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Datos principales


Desarrollo


El llamado fenómeno de la pintura de historia, tan denigrado historiográficamente, se refiere a la prolífica producción de cuadros de tal índole que se dio en la pintura española de la segunda mitad del siglo XIX, como consecuencia del historicismo sustentado por los medios oficiales a través del aliciente de los premios en las Exposiciones Nacionales. Vienen éstas a ser así también el termómetro indicador de sus fluctuaciones, recurrencia e intensidad. Jugaron importante papel en este desarrollo el historicismo inherente al siglo y las críticas circunstancias históricas que le tocaron vivir a España durante el mismo, enfrentada a una crisis de identidad nacional. Este fenómeno, iniciado con el cuadro de historia romántico, eclosiona a partir de la primera Exposición Nacional de 1856. Mantendría a lo largo de su desarrollo un romanticismo temático, ya que no en las técnicas incorporadas sucesivamente y tiene dos etapas, con un punto de inflexión en Rosales. A la primera generación de pintores de historia, pertenecen artistas tan destacados como Eduardo Cano de la Peña (1823-1897), triunfador en la primera Exposición Nacional con su célebre Colón en La Rábida (Senado, Madrid), en el que aún son patentes las preocupaciones lineales y estilización del purismo romántico; José Casado del Alisal (1832-1886) y Antonio Gisbert (1835-1902), cumbres del género y mantenedores de una rivalidad que trascendió al público, hasta llegar a tener implicaciones políticas los asuntos representados; los del primero más del gusto de los conservadores, y los del segundo de clara orientación progresista, como asimismo difirieron también en la factura, ya dentro de las tendencias realistas.

Es Gisbert más dibujístico que colorista, más frío y académico (El fusilamiento de Torrijos y sus compañeros, Museo del Prado), y resulta Casado más realista y pictórico, más colorista, de acuerdo con la tradicional escuela española (La rendición de Bailén, Museo del Prado). Gran pintor de historia fue también Vicente Palmaroli (1834-1896), cuya amplia obra va desde el purismo romántico al idealismo del fin de siglo, siendo su obra maestra Los enterramientos de la Moncloa, de teatralidad sabiamente contenida, con reminiscencias goyescas. Además de éstos, cultivó el cuadro de historia multitud de pintores, destacando, entre los de la primera generación Benito Mercadé Fábregas (1821-1897) (Colón en la puerta del convento de La Rábida); Germán Hernández Amores (1823-1894) (Sócrates reprimiendo a Alcibíades); Mariano de la Roca (1825-1872) (Prisión de Francisco I en la batalla de Pavía); Isidoro Lozano (La Cava saliendo del baño); José María Rodríguez de Losada (1826-1896) (Decapitación de don Alvaro de Luna); Luis de Madrazo (1825-1897) (Don Pelayo en Covadonga) y Eusebio Valdeperas (1827-1900) (La toma de posesión del mar del Sur por Vasco Núñez de Balboa). Se añaden Francisco Sans y Cabot (1828-1881) (Muerte de Churruca); Manuel Castellano (1828-1880) (Muerte de Daoíz y defensa del Parque de Artillería); Domingo Valdivieso (1830-1872) (Felipe II presenciando un auto de fe); Ignacio Suárez Llanos (1830-1881) (Entierro de Lope de Vega); Víctor Manzano (1831-1865) (Ultimos momentos de Cervantes); Lorenzo Vallés (18311910) (La demencia de doña Juana de Castilla); Dióscoro Teófilo de la Puebla (1832-1901) (Primer desembarco de Colón en el Nuevo Mundo); Alejo Vera (18341923) (Último día de Numancia); Luis Alvarez Catalán (1836-1901) (La silla de Felipe II), etc.

El punto de inflexión que divide a las dos generaciones de pintores de historia, y la cumbre del género, es Eduardo Rosales (1836-1873), cuya corta vida está marcada por una temprana hemóptisis que supo convertir en acicate existencial y creativo. Supo crear, en medio de sus crisis, una pintura de visión robusta y grandiosa, en un paulatino avance de lo pictórico sobre lo plástico, con una visión no pormenorizada, sintética, construida por medio de amplias manchas de color y libre pincelada (El testamento de Isabel la Católica, Museo del Prado; La muerte de Lucrecia, Museo del Prado). Su lenguaje sigue siendo romántico en gran medida, así como su manera de conformarse un estilo a base de otros estilos históricos. La segunda generación de pintores de historia está caracterizada por artistas que utilizaron una técnica menos dibujística que los anteriores, predominando los valores pictóricos, una composición más suelta y un colorido más comedido y austero, con preocupación por lo atmosférico y espacial. Destacan entre ellos, Manuel Domínguez (1841-1906) (Doña María Pacheco saliendo de Toledo); José Nin y Tudó (1840-1908) (Independencia española); Francisco Pradilla (1841-1921), una de las cumbres de esta generación (Doña Juana la Loca ante el féretro de su esposo, Museo del Prado; La rendición de Granada, Senado, Madrid); Virgilio Mattoni (1842-1923), (Las postrimerías de Fernando III el Santo); Francisco Javier Amerigo (18421912) (El derecho de asilo); Alejandro Ferrant (1843-1917) (El cadáver de san Sebastián extraído de la cloaca Máxima); Antonio Muñoz Degrain (1843-1924), paisajista y estupendo pintor de historia (La conversión de Recaredo); José Villegas (1844-1921) (Aretino en el taller de Tiziano); Salvador Martínez Cubells (1845-1914) (La educación del príncipe D.

Juan); Casto Plasencia (1846-1890), (Origen de la República Romana). Destacan también Ricardo Villodas (1846-1904) (Naumaquia en tiempo de Augusto); Antonio Casanova y Estorach (1847-1896) (Carlos V en Yuste); Francisco Jover Casanova (1836-1890) (Ultimos momentos de Felipe II); Emilio Sala (1850-1910) (La expulsión de los judíos); Juan Luna Novicio (1857-1899) (El Spoliarium); José Moreno Carbonero (1858-1942) (Conversión del duque de Gandía); Justo Ruiz Luna (1860-?) (Trafalgar); Ulpiano Checa (1846-1919) (Invasión de los bárbaros), además de Miguel Jadraque, José Martí y Monsó, Francisco de Paula van Halen, Marcos Hiráldez Acosta, Matías Moreno, Ricardo Balaca, Nicasio Serret, José Benlliure, Enrique Simonet, César Alvarez Dumont, Marceliano Santamaría, y otros más que prolongan, decadente, la pintura de historia hasta bien entrado el siglo XX.

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