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Kursk campaña

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En los días finales del mes de julio de 1944, el Ejército Rojo había ya alcanzado los arrabales orientales de la capital polaca. Pero la inesperada resistencia opuesta por los alemanes había detenido su avance a partir del día ocho de agosto. A partir de entonces, los soviéticos, aun dejando establecidas varias cabezas de puentes, se verían obligados a efectuar una serie de repliegues en todos las frentes situados en territorio polaco. Para entonces, el ejército clandestino en el interior del país, comandado por el general Komorovski y controlado por el gobierno emigrado de Londres, decidió comenzar la insurrección de la ciudad en contra de sus ocupantes. Este Ejército Nacional -Armja Krajowa o AK- tenia a su vez oponente en el seno de la resistencia en las formaciones de izquierda moderada, de extrema derecha y sobre todo los comunistas apoyados por Moscú. Todos ellos se disputaban el protagonismo en la lucha resistente así como las mayores ventajas posibles en la inmediata postguerra que ya se anunciaba, Así, para adelantarse a cualquier otra acción dirigida en este sentido, fue por la que Komorovsky, tras haber consultado a los jefes de todas los demás grupos y obtenido su respuesta afirmativa, lanzó una proclama el día 31 de julio. En ella afirmaba: "¡Soldados de la capital! Hoy he dictado la orden que todos esperabais, la orden de combatir abiertamente contra el invasor alemán. Después de casi cinco años de obligada lucha clandestina, hoy tomamos las armas al descubierto .

..." El AK contaba con unos efectivos humanos superiores en número a los 30.000 hombres, y el Gobierno emigrado había ordenado que se mantuviese a la espera de la entrada de los soviéticos, pero siempre bajo las órdenes emanadas de su sede londinense. Sin embargo, cuando pareció que la entrada de éstos era inminente, todos los sectores de la resistencia pretendieron un protagonismo en los hechos que se anunciaban. Sin embargo, quedarían sorprendidos ante la rapidez con que el general decidía el inicio del movimiento insurreccional. Los polacos de Londres también consideraban ahora que, una vez puestos los alemanes en situación de retirada debido al empuje del Ejército Rojo, a las fuerzas nacionales no les resultaría difícil aplastarlos de forma definitiva. Esta acción combinada, que debería suponer la ocupación de los puestos de policía y gendarmería así como otros centros vitales, tenía dos finalidades complementarias. Por una parte, impulsar el avance soviético con dirección a Berlín; por otra, disponer en el momento de la liberación de unas estructuras de poder en funcionamiento y controladoras de la situación. El Ejército Nacional estaba, por su parte, decidido a impedir la presencia de los comunistas en el gobierno que surgiese de la liberación. Sus mandos eran los restos de la oficialidad que se había visto masacrada tras el reparto del país en 1939. Sus sentimientos eran, por lo tanto, tan antialemanes como antisoviéticos, algo que al mismo tiempo reflejaba la mentalidad de la inmensa mayoría de los polacos.

Un hecho de fundamental importancia entonces era el constituido por la existencia de un autodenominado Comité Polaco de Liberación Nacional situado en la ciudad de Lublin, ya libre de la presencia germana. Este Comité era una amalgama de personajes dominada por los comunistas y reconocido de forma oficial por Moscú. Había hecho ya público su futuro programa de gobierno, en el que destacaban de manera especial los proyectos de instauración de una república popular estrechamente ligada a las decisiones del Kremlin. Los polacos de Londres en ningún momento habían admitido la legalidad del grupo de Lublin, al que acusaban de haber usurpado una soberanía nacional en la que se consideraban exclusivos depositarios. Así, las razones políticas acabarían imponiéndose de forma indebida sobre las de índole militar, una vez demostrada la voluntad de resistir a toda costa en Varsovia. La rebelión tampoco contaba con la aprobación de Churchill que, a pesar de sus profundos recelos con respecto a Stalin, se oponía a toda acción realizada de forma autónoma en el frente del Este. Sin embargo, la rapidez con que los sublevados ocuparon grandes áreas de la ciudad en las primeras horas del levantamiento pudo hacer pensar por un momento en una posibilidad de éxito. Haciendo un recuento de las fuerzas en presencia, el ejército clandestino se encontraba en una manifiesta situación de inferioridad al contar con un arsenal armamentístico integrado por los siguientes elementos: 1.

