lado de la oferta, estimulando a los empresarios, incentivando a los empleados y librando subvenciones para la tecnología.

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