000 carabinas, 300 ametralladoras, 60 metralletas, 7 fusiles ametralladores, 35 armas anticarro, 1.700 pistolas y 25.000 bombas de mano. De hecho, solamente unas dos mil sublevados contaba con munición suficiente para dos jornadas de lucha. Carecían, sobre todo, de artillería pesada y antiaérea. Por su parte, las fuerzas alemanas, puestas ya en estado de alerta, estaban constituidas por 16.000 elementos muy preparados -soldados, gendarmes, SS y miembros de la Gestapo-. 1.700 soldados de la Luftwaffe protegían los dos aeródromos existentes; los puentes sobre el Vístula estaban vigilados por 300 zapadores y, finalmente, parte de la división acorazada Hermann Göring se encontraba estacionada en los arrabales de la ciudad. La observación de las dos diferentes y consecutivas fases de que constó la lucha es de por si suficientemente ilustrativa acerca del carácter de ésta. La primera de ellas abarca los días que median entre el uno y el cuatro de agosto, y su carácter es ofensivo y dirigido a la obtención de la mayor cantidad de espacio y puntos clave. La segunda, que llega hasta el fin de la lucha, el dos de octubre, estuvo determinada por la reacción alemana y supuso un progresivo empeoramiento para las posiciones polacas. Los polacos ocuparon inicialmente el centro de la ciudad y muchos de sus barrios. Sin embargo, no consiguieron desplazar a los alemanes de puntos tan fundamentales como aeropuertos, puentes, emisoras de radio, la central telefónica, la comisaría principal de policía, los cuarteles y prisiones, además de las más importantes estaciones ferroviarias.

En el barrio de Wola, los blindados de la división Hermann Göring recorrían las calles llevando ante sí a ciudadanos polacos que servían como escudo ante posibles ataques por parte de los insurgentes. De forma paralela, la Luftwaffe comenzaba su acción de vigilancia y bombardeo sistemático de iglesias, hospitales, colegios y otros lugares que servían de refugio a la población civil. El día cuatro de agosto, pues, la situación se invierte de forma irreversible. Cesa por completo la resistencia de los barrios situados en la orilla derecha del Vístula. Mientras, en el centro de la ciudad, los resistentes se encuentran en franca situación de retirada, a pesar de la colocación de barricadas y otros medios de defensa inmediata pero rudimentaria. Ello va a ocasionar la muerte de decenas de millares de inocentes y la destrucción de la ciudad. Al comprobar esta actitud de los varsovianos, los alemanes se entregan a una serie de actos de gran violencia en su contra. Así, tanto los soldados comunes como los SS, y, sobre todo, las bandas de forajidos y prisioneros rusos que la Wehrmacht utilizaba como fuerzas de choque cometen todo tipo de tropelías sobre una población indefensa. El mismo Guderian, que se encontraba presente en aquella ocasión, solicitaría de Hitler la detención de tales actos. Sin embargo, el Führer no accedería a esta petición, y la oleada de violencia prosiguió con absoluta impunidad.

El barrio de Wola sería de los más castigados por la represión. En él, entre lo días cinco y siete de agosto, además de los insurgentes muertos en el combate, serían ejecutados más de cuarenta mil personas. Himmler ya ha ordenado a sus tropas SS su modo de actuación con la siguiente frase: "Hay que matar a todos los habitantes. No se debe tomar prisionero alguno. Varsovia debe ser arrasada hasta sus cimientos, creando así un ejemplo para intimidar a toda Europa". En la Ciudad Vieja, corazón tradicional de la capital, los insurrectos se atrincherarían durante las últimas semanas de lucha. La práctica totalidad de los edificios que la integran será entonces destruida por medio de grandes morteros y cañones, así como de carros explosivos. Ante la imposibilidad de resistir, los supervivientes tratarán de huir por las cloacas. Pero la mayor parte de ellos moriría ahogada, asfixiada o quemada viva por su enemigo. Tras la rendición final de este reducto, más de 35.000 habitantes de la ciudad serán hechos prisioneros, de ellos unos 7.800 gravemente heridos. Llegado el día nueve de septiembre, los alemanes proponen condiciones para el cese de la lucha, pero para entonces comienza a llegar a los insurrectos una reducida y esporádica ayuda enviada por los aliados. Nuevamente los combates se reincidirían, convirtiéndose la situación en una desigual matanza sin fin. Mientras, las tropas soviéticas se encuentran estacionadas al otro lado del río sin intervenir en modo alguno.

Sin embargo, el 15 de diciembre un batallón del Ejército Rojo atraviesa el cauce y se pone en contacto con los resistentes. Durante poco tiempo luchan juntos con una buena coordinación, pero deberán retirarse ante la reacción alemana, llevándose consigo algunos heridos. El día 30 de septiembre, la radio de Londres notifica el nombramiento del general Komorowski como comandante en jefe de la Fuerzas Armadas Polacas de Occidente. Este anunciará el dos de octubre la capitulación ante los alemanes, ante la desesperada situación en que se encuentran sus fuerzas. Los resultados finales de la lucha presentan cifras pavorosas para el bando polaco: en la ciudad han perecido más de 150.000 personas. 50.000 morirán posteriormente en los campos de exterminio, y una cifra tres veces superior sería deportada al Reich. Los alemanes por su parte, tuvieron unas pérdidas situadas alrededor de los 17.000 muertos y 9.000 heridos. Más de la cuarta parte de los edificios de Varsovia sería destruida, ya que tras la rendición se llevaría a efecto una sistemática operación de derribo y voladura de los mismos. Ello obligaría a que más de 350.000 de sus habitantes la abandonasen de manera forzosa. El episodio insurreccional abrió ya en sus mismos momentos de actividad una áspera polémica acerca de la actitud adoptada por los soviéticos con respecto a una posible intervención en favor de los sublevados. El mismo Churchill acusaría directamente a Stalin de haber permitido de forma deliberada que el ejército polaco democrático fuese aplastado por los alemanes.

De esta forma se evitaba efectuar el trabajo de aniquilación que indudablemente tenía previsto. Un ejército polaco que contase con el apoyo occidental constituía un escollo en sus planes dirigidos a un inmediato y absoluto control del país. Sin embargo, su supresión realizada de forma abierta le hubiera indispuesto con sus todavía aliados. Por su parte, la versión oficial soviética queda resumida cuando justifica su actuación calificando de temeraria y precipitada la insurrección. Al mismo tiempo, según esta postura, el Ejército Rojo no tenía previsto entrar en Varsovia de forma inmediata sino rodearla en una maniobra de tenaza. Con respecto a las cifras de combatientes y víctimas de los hechos, existe entre los especialistas una cierta disparidad de opiniones. E. Bauer, en su Historia controvertida de la Segunda Guerra Mundial (Madrid, Rialp, 1967), sitúa en unos 40.000 el número de insurrectos y en 22.000 el total aproximado de víctimas -muertos y heridos-. Por su parte, Arrigo Petacco, en su obra La Segunda Guerra Mundial, Madrid, Sarpe, 1978, cifra en un número próximo a las 30.000 personas el contingente sublevado y coincide con al Enciclopedia Británica en el total aproximado de muertos debido al episodio -incluyendo las víctimas civiles- que se hallaría entre los 150 y los 180.000. Finalmente, el historiador Carlos A. Caranci aporta las cifras de 20.000 combatientes, y 10.000 muertos y 7.000 heridos.

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